Las tres Fiorellas

gnussi98

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Cuando miramos atrás en nuestras vidas, a menudo nos sorprende cómo ciertos encuentros fortuitos y eventos aparentemente insignificantes se entrelazan para formar el tapiz de nuestra historia, recordándonos que el mundo es un lugar lleno de sorpresas y conexiones inesperadas. (I.A.)

Encuentros Inesperados

En ocasiones, la vida nos brinda coincidencias que parecen extraídas de los relatos más inverosímiles, pero que acontecen de manera inesperada y se entrelazan con las anécdotas que conforman nuestras vivencias.
Junto a la casa de mi padre se alzaba la imponente residencia de mi vecino, don Manuel, quien había enviudado unos años antes de mi llegada al barrio. Don Manuel, un erudito profesor jubilado, siempre me dispensó amabilidad y mostró un vivo interés por la política y la historia de nuestro amado Perú. En ocasiones, nuestras conversaciones se extendían durante horas, discurriendo por los vericuetos de la historia, la política y la actualidad. A pesar de mis aún tempranos veintipocos años, siempre mantuve una opinión crítica y actualizada sobre el panorama político peruano. Don Manuel, tenía tres hijos con quienes entablaba esporádicos diálogos, aunque nunca llegamos a cultivar una amistad profunda.

Un día, frente a la puerta de la casa de don Manuel, me encontré con una enigmática joven. Su cabello corto y ondulado, junto a unos lentes gruesos, le conferían un aire dark. Era delgada y de constitución mediana, su piel canela estaba oculta tras ropas holgadas, impidiéndome apreciar con claridad sus atributos. Nos quedamos mirándonos en silencio, hasta que finalmente pronunció un tímido "hola". Respondí con cordialidad, pensando que se trataba de una de las inquilinas o una pariente de don Manuel.

Mientras tanto, mi vida seguía su curso entre las habituales vicisitudes universitarias y los cachuelos temporales que me permitían subsistir. Entre mis diversos cachuelos, solía dar clases de matemáticas a los cachimbos y estudiantes de distintas facultades. Fue así como conocí a Fiorella, una joven estudiante de psicología, de estatura menuda y delicada complexión. Fiorella había llegado desde Huánuco a estudiar en la universidad, vivía en la casa de su madrina y enfrentaba desafíos en algunos de sus cursos. Su voz, aguda y suave, conservaba el encanto del acento propio de las jóvenes provenientes del interior del país, lo cual añadía un toque de exotismo muy agradable a su presencia.

Además de mis esporádicas incursiones como profesor particular, había invertido mis modestos ahorros en un antiguo Datsun que me facilitaba la movilidad. En mis momentos de hueveo, a veces me dedicaba a taxear o a hacer uno que otro colectivo con el fin de reunir unas cuantas lucas adicionales. En una de las tantas carreras que hice como taxista, me tocó llevar a una joven de mediados de veinte años hasta Ventanilla.
El día en que la conocí, ella lucía una falda de jean corta y una blusa que dejaba entrever la forma de su brassier. Su cabello negro y sedoso enmarcaba su rostro con delicadeza. Mientras me indicaba la dirección, no pude evitar que mis ojos se posaran fugazmente en sus pechos, lo cual desencadenó en mí una erección inmediata. Poseía unos ojos ligeramente rasgados y una expresión coqueta que invitaba a la lujuria. Sus piernas esculpidas y sus prominentes senos le conferían una apariencia que sugería una profunda autoconfianza y un juego consciente de su propia atracción. Durante el trayecto, mantuvimos conversaciones que abarcaban una amplia variedad de temas, y logré sacarle varias sonrisas. No me resultó complicado pedirle su número de teléfono, su nombre era Fiorella.

En los días posteriores, le envié un mensaje y comenzamos a forjar una efímera amistad. Ventanilla quedaba súper lejos de mi casa o la universidad, y aunque me hallaba perpetuamente arrecho, mi tiempo libre era limitado. No obstante, la llamaba de tanto en tanto, hasta que finalmente un día la invité a salir. Fiorella mostró inicialmente un poco de rechazo, pero con un poco de floro persuasivo logré convencerla, y así acordamos encontrarnos en un centro comercial en el cono norte de Lima.

Ese día aguardé ansiosamente su llegada y quedé gratamente impresionado por su apariencia. Había optado por un ajustado jean y un top que hasta transparentaba un poco sus pezones, yo me relamía viéndole el culo que tan bien formaba ese pantaloncito. Paseamos por el centro comercial y compartimos una bebida. Aunque mi plan original contemplaba llevarla a uno de los numerosos bares de la zona, Fiorella me informó que debía regresar temprano a su hogar, pues ese día celebraban el cumpleaños de su hermana en familia.

Cuando estábamos sentados en una de las bancas del centro comercial, empecé a acercarme, le dije que me gustaba mucho y que era hermosa y cualquier huevonada que se me ocurría en aquel momento. De a poco me acercaba y terminamos besándonos. ¡Campeoné!, pensé. Me dijo para salir a caminar, y nos fuimos a un parque del lugar, ahí me la chapé otro rato, sentía sus tetazas en mi pecho, yo sin rubor le apretaba la cintura y la traía hacía mí, ella sentía mi pinga dura y no se incomodaba. Le dije para ir a un lugar tranquilo, pero me cortó la inspiración cuando me dijo “te has equivocado, no soy de esas”.

No era la primera que me diría algo así, estaba casi acostumbrado, insistí nuevamente y esta vez me dijo que quería conocerme un poco más y que luego quizá podríamos ir a otro lado. Seguimos en lo nuestro hasta que me dijo que tenía que irse. Nos despedimos con otro beso, aunque yo estaba todo caliente y arrecho, por suerte en aquel tiempo tenía a mis inquilinas y siempre alguien que podría hacerme el favorcito.

Llegué a mi casa en la nochecita. Cuando me disponía a abrir la reja para guardar mi auto, vi otra vez a la chica dark o emo en la puerta del vecino, otra vez me saludó y correspondí, como siempre. Se acercó hacia mi y conversamos. Lo primero que noté era que tenía un dejo bien argentino, aunque su apariencia era bien peruana. Me contaba que era la hija de don Manuel, me quedé algo sorprendido, yo vivía ya unos años ahí y no la había visto. Luego me contaría que había estado los últimos años trabajando en Buenos Aires y había decidido retornar al país. Sacó una cajetilla de cigarros y me invitó, acepté fumar un cigarrillo con ella y nos quedamos conversando un buen rato en la vereda sobre distintos temas. Le gustaba mucho la lectura, le compartí que yo tenía cierta afición también por la literatura peruana y la literatura rusa. Ella había leído mucho, se conocía a casi todos los autores latinoamericanos. Cuando le pregunté su nombre me dijo “soy Fiorella, pero dime Fio nomás”, me quedé medio huevón. Nunca había conocido ninguna Fiorella en mi vida y de pronto tenía a tres Fiorellas agregadas en mi teléfono. Creo que por estupidez mía las agregué como Fiorella T, Fiorella V y Fiorella M. Estaba seguro de que una “mente prodigiosa”, como la mía podría recordar cada uno de los nombres.

Nos despedimos y seguí con lo mío, una inquilina estaba disponible y yo estaba con unas ganas de cachar terrible.
 
Cuando miramos atrás en nuestras vidas, a menudo nos sorprende cómo ciertos encuentros fortuitos y eventos aparentemente insignificantes se entrelazan para formar el tapiz de nuestra historia, recordándonos que el mundo es un lugar lleno de sorpresas y conexiones inesperadas. (I.A.)

Encuentros Inesperados

En ocasiones, la vida nos brinda coincidencias que parecen extraídas de los relatos más inverosímiles, pero que acontecen de manera inesperada y se entrelazan con las anécdotas que conforman nuestras vivencias.
Junto a la casa de mi padre se alzaba la imponente residencia de mi vecino, don Manuel, quien había enviudado unos años antes de mi llegada al barrio. Don Manuel, un erudito profesor jubilado, siempre me dispensó amabilidad y mostró un vivo interés por la política y la historia de nuestro amado Perú. En ocasiones, nuestras conversaciones se extendían durante horas, discurriendo por los vericuetos de la historia, la política y la actualidad. A pesar de mis aún tempranos veintipocos años, siempre mantuve una opinión crítica y actualizada sobre el panorama político peruano. Don Manuel, tenía tres hijos con quienes entablaba esporádicos diálogos, aunque nunca llegamos a cultivar una amistad profunda.

Un día, frente a la puerta de la casa de don Manuel, me encontré con una enigmática joven. Su cabello corto y ondulado, junto a unos lentes gruesos, le conferían un aire dark. Era delgada y de constitución mediana, su piel canela estaba oculta tras ropas holgadas, impidiéndome apreciar con claridad sus atributos. Nos quedamos mirándonos en silencio, hasta que finalmente pronunció un tímido "hola". Respondí con cordialidad, pensando que se trataba de una de las inquilinas o una pariente de don Manuel.

Mientras tanto, mi vida seguía su curso entre las habituales vicisitudes universitarias y los cachuelos temporales que me permitían subsistir. Entre mis diversos cachuelos, solía dar clases de matemáticas a los cachimbos y estudiantes de distintas facultades. Fue así como conocí a Fiorella, una joven estudiante de psicología, de estatura menuda y delicada complexión. Fiorella había llegado desde Huánuco a estudiar en la universidad, vivía en la casa de su madrina y enfrentaba desafíos en algunos de sus cursos. Su voz, aguda y suave, conservaba el encanto del acento propio de las jóvenes provenientes del interior del país, lo cual añadía un toque de exotismo muy agradable a su presencia.

Además de mis esporádicas incursiones como profesor particular, había invertido mis modestos ahorros en un antiguo Datsun que me facilitaba la movilidad. En mis momentos de hueveo, a veces me dedicaba a taxear o a hacer uno que otro colectivo con el fin de reunir unas cuantas lucas adicionales. En una de las tantas carreras que hice como taxista, me tocó llevar a una joven de mediados de veinte años hasta Ventanilla.
El día en que la conocí, ella lucía una falda de jean corta y una blusa que dejaba entrever la forma de su brassier. Su cabello negro y sedoso enmarcaba su rostro con delicadeza. Mientras me indicaba la dirección, no pude evitar que mis ojos se posaran fugazmente en sus pechos, lo cual desencadenó en mí una erección inmediata. Poseía unos ojos ligeramente rasgados y una expresión coqueta que invitaba a la lujuria. Sus piernas esculpidas y sus prominentes senos le conferían una apariencia que sugería una profunda autoconfianza y un juego consciente de su propia atracción. Durante el trayecto, mantuvimos conversaciones que abarcaban una amplia variedad de temas, y logré sacarle varias sonrisas. No me resultó complicado pedirle su número de teléfono, su nombre era Fiorella.

En los días posteriores, le envié un mensaje y comenzamos a forjar una efímera amistad. Ventanilla quedaba súper lejos de mi casa o la universidad, y aunque me hallaba perpetuamente arrecho, mi tiempo libre era limitado. No obstante, la llamaba de tanto en tanto, hasta que finalmente un día la invité a salir. Fiorella mostró inicialmente un poco de rechazo, pero con un poco de floro persuasivo logré convencerla, y así acordamos encontrarnos en un centro comercial en el cono norte de Lima.

Ese día aguardé ansiosamente su llegada y quedé gratamente impresionado por su apariencia. Había optado por un ajustado jean y un top que hasta transparentaba un poco sus pezones, yo me relamía viéndole el culo que tan bien formaba ese pantaloncito. Paseamos por el centro comercial y compartimos una bebida. Aunque mi plan original contemplaba llevarla a uno de los numerosos bares de la zona, Fiorella me informó que debía regresar temprano a su hogar, pues ese día celebraban el cumpleaños de su hermana en familia.

Cuando estábamos sentados en una de las bancas del centro comercial, empecé a acercarme, le dije que me gustaba mucho y que era hermosa y cualquier huevonada que se me ocurría en aquel momento. De a poco me acercaba y terminamos besándonos. ¡Campeoné!, pensé. Me dijo para salir a caminar, y nos fuimos a un parque del lugar, ahí me la chapé otro rato, sentía sus tetazas en mi pecho, yo sin rubor le apretaba la cintura y la traía hacía mí, ella sentía mi pinga dura y no se incomodaba. Le dije para ir a un lugar tranquilo, pero me cortó la inspiración cuando me dijo “te has equivocado, no soy de esas”.

No era la primera que me diría algo así, estaba casi acostumbrado, insistí nuevamente y esta vez me dijo que quería conocerme un poco más y que luego quizá podríamos ir a otro lado. Seguimos en lo nuestro hasta que me dijo que tenía que irse. Nos despedimos con otro beso, aunque yo estaba todo caliente y arrecho, por suerte en aquel tiempo tenía a mis inquilinas y siempre alguien que podría hacerme el favorcito.

Llegué a mi casa en la nochecita. Cuando me disponía a abrir la reja para guardar mi auto, vi otra vez a la chica dark o emo en la puerta del vecino, otra vez me saludó y correspondí, como siempre. Se acercó hacia mi y conversamos. Lo primero que noté era que tenía un dejo bien argentino, aunque su apariencia era bien peruana. Me contaba que era la hija de don Manuel, me quedé algo sorprendido, yo vivía ya unos años ahí y no la había visto. Luego me contaría que había estado los últimos años trabajando en Buenos Aires y había decidido retornar al país. Sacó una cajetilla de cigarros y me invitó, acepté fumar un cigarrillo con ella y nos quedamos conversando un buen rato en la vereda sobre distintos temas. Le gustaba mucho la lectura, le compartí que yo tenía cierta afición también por la literatura peruana y la literatura rusa. Ella había leído mucho, se conocía a casi todos los autores latinoamericanos. Cuando le pregunté su nombre me dijo “soy Fiorella, pero dime Fio nomás”, me quedé medio huevón. Nunca había conocido ninguna Fiorella en mi vida y de pronto tenía a tres Fiorellas agregadas en mi teléfono. Creo que por estupidez mía las agregué como Fiorella T, Fiorella V y Fiorella M. Estaba seguro de que una “mente prodigiosa”, como la mía podría recordar cada uno de los nombres.

Nos despedimos y seguí con lo mío, una inquilina estaba disponible y yo estaba con unas ganas de cachar terrible.

Prosigua estimado... No deje mucho tiempo de suspenso
 
En que quedo este relato?
 
Parece que el autor no pudo continuar con esta saga. Esperemos pueda volver
 
Una extraña coincidencia

Con Fiorella, mi vecina, habíamos empezado una amistad algo fuera de lo común. Ella era unos años mayor que yo y tenía ese aire entre gótico y oscuro. Cada día que volvía a mi casa me esperaba con alguna excusa, cerca de mi casa o en la puerta de su casa. De a poco empecé a invitarla a la terraza donde tenía mi habitación a fumar un cigarrillo o beber una bebida caliente. Era simpática de rostro, pero su ropa siempre oscura y ancha no me dejaba apreciar del todo su anatomía.

Después de varias semanas de amistad, por fin empezó a soltarme cada vez más sus secretos. Se había enamorado de un tipo siendo ella muy joven y juntos se fueron a Argentina a empezar una vida nueva. Vivieron unos años ahí, ella trabajaba, aunque él poco hacía más que vivir de ella. Su padre, mi vecino Don Manuel, no miraba con buenos ojos a su pareja, aun así, decidieron irse juntos a Buenos Aires. Después de un par de años viviendo en Argentina, decidieron regresar a Perú, pero grande fue la sorpresa cuando su novio le pidió nuevamente volver Buenos Aires, había encontrado milagrosamente un trabajo y necesitaba volver de inmediato a Argentina. Sin embargo, el plan no resultó como ella lo esperaba, apenas llegaron al aeropuerto de Buenos Aires, la policía la intervino. En su maleta llevaba más de un kilo de cocaína camuflada. Ese sería la última vez que vería a su novio, él desapareció como por encanto. Fiorella lloró, rogó y argumentó ante la policía que ese paquete no era suyo, sin embargo, la llevaron a un albergue y después a prisión. Fue sentenciada a más de diez años, sin embargo, tras pasar unos de años en prisión, un día cualquiera recibió la noticia que su exnovio fue hecho preso en un incidente confuso en La Plata y a través del abogado de Fiorella, confesó que la cocaína encontrada años atrás era de él. Habían pasado casi cinco años, desde lo ocurrido. La justicia absolvió a Fiorella y fue deportada a Perú con lo que llevaba puesto.

Estando en prisión probó varias cosas, incluso estuvo con alguna mujer, aunque nunca me contó detalles, pude concluirlo por sus relatos. Me dijo que los únicos que sabían sobre su caso era su familia, sin embargo, necesitaba sacar los demonios que tenía dentro y me contó aquella historia.

Por otro lado, mis avances con la otra Fiorella, que vivía en Ventanilla, iban a paso lento, pero constante. Era la típica chica que uno ve en el micro o la vecina universitaria que te cruzas en el camino. Su piel canela y las facciones de su rostro me provocaban una erección de inmediato. Su temperamento era algo especial, pero verle con ropa ceñida las veces que nos encontrábamos era un deleite no solo para mis ojos, sino también para mi mente que solo pensaba en desnudarla y hacerle el amor hasta que me deje sin aliento. En su mirada podía leer que era una fiera en la cama y su forma de besar solo podían corroborar lo que pensaba de ella. Nos escribíamos a diario, me decía que pronto iba a entregarse a mí, pero quería ir despacio. Ella había terminado una relación de varios años hace poco tiempo y no quería apresurar lo nuestro.

Esa carita de “cholita jugadora”, como diría un amigo, me daba más motivos para estar tras de ella, llevarla o recogerla, a veces, desde Ventanilla. Fiorella tenía una mirada de arrecha como si con la mirada se ofrecería a tragarse mi pinga y dejarme seco. Esas facciones y las tetas enormes que tenía me tenían curioso y con ganas de revolcarme con ella. Sin embargo, apenas nos besábamos en mi auto o en algún rincón, testigo de mi arrechura. Cierto día, y casi como capricho del destino, empezamos a intercambiar mensajes por varias horas. La conversación empezó a subir de tono, ella me decía que mis palabras la excitaban y así pude convencerla de venir a mi cuarto. Ella había estado una vez allí, pero no pude concretar nada, más que agarrarle un poco el culo.
La esperé el día pactado. Me ofrecí incluso a recogerla en caso haya olvidado mi dirección, “qué gracioso resultaste”, me respondió. Me pidió comprar un vino blanco y lo ponga a helar. Así lo hice, mientras la esperaba en mi mente tenía planeado empezar por su cuello, ir desnudándola de a pocos, esas tetas me tenían loco y quería embriagarme con su sabor.

Llegó puntual, el timbre sonó en el silencio de mi habitación y casi como un rayo bajé corriendo las escaleras a recibirla. Cuando abrí la puerta principal, mi sonrisa se congeló de repente. No podía creer lo que veía frente a mis ojos, pensé que era una gran equivocación, pero rápidamente salí de mi trance cuando Fiorella me preguntó si me sentía bien. “Si, claro” le respondí casi automáticamente, “estás muy linda”, agregué medio asustado y medio cojudo. Yo estaba esperando ansioso a Fiorella, la chica que conocí en el taxi y por esas cosas del destino tenía frente a mí a Fiorella mi vecina, llevaba maquillaje, y un jean ceñido que, hacía notar su cuerpo frágil y delgado, sus curvas se apreciaban a través de la ropa de acuerdo con su contextura.

Al parecer resulté más estúpido de lo que yo mismo creía y pude comprender de inmediato que había confundido los mensajes en el celular. No negaré que mi vecina también era una chica guapa, sin llegar a la voluptuosidad de la Fiorella que esperaba; sin embargo, en mi mente me relamía con las tetas de Fiorella de Ventanilla. No me mal entiendan, imagínense por un momento pedir un ají de gallina que han estado saboreando en su inconsciente y que el mozo les traiga una porción de anticuchos deliciosa, claro que te lo vas a comer, pero tu mente no estaba preparada para ello.

Fiorella, mi vecina, y yo subimos lentamente la escalera hacia mi habitación. Ambos éramos conscientes de lo que iba a suceder. Aun así, las risas nerviosas siguieron hasta que llegamos a la habitación, el vino nos esperaba, empezamos apenas una conversación casi sin sentido. De a pocos me iba acercando a ella, Fiorella se estremecía, aunque disfrutaba de mis labios rozando su cuello. Fiorella echo la cabeza un poco hacia atrás, dejándome su cuello a mi disposición. Aunque mi mente no estaba preparada para ella, mi pinga empezó a ponerse lentamente dura. Fiorella se acercó a mi y me estampó un beso. Mientras nuestras lenguas se envolvían, con la complicidad de dos amigos, ella posó sus manos en mi entrepierna y me preguntó si tenía protección, “claro que si”, respondí de inmediato. Así sentados, empecé a desnudarla despacio, cuando de pronto ella tomó mi rostro, sus ojos brillaban, como si escondiera una gran pena, y me dijo “ha pasado mucho tiempo…”, no le presté mucha atención, continué con lo mío. Sus pechos se presentaban ante mí, sus pezones eran claros, los chupé con emoción mientras ella me acariciaba la cabeza y su otra mano acariciaba mi entrepierna. Finalmente pude quitarle el pantalón mientras mi ropa volaba también por los aires.

Me acerqué hacia su entrepierna, pero ella me detuvo. Me indicó que me siente en la silla, eso hice. Ella se agachó y empezó a chuparme la pinga mientras gemía. Su forma de chupa era excitante, empezaba con su lengua despacio a recorrer suavemente mi glande y luego le daba besitos a mi pene, como dándole un cariño, la sensación de esa mamada era riquísima. De a pocos empezaba a meter toda mi pinga a su boca. En ese momento la cogí de los cabellos para meter mi pinga dentro de su boca, Fiorella, me quitó la mano de su cabeza, lo intenté nuevamente, pero esta vez me indicó que no le gustaba que le agarre la cabeza mientras me lo chupaba, me quedé pensando, pero no me importó mucho. Me recosté relajadamente en la silla y dejé que se sacie con mi pinga ya completamente erecta. Fiorella chupaba mi pinga como si su vida dependiera de ella, con sus ojos cerrados, lo chupaba, se lo sacaba de la boca y me masturbaba con una mano, repetía la misma operación y usaba ambas manos y nuevamente volvía a lo suyo, mi pene estaba encharcado y brillaba por la cantidad de saliva que ella soltaba. Ella estaba llevando completamente el control de la situación y a mi no me incomodaba en lo más mínimo. Después de un buen rato, se sentó encima de mí. Alcancé apenas a escupirme la mano y mojarle su conchita que ya estaba húmeda. Ella intentó sentarse encima de mí, pero cuando intenté penetrarla, dio un pequeño gritito de dolor. “Despacito, por favor”, alcanzó a decir, casi suplicando. Mi pinga no podía entrar completamente en ella, a pesar de que sentía que estaba completamente húmeda, también sentía que estaba muy estrecha.

Ella cogía con una mano mi pinga y se lo introducía despacio, bien despacio, mientras emitía un pequeño sonido de dolor. Fue algo raro, una mujer de veintiocho años que había tenido una o varias experiencias sexuales, y que parecía me estuviera tirando una chica virgen. Recordé que me dijo que desde que había ingresado a prisión no había vuelto a tener relaciones con hombre alguno. Tardó varios minutos en introducir completamente mi pinga dentro de ella. La sensación, por otro lado, era fascinante, sentía cada milímetro de mi pene cubierto por su humedad y esa sensación hacía que quisiera venirme de inmediato. Lentamente empezó a moverse en círculos mientras mis manos apretujaban su culito a su propio ritmo. Así ambos empezamos a cachar, en un momento me levanté de la silla, mientras ella estaba completamente ensartada. La llevé cargando hacía la cama, sin despegarnos, ella se abrazaba a mi cuello y caímos en la cama, ella pegó un grito más agudo. En esa posición empecé a moverme con fuerza ella, me miró directamente a los ojos con la boca abierta de par en par y me susurró: “quiero gritar, quiero gritar, por Dios quiero gritar”, tal cual lo advirtió empezó a gemir con gritos incluidos. Mientras la penetraba con más fuerza, como queriendo ir más allá de mis propios límites. Con una mano alcancé a taparle la boca, aún había un par de inquilinas que de cuando en cuando me estaba cachando y no quería que sea tan evidente lo que hacía en la intimidad de mi habitación.

Fiorella y yo nos venimos a la misma vez, lo noté por un último grito de total satisfacción. Fue un polvo memorable. Así echados conversamos un poco más, no pasaría mucho tiempo hasta que decidiéramos volver al ruedo, esta vez ya mi pinga entraba con total normalidad en ella. La puse de perrito, “no me cojás por el culo”, me dijo con acento argentino, le hice caso. Cuando llegó la noche, nos despedimos y no pasó ni un día antes que me escribiera y me pedía repetir la acción, no me opuse, por supuesto.

Repetimos lo nuestro en varias ocasiones, hasta que otra vez un mensaje a mi teléfono me hizo volver a la realidad: “amor, ¿nos vemos esta noche?”. Esa noche cachamos como de costumbre en mi habitación, estaba más melosa que de costumbre, y me preguntó si había algo entre nosotros, sin inmutarme le dije que no, no había ningún tipo de relación entre nosotros más que de buenos amigos. Se puso en un plan, algo tonto, le hice saber que no tenía interés en ninguna relación romántica. Fiorella se molestó y dejo de hablarme por varios meses. Luego de aquel tiempo volvió nuevamente a mensajearme, entendió que podíamos tener una buena amistad, sin ataduras de ningún tipo. Luego de estos encontrones, me confesó que había conocido a alguien y deberíamos dejar de vernos, me alegré por ella, era una chica muy simpática y tenía un futuro por delante.

Respecto a Fiorella, la de Ventanilla, mis avances iban lentamente, después de varias salidas. Por fin, un día, después de ir a bailar y beber algo, le sugerí ir a mi habitación a descansar. Ella aceptó, estaba tan entusiasmado con poseerla, que no pude imaginar lo que me esperaría.
 
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Una extraña coincidencia

Con Fiorella, mi vecina, habíamos empezado una amistad algo fuera de lo común. Ella era unos años mayor que yo y tenía ese aire entre gótico y oscuro. Cada día que volvía a mi casa me esperaba con alguna excusa, cerca de mi casa o en la puerta de su casa. De a poco empecé a invitarla a la terraza donde tenía mi habitación a fumar un cigarrillo o beber una bebida caliente. Era simpática de rostro, pero su ropa siempre oscura y ancha no me dejaba apreciar del todo su anatomía.

Después de varias semanas de amistad, por fin empezó a soltarme cada vez más sus secretos. Se había enamorado de un tipo siendo ella muy joven y juntos se fueron a Argentina a empezar una vida nueva. Vivieron unos años ahí, ella trabajaba, aunque él poco hacía más que vivir de ella. Su padre, mi vecino Don Manuel, no miraba con buenos ojos a su pareja, aun así, decidieron irse juntos a Buenos Aires. Después de algunos de años viviendo en Argentina, decidieron regresar a Perú, pero grande fue la sorpresa cuando su novio le pidió nuevamente volver allá, había encontrado milagrosamente un trabajo y necesitaba volver de inmediato a Buenos Aires. Sin embargo, el plan no resultó como ella lo esperaba, apenas llegaron al aeropuerto de Buenos Aires, la policía la intervino. En su maleta llevaba más de un kilo de cocaína camuflada. Ese sería la última vez que vería a su novio, él desapareció como por encanto. Fiorella lloró, rogó y argumentó que eso no era suyo, sin embargo, la llevaron a un albergue y después a prisión. Fue sentenciada a más de diez años, sin embargo, tras pasar unos de años en prisión, un día cualquiera recibió la noticia que su exnovio fue hecho preso en un incidente confuso en La Plata y a través del abogado de Fiorella, confesó que la cocaína encontrada años atrás era de él. Habían pasado casi cinco años, desde lo ocurrido. La justicia absolvió a Fiorella y fue deportada a Perú con lo que llevaba puesto.

Estando en prisión probó varias cosas, incluso estuvo con alguna mujer, aunque nunca me contó detalles, pude concluirlo por sus relatos. Me dijo que los únicos que sabían sobre su caso era su familia, sin embargo, necesitaba sacar los demonios que tenía dentro y me contó aquella historia.

Por otro lado, mis avances con la otra Fiorella, que vivía en Ventanilla, iban a paso lento, pero constante. Era la típica chica que uno ve en el micro o la vecina universitaria que te cruzas en el camino. Su piel canela y sus facciones en su rostro me provocaban una erección de inmediato. Su temperamento era algo especial, pero verle con ropa ceñida las veces que nos encontrábamos era un deleite no solo para mis ojos, sino también para mi mente que solo pensaba en desnudarla y hacerle el amor hasta que me deje sin aliento. En su mirada podía leer que era una fiera en la cama y su forma de besar solo podían corroborar lo que pensaba de ella. Nos escribíamos a diario, me decía que pronto iba a entregarse a mí, pero quería ir despacio. Ella había terminado una relación de varios años hace poco tiempo y no quería apresurar lo nuestro.

Esa carita de “cholita jugadora”, como diría un amigo, me daba más motivos para estar tras de ella, llevarla o recogerla, a veces, desde Ventanilla. Fiorella tenía una mirada de arrecha como si con la mirada se ofrecería a tragarse mi pinga y dejarme seco. Esas facciones y las tetas enormes que tenía me tenían curioso y con ganas de revolcarme con ella. Sin embargo, apenas nos besábamos en mi auto o en algún rincón, testigo de mi arrechura. Cierto día, y casi como capricho del destino, empezamos a intercambiar mensajes por varias horas. La conversación empezó a subir de tono, ella me decía que mis palabras la excitaban y así pude convencerla de venir a mi cuarto. Ella había estado una vez allí, pero no pude concretar nada, más que agarrarle un poco el culo.
La esperé el día pactado. Me ofrecí incluso a recogerla en caso haya olvidado mi dirección, “qué gracioso resultaste”, me respondió. Me pidió comprar un vino blanco y lo ponga a helar. Así lo hice, mientras la esperaba en mi mente tenía planeado empezar por su cuello, ir desnudándola de a pocos, esas tetas me tenían loco y quería embriagarme con su sabor.

Llegó puntual, el timbre sonó en el silencio de mi habitación y casi como un rayo bajé corriendo las escaleras a recibirla. Cuando abrí la puerta principal, mi sonrisa se congeló de repente. No podía creer lo que veía frente a mis ojos, pensé que era una gran equivocación, pero rápidamente salí de mi trance cuando Fiorella me preguntó si me sentía bien. “Si, claro” le respondí casi automáticamente, “estás muy linda”, agregué medio asustado y medio cojudo. Yo estaba esperando ansioso a Fiorella, la chica que conocí en el taxi y por esas cosas del destino tenía frente a mí a Fiorella mi vecina, llevaba maquillaje, y un jean ceñido que, hacía notar su cuerpo frágil y delgado, sus curvas se apreciaban a través de la ropa de acuerdo con su contextura.

Al parecer resulté más estúpido de lo que yo mismo creía y pude comprender de inmediato que había confundido los mensajes en el celular. No negaré que mi vecina también era una chica guapa, sin llegar a la voluptuosidad de la Fiorella que esperaba; sin embargo, en mi mente me relamía con las tetas de Fiorella de Ventanilla. No me mal entiendan, imagínense por un momento pedir un ají de gallina que han estado saboreando en su inconsciente y que el mozo les traiga una porción de anticuchos deliciosa, claro que te lo vas a comer, pero tu mente no estaba preparada para ello.

Fiorella, mi vecina, y yo subimos lentamente la escalera hacia mi habitación. Ambos éramos conscientes de lo que iba a suceder. Aun así, las risas nerviosas siguieron hasta que llegamos a la habitación, el vino nos esperaba, empezamos apenas una conversación casi sin sentido. De a pocos me iba acercando a ella, Fiorella se estremecía, aunque disfrutaba de mis labios rozando su cuello. Fiorella echo la cabeza un poco hacia atrás, dejándome su cuello a mi disposición. Aunque mi mente no estaba preparada para ella, mi pinga empezó a ponerse lentamente dura. Fiorella se acercó a mi y me estampó un beso. Mientras nuestras lenguas se envolvían, con la complicidad de dos amigos, ella posó sus manos en mi entrepierna y me preguntó si tenía protección, “claro que si”, respondí de inmediato. Así sentados, empecé a desnudarla despacio, cuando de pronto ella tomó mi rostro, sus ojos brillaban, como si escondiera una gran pena, y me dijo “ha pasado mucho tiempo…”, no le presté mucha atención, continué con lo mío. Sus pechos se presentaban ante mí, sus pezones eran claros, los chupé con emoción mientras ella me acariciaba la cabeza y su otra mano acariciaba mi entrepierna. Finalmente pude quitarle el pantalón mientras mi ropa volaba también por los aires.

Me acerqué hacia su entrepierna, pero ella me detuvo. Me indicó que me siente en la silla, eso hice. Ella se agachó y empezó a chuparme la pinga mientras gemía. Su forma de chupa era excitante, empezaba con su lengua despacio a recorrer suavemente mi glande y luego le daba besitos a mi pene, como dándole un cariño, la sensación de esa mamada era riquísima. De a pocos empezaba a meter toda mi pinga a su boca. En ese momento la cogí de los cabellos para meter mi pinga dentro de su boca, Fiorella, me quitó la mano de su cabeza, lo intenté nuevamente, pero esta vez me indicó que no le gustaba que le agarre la cabeza mientras me lo chupaba, me quedé pensando, pero no me importó mucho. Me recosté relajadamente en la silla y dejé que se sacie con mi pinga ya completamente erecta. Fiorella chupaba mi pinga como si su vida dependiera de ella, con sus ojos cerrados, lo chupaba, se lo sacaba de la boca y me masturbaba con una mano, repetía la misma operación y usaba ambas manos y nuevamente volvía a lo suyo, mi pene estaba encharcado y brillaba por la cantidad de saliva que ella soltaba. Ella estaba llevando completamente el control de la situación y a mi no me incomodaba en lo más mínimo. Después de un buen rato, se sentó encima de mí. Alcancé apenas a escupirme la mano y mojarle su conchita que ya estaba húmeda. Ella intentó sentarse encima de mí, pero cuando intenté penetrarla, dio un pequeño gritito de dolor. “Despacito, por favor”, alcanzó a decir, casi suplicando. Mi pinga no podía entrar completamente en ella, a pesar de que sentía que estaba completamente húmeda, también sentía que estaba muy estrecha.

Ella cogía con una mano mi pinga y se lo introducía despacio, bien despacio, mientras emitía un pequeño sonido de dolor. Fue algo raro, una mujer de veintiocho años que había tenido una o varias experiencias sexuales, y que parecía me estuviera tirando una chica virgen. Recordé que me dijo que desde que había ingresado a prisión no había vuelto a tener relaciones con hombre alguno. Tardó varios minutos en introducir completamente mi pinga dentro de ella. La sensación, por otro lado, era fascinante, sentía cada milímetro de mi pene cubierto por su humedad y esa sensación hacía que quisiera venirme de inmediato. Lentamente empezó a moverse en círculos mientras mis manos apretujaban su culito a su propio ritmo. Así ambos empezamos a cachar, en un momento me levanté de la silla, mientras ella estaba completamente ensartada. La llevé cargando hacía la cama, sin despegarnos, ella se abrazaba a mi cuello y caímos en la cama, ella pegó un grito más agudo. En esa posición empecé a moverme con fuerza ella, me miró directamente a los ojos con la boca abierta de par en par y me susurró: “quiero gritar, quiero gritar, por Dios quiero gritar”, tal cual lo advirtió empezó a gemir con gritos incluidos. Mientras la penetraba con más fuerza, como queriendo ir más allá de mis propios límites. Con una mano alcancé a taparle la boca, aún había un par de inquilinas que de cuando en cuando me estaba cachando y no quería que sea tan evidente lo que hacía en la intimidad de mi habitación.

Fiorella y yo nos venimos a la misma vez, lo noté por un último grito de total satisfacción. Fue un polvo memorable. Así echados conversamos un poco más, no pasaría mucho tiempo hasta que decidiéramos volver al ruedo, esta vez ya mi pinga entraba con total normalidad en ella. La puse de perrito, “no me cojás por el culo”, me dijo con acento argentino, le hice caso. Cuando llegó la noche, nos despedimos y no pasó ni un día antes que me escribiera y me pedía repetir la acción, no me opuse, por supuesto.

Repetimos lo nuestro en varias ocasiones, hasta que otra vez un mensaje a mi teléfono me hizo volver a la realidad: “amor, ¿nos vemos esta noche?”. Esa noche cachamos como de costumbre en mi habitación, estaba más melosa que de costumbre, y me preguntó si había algo entre nosotros, sin inmutarme le dije que no, no había ningún tipo de relación entre nosotros más que de buenos amigos. Se puso en un plan, algo tonto, le hice saber que no tenía interés en ninguna relación romántica. Fiorella se molestó y dejo de hablarme por varios meses. Luego de aquel tiempo volvió nuevamente a mensajearme, entendió que podíamos tener una buena amistad, sin ataduras de ningún tipo. Luego de estos encontrones, me confesó que había conocido a alguien y deberíamos dejar de vernos, me alegré por ella, era una chica muy simpática y tenía un futuro por delante.

Respecto a Fiorella, la de Ventanilla, mis avances iban lentamente, después de varias salidas. Por fin, un día, después de ir a bailar y beber algo, le sugerí ir a mi habitación a descansar. Ella aceptó, estaba tan entusiasmado con poseerla, que no pude imaginar lo que me esperaría.


Excelente relato cofra gnussi98, y esperamos que pronto continúe y nos saque la intriga de lo que le pasó con la Fiorella de Ventanilla
 
Aun a la espera del relato de la chica de ventanilla estimado cofrade
 
Excelente relato. Cada Fiorella tiene sus cosas, felicidades, a seguir adelante.
 
Vamos cofra @gnussi98, lo seguimos esperando... continúe con su interesante relato, esta vez sobre la Fiorella de Ventanilla
 
Un polvo inolvidable

Con varios días de anticipación había ordenado y limpiado mi pequeño apartamento. Todo estaba listo para recibir a Fiorella. Había preparado velas aromáticas, un par de botellas de vino y música suave, elementos esenciales para una velada romántica después de la celebración.

Habían pasado varios meses desde que comenzamos a salir, o algo parecido a eso. Entre besos y arrumacos, no habíamos concretado nada más. Sin embargo, aquella noche, estaba seguro de que finalmente cruzaríamos esa línea. Todo el tiempo y esfuerzo que había invertido en ella darían fruto.

Fiorella tenía unos pechos grandes, a veces podía casi traslucir sus pezones a través de su ropa, eso me causaba una excitación de inmediato. Sus piernas bien contorneadas y ese culo que le encantaba mover cuando caminaba, me hacían presa fácil de mis fantasías y de todo lo que pensaba hacer cuando finalmente llegase a concretar mi cometido con ella.

En la discoteca habíamos bebido varias sangrías, especialmente ella. Yo, en cambio, nunca he sido buen bebedor y, además, tenía que conducir. Casi a las dos de la mañana nos dirigimos a mi casa. Al llegar, la atraje hacia mí y comencé a besarla, pero me cortó la inspiración de inmediato.

—Tengo hambre, quiero comer algo primero —dijo.
Ta madre, pensé. Pero no dije nada. Fui a la cocina y saqué algunos bocadillos. Comimos juntos, conversamos un poco más y, cuando sentí que el momento era adecuado, me acerqué de nuevo a ella. Bajé a su cuello, listo para empezar la faena amatoria, pero otra vez me detuvo en seco.

—No me gusta que me besen en el cuello —me soltó sin más.

Dejé pasar el comentario y comencé a desnudarla suavemente. Apenas había deslizado su blusa cuando otra queja salió de su boca:
—Apaga la luz.
No entendía qué pasaba con ella, pero accedí. Ya con la luz apagada, le quité la blusa con cuidado, cuando de nuevo escuché una advertencia:
—Despacio, esta blusa es cara.

Las constantes interrupciones comenzaban a incomodarme, pero intenté no darle mayor importancia. Después de varios minutos, sus dos tetazas aparecían ante mí. Sin embargo, cuando me acerqué para acariciarlas y chuparlas, nuevamente me sujetó la cabeza con ambas manos.
—Despacio, me haces doler.

Para ese punto, la incomodidad era evidente, pero mi arrechura seguía presente, pidiendo ser aplacada. Me desnudé como pude y, después de un buen rato, logré quitarle el pantalón. Su culazo, el que había estado esperando tanto tiempo, estaba frente a mí, pero cada movimiento venía seguido de más quejas y recriminaciones.

Ni siquiera me dejó sopearla como hubiese querido o morbosearme con ese culazo que tenía, ni quiero mencionar cuando le ofrecí mi pinga erecta para que también ella tome la iniciativa. Nada de nada. Apenas si llegué a meter mis dedos a su conchita sin depilar, cuando ella dio un gritito y me dejó nuevamente con las ganas.

Casi de milagro logré penetrarla de misionero, siempre acompañado de un “despacio, que me duele”, después de cada arremetida. De todas las experiencias amorosas que había tenido, esta fácilmente se encontraba en el top tres de las peores. La falta de entusiasmo y el tedio terminaron por vencerme. Apenas terminamos, caí rendido en un sueño profundo.

A la mañana siguiente, con la poca caballerosidad que me quedaba, crucé toda Lima para llevarla a su casa en Ventanilla. Nos despedimos con un beso en la mejilla, porque, según ella, no quería que nadie nos viera.

Regresé a casa decepcionado. Nos mandamos uno o dos mensajes más y, después de eso, nunca volvimos a vernos.

Al cabo de pocos días, salía de la universidad tras terminar mi último examen final de aquel semestre cuando, de pronto, me encontré con Fiorella, mi aluma de la universidad. Me pidió que le ayudara a estudiar para un examen final que tenía. Dijo que necesitaba unas clases para ella y su amiga, y que podíamos reunirnos en la casa donde vivía, si yo tenía tiempo.

Al día siguiente fui a su casa. Ahí conocí a su madrina, una mujer elegantísima de unos cuarenta y pocos años. Llevaba una fragancia exquisita y un vestido suelto que, sin ser revelador, dejaba entrever su figura. Sus piernas, largas y bien torneadas, se cruzaban con gracia mientras se inclinaba con aire sofisticado. Sus labios pintados de rojo resaltaban sobre su piel blanca, y sus ojos, afilados y felinos, me escudriñaban con interés. Con una copa de vino en la mano, me invitó a sentarme y me hizo algunas preguntas mientras jugaba con el cristal de la copa. Sus joyas tintineaban contra la mesa, un detalle que, sin saber por qué, me resultó excitante. En cualquier otra situación, habría iniciado un diálogo más empático hasta llegar al coqueteo, porque en verdad era una mujer muy hermosa.

Fiorella interrumpió la conversación y le dijo a su madrina que su amiga ya estaba por llegar, pues yo le daría clases a ambas. La madrina terminó su vino y se excusó conmigo. Me dijo que tenía un compromiso y que ya se le hacía tarde, pero que me sintiera en casa. Antes de salir, casi le ordenó a Fiorella que preparara algo de comer y beber.

Cuando la madrina se marchó, Fiorella me confesó que su amiga no vendría. Había inventado aquello porque su madrina era muy celosa.
Fiorella era una chica menuda, de estatura pequeña y pechos apenas pronunciados. Tenía un aire infantil, tanto por su forma de hablar como por la manera en que vestía. Aunque ya había alcanzado la mayoría de edad, hasta ese momento la veía como una niña. Su rostro era dulce, con una sonrisa eterna, y su cabello negro caía suavemente sobre sus hombros. Pero, sobre todo, era mi alumna, y nunca me había gustado mezclar amor y trabajo. Sin embargo, todo cambiaría aquel día.

Después de explicarle algunos ejercicios, me dijo que tenía una tanda de problemas que quería practicar porque en su examen vendrían ejercicios similares. Como no tenía apuro, le dije que se tomara su tiempo. No pensaba cobrarle nada, siempre y cuando siguiera alimentándome con esos bocadillos que parecían inagotables. Fiorella rió y sacó más comida mientras resolvía los problemas. Yo, satisfecho con los sabores, pensaba en su madrina y la buena impresión que me había dejado.

En un momento le pedí permiso para ir al baño y, para mi sorpresa, en un rincón casi escondido, vi un par de tanguitas tendidas. No sabía si eran de su madrina o de Fiorella. Sentí una erección inmediata, pero aún no pensaba ir más lejos.
 
@gnussi98 por favor prosiga con el relato
 
Una amiga como ninguna
Siempre he creído que hay ciertas líneas que no deben cruzarse, especialmente cuando se mezclan el trabajo y el deseo. No por moralismo o cualquier huevada ética, porque si algo me queda claro, es que la moral cambia según la perspectiva. Lo aprendí de joven, de un viejo colega que repetía entre trago y trago: “Donde se come, no se caga”. Crudo, pero efectivo. Y yo, que me cachueleaba de enseñar, entendí temprano que los límites no son cadenas, sino escudos.

Por eso me repetía ese viejo refrán mientras observaba a Fiorella resolver un ejercicio de estadística con la lengua apenas asomada entre sus labios. Su voz era dulce y un acento muy marcado, casi infantil, como si el tiempo se hubiera detenido en ella. Su cuerpo menudito, con curvas apenas insinuadas bajo una blusa suelta, reforzaba esa sensación inquietante de que aún era una niña. A veces usaba una cinta color pastel en el cabello. Y aunque sabía —lo había corroborado— que ya era mayor de edad, había algo en ella que la colocaba al borde de la infancia, como una figura atrapada entre dos mundos.

Pero el problema no era ella. No del todo. El problema era mi arrechura por lo que vi en el baño: esa diminuta tanga colgada a medio esconder, el perfume que aún flotaba en el aire del pasillo, y, sobre todo, la imagen poderosa de la madrina —una mujer hecha y derecha— con ese vestido suelto que dejaba poco a la imaginación. Esa mujer se me había quedado grabada en la memoria como una advertencia y una tentación.

Estaba concentrado en no perder el hilo cuando Fiorella, sin dejar de mirar sus hojas, me dijo con voz pausada:

—A mí los exámenes me estresan demasiado… ¿Tú qué haces cuando estás estresado?

Me reí medio ahuevonado, intentando mantener la compostura.

Bueno… cuando estoy estresado, supongo que salgo a caminar —dije, levantando los hombros—. O salgo a pasear en bicicleta sin rumbo. Nada muy interesante, la verdad.

Fiorella me miró de reojo, con una sonrisita escurridiza, casi como si supiera que estaba mintiendo o, al menos, que no estaba diciendo toda la verdad.

—¿Y no sales con tu enamorada?

La pregunta cayó como una piedrita lanzada al centro de un pozo, rompiendo la aparente calma. Tragué saliva y me acomodé en la silla.

No… no tengo enamorada —respondí, fingiendo indiferencia.

Ella ladeó la cabeza, como si estuviera recordando algo. Luego frunció el ceño.

—¿Y entonces por qué me escribiste ese mensaje tan raro?

—¿Qué mensaje? —
pregunté, casi conteniendo la respiración y consciente de mi cojudez.

—¡Ay, no te hagas!… hace unos meses. Era algo bien subido de tono. Hasta lo borraste rápido, pero lo alcancé a leer —dijo con voz casi inocente, pero con los ojos fijos en mí.

Me quedé en silencio unos segundos, cayendo de pronto en la cuenta de lo obvio: había vuelto a confundir los chats. ¡Puta mare con las Fiorellas! Soy un reverendo imbécil, pensaba.

Un calor repentino me subió por mi cuello hasta las orejas. Me sonrojé como hacía años no me pasaba.

Ella debió notarlo, porque soltó una risita y cruzó las piernas despacio, como jugando con la tensión del momento.

—No te preocupes. No me molestó. Igual… a veces, cuando estoy estresada, yo también hago cosas —dijo, bajando la voz, como si compartiera un secreto.

—¿Cosas? —pregunté, con la voz más seca de lo que esperaba.

Sí… así como tú… tocarme —susurró.

Fue como si todo el aire de la habitación cambiara de densidad. Lo que hasta hace poco era una sesión de estudio inocente se tornó en algo cargado, eléctrico. Yo trataba de mantener la cabeza fría, pero lo que había visto en el baño, la figura de la madrina, la copa tintineando en el vidrio… y ahora esto.

Sentí que una parte de mí empezaba a tramar algo, sin plan, sin razón, sin moral, solo esa intuición bruta y llena de arrechura que a veces nos arrastra más allá del juicio.

Entonces Fiorella dejó el lápiz sobre la mesa con una delicadeza calculada y me miró directamente a los ojos. Su expresión era serena, pero sus pupilas brillaban con algo que no supe definir del todo.

—Sería muy interesante verte, le dije ya sin roche alguno.

—¿Tú... quieres que me toque aquí? —preguntó, sin rodeos, con una mezcla de inocencia y atrevimiento que me dejó sin aliento.

Tragué saliva, intentando mantener la compostura. Esbocé una sonrisa tenue, casi profesional, pero ya era evidente como terminaría esa sesión.

—Si crees que eso te ayuda a relajarte —le respondí con voz baja—, puedo quedarme… o ayudarte, si así lo deseas.

Fiorella no respondió de inmediato. Su mirada no se apartó de la mía. Y entonces, con una decisión tranquila, se levantó de su silla y, sin decir una sola palabra, caminó lentamente hacia la puerta del fondo. Al llegar, se volvió hacia mí.

Ven. Será más cómodo en mi cuarto —dijo, y se perdió tras la puerta entreabierta.

Me quedé sentado unos segundos, sintiendo cómo el ritmo de mi respiración se alteraba. Me levanté, como llevado por un impulso del que ya no era dueño, y la seguí.

Crucé la puerta y me encontré con la habitación de Fiorella: pequeña, con paredes color crema y una cama impecablemente tendida. Había un ligero aroma dulce, mezcla de perfume y detergente, que se me metió en la cabeza como una droga suave.

Ella estaba de pie junto a la cama, de espaldas, quitándose lentamente la banda del cabello. Sus mechones negros cayeron sobre sus hombros, dándole un aire aún más juvenil. Me miró por encima del hombro, como asegurándose de que yo hubiera entrado, y luego se sentó al borde de la cama.

El silencio era espeso, casi eléctrico. Me quedé de pie unos segundos, observando su respiración que subía y bajaba con un ritmo pausado.

—Cierra la puerta con cerrojo—dijo, sin mirarme.

Obedecí, sintiendo cómo la temperatura del cuarto parecía subir de golpe. Me acerqué un par de pasos, pero me detuve a una distancia prudente.

Fiorella llevó sus manos a sus rodillas y las apretó suavemente, como si reuniera valor. Después levantó la vista y me habló con esa voz suya, delicada pero firme:

—Dijiste que podías ayudarme… ¿cómo lo harías?

Sus palabras eran un desafío, una invitación y una prueba al mismo tiempo. Me agaché un poco para que nuestras miradas quedaran a la misma altura. Nos besamos despacito, sus labios delicados, su beso era suave. Empecé a abrir lentamente sus labios con mi lengua, Fiorella sólo se dejaba llevar y cayó suavemente en la cama.

Ya para ese rato, yo estaba con la pinga parada, y acariciaba su menudo cuerpo por encima de la ropa, mientras ella me abrazaba despacio. Nuestras lenguas jugaban lentamente, empecé a meter mi mano por debajo de su blusita.

Comencé a tocar sus pechos pequeños y llegué hasta su pezón, lo apreté con delicadeza hasta que ella soltó un gemido suave. Se veía tan tierna echada en la cama, que no quería precipitarme y empecé a quitarle la blusita despacio, ella accedía sin titubear. Sus pechos blancos eran pequeños, en uno de sus pechos, tenía una línea de lunares, que llegaban casi hasta el cuello. Los lamía con pasión.

Fiorella se separó por un momento de mí y cogió con las dos manos sus pechitos y me preguntó tranquilamente:

—¿Te gustan como se ven?

—Se ven igual o más hermosas que tú,
le respondí.

Ella sonrió y agregó:

—Pero aún no me has visto tocarme.

Lo dijo con un tono de ingenuidad, que me pareció más excitante aún.

Fio se quitó el pantalón y quedó con un calzoncito rosadito.

La imagen de Fiorella sentada sobre la cama desnuda apenas con su calzoncito rosa era extraña, como si me fuera a cachar a una chibolita, pero además del cuerpo, no tenía nada de niña.

Empezó a tocarse a través del calzoncito y yo estupefacto, con cara de huevón viendo cómo se humedecía.

—Ven, juega con mis pezones como lo hiciste antes, me dijo bajando la voz.

Me incorporé junto a ella y empecé a acariciar uno y a chupar el otro. Fiorella cerraba los ojos y continuaba tocándose, dejé de acariciar su pezón y también metí mi mano debajo de su calzoncito, nuestros dedos se encontraron, sentí la humedad de sus dedos y le pedí que se echara, ella obedeció y le quité el calzoncito, la tela estaba húmeda, casi mojada, su conchita tenía algunos pelitos, me agaché y sentí su aroma que me llegaba hasta el cerebro.

Mi lengua iba de a pocos descubriendo el camino cada vez más dentro de ella, ese aroma suave y sus gemidos apenas audibles hacían que mi pinga también quiera ser protagonista de esa escena.

Me desnudé por completo y cuando ya estaba listo para la acción, Fiorella preguntó:

—¿Te vas a cuidar?, yo no me cuido.

¿Quién ****** iría a pensar que me iba a cachar a esta Fiorella?

Obviamente, le dije que no tenía nada, Fiorella, me miró, y yo casi arrepentido de mi estupidez hasta que sin inmutarse me dijo:

—¿Me compras luego la pastilla?, a mí me da roche.

Ya con esa respuesta casi me abalancé sobre ella, esa conchita húmeda apretujaba mi pene. Yo no se si era por ese cuerpo menudito que tenía o cuánto sería su experiencia, pero sus piernas se enredaban casi en mi cuello. Estaba tan arrecho que no demoré en venirme dentro de ella.

Yo quería seguir cachando, pero Fiorella me dijo para ir a la farmacia, tenía miedo de que su madrina pueda volver en cualquier momento. Traté de persuadirla, pero me dijo que después del examen podíamos cachar de nuevo.

—Anda, no seas malito, profe, me dijo, y también te la chupo, ¿qué dices?

Y claro que volvimos a cachar, siempre con el mismo patrón: un café o una comida y un “me siento estresada”, que era como la señal para ir a cualquier lugar.

Nuestra amistad perdura hasta hoy. Nunca preguntó si yo salía con alguien ni yo lo hice. Nuestros encuentros eran simples, casi rituales: salíamos, conversábamos y reíamos hasta que escuchaba su señal. A veces nos despedíamos con un abrazo, otras con un silencio cómodo que decía más que cualquier palabra. La intimidad no era una obligación, sino un regalo que se daba cuando ambos lo necesitábamos.

Cuando migré a Europa, pensé que la distancia pondría fin a aquello. Pero poco después supe que estaba en España haciendo un doctorado. Viajé a verla, caminamos por las calles estrechas de Valencia y, al final de la noche, escuché de nuevo su señal, esa forma tan suya de decirme que, a pesar de los kilómetros, seguíamos en sintonía.

Incluso cuando volví de vacaciones a Perú, tras una larga conversación de casi cuatro horas, me miró cansada y me dijo: “Estoy estresada”. Era su manera de despedirse, y yo lo entendí.

Fiorella es aquella amiga que todos deberían tener en la vida: alguien que respeta tus silencios y celebra tus palabras. Ya no tiene el cuerpo de niña de aquellos años, pero la intimidad que compartimos —esa mezcla de piel, confianza y, sobre todo, goce y arrechura— me recuerda que la amistad entre un hombre y una mujer no solo puede existir, sino que puede ser un refugio. Una complicidad tan honesta que, cuando uno necesita del otro, basta con escucharse para sentirse en casa.

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Estimado @gnussi98:
He sido testigo silente de todas sus aventuras, narradas en este foro a lo largo de los años. Todas, muy buenas historias.
Pero este último, tiene una carga de erotismo juvenil tan bien descrito, que me fue imposible no dejar de relacionarlo con la obra de Nabokov: "Lolita".
Y es que en ocasiones, la inocencia y el deseo, no necesariamente son atributos de la adolescencia...

Fiorella es aquella amiga que todos deberían tener en la vida: alguien que respeta tus silencios y celebra tus palabras. Ya no tiene el cuerpo de niña de aquellos años, pero la intimidad que compartimos —esa mezcla de piel, confianza y, sobre todo, goce y arrechura— me recuerda que la amistad entre un hombre y una mujer no solo puede existir, sino que puede ser un refugio. Una complicidad tan honesta que, cuando uno necesita del otro, basta con escucharse para sentirse en casa.

Sabias palabras, espero tener su suerte!
 
Estimado @gnussi98:
He sido testigo silente de todas sus aventuras, narradas en este foro a lo largo de los años. Todas, muy buenas historias.
Pero este último, tiene una carga de erotismo juvenil tan bien descrito, que me fue imposible no dejar de relacionarlo con la obra de Nabokov: "Lolita".
Y es que en ocasiones, la inocencia y el deseo, no necesariamente son atributos de la adolescencia...



Sabias palabras, espero tener su suerte!
Muchas gracias, estimado @MrQuarzo . Sus palabras me motivan a seguir explorando mis vivencias. Le confieso que tengo algunas historias más de este tipo, pero, lamentablemente, por las reglas del foro no puedo narrarlas aquí. Sin embargo, estoy preparando un pequeño “libro rojo” para que la cofradía interesada y hambrienta de nuevas historias pueda descargarlo en otro formato.
 

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