Existen discos, poemas, cuadros que abren puertas. Existen momentos, ideas, estados, que alineándose, permiten la existencia de las cosas geniales. Algo así sucedió en el año 91, cuando Soda Stereo decidió
alejarse de la mira para retomarse a ellos mismos. Mientras preparaban su primera gira por España, un espíritu trascendente decidió infiltrarse dentro de los cables e inducir un campo magnético esclavizador, en el buen sentido de la palabra, si esto fuese posible, sometiendo a Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti a un ayuno de carencias conceptuales para lograr uno de los discos que más han aportado no solo al rock en español, sino al rock en general.
El ser contemporáneo me parece que radica también en aceptar que alrededor tuyo hay mucha gente que está reinventando cosas, que está produciendo cambios, y que son útiles para vos, ¿no? De ahí que yo pienso que las influencias son las cosas aquellas que me despiertan el amor por la música. (G. Cerati)
Creo que la mayoría podemos estar de acuerdo en que el sonido conseguido en el Dynamo sigue pareciendo una grabación hecha hace dos días. No ha pasado tanto tiempo desde que pude asimilar la idea de que el disco fue grabado en el año 91 (publicado en el 92) y mucho más me costó entender los aspectos técnicos que lograron conjugar la identidad del mismo. Y no porque fuesen especialmente complicados, sino que su textura sonora lleva impresa fantasmas, o como el mismo Gustavo describía,
un loco ahí sonando todo el tiempo, que deforma los estribillos, lo cual transforma el disco en una especie de gran truco de ilusionismo, que te deja marcando ocupado: maravilloso y amable, pero impenetrable. Quieres a toda costa llegar al corazón de la esencia del ruido, pero, o te transformas en mago y aprendes el secreto, o te conformas con ser un espectador más. Decidir alimentarse del Dynamo como espectador, sin siquiera intentar ser por casi 57 minutos mago, podría percibirse como un graso error que se convierte en el pecado de un ateo. Dynamo podría ser como aquella luna roja sobre el mar negro que sorprende por su belleza e inspira el respeto que producen las cosas que no terminamos de entender por su inconmensurable inmensidad.
Soda Stereo introdujo con Dynamo elementos inéditos para la escena del rock de la época. No necesariamente como elementos en sí mismos, sino en la forma de utilizar dichos elementos; todo derivado del período más creativo de la banda, donde todo se dio de la manera más natural posible. No fue en un portentoso estudio donde grabaron el disco, sino en el submarino que la banda utilizaba para ensayar y proponer nuevas ideas. Ahí construyeron el espacio sagrado donde sacralizaron su arte, convirtiendo suelo ordinario en un templo diáfano y permeable.
Durante el proceso creativo aprovecharon la tecnología disponible de un modo diferente que en los discos anteriores.
Jugar con samplers fue muy liberador, contaba Zeta Bosio en alguna entrevista. Desarrollaron la costumbre de convertir canciones en puzles interactivos, armando y desarmando fragmentos, sin ningún prejuicio.
Dynamo consistió en tomar Canción Animal y destruirlo, afirmaba Gustavo Cerati. Fue durante esta época en que parecía no haber nada más divertido que tejer atmósferas, inundar sonidos en líquidos viscosos, llenar botellas con agua y lograr un artefacto deformable. No había temor en incorporar instrumentos de oriente, o abrir las puertas escondidas del inconsciente más lúcido.
Hasta el día de hoy no me puedo resistir al sonido de las guitarras. Si he de cumplir con mis tareas de cada día debo procurar no estar cerca de cualquier reproductor que esté disparando alguna canción del Dynamo. Cuando esto ocurre, algo más fuerte que yo me detiene y me deja clavado junto al altavoz, derritiéndome dentro y fuera del rango audible. Terrible es si además aparece la trompeta de Flavio Etcheto o el sitar de Roberto Zuczer.
En todo caso, como el Dynamo no es algo que realmente se pueda explicar y solo puede sugerirse, he trazado un plan de vuelo diseñado después de una atenta observación a las letras y la estructura de este maravilloso invento. No deja de ser una interpretación personal, pero es curioso como al ir hilvanando las ideas, se revela una especie de texto sagrado de autoconocimiento, o un manual de desarrollo iniciático. De cualquier forma, pareciera ser un descenso a los infiernos de la psique para después abandonarte y renacer.
Códice de autoinducción:
La secuencia inicial abre el recorrido, y de entrada se vuelve profeta de su propio destino. Al oírlo entrar, deseas darle un nombre nuevo, intentas explicar lo que oyes, intentas etiquetar un estilo que no es estilo y no puedes, así que mejor mójate los labios y sueña.
Con los labios mojados, decides emprender el largo camino, puede que con algún prejuicio, pero con la mente abierta, y en seguida descubres que la experiencia no tiene nada que ver con el intelecto. Es aquí cuando decides salirte del camino y tomar la ruta. Comienzas a moverte mientras crees estar viendo el horizonte delante de ti, como una masa de aire en movimiento que nunca se acerca ni se hace grande: Después de tanto andar, tanto andar, estás en el mismo lugar, mismo lugar. Entonces entendemos que la única manera de avanzar es volverse persona responsable y sobretodo humilde. Descubrimos que no tiene sentido intentar controlarlo todo, todo el tiempo, y que lo mejor será soltar tu cuerpo en remolinos, vivir el sueño y florecer mirándote a los ojos.
Cuando ya te has lanzado al vacío y el invierno de nuestra humanidad ha comenzado a transformarnos, se empiezan a filtrar rayos fluorescente azul, luz que baña mis sentidos, donde todo empieza a ser real. Surgen nuevas chances y vemos el mundo como si fuera la primera vez. Nos volvemos especies extranjeras en un ecosistema logarítmico donde sobrevuelan luciérnagas y nos observa un camaleón: Se arma la escena justa donde vos y yo, juntos, somos como un templo.
Una vez hemos comprendido la importancia del cuerpo y damos gracias por el movimiento, salimos y dejamos la casa vacía. Sabemos que para volvernos a llenar debemos vaciarnos primero y es aquí cuando corremos hacia el desierto y nos entregamos a su suave aire.
Es tiempo de detenerse y observar. Construimos un círculo de poder y nos sumergimos en la arena que tiene forma de espiral y donde aguas silenciosas cubren nuestra alma.
Como no hay proceso que no tenga un momento en que nos carguemos de incertidumbre y comencemos a dudar de todo y de todos, la mente nos vuelve a traicionar y a llenarse de amebas intermitentes que nos ciegan con la ilusión eterna de que te vas y te vas repitiendo. Pero como ya hemos aprendido la responsabilidad y nuestra voluntad se ha fortalecido debajo de la superficie aparente, comenzamos a mudar de piel, encendiendo un amanecer. Que no para de crecer.
Claroscuros se forman en nuestras pupilas y nos quedamos solos suspirando formas de humo, riendo de placer, como simulando un olvido. En seguida comprendemos que el conocimiento no tiene ninguna utilidad si se mantiene aislado y es cuando entendemos que necesitamos al mundo para darnos cuenta.
Así regresamos a nuestra opaca realidad, con el deseo de materializar palabras mientras nos preguntamos:
¿Dónde está la música? ¿En los cables?