Conociendo boga en elecciones (1 Viewer)

Muchas gracias apreciado y estimado Ayrton. A gente faz o que pode.

Ainda que estou perto de sustentar tesis de magister, eu nao posso deixar de olhar as coisas que passam no foro.

Pirei com tudo do PT. Valeu galera.
 
Bien jugado Dr, provecho con la colega
 
Muchas gracias Mestre, bendiciones y muchos éxitos.
 
Demora en llegar la oportunidad

Soñando con ella, abrazados o solamente distendidos después de un largo viaje, hablándole de trivialidades pero que su voz sea mi equipaje. Amor mio bésame que la lluvia del adiós besa tu cara y llevas sonrisa en tu mirada. Un nuevo desafió.

Esta morena de unos 30 años se me había pasado mas de un año tanteándome, desde que la conocí a esta potranca, letrada de buenas notas en el pre grado, se me hacia un pez difícil de conquistarla, era obvio, siempre ocupada en sus cosas, ya estaba a punto de tirar la toalla y la excusa fue en las votaciones. No podía pasar saliva cuando me dijo un rotundo si, nos vemos, vamos a pasear luego, estoy estresada. No se diga mas, bella dama, le respondí.

Estuve desde tempranas horas haciendo la cola, la llame, le escribí y no respondió, no quise ser insitente, vote y me fui al baño, no la veía conectada, le envié un ultimo mensaje, nada de ella. Y cuando mi suerte se acababa, no se como la identifique en la puerta de salida y sera mi cara, mis nervios o tan solo su ternura y amabilidad, que me dijo, te estaba buscando, vamos a comer, claro, le conteste. Salimos y fuimos por alli, sin rumbo, con libertad, la miraba de reojo, estaba con un jean oscuro, aun así resaltaba sus buenas cachas, sus profundas carnes, que apetitosa, sabia que la miraba y ella normal.

Le dije vamos a la playa, me puso fea cara, a esta hora, me pregunto, le dije, si, vamos, no se, no me convence, respondió, te gustara le dije. Llegamos a un super mercado cercano, compramos quesos, fiambres, vino, hielo, vasos, servilleta, postre y todo lo que sea útil. Caminamos algo y donde mas iluminado estaba, de frente brindamos, nos sentamos en una banca, veíamos a muchas parejas y le agradecí por su tiempo, y me dijo, te plante varias veces, disculpa, ya era hora de este momento.

Le dije que todo era perfecto, le serví otra cosa, le puse hielo, comimos queso y algo de embutidos, un viento helado nos coqueteo, la abrace y cuando menos pensé un beso nos tentaba. Seguía riendo, pero no paso mas. Bebimos otra poco y hablamos, de que haremos en el futuro, si ponemos un EEJJ o si viajamos. me contó de su ex y de alguien que la pretende, ya me dormía. Tu podría tener a cualquiera y si te dejaras llevar, tal vez ya estarías con nuevo amor, le decía y ella me contestaba que no confía en nadie.

Y en eso me grita, ven, me jala la mano y descendimos al mar, estaba oscuro pero pude ver como se iba quitando el jean, no se percibía el color de su calzón pero si su tremendo culo, que rico, ya me venía. Entro ella primero, se mojo hasta el ombligo, me pidió que entrara, solo puse los pies la alce, la mire y la bese, la puse en la arena y sin pedir permiso la hice mía..................




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Nunca tuvo corazón pero si mucha razón

A simple vista era despiadada, buscaba lo fácil, se metía en cosas complejas y podía salir airosa. Lo que quiere, lo tiene. Una vida llena de azahar, de emociones perdidas. Yo quise como casi nunca, sincerarme ante sus encantos, le dije que tenía pareja, ella se rio, dijo, si tu quieres, me tienes, sabes donde vivo, yo pronuncio una vez, se que ambos estaremos aquí, señalaba su cama. Habían sido semanas de conocernos en el trabajo pero a la vez de su ser, la miraba con otros ojos y pensamientos. Y aunque desde hace un tiempo largo, mi vida con mi enamorada iba de tumbo en tumbo y ella, la boga llegó para calmar las penas, para no irme tan lejos de lo carnal. Un corazón roto se va y llega una bandida envuelta como dulce, quería retornar, regresar al pasado doloroso y conocido, no apostar a algo que se ve delicioso y al final no estará.

Como cobarde, insinué que era mejor darse un tiempo, aprovecharé en hacer un viaje de un mes ( no le dije a la actual que me iría con la nueva), ella podría hacer lo mismo, sus lágrimas me destruyeron, me hice el fuerte, le dije no eres tu, soy yo, no es lo malo de ti, es lo que puede venir, en fin, nada es real, ni si quiera que en 5 minutos conoceré otro cuerpo, comeré de otra mano, me sumergere en otra vulva, en una recorrida, sabia de los placeres y de lo enfermo que nos tiene su andar y venir. Me fui y el viento fue secando mi rostro, a pocos metros estaba la tentación, subimos a su auto, no hablé nada. Llegamos a su casa y ni bien entramos, me hizo tocarla, se fue desnudando, su vagina estaba empapada, esas sales me fueron quitando los temores, alejando los rencores y remordimientos.

Me jalaba la verga, se sentó tantas veces encima de mi ropa que me vine así, se rio fuerte, y dijo no importa, le dio vida con una sola lamida, todo ella era una lava hirviendo, un volcán en erupcion, nuestros sudores y transpiraciones nos envolvían, me faltaba el aire, ella seguía como si nada, me corrí y ella pedía mas, le di por atrás, la nalguee, me atrapo, mi ahorcó, sabía como moverse y como pedir, como complacer y poner cara de niña buena, pero lo tenía claro, era solo el largo momento de la tiradera, de lo que agarramos para pasarla mejor.

La noche siguiente nos vimos pero fue disminuyendo el libido de ambos, no lo decía pera obvio que estaba saliendo con otro u otros, ya me había usado, así que poco o nada le importaba. Y cuando follábamos, era un par y hasta alli, toda fría e indiferente, no existía para ella, pero si yo le decía no a algo, se las desquitaba en el trabajo, humillarme era su consigna, su respuesta. Intente volver con la ex pero era tarde, no había respuestas. No siempre uno se empalaga y se deja, puede no ser tan miel y seguir, creyendo encontrar otra textura, sabor y color. Pese a todo, ella insistía, pocas veces, pero se tenía que aceptar. Una madrugada en que ambos estábamos bien mamados, le dije, porque seguimos, y solo dijo, no lo se, creo que somos el mal necesario...........
 

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La amiga de la boga

En unas votaciones un amigo me presento a una conocida de ella, todos fuimos a votar y si bien congeniamos, alli no paso nada. Luego de un tiempo nos volvimos a ver por amigos en común y terminamos saliendo, pero, no pasó algo importante. Sin embargo en una reunión del chico que nos presentó, ella llevó a una estudiante de derecho, la chica me dio bola, esa fiesta fue una bomba, trago por todos lados y mi amigo y su amiga se fueron a tirar.

Salimos de la fiesta y la dejé en su casa. Intercambiamos números. Estuvimos unos meses charlando por teléfono hasta que se animó a verme. Me dijo que le parecía una gran persona y que no buscaba nada, se iba de viaje en un par de meses y solo socializaba. La empece a ver diferente, de buen trato, mostró su lado mas humano, leía a escritores que me gustaba, le fascinaba la filosofía, el derecho penal, sobre todo feminicidio y familia. Le encanta el tema de negocios, emprendimientos y para animarme mas, escucha rock clásico. En fin, me quedé admirado. Ella es morena clara, 1,75, flaca pero se conserva. No apreciaba sus carnes porque usaba ropa algo ancha. Pasamos a besarnos y alli quedó. Hasta que una madrugada comenzamos a jugar, se empezó a desnudar, a calentarme, a provocarme, a enseñarme sus senos y desbordar mucha pasión. Le dije, te quiero ver, no me hagas esto, te deseo, no, me dijo, despacio, esto es rico pero ya me voy. Una semana le rouge y acepto. Esa noche fue loca y especial, como le encantaba que la desnude y le mame los pechos, su vientre plano, su ropa algo grande y su tranquilidad me desesperaba pero fui a su ritmo, a su paso, ganarme su confianza y poco a poco se despabilaba. Cuando fui introduciendo y se iba calentando, ya prolongamos la satisfacción.

Fue un mes donde casi a diario cogíamos, de una hora pasamos a varias seguidas, a darnos placeres mutuos. A veces se quedaba en mi casa y cuando había gente, nos íbamos al pasadizo, al ascensor o a la azotea.

Una noche me dijo que quiere por atrás, despacio pero lo deseo, me fue dando una gran mamada, como nunca lo hizo, luego la unté con vaselina y ella se dedeaba, luego yo y empezamos a fornicar, gritó mucho pero aflojó y casi hasta a poco de irse, ella buscaba eso, me pedía darle por atrás, incluso mas que adelante. Ya ese orificio tenía entrada y salida, ya no le dolía y se abría a placer, se movía de aquí para allá y me venía con todo porque ella pedía.

No me dijo la fecha que se fue, no supe de ella hasta cuando me dijo ya estoy en USA, y una madrugada recordamos todo y lo hicimos virtual...........
 

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Un gran y delicioso polvo, una abogada que solo duro un par de meses

Llego con muchas ínfulas ( gracias a un viceministro), pero no duro ni 3 meses su vara, cuando eso sucedió, se le bajo el ego. De no ser nada solidaria, irse 5 pm en punto, no apoyar en ninguna actividad, tarea o trabajo, fue otra. Comenzamos a tomarla en cuenta y participar en una serie de cosas, incluso viajamos a provincia. Justamente en la primera y única vez de trabajar juntos y solos en otra ciudad, pese a todo percibí su buena voluntad, conocimiento y empatía con las personas.

Estuvimos casi 5 días, los primeros 3 nos dedicamos full a toda la comisiona, no solo en una ciudad norteña sino en otras provincias de la misma. El cuarto día ya estábamos con menos ajetreos, nuestro hotel tiene un bar, una zona de confort, la pasamos lindo, luego dimos unas vueltas y fuimos a un karaoke. Ella bajita pero bien cuerpona, bien cuidada y a pesar de ganarme en parte su confianza, no contaba de sus amores.

Ni bien volvimos al hotel, cada quien se fue a su cuarto, yo estaba caliente por todo, me regrese al bar y me encentro con otros trabajadores. Estuvimos hasta las 5 am, estaba mareado, la verdad no recuerdo como llegue a su cuarto de la abogada, como le hizo la llave o la puerta no estuvo cerrada, cuando la vi le dije que hace alli, algo discutimos y luego por el cansancio, dejamos el problema y fuimos a descansar. Paso un rato y me dice, ya no tengo sueño, vamos a tomar algo, teníamos un mini bar, jugamos cartas, ludo, y una cosa llevo a otra. Cuando pude rozarla, sentí sus muslos, sus piernas fuertes y me fui de avance, ella me dijo, si el lunes dices algo en la oficina, estas muerto, no sabes lo capaz que soy de hacer cosas. Ok, le respondí, la bese apasionadamente y le retire la poca ropa que tenia, la puse echada y empece a lamer, estaba depilada, sabia rico, era olorosa, limpia y se dejaba llevar, cuando se subió sobre mi, y me decía que si la deseaba, que si me tocaba pensando en ella, si alguna vez le mire el culo en la chamba, y tanta cosa loca, de tanto bombeo, me vine de inmediato, como crema de afeitar, le inunde la cuca, ella pedía mas y si solo seria una noche de lujuria y pasion, tuve que cachetear al muchacho en el baño y sacar fuerza para cumplir con la doña................
 

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La vida es un momento en el espacio
Cuando el sueño se ha ido
Es un lugar más solitario
Me beso la despedida de la mañana
Pero por dentro
Ya sabes nunca sabemos por qué
El camino es estrecho y largo
Cuando los ojos se encuentran con los ojos
Y la sensación es fuerte
Me aparto de la pared
Me tropiezo y caigo
Pero te lo doy todo
Soy una mujer enamorada
Y hago cualquier cosa
Para meterte en mi mundo
Y mantenerte adentro
Es un derecho que defiendo
Una y otra vez
¿Qué hago?
Contigo eternamente mío
En el amor hay
No hay medida de tiempo
Lo planeamos todo al principio
Que tú y yo
Vivimos en el corazón del otro
Podemos estar a océanos de distancia
Tu sientes mi amor
Yo escucho lo que dices
Callar algo es siempre una mentira
Me tropiezo y caigo
Pero te lo doy todo
Soy una mujer enamorada
Y hago cualquier cosa
Para meterte en mi mundo
Y te mantengo dentro
Es un derecho que defiendo
Una y otra vez
¿Qué hago?
Soy una mujer enamorada
Y te estoy hablando
Sabes que se como te sientes
Lo que una mujer puede hacer
Es un derecho que defiendo
Una y otra vez
Soy una mujer enamorada
Y te estoy hablando
Para meterte en mi mundo
Y mantenerte adentro
Es un derecho que defiendo
Una y otra vez
¿Que hago?...............

Ella gritaba a los 4 vientos, lo que antes se lo prodigaba a un extraño para mi, ahora era para mi. Ni la profesión nos diferenciaba ni menos los sentimientos. Aun cuando pasó el tiempo desde la primera vez, fue luego de 3 años que nuestros latidos nos unieron. Nos pusimos un solo uniforme, eran tardes de enamorados, amigos y cómplices. Era un parque para distraernos, idear planes de negocios y una parte para la retorica, la filosofía y un poco de poesía, dulce y salado, amargo y cálido, eso era todo lo que necesitábamos en ese momento.

Y nos fundimos en un suspiro que era un minuto de pasión pero desde nuestra óptica parecían una vida, un infinito que al recorrer cada parte de su cuerpo, me llevaba por distintos caminos, pasajes, senderos, oscuros lienzo, que con un beso, la luz llegaría a mi.

Cuando finalizábamos de hacer el amor, se bañaba y al salir me provocaba, dejaba la puerta abierta, se miraba, se adulaba, miraba el espejo y sonreía coquetamente, se mordía los labios, mientras pasaba crema, se arreglaba, se limpiaba, se tocaba y me miraba. Todo es jueguito un par de veces no le hice, luego de eso llevo en mi una sensación única y de nuevo por mi cuerpo y mente estaba someterla.

Una noche mientras se secaba, la puse contra el espejo, abrí sus piernas, la estire bien, sus brazos pegados a la pared y de tanto roce fue lubricando, empezamos a darle en serio, muchos quejidos, bramidos, mucho movimiento, casi se cae el espejo y cuando ella quiso venirse, segundos antes me aprieta, lo hace tan fuerte y en en la desesperación se cae, tiembla, vuelve a dominar o hacer creer y esta vez soy yo que fallezco.

Para finalizar, con sus piernas me erecta, me la pone dura, volvemos a las andadas y el camino era perfecto, hasta que ella quiso sentir toda mi leche hirviendo, me vine entre sus piernas la cual chuecas eran como dos banderas que nos cobijaban hasta encendernos.............
 

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De unas elecciones del CAL a tener grandes encuentro en mi CAMA


La veía algo superflua, altanera, no veía a nadie, siempre arriba, nosotros no existimos. Era curioso todo, recuerdo que cuando estuve con mi perro (QEPD), vi a una mujer bien vestida paseando a una canina pequeña, yo me dije a esa chica la vi antes pero no se donde, al día siguiente igual. Un día a propósito acerque a mi amado amigo a su mascota y nos chocamos, me miró feo, pero de inmediato al perdón, le dije que la vi en las votaciones, de alli empezamos a intercambios de temas legales, le hable de su 4 patas y me dijo que no es de ella, es mas, me añadió, no vive por aquí sino que le hace el favor a una amiga. Fuimos caminando y ella ingresó a un edificio. Luego de unos días nos volvimos a ver, y me dio su número, la llamaba de vez en cuando pero una noche me dice para vernos, que estaba cerca de mi casa y sin perros. Fui de inmediato, me habló de unos problemas economices, pensé que me pediría pero no, lloró y luego se fue.

Durante varias semanas yo le escribía, le daba aliento, por quedar bien le dije te presto algo, no aceptó, luego me dijo que estaba trabajando pero no era por mucho tiempo. No supe mas de ella. No es que me la quería morfar como sea, pero su figura delgada, fina, bien vestida, su buena charla, todo eso me hacía pasar bellos momentos.

Un mes siguiente recibo una llamada, me invita a tomar algo, me pareció extraño, me dijo que esta feliz porque le salió algo para el extranjero y en un mes se va, ven, y fui, algo sorprendido y confundido. Llegué, tomamos, hablamos mucho y por fin se logró, que ricos besos dulces, labios casi rosados, piel fina, bien cuidado, no dijo nada, no pidió, nada, solo se entregó, fuimos despacio y varios minutos pasaron para entendernos, luego de la primera penetración, lo hicimos toda la noche, con mas trago, ya se iba soltando, ya decía cosas sucias y me ponía ese culo pequeño, oloroso y sabroso................
 

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Cuando ella no te mira con ojos de letrada sino con ternura y pasión


Eye In The Sky

Don't think sorry's easily said
Don't try turning tables instead
You've taken lots of chances before
But I'm not gonna give anymore, don't ask me
That's how it goes
Cause part of me knows what you're thinkin'
Don't say words you're gonna regret
Don't let the fire rush to your head
I've heard the accusation before
And I ain't gonna take anymore, believe me
The Sun in your eyes
Made some of the lies worth believing
I am the eye in the sky looking at you
I can read your mind
I am the maker of rules, dealing with fools
I can cheat you blind
And I don't need to see anymore to know that
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
Don't leave false illusions behind
Don't cry I ain't changing my mind
So find another fool like before
Cause I ain't gonna live anymore believing
Some of the lies while all of the signs are deceiving
I am the eye in the sky looking at you
I can read your mind
I am the maker of rules, dealing with fools
I can cheat you blind
And I don't need to see anymore to know that
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I am the eye in the sky looking at you
I can read your mind
I am the maker of rules, dealing with fools
I can cheat you blind
And I don't need to see anymore to know that
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
I can read your mind (looking at you)
Ojo En El Cielo

No creas que es fácil decir lo siento
No trates de dar la vuelta
Tuviste muchas oportunidades antes
Pero no voy a darte más nada, no me pidas
Así es como funciona
Porque parte de mí sabe lo que estás pensando
No digas palabras de las que te arrepentirás
No dejes que el fuego suba a tu cabeza
Ya oí la acusación antes
Y no voy a aguantar más, créeme
El Sol en tus ojos
Hizo que algunas de las mentiras valieran la pena creer
Soy el ojo en el cielo mirándote
Puedo leer tu mente
Soy el creador de reglas, lidiando con los tontos
Puedo engañarte a ciegas
Y no necesito ver más para saber que
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
No dejes falsas ilusiones atrás
No llores, no cambiaré mi opinión
Así que encuentra a otro tonto como antes
Porque no voy a vivir creyendo
En algunas de las mentiras mientras todas las señales están engañando
Soy el ojo en el cielo mirándote
Puedo leer tu mente
Soy el creador de reglas, lidiando con los tontos
Puedo engañarte a ciegas
Y no necesito ver más para saber que
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Soy el ojo en el cielo mirándote
Puedo leer tu mente
Soy el creador de reglas, lidiando con los tontos
Puedo engañarte a ciegas
Y no necesito ver más para saber que
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)
Puedo leer tu mente (mirándote)


Fueron muchos caminos que recorrimos pese a que solo estuvimos una temporada. Ella sabía lo que me gustaba y enojaba, yo entendí que es no, cuando arroparla, dejarla y aceptarla. Ella la luna y yo el sol, un juego de pasiones fueron lo que mas nos envolvía. Sin embargo estuve en su casa con toda su familia que era extensa. Lo curioso es que yo iba a verla a su depa y cuando ingresé estaban todos, me quedé petrificado y ella también pasó momentos importantes con mi familia.

Luego de varios años nos vimos en un retail en PSM, fue extraño, ambos solos, nos demoramos en acercarnos y luego de un simple café que duró muchas horas, ella me dijo vamos a mi casa, ya lo era todo, casi como hace muchos años atrás que podía sentir sus besos, sus caricias, su piel dura y bien tratada. Donde no existía flojera, dejadez ni imprecisiones. Le respondí con un beso y manoseo que ella siempre se negó en público.

Una tarde casi pero casi pecamos en la playa, estábamos con una pareja de amigos de ellos que por cierto nunca me inspiraron confianza. De pronto ellos se van a su auto y nosotros en el mar abrazados, le dije, agachemosnos y un rapidin, se ríe, me dice, estas loco, si quieres nos vamos ya a un hotel. La bese y acepté. Esa tarde se hizo noche y madrugada y fue tan delicioso que al día siguiente no fuimos a laborar, luego como locos buscando descanso médico. Prolongamos la felicidad y luego casi un mes nos nos vimos.

Esta pequeña gigante en cuatro paredes si improvisaba, mostraba su rica cola, la meneaba, se arqueaba, estiraba una pierna, en 4, de costado, de patas arriba, todas las poses primero para saciarme con la mirada y luego para llenarle de leche. Boga en la oficina, puta en la cama, para que mas.

En ese año de vernos y probar de todo, vino la tan mentada y maldita pregunta, que somos a que vamos, define estamos en serio o chao y no quedó otra que su último polvazo y adiós.




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Buena Gringo, no pierdes el estilo… suba fotos de las caZadassss !!;)
 
Gracias doc, ya viene. Nunca te fallé galladita....... Valeu.
 
Luego de votar conseguí una dama para limpiarme el cutis

Un sábado no tan feo como en la primera vuelta ( elecciones del CAl), pero el sol, la congestión vehicular, el calor y el poco tiempo para hacer muchas cosas me ponían con la eme en la cabeza. Lo bueno que la salida fue traquila y con poca gente. Tomé mi taxi y me fui a Breña, busqué algunas cosas que no encontré y me fui al barrio, otro mercado y de pasar de las frutas me dije un buen chilcanito me caería bien ( sería mi única comida en todo el día, licoreamos mas de 12 horas sin parar). En fin, me faltaba algo, no me di cuenta hasta que la chama Milf mesera del local se me acerca, una mirada bella, su piel blanquita pecosita y su cuerpo algo adorable, me va inquietando, le di su par de soles le expliqué que necesito una señora de limpieza. Ya, yo te consigo, firme y directa. Una hora después me consiguió una, no ella, una perucha mayorcita bien entregada en la limpieza y buena conversa. Llegó en una hora, tiempo suficiente para todo.

Le comuniqué que haría, lo hizo tan pero tan bien, que le di 20 de mas, la miro agitada, transpirada, puede bañarse arriba, se va, sale mas ricotona, gordita de piernas no tan formadas pero con todo y eso me dio ganas de joderla. Un par de chelas, un vino y ya estábamos en picos, manoseos y mas cositas.

Una lengua picosa, sabrosa, verla tocándose y pidiendo mas bebe, quiero mas. Miraba la hora, uno, dos, tres, me corrí adentro como pedía y gemía, como succionaba todo. Una artista, entregada a bajos placeres, si así toda llenita, ya usadita se desplaza bien, que orgasmos y movimientos rítmicos. Como sería en sus años mozos, cuando el poder lo tenía ella, decidía ella, llegaban CV para que se diera el lujo de chotear a medio mundo. Pero de vuelta a la realidad aunque me coqueteaba su cuca amplia y conocedora de todo, le dije, sorry, tal vez mañana.................................

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💍⚖️ “Los Votos y los Votos”: Sátira en el Claustro de la Ley

Capítulo 1: Las campañas del Colegio y las promesas imposibles ⚖️


La elección para Decano del Colegio era, en esencia, un burdel político disfrazado de justa cívica. Los candidatos, letrados de traje impecable y moral flexible, prometían desde "un gimnasio con sauna para todos" hasta "eliminar la injusticia en 24 horas". Mentiras gloriosas, regadas con whisky de dudosa procedencia en los despachos de campaña.

Yo, el anónimo observador, veía el espectáculo desde la barra libre. Los corrillos se armaban en las esquinas: "Si me apoyas, te nombro en la Comisión de Ética..." (donde, por supuesto, nadie tiene ética). El ambiente vibraba. Pero la verdadera tensión no estaba en los discursos, sino en el glamour y el magnetismo que emanaba el bando de la Dra. Sofía.

Colega, ambiciosa, con su cara de yo no fui y tremenda mañosa.

En la cola de las elecciones pasadas habíamos tenido un dame que te doy, pero por su poco tiempo, dejamos de vernos.

Ella no era un ángel ni una belleza, lo que me llamó la atención era su forma directa, cruda y sincera de hacer y pedir las cosas.

No era elegante pero mejor, tener esos melones, ese culote en la cara me saciaba, me enfermaba. Yo iba a paso lento pero seguro y ella corría, era un bólido. Ya en el cuarto recorrido, iba pidiendo chepa. De pena me dio una succionada de aquellas, todo para encontrar mas forma y fondo. Eso si, mordía bien, lamía bien y cuando se puso armando carpa, sin pedir permiso, lo ingreso, en adelante era ella el espectáculo. Gemía, sudaba, aullaba, me daba señores sentones y me iba viniendo por partes, cuando de pronto me vine con fuerza y ella en tono de burla, lo cachetea y ahorca y me dice:” tu conoces a tal boga”, si le digo, hagamos algo, me indica, yo te presento a una señora y tu a él……….

Capítulo 2: La abogada Sofía y su arte de convencer 💄📜

Sofía no hacía campaña, hacía casting. Abogada de faldas justas y mente brillante, sabía que en este gremio la oratoria era importante, pero el arte de la persuasión no verbal era supremo.

Su lema era simple: "Vota por la elegancia en la Justicia". Elegancia, claro, traducida en promesas susurradas al oído, en una sonrisa que prometía más que un cargo, y en una mirada que te hacía sentir el futuro Decano del universo, aunque solo fueras el suplente del bibliotecario.

"Colega, su trayectoria merece más. Mucho más. ¿Vienes mañana a mi oficina a discutir esa 'reestructuración' que tanto urge?"

Su "arte de convencer" incluía cenas privadas donde el vino y las confesiones fluían más rápido que el caudal de un amparo, y donde los contratos de apoyo se firmaban, si me entiendes, con tinta indeleble en el alma y el deseo. Los hombres, sobre todo, caían como moscas atraídas por la luz prometida de un farol que ella manejaba con maestría. La verdad era que, cuando Sofía pedía un voto, sentías que te estaba pidiendo el resto de tu vida, o al menos el resto de tu noche.

Capítulo 3: Las otras abogadas (Claudia, Maritza, Eliana…) y sus estrategias 🗳️

El panorama femenino era un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con la astucia de un habeas corpus de medianoche.

  • Claudia, la penalista, apostó por la estrategia de la firmeza. Traje pantalón, voz de trueno y cero tonterías. Era temida, pero no amada. Sus reuniones eran sobrias, casi funerales. A ella se le respetaba, pero a Sofía se la... anhelaba.
La mas enferma sexual, no había ni respiro. A veces venía con dos o tres amigas y si no podía, llamaba a otros. Una vez me cansé, encima me dio un golpe y quedé herido.

Con el falo inflamado y con hielo, me retiré a otra habitación, fue donde vino una menuda y sencilla mujer. Nos fuimos haciendo patas, me ayudaba, yo a ella y casi sin sexo.

Pero Claudia, le ganó el personaje, la locura, el vicio, la noche y no conformarse con nada.

Dejaba sus tangas y si le convencía un tipo, se ausentaba por meses.

Según ella, hasta un chofer de un bus provincial, dejó envarados a sus pasajeros, todo por irse una media hora de revolcón. No le creí, pero me hizo la noche.

  • Maritza, la laboralista, usaba la fraternidad materna. Repartía pastelillos caseros y abrazos apretados, buscando votos por lástima o por glucosa alta. Su estrategia era efectiva con los abogados mayores y solos, aquellos que añoraban el calor de un hogar (o al menos un buen sándwich).
  • Eliana, la más joven y ambiciosa, recurría al flirteo descarado en redes. Sus stories eran un balance perfecto entre jurisprudencia y escote. Era el equivalente moderno de la pícara, ofreciendo la apariencia de un quid pro quo fácil, aunque al final solo daba likes y promesas vacías.
Llena de energía y vitalidad, iba buscando votos a través de su poto, que buen poropopó, una fotografía de ella desnuda y enloqueciéndote con sus curvas. Señores pajas y mamelucos. Dueña de nadie ni de nada. Con ella era, una sola noche y no me acuerdo.

Todas se esforzaban, pero ninguna dominaba el arte de vender deseo envuelto en legalidad como Sofía.

Capítulo 4: La noche de los cómputos y las confesiones 🍷

El aire en el salón de cómputos estaba denso, con olor a derrota inminente y colonia barata. Los resultados eran ajustados, pero la tendencia favorecía a Sofía.

Mientras se contaban los últimos votos, me encontré a Juan, un colega que había sido su jefe de campaña (y, según los rumores, algo más que jefe). Estaba en un rincón, con la corbata floja y la mirada perdida en su vaso de vino.

"Ella va a ganar, ¿verdad?", me preguntó con voz ronca.

"Parece que sí", respondí. "Su arte de convencer es supremo."

Él sorbió el vino, amargo. "Supremo, sí. Anoche, después del mitin, me dijo que si ganaba, me daría la vicepresidencia... Me lo dijo con esa voz, cerca de mi oreja... Y luego me dio 'algo más' para sellar el pacto."

Hizo una pausa dramática. "Hoy me llamó. Ya no necesito la vicepresidencia. Dice que 'la coyuntura legal ha cambiado'."

El pacto había sido sellado con la pasión del momento, pero la ley y la política son frías. El voto de Juan, como el de muchos otros, había sido comprado con una fantasía que se disolvió con el amanecer. La pícara había triunfado.

De las últimas trotamundos, fuimos escarbando, nos iban contando. Se encerraba en su despacho y colocaba música, allí en un escritorio antiguo, abría sus nalgas como puentes para que la revisen y sus aullidos te dejen loco. Luego de llenarte de sus fluidos, no importaba tu satisfacción, sino de ella.

Capítulo 5: Final abierto: entre votos, lágrimas y anillos 💔💍

Sofía ganó por un margen estrecho.

Hubo aplausos forzados, discursos grandilocuentes y, por supuesto, un mar de ojos masculinos que la devoraban mientras ella agradecía a "todos los que creyeron en la Justicia y la renovación".

Afuera, en el estacionamiento, encontré a Juan. Estaba discutiendo (o suplicando) por teléfono.

Al terminar, me vio y se encogió de hombros con una sonrisa amarga.

"¿Qué pasó, Juan? ¿La vicepresidencia?"

"Peor que eso, colega. Mucho peor. Mi esposa me acaba de preguntar si, con la Decanatura de Sofía, por fin nos podemos permitir ese viaje a las Islas Griegas que le prometí si yo ganaba... Y también me preguntó por qué llevo en el bolsillo un anillo de compromiso que no es el de ella."


Me alejé sonriendo, dejando a Juan con su habeas corpus matrimonial, sabiendo que en el Colegio, como en la vida, a veces el voto que más duele no es el que se deposita en la urna, sino el que se pronuncia al pie de la cama.

La abogada Sofía, la pícara de nuestra era, había conseguido su Voto para el Colegio, y había provocado, de paso, la anulación de otro Voto matrimonial.

Y yo, el narrador anónimo, solo puedo preguntarme... ¿quién será el próximo en caer ante su argumento de seducción? El 2025 promete ser un año de muchas apelaciones sentimentales.



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Era febrero de 2015, un jueves caluroso en Lima, y yo, Rodrigo Villaverde, abogado litigante de 45 años, llegaba por segunda vez al local de votación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para las elecciones internas del Colegio de Abogados de Lima. Llevaba el carné de colegiado en la mano, la camisa celeste pegada a la espalda por el sudor nervioso, y el voucher recién impreso que había olvidado en la primera vuelta. El salón estaba lleno de colegas: algunos comentando fallos recientes, otros revisando sus celulares mientras hacían fila. Yo solo quería votar rápido y salir, pero cuando me acerqué a la mesa 12, todo cambió.


Ahí estaba ella: Lucía Gonzales, también abogada de 45 años, presidenta de mesa esa jornada. Alta, casi a mi altura con los tacones discretos que usaba, tez clara que destacaba bajo las luces fluorescentes del aula, cabello castaño oscuro recogido en un moño profesional pero con algunos mechones sueltos que le daban un aire relajado y sensual. Sus ojos café claro eran lo primero que atrapaba: brillantes, directos, con una chispa juguetona que parecía decir “sé exactamente lo que estás pensando”. Llevaba una blusa blanca de algodón que se ajustaba suavemente a su busto generoso y una falda lápiz negra que marcaba sus caderas anchas y sus piernas largas y torneadas. Siempre sonreía, una sonrisa amplia, confiada, que iluminaba su rostro y hacía que todos a su alrededor se sintieran un poco más cómodos… o un poco más inquietos, en mi caso.


Me presenté con voz algo entrecortada, explicando lo del voucher olvidado. Ella levantó la vista del padrón, me miró fijamente a los ojos durante un segundo más largo de lo necesario, y luego recorrió mi figura de arriba abajo con una lentitud deliberada: desde mi cabello un poco desordenado por el calor, pasando por mi camisa arrugada, hasta detenerse un instante en mi cinturón y volver a subir. “Tranquilo, coleguita”, dijo con esa voz ronca y melosa que parecía acariciar cada sílaba, “a veces uno se olvida de las cosas importantes… pero siempre hay una segunda oportunidad para meterla bien”. El doble sentido me golpeó como una corriente eléctrica. Sentí el calor subir por el cuello, las manos temblando ligeramente mientras le entregaba los documentos.


Ella se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, lo que hizo que su escote se abriera apenas lo suficiente para dejar ver la curva suave de sus pechos y el borde de un sostén de encaje negro. No era descarado, pero era intencional. Sus labios rojos carmín se curvaron en una sonrisa ladina mientras verificaba mis datos con calma exasperante. De vez en cuando levantaba la mirada y me clavaba los ojos, como si estuviera midiendo mi reacción. “Parece que viene todo nervioso, doctor… ¿necesita que lo ayude a relajarse un poquito?”, agregó bajito, solo para mí, mientras pasaba la lengua lentamente por el borde inferior de su labio superior, humedeciéndolo de forma provocativa.


Delante de los otros miembros de mesa y los votantes que esperaban, todo parecía normal: ella atendía con profesionalismo, yo respondía con monosílabos. Pero entre nosotros había un juego silencioso. Cada vez que me hablaba, se acomodaba en la silla de una manera que hacía que su falda se subiera apenas unos centímetros por sus muslos, o cruzaba las piernas lentamente, dejando que el roce de la tela se escuchara en el silencio entre sus palabras. Yo no podía evitar mirarla: la forma en que su blusa se tensaba cuando respiraba profundo, cómo sus dedos largos jugaban con el bolígrafo mientras anotaba algo, cómo su sonrisa se volvía más amplia cada vez que notaba que mis ojos se desviaban hacia su escote o hacia la curva de sus caderas.


Cuando por fin me devolvió el carné, se inclinó un poco más hacia mí, su perfume suave a vainilla y jazmín llegando hasta mi nariz. “Cuídese coleguita”, susurró, lamiendo de nuevo sus labios con lentitud, como si saboreara el momento. El salón seguía bullendo a nuestro alrededor —abogados discutiendo en voz baja, alguien quejándose del calor—, pero en ese instante solo existíamos nosotros. Fingí ajustar mi carné en su lado de la mesa y, con el pulso acelerado, le deslicé un papelito con mi número de celular. Ella lo tomó sin mirarlo, lo guardó en el bolsillo de su falda con un movimiento discreto, y alzó el pulgar con un guiño rápido y cómplice, como diciendo “mensaje recibido”.


Salí del local con el corazón latiendo fuerte, la imagen de ella grabada en la mente: su postura erguida y segura cuando se ponía de pie para entregar una papeleta a otro votante, la forma en que su falda se ajustaba a su culo redondo y firme cuando se giraba para buscar algo en la caja de materiales, la curva de su espalda cuando se inclinaba sobre la mesa. No era solo atracción física; era la seguridad con la que me miraba, la forma en que jugaba con las palabras, la promesa silenciosa en cada sonrisa. Sabía que me había visto nervioso, vulnerable, y eso parecía divertirla… y excitarla.


No supe nada de ella en los meses siguientes, pero cada vez que recordaba ese encuentro, la imaginaba de nuevo: de pie detrás de la mesa, mirándome con esos ojos que decían más que cualquier palabra, su cuerpo alto y curvilíneo moviéndose con esa gracia natural, su sonrisa juguetona prometiendo que, si algún día nos volvíamos a cruzar, el juego recién empezaría.












Llegó abril de 2015, la segunda vuelta de las elecciones del CAL. El mismo local en San Marcos, el mismo salón caluroso y lleno de abogados quejándose del tráfico o comentando el último fallo de la Corte Suprema. Yo, Rodrigo Villaverde, entré con el carné en la mano, el pulso ya acelerado antes de siquiera verla. Y ahí estaba Lucía Gonzales, en la misma mesa 12, presidenta otra vez. Cuando levanté la vista del padrón, sus ojos café claro me encontraron de inmediato. No fue una mirada casual: fue directa, intensa, con ganas. Me recorrió de arriba abajo como la primera vez, pero ahora con más fuego, con una sonrisa lenta que se extendía por sus labios rojos carmín mientras yo votaba. No dijo nada al principio, solo me miró fijamente, mordiéndose el labio inferior un segundo, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.


Al acercarme a firmar, ella se inclinó sobre la mesa, su blusa blanca abriéndose un poco más de lo necesario, y me deslizó un papelito doblado con su número. Sus dedos rozaron los míos deliberadamente, cálidos, suaves, y susurró bajito: “Cuídese coleguita… esta vez no se olvide de llamarme”. El salón seguía bullendo a nuestro alrededor, pero para mí todo se silenció. Guardé el papel en el bolsillo con la mano temblando, le sonreí y salí de ahí con la certeza de que algo iba a pasar.


Esa misma noche, en mi departamento de Surco, no aguanté más de una hora. Marqué su número. Contestó al segundo tono, con esa voz ronca y juguetona: “¿Coleguita? Pensé que te ibas a hacer el difícil”. Le dije directo: “¿Qué quieres, Lucía?”. Ella rio suave, un sonido que me erizó la piel, y respondió exactamente lo mismo: “¿Qué quieres tú, Rodrigo?”. Fue como si hubiéramos estado esperando esa pregunta toda la vida. La conversación derivó rápido: empezó con bromas sobre la mesa electoral, pero pronto se volvió coqueta, provocativa. “¿Te gustó cómo te miré hoy?”, preguntó. “Me mataste con esos ojos”, contesté. “Y tú con esa camisa pegada por el sudor… me dieron ganas de desabotonártela ahí mismo”.


Empezamos a enviarnos fotos esa misma noche. Primero inocentes: ella una selfie con la blusa aún puesta, el moño medio deshecho, sonriendo con picardía. Yo le mandé una de mí en el sofá, camisa abierta un botón más de lo normal. Luego subieron de tono: ella en ropa interior negra de encaje, de espaldas, mostrando la curva de su culo firme y redondo pese a ser delgada, la tanga marcando una cucota perfecta que se transparentaba. Yo le envié una donde se veía el bulto en mi bóxer, sin cara, solo el torso y la insinuación. Cada foto venía con un mensaje corto: “¿Te gusta lo que ves?”, “Quiero verte más”, “Mañana no te escapes”. Nos dormimos tarde, con el celular caliente en la mano.


Al día siguiente quedamos en un café discreto en Miraflores, a las 4 de la tarde. Llegué primero, nervioso, y cuando la vi entrar… Dios. Llevaba un vestido escotado negro, ajustado, con un corte profundo en V que dejaba ver el inicio de sus tetas paradas, medianas pero firmes, sin sostén evidente, los pezones insinuándose contra la tela fina. Las piernas largas, bronceadas, terminaban en tacones altos que la hacían aún más imponente. Caminaba con esa seguridad natural, caderas balanceándose ligeramente, el vestido pegándose a su cintura estrecha y marcando su culo redondo y alto, la cucota perfecta dibujada en la tela cada vez que daba un paso. Su boca sensualona, labios rojos intensos, se curvó en una sonrisa al verme. Se acercó, me dio un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo normal, su perfume a vainilla y jazmín envolviéndome.


Nos sentamos en una mesa al fondo. Ella cruzó las piernas lentamente, el vestido subiéndose un poco por sus muslos, y me miró con esa misma intensidad de la mesa electoral. “¿Contento de verme sin la falda lápiz?”, preguntó bajito, inclinándose para que su escote quedara a centímetros de mis ojos. Yo tragué saliva, mis ojos bajando inevitablemente a sus tetas, luego a sus piernas, y volviendo a su cara. “Más que contento… estás increíble”. Ella rio suave, pasó la lengua por sus labios y dijo: “Tú también te ves bien sin sudar frío… aunque me gustaba verte nervioso”.


Hablamos un rato, pero las palabras eran secundarias. Nos mirábamos como si ya supiéramos lo que vendría después: sus ojos recorriendo mi boca, mi cuello, mi pecho; yo devorando su escote, la curva de sus caderas, la forma en que su culo se marcaba cuando se movía en la silla. Cada roce accidental de rodillas bajo la mesa, cada mirada sostenida, era una promesa. Al final, cuando pagamos la cuenta, ella se levantó despacio, se giró un poco para que viera su perfil completo —piernas largas, culo firme, cucota perfecta—, y me dijo al oído: “¿Vamos a algún lado más tranquilo, coleguita?”. No hizo falta responder. Salimos juntos, su mano rozando la mía, y supe que el juego de las votaciones acababa de pasar a otro nivel.


















Era la noche del viernes siguiente a nuestro café en Miraflores. Habíamos estado chateando todo el día: mensajes subidos de tono, fotos que subían la temperatura, promesas susurradas de lo que íbamos a hacer. Lucía me mandó la ubicación de su casa en San Isidro, un departamento amplio en un edificio antiguo pero elegante, con balcón a la calle. “Ven a las 9, coleguita. Trae solo ganas”, escribió. Llegué puntual, con una botella de vino tinto y el corazón latiéndome en la garganta.


Me abrió la puerta vestida con un conjunto de lencería negro que parecía sacado de mis fantasías: corpiño de encaje que apenas contenía sus tetas medianas pero paradas, tanga diminuta que dejaba ver la cucota perfecta de su culo firme, y medias hasta medio muslo que alargaban aún más sus piernas interminables. Su cabello castaño suelto cayéndole por la espalda, labios rojos intensos, y esa sonrisa juguetona que ya conocía tan bien. “Llegaste justo a tiempo”, dijo, tomándome de la corbata y jalándome adentro. Cerró la puerta con el pie y me besó con hambre, sin preámbulos: lengua invadiendo mi boca, sus manos ya desabotonándome la camisa mientras yo le apretaba la cintura y bajaba a su culo, sintiendo lo redondo y duro que era bajo mis palmas.


No llegamos ni al sofá. Me empujó contra la pared del pasillo, me bajó el cierre del pantalón y sacó mi pene ya duro como piedra. Se arrodilló despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, y lo tomó en su boca caliente y húmeda. Chupó profundo, lento al principio, la lengua girando en la cabeza, luego más rápido, tragando hasta la base mientras gemía vibraciones que me hacían temblar las rodillas. “Me encanta cómo sabe, Rodrigo”, murmuró entre chupadas, saliva brillándole en los labios. Yo le agarré el cabello, guiándola, y ella me dejó follarle la boca un rato, sus ojos lagrimeando un poco pero sin parar, hasta que la levanté porque no quería acabar tan pronto.


La cargué en brazos —sus piernas largas envolviéndome la cintura— y la llevé al dormitorio. La cama era grande, sábanas blancas, luz tenue de una lámpara de noche. La tiré boca arriba, le quité el corpiño con los dientes, y me dediqué a sus tetas: chupé un pezón endurecido mientras pellizcaba el otro, mordisqueando suave, luego más fuerte cuando ella gemía “sí, así… muerde”. Bajé besando su vientre plano, llegué a la tanga y la arranqué de un tirón. Su sexo estaba depilado, hinchado, brillante de humedad. Separé sus piernas y hundí la lengua: lamí su clítoris en círculos lentos, luego rápidos, saboreando sus jugos dulces y salados mientras ella se arqueaba y tiraba de las sábanas. “¡Rodrigo, no pares… me vas a hacer acabar ya!”. Introduje dos dedos, curvándolos hacia arriba, y la hice correrse fuerte: sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, gritando mi nombre mientras su sexo se contraía en espasmos.


No le di tregua. La puse de espaldas, admirando su culo perfecto —redondo, firme, con esa cucota que se marcaba incluso sin nada puesto—. Me puse detrás, le abrí las nalgas y la penetré despacio al principio, sintiendo cómo su calor apretado me envolvía centímetro a centímetro. “Estás tan mojada para mí, Lucía”, gruñí. Embestí más fuerte, mis manos apretando sus caderas, luego subiendo a sus tetas para pellizcar sus pezones mientras la follaba profundo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más: “Más duro… rómpeme, coleguita”. Cambiamos: la puse encima, cabalgándome salvajemente, sus tetas rebotando, su culo chocando contra mis muslos con cada bajada. Le agarré las nalgas, abriéndolas para verla entrar y salir, y ella se inclinó para besarme mientras aceleraba el ritmo.


No paramos. La llevé al balcón —la noche tibia, luces de la ciudad abajo—, la puse de pie contra la baranda, piernas abiertas, y la penetré por detrás otra vez, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos mientras la otra le tapaba la boca para que no gritara tan fuerte y despertara a los vecinos. Se corrió de nuevo, temblando contra mí, y yo aguanté lo que pude antes de llenarla por primera vez esa noche, chorros calientes dentro de ella mientras gemía ahogado en su cuello.


Seguimos toda la noche. En la ducha: agua caliente cayendo, ella de rodillas chupándome mientras yo le lavaba el cabello, luego yo de rodillas comiéndosela contra la pared de azulejos. En la cocina a medianoche: sentada en la encimera, piernas abiertas, yo comiéndola mientras ella bebía vino directamente de la botella y me miraba con ojos vidriosos de placer. En el sofá: ella encima, moviéndose lento, sensual, sus tetas en mi cara, susurrándome al oído “quiero que me hagas acabar una vez más”. En la cama de nuevo, de lado, penetrándola profundo mientras le mordía el cuello y le susurraba lo puta que era para mí, lo mucho que me volvía loco su culo y su boca.


Al amanecer, exhaustos, sudorosos, con los cuerpos marcados de besos y arañazos, nos quedamos abrazados. Ella pasó la lengua por mis labios una última vez, sonrió con esa picardía de siempre y murmuró: “Cuídese coleguita… pero no te acostumbres a dormir, que mañana seguimos”. Cerramos los ojos, su pierna larga sobre la mía, y supe que esa noche había sido solo el principio.











Después de esa primera noche en su casa, donde todo fue un torbellino de deseo acumulado, Lucía y yo empezamos a vernos casi todos los fines de semana. No era solo sexo; había una complicidad creciente, conversaciones profundas entre ronda y ronda, pero siempre terminábamos explorando más allá de lo básico. Ella tenía esa capacidad de pasar de la ternura a la lujuria en segundos, y yo me volvía adicto a descubrir qué la encendía de verdad.


Una noche, unas semanas después, estábamos en su cama, desnudos, sudados, con las sábanas revueltas y una botella de vino a medio terminar en la mesita. Ella se apoyó en mi pecho, trazando círculos con la uña en mi piel, y de repente dijo con voz baja, casi tímida:


—Rodrigo… ¿alguna vez has fantaseado con algo que nunca le has dicho a nadie?


La miré, sorprendido por el tono. Lucía siempre era directa, segura, pero esa pregunta tenía un matiz vulnerable. Le acaricié el cabello y respondí:


—Claro. Todos tenemos cosas que guardamos. ¿Y tú? ¿Qué es lo que te ronda por la cabeza cuando estás sola?


Se mordió el labio inferior —ese gesto que ya sabía que significaba que estaba excitada solo de pensarlo— y se acercó más a mi oído.


—Siempre he imaginado… que me atan. No fuerte, no dolor, pero sí que me inmovilizan. Que me dejas completamente a tu merced. Que me tocas donde quieras, cuando quieras, y yo no puedo hacer nada más que sentirlo. Que me haces rogar.


Sentí cómo mi pene se endurecía al instante contra su muslo. Ella lo notó y sonrió con picardía.


—¿Te gusta la idea, coleguita?


—Mucho —admití—. Pero dime más. ¿Cómo te imaginas exactamente?


Se incorporó un poco, sentándose a horcajadas sobre mí, sus tetas medianas y firmes rozando mi pecho.


—Quiero que me vendas los ojos. Que uses algo suave, una corbata tuya o una bufanda. Que me atas las manos a la cabecera con otra corbata, pero flojo, para que sienta que puedo forcejear un poco… pero no escapar. Luego me abres las piernas y me dejas expuesta. Me tocas despacio: los pezones, el cuello, el interior de los muslos… sin tocarme el coño hasta que yo te suplique. Y cuando lo hagas, quiero que uses la lengua primero, muy lento, hasta que me vuelva loca. Que me hagas acabar así, sin dejarme moverme, y después… me follas como si fuera tuya por completo.


Mientras hablaba, se movía suavemente sobre mí, frotando su sexo húmedo contra mi erección, lubricándome con sus jugos. Yo la agarré de las caderas, conteniéndome para no penetrarla ahí mismo.


—¿Y después? —pregunté, voz ronca.


—Después quiero que me des la vuelta, que me pongas de rodillas con las manos aún atadas, y que me tomes por detrás. Quiero sentir tu peso sobre mí, tus manos apretándome el culo, abriéndome… y que me digas cosas sucias al oído. Que me digas lo puta que soy por pedirte esto, lo mojada que estoy solo de imaginarlo. Y cuando estés a punto, quiero que me preguntes dónde quieres acabar… y yo te diga “adentro, lléname toda”.


La besé con fuerza, girándola para ponerla boca abajo. Le tomé las muñecas con una mano y las subí por encima de su cabeza, simulando las ataduras. Ella gimió solo con eso.


—Vamos a empezar despacio —le dije—. Esta noche probamos un poco de tu fantasía.


Le vendé los ojos con mi corbata negra, la até floja a la cabecera con otra que encontré en su armario, y me dediqué a recorrer su cuerpo con besos y caricias lentas: cuello, orejas, pezones que lamí hasta endurecerlos al máximo, interior de los muslos que temblaban cada vez que me acercaba a su sexo sin tocarlo. Ella se retorcía, arqueaba la espalda, murmuraba “por favor… tócame ya…”.


Cuando por fin posé la lengua en su clítoris, dio un grito ahogado. La lamí despacio, círculos suaves, luego más rápido, introduciendo dos dedos mientras ella tiraba de las ataduras, gimiendo sin control. Se corrió fuerte, temblando, gritando mi nombre, su sexo contrayéndose alrededor de mis dedos.


La desaté solo para ponerla de rodillas, manos aún “atadas” por encima de la cabeza con mis manos sujetándola. La penetré por detrás de un empujón profundo, agarrándole el culo con fuerza, abriéndola para verla entrar y salir. Le hablé al oído mientras embestía:


—Mira lo mojada que estás, puta… te encanta estar así, expuesta, mía. ¿Quieres que te llene?


—Sí… adentro… por favor…


Aceleré, sintiendo cómo su interior me apretaba, y acabé dentro de ella con un gruñido, llenándola mientras ella se corría de nuevo, su cuerpo convulsionando bajo el mío.


Después nos quedamos abrazados, ella con la venda aún puesta, respirando agitada.


—¿Era como lo imaginabas? —pregunté.


—Mucho mejor —susurró—. Pero ahora te toca a ti contarme una de tus fantasías secretas, coleguita. Porque esto recién empieza.


Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esa noche habíamos abierto una puerta que ninguno de los dos quería cerrar.











Era nuestra segunda vez juntos, una semana después de esa noche maratónica en su casa. Habíamos quedado en mi departamento esta vez, en Surco, un viernes por la tarde que se extendió hasta la madrugada. Lucía llegó directa del trabajo, aún con la blusa blanca del despacho pero desabotonada un par de botones más de lo profesional, falda lápiz negra ceñida, tacones que resonaban en el pasillo como un aviso de tormenta. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared del living, me besó con esa intensidad suya —lengua profunda, mordiendo mi labio inferior, manos ya bajándome el cierre del pantalón— y murmuró contra mi boca: “Hoy quiero que me cojas duro, coleguita… sin contemplaciones”.


No hubo preliminares largos. La llevé al sofá, le subí la falda hasta la cintura, le arranqué la tanga de encaje negro y la penetré de pie, de espaldas a mí, sus manos apoyadas en el respaldo. Estaba empapada desde antes de llegar; se notaba en cómo se abrió para mí de inmediato, en el gemido ronco que soltó cuando entré hasta el fondo. La embestí con fuerza, mis manos agarrándole las caderas, luego subiendo a sus tetas por encima de la blusa, pellizcando sus pezones duros mientras ella empujaba hacia atrás, pidiendo más: “Más fuerte… rómpeme… no pares”. Cambiamos al suelo, ella encima cabalgándome salvajemente, su culo rebotando contra mis muslos, sus uñas clavadas en mi pecho dejando marcas rojas. Se corrió dos veces así, gritando sin control, el cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de mí hasta que no aguanté más y me vacié dentro de ella, chorros calientes que la hicieron gemir una última vez.


Nos quedamos jadeando en el piso, sudorosos, ella todavía sentada sobre mí, mi pene aún dentro, latiendo suave. Fue entonces cuando se inclinó, me miró fijo a los ojos —esa mirada intensa, provocativa, que siempre me desarmaba— y dijo con voz ronca pero calmada:


—Rodrigo… aclaremos las cosas ahora, antes de que esto se complique.


La miré, todavía recuperando el aliento.


—¿Qué pasa?


Se movió un poco, sintiendo cómo salía de ella, y se acomodó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro. Su mano jugaba distraída con mi pecho, trazando las marcas que me había dejado.


—Me gusta tirar contigo. Mucho. Eres intenso, me haces acabar como nadie… pero no somos exclusivos. Nunca lo hemos sido, y no quiero que lo seamos. No me gusta decir ni preguntar con quién está el otro, pero ya que tocaste el tema la otra noche… esta semana no te voy a ver. Quedé con un amigo en vernos. Varias veces, probablemente.


El silencio cayó pesado un segundo. Sentí un pinchazo en el estómago, no de celos exactamente —sabía que Lucía era así, ninfómana en el mejor sentido: insaciable, libre, sin ataduras—, pero sí de sorpresa. Ella levantó la vista, esperando mi reacción, sus ojos café claro clavados en los míos, sin arrepentimiento, solo honestidad cruda.


—A ya —dije simplemente, intentando sonar neutro, aunque mi voz salió un poco más ronca de lo normal—. Espero que igual aceptes mi respuesta.


Ella arqueó una ceja, curiosa, una sonrisa lenta curvándose en sus labios rojos.


—¿Cuál es?


Me incorporé un poco, la miré de frente, le acaricié la mejilla con el pulgar y le dije calmado:


—Está bien. No somos exclusivos. Nunca lo pedí ni lo voy a pedir. Tú follas con quien quieras, cuando quieras… y yo también. Pero cuando estemos juntos, quiero que seas solo mía esa noche. Quiero que me cojas como si no hubiera nadie más en el mundo, que me mires como me miras ahora, que me dejes marcarte, llenarte, hacerte gritar mi nombre hasta que no puedas más. Y cuando termine la noche, cada uno vuelve a su vida. Sin reclamos, sin preguntas. Solo placer puro.


Lucía me miró un largo rato, como evaluándome. Luego sonrió de esa forma suya, sensual y peligrosa, se inclinó y me besó lento, profundo, mordiendo mi labio al final.


—Trato hecho, coleguita —susurró contra mi boca—. Me encanta que seas así… sin dramas, sin posesiones. Solo hambre.


Se levantó, desnuda, gloriosa, caminó hacia la cocina contoneando las caderas —su culo firme moviéndose con cada paso—, y volvió con dos copas de vino. Me tendió una, brindó chocando el cristal contra el mío.


—Entonces… ¿seguimos esta noche o ya te cansaste?


La miré de arriba abajo: tetas paradas, piernas largas, sexo aún brillante de nosotros, labios hinchados de tanto besar y chupar.


—No me canso de ti nunca —le dije, y la jalé de nuevo hacia mí.


Y seguimos. Toda la noche. Sin promesas de futuro, sin exclusividad, solo dos cuerpos que se entendían perfectamente en la oscuridad.















Pasaron varios meses sin que le escribiera ni una sola vez. No fue por orgullo ni por enojo; simplemente dejé que la vida siguiera su curso. Yo me metí de lleno en el trabajo —audiencias interminables, apelaciones, reuniones con clientes que no paraban de quejarse—, y ella… bueno, Lucía era Lucía. Sabía que seguía su ritmo: intensa, libre, follando con quien le diera la gana, sin ataduras ni explicaciones. Yo también salí con alguna abogada del estudio, una o dos noches casuales, pero nada que se pareciera a lo que había sido con ella. Su nombre se quedó flotando en algún rincón de mi mente, como un recuerdo caliente que se activaba de vez en cuando cuando me masturbaba pensando en su boca roja o en cómo se le marcaba la cucota en la tanga.


Una noche de octubre, ya casi noviembre de 2015, estaba en mi departamento solo, con una cerveza en la mano y el celular en silencio. De repente vibró. Era ella. El mensaje llegó sin saludo previo, directo al grano, como siempre.


Una foto: Lucía desnuda en su cama, de rodillas sobre las sábanas blancas, el cuerpo iluminado por la luz tenue de la lámpara de noche. Sus tetas medianas paradas, pezones oscuros endurecidos, vientre plano, piernas abiertas lo justo para que se viera su sexo depilado y brillante. Tenía un dedo índice en la boca, chupándolo despacio, labios rojos envolviéndolo, ojos clavados en la cámara con esa mirada provocativa que decía “sé exactamente lo que estás pensando ahora mismo”. Debajo, solo tres palabras:


“¿Qué haces, coleguita?”


Mi pene se endureció al instante. Sentí el pulso acelerarse, el calor subir por el cuello. No le había escrito en meses, y ella aparecía así, sin preámbulos, como si el tiempo no hubiera pasado. Miré la foto un rato largo, ampliándola para ver cada detalle: la curva de su culo asomando por detrás, la forma en que su dedo se hundía entre sus labios, el brillo húmedo en su sexo. Era puro fuego.


Le respondí después de unos segundos, intentando sonar calmado aunque ya estaba tocándome por encima del pantalón:


“Mirando tu foto y preguntándome si sigues tan mojada como siempre cuando piensas en mí.”


Su respuesta llegó casi inmediata, con otra foto: ahora de espaldas, arqueada, culo en pompa, manos abriéndose las nalgas para mostrar todo. El ano rosado, el sexo abierto y reluciente, la cucota perfecta marcada por la posición.


“Más que mojada. Estoy tocándome pensando en cómo me cogiste la última vez. ¿Y tú? ¿Ya estás duro por mí?”


No pude contenerme. Me bajé el pantalón, me agarré el pene y le mandé una foto: mi mano envolviéndolo, la cabeza hinchada y brillante de precum.


“Más duro que nunca. ¿Qué quieres que haga con esto?”


Ella respondió con voz nota de voz —su ronca, jadeante—: “Quiero que te lo toques despacio mientras miras mis fotos. Imagina que soy yo la que te chupa. Quiero oírte gemir mi nombre cuando te corras.”


Empezamos un juego de ida y vuelta. Fotos, audios, mensajes sucios. Ella me mandaba videos cortos: dedos entrando y saliendo de su sexo, gemidos bajos diciendo “esto es por ti, coleguita… me estoy abriendo para que me veas”. Yo le mandaba audios de mi respiración agitada mientras me masturbaba, diciéndole lo puta que era, cómo me volvía loco su culo y su boca. Ella se corrió primero, un audio largo de gemidos ahogados, gritando mi nombre al final. Yo aguanté un poco más, pero cuando me mandó una última foto —boca abierta, lengua afuera, como esperando mi semen— no pude más. Acabé fuerte, chorros calientes en mi mano, gruñendo su nombre mientras veía la pantalla.


Después del clímax, silencio unos minutos. Luego su mensaje:


“Me hiciste acabar rico… pero extraño sentirte adentro de verdad. ¿Cuándo repetimos, coleguita? Sin dramas, sin exclusividad… solo nosotros follando como animales.”


Le respondí con una sonrisa que ella no podía ver:


“Cuando quieras. Pero esta vez, tráete las esposas. Quiero probar esa fantasía tuya de estar atada… y que me ruegues.”


Su respuesta final esa noche fue un emoji de fuego y una sola palabra:


“Mañana. Mi casa. 9 pm. Prepárate.”


Y así, después de meses de silencio, Lucía volvió a encender todo con una foto y tres palabras. Como si nunca se hubiera ido.










Pasaron semanas sin que le respondiera esa foto ni sus mensajes posteriores. No fue por orgullo ni por juego; simplemente no pude. El trabajo me ahogaba —un caso grande que se complicaba cada día, audiencias consecutivas, noches en vela revisando expedientes—, y cuando veía su nombre en la pantalla, algo me bloqueaba. La foto seguía ahí, guardada en mi galería, pero no la abría. La dejaba como un recordatorio quemante de lo que había sido y de lo que no quería volver a caer.


Una noche de diciembre, ya casi Navidad de 2015, el celular vibró mientras cenaba solo en la cocina. Era ella, un mensaje largo, sin saludo, directo como siempre:


“Estoy con un tipo extraño, Rodrigo. No es como tú. Es bruto, no habla mucho, pero me llena de una forma que no esperaba. Me da duro en el culo, me abre la cuca con los dedos mientras me folla, me hace acabar una y otra vez sin parar. No me pregunta nada, no me pide explicaciones, solo me toma cuando quiere y me deja temblando. Me da placer a cada rato, sin dramas, sin promesas. Es justo lo que necesitaba ahora.”


Leí el mensaje dos veces, sintiendo un nudo en el estómago. No era celos exactamente —sabíamos desde el principio que no éramos exclusivos—, pero dolía de una manera sorda. Verla describir cómo otro la cogía, cómo la abría, cómo la hacía gritar… me removió cosas que prefería no sentir. Mis dedos temblaron sobre el teclado. Respondí corto, seco:


“Vive feliz y déjame en paz.”


Su respuesta llegó en menos de un minuto, solo cuatro palabras:


“Me necesitas. Sé que me buscarás.”


No contesté. Bloqueé su número esa misma noche. No por drama, sino por supervivencia. Sabía que si seguía leyendo sus mensajes, si veía otra foto suya desnuda o un audio de sus gemidos, iba a caer de nuevo. Y esta vez no quería. Me metí de lleno en el trabajo, salí con amigas del estudio, me emborraché alguna noche con colegas, pero su voz ronca, su “coleguita”, su culo perfecto y esa forma de mirarme seguían apareciendo en sueños o cuando me masturbaba solo en la oscuridad.


Pasaron meses más. Febrero de 2016 llegó con el calor sofocante de siempre en Lima. Un día, revisando el celular por la mañana, vi una notificación de un número desconocido. Era ella. Un mensaje simple, sin foto, sin provocación explícita:


“¿Sigues vivo, coleguita? Solo quería saber si sigues respirando… o si ya me olvidaste del todo.”


No respondí. Pero esa noche, solo en la cama, abrí la galería y busqué esa foto antigua: ella de rodillas, dedo en la boca, ojos clavados en mí. Me masturbé mirándola, imaginando que seguía siendo mía aunque solo por unos minutos en mi cabeza. Acabé rápido, con un gruñido ahogado, y después sentí vacío.


Sabía que tenía razón en algo: una parte de mí la necesitaba. No para una relación, no para exclusividad. Solo para esa intensidad cruda, para perderme en su cuerpo y en su mirada sin pensar en nada más. Pero también sabía que si le escribía, volvíamos al mismo ciclo: placer puro, sin ataduras… hasta que uno de los dos se quemara.


Por ahora, sigo sin responderle. Pero cada vez que veo un mensaje suyo aparecer (porque siempre encuentra la forma de llegar, cambiando número o mandando desde el de una amiga), siento esa punzada. Y sé que, tarde o temprano, uno de los dos va a ceder. Probablemente yo. Porque, como ella dijo: me necesita. Y yo, en el fondo, también la necesito a ella.













Pasaron más semanas. Yo seguía sin responderle, bloqueado en mi rutina de trabajo y silencio. Pensaba que el asunto se había enfriado por fin, que ella había seguido con su vida de placeres sin ataduras y yo con la mía de rutina controlada. Pero Lucía no era de las que se rinden fácil.


Una madrugada de enero de 2016, cerca de las 3 a.m., el celular empezó a vibrar sin parar. Mensajes seguidos, fotos, audios. Abrí el primero con los ojos medio cerrados y el corazón ya acelerado antes de entender qué pasaba.


El texto inicial era puro veneno envuelto en deseo crudo:


“¿Sabes qué, Rodrigo? No sé por qué carajo sigo queriendo coger contigo. No eres la más bonita pinga que me he comido. Ni grande, ni jugosa, ni venosa, ni gruesa. No me das guita, no eres guapo de portada, no eres adinerado, no eres nadie especial. Eres casi un don nadie. Pero joder, quiero un revolcón contigo. Quiero mojarme con tu verga mediocre, sentirte dentro aunque sea por una hora y ya. Quiero que me hagas acabar como la puta que soy cuando estoy contigo. ¿Por qué? Ni puta idea. Pero lo quiero. Y lo voy a tener.”


No respondí. No pude. Me quedé mirando la pantalla, sintiendo una mezcla de rabia, humillación y excitación que me quemaba por dentro. Luego vinieron los audios. Uno tras otro. No eran solo mensajes de voz; eran grabaciones de sus noches con otros.


El primero: risas de fondo, vasos chocando, música baja. Se escucha su voz ronca diciendo “brindemos por las buenas cogidas”. Luego gemidos. Gemidos fuertes, salvajes. “¡Sí, así, dame duro en el culo!”. Un hombre gruñe, piel contra piel, golpes rítmicos, ella gritando sin control: “¡Más profundo, cabrón, rómpeme el culo!”. Se oye cómo se ríe entre jadeos, cómo pide más, cómo acaba con un grito largo que se corta cuando el audio termina.


El segundo: otro tipo. Voz distinta, más grave. “Abre la cuca, puta”. Ella gime alto, se escucha el sonido húmedo de dedos entrando y saliendo, luego un “¡sí, métemela toda!”. Gritos, risas, ella diciendo “me estás llenando, joder, me estás llenando el culo”. Termina con un “¡córrete adentro, lléname!” seguido de un gemido gutural que me dejó temblando.


El tercero: varios a la vez. Voces masculinas diferentes, risas colectivas, ella en el centro: “Vengan todos, quiero vergas por todos lados”. Gemidos dobles, triples, sonidos de chupadas, penetraciones simultáneas, ella gritando “¡más, más, no paren!”. Se escucha cómo acaba una y otra vez, riéndose entre jadeos, diciendo “esto es vida, cabrones”.


Cada audio era más explícito, más humillante. Me los puse con auriculares, solo en la oscuridad de mi habitación. No negué que me excitaba. Me masturbé furioso, duro, imaginándola con ellos, sintiendo esa rabia que se mezclaba con el deseo. Acabé rápido, con un gruñido ahogado, pero después vino la otra parte: la odio. La odio por vengativa, por egoísta, por mandarme eso como un castigo porque no le respondí. Por humillarme con detalles que sabía que me dolerían. Por ser tan desgraciada como para disfrutar viéndome sufrir mientras se revuelca con otros.


Al final del último audio, su voz sola, jadeante después de acabar:


“¿Ves, coleguita? Esto es lo que tengo. Pero sigo queriendo tu pinga mediocre. Porque contigo es diferente. No sé por qué. Pero lo quiero. Y sé que tú también me quieres a mí. Me vas a buscar. Siempre lo haces.”


No respondí. No esa noche, ni la siguiente. Bloqueé el número nuevo también. Pero los audios se quedaron en mi cabeza. Los gemidos, los gritos, las risas. La forma en que se entregaba sin vergüenza. Y sí, me hacía pajearme otra vez al día siguiente, y al otro. Pero cada vez que acababa, la rabia volvía más fuerte.


Ella tenía razón en una cosa: una parte de mí la necesitaba. Pero la otra parte, la que sentía la humillación como un puñetazo, no iba a dejar que volviera a ganar tan fácil. Por ahora, sigo en silencio. Pero sé que ella no va a parar. Y yo… no sé cuánto más voy a aguantar sin escribirle. Porque entre el odio y el deseo, siempre gana el deseo. Y ella lo sabe.












Era un sábado por la mañana de marzo de 2016, el sol ya pegaba fuerte en Lima y yo estaba en mi departamento de Surco, solo, con café en mano y la cabeza aún pesada de la semana. El timbre sonó sin aviso. Abrí la puerta y ahí estaba Lucía, sin maquillaje, cabello suelto y revuelto, jeans ajustados, camiseta blanca sin sostén evidente y una mirada que no dejaba lugar a dudas: venía a por mí.


No dijo hola. Me empujó adentro, cerró la puerta de un golpe y me besó con esa hambre suya que siempre me desarmaba. Sus manos ya me bajaban el pantalón del pijama mientras yo le quitaba la camiseta. Sus tetas medianas y firmes saltaron libres, pezones duros rozando mi pecho. Me llevó al dormitorio casi arrastrándome, se quitó los jeans y la tanga en un movimiento, y se tiró boca arriba en la cama, piernas largas abiertas, sexo depilado brillando de anticipación.


—Cógete conmigo como nunca, coleguita —dijo con voz ronca—. Hoy quiero que me des de alma.


Y lo hice. La penetré de un empujón profundo, sintiendo cómo se abría para mí, caliente y mojada desde antes de llegar. Sus piernas largas me envolvieron la cintura como tenazas, clavándome las uñas en la espalda, empujándome más adentro. Embestí fuerte, sin piedad, el colchón crujiendo bajo nosotros. Ella gemía alto, gritaba “¡más duro, rómpeme, cabrón!”. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome con furia, su culo rebotando contra mis muslos, tetas saltando frente a mi cara. Le chupé los pezones mientras la agarraba de las caderas y la hacía bajar con fuerza.


Entonces vino lo inesperado, lo que nunca habíamos cruzado antes. Se inclinó sobre mí, me miró fijo y dijo:


—Quiero mearte la cara.


Me quedé quieto un segundo, pero su mirada era fuego puro. Se sentó en mi pecho, abrió las piernas y soltó un chorro caliente directo en mi boca. El sabor salado, tibio, me golpeó. Ella gemía mientras lo hacía, frotándose el clítoris con los dedos. “Toma, bébelo… pásamelo”. Me incorporé, la besé y le devolví el líquido en la boca, lengua con lengua, mezclando saliva, orina y deseo. Nos volvimos locos. Yo me arrodillé, ella se puso en cuatro, y le oriné el culo, el chorro corriendo por su espalda, entre sus nalgas, goteando por su sexo. Ella se tocaba, gemía “sí, ensúciame… me encanta esto contigo”. Nos revolcamos en las sábanas empapadas: meadas, semen, jugos, sudor. Todo mezclado en un charco caliente y asqueroso que, en ese momento, se sentía vital, primitivo, necesario.


Le di por el culo después. La puse boca abajo, le abrí las nalgas y entré despacio al principio, sintiendo cómo su ano se abría para mí, apretado y caliente. Embestí más fuerte cuando ella empezó a empujar hacia atrás. Mientras la follaba así, jadeando en su oído, ella empezó a hablar entre gemidos:


—Todos se la cogen mejor que tú, Rodrigo… tienen pingas más grandes, más gruesas, me llenan más… pero joder, te necesito a ti. Y tú me necesitas a mí. Somos una ****** juntos, pero no podemos parar.


Sus palabras dolían y excitaban al mismo tiempo. La embestí más duro, agarrándole el cabello, hasta que acabé dentro de su culo, chorros calientes que la hicieron temblar y correrse otra vez.


Seguimos horas. Comí su culo, lengua profunda mientras ella me chupaba la verga, 69 eterno, gemidos ahogados, saliva por todos lados. Nos corrimos una y otra vez, cuerpos pegajosos, exhaustos pero sin parar.


De pronto, su celular empezó a vibrar sin control en la mesita. Mensajes, notificaciones. Ella lo miró de reojo mientras yo la tenía de espaldas, aún dentro de ella. Abrió la pantalla: fotos de penes enormes, erectos, algunos con mensajes como “¿cuándo repetimos, puta?”, “te extraño llenándote el culo”, “ven esta noche”. Ella sonrió, feliz, excitada, y empezó a responder con emojis de fuego y labios mientras yo seguía moviéndome lento dentro de ella.


Le dije, voz ronca:


—Ve. Si eso quieres, ve.


Se giró, me miró fijo, todavía jadeando.


—Si te vas ahora, no me escribas más. Así será.


Se levantó, se limpió rápido con una toalla, se vistió sin prisa, me dio un beso corto en la boca —sabor a todo lo que habíamos hecho— y se fue como si nada. La puerta se cerró suave. Silencio.


Yo me quedé ahí, en la cama empapada, oliendo a sexo, orina y semen. No esperé más. Llamé a Carla, una amiga movida del estudio, abogada divorciada que siempre estaba dispuesta a desahogarse. Le dije “ven ahora”. Llegó en menos de una hora, con una botella de ron y ganas.


Se quedó conmigo hasta el lunes por la mañana. Cogimos sin parar: en la cama, en la ducha, en la cocina, en el sofá. Carla era salvaje a su manera —me chupaba profundo, me montaba con fuerza, me pedía que le diera nalgadas hasta dejarle marcas—, pero no era Lucía. No tenía esa intensidad enfermiza, esa mezcla de humillación y necesidad. Cogimos rico, sí, pero era diferente. Carla se fue el lunes temprano, besándome y diciendo “llámame cuando quieras repetir”.


Yo me quedé solo otra vez, mirando el techo, oliendo todavía a Lucía en las sábanas. Sabía que ella tenía razón en algo: nos necesitábamos. Pero también sabía que si volvía a caer, sería peor. Por ahora, no le escribí. Pero cada vez que veía un mensaje de número desconocido, el corazón me daba un vuelco. Porque sabía que ella no iba a parar. Y yo… no sabía cuánto más iba a resistir.











Carla llegó ese sábado al mediodía, justo después de que Lucía se fuera como si nada, dejando el departamento oliendo a sexo y orina. Llamé a Carla porque la conocía del estudio: abogada civil de 42 años, divorciada hacía un par de años, con esa vibe tranquila y profesional que contrastaba con lo que sabía de sus noches libres. No era como Lucía —intensa, vengativa, ninfómana pura—; Carla era más serena, de esas que te miran con ojos grandes y cafés, sonrisa suave, y un cuerpo delgado pero bien formado: tetas pequeñas pero firmes, culo redondo sin exagerar, piernas no tan largas como las de Lucía pero tonificadas por el yoga que hacía. Tez morena clara, cabello negro liso hasta los hombros, siempre con un toque elegante pero casual.


Vino vestida simple, como si fuera a un brunch casual: jeans ajustados azul oscuro que le marcaban las caderas y el culo de forma sutil, sin ser provocativos, una blusa blanca de manga corta con botones delanteros que se abría un poco en el escote, dejando ver el borde de un sostén de algodón blanco básico, y zapatillas blancas limpias. Llevaba una mochila pequeña con cambio de ropa —sabía que se quedaría— y esa botella de ron que mencioné. Olía a perfume suave, floral, nada agresivo. Me abrazó en la puerta, besándome la mejilla, y dijo con voz calmada: “Aquí estoy, Rodrigo. ¿Estás bien? Parecías agitado por teléfono”.


No perdimos tiempo en charlas. La llevé a la cama aún revuelta —no me molesté en cambiar las sábanas, y a ella no le importó—, le quité la blusa despacio, desabotonándola mientras nos besábamos suave al principio. Sus tetas pequeñas saltaron libres cuando le saqué el sostén, pezones rosados endureciéndose al aire. Era más tranquila que Lucía: no gritaba ni mandaba, pero tiraba rico, respondía con gemidos bajos, ronroneos que me ponían loco. Me montó despacio, moviéndose en círculos lentos, su coño apretado envolviéndome como un guante caliente y húmedo. “Me encanta cómo entras en mí”, murmuraba, ojos cerrados, manos en mi pecho. La volteé, la puse en cuatro, y le di fuerte por detrás, agarrándole el culo —no tan marcado como el de Lucía, pero firme y suave—, embistiendo mientras ella empujaba hacia atrás con ritmo constante, no salvaje, pero efectivo. Se corrió dos veces así, temblando suave, susurrando mi nombre: “Rodrigo… sí…”.


Seguimos todo el sábado: en la ducha, donde me chupó arrodillada bajo el agua, lengua lenta alrededor de la cabeza, tragando profundo sin prisa; en la cocina, sentada en la encimera con las piernas abiertas, yo comiéndosela mientras ella bebía ron directo de la botella y gemía bajito; en el sofá por la noche, viendo una película que ni miramos, ella encima cabalgándome lento hasta que acabamos juntos. No era frenética como Lucía, pero lo hacía rico: sabía tocarse mientras follábamos, sabía apretar en el momento justo, sabía mirarme con esos ojos que decían “estoy aquí para ti”.


El domingo por la mañana, después de desayunar en la cama —café y frutas que trajo—, se acurrucó contra mí y soltó lo que me picó el cuerpo: “Te amo, Rodrigo. Haré todo por ti. Lo que sea. Solo dímelo”. Lo dijo con esa voz tranquila, sincera, mirándome fijo, como si lo hubiera estado pensando toda la noche. Sentí un cosquilleo en la piel, un picor que no era solo excitación: era inquietud mezclada con poder. Lucía nunca diría algo así; ella era egoísta, vengativa. Pero Carla… parecía dispuesta a todo, sumisa en el buen sentido, sin dramas.


Eso me encendió. Le pregunté: “¿Todo? ¿Incluso cosas locas… enfermas?”. Ella sonrió suave, besándome el cuello: “Todo. Pruébame”. Y lo hice. Empezamos suave: le até las manos con mi corbata a la cabecera, le vendé los ojos con una bufanda, y la toqué despacio, rozando plumas por su cuerpo, luego hielo de la nevera por sus pezones y su coño, haciendo que se retorciera y gimiera bajito. Luego subí el nivel: le di nalgadas fuertes hasta dejarle el culo rojo, le mordí los pezones hasta que dolió un poco (pero ella pedía más), la penetré por el culo despacio —era apretado, virgen casi, pero se abrió para mí con lubricante y paciencia—, embistiendo mientras le susurraba cosas sucias: “Eres mi puta ahora, Carla… te voy a usar como quiera”. Ella gemía “sí… úsame… te amo, hazme lo que quieras”.


Fue loco, enfermo en ese límite consensual: le oriné un poco en la boca mientras me chupaba (no tanto como con Lucía, pero suficiente para probar), le hice tragar mi semen mezclado con ron, la follé con un vibrador que trajo en su mochila mientras yo la penetraba por detrás. No era asqueroso como con Lucía; era más controlado, pero vital, excitante. Ella se corría una y otra vez, temblando, diciendo entre jadeos “por ti… todo por ti”. Ese “te amo” repetido me picaba el cuerpo: era dulce, pero me daba poder, me hacía querer empujar límites. ¿Podía hacerle cosas más locas? Sí, probablemente. Ella parecía dispuesta: “Prueba lo que quieras, Rodrigo. Soy tuya”.


Se quedó hasta el lunes por la mañana. Cambió de ropa un par de veces —trajo un vestido corto azul que le marcaba las tetas y el culo, y lencería roja simple que se quitó rápido—. Follamos hasta el amanecer del lunes: suave, duro, loco. Me besó en la puerta antes de irse al trabajo: “Llámame cuando quieras. Te amo”. Cerré la puerta, exhausto, con el cuerpo picando todavía de esa mezcla de deseo y unease. Carla era tranquila, tiraba rico, pero ese “todo por mí” abría puertas que no sabía si quería cruzar del todo. Por ahora, la llamaría de nuevo. Porque después de Lucía, esto era un respiro… pero uno peligroso.











Carla empezó a venir cada fin de semana, como un reloj. Al principio fue solo sexo —el sábado que llegó a reemplazar a Lucía, y el domingo que se quedó hasta el lunes—, pero poco a poco se fue transformando en algo más tranquilo, más cotidiano, más real.


Los viernes por la tarde me escribía: “¿Estás libre este finde? Traigo algo rico para cocinar”. Llegaba con una bolsa del mercado: verduras frescas, pescado para ceviche, una botella de pisco o vino, y esa sonrisa suave que nunca forzaba. A veces ni siquiera tirábamos. Nos quedábamos en el sofá hablando hasta las tantas: de casos complicados en el estudio, de cómo fue su divorcio (doloroso pero liberador), de mis miedos a quedarme solo para siempre, de sueños que ninguno había cumplido todavía. Ella escuchaba de verdad, sin juzgar, con esa calma que contrastaba tanto con la tormenta que era Lucía.


Los sábados salíamos. Comíamos afuera en cevicherías de La Mar o en restaurantes escondidos de Miraflores, pedíamos causa rellena y lomo saltado, y nos reíamos de tonterías. Íbamos al cine —películas de autor que a mí me aburrían un poco pero a ella le encantaban, y terminábamos comentándolas en la salida con un café—. Bailábamos en locales pequeños de salsa o bachata en Barranco, donde ella se movía con una gracia natural, no exagerada, pero suficiente para que yo la mirara embobado mientras giraba en mis brazos. Hacíamos deporte juntos: corridas por el malecón de Miraflores al amanecer, yoga en el parque (ella me enseñaba posturas que yo hacía mal y nos reíamos), o caminatas largas por la Costa Verde.


Y la playa. Los domingos soleados íbamos a Asia o a Punta Hermosa. Ella llegaba con un bikini sencillo negro o azul marino que le quedaba perfecto: tetas pequeñas pero firmes, culo redondo y tonificado, piel morena clara brillando con protector solar. Nadábamos, jugábamos en la arena, tomábamos cerveza fría bajo la sombrilla, y a veces simplemente nos quedábamos callados mirando el mar, su cabeza en mi hombro.


Cuando sí tirábamos, era rico, pero diferente. No era maratónico ni enfermo como con Lucía. Era lento, profundo, conectado. Me montaba despacio, moviéndose en círculos, mirándome a los ojos y susurrando “te amo, Rodrigo… déjame cuidarte”. Le daba por detrás en la cama, agarrándole las caderas con suavidad, besándole la espalda mientras ella gemía bajito, sin gritos. Le comía el coño hasta que se corría temblando, y ella me chupaba con ternura, tragando todo sin prisa. Acabábamos abrazados, sudados pero tranquilos, y después nos quedábamos hablando en la oscuridad.


Pero cada vez que pasaban los días, Carla empezaba a decirlo más claro. Una noche, después de hacer el amor suave en la ducha, se acurrucó contra mí y murmuró:


—Quiero ser tu mujer, Rodrigo. De verdad. No solo los fines de semana. Quiero despertarme contigo todos los días, cocinar juntos, pelearnos por tonterías, hacer planes. Quiero que seas mío… y yo tuya.


Me picó el cuerpo otra vez, ese cosquilleo extraño entre ternura y miedo. Porque con Carla todo era posible: una vida normal, estable, sin dramas. Podía hacerle cosas locas y enfermas si quisiera —ella ya había demostrado que estaba dispuesta a probar límites—, pero también podía tener algo sano: desayunos en la cama, viajes a la playa sin prisa, alguien que me dijera “te amo” sin que sonara a manipulación.


Le respondí una vez, abrazándola fuerte:


—No sé si estoy listo para eso, Carla. Pero… me gusta esto que tenemos. Mucho.


Ella sonrió, besándome el pecho:


—No te apuro. Pero cuando estés listo, aquí estoy. Haré todo por ti. Lo que sea.


Y así seguimos: fines de semana de risas, salidas, sexo rico pero no obsesivo, conversaciones profundas. Carla era el antídoto a Lucía: tranquila, leal, dispuesta a construir. Pero en el fondo, cada vez que me decía “te amo” o “quiero ser tu mujer”, sentía ese picor en la piel. Porque sabía que podía tenerlo todo con ella… o perderlo todo si seguía mirando hacia atrás, esperando que Lucía volviera a aparecer con un mensaje que me quemara.


Por ahora, sigo dejándola entrar cada viernes. Y cada domingo, cuando se va, me quedo pensando: ¿será Carla la que me salve de mí mismo… o solo otra forma de seguir huyendo?
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Me di un tiempo. Unos meses de silencio absoluto, sin mensajes, sin mirar fotos antiguas, sin caer en la tentación de escribirle a ninguna de las dos. Quería respirar, ordenar la cabeza, dejar que el cuerpo y la mente se calmaran después de tanta intensidad. El departamento quedó más vacío los fines de semana, pero al menos no había dramas ni humillaciones ni promesas que no sabía si podía cumplir.


Una tarde de viernes, ya entrado junio de 2016, decidí llamar a Carla. Quería verla, no necesariamente para tirar, sino para hablar, para sentir esa calma que ella me daba. El teléfono sonó varias veces y no contestó. Volví a intentarlo al día siguiente, nada. Pasó una semana entera sin respuesta. El domingo por la noche, cuando ya casi había asumido que me había bloqueado o que simplemente había decidido cortar, me llegó un mensaje largo:


“Rodrigo, perdona que no te contestara antes. No sabía cómo decirte esto. Estoy con alguien. Es una relación seria, él es bueno conmigo, me trata bien y me hace sentir tranquila. No te estoy diciendo que no te extrañe o que no valió lo que vivimos, pero ahora mismo no puedo seguir viéndote los fines de semana. No sería justo ni para él ni para mí. Te deseo lo mejor, de corazón. Cuídate mucho.”


Leí el mensaje tres veces. No sentí rabia, ni celos fuertes. Solo un vacío grande, como si se hubiera cerrado una puerta que, aunque no era perfecta, me había dado algo de estabilidad. Le respondí corto:


“Entiendo. Cuídate tú también. Gracias por todo.”


Y ya. Fin.


Lucía, por su parte, nunca volvió a escribir. Ni un mensaje, ni un audio, ni una foto. Desapareció del todo. A veces pensaba en ella —en su culo perfecto, en sus gritos, en cómo me humillaba y al mismo tiempo me hacía acabar como loco—, pero ya no dolía tanto. Era solo un recuerdo caliente, uno de esos que te vienen cuando estás solo y te masturbas rápido para sacártelo de la cabeza.


Me sentía aburrido. Solo. Los fines de semana se volvieron largos y grises. Salía con amigos del estudio, tomaba cerveza en bares de Miraflores, pero nada llenaba. El recuerdo de haber cogido buenos culos —el de Lucía, el de Carla, alguna aventura esporádica— me acompañaba como un eco, pero ya no me excitaba tanto. Era como si el cuerpo estuviera cansado de tanto placer sin sentido.


Pero no todo lo malo dura para siempre.


Un viernes de julio, mi amigo Jorge me llamó:


—Oye, Rodri, esta noche hay salida. Unas amigas mías van a un bar en Barranco. Una de ellas es buena onda, ven, te despejas.


No tenía ganas, pero tampoco tenía excusa. Me puse una camisa decente, jeans oscuros y salí. El bar estaba lleno, música en vivo, gente riendo. Jorge me presentó al grupo: cuatro chicas, todas alrededor de los 40, simpáticas, hablando de trabajo y de la vida. Una de ellas, una morena de cabello corto y ojos vivaces llamada Vanessa, se sentó a mi lado y empezó a charlar conmigo sobre el tráfico de Lima y lo caro que estaba todo.


En un momento, mientras pedíamos otra ronda, Vanessa dijo algo que me dejó helado:


—Oye, ¿tú eras el que votaba en las elecciones del CAL hace como un año y medio? ¿En San Marcos?


La miré extrañado.


—¿Cómo sabes?


Ella rio, bajando la voz como si contara un secreto.


—Porque mi amiga Lucía era la presidenta de mesa esa vez. Me contó de un “coleguita” que le dejó el número en un papelito y que después se volvieron a ver. Dice que eras “intenso pero medio nervioso”. ¿Eres tú?


Sentí cómo se me subía la sangre a la cara. Jorge, que estaba al lado, no entendía nada y se reía como idiota. Vanessa siguió:


—No te preocupes, no le dije que vendrías. Ella no sabe que estás aquí. Pero… está soltera otra vez. Terminó con el tipo “extraño” hace unos meses. Dice que “no le llegaba ni a los talones a uno que tuvo antes”. No sé si habla de ti, pero… por si te interesa saber.


Me quedé callado un segundo, mirando mi vaso. El recuerdo de Lucía volvió como un flash: su boca roja, sus piernas largas, sus gemidos, sus humillaciones, su forma de mirarme como si me odiara y me deseara al mismo tiempo.


Vanessa me dio un codazo suave.


—¿Quieres que le diga que estás aquí? Está en otro bar con unas amigas, a dos cuadras. O… puedes seguir la noche con nosotras y hacer como que no pasó nada.


Miré a Vanessa, luego a la mesa, luego al vaso. Sentí ese picor familiar en la piel, el mismo que aparecía cada vez que Lucía estaba cerca.


—No le digas nada —le contesté—. Pero… pásame su número nuevo, por si acaso.


Ella sonrió, sacó el celular y me lo dictó. Lo guardé sin escribirle. Todavía no.


La noche siguió: baile, risas, más tragos. Pero en mi cabeza ya estaba pensando en qué le iba a decir si al final decidía marcar ese número. Porque sabía que, tarde o temprano, lo iba a hacer.


Y que, cuando lo hiciera, no iba a ser una charla tranquila.

















Vanessa resultó ser una chica simpática, de 43 años, divorciada también, con un trabajo en una notaría y una risa fácil que llenaba los silencios. No era fea: morena clara, cabello corto con mechas claras, cuerpo delgado pero con curvas en los lugares correctos, tetas medianas que se marcaban bajo las blusas ajustadas, culo firme de quien hace pilates. Vestía casual pero con estilo: jeans pitillo, tops escotados, sandalias que dejaban ver uñas pintadas de rojo. Hablaba mucho de viajes, de series en Netflix y de lo estresante que era el tráfico en Lima. Parecía interesada de verdad: me escribía buenos días con emojis de sol, me mandaba memes tontos, me invitaba a salir sin rodeos.

Pero no me inspiraba confianza. No sé por qué. Quizás porque después de Lucía todo me parecía tibio, o porque en el fondo seguía con esa espina clavada de “¿y si Lucía vuelve a aparecer?”. Vanessa era amable, divertida, pero no me encendía. No sentía ese cosquilleo en la piel, ese nudo en el estómago que me hacía ponerme duro solo con un mensaje. Era como si mi cuerpo dijera “está bien, pero no es eso”.

Aun así, acepté salir. Primero tomamos en un parque de Miraflores, sentados en una banca con vista al mar, cerveza en mano y atardecer naranja. Ella hablaba de su ex, de lo mal que la había tratado, y yo asentía, pero mi mente vagaba. Luego fuimos a un local de Barranco, música en vivo, tragos fuertes. Bailamos un poco —ella se movía bien, pegada a mí, rozándome las caderas—, pero no sentí nada. Solo cortesía. Terminamos en su casa, un departamento pequeño pero ordenado en Surquillo. Me invitó a pasar “para tomar el último trago”. Subimos, se quitó los zapatos, se sirvió vino, se sentó en el sofá a mi lado y empezó a besarme.

Fue… mecánico. Le quité la blusa, le besé el cuello, le bajé los jeans. Ella gemía suave, me tocaba por encima del pantalón, se arrodilló y me chupó despacio, con dedicación, pero sin esa hambre que me volvía loco con Lucía. La llevé a la cama, la penetré en misionero, luego en perrito. Estaba mojada, apretada, se corrió una vez gimiendo bajito mi nombre. Yo acabé dentro del condón, sin mucho drama. Fue rico, sí, pero no fue intenso. No hubo gritos, no hubo “rómpeme”, no hubo esa sensación de estar al borde del abismo. Terminamos abrazados, ella acurrucada diciendo “me gustó mucho, Rodrigo”. Yo solo dije “a mí también”, pero no lo sentía del todo.

Pasaron unos días. No le escribí mucho, respondía cortito. Y de pronto me llegó su mensaje, seco y definitivo:

“Creo que mi amiga se equivocó contigo. Ahora eres gay. No me escribas más.”

Me bloqueó en WhatsApp al instante. No entendí nada al principio. ¿Gay? ¿De dónde sacó eso? Me quedé mirando la pantalla, entre confundido y aliviado. Alivio porque no tenía que seguir fingiendo interés, confusión porque no había dado señales de nada raro.

Al rato —literalmente minutos después— me escribió desde otro número. Era Lucía.

“Ya ves, no puedes olvidarme. Vanessa me contó todo. Que te aburriste con ella, que no te excitaba, que follaban sin ganas. Pobrecita, pensó que eras gay porque no le dabas duro como a mí. Pero yo sé la verdad, coleguita: me necesitas. Siempre vuelves.”

Empezamos a insultarnos como siempre. Yo le dije que era una desgraciada vengativa, que me había humillado con audios de otros, que no valía la pena. Ella me respondió que era un mediocre que no podía olvidar su culo, que seguía masturbándome con sus fotos, que era un cobarde por no admitirlo. Los mensajes volaban: puta, cabrón, zorra, inútil, puta otra vez. Y en medio de todo ese veneno, salió lo inevitable.

Ella: “Una última vez. Sin dramas. Solo follar como animales y después cada uno por su lado. ¿O te da miedo que te vuelva a romper?”

Yo, después de un silencio largo: “Mañana. Mi casa. 9 pm. Trae lo que quieras, pero no esperes que te diga te amo ni nada de eso.”

Ella respondió con un emoji de fuego y una palabra: “Allá voy.”

Sabía que era un error. Sabía que después de esto iba a doler más. Pero también sabía que no podía resistirme. Lucía era mi vicio, mi veneno, mi necesidad. Y aunque Carla me había ofrecido estabilidad y Vanessa algo normal, al final siempre volvía al fuego que quema.

La puerta se abriría mañana a las 9. Y yo estaría ahí, esperando. Porque, como ella dijo: no podía olvidarla.

















Era el sábado siguiente, 9 pm en punto. El timbre sonó una vez, seco, sin insistencia. Abrí la puerta y ahí estaba Lucía, como si el tiempo no hubiera pasado. Vestida con un vestido negro corto y ajustado que se pegaba a cada curva: escote profundo mostrando el inicio de sus tetas medianas y paradas, falda que apenas le cubría la mitad del muslo, tacones altos que alargaban sus piernas interminables. Llevaba el cabello suelto, labios rojos intensos, ojos café claro clavados en mí con esa mezcla de desafío y hambre que siempre me desarmaba. No dijo hola. Entró, cerró la puerta con el pie y me empujó contra la pared del pasillo.


—Última vez, coleguita —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Sin dramas, sin promesas. Solo follar hasta que no quede nada.


No hubo besos suaves ni caricias preliminares. Me arrancó la camisa, botones volando por el piso. Sus uñas me arañaron el pecho mientras bajaba el cierre de mi pantalón y sacaba mi pene ya duro. Se arrodilló ahí mismo, en el pasillo, y me lo metió entero en la boca: chupando profundo, lengua girando en la cabeza, garganta apretándome mientras gemía vibraciones que me hicieron temblar las rodillas. “Te extrañé esta verga mediocre”, dijo entre chupadas, mirándome fijo, saliva brillándole en los labios. La agarré del cabello y le follé la boca un rato, hasta que la levanté porque quería más.


La cargué hasta el dormitorio —sus piernas largas envolviéndome la cintura, uñas clavadas en mi espalda— y la tiré en la cama. Le subí el vestido, le arranqué la tanga negra de encaje y me hundí en ella de un empujón. Estaba empapada, caliente, abierta. Embestí fuerte, sin piedad, el colchón crujiendo bajo nosotros. Ella gritaba: “¡Más duro, cabrón! ¡Rómpeme como antes!”. Sus piernas me atraparon, talones clavados en mi culo empujándome más adentro. Le pellizqué los pezones, le mordí el cuello dejando marcas rojas, le di nalgadas que resonaban en la habitación. Se corrió primero, temblando, contrayéndose alrededor de mí, gritando mi nombre con voz ronca.


La puse de espaldas, admirando su culo perfecto —redondo, firme, con esa cucota que siempre me volvía loco—. Le abrí las nalgas y entré por el culo despacio al principio, sintiendo cómo se abría para mí, apretado y caliente. “Sí… métemela toda… lléname el culo”, gemía ella, empujando hacia atrás. La follé duro, mis manos apretándole las nalgas, dejando huellas rojas, mientras le susurraba al oído: “Eres una puta, Lucía… siempre lo serás”. Ella se reía entre jadeos: “Y tú un mediocre que no puede olvidarme… pero mírate, sigues viniendo por más”.


Cambiamos: ella encima, cabalgándome salvajemente, tetas rebotando frente a mi cara, yo chupándolas mientras la agarraba de las caderas y la hacía bajar con fuerza. Le metí dedos en el coño mientras la follaba por detrás, doble penetración con mis manos, hasta que se corrió otra vez, chorros de jugo empapándome el abdomen. Yo aguanté lo que pude y acabé dentro de su culo, chorros calientes que la hicieron temblar y gemir largo.


No paramos. Seguimos en la ducha: agua caliente cayendo, ella de rodillas chupándome mientras yo le lavaba el cabello, luego yo de rodillas comiéndosela contra la pared de azulejos, lengua profunda en su coño y su culo. En la cocina a medianoche: sentada en la encimera, piernas abiertas, yo follándola mientras bebíamos ron directo de la botella. En el sofá: ella encima, moviéndose lento ahora, sensual, susurrándome “una última vez… pero inolvidable”.


Horas después, exhaustos, sudados, con los cuerpos marcados de mordidas, arañazos y semen, nos quedamos abrazados en la cama. Ella pasó la lengua por mis labios una última vez, sonrió con esa picardía cansada y dijo:


—Fue bueno, coleguita. Pero esto es el final. No me busques más… y yo no te buscaré. Vive tu vida. Yo viviré la mía.


Se levantó, se vistió despacio —el vestido arrugado, el cabello revuelto—, me dio un beso corto en la frente y salió sin mirar atrás. La puerta se cerró suave.


Me quedé ahí, en la cama empapada, oliendo a ella por todos lados. No sentí rabia ni tristeza fuerte. Solo un vacío extraño, como si por fin hubiera cerrado un capítulo que llevaba demasiado tiempo abierto. No le escribí nunca más. Y ella tampoco.


A veces, cuando estoy solo y el recuerdo vuelve, me masturbo pensando en esa última noche: en sus gritos, en su culo apretándome, en cómo me miró al final. Pero ya no duele. Es solo un recuerdo caliente, uno de los mejores… y uno que ya no necesito repetir.


La vida siguió. Y yo, por fin, empecé a vivirla sin mirar atrás.





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Colega @grindo doido excelente relato. Se nota que ayer estuvo por la UNMSM por las elecciones... y si se veía cada boga bandida jajaja
Esperemos repetir buenas historias el dia 28 en las elecciones del C.A.L.!
 
@Bisonte 1977, estimado y apreciado colega. Si esa vez y este sábado, y siempre culonas, algunas dan bola pero si no te ven ficho, no sueltan prenda, pero vamos armando historias, conforme salen las nenas.

El sábado le hablaba a una bajito que su jefe se la atraviesa y su esposo sospecha, otra llamando por un amigo y una tercera buscando quien la saque en la noche. Ayayayayay, la carne está botada, servida, pero primero bien de salud y con fichas pero mas con estrategias.

Algunas iban en microfalda y uno se ganaba cuando subían las escaleras, blaquito, oscuro, rosadito, floreadito, pocas hilito, pero fotos no se podía sino me linchaban.

Mas veía a nenas bogas que a compadres, por algo será.

Ya iré narrando lo que pasó el sábado.

Valeu, falou y como siempre a triunfar como decía el colega Juan Palacios, el popular, uyuyuyuy.
 
El sábado 28 de febrero llegué a San Marcos a las nueve y media de la mañana, con el sol ya pegando fuerte y el campus convertido en un hormiguero de gente. Había abogados por todos lados: unos con terno completo sudando la gota gorda, otros en polo y jeans como yo, y muchas chibolas universitarias que habían venido solo a curiosear o a acompañar a alguien. Subían las escaleras de la Facultad de Derecho con minifaldas tan cortas que, desde abajo, se les veía clarito el borde del calzón cuando pisaban los escalones altos. Algunas parejas se quedaban en los rincones, hablando bajito, arreglando para verse después “en un rato”, con esa cara de quienes ya tienen planes que no incluyen volver temprano a casa. Y yo, Alexis, abogado independiente, solo quería votar rápido y largarme.


Me puse en la fila de la mesa de sufragio que parecía más corta. Detrás de mí se pararon dos mujeres de unos treinta y tres, treinta y cuatro años. La primera que noté fue la casada: morena, cabello negro recogido en una cola alta, blusa blanca de botones y jeans oscuros. Llevaba el anillo de matrimonio bien visible, brillando cada vez que movía la mano para revisar el celular. Hablaba bajito con su amiga, pero lo suficiente para que yo escuchara: “Dile que estoy contigo, ¿ya? Que nos quedamos charlando después de votar. Me voy un rato con el otro y regreso antes de que se ponga pesado”. La amiga soltó una risita cómplice y respondió: “Tranquila, yo te cubro como siempre”.


La segunda mujer era la que más me llamó la atención. Separada, según supe después. Rubia teñida con raíces oscuras, jeans ajustados que marcaban bien las curvas, blusa suelta de algodón pero que dejaba entrever un buen escote cuando se inclinaba. Sin anillos, uñas cortas y bien cuidadas, y una mirada que te repasaba entero sin disimulo. Se llamaba Carla. Su amiga, la casada, se llamaba Mariana.


Empecé la conversación de la forma más normal del mundo. Me giré un poco y les dije:—Qué calor, ¿no? Parece que toda Lima decidió votar al mismo tiempo.Carla sonrió de lado y contestó sin rodeos:—Peor es esperar en el Juzgado de Familia un viernes. Esto es vacaciones comparado. ¿Abogado también?—Sí, independiente —respondí—. ¿Ustedes?—Penal y familia —dijo ella, señalando a Mariana—. Yo penal, ella familia. ¿Y tú qué haces después de esto? Porque yo estoy separada hace un año y hoy no tengo planes de llegar temprano a mi depa vacío.


Mariana se rió por lo bajo y miró para otro lado, como diciendo “yo no estoy aquí”. Ahí empezó el coqueteo sano, ese que se queda en doble sentido y miradas. Carla me preguntó de broma:—¿Y tú, Alexis? ¿Vas a volver a tu oficina a pelear con expedientes o te vas a dar un gustito un sábado?Yo le seguí el juego:—Depende. Si los expedientes son más interesantes que la cerveza fría, me quedo con ellos. Pero si aparece algo mejor…Ella levantó una ceja y soltó:—Algo mejor siempre aparece cuando menos lo esperas. Sobre todo si estás en la fila correcta.


Seguimos hablando así, riéndonos de casos absurdos, de jueces que llegan tarde, de clientes que mienten peor que nosotros. Mariana intervenía poco, solo sonreía y de vez en cuando mandaba un audio por WhatsApp, seguramente al amante que la esperaba. Se notaba que estaba ansiosa por terminar de votar e irse con él; cada dos minutos revisaba el reloj y se acomodaba el anillo como si le quemara.


En eso, mientras la fila avanzaba lento como tortuga, se acercó una cholita abogada que había estado un poco más adelante. Bajita, pelo negro lacio hasta los hombros, cara mestiza con pómulos marcados, de esas que se ven mucho en San Marcos. Llevaba un buzo ancho gris de la universidad que le llegaba casi a las rodillas, pero cuando se giró para hablarme se le marcó clarito el contorno de unas cachas bien formadas, redondas y firmes, que el buzo no alcanzaba a disimular del todo. Me miró directo y me dijo:—Oye, ¿tú también en penal? Te vi con el maletín y pensé que eras pasante.Le contesté sonriendo:—No, ya soy grande. Independiente. ¿Y tú?—También penal, pero en el Ministerio Público —dijo ella, y se quedó charlando un rato de un caso de violación que tenía. Hablábamos normal, pero las miradas nos delataban: ella me repasaba la camisa remangada, yo no podía evitar bajar los ojos un segundo al buzo cuando se movía. No pasó de ahí, solo conversación y esas chispas que se sienten pero no se dicen. Al final me dio su número “por si algún día necesitas un perito” y se fue.


Mientras tanto, Carla y Mariana ya estaban cerca de la puerta del aula donde votaban. Les dije:—Vayan ustedes primero, yo las espero aquí afuera. Total, no tengo apuro.Ellas entraron. Me quedé ahí, apoyado en la baranda, mirando el ir y venir de gente. Diez minutos después salieron las dos. Mariana se despidió rápido: beso en la mejilla a Carla, un “nos vemos después” y se perdió entre la multitud, seguramente rumbo al hotel o al auto donde la esperaba su amante.


Carla se quedó conmigo. Caminamos juntos hacia la salida del campus, entre el mar de estudiantes y abogados que ya se iban. El sol pegaba más fuerte ahora. Ella me miró de reojo y soltó:—Mariana ya se fue a su “reunión”. Yo… estoy libre total. ¿Qué dices si nos tomamos algo esta noche? Nada complicado. Un trago, hablamos de casos, nos reímos un rato.Yo le sonreí y le seguí el doble sentido:—Suena peligroso. Pero los riesgos calculados son los que más me gustan. ¿A qué hora te paso a buscar?—Siete y media —dijo ella, mordiéndose el labio un segundo—. Te mando la ubicación por WhatsApp. Y trae ganas de conversar… largo.


Llegamos a la puerta principal. Nos despedimos con un abrazo corto, de esos que duran un segundo más de lo normal. Ella se fue caminando hacia su auto y yo me quedé ahí un momento, con el celular en la mano y una sonrisa que no se me quitaba. Ese sábado había empezado como cualquier otro día de elecciones: cola, calor y deber cívico. Pero ahora tenía una cita con Carla, con doble sentido, bromas y todo lo que podía pasar después. Y mientras volvía a mi Civic, solo pensaba que, a veces, las mejores cosas empiezan en una fila interminable de San Marcos.



















Llegué a casa alrededor del mediodía, todavía con el calor pegado en la piel y esa adrenalina sutil que deja una buena conversación en una cola interminable. Me quité la camisa sudada, me metí a la ducha fría y dejé que el agua me quitara el olor a cemento caliente y perfume ajeno. Mientras me secaba, el celular vibró: mensaje de Carla en WhatsApp. Solo un emoji de copa de vino y la ubicación de un bar en Barranco que se llama “El rincón del diablo”. Debajo: “7:30 pm. No llegues tarde, abogado. Trae historias buenas”.


Sonreí solo. Guardé el número, me puse una camiseta negra sencilla, jeans oscuros y zapatos decentes, nada de terno ni de pretensiones. El resto de la tarde lo pasé en la oficina de mi depa: revisé un par de escritos, contesté correos, pero la cabeza estaba en otro lado. Cada rato miraba el reloj como adolescente. A las seis y media salí, con el tráfico de Lima un sábado por la tarde que parecía diseñado para ponerte nervioso. Bajé por Javier Prado, giré por Benavides, esquivé los mototaxis y los peatones suicidas, y llegué a Barranco pasadas las siete y veinte.


Aparqué en una calle lateral, caminé dos cuadras hasta el bar. Era uno de esos lugares con luces tenues, mesas de madera reciclada, paredes con grafitis artísticos y música suave de fondo: algo de jazz mezclado con cumbia rebajada. Entré y la vi de inmediato, sentada en una mesa al fondo, cerca de una ventana que daba a la calle empedrada.


Carla estaba distinta, pero igual de atractiva. Se había cambiado el look de elecciones por uno más relajado y letal: vestido negro corto pero no vulgar, escote en V que dejaba ver justo lo necesario, sandalias altas que alargaban las piernas, pelo suelto cayéndole sobre los hombros y un labial rojo oscuro que contrastaba con la piel bronceada. Estaba mirando el celular, pero levantó la vista en cuanto crucé la puerta, como si me hubiera sentido llegar. Sonrió de lado, esa sonrisa que ya conocía de la fila.


Me acerqué sin prisa, sintiendo cómo el bar se achicaba un poco.


—Llegaste puntual —dijo, guardando el teléfono—. Punto a favor.


—Odio llegar tarde a un juicio… o a una cita —respondí, sentándome frente a ella.


Pidió un gin tonic para ella y una cerveza helada para mí. Empezamos hablando de lo de siempre: el caos de las elecciones del CAL, el calor infernal, cómo Mariana se había escapado como alma que lleva el diablo. Carla se rió bajito cuando le conté que la había visto mirando el reloj cada dos minutos.


—Ella y su “reunión de trabajo” —dijo, haciendo comillas con los dedos—. Lleva seis meses con el mismo cuento. El marido cree que es una asesora legal externa. Yo le digo que un día se va a quemar, pero ella dice que “lo tiene controlado”. Ya veremos.


Hablamos de casos nuestros. Le conté de un cliente que juraba ser inocente hasta que le mostré las cámaras de seguridad. Ella me contó de un procesado por estafa que le mandaba flores al juzgado para “ablandarla”. Nos reíamos, nos interrumpíamos, nos mirábamos fijo cuando uno contaba algo jugoso. El doble sentido volvía de vez en cuando, sutil, sin forzar.


—¿Y tú? —preguntó en un momento, girando el vaso entre los dedos—. Separado, soltero, viudo… ¿qué categoría?


—Soltero crónico —dije—. Relaciones largas me dan alergia. Prefiero las que duran lo justo y necesario.


Ella levantó una ceja.


—¿Y cuánto es “lo justo y necesario” en tu diccionario?


—Depende de la compañía —respondí, mirándola directo—. Si es buena… puede extenderse.


Se mordió el labio un segundo, como evaluando la respuesta, y cambió de tema con naturalidad.


—Oye, ¿te conté que una vez defendí a un tipo que juraba que su coartada era ir al cine con su amante? El juez le creyó porque el boleto estaba timbrado. Después supe que la “amante” era la boletera del cine. Creativo, pero torpe.


Nos reímos fuerte. El bar se fue llenando: parejas jóvenes, grupos de amigos, alguna mesa de abogados que reconocí de lejos. Pero nosotros estábamos en nuestra burbuja. Pedimos otra ronda. Ella se inclinó un poco más sobre la mesa, el escote se abrió lo justo para que notara el sostén de encaje negro debajo.


—¿Sabes qué es lo mejor de ser separada? —dijo bajito—. Que ya no tengo que fingir que me interesa el fútbol o las series de Netflix que le gustan al otro. Puedo elegir exactamente lo que quiero… y con quién.


La miré fijo.


—¿Y hoy qué quieres?


Ella tardó un segundo en responder, como saboreando la pregunta.


—Hoy quiero buena conversación, risas, y ver hasta dónde llega la noche. Sin promesas, sin dramas. Solo… fluir.


Asentí lento.


—Suena a mi tipo de plan.


El bar empezó a poner música más movida: algo de salsa vieja. Carla se movió en la silla al ritmo, casi sin darse cuenta.


—¿Bailas? —preguntó.


—No soy experto, pero no me rompo.


Pagamos la cuenta y salimos. Caminamos por la Bajada de Baños, el mar de fondo rompiendo contra las rocas, el aire fresco con olor a sal y fritanga de los puestos. Ella se acercó un poco más, su brazo rozando el mío cada dos pasos. No nos tomamos de la mano, no nos besamos, pero el coqueteo estaba en cada mirada, en cada roce accidental, en las pausas que dejábamos cuando uno terminaba de hablar.


Llegamos a un mirador pequeño, casi vacío. Nos apoyamos en la baranda, mirando las luces de la Costa Verde.


—Gracias por el sábado —dijo ella, girándose hacia mí—. Empezó como una cola de ****** y terminó… interesante.


—Todavía no termina —respondí.


Ella sonrió, se acercó un centímetro más. El viento le movió el pelo sobre la cara. Lo apartó con los dedos y me miró fijo.


—¿Seguimos en mi depa o te vas a tus escritos?


La miré de arriba abajo, despacio.


—Tus escritos suenan más interesantes.


Ella soltó una risa suave, se giró y empezó a caminar de vuelta hacia su edificio. Yo la seguí, con el pulso acelerado pero tranquilo, sabiendo que esa noche ya no había fila que esperar ni excusas que inventar. Solo nosotros dos, y lo que decidiera pasar después de abrir la puerta.
















Llegamos al edificio de Carla alrededor de las once y media de la noche. Era uno de esos edificios antiguos pero bien cuidados en Barranco, de esos que datan de los años 60 o 70, con fachada de ladrillo visto y balcones de hierro forjado que dan a la calle empedrada. No era un edificio nuevo con piscina y gimnasio, sino más bien de los que conservan el encanto bohemio del distrito: escalera estrecha con baranda de madera pulida, ascensor viejo que sube lento y hace un ruido metálico suave, y un pasillo en el tercer piso con azulejos blancos y negros en damero.


Ella sacó las llaves de un llavero con un colgante de concha marina, abrió la puerta y encendió la luz. El depa era pequeño pero acogedor, de unos 70-80 metros cuadrados, con techos altos de unos 3 metros que le daban sensación de amplitud. Al entrar, un pasillo corto te llevaba directo a la sala-comedor integrada. El piso era de madera oscura, tipo parquet antiguo, con algunas tablas que crujían un poco bajo los pies. Las paredes estaban pintadas de un gris suave, casi perla, y había toques de color en detalles: un cuadro grande abstracto en tonos azules y naranjas sobre el sofá, plantas colgantes en macetas de cerámica en las esquinas, y una lámpara de pie con pantalla de tela beige que daba una luz cálida y tenue.


La sala tenía un sofá gris de tres cuerpos contra la pared principal, con cojines desordenados de colores vivos (rojo, turquesa, amarillo mostaza) que parecían comprados en el mercado de Surquillo. Frente al sofá, una mesa baja de madera reciclada con libros apilados —algunos de derecho penal, otros de novelas de Vargas Llosa y poesía peruana— y un cenicero de vidrio que usaba aunque decía que había dejado de fumar. Al lado, un mueble bajo con TV de 50 pulgadas y un equipo de sonido pequeño, de esos con vinilos al lado: algo de Chabuca Granda, Susana Baca y un par de discos de rock latino.


La cocina era abierta, estilo americano pero modesta: encimera de granito negro con vetas grises, gabinetes blancos altos y bajos, nevera inox mediana y una estufa de cuatro hornillas. Sobre la barra que separaba la cocina de la sala había dos taburetes altos de madera con asiento tapizado, y una botella de vino tinto a medio beber junto a dos copas sucias del día anterior. Olía levemente a café y a algo herbal, quizás incienso o una vela que había encendido antes.


Del pasillo salían dos puertas: una al baño principal, pequeño pero limpio, con azulejos blancos hasta la mitad, ducha con mampara de vidrio transparente y toallas colgadas en percheros de hierro. El espejo sobre el lavabo tenía luces LED alrededor, de esas que usan las mujeres para maquillarse bien. Al fondo, el dormitorio: cama queen con sábanas blancas arrugadas (claramente no las había cambiado desde la mañana), cabecera de madera oscura, dos mesas de noche con lámparas idénticas de metal negro y pantallas de tela. En una de las mesas, un libro abierto boca abajo y un cargador de celular. El closet era empotrado, con puertas de espejo que reflejaban la habitación y hacían que pareciera un poco más grande. Sobre la cama, una colcha ligera de lino color arena tirada a un lado, y en la pared opuesta una ventana grande con cortinas de visillo blanco que dejaban pasar la luz de la calle y el ruido lejano de autos en la Bajada de Baños.


En el dormitorio también había un balconcito diminuto, apenas para una persona, con vista a los techos de las casas vecinas y un pedacito del mar si te asomabas de puntillas. Afuera, una maceta con suculentas y una silla plegable oxidada.


Carla dejó las llaves en un bowl de cerámica en la entrada, se quitó las sandalias de una patada y caminó descalza por el piso de madera.


—Bienvenido a mi caos organizado —dijo riéndose, mientras prendía otra lámpara en la sala—. ¿Quieres agua, cerveza, o seguimos con el gin del bar?


Yo me quedé parado un segundo, absorbiendo todo: el olor a su perfume mezclado con el del depa, la luz suave que no alumbraba todo, los detalles que decían mucho de ella —independiente, práctica, con gusto por lo simple pero con toques personales—. No era un lugar de revista, era real: vivido, con marcas de uso, pero acogedor como pocos.


—Agua está bien por ahora —respondí, quitándome los zapatos también—. Me gusta. Se siente... tuyo.


Ella sonrió desde la cocina, sirviendo dos vasos de agua con hielo.


—Después de un año sola, uno aprende a hacer que el espacio sea cómodo. Nada de cosas que no usas. ¿Quieres sentarte o prefieres el balcón? Hay brisa rica.


Nos fuimos al balcón del dormitorio porque la sala ya se sentía un poco cerrada. Nos apoyamos en la baranda, mirando las luces de Barranco abajo, el ruido del mar de fondo. Hablamos un rato más de nada importante: de cómo odiaba los fines de semana sin planes, de un caso que había ganado esa semana, de lo ridículo que era que nos hubiéramos conocido en una cola electoral. El coqueteo seguía ahí, en las miradas largas, en cómo se acercaba un poco más cuando reía, en cómo su rodilla rozaba la mía sin que ninguno se moviera.


En un momento se giró hacia mí, con el vaso en la mano.


—¿Sabes? Este depa ha visto pocas visitas últimamente. Me gusta que estés aquí.


Yo solo asentí, sintiendo que la noche ya no necesitaba más palabras. El balcón era pequeño, el espacio entre nosotros mínimo, y el resto... fluyó natural, sin prisas, como todo lo que había pasado desde esa fila en San Marcos.

















Nos quedamos en el balconcito del dormitorio porque la brisa entraba fresca desde el mar y el ruido de la calle abajo se oía amortiguado, como un fondo lejano. El espacio era tan pequeño que apenas cabíamos los dos apoyados en la baranda de hierro, hombro con hombro, sin necesidad de forzarlo. Carla se había sentado en el borde de la silla plegable oxidada, con las piernas cruzadas, el vestido negro subiéndose un poco por los muslos sin que ella hiciera nada por bajarlo. Yo me quedé de pie al principio, pero después me apoyé en la pared de ladrillo visto, de lado, para verla bien sin tener que girar la cabeza todo el tiempo.


El cielo estaba nublado típico de Lima en febrero, pero había un pedacito de luna asomando entre las nubes, y las luces de los edificios de Miraflores parpadeaban a lo lejos como si fueran estrellas caídas. Olía a sal, a jazmín de alguna maceta vecina y al perfume de ella, que se había puesto más fuerte con el calor del bar.


Empezamos hablando de tonterías para romper el hielo del cambio de escenario.


—Este balcón es mi rincón favorito del depa —dijo ella, mirando hacia el mar—. Aquí vengo cuando no puedo dormir o cuando un caso me tiene jodida. Me siento, fumo un cigarro aunque jure que lo dejé, y miro las luces. A veces pienso en todo lo que he cagado en la vida y en lo que todavía puedo arreglar.


Yo asentí, tomando un sorbo de agua que ya se había entibiado.


—¿Y hoy qué piensas? ¿Cagada o arreglo?


Ella se rió bajito, con esa risa ronca que tenía cuando estaba relajada.


—Hoy pienso que la cagada fue quedarme un año entero sin salir con nadie decente. Y el arreglo… bueno, estás tú aquí, así que parece que la noche va por buen camino.


La miré fijo un segundo.


—No soy tan decente como parezco. Tengo mis expedientes pendientes y mis noches solo con Netflix y cerveza.


—Perfecto —respondió ella, girándose un poco hacia mí—. Porque yo tampoco soy de las que buscan príncipe azul. Solo alguien que no me haga perder el tiempo y que sepa cuándo callarse y cuándo… no.


Ahí entró el doble sentido otra vez, sutil pero claro. No lo dijo directo, pero lo dejó flotando. Yo le seguí:


—Callarme sé. Y cuando toca hablar… también. Depende de lo que pida el juez… o la fiscal.


Ella soltó una carcajada corta y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.


—¿Sabes qué me gusta de ti desde la fila? Que no te pusiste nervioso cuando te tiré la indirecta. La mayoría se pone tieso, tartamudea o empieza a hablar de fútbol para cambiar de tema. Tú me miraste como si ya supieras el veredicto.


—Porque lo sabía —dije, encogiéndome de hombros—. Solo faltaba la sentencia. Y parece que ya salió favorable.


Se quedó callada un momento, mirándome con esa intensidad que tenía, como si estuviera leyendo un expediente. Después se levantó despacio de la silla, se acercó un paso, quedando a medio metro. El viento le movió el pelo sobre la cara; lo apartó con los dedos y se lo echó hacia atrás.


—Oye, Alexis… ¿te molesta si te digo algo directo?


—Adelante. En penal me pagan por escuchar verdades incómodas.


Ella sonrió de lado.


—Me gusta cómo hueles. No es perfume caro ni nada, es… natural. Sudor limpio, jabón, un poco de cerveza del bar. Me da ganas de acercarme más.


No me moví. Solo la miré.


—Y a mí me gusta cómo te mueves. Como si supieras exactamente lo que quieres y no tuvieras miedo de ir por ello. Eso es raro en Lima. La mayoría da vueltas.


Se acercó otro centímetro. Nuestras respiraciones se mezclaban con la brisa.


—¿Y qué quieres tú ahora? —preguntó bajito, casi susurrando.


—Quiero seguir hablando —respondí—. Porque cuando paremos de hablar… ya no va a haber vuelta atrás. Y me gusta el suspense.


Ella se mordió el labio inferior un segundo, como conteniendo una sonrisa.


—Suspense me sobra. Pero no soy de las que esperan eternamente la apelación.


Nos quedamos así un rato largo, mirándonos sin tocarnos. El silencio era cómodo, cargado. Se oía el mar rompiendo contra las rocas abajo, un auto pasando lento por la Bajada, el crujido de la silla cuando el viento la movía. Ella levantó la mano despacio y me rozó el brazo con las yemas de los dedos, solo un toque ligero, como probando.


—¿Frío? —preguntó.


—No —dije—. Calor, más bien.


Se rió suave.


—Igual que yo.


Entonces se giró un poco, apoyó la espalda en la baranda y miró al cielo.


—Cuéntame algo tuyo que nadie sepa. Algo que no le cuentas ni a tus clientes ni a tus amigos.


Pensé un segundo.


—Cuando era chibolo, en el colegio, me gustaba una chica que estaba en la sección de al lado. Nunca le dije nada. La veía todos los días en el recreo y me inventaba conversaciones enteras en la cabeza. Al final del año se fue a otro colegio y nunca supe más de ella. Todavía pienso en eso a veces. En lo cobarde que fui.


Carla me miró de reojo.


—¿Y ahora? ¿Sigues siendo cobarde?


—No —respondí, acercándome un paso—. Ahora soy más de arriesgar cuando vale la pena.


Ella se giró completo hacia mí, quedamos cara a cara, a un palmo de distancia.


—Entonces arriesga.


No la besé todavía. Solo puse la mano en la baranda a su lado, encerrándola un poco sin tocarla. Nuestras narices casi se rozaban.


—¿Y tú? —pregunté—. ¿Algo que nadie sepa?


Ella tardó en responder, como si midiera las palabras.


—Después de separarme, pasé meses durmiendo con la luz prendida. Me daba miedo el silencio del depa. Ahora ya no… pero todavía me gusta tener a alguien que me haga olvidar que estoy sola.


La miré fijo.


—Esta noche no estás sola.


Ella asintió lento, los ojos en mis labios.


—No. Esta noche no.


El viento sopló más fuerte, moviéndole el vestido contra las piernas. Ninguno se movió. Seguimos hablando bajito, de miedos, de casos que nos marcaron, de lo ridículo que era que dos abogados se conocieran en una cola y terminaran así, en un balcón de Barranco a medianoche. Cada palabra era un paso más cerca, cada pausa un permiso tácito. El suspense seguía ahí, delicioso, hasta que uno de los dos decidió que ya era suficiente charla.


Pero eso… eso ya fue cuando entramos de nuevo al dormitorio y cerramos la puerta del balcón detrás nuestro.

















El balcón se había quedado atrás, con la brisa todavía moviendo las cortinas de visillo cuando entramos al dormitorio. Carla cerró la puerta corrediza con un clic suave, el ruido del mar y la calle se amortiguó de golpe, quedando solo el zumbido lejano del ventilador de techo que giraba lento sobre la cama. La luz de la lámpara de la mesa de noche era la única encendida: amarilla, tenue, de esas que no alumbran todo sino que dejan sombras suaves en las esquinas y en los pliegues de las sábanas blancas arrugadas.

Nos quedamos parados un segundo en medio de la habitación, como si el cambio de espacio nos hubiera obligado a recalcular. Ella se giró hacia mí primero, descalza, el vestido negro pegado un poco al cuerpo por el sudor del bar y la caminata. Yo tenía las manos en los bolsillos de los jeans, intentando parecer relajado, pero el pulso me latía en las sienes.

No hubo palabras grandes ni declaraciones. Solo nos miramos fijo, como en el balcón pero más cerca, más crudo. Ella dio un paso, yo otro. Quedamos a un palmo, respiraciones mezcladas. Su perfume —algo floral con un toque amaderado— se sentía más fuerte ahí dentro, mezclado con el olor limpio de su piel y el leve rastro de gin tonic en su aliento.

Levantó la mano despacio, como si midiera cada centímetro. Los dedos le rozaron primero la camisa a la altura del pecho, subieron hasta el cuello, y luego se detuvieron en la nuca, enredándose un poco en el pelo corto de atrás. No jaló, solo sostuvo, como diciendo “aquí estoy, y tú también”.

Yo saqué las manos de los bolsillos, le puse una en la cintura, justo donde el vestido se ceñía un poco más, sintiendo la curva suave bajo la tela fina. La otra mano le subí por el brazo, lento, hasta el hombro, y de ahí al cuello, rozándole la mandíbula con el pulgar. Su piel estaba caliente, ligeramente húmeda por el calor de la noche.

Nos quedamos así un rato eterno, narices casi tocándose, ojos abiertos, sin parpadear mucho. Se oía su respiración un poco más rápida, la mía también. El ventilador giraba, las cortinas se movían apenas.

Entonces ella cerró los ojos primero, solo un segundo, como rindiéndose a lo inevitable. Inclinó la cabeza un milímetro a la derecha —el lado clásico, el que sale natural— y yo hice lo mismo al revés. Nuestros labios se rozaron al principio como prueba: suaves, tibios, sin presión. Solo el contacto, el roce de la piel contra piel, el leve sabor a gin y a menta de su labial que ya se había borrado un poco.

No fue un beso de película, de esos que llegan con música épica. Fue torpe al inicio, como si los dos estuviéramos midiendo el terreno. Labios que se tocan, se separan un milímetro, vuelven a tocarse. Ella abrió un poco la boca, yo también, y ahí entró la lengua: primero tímida, explorando el borde de sus labios, luego más adentro, encontrando la suya. Se enredaron despacio, sin prisa, con ese vaivén lento que va subiendo de temperatura.

Su mano en mi nuca apretó un poco más, jalándome hacia ella. Yo la atraje por la cintura, pegándola contra mí, sintiendo el calor de su cuerpo entero contra el mío. El beso se profundizó: más húmedo, más urgente, respiraciones entrecortadas por la nariz porque ninguno quería separarse. Se oían sonidos suaves —un suspiro de ella, un gemido bajo mío que se me escapó sin querer— y el roce de la tela cuando su vestido se arrugó bajo mis dedos.

Duró lo que tenía que durar: un minuto, dos, no sé. Tiempo suficiente para que el pulso se acelerara del todo, para que las manos empezaran a moverse más: la mía bajando por su espalda hasta la curva de las nalgas, apretando suave; la suya deslizándose por mi pecho, desabrochando el primer botón de la camisa sin mirar.

Cuando nos separamos, fue porque el aire faltaba. Frentes pegadas, respirando fuerte, bocas hinchadas y húmedas. Ella abrió los ojos primero, me miró con las pupilas dilatadas, una sonrisa chiquita y traviesa.

—Llevaba toda la noche esperando eso —susurró, voz ronca.

Yo solo sonreí, todavía con el sabor de ella en la boca.

—Pues valió la espera.

No dijimos más. Nos besamos otra vez, más seguros ya, y de ahí pasamos a la cama sin prisa, pero sin parar. El primer beso había sido la llave; lo que vino después fue abrir la puerta del todo.
















El beso se había vuelto más hambriento después del primero. Nos fuimos cayendo hacia la cama sin soltarnos la boca, tropiezando un poco con el borde del colchón, riéndonos entre besos por lo torpe que éramos. Ella se dejó caer de espaldas, el vestido subiéndose hasta la cintura, y yo me quedé encima, apoyado en los antebrazos para no aplastarla del todo. Las sábanas blancas crujieron bajo nosotros, todavía tibias del día.

Le subí el vestido con las dos manos, despacio al principio, sintiendo cómo se arqueaba para ayudarme. No llevaba medias, solo el encaje negro del tanga que se transparentaba un poco bajo la luz de la lámpara. Se lo bajé de un tirón suave, ella levantó las caderas sin que se lo pidiera. Cuando quedamos piel contra piel, el calor era insoportable. Me desabrochó la camisa con dedos rápidos, casi arrancando botones, y me bajó el cierre del pantalón sin ceremonia.

La primera vez fue intensa, casi urgente. Entré despacio, mirándola a los ojos, viendo cómo se le abrían los labios en un gemido largo y bajo cuando la llené por completo. Empezamos moviéndonos lento, probando ritmos, pero ella no aguantó mucho. Me clavó las uñas en la espalda y susurró contra mi oído:

—Más fuerte, Alexis… no me trates como si fuera de cristal.

Aceleré. El colchón se quejaba con cada embestida, la cabecera golpeaba suave contra la pared. Ella se mordía el labio para no gritar al principio, pero cuando le agarré las caderas y la puse de lado, una pierna sobre mi hombro, ya no pudo contenerse. Gemía fuerte, ronco, con la voz quebrándose cada vez que llegaba profundo.

—Así… joder, así… no pares…

Le di más, más rápido, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí, cómo se ponía tensa antes de venirse. Cuando se corrió la primera vez, arqueó la espalda, me apretó con las piernas y soltó un grito ahogado que terminó en mi nombre, repetido como mantra: “Alexis… Alexis… sí…”.

No paré. La volteé boca abajo, le levanté las caderas y volví a entrar desde atrás. Ella enterró la cara en la almohada un segundo, pero después la levantó, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—Más… dame más… quiero sentirte todo…

La segunda fue más salvaje. Le agarré el pelo con una mano, no fuerte, solo lo suficiente para arquearle el cuello, y embestí profundo, constante. Ella empujaba hacia atrás, encontrando cada movimiento, el culo redondo chocando contra mis caderas con un sonido húmedo y rítmico. Sudábamos los dos, el pelo pegado a la frente, la piel brillante bajo la luz tenue.

—Te voy a correr… —le dije, sintiendo que ya no aguantaba más.

Ella se giró un poco más, los ojos vidriosos, la boca abierta.

—No… adentro… córrete en mi concha… quiero sentirlo… por favor…

Eso me volvió loco. Aceleré todo lo que pude, sintiendo cómo se contraía otra vez, cómo su segundo orgasmo la hacía temblar entera. Gritó fuerte esta vez, sin importarle los vecinos, sin importarle nada:

— ¡Sí! ¡Córrete! ¡Adentro! ¡Lléname, joder!

Me corrí dentro de ella con un gruñido que salió del pecho, profundo, sintiendo cómo pulsaba alrededor mientras me vaciaba. Ella siguió moviéndose un poco, exprimiéndome, hasta que los dos caímos exhaustos, jadeando, pegados por el sudor.

Nos quedamos así un rato, respirando pesado. Ella se rió bajito contra la almohada.

—Primera ronda aprobada —dijo, voz ronca.

No pasó ni media hora y ya estábamos en la segunda. Esta vez en la ducha, el agua caliente cayendo sobre nosotros. Me arrodillé, le abrí las piernas y la comí hasta que se corrió temblando contra la pared de azulejos, agarrándome el pelo y gritando mi nombre otra vez. Después me levantó, se puso de espaldas, apoyó las manos en la pared y me pidió que la cogiera así, bajo el chorro de agua. La tercera fue más lenta, pero igual de intensa: ella encima, cabalgándome en la cama, moviéndose en círculos, pidiéndome que la mirara mientras se corría de nuevo.

La cuarta fue ya de madrugada, casi al amanecer. Estábamos exhaustos pero no podíamos parar. Ella se puso a cuatro patas otra vez, me miró por encima del hombro y dijo exactamente lo mismo:

—Córrete en mi concha… quiero sentirlo caliente otra vez…

Y lo hice. Gritó más fuerte que antes, el cuerpo temblando, las piernas flojas. Cuando terminamos, nos desplomamos riéndonos, sudados, pegajosos, con las sábanas hechas un desastre.

Al final, cuando la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, ella se acurrucó contra mi pecho y murmuró:

—Este sábado de elecciones fue el mejor de mi vida.

Yo solo le besé la frente, todavía oliendo a ella, a nosotros, y pensé que tenía razón.

















Me desperté con la luz grisácea del amanecer limeño filtrándose por las cortinas de visillo, esa claridad difusa que entra sin pedir permiso y te obliga a abrir los ojos aunque todavía no quieras. Eran las siete y pico, calculo, porque el ruido de los colectivos en la Bajada de Baños ya empezaba a subir de volumen, mezclado con el ladrido lejano de algún perro y el golpeteo suave de las olas contra las rocas abajo.


Carla estaba de lado, dándome la espalda, acurrucada contra mi pecho como si hubiéramos dormido así toda la vida. Su pelo negro teñido se había desparramado sobre la almohada y parte de mi brazo, oliendo a shampoo de coco y a ese olor inconfundible de sexo que queda después de una noche larga. Las sábanas blancas estaban hechas un nudo a los pies de la cama, arrugadas y húmedas en algunos lugares, testigos mudos de las cuatro rondas que habíamos dado. Mi brazo derecho estaba entumecido porque ella lo había usado de almohada buena parte de la noche, pero no me moví. Me quedé ahí, respirando despacio, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío, la curva de su culo contra mi cadera, la piel suave de su espalda contra mi pecho.


No tenía ganas de levantarme todavía. El cuerpo me pesaba de cansancio placentero: músculos adoloridos en las piernas, la espalda rasguñada por sus uñas, un leve dolor en la mandíbula de tanto besar y morder. Ella respiraba profundo, pausado, todavía dormida. Le pasé los dedos despacio por la cintura, trazando la curva hasta la cadera, y sentí cómo se movía un poco, un ronroneo suave saliendo de su garganta sin despertarse del todo.


Unos minutos después abrió los ojos. Parpadeó lento, confundida un segundo, y luego sonrió de lado al verme.


—Buenos días, abogado —murmuró, voz ronca de sueño y de tanto gritar la noche anterior—. ¿Sobreviviste?


—Más o menos —respondí, besándole el hombro—. Creo que me debes una demanda por lesiones leves.


Se rió bajito y se giró hacia mí, quedando cara a cara. Tenía el maquillaje corrido un poco alrededor de los ojos, el labial borrado por completo, el pelo revuelto en mechones que le caían sobre la cara. Se veía hermosa así, sin filtros, real.


—Te ves hecho ****** —dijo, tocándome la barba crecida con las yemas de los dedos—. Pero te ves bien hecho ******.


—Tú también —le contesté, rozándole la mejilla—. Y sigues siendo peligrosa.


Nos quedamos mirándonos un rato, sin prisa. Ella se acercó y me dio un beso lento, perezoso, de esos de mañana que no buscan nada más que prolongar el contacto. Labios suaves, todavía hinchados de la noche, lengua que apenas se asomaba. No escaló, solo se quedó ahí, cálido y tranquilo.


Después se estiró como gato, arqueando la espalda, los pechos rozándome el torso.


—Tengo hambre —dijo—. Y sed. Y necesito café como el aire.


Se levantó desnuda, sin vergüenza, caminando hacia la cocina con ese balanceo natural de caderas que tenía. Yo me quedé en la cama un segundo más, viéndola irse: la espalda marcada con leves rasguños míos, el culo redondo y firme moviéndose con cada paso, las piernas largas y bronceadas. Se giró en la puerta del dormitorio y me miró por encima del hombro.


—¿Vienes o te quedas mirando como bobo?


Me levanté, me puse el bóxer que había quedado tirado en el piso y la seguí. La cocina estaba tal como la habíamos dejado: la botella de agua a medio beber en la barra, los vasos con hielo derretido. Ella prendió la cafetera italiana, sacó dos tazas del gabinete y puso pan en la tostadora. Mientras esperaba, se apoyó en la encimera, cruzada de brazos, mirándome.


—¿Te arrepientes de algo? —preguntó de repente, tono casual pero con un fondo serio.


La miré fijo.


—Ni un segundo. ¿Tú?


Ella negó con la cabeza, sonrisa chiquita.


—Ni uno. Fue… liberador. Hacía tiempo que no me permitía algo así, sin pensar en el después.


El café empezó a borbotear. Sirvió dos tazas, me pasó una humeante. Nos sentamos en los taburetes de la barra, desnudos menos el bóxer mío, bebiendo en silencio un rato. El sol ya entraba más fuerte por la ventana de la cocina, iluminando las motas de polvo en el aire.


—¿Qué haces hoy? —preguntó ella, soplando el café.


—Nada urgente. Unos escritos que puedo mover para mañana. ¿Y tú?


—Libre total. Mariana me mandó un WhatsApp a las cuatro de la mañana diciendo que “llegó sana y salva” con cara de emoji pícaro. Así que supongo que su amante la dejó en casa a tiempo.


Nos reímos los dos.


—¿Quieres quedarte? —dijo ella, mirándome directo—. Podemos desayunar bien, ver una película, o… lo que pinte. Sin presiones.


La miré por encima de la taza.


—Me quedo. Pero con una condición.


—¿Cuál?


—Que me prepares ese café todas las mañanas que quiera volver.


Ella levantó una ceja, sonrisa traviesa.


—Trato hecho. Pero solo si traes croissants de La Baguette la próxima vez.


Terminamos el café, lavamos las tazas juntos —ella fregando, yo secando, rozándonos “accidentalmente” cada dos segundos—, y volvimos a la cama. No para follar otra vez —los dos estábamos reventados—, sino para acostarnos abrazados, hablando pavadas: de casos absurdos, de viajes que queríamos hacer, de lo ridículo que era que todo hubiera empezado en una cola de San Marcos.


Al final nos quedamos dormidos otra vez, pegados, con el sol subiendo y el ruido de Lima despertando afuera. La mañana siguiente no fue de promesas eternas ni de dramas. Fue simple, cómoda, real. Y eso, después de una noche como la que tuvimos, valía más que cualquier declaración.















La mañana se estiró perezosa en el depa de Carla. Después de la segunda siesta corta, alrededor de las once, ella se levantó primero para preparar algo más sustancioso: huevos revueltos con tomate, pan tostado y más café. Yo me quedé en la cama un rato, oyendo cómo tarareaba bajito una canción de Susana Baca mientras batía los huevos. El olor a comida llegó al dormitorio y me sacó de la pereza. Me puse el bóxer y la camiseta arrugada del día anterior, y salí a la cocina.


Ella estaba de espaldas, en una bata ligera de algodón que apenas le cubría los muslos, el pelo recogido en un moño desordenado. Se giró al oírme y sonrió.


—Justo a tiempo. Siéntate, que esto ya está.


Comimos en la barra, en silencio cómodo al principio, solo el ruido de los cubiertos y el tráfico lejano. Pero después de un par de bocados, ella sacó el celular de la encimera y lo miró de reojo.


—Mariana me escribió hace rato —dijo, como si nada, mientras untaba mantequilla en el pan—. A las nueve y pico, cuando todavía estabas roncando.


Levanté una ceja, curioso.


—¿Y? ¿Le contaste algo?


Carla se rió suave, dejando el tenedor.


—Claro que sí. Le mandé un audio largo mientras preparaba el café. Le dije más o menos: “Mari, anoche fue una locura. El abogado de la cola resultó ser un animal en la cama. Cuatro rondas, el tipo no se cansa, me dejó temblando y pidiendo más. Me corrí como nunca, y él se vino adentro cada vez que se lo pedí. El depa huele a sexo hasta ahora. Creo que necesito repetir pronto porque me dejó con ganas de más”.


Hizo una pausa, mirándome fijo para ver mi reacción. Yo solo sonreí, sintiendo un calor subir por el cuello.


—¿Y ella qué te respondió? —pregunté, tomando un sorbo de café para disimular.


—Primero un montón de emojis de fuego y caritas sorprendidas. Después voz: “¡Qué perra! Me alegro por ti, hacía tiempo que no te veía tan prendida. ¿Y ahora qué? ¿Solo follamigos o vas por algo más? Porque si solo es para revolcones, avísame que te cubro cuando quieras salir con él sin dramas. Pero si te está gustando de verdad, no lo jodas por miedo, que ya sabes cómo terminan las que se cierran”.


Carla se encogió de hombros, pero se le notaba un brillo en los ojos.


—Le contesté que todavía no sé. Que la noche fue brutal, que me sentí deseada y cómoda al mismo tiempo, que no fue solo sexo vacío. Que me gustó hablar contigo después, en el balcón, en la mañana… que no me sentí usada ni apurada. Le dije: “No sé si quiero algo serio-serio, tipo noviazgo con etiquetas, pero tampoco quiero que sea solo un polvo de una noche y chau. Quiero más revolcones, sí, muchos más. Pero también quiero ver si hay algo más allá. Si fluye, fluye. Si no, al menos habré tenido el mejor sexo post-separación de mi vida”.


Terminó de hablar y me miró, esperando. No había drama en su voz, solo sinceridad cruda, como siempre.


—¿Y tú qué piensas? —preguntó, bajando la voz un poco—. ¿Quieres más de esto? ¿O prefieres que quede en un sábado épico y cada uno por su lado?


Yo dejé la taza en la barra y la miré directo.


—Quiero más. Revolcones, sí, los que vengan. Pero también quiero esto: desayunar juntos, hablar sin filtro, ver qué pasa sin presionar. No busco etiquetas ya, pero tampoco quiero que sea solo cama y nada más. Me gustas, Carla. Tal como eres: directa, sin juegos, con ganas de vivir.


Ella sonrió lento, se acercó por la barra y me dio un beso suave, de esos que saben a café y a promesas sin decirlo.


—Entonces estamos en la misma página —dijo contra mis labios—. Vamos a ver qué sale. Sin dramas, sin apuros. Pero avísame cuando quieras el próximo round, porque ya estoy pensando en cómo hacerte gritar mi nombre esta vez.


Nos reímos los dos, y el resto de la mañana pasó entre besos robados, platos lavados juntos y planes vagos para la semana: un mensaje por WhatsApp, una cerveza en Barranco, lo que pinte. No era serio aún, pero tampoco era nada casual vacío. Era algo real, naciendo de una cola en San Marcos y una noche que ninguno olvidaría. Y eso, por ahora, era más que suficiente.
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El domingo por la tarde, después de dejar a Carla en su edificio de Barranco con ese beso largo que sabía a promesa, manejé de vuelta a mi depa en Surco con la ventanilla baja y el reggaetón viejo sonando bajito en el Civic. El sol ya bajaba naranja sobre Javier Prado, el tráfico era un caos típico de fin de semana, pero yo tenía la cabeza en otro lado: en su culo rebotando encima mío esa mañana, en cómo me había pedido que me corriera adentro otra vez, en el olor a sexo que todavía me quedaba en la piel.


Llegué como a las siete y cuarto, estacioné en el garaje subterráneo, subí en el ascensor tarareando sin darme cuenta y abrí la puerta de mi departamento en el quinto piso. Todo estaba tal como lo había dejado: el sofá gris de tres cuerpos un poco desordenado, la mesa de centro con unos expedientes pendientes, la cocina abierta con la cafetera sucia del desayuno. Me quité los zapatos de un patada, tiré la llave en el bowl de la entrada y me serví una cerveza fría del refri. Me tiré en el sofá, prendí el aire acondicionado y saqué el celular.


WhatsApp abierto. Carla estaba en línea. Foto de perfil: ella en el balcón de su casa con una sonrisa de lado y el pelo suelto. El último mensaje mío era el de la foto que nos habíamos tomado abrazados en el parque de San Marcos. Escribí sin pensarlo dos veces:


Yo: Llegué bien, fiscal. El tráfico de Lima me quiso joder, pero ya estoy en mi cueva. ¿Y tú? ¿Ya te duchaste o todavía hueles a mí?


Ella vio el mensaje al instante. Los dos palomitas azules. Escribiendo…


Carla: Jajaja apenas llegué. Me duché rapidito pero todavía siento tu olor en la cama. ¿Qué haces, abogado? ¿Ya estás con tus expedientes o pensando en lo rico que tiramos?


Yo: Expedientes ni de coña. Estoy en el sofá con una fría, recordando cómo me pedías que te llenara la cuca. Me tienes loco, Carla. No paro de ver tu cara cuando te venías.


Carla: Ay coño… no me digas eso que me estoy mojando otra vez. Mariana me escribió preguntando si ya te tenía de novio o solo de follamigo. Le dije que por ahora todo lo que pinte, pero que pinte bien rico.


Yo: Jajaja dile que soy un cliente difícil pero que pago bien en orgasmos. Oye… ¿y si pintara que vengas ahorita? Tengo vino tinto abierto, música suave y un sofá que todavía no probamos juntos. No quiero que termine el domingo sin verte otra vez. Ven, mamita. Te prometo que te voy a hacer gritar mi nombre hasta que los vecinos llamen a Serenazgo.


Carla: Mmm… tentador, abogado. Pero estoy cansada, y mañana tengo audiencia temprano en el Juzgado de Familia.


Yo: Precisamente por eso. Ven, te hago un masaje en los pies, te sirvo vino, te como despacito y después te cojo como se debe para que duermas como bebé. Además, te juro que te voy a correr adentro otra vez y después te dejo tomar toda la leche que quieras. ¿O prefieres que me quede aquí solo, pelándomela pensando en ti?


Carla: Jajaja qué hijo de puta eres… ya me convenciste con lo de la leche. Dame 35 minutos. Mándame la ubicación exacta y no te pongas ropa interior, que quiero llegar y encontrarte listo.


Le mandé la ubicación por WhatsApp con la ubicación en vivo. Ella me mandó un emoji de fuego y un “voy en Uber”. Me levanté rápido, me lavé los dientes, me puse un short negro suelto y una camiseta blanca, abrí la botella de vino tinto que tenía guardada y puse en el equipo de sonido algo de Libido bajito. El corazón me latía fuerte, pero de pura adrenalina buena.


Treinta y ocho minutos exactos después sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba Carla, jeans ajustados que marcaban todo, blusa negra escotada, pelo suelto todavía húmedo del baño y esa sonrisa traviesa que me volvía loco.


—Llegué, abogado —dijo entrando y cerrando la puerta con el pie—. Y vengo con ganas de que me convenzas otra vez.


No le di tiempo a nada más. La agarré por la cintura, la pegué contra la pared del pasillo y la besé con lengua desde el primer segundo. Sus manos ya estaban bajándome el short mientras yo le desabrochaba los jeans.


—Te quiero sentada encima mío ahorita —le susurré al oído—. Con las piernas bien abiertas, sonriendo mientras me montas y me pides que te llene la cuca otra vez.


Ella se rió bajito, mordiéndose el labio.


—Entonces llévame al sofá, que hoy me empingo y te enchuche hasta que no puedas más.


Y así empezó la noche del domingo: ella encima mío, piernas abiertas a horcajadas, sonriendo mientras se bajaba despacio sobre mi pija dura, gimiendo bajito y pidiéndome que la llenara otra vez. El resto… eso ya fue puro fuego limeño, sin pausas ni códigos.



















Entramos al depa sin decir mucho más. Ella dejó el bolso en la entrada, se quitó las zapatillas de un patada y caminó descalza por el pasillo, moviendo las caderas como si ya supiera exactamente lo que iba a pasar. Yo cerré la puerta con llave, el clic sonó fuerte en el silencio del domingo por la noche.


—Muéstrame tu oficina de abogado —dijo con voz ronca, girándose un segundo para mirarme por encima del hombro—. Quiero ver dónde peleas tus casos… y dónde me vas a coger después.


La llevé directo al cuarto que uso como sala de espera/oficina improvisada. Es el espacio más personal del depa: una mesa grande de madera oscura con mi laptop abierta todavía en un expediente, estanterías llenas de libros de derecho penal, códigos comentados, un par de novelas de Vargas Llosa y García Márquez que nadie toca, fotos mías de la universidad enmarcadas en la pared, un sofá pequeño de dos cuerpos contra la ventana, y una lámpara de pie que da una luz amarilla cálida cuando la prendo.


Apenas entramos, ella se paró en medio del cuarto, dio una vuelta lenta mirando todo, y soltó una risita.


—Aquí es donde te la pelas pensando en mí cuando no estoy, ¿verdad?


Antes de que pudiera responder, se acercó a la mesa, apoyó las manos en el borde y se inclinó hacia adelante como si estuviera leyendo algo en la pantalla. El jean ajustado se tensó al máximo sobre su culo redondo y firme. Se giró un poco, me miró con ojos entrecerrados y dijo bajito:


—Ay, me golpeé la rodilla con la mesa… duele.


Y entonces se puso en pose de pollito tomando agua: se agachó despacio, rodillas flexionadas, espalda arqueada, culo en pompa bien alto, manos apoyadas en el piso como si estuviera estirándose. El jean se estiró tanto que se escuchó el roce de la tela a punto de romperse en las costuras. La raja se marcaba clarito, el hilo del tanga negro asomando apenas por encima de la cintura baja.


Me acerqué por detrás sin tocarla todavía. Me arrodillé despacio, puse las manos en sus muslos y subí las palmas por la parte interna de las piernas, sintiendo cómo temblaba un poco. Ella no se movió, solo soltó un gemidito cuando llegué a la entrepierna.


—Estás empapada, mamita —le dije, rozando con los dedos por encima del jean—. Se siente cómo te chorrea la cuca.


Bajé la cara y puse la boca abierta sobre la tela, justo donde se marcaba la raja. Lamí fuerte, lengua plana, presionando contra el jean mojado. El olor a ella me volvió loco: caliente, salado, dulce. Ella empujó el culo hacia atrás, restregándose contra mi boca.


—Lámela por encima… sí… así… me estás poniendo más mojada…


Le manoseé las nalgas con las dos manos, abriéndolas un poco, apretando fuerte. Sentía la vulva hinchada y caliente a través de la tela. Deslicé una mano por delante, presionando el monte de Venus, frotando en círculos lentos mientras seguía lamiendo por detrás. Ella empezó a jadear más fuerte, las piernas temblando.


—Bájame el jean… por favor… no aguanto más…


Le desabroché el botón despacio, bajé el cierre con los dientes, mordisqueando la piel justo encima. Tiré del jean hacia abajo poco a poco, centímetro a centímetro. El tanga negro era un hilo mínimo, bien metido entre las nalgotas, la tela ya empapada y transparente. Cuando el jean llegó a mitad de muslo, le separé las nalgas con las manos y vi cómo la cuca lloraba: hinchada, roja, brillando de jugos, el hilo del tanga pegado al clítoris.


Lo agarré con los dientes, tiré suave hacia un lado y lo saqué despacio, sintiendo cómo se deslizaba por la raja mojada. Ella soltó un gemido largo cuando el hilo rozó el clítoris al salir.


—Dios… métemela ya… sin lubricar… quiero sentirla entrar seca y después mojarse adentro…


Me puse de pie, me bajé el short de un tirón. Mi pija estaba dura como piedra, la cabeza brillante de presemen. La agarré por las caderas, la incliné más sobre la mesa, le separé las piernas lo justo y puse la punta justo en la entrada. Ella empujó hacia atrás, desesperada.


—Dame… métela toda de una…


Empujé despacio al principio. La cuca estaba tan mojada que entró fácil los primeros centímetros, pero después apreté más y la sentí apretada, caliente, resistiendo un poco. Ella gritó bajito cuando la cabeza pasó el anillo y seguí empujando hasta el fondo sin parar. Cuando estuve todo adentro, se quedó quieta un segundo, respirando agitada.


—Joder… qué rica te sientes… tan apretada…


Empecé a moverme lento, saliendo casi toda y volviendo a entrar profundo. Cada embestida hacía que sus nalgas chocaran contra mis caderas con un sonido húmedo. Ella se agarraba del borde de la mesa, las uñas clavadas en la madera.


—Más fuerte… cógeme como puta… quiero que me dejes marcada…


Aceleré. La mesa se movía con cada empujón, los libros se tambaleaban en la estantería. Le agarré el pelo con una mano, tiré suave para arquearle la espalda, y con la otra le froté el clítoris en círculos rápidos. Ella empezó a temblar, la cuca contrayéndose alrededor mío.


—Me vengo… me vengo… no pares…


Se corrió fuerte, gritando mi nombre, las piernas flojas. Yo seguí embistiendo, sintiendo cómo me apretaba en oleadas. No aguanté más.


—Te voy a llenar la cuca… toma toda mi leche…


Me vine adentro, profundo, gruñendo mientras pulsaba y le echaba chorros calientes. Ella empujaba hacia atrás, exprimiéndome hasta la última gota.


Cuando salí, la leche empezó a gotearle por los muslos. Se giró, se arrodilló y se metió mi pija todavía sensible en la boca, limpiándome con la lengua, tragándose lo que quedaba.


—Rico… me encanta tu sabor después de corrernos juntos —dijo mirándome desde abajo, sonriendo con los labios hinchados.


Nos quedamos ahí un rato, ella sentada en el piso con la espalda contra la mesa, yo apoyado en la silla, respirando pesado. Después ella se levantó, me besó lento y dijo:


—Ahora llévame a tu cama… que esto recién empieza, abogado. Quiero más cachadas antes de dormir.


Y la llevé, sin prisa, sabiendo que la noche iba a ser larga.



















La llevé en brazos desde la oficina hasta el dormitorio, sin soltarla ni un segundo. Ella me rodeaba el cuello con los brazos, besándome el cuello y mordisqueándome la oreja mientras caminábamos por el pasillo oscuro. El depa estaba en penumbra, solo la luz de la calle se filtraba por las cortinas entreabiertas, dibujando rayas amarillas en el piso de madera. Al entrar al cuarto, la tiré suave sobre la cama queen, las sábanas todavía revueltas del sábado que no había arreglado. Ella rebotó un poco, riéndose bajito, y se apoyó en los codos mirándome con esa cara de “ven y cógeme ya”.


—Quítate todo, abogado —me ordenó, voz ronca—. Quiero verte desnudo y duro para mí.


Me saqué la camiseta de un tirón, el short y el bóxer cayeron al piso. Mi pija ya estaba parada otra vez, brillante de saliva y jugos de antes. Ella se quitó la blusa negra despacio, dejando caer el sostén al lado, los pechos grandes y firmes saltando libres. Se quedó solo con el tanga negro mínimo, que ya estaba torcido y empapado.


Se puso de rodillas en la cama, me hizo señas con el dedo para que me acercara. Cuando estuve al borde, me agarró la pija con la mano derecha, la apretó suave y empezó a masturbarme lento mientras me miraba fijo.


—Mírame… quiero que veas cómo me la meto yo misma.


Se acomodó de espaldas, se puso a cuatro patas, culo en pompa otra vez, pero ahora sin jean ni nada que estorbara. Separó las nalgas con sus propias manos, mostrándome la cuca abierta, hinchada, roja y chorreando. El agujero del culo brillaba un poco de los jugos que bajaban.


—Primero así… métemela de perrito, pero despacio al principio… quiero sentir cada centímetro entrando.


Me arrodillé detrás, puse la cabeza en la entrada y empujé suave. Entró fácil, resbaladiza de antes, pero apretada como si fuera la primera vez. Ella soltó un gemido largo cuando estuve a mitad.


—Más… toda… joder, qué rica se siente…


La agarré por las caderas y empujé hasta el fondo. Empecé a bombear lento, saliendo casi toda y volviendo a entrar profundo. Cada embestida hacía que sus nalgas chocaran contra mis muslos con un plaf-plaf húmedo. Ella empujaba hacia atrás, sincronizándose, gimiendo cada vez que llegaba al fondo.


—Así… cógeme fuerte… quiero que me dejes el coño marcado…


Aceleré. Le agarré el pelo con una mano, tiré suave para arquearle la espalda, y con la otra le froté el clítoris en círculos rápidos. Ella empezó a temblar, la cuca contrayéndose alrededor mío en oleadas.


—Me vengo… me vengo otra vez… no pares, papi…


Se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, apretándome tan fuerte que casi me saca. Yo seguí embistiendo, sintiendo cómo sus jugos me chorreaban por los huevos.


—Ahora quiero que me cojas de lado —dijo jadeando, todavía temblando—. Quiero verte la cara mientras me llenas.


Se acostó de lado, levantó una pierna alto, apoyándola en mi hombro. Me puse de rodillas a su lado, le metí la pija de nuevo y empecé a bombear profundo, mirándola fijo. Ella se mordía el labio, una mano en su clítoris frotando rápido, la otra agarrándome el brazo.


—Métemela hasta el fondo… quiero sentir cómo palpitas cuando te vienes…


Le di más fuerte, el colchón crujiendo, la cabecera golpeando suave contra la pared. Ella empezó a gemir más alto, sin importarle nada.


—Córrete adentro… lléname la cuca otra vez… quiero tu leche caliente chorreándome…


No aguanté. Me vine fuerte, empujando profundo, chorros calientes llenándola mientras gruñía su nombre. Ella se corrió conmigo, apretándome en pulsos, gritando “sí… sí… lléname…”.


Cuando salí, la leche empezó a gotearle por la raja, blanca y espesa. Ella se giró boca arriba, abrió las piernas y se metió dos dedos para sacarla un poco, llevándoselos a la boca.


—Rico… me encanta tu sabor mezclado con el mío.


Se lamió los dedos despacio, mirándome con ojos vidriosos.


—Ahora quiero que me cojas misionero… quiero abrazarte mientras me das la última cachada de la noche.


Se acostó boca arriba, piernas abiertas, rodillas flexionadas. Me subí encima, le metí la pija despacio y empecé a moverme suave, profundo, besándola en la boca con lengua. Ella me rodeó con las piernas, clavándome los talones en las nalgas, empujándome más adentro.


—Así… lento pero profundo… quiero sentirte todo…


Nos movimos así un rato largo, besándonos, gimiendo en la boca del otro. Ella me clavó las uñas en la espalda, yo le mordí el cuello suave. Cuando sentí que venía otra vez, aceleré un poco.


—Una más… córrete conmigo… lléname otra vez…


Me vine dentro, profundo, sintiendo cómo ella se corría al mismo tiempo, temblando debajo mío, abrazándome fuerte mientras los dos jadeábamos.


Nos quedamos así, pegados, sudados, respirando pesado. Ella me besó la frente y susurró:


—Eres un animal, Alexis… pero me encanta. Quédate adentro un rato más… quiero dormir sintiéndote.


Y así nos dormimos: yo todavía dentro de ella, sus piernas alrededor mío, el olor a sexo llenando el cuarto. El domingo había terminado, pero la noche… la noche era nuestra.



















Nos quedamos un rato en la cama después de la última cachada, pegados, sudados, respirando pesado con el ventilador de techo girando lento sobre nosotros. El cuarto olía a sexo crudo: sudor, jugos mezclados, el leve aroma metálico de la leche que todavía goteaba de su cuca. Carla se movió primero, se estiró como gato y me miró con ojos entrecerrados, todavía vidriosos de placer.


—Estoy toda pegajosa… y tú también —dijo riéndose bajito, pasando un dedo por mi pecho y llevándoselo a la boca—. Vamos a la ducha, abogado. Quiero lavarte… y que me laves tú.


Se levantó desnuda, el cuerpo brillando de sudor bajo la luz tenue de la lámpara de la mesita. Caminó hacia el baño contoneando las caderas, sabiendo que la estaba mirando. Yo la seguí, la pija todavía medio dura balanceándose con cada paso.


El baño era pequeño pero limpio: azulejos blancos hasta la mitad, ducha con mampara de vidrio transparente, espejo grande con luces LED alrededor, toallas grises colgadas en percheros de hierro. Ella abrió la llave del agua caliente primero, el chorro empezó a caer fuerte, llenando el espacio de vapor casi al instante. Se metió bajo el agua sin esperar, dejó que le cayera por la cara, el pelo pegándose a la espalda, los pechos brillando mientras el agua corría por los pezones duros.


—Ven… entra conmigo —me dijo, extendiendo la mano.


Entré, el agua caliente me golpeó la piel como una caricia. Nos quedamos frente a frente bajo el chorro, el vapor subiendo alrededor. Ella me agarró por la nuca y me besó profundo, lengua enredada, agua cayéndonos por la cara y metiéndose en la boca. Mis manos bajaron por su espalda, apretándole las nalgas, abriéndolas un poco para que el agua corriera por la raja todavía hinchada y sensible.


—Lávame bien… quiero sentir tus manos por todos lados —susurró contra mis labios.


Agarré el jabón líquido de la repisa, me eché en las manos y empecé a enjabonarla despacio. Primero los hombros, bajando por los brazos, subiendo a los pechos. Los masajeé con las palmas abiertas, los pezones entre los dedos, pellizcándolos suave. Ella gimió bajito, arqueando la espalda para pegarse más a mí.


—Así… tócame las tetas… apriétalas…


Bajé las manos por su estómago, por la cintura, hasta el monte de Venus. Le separé los labios con los dedos, frotando el clítoris en círculos lentos mientras el agua caía directo ahí. Ella se apoyó en la pared de azulejos, una pierna levantada sobre el borde de la ducha para abrirse más.


—Dedos… méteme dos… quiero sentirte adentro otra vez.


Le metí dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hace temblar. Ella jadeó fuerte, empujando las caderas contra mi mano.


—Más… más profundo… joder, sí…


Con la otra mano le froté el clítoris al mismo tiempo, ritmo coordinado. El agua caliente amplificaba todo: el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo, sus gemidos rebotando en las paredes. Se corrió rápido, las piernas temblando, la cuca apretándome los dedos en pulsos fuertes. Gritó mi nombre, la voz quebrada por el vapor.


Cuando se calmó un poco, se giró de espaldas, apoyó las manos en la pared y arqueó la espalda.


—Ahora tú… lávame el culo… y después cógeme aquí mismo.


Le enjaboné las nalgas, masajeándolas fuerte, abriéndolas para que el agua corriera por la raja. Bajé una mano y le froté el ano con el dedo enjabonado, presionando suave sin entrar. Ella empujó hacia atrás.


—Mételo… quiero sentirte en el culo también… pero despacio.


Le metí el dedo medio despacio, solo la primera falange, moviéndolo en círculos. Ella gimió largo, relajándose poco a poco. Con la otra mano le seguí frotando la cuca, tres dedos ahora, bombeando profundo.


—Estoy lista… métemela por atrás… pero suave al principio.


Me enjaboné la pija bien, la puse en la entrada del culo y empujé despacio. Entró centímetro a centímetro, apretada como nunca, caliente y resbaladiza por el jabón. Ella respiraba agitada, empujando hacia atrás para ayudarme.


—Joder… qué rico… toda… dame toda…


Cuando estuve adentro del todo, me quedé quieto un segundo, dejando que se acostumbrara. Después empecé a moverme lento, saliendo casi toda y volviendo a entrar. Ella se masturbaba el clítoris con una mano, la otra apoyada en la pared.


—Más rápido… cógeme el culo fuerte… quiero que te corras adentro…


Aceleré. El sonido del agua mezclándose con los golpes de mis caderas contra sus nalgas. Le agarré las tetas desde atrás, pellizcando los pezones mientras embestía. Ella empezó a temblar otra vez.


—Me vengo… me vengo por el culo… sí…


Se corrió gritando, el culo apretándome tan fuerte que me sacó. Me vine segundos después, chorros calientes adentro, gruñendo contra su espalda.


Salimos del agua jadeando. Ella se giró, me besó lento bajo el chorro que todavía caía.


—Eres un peligro, Alexis… pero el mejor peligro que he tenido.


Cerramos la llave, nos secamos con las toallas grandes, y volvimos a la cama envueltos en ellas. Nos acostamos abrazados, ella con la cabeza en mi pecho, yo acariciándole el pelo mojado.


—Duérmete así… con mi olor en ti —le dije.


Ella sonrió contra mi piel.


—Mañana seguimos… que esto no termina aquí.


Y nos dormimos, el vapor todavía flotando en el baño, el depa en silencio salvo por nuestra respiración tranquila. El domingo había terminado, pero lo que empezamos… eso iba para largo.


















La mañana del lunes llegó con esa luz grisácea de Lima que se cuela por las rendijas de las persianas, el ruido lejano de los colectivos en la avenida y el olor a café que ya empezaba a llenar el depa. Me desperté primero, con Carla todavía pegada a mi espalda, su brazo alrededor de mi cintura, la pierna enredada en la mía como si no quisiera soltarme ni en sueños. Su pelo negro teñido me hacía cosquillas en la nuca, y su respiración suave contra mi hombro me recordó todo lo de anoche: las cachadas en la oficina, la ducha donde le cogí el culo bajo el agua caliente, y cómo terminamos durmiéndonos con mi pija todavía dentro de ella.

Me moví despacio para no despertarla, pero ella murmuró algo inentendible y apretó más el abrazo.

—No te vayas todavía… —susurró con voz ronca de sueño, sin abrir los ojos—. Quédate un rato más.

Sonreí y me giré hacia ella. Estaba desnuda, las sábanas arrugadas a los pies de la cama, los pechos grandes y firmes subiendo y bajando con cada respiración. Le besé la frente, después la nariz, y bajé a los labios. Ella respondió medio dormida, lengua suave, lenta, un beso perezoso de esos que saben a madrugada y a ganas acumuladas.

—Buenos días, fiscal —le dije contra su boca.

—Buenos días, abogado… —respondió, abriendo los ojos por fin. Me miró fijo, una sonrisa traviesa apareciendo—. ¿Ya estás duro o tengo que ayudarte?

Bajó la mano despacio por mi pecho, por el estómago, hasta agarrarme la pija que ya estaba medio parada solo de sentirla pegada. La apretó suave, masturbándome lento mientras me besaba el cuello.

—Mmm… sí que estás listo —susurró—. Pero primero desayuno… después te como a ti.

Se levantó de la cama sin prisa, el cuerpo brillando bajo la luz que entraba por la ventana. Caminó desnuda hacia la cocina, contoneando las caderas como si supiera que la estaba mirando. Yo me quedé en la cama un segundo, viéndola irse: el culo redondo moviéndose con cada paso, las nalgas todavía marcadas levemente por mis manos de anoche.

Me puse un bóxer negro y la seguí. La cocina era abierta al living, la barra de granito separando los espacios. Ella ya había prendido la cafetera italiana y sacó huevos del refri. Se puso de puntillas para alcanzar la sartén en el gabinete alto, el culo en pompa otra vez, las piernas separadas lo justo para que se viera la raja desde atrás.

—Ayúdame con los huevos —dijo girándose un poco, sonriendo—. O mejor… ayúdame con esto.

Se inclinó sobre la barra, apoyando los codos, culo hacia mí. El tanga no llevaba nada, solo piel desnuda. Me acerqué por detrás, le puse las manos en las caderas y la pegué contra mí. Mi pija dura se acomodó justo en la raja, rozando la cuca todavía sensible.

—¿Así? —le pregunté, moviéndome despacio, la cabeza rozándole el clítoris.

—Así… pero métemela… quiero desayunar con tu pija adentro.

Le separé las nalgas con una mano, puse la punta en la entrada y empujé suave. Entró resbaladiza, todavía húmeda de la noche. Ella soltó un gemido largo cuando estuve a mitad.

—Joder… qué rico amanecer así…

La cogí despacio, profundo, mientras ella intentaba romper los huevos en el bowl. Cada embestida hacía que se le escapara un jadeo, el bowl temblando en la barra.

—No puedo… concentrarme… —dijo riéndose entre gemidos—. Me estás follando demasiado bien…

La giré de frente, la senté en la barra fría de granito. Abrió las piernas, me rodeó con ellas y me jaló hacia adentro. Entré de una, profundo, y empecé a bombear más rápido. Ella se agarró de mis hombros, uñas clavadas, pechos rebotando con cada empujón.

—Así… cógeme fuerte… quiero correrme antes del café…

Le chupé un pezón mientras embestía, la mano en su clítoris frotando rápido. Ella arqueó la espalda, la cabeza hacia atrás, gimiendo alto.

—Me vengo… me vengo… sí… lléname…

Se corrió temblando, la cuca apretándome en pulsos fuertes. Yo seguí un par de embestidas más y me vine adentro, chorros calientes mientras gruñía contra su cuello.

Nos quedamos así un rato, ella sentada en la barra con las piernas alrededor mío, yo todavía dentro, besándonos lento mientras el café borboteaba en la cafetera.

—Ahora sí… desayuno —dijo riéndose, bajándose de la barra con mi leche goteándole por los muslos—. Pero después de comer… quiero la segunda ronda en la mesa del comedor.

Sirvió el café en dos tazas, huevos revueltos con tomate y pan tostado. Nos sentamos en la barra, desnudos, comiendo con las manos todavía temblando un poco. Ella me miró por encima de la taza, sonriendo.

—Este es el mejor desayuno de mi vida, Alexis… y todavía no termina el lunes.

Yo solo sonreí, sabiendo que tenía razón. El café estaba caliente, los huevos perfectos, y ella… ella era lo más rico de todo.




















Estábamos todavía en la cocina, sentados en los taburetes altos de la barra, desnudos los dos, con el café humeante en las tazas y los platos de huevos revueltos ya casi vacíos. El sol de la mañana entraba por la ventana grande que da al balcón, iluminando las motas de polvo en el aire y el brillo del sudor que todavía nos quedaba en la piel después de la ducha y la cachada rápida sobre la barra. Carla tenía las piernas cruzadas, una mano apoyada en mi muslo, los dedos jugando distraídamente cerca de mi pija que empezaba a despertarse otra vez solo de verla ahí, con los pezones todavía duros y la cuca hinchada y rosada entre sus muslos abiertos.

De repente vibró su celular sobre la barra. Lo miró de reojo, sonrió con picardía y lo levantó. Pantalla: Mariana llamando por WhatsApp.

—Hablando del rey de Roma… —dijo, guiñándome un ojo—. ¿Contesto o la dejo con la intriga?

—Contesta —le dije, acercándome para besarle el cuello mientras ella deslizaba el dedo verde—. Quiero oír cómo le cuentas.

Puso el altavoz y contestó con voz casual, como si estuviera tomando café sola en su depa.

—Aló, Mari… ¿qué tal?

Del otro lado se oyó la voz de Mariana, alta y emocionada, con ruido de fondo como si estuviera en la calle o en un taxi.

— ¡Carla, perra! ¿Dónde estás? Te escribí anoche y no me contestaste. ¿Seguiste con el abogado o qué? No me digas que te quedaste a dormir en su casa…

Carla se rió bajito, me miró fijo y se mordió el labio. Yo le puse una mano en el muslo, subiendo despacio hacia la entrepierna, rozándole los labios todavía sensibles.

—Pues sí, Mari… estoy en su casa ahorita. Llegué anoche después de que me convenciera con puro mensaje cachondo. Y… digamos que no hemos parado.

Mariana soltó un grito ahogado del otro lado.

— ¡Nooo! Cuéntame todo, zorra. ¿Cómo estuvo? ¿Mejor que la primera vez o qué?

Carla se inclinó un poco hacia mí, dejó que le besara el hombro mientras hablaba.

—Mucho mejor. Ayer en su oficina me puso en cuatro sobre la mesa, me lamió la cuca por encima del jean hasta que se rompió casi la costura, me sacó el tanga con los dientes y me la metió sin lubricar, seco y profundo. Me corrí gritando como loca. Después en la cama tres cachadas más, y en la ducha me cogió por el culo bajo el agua caliente. Me dejó llena de leche por todos lados… y ahorita estamos desayunando desnudos en la cocina, y ya me está tocando otra vez.

Yo le separé las piernas un poco más, metí dos dedos despacio en su cuca todavía mojada de antes, moviéndolos lento mientras ella hablaba. Carla soltó un gemidito que no pudo disimular.

Mariana se rió fuerte al otro lado.

— ¡Ay Dios! Se te oye… ¿estás gimiendo ahorita? ¿El abogado te está metiendo dedo mientras me cuentas?

Carla se rió, jadeando un poco.

—Sip… dos dedos… y ya está duro otra vez. Vamos a coger un rato más antes de que me vaya al trabajo. Quiero que me corra adentro una vez más, que me deje chorreando para irme al juzgado oliendo a él.

Mariana soltó un “¡qué puta!” emocionado.

—Te envidio, Carla. Disfrútalo. ¿Y después? ¿Van a seguir viéndose o qué?

Carla me miró fijo, yo aceleré un poco los dedos, frotándole el clítoris con el pulgar. Ella cerró los ojos un segundo, mordiéndose el labio.

—Seguimos… sin etiquetas todavía, pero sí. Quiero más noches como esta, más mañanas cachondas. Este tipo me tiene loca, Mari. Me hace venir como nunca.

Otro gemido se le escapó cuando le metí un tercer dedo. Mariana se rió del otro lado.

—Ok, ok, te dejo que sigas. Mándame audio después contándome cómo te dejó la cuca esta vez. Y cuídate, perra… o no, mejor no te cuides.

Carla se rió, jadeando.

—Te mando audio después… chau, Mari.

Colgó, tiró el celular a un lado y me miró con ojos encendidos.

—Ahora sí… cógeme antes de que me vaya. Quiero la última cachada del desayuno.

Me levanté, la agarré por la cintura y la senté de nuevo en la barra, abriéndole las piernas bien. Entré de una, profundo, y empecé a bombear fuerte mientras ella se agarraba de mis hombros, gimiendo contra mi boca.

—Así… lléname otra vez… quiero irme al trabajo con tu leche chorreándome…

La cogí rápido, profundo, el sonido húmedo rebotando en la cocina. Ella se corrió primero, temblando, apretándome fuerte. Yo empujé tres veces más y me vine adentro, chorros calientes que la llenaron hasta que empezó a gotear por sus muslos.

Nos quedamos abrazados un rato, respirando agitados. Después ella bajó de la barra, me besó lento y dijo:

—Me tengo que ir… pero esta noche… ¿vienes a mi depa o vengo yo?

—Vienes tú —le dije—. Trae el tanga más pequeño que tengas.

Ella sonrió, se limpió rápido con una servilleta de papel, se vistió en dos minutos y salió con una última mirada traviesa.

—Nos vemos pronto, abogado… y prepárate, que hoy fue solo el desayuno.

Cerró la puerta y yo me quedé ahí, con el café frío y la pija todavía sensible, pensando que este lunes iba a ser largo… pero la noche prometía ser mucho mejor.
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