Era febrero de 2015, un jueves caluroso en Lima, y yo, Rodrigo Villaverde, abogado litigante de 45 años, llegaba por segunda vez al local de votación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para las elecciones internas del Colegio de Abogados de Lima. Llevaba el carné de colegiado en la mano, la camisa celeste pegada a la espalda por el sudor nervioso, y el voucher recién impreso que había olvidado en la primera vuelta. El salón estaba lleno de colegas: algunos comentando fallos recientes, otros revisando sus celulares mientras hacían fila. Yo solo quería votar rápido y salir, pero cuando me acerqué a la mesa 12, todo cambió.
Ahí estaba ella: Lucía Gonzales, también abogada de 45 años, presidenta de mesa esa jornada. Alta, casi a mi altura con los tacones discretos que usaba, tez clara que destacaba bajo las luces fluorescentes del aula, cabello castaño oscuro recogido en un moño profesional pero con algunos mechones sueltos que le daban un aire relajado y sensual. Sus ojos café claro eran lo primero que atrapaba: brillantes, directos, con una chispa juguetona que parecía decir “sé exactamente lo que estás pensando”. Llevaba una blusa blanca de algodón que se ajustaba suavemente a su busto generoso y una falda lápiz negra que marcaba sus caderas anchas y sus piernas largas y torneadas. Siempre sonreía, una sonrisa amplia, confiada, que iluminaba su rostro y hacía que todos a su alrededor se sintieran un poco más cómodos… o un poco más inquietos, en mi caso.
Me presenté con voz algo entrecortada, explicando lo del voucher olvidado. Ella levantó la vista del padrón, me miró fijamente a los ojos durante un segundo más largo de lo necesario, y luego recorrió mi figura de arriba abajo con una lentitud deliberada: desde mi cabello un poco desordenado por el calor, pasando por mi camisa arrugada, hasta detenerse un instante en mi cinturón y volver a subir. “Tranquilo, coleguita”, dijo con esa voz ronca y melosa que parecía acariciar cada sílaba, “a veces uno se olvida de las cosas importantes… pero siempre hay una segunda oportunidad para meterla bien”. El doble sentido me golpeó como una corriente eléctrica. Sentí el calor subir por el cuello, las manos temblando ligeramente mientras le entregaba los documentos.
Ella se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, lo que hizo que su escote se abriera apenas lo suficiente para dejar ver la curva suave de sus pechos y el borde de un sostén de encaje negro. No era descarado, pero era intencional. Sus labios rojos carmín se curvaron en una sonrisa ladina mientras verificaba mis datos con calma exasperante. De vez en cuando levantaba la mirada y me clavaba los ojos, como si estuviera midiendo mi reacción. “Parece que viene todo nervioso, doctor… ¿necesita que lo ayude a relajarse un poquito?”, agregó bajito, solo para mí, mientras pasaba la lengua lentamente por el borde inferior de su labio superior, humedeciéndolo de forma provocativa.
Delante de los otros miembros de mesa y los votantes que esperaban, todo parecía normal: ella atendía con profesionalismo, yo respondía con monosílabos. Pero entre nosotros había un juego silencioso. Cada vez que me hablaba, se acomodaba en la silla de una manera que hacía que su falda se subiera apenas unos centímetros por sus muslos, o cruzaba las piernas lentamente, dejando que el roce de la tela se escuchara en el silencio entre sus palabras. Yo no podía evitar mirarla: la forma en que su blusa se tensaba cuando respiraba profundo, cómo sus dedos largos jugaban con el bolígrafo mientras anotaba algo, cómo su sonrisa se volvía más amplia cada vez que notaba que mis ojos se desviaban hacia su escote o hacia la curva de sus caderas.
Cuando por fin me devolvió el carné, se inclinó un poco más hacia mí, su perfume suave a vainilla y jazmín llegando hasta mi nariz. “Cuídese coleguita”, susurró, lamiendo de nuevo sus labios con lentitud, como si saboreara el momento. El salón seguía bullendo a nuestro alrededor —abogados discutiendo en voz baja, alguien quejándose del calor—, pero en ese instante solo existíamos nosotros. Fingí ajustar mi carné en su lado de la mesa y, con el pulso acelerado, le deslicé un papelito con mi número de celular. Ella lo tomó sin mirarlo, lo guardó en el bolsillo de su falda con un movimiento discreto, y alzó el pulgar con un guiño rápido y cómplice, como diciendo “mensaje recibido”.
Salí del local con el corazón latiendo fuerte, la imagen de ella grabada en la mente: su postura erguida y segura cuando se ponía de pie para entregar una papeleta a otro votante, la forma en que su falda se ajustaba a su culo redondo y firme cuando se giraba para buscar algo en la caja de materiales, la curva de su espalda cuando se inclinaba sobre la mesa. No era solo atracción física; era la seguridad con la que me miraba, la forma en que jugaba con las palabras, la promesa silenciosa en cada sonrisa. Sabía que me había visto nervioso, vulnerable, y eso parecía divertirla… y excitarla.
No supe nada de ella en los meses siguientes, pero cada vez que recordaba ese encuentro, la imaginaba de nuevo: de pie detrás de la mesa, mirándome con esos ojos que decían más que cualquier palabra, su cuerpo alto y curvilíneo moviéndose con esa gracia natural, su sonrisa juguetona prometiendo que, si algún día nos volvíamos a cruzar, el juego recién empezaría.
Llegó abril de 2015, la segunda vuelta de las elecciones del CAL. El mismo local en San Marcos, el mismo salón caluroso y lleno de abogados quejándose del tráfico o comentando el último fallo de la Corte Suprema. Yo, Rodrigo Villaverde, entré con el carné en la mano, el pulso ya acelerado antes de siquiera verla. Y ahí estaba Lucía Gonzales, en la misma mesa 12, presidenta otra vez. Cuando levanté la vista del padrón, sus ojos café claro me encontraron de inmediato. No fue una mirada casual: fue directa, intensa, con ganas. Me recorrió de arriba abajo como la primera vez, pero ahora con más fuego, con una sonrisa lenta que se extendía por sus labios rojos carmín mientras yo votaba. No dijo nada al principio, solo me miró fijamente, mordiéndose el labio inferior un segundo, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.
Al acercarme a firmar, ella se inclinó sobre la mesa, su blusa blanca abriéndose un poco más de lo necesario, y me deslizó un papelito doblado con su número. Sus dedos rozaron los míos deliberadamente, cálidos, suaves, y susurró bajito: “Cuídese coleguita… esta vez no se olvide de llamarme”. El salón seguía bullendo a nuestro alrededor, pero para mí todo se silenció. Guardé el papel en el bolsillo con la mano temblando, le sonreí y salí de ahí con la certeza de que algo iba a pasar.
Esa misma noche, en mi departamento de Surco, no aguanté más de una hora. Marqué su número. Contestó al segundo tono, con esa voz ronca y juguetona: “¿Coleguita? Pensé que te ibas a hacer el difícil”. Le dije directo: “¿Qué quieres, Lucía?”. Ella rio suave, un sonido que me erizó la piel, y respondió exactamente lo mismo: “¿Qué quieres tú, Rodrigo?”. Fue como si hubiéramos estado esperando esa pregunta toda la vida. La conversación derivó rápido: empezó con bromas sobre la mesa electoral, pero pronto se volvió coqueta, provocativa. “¿Te gustó cómo te miré hoy?”, preguntó. “Me mataste con esos ojos”, contesté. “Y tú con esa camisa pegada por el sudor… me dieron ganas de desabotonártela ahí mismo”.
Empezamos a enviarnos fotos esa misma noche. Primero inocentes: ella una selfie con la blusa aún puesta, el moño medio deshecho, sonriendo con picardía. Yo le mandé una de mí en el sofá, camisa abierta un botón más de lo normal. Luego subieron de tono: ella en ropa interior negra de encaje, de espaldas, mostrando la curva de su culo firme y redondo pese a ser delgada, la tanga marcando una cucota perfecta que se transparentaba. Yo le envié una donde se veía el bulto en mi bóxer, sin cara, solo el torso y la insinuación. Cada foto venía con un mensaje corto: “¿Te gusta lo que ves?”, “Quiero verte más”, “Mañana no te escapes”. Nos dormimos tarde, con el celular caliente en la mano.
Al día siguiente quedamos en un café discreto en Miraflores, a las 4 de la tarde. Llegué primero, nervioso, y cuando la vi entrar… Dios. Llevaba un vestido escotado negro, ajustado, con un corte profundo en V que dejaba ver el inicio de sus tetas paradas, medianas pero firmes, sin sostén evidente, los pezones insinuándose contra la tela fina. Las piernas largas, bronceadas, terminaban en tacones altos que la hacían aún más imponente. Caminaba con esa seguridad natural, caderas balanceándose ligeramente, el vestido pegándose a su cintura estrecha y marcando su culo redondo y alto, la cucota perfecta dibujada en la tela cada vez que daba un paso. Su boca sensualona, labios rojos intensos, se curvó en una sonrisa al verme. Se acercó, me dio un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo normal, su perfume a vainilla y jazmín envolviéndome.
Nos sentamos en una mesa al fondo. Ella cruzó las piernas lentamente, el vestido subiéndose un poco por sus muslos, y me miró con esa misma intensidad de la mesa electoral. “¿Contento de verme sin la falda lápiz?”, preguntó bajito, inclinándose para que su escote quedara a centímetros de mis ojos. Yo tragué saliva, mis ojos bajando inevitablemente a sus tetas, luego a sus piernas, y volviendo a su cara. “Más que contento… estás increíble”. Ella rio suave, pasó la lengua por sus labios y dijo: “Tú también te ves bien sin sudar frío… aunque me gustaba verte nervioso”.
Hablamos un rato, pero las palabras eran secundarias. Nos mirábamos como si ya supiéramos lo que vendría después: sus ojos recorriendo mi boca, mi cuello, mi pecho; yo devorando su escote, la curva de sus caderas, la forma en que su culo se marcaba cuando se movía en la silla. Cada roce accidental de rodillas bajo la mesa, cada mirada sostenida, era una promesa. Al final, cuando pagamos la cuenta, ella se levantó despacio, se giró un poco para que viera su perfil completo —piernas largas, culo firme, cucota perfecta—, y me dijo al oído: “¿Vamos a algún lado más tranquilo, coleguita?”. No hizo falta responder. Salimos juntos, su mano rozando la mía, y supe que el juego de las votaciones acababa de pasar a otro nivel.
Era la noche del viernes siguiente a nuestro café en Miraflores. Habíamos estado chateando todo el día: mensajes subidos de tono, fotos que subían la temperatura, promesas susurradas de lo que íbamos a hacer. Lucía me mandó la ubicación de su casa en San Isidro, un departamento amplio en un edificio antiguo pero elegante, con balcón a la calle. “Ven a las 9, coleguita. Trae solo ganas”, escribió. Llegué puntual, con una botella de vino tinto y el corazón latiéndome en la garganta.
Me abrió la puerta vestida con un conjunto de lencería negro que parecía sacado de mis fantasías: corpiño de encaje que apenas contenía sus tetas medianas pero paradas, tanga diminuta que dejaba ver la cucota perfecta de su culo firme, y medias hasta medio muslo que alargaban aún más sus piernas interminables. Su cabello castaño suelto cayéndole por la espalda, labios rojos intensos, y esa sonrisa juguetona que ya conocía tan bien. “Llegaste justo a tiempo”, dijo, tomándome de la corbata y jalándome adentro. Cerró la puerta con el pie y me besó con hambre, sin preámbulos: lengua invadiendo mi boca, sus manos ya desabotonándome la camisa mientras yo le apretaba la cintura y bajaba a su culo, sintiendo lo redondo y duro que era bajo mis palmas.
No llegamos ni al sofá. Me empujó contra la pared del pasillo, me bajó el cierre del pantalón y sacó mi pene ya duro como piedra. Se arrodilló despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, y lo tomó en su boca caliente y húmeda. Chupó profundo, lento al principio, la lengua girando en la cabeza, luego más rápido, tragando hasta la base mientras gemía vibraciones que me hacían temblar las rodillas. “Me encanta cómo sabe, Rodrigo”, murmuró entre chupadas, saliva brillándole en los labios. Yo le agarré el cabello, guiándola, y ella me dejó follarle la boca un rato, sus ojos lagrimeando un poco pero sin parar, hasta que la levanté porque no quería acabar tan pronto.
La cargué en brazos —sus piernas largas envolviéndome la cintura— y la llevé al dormitorio. La cama era grande, sábanas blancas, luz tenue de una lámpara de noche. La tiré boca arriba, le quité el corpiño con los dientes, y me dediqué a sus tetas: chupé un pezón endurecido mientras pellizcaba el otro, mordisqueando suave, luego más fuerte cuando ella gemía “sí, así… muerde”. Bajé besando su vientre plano, llegué a la tanga y la arranqué de un tirón. Su sexo estaba depilado, hinchado, brillante de humedad. Separé sus piernas y hundí la lengua: lamí su clítoris en círculos lentos, luego rápidos, saboreando sus jugos dulces y salados mientras ella se arqueaba y tiraba de las sábanas. “¡Rodrigo, no pares… me vas a hacer acabar ya!”. Introduje dos dedos, curvándolos hacia arriba, y la hice correrse fuerte: sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, gritando mi nombre mientras su sexo se contraía en espasmos.
No le di tregua. La puse de espaldas, admirando su culo perfecto —redondo, firme, con esa cucota que se marcaba incluso sin nada puesto—. Me puse detrás, le abrí las nalgas y la penetré despacio al principio, sintiendo cómo su calor apretado me envolvía centímetro a centímetro. “Estás tan mojada para mí, Lucía”, gruñí. Embestí más fuerte, mis manos apretando sus caderas, luego subiendo a sus tetas para pellizcar sus pezones mientras la follaba profundo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más: “Más duro… rómpeme, coleguita”. Cambiamos: la puse encima, cabalgándome salvajemente, sus tetas rebotando, su culo chocando contra mis muslos con cada bajada. Le agarré las nalgas, abriéndolas para verla entrar y salir, y ella se inclinó para besarme mientras aceleraba el ritmo.
No paramos. La llevé al balcón —la noche tibia, luces de la ciudad abajo—, la puse de pie contra la baranda, piernas abiertas, y la penetré por detrás otra vez, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos mientras la otra le tapaba la boca para que no gritara tan fuerte y despertara a los vecinos. Se corrió de nuevo, temblando contra mí, y yo aguanté lo que pude antes de llenarla por primera vez esa noche, chorros calientes dentro de ella mientras gemía ahogado en su cuello.
Seguimos toda la noche. En la ducha: agua caliente cayendo, ella de rodillas chupándome mientras yo le lavaba el cabello, luego yo de rodillas comiéndosela contra la pared de azulejos. En la cocina a medianoche: sentada en la encimera, piernas abiertas, yo comiéndola mientras ella bebía vino directamente de la botella y me miraba con ojos vidriosos de placer. En el sofá: ella encima, moviéndose lento, sensual, sus tetas en mi cara, susurrándome al oído “quiero que me hagas acabar una vez más”. En la cama de nuevo, de lado, penetrándola profundo mientras le mordía el cuello y le susurraba lo puta que era para mí, lo mucho que me volvía loco su culo y su boca.
Al amanecer, exhaustos, sudorosos, con los cuerpos marcados de besos y arañazos, nos quedamos abrazados. Ella pasó la lengua por mis labios una última vez, sonrió con esa picardía de siempre y murmuró: “Cuídese coleguita… pero no te acostumbres a dormir, que mañana seguimos”. Cerramos los ojos, su pierna larga sobre la mía, y supe que esa noche había sido solo el principio.
Después de esa primera noche en su casa, donde todo fue un torbellino de deseo acumulado, Lucía y yo empezamos a vernos casi todos los fines de semana. No era solo sexo; había una complicidad creciente, conversaciones profundas entre ronda y ronda, pero siempre terminábamos explorando más allá de lo básico. Ella tenía esa capacidad de pasar de la ternura a la lujuria en segundos, y yo me volvía adicto a descubrir qué la encendía de verdad.
Una noche, unas semanas después, estábamos en su cama, desnudos, sudados, con las sábanas revueltas y una botella de vino a medio terminar en la mesita. Ella se apoyó en mi pecho, trazando círculos con la uña en mi piel, y de repente dijo con voz baja, casi tímida:
—Rodrigo… ¿alguna vez has fantaseado con algo que nunca le has dicho a nadie?
La miré, sorprendido por el tono. Lucía siempre era directa, segura, pero esa pregunta tenía un matiz vulnerable. Le acaricié el cabello y respondí:
—Claro. Todos tenemos cosas que guardamos. ¿Y tú? ¿Qué es lo que te ronda por la cabeza cuando estás sola?
Se mordió el labio inferior —ese gesto que ya sabía que significaba que estaba excitada solo de pensarlo— y se acercó más a mi oído.
—Siempre he imaginado… que me atan. No fuerte, no dolor, pero sí que me inmovilizan. Que me dejas completamente a tu merced. Que me tocas donde quieras, cuando quieras, y yo no puedo hacer nada más que sentirlo. Que me haces rogar.
Sentí cómo mi pene se endurecía al instante contra su muslo. Ella lo notó y sonrió con picardía.
—¿Te gusta la idea, coleguita?
—Mucho —admití—. Pero dime más. ¿Cómo te imaginas exactamente?
Se incorporó un poco, sentándose a horcajadas sobre mí, sus tetas medianas y firmes rozando mi pecho.
—Quiero que me vendas los ojos. Que uses algo suave, una corbata tuya o una bufanda. Que me atas las manos a la cabecera con otra corbata, pero flojo, para que sienta que puedo forcejear un poco… pero no escapar. Luego me abres las piernas y me dejas expuesta. Me tocas despacio: los pezones, el cuello, el interior de los muslos… sin tocarme el coño hasta que yo te suplique. Y cuando lo hagas, quiero que uses la lengua primero, muy lento, hasta que me vuelva loca. Que me hagas acabar así, sin dejarme moverme, y después… me follas como si fuera tuya por completo.
Mientras hablaba, se movía suavemente sobre mí, frotando su sexo húmedo contra mi erección, lubricándome con sus jugos. Yo la agarré de las caderas, conteniéndome para no penetrarla ahí mismo.
—¿Y después? —pregunté, voz ronca.
—Después quiero que me des la vuelta, que me pongas de rodillas con las manos aún atadas, y que me tomes por detrás. Quiero sentir tu peso sobre mí, tus manos apretándome el culo, abriéndome… y que me digas cosas sucias al oído. Que me digas lo puta que soy por pedirte esto, lo mojada que estoy solo de imaginarlo. Y cuando estés a punto, quiero que me preguntes dónde quieres acabar… y yo te diga “adentro, lléname toda”.
La besé con fuerza, girándola para ponerla boca abajo. Le tomé las muñecas con una mano y las subí por encima de su cabeza, simulando las ataduras. Ella gimió solo con eso.
—Vamos a empezar despacio —le dije—. Esta noche probamos un poco de tu fantasía.
Le vendé los ojos con mi corbata negra, la até floja a la cabecera con otra que encontré en su armario, y me dediqué a recorrer su cuerpo con besos y caricias lentas: cuello, orejas, pezones que lamí hasta endurecerlos al máximo, interior de los muslos que temblaban cada vez que me acercaba a su sexo sin tocarlo. Ella se retorcía, arqueaba la espalda, murmuraba “por favor… tócame ya…”.
Cuando por fin posé la lengua en su clítoris, dio un grito ahogado. La lamí despacio, círculos suaves, luego más rápido, introduciendo dos dedos mientras ella tiraba de las ataduras, gimiendo sin control. Se corrió fuerte, temblando, gritando mi nombre, su sexo contrayéndose alrededor de mis dedos.
La desaté solo para ponerla de rodillas, manos aún “atadas” por encima de la cabeza con mis manos sujetándola. La penetré por detrás de un empujón profundo, agarrándole el culo con fuerza, abriéndola para verla entrar y salir. Le hablé al oído mientras embestía:
—Mira lo mojada que estás, puta… te encanta estar así, expuesta, mía. ¿Quieres que te llene?
—Sí… adentro… por favor…
Aceleré, sintiendo cómo su interior me apretaba, y acabé dentro de ella con un gruñido, llenándola mientras ella se corría de nuevo, su cuerpo convulsionando bajo el mío.
Después nos quedamos abrazados, ella con la venda aún puesta, respirando agitada.
—¿Era como lo imaginabas? —pregunté.
—Mucho mejor —susurró—. Pero ahora te toca a ti contarme una de tus fantasías secretas, coleguita. Porque esto recién empieza.
Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esa noche habíamos abierto una puerta que ninguno de los dos quería cerrar.
Era nuestra segunda vez juntos, una semana después de esa noche maratónica en su casa. Habíamos quedado en mi departamento esta vez, en Surco, un viernes por la tarde que se extendió hasta la madrugada. Lucía llegó directa del trabajo, aún con la blusa blanca del despacho pero desabotonada un par de botones más de lo profesional, falda lápiz negra ceñida, tacones que resonaban en el pasillo como un aviso de tormenta. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared del living, me besó con esa intensidad suya —lengua profunda, mordiendo mi labio inferior, manos ya bajándome el cierre del pantalón— y murmuró contra mi boca: “Hoy quiero que me cojas duro, coleguita… sin contemplaciones”.
No hubo preliminares largos. La llevé al sofá, le subí la falda hasta la cintura, le arranqué la tanga de encaje negro y la penetré de pie, de espaldas a mí, sus manos apoyadas en el respaldo. Estaba empapada desde antes de llegar; se notaba en cómo se abrió para mí de inmediato, en el gemido ronco que soltó cuando entré hasta el fondo. La embestí con fuerza, mis manos agarrándole las caderas, luego subiendo a sus tetas por encima de la blusa, pellizcando sus pezones duros mientras ella empujaba hacia atrás, pidiendo más: “Más fuerte… rómpeme… no pares”. Cambiamos al suelo, ella encima cabalgándome salvajemente, su culo rebotando contra mis muslos, sus uñas clavadas en mi pecho dejando marcas rojas. Se corrió dos veces así, gritando sin control, el cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de mí hasta que no aguanté más y me vacié dentro de ella, chorros calientes que la hicieron gemir una última vez.
Nos quedamos jadeando en el piso, sudorosos, ella todavía sentada sobre mí, mi pene aún dentro, latiendo suave. Fue entonces cuando se inclinó, me miró fijo a los ojos —esa mirada intensa, provocativa, que siempre me desarmaba— y dijo con voz ronca pero calmada:
—Rodrigo… aclaremos las cosas ahora, antes de que esto se complique.
La miré, todavía recuperando el aliento.
—¿Qué pasa?
Se movió un poco, sintiendo cómo salía de ella, y se acomodó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro. Su mano jugaba distraída con mi pecho, trazando las marcas que me había dejado.
—Me gusta tirar contigo. Mucho. Eres intenso, me haces acabar como nadie… pero no somos exclusivos. Nunca lo hemos sido, y no quiero que lo seamos. No me gusta decir ni preguntar con quién está el otro, pero ya que tocaste el tema la otra noche… esta semana no te voy a ver. Quedé con un amigo en vernos. Varias veces, probablemente.
El silencio cayó pesado un segundo. Sentí un pinchazo en el estómago, no de celos exactamente —sabía que Lucía era así, ninfómana en el mejor sentido: insaciable, libre, sin ataduras—, pero sí de sorpresa. Ella levantó la vista, esperando mi reacción, sus ojos café claro clavados en los míos, sin arrepentimiento, solo honestidad cruda.
—A ya —dije simplemente, intentando sonar neutro, aunque mi voz salió un poco más ronca de lo normal—. Espero que igual aceptes mi respuesta.
Ella arqueó una ceja, curiosa, una sonrisa lenta curvándose en sus labios rojos.
—¿Cuál es?
Me incorporé un poco, la miré de frente, le acaricié la mejilla con el pulgar y le dije calmado:
—Está bien. No somos exclusivos. Nunca lo pedí ni lo voy a pedir. Tú follas con quien quieras, cuando quieras… y yo también. Pero cuando estemos juntos, quiero que seas solo mía esa noche. Quiero que me cojas como si no hubiera nadie más en el mundo, que me mires como me miras ahora, que me dejes marcarte, llenarte, hacerte gritar mi nombre hasta que no puedas más. Y cuando termine la noche, cada uno vuelve a su vida. Sin reclamos, sin preguntas. Solo placer puro.
Lucía me miró un largo rato, como evaluándome. Luego sonrió de esa forma suya, sensual y peligrosa, se inclinó y me besó lento, profundo, mordiendo mi labio al final.
—Trato hecho, coleguita —susurró contra mi boca—. Me encanta que seas así… sin dramas, sin posesiones. Solo hambre.
Se levantó, desnuda, gloriosa, caminó hacia la cocina contoneando las caderas —su culo firme moviéndose con cada paso—, y volvió con dos copas de vino. Me tendió una, brindó chocando el cristal contra el mío.
—Entonces… ¿seguimos esta noche o ya te cansaste?
La miré de arriba abajo: tetas paradas, piernas largas, sexo aún brillante de nosotros, labios hinchados de tanto besar y chupar.
—No me canso de ti nunca —le dije, y la jalé de nuevo hacia mí.
Y seguimos. Toda la noche. Sin promesas de futuro, sin exclusividad, solo dos cuerpos que se entendían perfectamente en la oscuridad.
Pasaron varios meses sin que le escribiera ni una sola vez. No fue por orgullo ni por enojo; simplemente dejé que la vida siguiera su curso. Yo me metí de lleno en el trabajo —audiencias interminables, apelaciones, reuniones con clientes que no paraban de quejarse—, y ella… bueno, Lucía era Lucía. Sabía que seguía su ritmo: intensa, libre, follando con quien le diera la gana, sin ataduras ni explicaciones. Yo también salí con alguna abogada del estudio, una o dos noches casuales, pero nada que se pareciera a lo que había sido con ella. Su nombre se quedó flotando en algún rincón de mi mente, como un recuerdo caliente que se activaba de vez en cuando cuando me masturbaba pensando en su boca roja o en cómo se le marcaba la cucota en la tanga.
Una noche de octubre, ya casi noviembre de 2015, estaba en mi departamento solo, con una cerveza en la mano y el celular en silencio. De repente vibró. Era ella. El mensaje llegó sin saludo previo, directo al grano, como siempre.
Una foto: Lucía desnuda en su cama, de rodillas sobre las sábanas blancas, el cuerpo iluminado por la luz tenue de la lámpara de noche. Sus tetas medianas paradas, pezones oscuros endurecidos, vientre plano, piernas abiertas lo justo para que se viera su sexo depilado y brillante. Tenía un dedo índice en la boca, chupándolo despacio, labios rojos envolviéndolo, ojos clavados en la cámara con esa mirada provocativa que decía “sé exactamente lo que estás pensando ahora mismo”. Debajo, solo tres palabras:
“¿Qué haces, coleguita?”
Mi pene se endureció al instante. Sentí el pulso acelerarse, el calor subir por el cuello. No le había escrito en meses, y ella aparecía así, sin preámbulos, como si el tiempo no hubiera pasado. Miré la foto un rato largo, ampliándola para ver cada detalle: la curva de su culo asomando por detrás, la forma en que su dedo se hundía entre sus labios, el brillo húmedo en su sexo. Era puro fuego.
Le respondí después de unos segundos, intentando sonar calmado aunque ya estaba tocándome por encima del pantalón:
“Mirando tu foto y preguntándome si sigues tan mojada como siempre cuando piensas en mí.”
Su respuesta llegó casi inmediata, con otra foto: ahora de espaldas, arqueada, culo en pompa, manos abriéndose las nalgas para mostrar todo. El ano rosado, el sexo abierto y reluciente, la cucota perfecta marcada por la posición.
“Más que mojada. Estoy tocándome pensando en cómo me cogiste la última vez. ¿Y tú? ¿Ya estás duro por mí?”
No pude contenerme. Me bajé el pantalón, me agarré el pene y le mandé una foto: mi mano envolviéndolo, la cabeza hinchada y brillante de precum.
“Más duro que nunca. ¿Qué quieres que haga con esto?”
Ella respondió con voz nota de voz —su ronca, jadeante—: “Quiero que te lo toques despacio mientras miras mis fotos. Imagina que soy yo la que te chupa. Quiero oírte gemir mi nombre cuando te corras.”
Empezamos un juego de ida y vuelta. Fotos, audios, mensajes sucios. Ella me mandaba videos cortos: dedos entrando y saliendo de su sexo, gemidos bajos diciendo “esto es por ti, coleguita… me estoy abriendo para que me veas”. Yo le mandaba audios de mi respiración agitada mientras me masturbaba, diciéndole lo puta que era, cómo me volvía loco su culo y su boca. Ella se corrió primero, un audio largo de gemidos ahogados, gritando mi nombre al final. Yo aguanté un poco más, pero cuando me mandó una última foto —boca abierta, lengua afuera, como esperando mi semen— no pude más. Acabé fuerte, chorros calientes en mi mano, gruñendo su nombre mientras veía la pantalla.
Después del clímax, silencio unos minutos. Luego su mensaje:
“Me hiciste acabar rico… pero extraño sentirte adentro de verdad. ¿Cuándo repetimos, coleguita? Sin dramas, sin exclusividad… solo nosotros follando como animales.”
Le respondí con una sonrisa que ella no podía ver:
“Cuando quieras. Pero esta vez, tráete las esposas. Quiero probar esa fantasía tuya de estar atada… y que me ruegues.”
Su respuesta final esa noche fue un emoji de fuego y una sola palabra:
“Mañana. Mi casa. 9 pm. Prepárate.”
Y así, después de meses de silencio, Lucía volvió a encender todo con una foto y tres palabras. Como si nunca se hubiera ido.
Pasaron semanas sin que le respondiera esa foto ni sus mensajes posteriores. No fue por orgullo ni por juego; simplemente no pude. El trabajo me ahogaba —un caso grande que se complicaba cada día, audiencias consecutivas, noches en vela revisando expedientes—, y cuando veía su nombre en la pantalla, algo me bloqueaba. La foto seguía ahí, guardada en mi galería, pero no la abría. La dejaba como un recordatorio quemante de lo que había sido y de lo que no quería volver a caer.
Una noche de diciembre, ya casi Navidad de 2015, el celular vibró mientras cenaba solo en la cocina. Era ella, un mensaje largo, sin saludo, directo como siempre:
“Estoy con un tipo extraño, Rodrigo. No es como tú. Es bruto, no habla mucho, pero me llena de una forma que no esperaba. Me da duro en el culo, me abre la cuca con los dedos mientras me folla, me hace acabar una y otra vez sin parar. No me pregunta nada, no me pide explicaciones, solo me toma cuando quiere y me deja temblando. Me da placer a cada rato, sin dramas, sin promesas. Es justo lo que necesitaba ahora.”
Leí el mensaje dos veces, sintiendo un nudo en el estómago. No era celos exactamente —sabíamos desde el principio que no éramos exclusivos—, pero dolía de una manera sorda. Verla describir cómo otro la cogía, cómo la abría, cómo la hacía gritar… me removió cosas que prefería no sentir. Mis dedos temblaron sobre el teclado. Respondí corto, seco:
“Vive feliz y déjame en paz.”
Su respuesta llegó en menos de un minuto, solo cuatro palabras:
“Me necesitas. Sé que me buscarás.”
No contesté. Bloqueé su número esa misma noche. No por drama, sino por supervivencia. Sabía que si seguía leyendo sus mensajes, si veía otra foto suya desnuda o un audio de sus gemidos, iba a caer de nuevo. Y esta vez no quería. Me metí de lleno en el trabajo, salí con amigas del estudio, me emborraché alguna noche con colegas, pero su voz ronca, su “coleguita”, su culo perfecto y esa forma de mirarme seguían apareciendo en sueños o cuando me masturbaba solo en la oscuridad.
Pasaron meses más. Febrero de 2016 llegó con el calor sofocante de siempre en Lima. Un día, revisando el celular por la mañana, vi una notificación de un número desconocido. Era ella. Un mensaje simple, sin foto, sin provocación explícita:
“¿Sigues vivo, coleguita? Solo quería saber si sigues respirando… o si ya me olvidaste del todo.”
No respondí. Pero esa noche, solo en la cama, abrí la galería y busqué esa foto antigua: ella de rodillas, dedo en la boca, ojos clavados en mí. Me masturbé mirándola, imaginando que seguía siendo mía aunque solo por unos minutos en mi cabeza. Acabé rápido, con un gruñido ahogado, y después sentí vacío.
Sabía que tenía razón en algo: una parte de mí la necesitaba. No para una relación, no para exclusividad. Solo para esa intensidad cruda, para perderme en su cuerpo y en su mirada sin pensar en nada más. Pero también sabía que si le escribía, volvíamos al mismo ciclo: placer puro, sin ataduras… hasta que uno de los dos se quemara.
Por ahora, sigo sin responderle. Pero cada vez que veo un mensaje suyo aparecer (porque siempre encuentra la forma de llegar, cambiando número o mandando desde el de una amiga), siento esa punzada. Y sé que, tarde o temprano, uno de los dos va a ceder. Probablemente yo. Porque, como ella dijo: me necesita. Y yo, en el fondo, también la necesito a ella.
Pasaron más semanas. Yo seguía sin responderle, bloqueado en mi rutina de trabajo y silencio. Pensaba que el asunto se había enfriado por fin, que ella había seguido con su vida de placeres sin ataduras y yo con la mía de rutina controlada. Pero Lucía no era de las que se rinden fácil.
Una madrugada de enero de 2016, cerca de las 3 a.m., el celular empezó a vibrar sin parar. Mensajes seguidos, fotos, audios. Abrí el primero con los ojos medio cerrados y el corazón ya acelerado antes de entender qué pasaba.
El texto inicial era puro veneno envuelto en deseo crudo:
“¿Sabes qué, Rodrigo? No sé por qué carajo sigo queriendo coger contigo. No eres la más bonita pinga que me he comido. Ni grande, ni jugosa, ni venosa, ni gruesa. No me das guita, no eres guapo de portada, no eres adinerado, no eres nadie especial. Eres casi un don nadie. Pero joder, quiero un revolcón contigo. Quiero mojarme con tu verga mediocre, sentirte dentro aunque sea por una hora y ya. Quiero que me hagas acabar como la puta que soy cuando estoy contigo. ¿Por qué? Ni puta idea. Pero lo quiero. Y lo voy a tener.”
No respondí. No pude. Me quedé mirando la pantalla, sintiendo una mezcla de rabia, humillación y excitación que me quemaba por dentro. Luego vinieron los audios. Uno tras otro. No eran solo mensajes de voz; eran grabaciones de sus noches con otros.
El primero: risas de fondo, vasos chocando, música baja. Se escucha su voz ronca diciendo “brindemos por las buenas cogidas”. Luego gemidos. Gemidos fuertes, salvajes. “¡Sí, así, dame duro en el culo!”. Un hombre gruñe, piel contra piel, golpes rítmicos, ella gritando sin control: “¡Más profundo, cabrón, rómpeme el culo!”. Se oye cómo se ríe entre jadeos, cómo pide más, cómo acaba con un grito largo que se corta cuando el audio termina.
El segundo: otro tipo. Voz distinta, más grave. “Abre la cuca, puta”. Ella gime alto, se escucha el sonido húmedo de dedos entrando y saliendo, luego un “¡sí, métemela toda!”. Gritos, risas, ella diciendo “me estás llenando, joder, me estás llenando el culo”. Termina con un “¡córrete adentro, lléname!” seguido de un gemido gutural que me dejó temblando.
El tercero: varios a la vez. Voces masculinas diferentes, risas colectivas, ella en el centro: “Vengan todos, quiero vergas por todos lados”. Gemidos dobles, triples, sonidos de chupadas, penetraciones simultáneas, ella gritando “¡más, más, no paren!”. Se escucha cómo acaba una y otra vez, riéndose entre jadeos, diciendo “esto es vida, cabrones”.
Cada audio era más explícito, más humillante. Me los puse con auriculares, solo en la oscuridad de mi habitación. No negué que me excitaba. Me masturbé furioso, duro, imaginándola con ellos, sintiendo esa rabia que se mezclaba con el deseo. Acabé rápido, con un gruñido ahogado, pero después vino la otra parte: la odio. La odio por vengativa, por egoísta, por mandarme eso como un castigo porque no le respondí. Por humillarme con detalles que sabía que me dolerían. Por ser tan desgraciada como para disfrutar viéndome sufrir mientras se revuelca con otros.
Al final del último audio, su voz sola, jadeante después de acabar:
“¿Ves, coleguita? Esto es lo que tengo. Pero sigo queriendo tu pinga mediocre. Porque contigo es diferente. No sé por qué. Pero lo quiero. Y sé que tú también me quieres a mí. Me vas a buscar. Siempre lo haces.”
No respondí. No esa noche, ni la siguiente. Bloqueé el número nuevo también. Pero los audios se quedaron en mi cabeza. Los gemidos, los gritos, las risas. La forma en que se entregaba sin vergüenza. Y sí, me hacía pajearme otra vez al día siguiente, y al otro. Pero cada vez que acababa, la rabia volvía más fuerte.
Ella tenía razón en una cosa: una parte de mí la necesitaba. Pero la otra parte, la que sentía la humillación como un puñetazo, no iba a dejar que volviera a ganar tan fácil. Por ahora, sigo en silencio. Pero sé que ella no va a parar. Y yo… no sé cuánto más voy a aguantar sin escribirle. Porque entre el odio y el deseo, siempre gana el deseo. Y ella lo sabe.
Era un sábado por la mañana de marzo de 2016, el sol ya pegaba fuerte en Lima y yo estaba en mi departamento de Surco, solo, con café en mano y la cabeza aún pesada de la semana. El timbre sonó sin aviso. Abrí la puerta y ahí estaba Lucía, sin maquillaje, cabello suelto y revuelto, jeans ajustados, camiseta blanca sin sostén evidente y una mirada que no dejaba lugar a dudas: venía a por mí.
No dijo hola. Me empujó adentro, cerró la puerta de un golpe y me besó con esa hambre suya que siempre me desarmaba. Sus manos ya me bajaban el pantalón del pijama mientras yo le quitaba la camiseta. Sus tetas medianas y firmes saltaron libres, pezones duros rozando mi pecho. Me llevó al dormitorio casi arrastrándome, se quitó los jeans y la tanga en un movimiento, y se tiró boca arriba en la cama, piernas largas abiertas, sexo depilado brillando de anticipación.
—Cógete conmigo como nunca, coleguita —dijo con voz ronca—. Hoy quiero que me des de alma.
Y lo hice. La penetré de un empujón profundo, sintiendo cómo se abría para mí, caliente y mojada desde antes de llegar. Sus piernas largas me envolvieron la cintura como tenazas, clavándome las uñas en la espalda, empujándome más adentro. Embestí fuerte, sin piedad, el colchón crujiendo bajo nosotros. Ella gemía alto, gritaba “¡más duro, rómpeme, cabrón!”. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome con furia, su culo rebotando contra mis muslos, tetas saltando frente a mi cara. Le chupé los pezones mientras la agarraba de las caderas y la hacía bajar con fuerza.
Entonces vino lo inesperado, lo que nunca habíamos cruzado antes. Se inclinó sobre mí, me miró fijo y dijo:
—Quiero mearte la cara.
Me quedé quieto un segundo, pero su mirada era fuego puro. Se sentó en mi pecho, abrió las piernas y soltó un chorro caliente directo en mi boca. El sabor salado, tibio, me golpeó. Ella gemía mientras lo hacía, frotándose el clítoris con los dedos. “Toma, bébelo… pásamelo”. Me incorporé, la besé y le devolví el líquido en la boca, lengua con lengua, mezclando saliva, orina y deseo. Nos volvimos locos. Yo me arrodillé, ella se puso en cuatro, y le oriné el culo, el chorro corriendo por su espalda, entre sus nalgas, goteando por su sexo. Ella se tocaba, gemía “sí, ensúciame… me encanta esto contigo”. Nos revolcamos en las sábanas empapadas: meadas, semen, jugos, sudor. Todo mezclado en un charco caliente y asqueroso que, en ese momento, se sentía vital, primitivo, necesario.
Le di por el culo después. La puse boca abajo, le abrí las nalgas y entré despacio al principio, sintiendo cómo su ano se abría para mí, apretado y caliente. Embestí más fuerte cuando ella empezó a empujar hacia atrás. Mientras la follaba así, jadeando en su oído, ella empezó a hablar entre gemidos:
—Todos se la cogen mejor que tú, Rodrigo… tienen pingas más grandes, más gruesas, me llenan más… pero joder, te necesito a ti. Y tú me necesitas a mí. Somos una ****** juntos, pero no podemos parar.
Sus palabras dolían y excitaban al mismo tiempo. La embestí más duro, agarrándole el cabello, hasta que acabé dentro de su culo, chorros calientes que la hicieron temblar y correrse otra vez.
Seguimos horas. Comí su culo, lengua profunda mientras ella me chupaba la verga, 69 eterno, gemidos ahogados, saliva por todos lados. Nos corrimos una y otra vez, cuerpos pegajosos, exhaustos pero sin parar.
De pronto, su celular empezó a vibrar sin control en la mesita. Mensajes, notificaciones. Ella lo miró de reojo mientras yo la tenía de espaldas, aún dentro de ella. Abrió la pantalla: fotos de penes enormes, erectos, algunos con mensajes como “¿cuándo repetimos, puta?”, “te extraño llenándote el culo”, “ven esta noche”. Ella sonrió, feliz, excitada, y empezó a responder con emojis de fuego y labios mientras yo seguía moviéndome lento dentro de ella.
Le dije, voz ronca:
—Ve. Si eso quieres, ve.
Se giró, me miró fijo, todavía jadeando.
—Si te vas ahora, no me escribas más. Así será.
Se levantó, se limpió rápido con una toalla, se vistió sin prisa, me dio un beso corto en la boca —sabor a todo lo que habíamos hecho— y se fue como si nada. La puerta se cerró suave. Silencio.
Yo me quedé ahí, en la cama empapada, oliendo a sexo, orina y semen. No esperé más. Llamé a Carla, una amiga movida del estudio, abogada divorciada que siempre estaba dispuesta a desahogarse. Le dije “ven ahora”. Llegó en menos de una hora, con una botella de ron y ganas.
Se quedó conmigo hasta el lunes por la mañana. Cogimos sin parar: en la cama, en la ducha, en la cocina, en el sofá. Carla era salvaje a su manera —me chupaba profundo, me montaba con fuerza, me pedía que le diera nalgadas hasta dejarle marcas—, pero no era Lucía. No tenía esa intensidad enfermiza, esa mezcla de humillación y necesidad. Cogimos rico, sí, pero era diferente. Carla se fue el lunes temprano, besándome y diciendo “llámame cuando quieras repetir”.
Yo me quedé solo otra vez, mirando el techo, oliendo todavía a Lucía en las sábanas. Sabía que ella tenía razón en algo: nos necesitábamos. Pero también sabía que si volvía a caer, sería peor. Por ahora, no le escribí. Pero cada vez que veía un mensaje de número desconocido, el corazón me daba un vuelco. Porque sabía que ella no iba a parar. Y yo… no sabía cuánto más iba a resistir.
Carla llegó ese sábado al mediodía, justo después de que Lucía se fuera como si nada, dejando el departamento oliendo a sexo y orina. Llamé a Carla porque la conocía del estudio: abogada civil de 42 años, divorciada hacía un par de años, con esa vibe tranquila y profesional que contrastaba con lo que sabía de sus noches libres. No era como Lucía —intensa, vengativa, ninfómana pura—; Carla era más serena, de esas que te miran con ojos grandes y cafés, sonrisa suave, y un cuerpo delgado pero bien formado: tetas pequeñas pero firmes, culo redondo sin exagerar, piernas no tan largas como las de Lucía pero tonificadas por el yoga que hacía. Tez morena clara, cabello negro liso hasta los hombros, siempre con un toque elegante pero casual.
Vino vestida simple, como si fuera a un brunch casual: jeans ajustados azul oscuro que le marcaban las caderas y el culo de forma sutil, sin ser provocativos, una blusa blanca de manga corta con botones delanteros que se abría un poco en el escote, dejando ver el borde de un sostén de algodón blanco básico, y zapatillas blancas limpias. Llevaba una mochila pequeña con cambio de ropa —sabía que se quedaría— y esa botella de ron que mencioné. Olía a perfume suave, floral, nada agresivo. Me abrazó en la puerta, besándome la mejilla, y dijo con voz calmada: “Aquí estoy, Rodrigo. ¿Estás bien? Parecías agitado por teléfono”.
No perdimos tiempo en charlas. La llevé a la cama aún revuelta —no me molesté en cambiar las sábanas, y a ella no le importó—, le quité la blusa despacio, desabotonándola mientras nos besábamos suave al principio. Sus tetas pequeñas saltaron libres cuando le saqué el sostén, pezones rosados endureciéndose al aire. Era más tranquila que Lucía: no gritaba ni mandaba, pero tiraba rico, respondía con gemidos bajos, ronroneos que me ponían loco. Me montó despacio, moviéndose en círculos lentos, su coño apretado envolviéndome como un guante caliente y húmedo. “Me encanta cómo entras en mí”, murmuraba, ojos cerrados, manos en mi pecho. La volteé, la puse en cuatro, y le di fuerte por detrás, agarrándole el culo —no tan marcado como el de Lucía, pero firme y suave—, embistiendo mientras ella empujaba hacia atrás con ritmo constante, no salvaje, pero efectivo. Se corrió dos veces así, temblando suave, susurrando mi nombre: “Rodrigo… sí…”.
Seguimos todo el sábado: en la ducha, donde me chupó arrodillada bajo el agua, lengua lenta alrededor de la cabeza, tragando profundo sin prisa; en la cocina, sentada en la encimera con las piernas abiertas, yo comiéndosela mientras ella bebía ron directo de la botella y gemía bajito; en el sofá por la noche, viendo una película que ni miramos, ella encima cabalgándome lento hasta que acabamos juntos. No era frenética como Lucía, pero lo hacía rico: sabía tocarse mientras follábamos, sabía apretar en el momento justo, sabía mirarme con esos ojos que decían “estoy aquí para ti”.
El domingo por la mañana, después de desayunar en la cama —café y frutas que trajo—, se acurrucó contra mí y soltó lo que me picó el cuerpo: “Te amo, Rodrigo. Haré todo por ti. Lo que sea. Solo dímelo”. Lo dijo con esa voz tranquila, sincera, mirándome fijo, como si lo hubiera estado pensando toda la noche. Sentí un cosquilleo en la piel, un picor que no era solo excitación: era inquietud mezclada con poder. Lucía nunca diría algo así; ella era egoísta, vengativa. Pero Carla… parecía dispuesta a todo, sumisa en el buen sentido, sin dramas.
Eso me encendió. Le pregunté: “¿Todo? ¿Incluso cosas locas… enfermas?”. Ella sonrió suave, besándome el cuello: “Todo. Pruébame”. Y lo hice. Empezamos suave: le até las manos con mi corbata a la cabecera, le vendé los ojos con una bufanda, y la toqué despacio, rozando plumas por su cuerpo, luego hielo de la nevera por sus pezones y su coño, haciendo que se retorciera y gimiera bajito. Luego subí el nivel: le di nalgadas fuertes hasta dejarle el culo rojo, le mordí los pezones hasta que dolió un poco (pero ella pedía más), la penetré por el culo despacio —era apretado, virgen casi, pero se abrió para mí con lubricante y paciencia—, embistiendo mientras le susurraba cosas sucias: “Eres mi puta ahora, Carla… te voy a usar como quiera”. Ella gemía “sí… úsame… te amo, hazme lo que quieras”.
Fue loco, enfermo en ese límite consensual: le oriné un poco en la boca mientras me chupaba (no tanto como con Lucía, pero suficiente para probar), le hice tragar mi semen mezclado con ron, la follé con un vibrador que trajo en su mochila mientras yo la penetraba por detrás. No era asqueroso como con Lucía; era más controlado, pero vital, excitante. Ella se corría una y otra vez, temblando, diciendo entre jadeos “por ti… todo por ti”. Ese “te amo” repetido me picaba el cuerpo: era dulce, pero me daba poder, me hacía querer empujar límites. ¿Podía hacerle cosas más locas? Sí, probablemente. Ella parecía dispuesta: “Prueba lo que quieras, Rodrigo. Soy tuya”.
Se quedó hasta el lunes por la mañana. Cambió de ropa un par de veces —trajo un vestido corto azul que le marcaba las tetas y el culo, y lencería roja simple que se quitó rápido—. Follamos hasta el amanecer del lunes: suave, duro, loco. Me besó en la puerta antes de irse al trabajo: “Llámame cuando quieras. Te amo”. Cerré la puerta, exhausto, con el cuerpo picando todavía de esa mezcla de deseo y unease. Carla era tranquila, tiraba rico, pero ese “todo por mí” abría puertas que no sabía si quería cruzar del todo. Por ahora, la llamaría de nuevo. Porque después de Lucía, esto era un respiro… pero uno peligroso.
Carla empezó a venir cada fin de semana, como un reloj. Al principio fue solo sexo —el sábado que llegó a reemplazar a Lucía, y el domingo que se quedó hasta el lunes—, pero poco a poco se fue transformando en algo más tranquilo, más cotidiano, más real.
Los viernes por la tarde me escribía: “¿Estás libre este finde? Traigo algo rico para cocinar”. Llegaba con una bolsa del mercado: verduras frescas, pescado para ceviche, una botella de pisco o vino, y esa sonrisa suave que nunca forzaba. A veces ni siquiera tirábamos. Nos quedábamos en el sofá hablando hasta las tantas: de casos complicados en el estudio, de cómo fue su divorcio (doloroso pero liberador), de mis miedos a quedarme solo para siempre, de sueños que ninguno había cumplido todavía. Ella escuchaba de verdad, sin juzgar, con esa calma que contrastaba tanto con la tormenta que era Lucía.
Los sábados salíamos. Comíamos afuera en cevicherías de La Mar o en restaurantes escondidos de Miraflores, pedíamos causa rellena y lomo saltado, y nos reíamos de tonterías. Íbamos al cine —películas de autor que a mí me aburrían un poco pero a ella le encantaban, y terminábamos comentándolas en la salida con un café—. Bailábamos en locales pequeños de salsa o bachata en Barranco, donde ella se movía con una gracia natural, no exagerada, pero suficiente para que yo la mirara embobado mientras giraba en mis brazos. Hacíamos deporte juntos: corridas por el malecón de Miraflores al amanecer, yoga en el parque (ella me enseñaba posturas que yo hacía mal y nos reíamos), o caminatas largas por la Costa Verde.
Y la playa. Los domingos soleados íbamos a Asia o a Punta Hermosa. Ella llegaba con un bikini sencillo negro o azul marino que le quedaba perfecto: tetas pequeñas pero firmes, culo redondo y tonificado, piel morena clara brillando con protector solar. Nadábamos, jugábamos en la arena, tomábamos cerveza fría bajo la sombrilla, y a veces simplemente nos quedábamos callados mirando el mar, su cabeza en mi hombro.
Cuando sí tirábamos, era rico, pero diferente. No era maratónico ni enfermo como con Lucía. Era lento, profundo, conectado. Me montaba despacio, moviéndose en círculos, mirándome a los ojos y susurrando “te amo, Rodrigo… déjame cuidarte”. Le daba por detrás en la cama, agarrándole las caderas con suavidad, besándole la espalda mientras ella gemía bajito, sin gritos. Le comía el coño hasta que se corría temblando, y ella me chupaba con ternura, tragando todo sin prisa. Acabábamos abrazados, sudados pero tranquilos, y después nos quedábamos hablando en la oscuridad.
Pero cada vez que pasaban los días, Carla empezaba a decirlo más claro. Una noche, después de hacer el amor suave en la ducha, se acurrucó contra mí y murmuró:
—Quiero ser tu mujer, Rodrigo. De verdad. No solo los fines de semana. Quiero despertarme contigo todos los días, cocinar juntos, pelearnos por tonterías, hacer planes. Quiero que seas mío… y yo tuya.
Me picó el cuerpo otra vez, ese cosquilleo extraño entre ternura y miedo. Porque con Carla todo era posible: una vida normal, estable, sin dramas. Podía hacerle cosas locas y enfermas si quisiera —ella ya había demostrado que estaba dispuesta a probar límites—, pero también podía tener algo sano: desayunos en la cama, viajes a la playa sin prisa, alguien que me dijera “te amo” sin que sonara a manipulación.
Le respondí una vez, abrazándola fuerte:
—No sé si estoy listo para eso, Carla. Pero… me gusta esto que tenemos. Mucho.
Ella sonrió, besándome el pecho:
—No te apuro. Pero cuando estés listo, aquí estoy. Haré todo por ti. Lo que sea.
Y así seguimos: fines de semana de risas, salidas, sexo rico pero no obsesivo, conversaciones profundas. Carla era el antídoto a Lucía: tranquila, leal, dispuesta a construir. Pero en el fondo, cada vez que me decía “te amo” o “quiero ser tu mujer”, sentía ese picor en la piel. Porque sabía que podía tenerlo todo con ella… o perderlo todo si seguía mirando hacia atrás, esperando que Lucía volviera a aparecer con un mensaje que me quemara.
Por ahora, sigo dejándola entrar cada viernes. Y cada domingo, cuando se va, me quedo pensando: ¿será Carla la que me salve de mí mismo… o solo otra forma de seguir huyendo?