📖 Capítulo 1: El Informe de Prácticas
💼📚💬✨
La primera vez que ella lo vio, en 2005, él apenas era un muchacho con camisa planchada y nervios de primer empleo. Ella, en cambio, ya cargaba con el peso de una vida: esposo, hijos, trabajo, y un sueño universitario que las deudas y el tiempo le habían congelado en el camino.
Quince años después, el 2019 los volvió a poner en el mismo campus, pero en circunstancias distintas. Él, ahora con cargo jerárquico —de esos que firman papeles con sello azul y mirada de autoridad—; ella, con la determinación de quien vuelve a estudiar no por título, sino por dignidad.
Fue en la
oficina de prácticas preprofesionales donde sus caminos volvieron a cruzarse. Ella necesitaba la
validación de su informe, ese documento que todo estudiante teme redactar y que los administrativos suelen firmar sin leer. Pero aquel día, él decidió leer.
—“Su redacción es impecable”, le dijo con una sonrisa leve.
—“Gracias… es lo único impecable que me queda”, respondió ella con una ironía que lo descolocó.
Él rió. No estaba acostumbrado a que las alumnas le hablen con tanta naturalidad, con ese tono entre cómplice y desafiante. Ella no buscaba seducir; solo había aprendido que la vida se sobrevive con humor.
🕰️ Afuera, la universidad parecía florecer: nuevos pabellones, carreras híbridas, el aire fresco de una institución que aún tenía licencia y esperanza. Nadie imaginaba lo que vendría tres años después.
Pero en 2020, cuando el país entero se encerró y las clases se mudaron a pantallas, la distancia los acercó. Entre correos sobre informes y validaciones de prácticas, aparecieron frases que nada tenían que ver con el formato APA.
📩
“Profe, mi archivo no abre…”
“Trate de enviarlo en otro formato… o mejor dicho, de abrirme usted la próxima vez.” 😅
Fue la primera línea que rompió el protocolo. Una broma, nada más. O al menos, eso quisieron creer.
Desde entonces, cada conversación se volvía más ligera, más fuera del manual universitario. Ella comenzó a revisar sus mensajes con una sonrisa que no tenía desde hacía años. Él, en cambio, revisaba su bandeja de entrada esperando encontrar su nombre, como quien espera una excusa para seguir escribiendo.
💻 En plena cuarentena, entre formularios digitales, videollamadas y cafés fríos, nació algo que no tenía nombre. No era amor, tampoco aventura. Era complicidad. Era el descubrimiento de que a veces los caminos se cruzan no para enseñar, sino para recordarte que aún puedes sentir.
Y mientras el campus dormía vacío, las cámaras apagadas guardaban más secretos que los archivos confidenciales.
Ella lo sabía.
Él también.
Y el 2020 apenas comenzaba.
Pero en su mente de ambos, estaba ella vestía elegante, coqueta, distinguida, para los demás, para los desconocidos, para los extraños, sería una señora mas y sin nada que dudar, pero el ya sabía que era todo lo contrario.
Desde la primera vez cuando ella interrumpió sus labores, en un solo queco, dejó media nalga en el escritorio, la blusa abierta y medio pezón afuera que lo volvieron loco. Al sentir sus manos y el roce entre su miembro erecto cubierto por el pantalón de vestir, jamás hizo pensar a ambos que esas ganas pronto se llegarían a satisfacer con locura……….
💌 Capítulo 2: El correo que no debió enviarse
📧😅🔥
A veces, las historias más intensas no comienzan con una mirada, sino con un
correo enviado por error.
Era mayo de 2020. La universidad, aún con licencia vigente, sobrevivía al caos del trabajo remoto. Entre firmas digitales, docentes confundidos y estudiantes que aprendían más a silenciar el micro que a redactar ensayos, el joven administrativo era el único que parecía tenerlo todo bajo control.
Hasta que
ese correo partió.
📨 “Adjunto informe corregido, y si me lo permite, algo más… usted.”
No era para ella.
O al menos, eso diría él después.
El mensaje debía ir a su colega del área, pero una distracción —o quizá el inconsciente travieso— lo envió al correo de
ella, la alumna más madura y desconcertantemente encantadora del semestre.
Ella lo leyó dos veces. La primera, para confirmar el error. La segunda, para disfrutarlo.
Le respondió con ironía:
“Error recibido. No se preocupe, ya validé el adjunto… el académico, claro.” 😌
Desde ese día, los correos se volvieron más frecuentes. Ninguno lo admitía, pero ambos esperaban esas notificaciones como si fueran cartas secretas en una novela antigua.
Él empezó a revisar tres veces cada archivo antes de enviarlo. Ella, a revisar su maquillaje antes de encender la cámara en las asesorías virtuales. Nadie hablaba de nada prohibido, pero las palabras tenían un ritmo distinto, una respiración que no estaba en el reglamento universitario.
💬 En una de esas llamadas por Zoom, él bromeó:
—“Si sigue escribiendo así, voy a tener que aprobarle el corazón, no solo las prácticas.”
Ella sonrió, fingiendo desdén:
—“Lástima que ese curso no tenga créditos, joven.”
Y ahí estaba el peligro: el juego de las palabras, el límite invisible entre la cortesía profesional y la complicidad emocional.
La universidad, mientras tanto, seguía su curso, sin saber que en un rincón digital nacía una historia más intensa que cualquier tesis.
🕯️ Una noche, mientras revisaba informes en casa, él volvió a leer sus mensajes. No podía evitarlo: había algo en la manera en que ella escribía, con esa mezcla de ironía y ternura, que lo desarmaba.
Pensó en escribirle de nuevo, solo para agradecerle la sonrisa que le arrancaba cada día. Pero no lo hizo.
Ella, al otro lado, pensó lo mismo.
Tampoco lo hizo.
Ambos dejaron el mensaje sin enviar.
Y, sin embargo, algo se había enviado ya:
la curiosidad, esa chispa que ninguna licencia universitaria puede regular.
📚💔
El 2020 avanzaba, las clases seguían, y el correo que no debió enviarse ya era parte de una historia que nadie podría deshacer.
Una noche donde tomó valor, ella le narra diciendo que tiene calor y no es solo por el clima, recuerda su primer encuentro y desea ampliar eso: “Cierro los ojos e imagino que estas pegada a mí, vamos caminando desnudos sin miedo a nadie, somos libres de un cuento real para ambos, donde sacrificaremos espacio y tiempo, pero al final nuestros cuerpos húmedos y tibios se empezaran a conocer”. Solo pudo enviarle un breve, te quiero aquí en mi regazo y ella por primera vez le enviaba una foto desnuda……….
☕ Capítulo 3: Las reuniones fuera del horario
📆💬😌
El semestre avanzaba entre apagones de internet, formularios interminables y clases grabadas que nadie veía. Pero para ellos, cada día era una excusa nueva para encontrarse en el espacio más impensado:
la videollamada sin horario.
Todo comenzó con una frase inocente:
—“Podemos revisar su informe fuera del horario regular, si desea.”
Ella aceptó, aunque no era necesario. Su informe estaba impecable; lo sabía. Pero también sabía que aquella invitación no era exactamente académica.
🕓 Eran las 7:00 p.m. cuando se conectaron por primera vez a solas. Sin cámaras, por “falta de señal”, aunque ambos sabían que no era del todo cierto.
Él hablaba de prácticas y cronogramas, pero su voz temblaba apenas un poco. Ella respondía con esa calma de quien ya ha vivido demasiado como para impresionarse, pero dentro de sí algo se agitaba.
💬
—“¿Le ha sido difícil volver a estudiar?”
—“Más difícil fue aprender a dejar de hacerlo… la mente no se jubila.”
—“Ni el corazón, supongo.”
Silencio. Un silencio largo, lleno de sonrisas que ninguna cámara captó.
Así empezaron las llamadas “informales”, los mensajes fuera de horario, las risas en plena madrugada cuando revisaban documentos que ya no importaban. Era una rutina discreta, un secreto entre dos adultos que jugaban a no reconocerse en el reflejo del monitor.
🕯️ Ella, en su casa, con la luz baja para no despertar a su esposo.
Él, en su departamento pequeño, rodeado de tazas de café y formularios por revisar.
La pandemia había hecho del aislamiento un laboratorio de emociones. Nadie los veía, nadie los juzgaba, y por eso se atrevían a decir lo que en persona jamás hubieran pronunciado.
Una noche, él le dijo:
“A veces pienso que usted no es mi alumna, sino una especie de espejo que me hace pensar demasiado.”
Ella respondió sin titubear:
“Entonces cuide lo que ve, porque los espejos devuelven lo que se les da.”
Desde entonces, algo cambió.
No se trataba solo de correos o llamadas. Era la
curiosidad disfrazada de trabajo, el deseo escondido bajo la palabra “asesoría”, la sensación de que estaban desafiando algo más que las normas de la universidad.
💼 En el campus virtual, los rumores empezaban a circular:
“Dicen que el joven del área de prácticas pasa demasiado tiempo con una alumna de último ciclo…”
“Una señora, dicen. Casada.”
Las pantallas, que tanto los protegían, empezaron a volverse transparentes.
Pero ellos, lejos de frenarse, parecían disfrutar del peligro.
Y el 2020, con su encierro y su caos, era el escenario perfecto para cometer locuras que solo después dolerían.
🎭
La tragicomedia apenas comenzaba, y en esa universidad aún con licencia, el reglamento era un papel que ninguno de los dos parecía recordar.
Otra foto de ella tentadora, un dedo mordido por sus carnosos labios, la lengua rozando sus pezones y una mano cubriendo su cuca casi pelada. Imágenes paganas que vulneraban la cordura del discreto profesor y administrativo………..
🏫 Capítulo 4: Final con otro.....
💥☀️💬
Era setiembre del 2021 cuando la universidad anunció la
reapertura parcial del campus.
El retorno sería solo para trámites administrativos, firmas, entregas de documentos y prácticas.
Nada más.
Al menos, en teoría.
Ella no pensaba ir. Llevaba más de un año acostumbrada a su rutina de clases virtuales, entre la cocina y los informes. Pero una notificación oficial cambió sus planes: debía
presentar físicamente el informe final de prácticas para su convalidación.
📩 “Presentarse al área administrativa. Responsable: Lic. (nombre de él).”
El corazón le dio un vuelco.
Tantos meses de palabras y pantallas, y ahora, el encuentro real.
La ironía del destino: después de cientos de mensajes digitales, tendría que verlo… y mantener la compostura.
👠 Ese día se vistió con más cuidado que de costumbre.
No por vanidad, sino por ese instinto silencioso de querer dejar huella. Blusa blanca, falda azul, cabello recogido, perfume discreto.
“Es un trámite, nada más”, se repitió frente al espejo.
Pero sabía que mentía.
Él, por su parte, había repasado una y otra vez el discurso formal que debía mantener.
“Profesionalismo”, se dijo. “Nada de bromas, nada de gestos.”
Y sin embargo, cuando la vio entrar a la oficina, el protocolo se derrumbó en un segundo.
📂
Ella sonrió.
Él fingió buscar papeles para disimular el temblor en las manos.
—“Buenos días… qué sorpresa verla en persona.”
—“Sorpresa mutua. Pensé que solo existía del cuello para arriba.”
Rieron, nerviosos.
El aire del despacho olía a desinfectante y café recalentado. Afuera, el campus parecía un recuerdo: aulas vacías, carteles de bioseguridad, un eco que convertía cada palabra en confesión.
Cuando le entregó el informe, sus dedos rozaron los de él.
Apenas un segundo.
Pero bastó para que el tiempo se detuviera.
💬
—“Sigo pensando en su frase del espejo”, dijo él.
—“Y yo en su consejo sobre el corazón… parece que ninguno hizo caso.”
Silencio.
Solo el sonido lejano de un ventilador y la respiración contenida de ambos.
Fue ella quien rompió la tensión:
—“No se preocupe. Esto quedará entre nosotros… como todo lo demás.”
Y salió.
Sin mirar atrás.
🚶♀️ Pero él sí la miró.
La vio alejarse por el pasillo desierto, mientras el reflejo de su figura se perdía en los ventanales del campus.
Sintió que algo se había quedado sin decir, que el reencuentro no cerraba nada, sino que abría más puertas de las que podía controlar.
🕯️ Esa noche, ella revisó su bandeja de entrada.
Un mensaje nuevo.
De él.
Solo decía:
“Gracias por venir. No sé si fue un trámite o una señal.”
Y ella, después de unos minutos, respondió:
“A veces, los trámites son excusas para ver si aún nos atrevemos.”
💌
Desde ese día, las reuniones fuera del horario ya no fueron solo por Zoom.
El campus, que volvía a abrirse poco a poco, se convirtió en su nuevo cómplice.
Y mientras los rumores crecían, también lo hacía el riesgo.
Se dejaron de cosas. Una noche lo llamó, en medio de cuestionamientos, una sociedad herida, novedades tecnológicas se hicieron amantes cerca del centro de estudios que los unió.
Ella fue provocadora pero elegante, tacos altos, cristalinos, vestido enterizo pero muy ceñido, un poco mas y esas nalgas destrozaban todo. Lo esperó afuera de un hospedaje ideal para su primera traición. Pese a su veteranía, experiencia y no ser la primera infidelidad por parte de ella, se sentía nerviosa, es su primera vez con alguien de estudios, que pasaría en adelante era lo que más le atormentaba.
Se dejó de cosa, el llegó, no se dijeron nada. Ingresaron como dos perfectos desconocidos y esos gemidos, penetradas, zambullidas, absorbidas, los hicieron amigos cariñosos por siempre.
Ella le dijo vamos a vivir juntos, el puso pausa y certezas. Pero al día siguiente empezaron las locuras. El la visito en su trabajo y cerca de un parque a oscuras gozaron por unos minutos, en donde ambos probaron sus fluidos, algo sucios y maltrechos, se volvieron a jurar sexo eterno.
Ya en adelante no había peros, fueron 2 meses donde día tras día lo harían en lugares extraños, pecaminosos y hasta donde ni se creía como el almacén de una vieja fábrica de una amiga, un lugar por cierto donde olvidó su tanga y otro, en un museo donde el baño provocó muchos orgasmos……………
Y cuando creían que todo era ideal para ellos, una llamada de un ex compañero de ella, le complicaría más las cosas.
Según el chico, el sabía bien que hacía ella, su esposo es su conocido y el tiene toda prueba de su infidelidad. Sino va ahora a su departamento, estará todo acabado.
Esa noche fue la primera en que los amantes universitarios no estuvieron juntos, el la llamó, le mensajeó, se acostó herido y con dudas y mientras ella se sorprendía de haber encontrado un nuevo amante, alguien que le dio duro y parejo, le hizo sacar ganas desde donde no tenía. Saboreo cada parte de su piel, de su cuerpo algo trajinado pero carnoso, donde sus pechos gruesos sobresalen, esos labios de mamadora agarraría experiencia y se titularía en la mejor culeadora………………