Viejo chat trajo nuevas y apetitosas féminas

Si no estas conmigo, yo me vuelvo loco

Esta subidita mujer en peso, tamaño y medida extra oficial, a simple vista podría pasar desapercibida pero una vez que entraba al dame que te doy, era otra persona. Ansiosa, disfrutando, goza y te hace venir rápido. La melancolía y pena llega porque no se como la dejé pasar.

Morena salsera, te pedía un pollito, una alita, luego su agüita dulce y finalmente era mía. En la primera incursión no desaproveché ese instante de tenerla en mis redes. Manoseando su culote mientras mi boca quería estirarse como chicle para devorar y saciarse con sus pechazos y ricos pezones, mientras ella gemía y decía papi te gusta, papi, me arrechas, me apretaba la chula, me mordía los labios, me decía que ya quiere verga, que ahora voy a probar a una verdadera mujer que se entrega, que no jode, que propone, ya me vengo de traerla al presente.

Me dio una mamada de aquellas, esa mirada y esa lamida, tanta picardía, tanta lujuria, y esa noche fue la primera de tantas corridas, eyaculaciones y orgasmos. Luego me dije, si le doy tanto, me quedo sin chula y sin guita. Me comencé a alejar y ella no fue la misma. Una vez me sorprendió ella, se vistió como enfermera, me preparó la cena. Cualquiera diría que ganó extra por otros lares. Era noche tranquila, yo había dejado de frecuentarla. Salsa dura acompañaba el ambiente, ella con un babydoll largo y transparente, sus labios bien rojos y su cabello mojado.

Me echa a la cama, me comienza a dar trago de su boca y alimento de su lengua. Fue tenso, arrechante y muy caliente ese instante. Empecé a creer si cambió para bien o mejor no creo mas en ese amor.

La jornada fue prolongando, no gasté ni mela, morí en sus nalgotas y su boca golosa pero al final me dice, ya está, ya te pagué todo lo que hiciste por mi. No hay mas cambio ni retorno. Bye pendejo.........

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A la tercera va la vencida

Nos conocimos un día de invierno de garúa y de crisis emocional por parte de ella y mía económicamente. Fue una buena charla, gorda clarona, culona no tan simpática de cara. Pensé que allí quedaba y a petición de ella nos volvimos a ver. Pensé ahora si atraca y no, me dijo solo amistad y si seríamos pareja, allí si. Lo malo que con esta doña de DNI de 40 pero que parece de 50 pide como amiga mas que esposa, como sería si es oficial. No atraqué, nos peleamos y pasó mucho tiempo hasta volver a aceptar. Me motivó que estaba depre, no era su ex, no era guita, no eran sus hijos ya mayores ni nietos, ni ella misma sabía ni los especialistas que la vieron. Por bromear una noche chateando le dije te falta baile, trago y una buena cogida, se rio y me dijo y con quien, me fui mandando y ella como nunca cediendo.

Se concretó la noche, fuimos a bailar, estaba mas envejecida y mas panzona pero ese culo jamás se le fue, era mi ilusión, lo veía menearse, andar, venir y se me caía la baba. Tomamos y mucho y la condenada nada, no resbalaba. Cuando quise besarla, me dijo lo mismo de siempre. Me aburrí y le dije ok, te dejo en tu casa, discutimos y salimos, buscamos taxi, era tarde y nos sentamos. Nos calmamos y cuando dijo me siento sola, todos me usan, llegaron mis palabras mas dulces, mas finas, que calen y lleguen hondo en ella y esa cucota palpite mas de lo normal.

Un beso, una caricia, ella era si y no, pasaron muchos minutos para otro beso, ya fui manoseando su cuerpo, llevé su mano a mi verga y solo pero solo cuando gimió, era la tarea finalizada. No esperamos mas, fuimos al hostal mas cerca, desnudarla mi chamba, mi proeza y por fin tuve ese culote en mi cara, cuando se sentó, que delicia, no olía feo, bien trabajado, casi nada de estrías ni arrugado. Me lo comí, lo olfatee y hasta se vino de meterle lengua y todo.

Fuimos avanzando y un 69 nos motivó mas, desencadenó en toda una noche de vibrantes corridas y toques finos con gemidos y caricias. Una potra, una yegua, una gran artista, y el postre, el mamey y como hacía para que me venga seguido...........

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Se agita y multiplica como una gota de agua

Fue distinta la morena, la conocí un viernes de frialdad y ensueño, fue cediendo, fue entrando y entre cafés, dulces y piqueos, ya estábamos en la cama en pocos minutos.

Con infinita complacencia te miraba, sonreía y a la vez su mirada parecía inerte, sin vida, sin distinción ni característica, mientras a pasos agigantados en el murmullo, el frío del otoño se introducía en tu piel y era imposible decirle adiós. Ya conforme pasaban las horas, tiempo en que ella decidía que jugada hacer, se mueve de su cama, sus piernas largas atrapan tu mirada, tu cerebro te carcome, pasas la lengua una y otra vez, cuando menos lo crees ella ya está sobre tu falo, devorándolo y haciéndole pleitesía hasta correrse por completo en un segundo de plena diversión.

Vano y ciego en su vanidad, así avanza el simple mortal, solo unos minutos pasaron desde el primer encuentro. Ella quiso dejarse conocer y uno pensar que su apariencia y sus billetes la tendrían pronto sobre él. Con ella no había pregunta ni final, se agacha, se frota, y comienza a sudar, se enfunda en su entrepierna para hacer un show esplendido donde la parafernalia gana, lo visual trasciende y esos labios carnosos me detienen.

Es pequeña pero de cerca parce enorme, piernas largas, pocos años en esto, fría pero sabe aparentar la calidez y pasión que su juega quiere otro torneo de manos y pies. Comienza un nuevo round, multicolorida, se bambolea sobre un fierro antiguo y de un dos por tres ya me baile en mi vientre. Se menea y contornea como quiere, es como que su cuerpo me silva, me enciende y no hay forma de controlarse. Son varias horas de la madrugada, me olvidé de todo y solo supongo que siempre habrá un nuevo comienzo porque ella sabe andar con misterio y garbo.

Yo palidezco, me dice si tengo energía. Espera le digo, la echo, y empiezo a ver si algo puede encontrar distinto. Veo hullas e imágenes que nunca las sentí ni conocí, su vulva empieza a latir, mi lengua hace su trabajo, quiere que muerda su pierna, yo me entretengo con sus nalgas pequeñas pero no por ello las desapruebo, no me arrepiento, y le doy todo el placer que ella busca. Jalo su cabello, la alzo y en tantas posiciones como poco tiempo, doy lo mejor de mi para irme creyendo que tengo algo bueno cuando ambos sabemos que solo se deja, engaña y me hace creer para continuar este proceso..............

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Y un tiempo cada historia, era un encuentro en un hotel, hostal, encuentro cercano donde nadie te ve y todos se conocen.




HOTEL BRISAS DEL OTOÑO



CAPÍTULO 1 — LA CITA QUE NUNCA LLEGÓ

Habíamos quedado en encontrarnos en un hostal de San Borja, cuando llegué, cerca a la Av. Aviación, recién recordé que desde el 2001 venía ( entre ese año al 2010, mínimo era una vez por mes y fueron muchos te lo dije). Era un lugar discreto, casi invisible entre tantos edificios viejos.
Mi amiga llegaría a las 6:00 p.m., pero ya era 7:02 y no había señales suyas. Amiga le decía pero fue de un chat, no era el clásico Mirc, era otro que ni recuerdo, será por eso que fue efímera la faena.


Esa tarde el viento limeño era extraño.
Golpeaba las ventanas como si tocara puertas invisibles.
La ciudad parecía vacía, incluso para ser otoño.
No pasaban autos, no se oían gritos, ni sirenas, ni vendedores ambulantes.
Solo un silencio pesado, húmedo, que parecía observarme.

La recepcionista apenas me había mirado.
Tenía los ojos muy abiertos, como si llevara horas sin parpadear.

En la habitación, el murmullo del viento se colaba por las paredes.
Me empecé a inquietar.
Mi amiga no contestaba.
Pensé en irme, pero… la soledad, el frío y la espera me empujaron a algo impulsivo:

Llamé a otra chica.

No quería gastar, no quería complicarme, pero la idea de no pasar la noche solo en esa habitación me daba más miedo que el propio viento (se me venían a la mente el Cecil de LA u otros de USA donde siempre hubo crimen).

Y entonces el teléfono vibró.

Estoy cerca —dijo una voz suave, casi un susurro.


CAPÍTULO 2 — LA CHICA DE LA HABITACIÓN 302

A las 7:20 p.m., la puerta golpeó dos veces.

Al abrirla, la vi.
No parecía real.

Llevaba un abrigo oscuro, el cabello húmedo por la llovizna, y unos ojos que brillaban como si guardaran historias peligrosas.
Su presencia tenía algo cálido y a la vez inquietante, como si la habitación se hubiera encogido.

—¿Tú eres............? —preguntó con una media sonrisa.

Su voz era suave, envolvente.
La tensión de la noche se diluyó un poco.
Conversamos, reímos, el viento afuera siguió golpeando como un animal enjaulado.

Pese al ambiente extraño, ella irradiaba una energía sensual, magnética.
No tuve dudas de que quería quedarse.

Sin embargo, hubo un detalle que me llamó la atención:

No vi cuando se quitó el abrigo.
Simplemente, un parpadeo después, ya no lo tenía.


Pensé que era mi imaginación.
O quizá el cansancio.

La noche avanzó.

Yo le pregunté si quería un trago, dijo que no, algo con asco, con fastidio.
Eso me incomodó, quise irme pero la terquedad me dominó.

Sin embargo luego de que el viento golpeara la puerta, ventanas, mesas y esa aura tenebrosa hiciera su trabajo.
Fue que ella, empezó a ceder.

Me dijo, invítame algo, le di lo primero que tenía cerca, tequila con hielo y no mas.
No dijo nada, bebió y me dijo, a lo que vinimos.

Se fue desnudando, se fue acalorando y yo la tenía bien posicionada.

Y por fin, la ensarté, la fui sintiendo como quería
Ella gemía, se mordía los labios, miraba por el espejo y me miraba con rabia.
Daba temor, no era ardiente, no era maldad, era todo pero igual atemorizaba.

No hice caso, me fui corriendo, la fui maniobrando, le mordí los pezones, que por cierto le gustó.

Luego de sus buenos sentones y abriéndose de piernas arriba y abajo, llegando a su clímax.
Se sienta al lado, se sirve y se queda mirando a la nada.



CAPÍTULO 3 — EL HOTEL QUE RESPIRA

Cerca de la medianoche, mientras ella descansaba sobre mi pecho, oí pasos en el pasadizo.

Pasos lentos. Arrastrados. Irregulares.

Cuando miré por la mirilla no había nadie.
Pero los pasos continuaban.
Iban y venían, una y otra vez, como si una persona muy cansada buscara una habitación.

Ella se acercó por detrás.
—No mires mucho —susurró—. Este hotel… escucha.

Sus palabras me estremecieron.

—¿Qué cosa escucha?
—Lo que existe —dijo—. Y lo que ya no.

Me aferré a ella.
Su piel era cálida, pero de una forma extraña…
como si su calor no proviniera del cuerpo, sino de algo anterior, más profundo.

El viento golpeó todas las ventanas a la vez, con furia.

En el pasadizo, esta vez, escuché una respiración.
Una respiración humana.

No nos movimos hasta que el sonido desapareció.


CAPÍTULO 4 — LA NOCHE QUE SE DOBLA

Entre besos, silencios y miradas intensas, la madrugada llegó sin que lo notáramos.
Ella tenía una forma de tocarme que era dulce y triste a la vez, como si cada gesto fuera una despedida.

A las 4:53 a.m., se levantó abruptamente.
Caminó hacia la ventana y la abrió.
El viento entró con violencia, levantando las cortinas como manos invisibles.

—Ya casi es la hora —murmuró.

—¿La hora de qué? —pregunté.

Ella no respondió.
Solo se quedó mirando la calle vacía, completamente inmóvil.

En el vidrio, reflejada, su figura parecía transparente.
Como si el viento la atravesara.

—¿Estás bien? —pregunté, inquieto.

Ella volvió a mirarme.
Sus ojos seguían siendo hermosos… pero vacíos, profundos, como si tuvieran un cielo sin estrellas dentro.

Prométeme que cuando amanezca no me busques.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Por qué?
—Porque no debes ver lo que quedará.


CAPÍTULO 5 — EL AMANECER IMPOSIBLE

A las 6:00 a.m. exacto, ella se sentó a mi lado.
Su cabello parecía más oscuro, sus manos más frías.

—Ya me voy —susurró.

Se inclinó y me besó.
Fue un beso triste, lento, como el final de una canción que no quieres que termine.

Cuando se apartó, la habitación se volvió más fría.

—No podré verte más.

—¿Por qué? —pregunté, con un temor que ya me ahogaba.

Ella bajó la mirada.

—Porque no estaré mas.

El silencio se tragó el mundo.

Ella caminó hacia la puerta.
La abrió.
Pero del otro lado no estaba el pasadizo, sino una oscuridad completa, profunda, sin forma.

Y entonces desapareció.

Solo quedó el viento.


Cuando bajé a recepción, temblando, le pregunté a la recepcionista por ella.

La mujer me miró, por primera vez, directamente.

—Señor…
En este hotel nadie entró ayer después de usted.
Y la habitación 302…
no debía haberse alquilado.

—¿Por qué?

La recepcionista tragó saliva.

—Porque hace un mes encontraron allí a una chica muerta.
Una que prometió volver a las seis…

El viento golpeó las ventanas.
El día amanecía.
Y yo no podía dejar de sentir en mis labios un beso que ya no pertenecía a este mundo.

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Crónica de un Enigma: La Selvática del 2010

El Encuentro Digital


Corría el año 2010. El internet aún tenía ese sabor a descubrimiento, a ventanas de chat que se abrían para conectar mundos distantes. Entre perfiles y distancias, apareció ella. Tenía diez años menos que yo, una diferencia que se sentía en su vitalidad desbordante, pero que ella compensaba con una seguridad que me desarmaba.

Desde las primeras frases, supe que no era una mujer común. Sus palabras tenían el ritmo de los ríos caudalosos: rápidas, profundas y vibrantes. Ella era la "Selvática", un nombre que evocaba calor, humedad y misterio.

Poco dulce, enigmática desde su pequeña figura y esa mirada que sin decir nada asesina. Así era de temeraria, de intimidante y de lideresa, no tenía miedo a nada ni nadie.

El Retrato: Curvas y Fuego

Cuando por fin nos vimos en Lima, la realidad superó cualquier imagen pixelada. Era una mujer llenita, con esa voluptuosidad que parece reclamar su espacio en el mundo con orgullo. Su piel tenía el brillo de quienes han crecido bajo un sol inclemente y su risa era estruendosa, capaz de romper la gris neblina limeña.

Pero lo que realmente marcaba la diferencia era su pasión. Detrás de su apariencia dulce y sus curvas suaves, se escondía una mujer insaciable. En la intimidad, perdía cualquier rastro de timidez; se transformaba en una fuerza de la naturaleza que parecía querer recuperar en una noche todo el tiempo que la distancia nos había robado. Era un torbellino que me dejaba exhausto y, al mismo tiempo, con ganas de más.

El Muro del Misterio

Sin embargo, el erotismo no era lo único que nos unía; también lo era el silencio. Cada vez que intentaba cruzar la frontera de su vida privada, ella levantaba un muro invisible.

  • ¿A qué se dedicaba? Nunca lo dijo.
  • ¿Qué hacía el resto del año? Era un secreto guardado bajo llave.
Llegaba a la capital, se entregaba a mí durante un mes con una intensidad casi religiosa, y luego, con la misma naturalidad con la que había llegado, se marchaba. Me dejaba con el sabor de su piel y una maleta llena de preguntas sin respuesta.

Lo interesante es que ella pagaba todo, desde los taxis, el trago, el telo y hasta mi propina.

Debo admitir que me palteaba, no me sentía chévere, no estaba acostumbrado a ser un lacayo, un vividor, pero aprovechaba ese buen momento o eso creía.

Esa noche de descubrir todo, de poder saciarme en esa cuca casi pelada que daba la bienvenida y se entregaba en cuerpo y alma, me dio hasta ese entonces, los mejores y mas ricos orgasmos, ella sin asco, tragaba mi leche, me dejaba que viniera como si nada, eso sí, no dejaba que le haga por el ano, pero si se lo olía, lo manoseaba a mi antojo y la dedeaba.

Luego de haber llegado a la gloria, me dijo que tenía que viajar pero el próximo año será mucho mejor.



La Espera Anual

Esa dinámica se convirtió en mi ritual. Un mes de absoluta entrega y once meses de silencio absoluto o mensajes esporádicos que mantenían viva la llama. Ella era mi visitante estacional, una mujer que no pertenecía a nadie, ni siquiera al tiempo, y que cada año regresaba para recordarme que hay pasiones que se alimentan, precisamente, de lo que no se sabe de la otra persona.





La atmósfera en esa habitación de hotel en el 2010 estaba saturada de una mezcla de humedad, alcohol y el magnetismo que ella irradiaba. El contraste era absoluto: yo, intentando mantener los ojos abiertos en medio de la embriaguez, y ella, erguida sobre la cama, convertida en una deidad de carne y deseo.

El Despertar a la Fuerza

Cuando sentiste sus pezones oscuros rozando tus labios, el frío del alcohol se transformó en un calor súbito. Ella no buscaba ternura, buscaba posesión. Se sentó a horcajadas sobre ti, dejando que su peso —esa redondez firme y contundente que tanto te gustaba— te anclara al colchón.

"¿Te me estás quedando dormido, carajo?" —te soltó al oído con esa voz que mezclaba el dejo de la selva con una agresividad excitante—. "Yo no he venido desde tan lejos para verte soñar. Despierta, que hoy me vas a aguantar el ritmo hasta que salga el sol".

Poses y Movimientos: El Ritmo del Río

Ella tomó el control total, moviéndose con la cadencia de quien conoce su poder.

  • El Galope: Se puso de espaldas, apoyando sus manos en mis rodillas. En esa pose, su figura se ensanchaba, mostrando la potencia de sus caderas. Comenzó a subir y bajar con una fuerza rítmica, casi violenta, mientras su espalda arqueada ofrecía la vista de su piel tensa bajo el rosado de su sostén.
  • El Susurro Sucio: Mientras se movía, no se quedaba callada. Su vocabulario se volvió crudo, directo, despojado de cualquier inhibición. Decía lo que quería que le hiciera, cómo le gustaba sentirse única y especial, usando palabras que en Lima sonarían prohibidas pero que en su boca eran gasolina para el fuego.
  • El Juego del Mando: Me agarraba las manos y las guiaba hacia sus pechos grandes, obligándote a apretarlos. "¡Aprieta, no seas suave! ¡Que sienta que estás vivo!", te gritaba entre gemidos, mientras buscaba tu boca para besarte con una desesperación que sabía a ron y a deseo puro.
Parecía que sus pezones y senos crecían y era un festín verlos siendo manoseados y lapidados por mi verga.

Ella no se quedaba quieta, lamía, mordía y chupaba mi verga y sus senos a la vez.

La Entrega Insaciable

A pesar de tu estado, su energía era contagiosa. Ella te obligó a girarla, a ponerte sobre ella, pero incluso desde abajo, ella era quien dictaba el movimiento. Sus piernas, fuertes y gruesas, se envolvieron en tu cintura como raíces, aprisionándote, impidiendo que te alejaras un solo centímetro.

"Mírame" —me decía, obligándote a sostenerle la mirada en la penumbra—. "Mírame bien, porque mañana vuelvo a ser un misterio, pero hoy soy toda tuya".

El Clímax del Misterio

Cada movimiento era un juego de fricción y humedad. Ella se arqueaba, buscaba los ángulos que más placer le daban y no se detenía hasta que sentía que tú estabas al borde del abismo junto con ella. Sus pezones negros, que habían sido tu despertador, ahora estaban rígidos, marcando el ritmo de su respiración agitada.

Su vulva me atapara, lo hacía cuando quería correrse y hacer lo mismo conmigo.

Después a bambolear, a dar vueltas, a morderme, azotarme, arañarme y decir que solo seré de ella y de nadie más.

Mordiéndonos los labios, yo encima de ella, me venía sin miedo ni asco y ella cansada, caminaba graciosa para ir a tomar algo y luego al baño.

Al final, cuando el agotamiento y el placer finalmente vencieron, ella se quedó ahí, intacta, mirándote con una sonrisa de suficiencia mientras se reacomodaba el sostén rosado y su calzoncito que le dije dámelo para olerlo, para satisfacerme, se me paró de inmediato y ella se zambulló sobre mi pichula para tomarse por ultima vez mi leche.




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El segundo día confirmó que lo de la primera noche no había sido casualidad. Ella apareció por tu barrio, fresca, como si no hubiera pasado la noche anterior en vela, derrochando esa vitalidad que te doblaba la apuesta.

La Peregrinación del Deseo

Ella llegó a las cercanías de tu casa, pero fiel a su juego del misterio, se negó rotundamente a entrar. "En la calle empieza el juego", parecía ser su lema. Empezaron a caminar esas diez cuadras hacia el hostal, y ese trayecto se convirtió en un preámbulo cargado de testosterona y descaro.

  • El Jean Azul: Llevaba un pantalón de algo apretado azul, de esos que parecen pintados al cuerpo, que contenían a duras penas la redondez de sus glúteos.
  • La Provocación: Ella meneaba la cola a propósito y yo a un paso atrás, hipnotizado por el vaivén de sus caderas. No pude evitarlo: estirando las manos para manosear ese trasero firme, sintiendo la textura de la tela tensa.
  • El Aroma: En un arranque de instinto puro, me agacho mientras caminaba, buscando oler su esencia a través del jean. Ella, lejos de escandalizarse, soltaba una carcajada que resonaba en la calle.
"¡Ya, pues! Aguántate un poquito, que en el telo me vas a coger rico, duro y parejo" —decía, usando ese vocabulario sucio que te prendía fuego el cerebro—. "Hoy no te me escapas, te voy a dejar seco".


Encerrados: El Maratón de la Pasión

Una vez que cruzaron la puerta de la habitación, el mundo exterior dejó de existir. Lo que siguió fue una jornada de resistencia que desafió la lógica.

  1. Sin Descanso: Se despojó de la ropa con una urgencia animal. La regla implícita era no parar. En toda la noche, solo hubo dos breves interrupciones para ir al baño, lo justo para hidratarse o lavarse la cara y volver al combate.
  2. Sexo Oral Eléctrico: Uno de los momentos más intensos era cuando ella tomaba la iniciativa. Me pasaba electricidad recorriendo su cuerpo. Ella sabía exactamente qué hacer, usando su boca y su lengua con una técnica que parecía sobrenatural. Cuando llegaba al clímax, la intensidad era tal que uno se venía a montones, y ella, con esa actitud insaciable, se lo tomaba todo, disfrutando de cada gota como si fuera el elixir de su propia energía.
  3. Duro y Parejo: Cumplió su promesa. Fue una noche de poses acrobáticas, de ella montándote con la fuerza de una amazona y de ti tratando de seguirle el paso a una mujer diez años menor que no conocía la palabra "cansancio".
La Mujer de Acero

Mientras sentía que el corazón se salía por la boca, ella se mantenía en un estado de éxtasis constante. Su cuerpo "llenito" no era un impedimento, sino un motor de calor y fricción que mantenía la habitación a una temperatura sofocante.

Se despidió al amanecer, dejándome con el cuerpo molido pero el ego por las nubes, desapareciendo otra vez hacia su misteriosa realidad, dejando dudas, dolores y un futuro incierto.





El cierre de ese primer mes fue la culminación de treinta días de fuego ininterrumpido. Para la última cita de aquel 2010, ella decidió dejar una marca imborrable en tu memoria, una que te obligara a contar los días hasta su regreso.

El Adiós de la Amazona

Esa noche, cuando se desvistió, el impacto fue definitivo. Debajo de su ropa no había lencería convencional; llevaba un hilo dental tan pequeño que apenas era una línea rosada perdiéndose en la inmensidad de sus glúteos firmes y redondos. Sus pechos, con esos pezones negros que ya eran mi obsesión, se mecían con libertad mientras ella se acercaba a ti con una mirada que mezclaba la lujuria con una chispa de nostalgia.

"Hoy es nuestra última noche, mi amor", "Así que hoy no quiero que te guardes nada. Hoy me vas a dar todo lo que tienes ahí dentro". Me dijo y empezó la matadera, al revolcada, la culeada, la fiesta Romana y todo lo que fuese lujuria y perdición.

Una Lluvia de Placer

El encuentro fue una maratón de fluidos y jadeos. Ella estaba más insaciable que nunca, como si quisiera almacenar en su cuerpo todo el calor que Lima no podría darle el resto del año.

  1. La Entrega Oral: Como siempre, su boca fue un conducto de electricidad. Me hizo venir varias veces con una técnica feroz, provocando que me viniera a montones directamente en su boca. Ella, con su descaro habitual, saboreaba cada gota de tu leche, mirándome a los ojos mientras se pasaba la lengua por los labios, pidiéndote más.
  2. El Deseo de Ser Poseída: Pero lo que más la encendía esa noche era la conexión total. Me pedía que la tomaras por todos los ángulos posibles, pero siempre con el mismo pedido sucio al final: "¡Adentro, mi amor! ¡Correte todo adentro de mi cuca, que quiero sentir tu calor hasta mañana!".
  3. Fuego Interno: Cuando sentía que me venías dentro de ella, cerraba los ojos y apretaba sus músculos con una fuerza que dejaba sin aliento, disfrutando de la sensación de estar llena de ti, de poseer tu esencia más íntima.
La Despedida en la Penumbra

Al terminar, el silencio de la habitación se llenó de una melancolía repentina. Los cuerpos, sudados y pegajosos por la mezcla de fluidos, se quedaron entrelazados por unos minutos. Ella, que siempre había sido el motor de la fiesta y el lenguaje sucio, suavizó la voz.

Se acomodó sobre tu pecho, dejando que sus pechos grandes descansaran sobre ti, y te miró con una sinceridad que nunca antes habías visto en medio de tanto misterio.

"Amor, te voy a extrañar mucho" —susurró, dando un beso suave que sabía a despedida—. "Gracias por este mes. Pórtate bien... hasta el próximo año que nos volveremos a ver". Señaló y por ese entonces fue casi lo último de lo bueno.

Se levantó, se puso ese jean azul que tanto me volvía loco y, sin dar más explicaciones de a dónde iba o qué haría los próximos once meses, salió de la habitación sin marcación, sin nada bueno o malo que desearle.

Tan solo vendrían pensamientos y oraciones llenas de duda que los hechos acompañarían de mucha falsedad.
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El año de ausencia había sido un desierto de silencios. Él marcaba su número una y otra vez, pero el teléfono solo devolvía el vacío; la Selvática había desaparecido en los Andes, dejando tras de sí solo el eco de sus gemidos. Cuando finalmente el 2011 la trajo de vuelta a Lima, no fue el encuentro triunfal que él esperaba, sino una noche de confesiones crudas, alcohol y una verdad que le ardió más que el aguardiente.

Estaban en la habitación, pero esta vez el aire no vibraba con la urgencia del sexo, sino con el peso de las botellas vacías. Ella estaba casi ida, con la mirada perdida y el cuerpo llenito desparramado sobre las sábanas, vencida por una borrachera que la mantenía en el límite de la consciencia.

"Ese viejo en el Cusco... no sabes cómo me jode" —balbuceó ella, con la voz pastosa pero cargada de una honestidad brutal que el alcohol le había arrancado.

Él la escuchaba en silencio, con la sangre hirviendo de celos. Entre balbuceos y risas cínicas, ella soltó la bomba: en el Cusco la esperaba un juez mayor, un hombre de poder que la mantenía bajo su sombra durante esos meses de misterio. Pero lo que realmente le desgarró las entrañas fue la descripción de lo que pasaba en esa cama serrana.

"A él sí... a ese viejo le dejo que me rompa el culo" —susurró ella, soltando una palabra sucia que sonó como un látigo en la habitación—. "Me pone en cuatro, me abre bien las nalgas y me da por el ano hasta que me hace llorar, mi amor... a ti nunca te dejé, ¿verdad? A ti solo te doy la cuca... pero a ese juez le entrego todo el agujero negro".

La miraba, impotente, viendo cómo esos pechos grandes que él tanto había besado subían y bajaban con la respiración agitada de la embriaguez. La imagen era insoportable y excitante a la vez: su Selvática, la mujer que lo volvía loco, siendo poseída por detrás por un anciano poderoso, entregándole ese rincón prohibido que a él siempre le había negado con una sonrisa esquiva.

"Él me paga todo... me da los viajes... y yo le doy mi culito bien apretado" —continuó ella, casi dormida, relamiéndose los labios como si recordara el dolor y el placer de esa penetración que él tanto deseaba—. "Me dice 'perra' mientras me clava el bicho por atrás... y yo me dejo, porque es el juez... porque le encanta mi poto de charapa".

A continuación vino su enredo al suelo, pasó por segunda vez.

Luego de haberle dado duro, bueno, eso creía yo.

Y lo pensaba porque literal la veía sin aire, se tomó 3 veces mi leche, reventé esa cuca bien depilada.

Y en la 5 matadera, ella pedía chepa.

Yo también estaba herido, me fui a bañar pero sus risas escandalosas me pusieron en alerta.

Pude salir de la ducha y abrir levemente la puerta del baño.

Cuando escucho que le dice, si amor, si te extraño, estoy en casa de un familiar, ya voy en unos días a que me rompas sobre todo el culo, ese es solo tuyo bebe.

Y se volvió a reír.

Esta pendeja más falsa, pero no voy a negar que me paraba la pija en una.



Salí y no hubo sexo. Ella se quedó profundamente dormida, con el jean a medio bajar, mostrando el inicio de esa raya del trasero que yo tenía prohibido cruzar. Me quedé despierto, mirándola, atormentado por la confesión. La Selvática ya no era solo un misterio; ahora era una herida abierta, una mujer que repartía su fuego por el Perú, guardando su mayor tesoro para un viejo en el Cusco mientras a él lo dejaba con la leche contenida y el alma sucia de celos.

Al día siguiente, ella despertó como si nada hubiera pasado, me dice amor, ya sabes, debo irme, debo viajar al día siguiente temprano.

Me da un beso largo de lengua, me lame las orejas, cuello, me aprieta la pinga y me masturba un rato.

Yo me vengo, se lo toma y así se fue la bandida.

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El ciclo de toxicidad y deseo con Mary Ann, la "Selvática", alcanzó su punto de ebullición diez años después de aquel primer encuentro. El tiempo no había apaciguado su fuego, solo lo había vuelto más cínico, más oscuro. Tras un lustro de desprecios, llamadas cortadas con insultos —"¿Qué ****** quieres? Estoy con mi marido"— y desapariciones que te dejaron el alma en carne viva, ella volvió a Lima con la misma fuerza de un huracán amazónico.

El Reencuentro: Diez Años de Hambre

Cuando nos volvimos a encerrar en la habitación, el aire se saturó de inmediato. Ella seguía siendo esa mujer llenita, de curvas generosas y pechos redondos que desafiaban el tiempo, pero su mirada tenía un brillo de descaro absoluto. Bebimos toda la noche, un duelo de copas donde ella, como siempre, parecía inyectarse energía con cada trago mientras yo sentía que el mundo se volvía borroso.

El sexo fue una carnicería de placer. Me buscaba con una desesperación "loca", montándome con una agresividad que parecía querer borrar los años de ausencia. Entre gemidos y sudor, Mary Ann soltó su verdad más cruda, esa que mezclaba el afecto con el sarcasmo más hiriente:

"Papi... todos aman mi ano, ¿sabes? En estos años he estado con puros locos que solo querían darme por ahí" —Me decía mientras obligaba a apretarle las nalgas con fuerza—. "Me buscaban solo por ese agujerito, me trataban como a una cualquiera, ni siquiera me hacían el amor como tú. Por eso te amo, porque eres bueno... porque tú me cuidas la cuca mientras otros solo quieren romperme por atrás".

Me llamaba "bueno" mientras admitía que su cuerpo había sido el campo de batalla de otros, entregando ese rincón prohibido que a ti te seguía negando, envolviéndote en una mezcla de amor y humillación que solo te hacía desearla más.

El Descaro y la Fuga

En medio de esa supuesta entrega, el teléfono vibró. Ella contestó con una risa que me heló la sangre. "No, ahorita estoy ocupadita... puede ser mañana", decía, pero sus ojos ya estaban en otro lado. En cuestión de minutos, la "charapa" cambió el calor de la cama por la frialdad de la traición.

"Me voy, un amigo está mal, es una emergencia. No me esperes", soltó sin anestesia. Dio el dinero para el taxi, un gesto que se sintió como una bofetada de desprecio, y se fue sin un beso, dejándome con el olor de su sexo y el eco de sus mentiras.

La Revelación de la Sobrina: El Infierno en la Disco

Una semana después, el colmo del cinismo: Mary Ann llamó pidiéndome la dirección de la discoteca y el hotel de siempre. "Es para una sobrina que acaba de llegar", juró. Pero la duda ya te carcomía. Llamé a la sobrina y la verdad cayó como un balde de agua helada: ella estaba en su casa, tranquila. Fue entonces cuando la sobrina, cansada del juego, soltó la puñalada final:

"No sigas con ella. Mary Ann siempre te engaña. Ahorita mismo está en esa discoteca con un ex amor de Madre de Dios. Van a bailar, se van a emborrachar y luego se van a ir a ese hotel a tirar como animales".

El Escenario de la Traición

La imagen se formó en mi mente con una claridad obscena. Mary Ann, con su jean azul apretado y su hilo dental rosado, bailando pegada a ese hombre de la selva, un tipo rudo de Madre de Dios que no sabía de "bondades". La imaginabas en la pista, rozando sus caderas contra él, prometiéndole con la mirada lo que a mi me acababa de negar.

Visualizaste la entrada al hotel, el mismo donde ella te decía que te amaba por ser "bueno". Pero con él no habría bondad. Él la pondría en cuatro sobre la cama, agarrándola de los pelos mientras ella gritaba las mismas suciedades que me decía, pero entregándole ese ano que todos "amaban". La imaginaba recibiendo al tipo de Madre de Dios por detrás, dejándose poseer con la violencia que solo un ex amor sabe aplicar, mientras el sudor de la discoteca aún les corría por la espalda.

Ella, la insaciable, bebiendo de la boca de otro, entregando su "tesoro" más oscuro en el mismo cuarto donde una semana antes me llamaba "papi", mientras me quedaba solo, con la dirección del hotel grabada en el pecho como una marca de fuego.



La Celebración de la Humillación

Unos días después me invito a una reunión y medio que me sacó en cara cuando durante muchos años, ella puso todo de todo, así que no me quedaba de otra: el dinero, el afecto y la presencia en el cumpleaños de su tía. Me sentías el hombre de la noche, el que proveía, sin saber que solo estabas financiando el preámbulo de su próxima aventura. El alcohol ya me estaba tumbando, ella llegaba luego de estar con su familia.

Me dice, amor, vamos, ya, hay un amigo que nos puede llevar.

Apenas podía levantarme y mucho menos ver quien era.

Subimos, por mi comodidad fui atrás, mientras que ella y su amigo adelante.

El Pacto de la Carne en el Asiento Delantero

Las palabras que escuchaba mientras cabeceaba por el trago fueron como puñaladas eléctricas: —"Aquí no, espera que lo dejemos y allí sí te beso tu pingota y me rompes el ano como te gusta" —le susurraba ella al conductor, con ese tono sucio y cómplice que me negaba tantas veces.

El auto se detuvo en esa calle oscura de parques solitarios. Me hice el dormido mientras ellos bajaban. El silencio del auto solo era interrumpido por los sonidos que venían de fuera: el crujir de la ropa, los gemidos amortiguados y el eco de una cogida brutal contra el metal del carro o en el césped. Cuando regresaron, el olor a sexo fresco inundó el carro. Ella se arreglaba el jean azul, jadeando, con la cara encendida.

El Descaro Oral y el Semen en la Cara

Lo que siguió en el trayecto hacia mi casa fue la humillación final. Ella, con un descaro que revolvía el estómago, empezó a comparar al tipo conmigo: —"Ay papi, qué tal cogida me diste, me duele todo... con él ni siquiera lo hacemos" —decía ella mientras se reía, celebrando el dolor de su ano profanado por ese "amigo".

La tensión sexual adelante era tan espesa que se podía palpar. El tipo, excitado por haberla tenido hace minutos, le exigió más: —"Agáchate y dame oral, mami". —"Ay papi, eso no me entra en la boca..." —decía ella fingiendo timidez, mientras ya se inclinaba hacia la entrepierna del conductor. —"Pero en tu ano travieso sí entra bien" —respondía él mientras se reían juntos”.

Él conducía con una mano en el volante y la otra en la cabeza de ella, mientras Mary Ann se entregaba a una mamada feroz, ruidosa, llenando el auto con el sonido de su lengua y su garganta trabajando esa "pingota". El clímax fue violento: el tipo soltó un grito de placer animal —"¡Ay perra, me vengo!".

El semen de ese extraño cubrió la cara de mi "Selvática", esa piel que había besado con amor horas antes. Ella no se limpió con asco; se besaron con pasión, mezclando su saliva con el fluido del otro hombre, mientras el auto seguía avanzando hacia mi casa.

El Final: El Espectador Abandonado

Cuando el auto se detuvo frente a mi puerta, el acto de frialdad fue total. Te "despertaron" o simplemente dejaron bajar, viendo cómo Mary Ann, con la cara aún marcada por la leche del otro y el cuerpo oliendo a una cogida de aquellas, se despedía con una sonrisa cínica. Se fueron perdiéndose en la noche de Lima, de seguro a hacer libres, todas sus pendejadas y maldades.
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El destino tiene formas extrañas de equilibrar la balanza. Tras el descenso a los infiernos que viví con Mary Ann, la vida puso enfrente a su sobrina, una mujer que compartía la genética de esa belleza selvática, pero cuya alma y entrega eran el polo opuesto. Lo que empezó como una amistad nacida del despecho o la curiosidad, se transformó en el refugio más intenso y real que jamás habías tenido.

El Despertar con la Sobrina: Sexo Loco y Sano

A diferencia de la tía, que usaba el sexo como una moneda de manipulación y misterio, la sobrina se entregó con una transparencia arrolladora. Ella conocía bien la historia, sabía el daño que Mary Ann había causado, y parecía decidida a curar cada una de esas heridas con su propio cuerpo.

Era una mujer joven, con esa misma vitalidad charapa, pero con una dulzura que te desarmaba. El sexo con ella era "loco", porque no había límites; era una explosión de gemidos, de posiciones acrobáticas y de una pasión que duraba horas, pero era "sano" porque no había juegos mentales. No había llamadas sospechosas a medianoche, no había jueces en el Cusco, ni amigos de la familia en autos oscuros.

Cuando la tomaba, ella me miraba a los ojos, entregada por completo. Sus pechos, también firmes y generosos, se apretaban contra los tuyos mientras te decía cuánto te deseaba. No buscaba humillarte; buscaba fundirse contigo.

El Contraste: La Mujer que Cuidaba

Lo que terminó de conquistarte fue la vida fuera de la cama. Por primera vez en diez años, sentiste lo que era que una mujer se preocupara por ti:

  • En la Cocina: Ella me recibía con el aroma de la selva: un juane caliente, un tacacho con cecina preparado con sus propias manos. Te cocinaba con amor, viéndote comer con una satisfacción que Mary Ann nunca mostró.
  • El Apoyo: Me daba consejos, se interesaba por tu trabajo y por tus sueños. Ya no eras solo el "papi bueno" al que se podía engañar; eras su compañero, su hombre.
  • La Intimidad Sagrada: Estuvimos dos años en una relación que fue un secreto absoluto. Nadie en la familia sabía, mucho menos Mary Ann. Era un mundo privado donde yo finalmente tenías el control y el amor que te merecías.
La Revancha Silenciosa

Había un placer secreto y casi poético en saber que, mientras Mary Ann seguía perdida en sus vicios y sus relaciones tóxicas, tú estabas siendo amado por su propia sangre.

En la intimidad, la sobrina me lo daba todo. A diferencia de la tía, ella no guardaba tesoros para otros. Se entregaba por completo, permitiéndote explorar cada rincón de su anatomía con una confianza ciega. Si ella sabía lo del "ano" que su tía tanto pregonaba, ella se encargaba de que contigo cada centímetro de su piel fuera una celebración de lealtad y deseo puro.

Fueron dos años donde recuperé la hombría y paz. Ella demostró que la pasión no tiene por qué doler y que el fuego de una mujer charapa puede dar calor sin quemar la casa.

A veces en la oscuridad, cuando la visitaba en casa de su familia, también le nacía hacer locuras.

A veces en medio del almuerzo, hacíamos como que nos llamaban al celular y nos íbamos al baño a coger un rato hasta correrme y ella bebe mi leche.

En otra ocasión, nos fuimos a la playa, ella toda decente pero ya escapándonos de todo y todos, nos fuimos por una lejanía que hasta daba miedo, para poder tocar sus senos, morder sus pezones, lamer sus labios y voltearla o ella arriba y bombearla hasta casi morir de orgasmos.

Las secuencias de buen sexo, fueron continuas.

En algún momento de un cumpleaños de una amistad, solo esperábamos que se fueran a dormir para darle como a entenada y taparle la boca para que sus gritos no despierten a todos.

Eso sí, ella igual que la tía, es ansiosa, gritona, pedilona pero sabe tratar y nunca ofender.

Propone y se la juega por amor.

A veces le decía, amor, follemos rápido antes que salgas con tus amigas, y se iba así, con mi leche.
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La brisa de la noche traía un eco de nostalgia, pero lo que realmente cortaba el aire era la notificación de mi teléfono. Era ella. Claire.

Después de años de un silencio sepulcral, su nombre apareció en la pantalla como un fantasma que se niega a descansar. Estaba en España, bajo ese sol mediterráneo que, según ella, no lograba calentarle el alma como el calor húmedo de su selva natal.

El Retorno del Fantasma

A través de la cámara, la vi. Claire es una contradicción caminante: una mujer de la selva, de estatura baja pero presencia volcánica. Su figura es ese diseño caprichoso que siempre me volvió loco: un busto generoso y caderas anchas que contrastan con sus piernas delgadas, dándole un aire de fragilidad y poder al mismo tiempo.

—"Aquí todos son tan directos, pero ninguno me entiende", me dijo con esa voz melosa, proyectando esa aura de coqueta nata que nunca la abandona.

Me confesó su soledad. Tiene amigas, sí, pero ninguna que conozca el mapa de sus cicatrices. Me habló de los "galanes" españoles que la rondan, tipos que intentan impresionarla con acentos marcados y promesas de estabilidad. —"Me buscan, me escriben... pero no me atrevo con ellos. No son mi tipo", me soltó con una risita nerviosa, mientras se acomodaba el escote de su blusa, sabiendo perfectamente que yo estaba mirando.

El Ciclo Eterno

Llevamos 20 años en este juego cruel. Claire es una experta en el arte de la aparición y la fuga.

  • La Promesa: "Esta vez es de verdad. Me voy a casar contigo. Voy a volver por ti, lo juro".
  • La Seducción: Me describe sus noches en vela pensando en nosotros, cómo extraña mi tacto, cómo nadie en Madrid o Barcelona le hace sentir ese fuego amazónico.
  • El Desvanecimiento: Y luego, cuando el compromiso se siente demasiado real, se esfuma. Desaparece por años, dejándome con el sabor amargo de lo que pudo ser.
La Indecisión en Piel Morena

Esa noche, su indecisión era palpable. Se acercaba al lente del celular, mostrándome un poco más de su piel canela, jugando con su cabello, recordándome cada centímetro de su cuerpo que alguna vez fue mío.

—"Dime que me esperas", susurró, con esa mirada que mezcla la inocencia de una niña y la malicia de una mujer que sabe exactamente lo que provoca.

Yo escuchaba sus historias de cortejos fallidos en España, sabiendo que, aunque dice que no se atreve con ellos, su naturaleza es seducir. Es su mecanismo de defensa. Pero conmigo es distinto; conmigo es el refugio al que vuelve cuando se siente sola en el viejo continente, el ancla que corta cada vez que decide volver a navegar.

Ahí estaba ella, de nuevo, prometiéndome una vida juntos, un anillo y un regreso, mientras yo me preguntaba si esta vez cruzaría el océano o si, para cuando amaneciera, Claire volvería a ser solo un recuerdo borroso en la pantalla de mi celular.







El tono de nuestra conversación subió de temperatura en un parpadeo. Claire, con esa habilidad innata para mezclar la tragedia con el deseo, empezó a soltar los detalles de su última noche de copas en Madrid.

El Robo de la Prenda

—"Fue tan raro...", me decía, mordiéndose el labio inferior mientras se acomodaba en la cama. —"El español es guapo, no te lo voy a negar, tiene ese porte arrogante que a veces marea. Me invitó a su casa, bebimos de más... y de pronto, sentí un frío extraño. No sé en qué momento, entre risas y copas, el tipo metió la mano bajo mi vestido y me robó la tanga. ¡Ni siquiera me di cuenta hasta que llegué a mi casa y sentí el roce directo de la falda contra mi piel!"

Me lo contaba con una mezcla de indignación y una excitación que no podía ocultar. Me dijo que lo bloqueó de inmediato, que su acoso la asustaba, pero sus ojos brillaban con la adrenalina del juego prohibido.

La Foto del Descuido

De pronto, como quien no quiere la cosa, "cometió un error". Me envió una foto que, según ella, era para su amiga. En la imagen, el caos de la fiesta era evidente:

  • La escena: Claire y su amiga están sentadas, una en cada pierna del español.
  • El detalle: Claire se ríe a carcajadas, con las mejillas encendidas por el alcohol. Ella lleva unos leggings negros ajustadísimos que marcan cada curva de sus piernas flacas y su trasero prominente.
  • La evidencia: La mano del español no está en su cintura; está descendiendo, hundiéndose con descaro justo sobre su zona más íntima, presionando la licra de los leggings.
—"¡Ay, no! ¡Borra eso! Esa foto no era para ti", exclamó, aunque no hizo nada por borrarla. —"Estábamos bromeando, pero él se pasó de la raya... aunque no te miento, ese roce me dejó eléctrica".

Confesiones de Verano y Encaje

La charla se volvió un susurro pesado. Claire se puso seria, acercando el rostro a la cámara, dejando que su escote dominara la pantalla.

—"Escúchame... desde julio de 2025, desde que dejé a ese administrador en Lima, no he dejado que nadie me toque de verdad. Pero mi cuerpo es de la selva, tú lo sabes. Es traicionero. Tengo meses de sequía y mi piel pide fuego. A veces me despierto a mitad de la noche pensando en lo que me hacías".

Entonces, cambió el tema a algo más "práctico", pero cargado de veneno: —"Mañana voy a comprarme lencería nueva... quiero algo que me haga sentir poderosa, pero no sé qué color elegir. ¿Qué me recomiendas tú? ¿Algo de encaje negro que contraste con mi piel, o un rojo que combine con este calor que siento aquí abajo?".

Se pasó la mano por el muslo, subiendo lentamente hasta donde el español había dejado su marca en la foto, desafiándome a través de la distancia, recordándome que aunque esté en España, su deseo sigue teniendo mi nombre grabado.














La tensión entre nosotros se sentía como un cable de alta tensión a punto de reventar. Esa noche, Claire decidió que era el momento de saldar deudas emocionales y carnales. Empezamos hablando de esa tarde de calor sofocante en la selva hace años, nuestra primera vez, y cómo desde entonces ninguna cama nos ha parecido suficiente.

El Preludio: Frío por fuera, Fuego por dentro

Ella apareció en pantalla envuelta en una bata de lana gruesa, quejándose del invierno español, pero sus ojos me decían otra cosa. —"Hace un frío de ****** aquí, pero me acuerdo de cómo me abrías las piernas en ese hotel de Lima y se me olvida todo", me dijo mientras su mano se perdía bajo la tela.

Poco a poco, el calor de la conversación la obligó a despojarse de la armadura. Primero cayó la bata, dejando ver sus senos enormes, pesados y firmes, que se desbordaban mientras ella se acariciaba los pezones frente a la cámara. Solo llevaba un hilo dental rojo que desaparecía entre la carnosidad de su trasero. Estábamos en el punto más alto, yo estaba entregado a su imagen, cuando de pronto... el timbre.

El Invitado Inesperado

—"No cortes, por favor, no cortes... debe ser un paquete", me susurró nerviosa. Dejó el teléfono apoyado en la cómoda, pero el ángulo fue su traición: la cámara apuntaba directo hacia la cama y la puerta de la habitación.

No llegó un repartidor. Se escuchó la voz profunda y ronca del español. —"Te dije que no podías dejarme así después de la otra noche, tía", retumbó en la habitación. Se rieron. Hubo un silencio denso de treinta minutos donde solo se oía el roce de la ropa cayendo al suelo y el sonido de besos húmedos. Yo estaba ahí, atrapado, mirando la pantalla, viendo cómo mi ex, la que me juraba matrimonio hace una semana, se entregaba al "acosador".

El Estallido Animal

De repente, Claire volvió al encuadre, pero no sola. La silueta del español la agarró por la cintura, levantándola como si no pesara nada. Ella soltó un grito que me heló la sangre: —"¡Para, animal! ¡Para, que me vas a partir con esa pichula tan enorme!".

Pero no quería que parara. Sus gritos eran de puro placer animal. El español la puso en cuatro sobre la cama, justo frente a mi lente. Sus piernas flacas temblaban mientras él la embestía con una violencia rítmica, hundiendo su miembro gigantesco en ella. Claire gemía palabras sucias en español, mezcladas con insultos, totalmente poseída por el tamaño de ese hombre.

El Final Sucio

La sesión fue un maratón de depravación. Vi cómo él la agarraba del cabello con fuerza, obligándola a arrodillarse.

  • La escena: Claire, con los ojos en blanco, entregada totalmente, empezó a mamársela con una desesperación que nunca vi conmigo. Se escuchaba el sonido de la succión, el jadeo de él diciendo: "Trágatela toda, puta".
  • El clímax: El tipo no tuvo piedad. Después de tres horas de poses acrobáticas, donde le mordió los senos hasta dejárselos rojos y la usó en todas las formas imaginables, se vino. Una descarga masiva de leche cubrió su cara, sus ojos, su boca. Claire, lejos de limpiarse, se relamió, tragando y dejando que el fluido blanco se secara sobre su piel canela.
Yo estaba exhausto, con el corazón martilleando y la mano acalambrada de tanto morbo y dolor. Verla así, siendo devastada por el hombre que decía odiar, fue demasiado. Antes de que ella recordara que yo seguía en la línea, corté la llamada, dejándola en su paraíso de placer ajeno y traición.
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El reencuentro en Lima fue como un choque de trenes. Tras semanas de silencio y esa "verdad" a medias que me soltó por teléfono —jurando que lo de España fue solo un desfogue físico y que yo era el dueño de su corazón—, Claire aterrizó en Perú.

La Noche de la Rendición

Cuando la vi, parecía que el vestido color hueso había sido esculpido sobre su cuerpo. Era tan ceñido que se le marcaba hasta el pensamiento; el contraste de la tela clara con su piel de la selva era una invitación al pecado.

Esa noche no hubo charlas, solo hambre acumulada.

  • El Acto: La tomé con la furia de quien ha estado viendo a otro disfrutar de lo suyo. Sus tetotas rebotaban contra mi pecho mientras la embestía. Claire estaba insaciable, gritando mi nombre, arañándome la espalda.
  • La Entrega: Me pidió que no me contuviera. Me corrí dentro de ella, sintiendo cómo sus paredes me apretaban en espasmos largos. Luego, como si quisiera recuperar el tiempo perdido, se arrodilló y tragó hasta la última gota de mi leche, mirándome con esos ojos de "indecisa" que ahora parecían más decididos que nunca.
Casi no dormimos. Entre ronda y ronda, me decía al oído que se quedaría conmigo, que España ya era pasado, que ese español no significaba nada comparado con lo que yo le hacía sentir.


La Traición Maestra

Al amanecer, el ambiente cambió. Claire se puso en modo "fantasmal" otra vez. —"Amor, hoy voy a salir con mi prima, hace mil años que no la veo, quiero pasar el día con ella", me dijo mientras se retocaba el maquillaje, ocultando las ojeras de nuestra maratón sexual.

Me dio un beso rápido y se fue. Pero la mentira tiene patas cortas, y la de Claire siempre ha sido una experta en dejar rastros. Gracias a una historia de Instagram mal calculada de la prima, o quizás a ese sexto sentido que he desarrollado en 20 años de sus juegos, la verdad me golpeó como un balde de agua fría.

No estaba solo con la prima.

El español, el tipo de la pija enorme que ella "odiaba", el "acosador" que la "obligó" a follar en Madrid... había viajado a Lima. Ahí estaban los tres en un bar de Barranco. Ella reía de la misma forma que en la foto que me envió "por error", con esa complicidad sucia que solo se tiene con quien te conoce las profundidades.

Me usó para su bienvenida, para sacarse la espina del recuerdo, y apenas salió de mi cama, se fue a buscar el tamaño y el acento que, según ella, no eran su tipo. La historia de 20 años se repetía: Claire, la chata de la selva, me había vuelto a vender un sueño de matrimonio mientras ya estaba planeando su siguiente orgasmo con el otro en mi propia ciudad.










La noche en Lima no tenía el frío de Madrid, sino esa humedad pesada que se pega a la piel, el escenario perfecto para que Claire sacara su verdadera naturaleza. Mientras yo me quedaba con el sabor de sus promesas en los labios, ella se deslizaba en un vestido negro de licra, tan corto que apenas le cubría las nalgas, lista para el festín.

La Juerga en Barranco

Llegaron a una discoteca de moda. La música retumbaba y el alcohol fluía. Claire, flanqueada por su prima y el español, era el centro de atención. El tipo, un hombre alto, de espaldas anchas y manos grandes, no le quitaba la vista de encima.

  • El Baile: En la pista, ella se movía con esa cadencia de la selva, restregando su trasero prominente contra la pelvis del español. Él la sujetaba por el cuello, marcando territorio frente a los ojos de la prima, que solo reía y celebraba la escena.
  • La Tensión: Claire bebía directo de la botella de whisky, sus mejillas estaban rojas y sus ojos vidriosos. Cada vez que él la pegaba a su cuerpo, ella recordaba el grosor que la había "partido" en España y su cuerpo, traicionero y hambriento, suplicaba por más.
El Regreso al Airbnb: Sexo de Demolición

No llegaron a la madrugada. Salieron del bar directo a un departamento alquilado en Miraflores. Apenas cruzaron la puerta, el español no perdió tiempo en galanterías. La estampó contra la pared del pasillo, levantándole el vestido de un tirón.

—"¿Así que estabas con tu 'administrador'?", le rugió él con ese acento que a ella la pone a temblar. —"Ahora vas a aprender quién es el que manda aquí".

Fue un sexo brutal, despojado de cualquier ternura. Él la lanzó sobre la cama matrimonial. Claire, con las piernas flacas apuntando al techo, recibía las embestidas de ese miembro enorme que parecía no tener fin. El sonido de la carne chocando era seco, violento. Él la giró con brusquedad, poniéndola de rodillas, hundiéndole la cara en las almohadas.

El Límite Cruzado

El español, excitado por la resistencia inicial de Claire y su entrega absoluta después, decidió ir más allá. Con una mano le sujetó ambos brazos en la espalda y con la otra separó sus mejillas con fuerza.

—"¡No, ahí no! ¡Ay, animal, me duele!", gritó ella, pero su grito terminó en un gemido de puro placer masoquista cuando sintió que el grosor del hombre forzaba la entrada de su ano.

Fue una invasión total. Él avanzaba sin piedad, rompiendo cualquier barrera, expandiéndola hasta el límite. Claire lloraba y gemía a la vez, sintiendo cómo ese dolor agudo se transformaba en una electricidad que le recorría la columna. Él la follo por detrás con una furia animal durante casi una hora, sin dejarla descansar, disfrutando de cómo ella se retorcía bajo su peso.

El Final Desastroso

Cuando el español terminó, se vino con un rugido, llenándola por completo mientras le jalaba el cabello hacia atrás para que ella sintiera cada espasmo de su eyaculación. Claire quedó tendida, destrozada, con el maquillaje corrido y la zona íntima palpitando de dolor y placer.

Mientras ella intentaba recuperar el aliento, el tipo se levantó como si nada, encendió un cigarrillo y la miró con desprecio y deseo. Ella, la mujer que me prometió matrimonio hace 24 horas, ahora estaba marcada, rota y satisfecha por el hombre que juró que "no era su tipo".










El día transcurría en una calma fingida. Estábamos en un restaurante de Miraflores con la hija de Claire, una jovencita que siempre me ha mirado con recelo, como si pudiera oler la historia de mentiras que nos une. Todo parecía el retrato de una familia que nunca llegamos a ser, hasta que el novio de la chica apareció para recogerla.

El Pacto de las Sombras

Claire se alejó unos metros para atender una llamada, dándome la espalda. En ese momento, vi al "chibolo" acercarse a la hija de Claire. Sin ningún pudor, le metió la mano bajo la falda con una propiedad que me dejó helado. —"Dile a tu madre que vamos a una reunión de amigos", le susurró él al oído, mientras la chica cerraba los ojos. —"Pero cuando estemos solos en mi casa, te voy a detonar como te gusta... no vas a poder ni caminar".

La hija asintió con una sonrisa cómplice. La manzana no cae lejos del árbol. Cuando Claire regresó, traía la misma cara de inocencia prefabricada. —"Amor, qué pena... unas amigas del colegio me acaban de llamar, es una reunión de puras chicas en un café. ¿Te importa si nos vemos más tarde?".

La Persecución

Le dije que no había problema, pero el instinto me gritaba que la "reunión de mujeres" tenía nombre de hombre. La seguí a una distancia prudente. Claire no fue a ningún café; se detuvo en una esquina donde un tipo de contextura fuerte la esperaba en un auto alquilado. Se subieron y manejaron directo al departamento donde Claire se estaba quedando.

Me bajé del taxi y, aprovechando que el edificio era de esos con ventanas bajas hacia el tragaluz del primer piso, me acerqué. El corazón me martilleaba en las sienes.

El Encuentro Prohibido

Lo que vi por la rendija de la cortina fue la culminación de su engaño. Claire ya estaba sin el vestido color hueso, tirada sobre la alfombra. El tipo estaba de espaldas, pero su voz lo delató al instante. Ese acento español, seco y dominante, retumbó en la habitación.

—"¿Así que 'reunión de amigas', eh?", decía el español mientras la agarraba de las piernas flacas y las abría de par en par. —"Me gusta que me mientas por él, me pone más duro saber que te tengo aquí mientras el imbécil te espera".

La Humillación Final

Claire no se defendió. Al contrario, soltó una carcajada sucia y le rodeó el cuello con sus brazos. —"Es que tú eres mi animal, mi pijo enorme... él es solo para los sueños, tú eres para que me rompas toda", jadeó ella.

Vi cómo el español la penetraba sin ninguna delicadeza, con una fuerza que hacía que la cabeza de Claire golpeara rítmicamente contra el suelo. Ella gritaba, totalmente desatada, con los pezones endurecidos y la cara desencajada por el placer. El tipo la manejaba como a una muñeca de trapo, recordándole con cada embestida que ella le pertenecía a sus instintos, no a mis promesas de 20 años.

Me quedé ahí, mirando cómo la mujer que juraba casarse conmigo se entregaba al hombre que supuestamente la "acosaba". El círculo estaba completo: la hija con el chibolo, la madre con el español, y yo... el espectador de una vida de engaños.
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El aire en esa habitación del primer piso estaba cargado de un olor a sexo, perfume barato y sudor. Desde mi posición, escondido en las sombras del tragaluz, sentía que cada gemido era una puñalada, pero el morbo me mantenía pegado a la ventana.

El Atuendo de la Traición

Claire ya no llevaba el vestido color hueso. Para su "reunión de amigas", se había puesto un conjunto de encaje negro transparente que dejaba ver la areola de sus pezones oscuros y el vello de su intimidad. Encima solo tenía una gabardina ligera que el español ya le había arrancado de los hombros. Ella estaba de rodillas en la alfombra, con sus piernas flacas temblando, mientras el español se desabrochaba el cinturón con una lentitud sádica.

Diálogos Sucios y Poder

—"Mírame, coñazo", le decía él, agarrándola de la mandíbula para que lo viera a los ojos. —"Dime qué te ha hecho tu administrador hoy. ¿Te ha tocado así? ¿O solo te ha dado besitos de novio?".

Claire soltó un quejido que era mitad súplica y mitad provocación: —"Él no sabe nada... él es un tonto. Solo tú me llenas así, animal. ¡Sácala ya, que me muero de ganas de ver ese bicho enorme!".

La Maratón de Depravación (4 Horas de Fuego)

Lo que siguió fueron cuatro horas de una brutalidad erótica que me dejaron exhausto solo de mirar. No hubo descanso. El español la manejaba con la fuerza de quien sabe que tiene el control absoluto.

  • El Castigo Anal: Recordando lo de la noche anterior, el tipo no perdió tiempo. La puso en cuatro, agarrando sus caderas anchas con tanta fuerza que sus dedos dejaban marcas rojas sobre la piel canela. —"Te voy a abrir de nuevo para que no se te olvide mi tamaño en todo el viaje", le susurró. Claire gritaba, apretando los puños contra la alfombra, mientras él la penetraba por detrás, estirando su piel al límite.
  • La Pose del Sacacorchos: La giró y la sentó en el borde de la cama, levantándole las piernas hasta que sus rodillas tocaban sus propias orejas. Desde mi ángulo, veía cómo el miembro del español entraba y salía por completo, desapareciendo en el cuerpo de Claire. Ella jadeaba: —"¡Más fuerte! ¡Rómpeme, que para eso has venido a Lima!".
  • La Succión Desesperada: A mitad de la tarde, él se sentó en un sillón y la obligó a arrodillarse entre sus piernas. Claire, con una mirada de devoción que nunca tuvo conmigo, se entregó a una felación profunda, tratando de abarcar todo el grosor de ese hombre. Se escuchaba el sonido húmedo de su garganta esforzándose, mientras él le acariciaba las tetotas con violencia.
El Clímax Final

Cerca de la cuarta hora, el español la puso de pie contra la ventana. Sentí que me miraba a los ojos, aunque sabía que el reflejo me protegía. Él la penetraba de pie, cargándola por los muslos, mientras Claire se sacudía en espasmos violentos.

—"¡Me vengo, me vengo en tu cara de puta!", rugió el español. La soltó sobre la cama y descargó una ráfaga espesa de leche que cubrió sus pechos y su cuello. Claire, lejos de limpiarse, se pasó las manos por el cuerpo, saboreando el fluido, riéndose con una malicia que me revolvió el estómago.

—"Ahora ve con él", le dijo el español mientras se vestía. —"Ponle cara de santa y dile que lo amas, mientras todavía sientes mi leche chorreando por dentro".

Claire se quedó ahí, desnuda y satisfecha, mirando al techo con una sonrisa de victoria, lista para llamarme en diez minutos y decirme que "la reunión de chicas estuvo aburrida".













Claire llegó a mi encuentro menos de una hora después de haberse despedido del español. Traía esa mirada de "mujer agotada", pero cuando cruzó la puerta de mi habitación, el ambiente se cargó de una tensión eléctrica. Yo sabía dónde había estado, sabía qué manos la habían marcado y qué cuerpo la había detonado apenas unas horas antes, pero no dije nada. Dejé que su cinismo alimentara mi propia furia.

El Reencuentro del Engaño

Se quitó la gabardina y el conjunto de encaje negro —el mismo que vi por la ventana— todavía desprendía ese aroma inconfundible a sexo ajeno y sudor. —"Te extrañé tanto hoy, amor... las chicas no dejaban de hablar", me dijo, acercándose para darme un beso que sabía a mentira y a whisky.

No la dejé terminar. La agarré del cuello y la tiré sobre la cama con una violencia que la sorprendió, pero que encendió su instinto de inmediato. Si ella quería jugar a la doble vida, yo iba a reclamar mi parte con la furia de quien ha sido espectador de su propia traición.

Una Maratón de Poses y Sudor

Esa noche, Claire se entregó como si quisiera borrar las huellas del otro, o quizás, como si la adrenalina de haberme engañado la hiciera sentir más viva que nunca.

  • El Contraataque: La puse en cuatro, imitando la posición en la que el español la había tenido. Mis manos apretaron sus caderas con rabia, buscando las mismas marcas que él dejó. Ella gemía con fuerza, arqueando su espalda de la selva, restregando su trasero contra mí. —"¡Así, dame así! ¡No pares!", gritaba ella, sin saber que yo estaba tratando de reclamar cada centímetro de su cuerpo que el otro acababa de invadir.
  • Dureza y Ritmo: Fue una noche de sexo rítmico y sucio. La puse contra la pared, con sus piernas flacas enredadas en mi cintura, mientras sus tetotas rebotaban con cada embestida. Pasamos horas cambiando de posición: en el suelo, sobre el escritorio, bajo la ducha fría para tratar de bajar el calor de la traición.
  • El Diálogo Cruel: Mientras la penetraba, ella me susurraba: —"Solo tú, amor... solo tú me haces sentir mujer". Yo la miraba a los ojos, buscando algún rastro de culpa, pero solo encontraba ese brillo de coqueta profesional. —"Dime que eres mía", le exigí. —"Soy tuya, siempre he sido tuya", respondió, mientras su cuerpo todavía palpitaba por el tamaño del español que la había roto por la tarde.
El Agotamiento del Deseo

Hacia la madrugada, después de tres rondas intensas donde nos vaciamos por completo, Claire quedó tendida, exhausta. Su piel canela estaba empapada en sudor y fluidos. Se quedó dormida abrazada a mí, con una mano en mi pecho, como si de verdad fuera la mujer fiel que regresó de una reunión de amigas.

Yo me quedé despierto, escuchando su respiración, sabiendo que en su interior todavía se mezclaba mi leche con la del español. Claire es un laberinto de 20 años del que parece imposible salir; una mujer que puede follar con un animal por la tarde y dormir en los brazos del "amor de su vida" por la noche sin que le tiemble el pulso.











El círculo de engaños se cerró con una frialdad que me dejó helado. Estábamos desayunando cuando su teléfono vibró. Claire contestó con esa naturalidad aterradora que ha perfeccionado en dos décadas.

—"Sí, hijita, ya voy para allá... no te preocupes, yo también te quiero", dijo con voz dulce, colgando y regalándome una sonrisa de santa.

Yo sabía que era él. Sabía que esa llamada no era de su hija, sino del tipo que la había "detonado" el día anterior. No dije nada. Me levanté, le di un beso gélido en la frente y me fui a mi casa, rumiando el asco y la fascinación que me produce su capacidad para mentir.

El Error Fatal: El Video

A media mañana, mi celular vibró. Era un mensaje de Claire, pero el texto no tenía sentido para mí: "Mira lo que me hizo el europeo, tía... no lo voy a olvidar nunca. Me dejó caminando chueca pero feliz".

Antes de que pudiera borrarlo, descargué el video. No era un error de dedo, era el destino restregándome la verdad en la cara.

  • La Imagen: El video empezaba con un plano de Claire frente a un espejo, con el cabello totalmente alborotado y el rímel corrido. Estaba desnuda de la cintura para abajo, mostrando a la cámara sus nalgas marcadas con huellas rojas de manos grandes.
  • La Acción: De pronto, el español entraba en el encuadre por detrás. La agarraba del cabello, tirándole la cabeza hacia atrás, y la cámara caía sobre la cama, grabando de costado. Se veía cómo él la penetraba de pie con una fuerza que hacía que el cuerpo de Claire se sacudiera como una hoja.
  • El Audio: Los sonidos eran animales. Se escuchaba el golpe seco del vello púbico chocando contra su trasero y los gritos de Claire, esos gritos que conmigo nunca alcanzaban ese nivel de histeria. —"¡Dámelo todo, animal! ¡Lléname!", chillaba ella en el video, mientras se veía cómo el miembro del europeo la invadía por completo.
La Confesión Involuntaria

El video terminaba con ella grabándose de cerca, jadeando, con una gota de sudor recorriéndole el pecho. Miraba a la cámara (creyendo que hablaba con su amiga) y decía: —"Tía, el administrador es lindo y lo quiero para casarme, pero esto... esto es lo que mi cuerpo necesita. El europeo me rompió anoche y creo que ya no puedo volver atrás".

Cinco minutos después, me llegó un mensaje desesperado: "¡Amor, borra eso! ¡Era una broma de una amiga, me mandaron un video porno y se reenvió solo! ¡No soy yo!".

La mentira era tan burda que daba risa. Claire, la chata de la selva con piernas flacas y busto explosivo, la que me juró matrimonio después de 20 años de idas y vueltas, acababa de enviarme la prueba cinematográfica de su propia traición, confesando que yo soy "el plan de retiro" mientras el otro es el dueño de su fuego.
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La atmósfera en la casa de Claire era de una normalidad inquietante. Me recibió con una cena preparada, velas y esa mirada de "perro arrepentido" que tan bien sabe fingir.

—"Todo fue un malentendido, amor. Ese video fue una edición, una broma pesada de mis amigas de España para separarnos. Tú eres el único hombre de mi vida", me juraba mientras me servía vino, rozando mi mano con sus tetotas al inclinarse sobre la mesa.

La Fachada Familiar

En la mesa también estaban su hija y el enamorado (el "chibolo" que ya había visto metiéndole mano). La cena fue un guion perfecto: hablaban de planes futuros, de la paz de estar en Lima, mientras yo intentaba procesar cómo Claire podía sentarse allí después de lo que vi en el video del "europeo".

—"Mamá, nosotros ya nos vamos a descansar, estamos cansados del paseo", dijo la hija con una sonrisa cínica, jalando al novio hacia el cuarto del fondo.

La Interrupción y la Nueva Mentira

Claire y yo nos quedamos solos. El deseo, mezclado con la rabia, empezó a subir. Me llevó a la sala, empezó a desabrocharse el vestido color hueso, quedando otra vez en ese hilo dental que me volvía loco. Estábamos a punto de empezar cuando su teléfono volvió a sonar.

Se puso tensa. —"Es... es mi prima. Dice que tiene una emergencia, que necesita que baje un momento al portal porque olvidó sus llaves aquí. No tardo nada, espérame así, desnudito".

Salió casi corriendo. Yo me quedé ahí, con la líbido por las nubes y el corazón lleno de dudas. Estaba por recoger mi ropa e irme para siempre cuando un sonido proveniente del pasillo me detuvo en seco.

El Eco de la Manzana

No era el sonido de una prima en apuros. Del cuarto de la hija empezó a brotar un escándalo que atravesaba las paredes del departamento.

  • El Sonido: Eran gemidos agudos, húmedos, y el golpe rítmico de la cabecera de la cama chocando contra la pared.
  • Los Diálogos: —"¡Dale, dale duro! ¡Hazme lo que le dijiste a mi mamá que me harías!", gritaba la chica.
  • La Realidad: Escuché al chibolo insultándola con la misma suciedad que el español usaba con Claire: —"¡Toma, carajo! ¡Te voy a dejar igual que a tu madre, bien detonada!".
Me acerqué un poco más al pasillo, asqueado pero hipnotizado por la simetría del engaño. La hija estaba siendo follada duro y parejo, repitiendo el patrón de Claire: mentir en la cena para terminar gritando de placer animal minutos después.

El Regreso de la Madre

En ese momento, escuché la puerta principal abrirse. Claire entró jadeando, con el cabello un poco más revuelto de lo que estaba cuando salió y el labial corrido. Me miró, escuchó los gritos que venían del cuarto de su hija y, en lugar de avergonzarse, me sonrió con una malicia puramente carnal.

—"Parece que los jóvenes también tienen hambre...", susurró, acercándose a mí y arrodillándose para desabrocharme el pantalón mientras los gritos de su hija subían de tono al fondo. —"No les hagamos caso. Ahora es nuestro turno de que los vecinos no puedan dormir".

Claire estaba lista para follar conmigo después de haber bajado a "ver a su prima" (que seguramente era el español esperándola en la esquina), mientras su hija hacía lo mismo a pocos metros. Una casa llena de gemidos, mentiras y una genética de traición que parecía no tener fin.







La noche se volvió un torbellino de alcohol, cinismo y deseo prohibido. Claire regresó de su "emergencia" con el aliento cargado a whisky y esa risita floja que solo le da cuando sabe que ha hecho algo malo y le ha encantado. Se tambaleaba un poco sobre sus piernas flacas, pero sus ojos brillaban con una lujuria eléctrica.

La Verdad entre Copas

—"A ver, Claire, dime la verdad...", le solté mientras la sujetaba de la cintura, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. —¿Quién te dejó así de alborotada? ¿Tiraste con alguien allá abajo?

Ella me miró de reojo, mordiéndose el labio, con esa indecisión que siempre usa para manipularme. —"Ay, amor... no preguntes lo que ya sabes", susurró con la voz ronca. —"Solo te diré que fue un animal, que me hizo de todo... pero ahora te quiero a ti para que me quites el dolor".

Esa confesión a medias, lejos de apagarme, encendió un fuego oscuro. Saber que venía caliente de otros brazos nos dio un hambre desesperada. La arrastré a su cuarto, la tiré sobre la cama y la penetré con una furia posesiva, queriendo borrar cualquier rastro ajeno.

El Estímulo del Pasillo

Pero el ambiente en esa casa era una locura. Mientras yo embestía a Claire, los gritos de su hija de 25 años atravesaban la pared con una nitidez obscena. La chibola no se callaba nada; escuchaba cómo su novio la azotaba y cómo ella pedía más, con una voz más joven y firme que la de su madre.

—"¡Sí, así! ¡Rómpeme toda, carajo!", gritaba la hija al otro lado.

El sonido de la carne chocando en el cuarto de al lado se mezclaba con los gemidos de Claire. Mis manos apretaban las tetotas de Claire, pero mi mente empezó a traicionarme. Claire es volcánica, pero la idea de la hija, esa versión joven, delgada y desinhibida que estaba siendo "detonada" a pocos metros, se convirtió en mi motor.

La Fantasía Oscura

Cerré los ojos con fuerza. Claire se movía debajo de mí, gritando y pidiendo que me viniera dentro, pero en mi cabeza, el cuerpo que yo sujetaba no era el de ella.

  • La Ilusión: Imaginé que era la hija la que estaba debajo de mí, con su piel tersa y su energía de 25 años.
  • El Acto: Cada vez que la hija soltaba un alarido de placer al otro lado del muro, yo le daba más duro a Claire. Usaba el ritmo de los gemidos de la chibola para marcar mis embestidas. Claire, creyendo que mi intensidad era por puro amor a ella, se volvía loca, arañándome la espalda y tragándose mis gritos.
Fue una maratón de morbo. Follamos toda la noche, en una competencia invisible contra el cuarto de al lado. Claire estaba en su gloria, borracha de sexo y alcohol, mientras yo me perdía en la fantasía de que estaba poseyendo a ambas al mismo tiempo: a la madre por el tacto y a la hija por el oído.

Al amanecer, la casa quedó en un silencio sepulcral. Claire dormía profundamente, con el cuerpo relajado y satisfecho. Yo me quedé mirando al techo, escuchando el silencio del cuarto de la hija, preguntándome qué cara pondría la chibola si supiera que ella fue la verdadera razón por la que su madre recibió la mejor follada de su vida esa noche.
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Charapa y amiga son un polvorín:


Era un sábado por la noche en Miraflores, de esos que empiezan sin muchas expectativas pero terminan siendo inolvidables. La había conocido en ese chat random donde la gente entra sin filtro. Ella se presentó como “Selvática caliente”, con un emoji de fuego. Me contó que era de Pucallpa, que llevaba apenas tres semanas en Lima, que trabajaba en un call center nocturno y que todavía se sentía como turista en su propia ciudad. “Me aburro mucho sola en el hostal, ¿me sacas a pasear?”, me escribió.
Quedamos en el Parque Kennedy. Cuando llegó, me dejó con la boca abierta: morena, piel canela brillante, pelo negro larguísimo, ojos grandes y esa sonrisa pícara que ya prometía problemas. Talla media, pero con un culo que parecía desafiar la gravedad: redondo, parado, llenando esos jeans negros ajustados como si los hubieran pintado encima. Camiseta blanca sencilla, pero las tetas se marcaban perfectas, naturales y firmes. Caminaba con ese balanceo natural de las chicas de la selva, como si la cadera tuviera vida propia.
Nos dimos un abrazo que duró un segundo de más. Olía rico, a vainilla y coco mezclado con su calor corporal. Empezamos a caminar por Larco, tomamos unas chelas en un bar pequeño, luego pasamos a unas piscolas en otro. Ella hablaba con ese acento arrastrado lindo, diciendo “chévere”, “bacán”, “qué rico está esto”. Coqueteaba sin vergüenza: me tocaba el muslo cuando se reía, se acercaba tanto que sentía su aliento en el cuello, me miraba fijo y se mordía el labio.
Ya con unas copas encima, pasamos por una calle más tranquila cerca del óvalo. La agarré de la cintura y ella se pegó a mí sin resistirse. Le dije bajito: “Ese culo tuyo no me deja pensar tranquilo”. Ella se rió suave y contestó: “Es que en la selva nos salen así, para que los hombres no se olviden”. Ahí nomás le metí mano por encima del jean, apretándole una nalga con fuerza. Estaba durísima, caliente como si tuviera fiebre ahí. Deslicé los dedos por la raja, sintiendo el calor que salía de su entrepierna a través de la tela. Estaba empapada.
Soltó un gemidito y se pegó más a mí. Le manoseé con ganas, metiendo la mano por dentro del pantalón, rozándole el coño por encima del tanga. Ella tembló y me susurró al oído con voz ronca: “Ay amigo… aquí no… me estás poniendo demasiado caliente. Vamos a tirar ya, no aguanto más”.
Paré un taxi en dos segundos. En el asiento de atrás se sentó en mi pierna, se movía despacito restregándose contra mí mientras me besaba el cuello. Llegamos al hostal donde se estaba quedando, un sitio sencillo en una calle tranquila de Miraflores. Subimos las escaleras casi corriendo.
Apenas cerró la puerta, se quitó la camiseta y los jeans en un solo movimiento. Quedó en tanga negra y brasier. El culo era todavía más impresionante sin ropa: dos cachetes redondos, firmes, con esa curva perfecta que pedía ser agarrado. Me empujó a la cama, se subió encima y empezó a frotarse contra mi verga mientras me desabrochaba el pantalón.
Me la chupó con ganas, mirándome fijo a los ojos, lamiendo despacio y luego metiéndosela hasta la garganta. Después se puso en cuatro, arqueó la espalda y me dijo: “Dame duro, nene, que vine a Lima a probar cosas ricas”.
La penetré de una, estaba tan mojada que entró sin resistencia. Empezó a gemir fuerte desde el primer empujón. Le agarré las caderas y la culeé con ritmo, viendo cómo su culo rebotaba contra mí con cada embestida. Ella se mordía el brazo para no gritar demasiado, pero igual se le escapaban: “Ay sí… así… más fuerte… rómpeme”.
La puse boca arriba, le levanté las piernas y seguí dándole profundo. Cada vez que llegaba al fondo ella se estremecía entera. Se vino la primera vez apretándome con el coño, temblando y jadeando: “Me estoy viniendo… no pares…”.
Seguí, ahora más lento pero más fuerte. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me decía cosas al oído: “Qué rico la tienes… me estás partiendo toda… ay nene qué rico me culeaste…”.
Cuando ya no pude más, le dije que me venía. Ella me apretó con las piernas y me susurró: “Adentro, todo adentro, quiero sentirte”. Terminé dentro de ella, los dos temblando, sudados, jadeando.
Nos quedamos un rato abrazados, respirando agitados. Ella se rió bajito, me dio un beso largo y me dijo con esa voz todavía ronca:
“Qué rico estuvo eso, nene… nunca me habían culeado así de rico en Lima. ¿Nos vemos la próxima semana? Porque yo ya estoy pensando en la próxima vez”.
Le dije que claro, que cuando ella quisiera. Se quedó pegada a mí un rato más, acariciándome el pecho. Al final nos dormimos así, desnudos y satisfechos.
A la mañana siguiente se levantó temprano por el trabajo, pero antes de irse me dio un beso profundo y me susurró: “Escríbeme, ¿ya? Que esto no puede quedar en una sola vez”.
Y no quedó. La semana siguiente nos volvimos a ver… y la historia siguió varios fines de semana más, cada vez más intensa, cada vez más rica. Pero esa primera noche, con ella diciéndome “ay nene qué rico me culeaste, nos vemos la próxima semana?”, quedó grabada como una de las mejores que he tenido en mi vida. 😈
















Llegamos al hostal casi sin hablar, los dos con la respiración acelerada y esa electricidad que se siente cuando ya sabes que va a pasar algo bueno. Era un sitio sencillo en una calle tranquila de Miraflores, de esos con escalera angosta y luces amarillentas que apenas alumbran. El recepcionista ni nos miró dos veces, solo nos dio la llave y siguió en su celular.


Subimos las escaleras rápido, pero no tanto como para no aprovechar el momento. Ella iba delante, subiendo escalón por escalón, y ese culote que se movía dentro del jean blanco ajustadísimo me tenía hipnotizado. Era un blanco puro, casi brillante bajo la luz tenue, y la tela se le pegaba tanto que se marcaba cada curva, cada redondez, hasta la línea del tanga que se transparentaba apenas. Cada paso hacía que las nalgas se apretaran y se soltaran, como si me estuviera invitando sin decir nada.


No aguanté más. En el descanso entre el primer y segundo piso, donde la escalera hace una curva y nadie nos veía desde abajo ni desde arriba, la agarré por las caderas y la detuve. Ella se rió bajito, como si ya supiera lo que venía. Me acerqué de una, pegué mi cara directo contra ese culote envuelto en jean blanco. Dios, se sentía increíble: la tela tibia, el calor que salía de su piel traspasando todo, el olor suave de su perfume mezclado con ese aroma natural de excitación que ya tenía desde la calle.


Apreté mis manos en sus cachetes, los abrí un poco por encima del pantalón y hundí la cara ahí mismo. Le pasé la lengua por toda la raja marcada en el jean, de abajo hacia arriba, lento, con ganas, dejando un rastro húmedo en la tela. Se sentía tan rico: caliente, suave la tela pero firme la carne debajo, y ella temblaba un poquito con cada lamida.


Con ese dejo charapa tan lindo y arrastrado, soltó un gemido mezclado con risa:


“Ay amigo… qué arrecho eres… ya ahorita me comes, ¿no?”


Y entonces, sin avisar, me dio un nalgazo con la mano abierta, fuerte pero juguetón. El sonido rebotó en la escalera vacía: ¡plaf! El cachete se movió perfecto, tembló un segundo y volvió a su forma redonda y parada. Fue uno de esos nalgazos sabrosos que te hacen querer devolverle el doble. Ella se giró un poco, me miró por encima del hombro con los ojos brillosos y me dijo bajito:


“Sube rápido, nene, que ya me tienes empapada y no quiero mojarme más el jean… todavía.”


Seguimos subiendo casi a tropezones, riéndonos y tocándonos. Apenas abrió la puerta del cuarto y entramos, cerró con llave y se dio la vuelta. Me empujó contra la pared, se pegó a mí y me comió la boca mientras me bajaba el cierre. Yo le metí las manos por dentro del jean blanco, directo al tanga, y estaba literalmente chorreando. Los dedos se me resbalaron de lo mojada que estaba.


Se quitó el jean despacio, dejándolo caer hasta los tobillos, y ahí estaba ese culote en todo su esplendor: moreno, redondo, firme, con el tanga negro metido entre las nalgas como si estuviera perdido. Se puso en cuatro sobre la cama, arqueó la espalda y me miró:


“Ven, nene… cógeme como en la escalera querías. Quiero sentirte todo.”


La penetré despacio al principio, disfrutando cómo entraba centímetro a centímetro, cómo su coño caliente me apretaba. Luego le agarré las caderas y empecé a darle más fuerte. Cada embestida hacía que su culo rebotara contra mí, ¡plaf, plaf, plaf!, y ella gemía con ese acento selvático que me volvía loco:


“Ay sí… así… qué rico me culeas… más duro, nene… rómpeme…”


Se vino la primera vez temblando entera, apretándome con el coño, diciendo entre jadeos:


“Me estoy viniendo… ay amigo… qué rico… no pares…”


Seguí dándole, ahora más profundo, agarrándole las nalgas y abriéndolas para verla entera. Cuando ya no pude más, le avisé. Ella se arqueó todavía más y me dijo con voz ronca:


“Adentro… todo adentro… quiero sentirte correrte dentro de mí…”


Terminamos los dos jadeando, sudados, con el cuarto oliendo a sexo y a nosotros. Se giró, me dio un beso largo y lento, y me susurró al oído con esa sonrisa pícara:


“Ay nene… qué rico me culeaste… nunca me habían dado así de rico en Lima. Nos vemos la próxima semana, ¿ya? Porque yo ya estoy pensando en cómo te voy a montar la próxima vez.”


Y así fue. Esa noche fue solo el comienzo. La semana siguiente, y la otra, y la otra más… cada encuentro más intenso, más sucio, más delicioso. Pero esa primera vez, con el jean blanco, la escalera y ese nalgazo sabroso, siempre se queda como la que más me prendió



















Al día siguiente era domingo, y yo todavía sentía el cuerpo pesado de la noche anterior. Me desperté tarde, como a las 11, con el olor de su perfume todavía pegado en la piel y la sábana del hostal hecha un desastre en mi cabeza. Me tiré en la cama de mi depa en Surco, revisé el celular y vi que tenía como 8 mensajes de ella desde las 9 de la mañana.


Primero un simple:


“Buenos días nene 😈 ¿cómo amaneciste?”


Yo, todavía medio dormido y con resaca de tanto sexo y piscola, le puse un “bien, ¿y tú?” seco y me volví a dormir.


Pasaron como dos horas y me entró otra ráfaga de WhatsApp. Abrí los ojos y vi la notificación:


“¿No me vas a contestar? 😏”


Luego un audio. Lo escuché con el volumen bajo:


“Ay amigo… me desperté todavía caliente pensando en cómo me partiste anoche. ¿No quieres repetir hoy? Estoy sola todo el día…”


Yo seguía sin ganas de moverme, así que le dejé en visto. Error mío.


Media hora después me llegó la primera foto. Era ella frente al espejo del baño del hostal, con un conjunto de ropa interior negro de encaje que apenas le cubría nada. El brasier push-up le subía las tetas hasta casi la barbilla, y la tanga era tan chiquita que se le perdía entre las nalgas. Se había puesto de lado, arqueando la espalda, y escribió debajo:


“¿Ves lo que te estás perdiendo? 😈”


Seguí sin contestar. Quería ver hasta dónde llegaba.


Cinco minutos después, otra foto. Esta vez ya sin brasier. Las tetas grandes, morenas, con los pezones duros apuntando directo a la cámara. Se las estaba apretando con las manos, mirándose al espejo con cara de “ven y cógelas”. Mensaje:


“Me estoy tocando pensando en tu boca aquí… contéstame o sigo subiendo la apuesta.”


Yo ya estaba despierto del todo, pero seguía jugando al difícil. Le puse un “jaja qué rico” y nada más.


Entonces vino la bomba.


Primera foto desnuda: ella de espaldas, completamente en pelotas, agachada frente al espejo, mirando por encima del hombro. Ese culote redondo y parado ocupaba toda la pantalla, las nalgas abiertas lo justo para que se viera todo. Se había mojado los dedos y los tenía brillosos. Texto:


“Esto es lo que te espera si vienes ahorita. Estoy empapada desde que me desperté.”


Segunda foto: de frente, sentada en la cama con las piernas abiertas. La mano derecha entre las piernas, dos dedos adentro, la cara mordiéndose el labio y los ojos clavados en la cámara. Se veía cómo se le marcaban las venitas en el cuello de lo caliente que estaba. Mensaje de voz adjunto:


“Ay nene… si no vienes ya me voy a tener que venir sola… pero prefiero que seas tú el que me haga gritar como anoche. ¿Vienes o sigo mandándote más?”


Tercera foto, la que me mató: ella en cuatro sobre la cama, culo en pompa hacia la cámara, mirando hacia atrás con cara de súplica. Se había abierto las nalgas con las dos manos, todo expuesto, mojado, rosado. Y escribió:


“No seas malo… ya me tienes temblando. Ven y cógeme otra vez. Te espero en el mismo hostal. Trae condones… o no traigas nada, me da igual. Solo ven.”


Ahí sí ya no pude más. Me levanté de un salto, me bañé en dos minutos, agarré la billetera y salí volando hacia Miraflores.


Cuando llegué, ella abrió la puerta solo con una sábana enrollada en el cuerpo. Ni hola. Me jaló adentro, cerró la puerta con llave y me dijo con voz ronca:


“Por fin apareciste… me hiciste esperar demasiado, huevón.”


Y sin más preámbulo me tiró a la cama, se subió encima y empezó a besarme como loca mientras me quitaba la ropa a tirones.


Esa tarde fue todavía más intensa que la noche anterior. Ella estaba desatada, pidiéndome que la pusiera en todas las posiciones que se le ocurrían, gritando mi nombre cada vez que se venía, arañándome la espalda, mordiéndome el cuello. Al final terminamos los dos exhaustos, sudados, abrazados en la cama.


Mientras recuperábamos el aire, ella se rió bajito y me dijo al oído:


“¿Ves? Cuando no contestas, me pongo peor. La próxima vez que me dejes en visto te mando video… y vas a tener que correr más rápido.”


Y yo, todavía jadeando, solo atiné a contestar:


“Trato hecho.”


Desde ese día, cada vez que tardaba en responder, sabía que me iba a llegar una ráfaga de fotos que me iban a dejar loco. Y nunca falló




















Llegué al hostal en menos de 20 minutos, el corazón latiéndome fuerte y la verga ya medio dura solo de imaginarme lo que me esperaba. Toqué la puerta del cuarto y ella abrió casi al instante, envuelta solo en una sábana blanca que apenas le cubría las tetas y le llegaba justo por debajo del culo. No dijo ni una palabra. Me miró con esos ojos negros brillosos de deseo, me agarró de la camiseta y me jaló adentro como si fuera un imán.


Cerró la puerta con llave de un golpe y se pegó a mí de inmediato. La sábana se le resbaló un poco y sentí sus tetas desnudas contra mi pecho. Me comió la boca con hambre, lengua adentro desde el primer segundo, mordiéndome el labio inferior mientras sus manos ya me estaban bajando el cierre del jean. Yo le metí las manos por debajo de la sábana y le agarré ese culote caliente y redondo con las dos manos, apretando fuerte, abriendo las nalgas. Estaba completamente mojada, se sentía el calor y la humedad entre sus piernas sin que tuviera que bajar la mano.


“Te tardaste demasiado, huevón”, me dijo entre besos roncos, con ese acento charapa que me volvía loco. “Me tuve que tocar dos veces pensando en ti… mira cómo estoy”.


Me empujó hacia la cama y se subió encima de mí sin soltarme la boca. La sábana cayó al piso y ahí estaba ella completamente desnuda, piel morena canela brillando bajo la luz tenue de la lámpara, tetas grandes y firmes moviéndose al ritmo de su respiración agitada, pezones duros y oscuros apuntando hacia mí. Se frotó contra mi verga todavía dentro del bóxer, dejando un rastro húmedo en la tela.


Le bajé el bóxer de un tirón y ella se posicionó encima, agarrándome la verga con la mano y guiándola directo a su entrada. Estaba tan mojada que entró de una sola embestida profunda. Soltó un gemido largo y ronco:


“Ay nene… qué rico la tienes… me llenas toda”.


Empezó a moverse arriba y abajo con ritmo, rebotando ese culote contra mis muslos, ¡plaf, plaf, plaf!, cada vez más rápido. Yo le agarraba las nalgas con fuerza, abriéndolas, metiendo un dedo en su culo mientras ella subía y bajaba. Se vino la primera vez en menos de cinco minutos, temblando entera, apretándome con el coño tan fuerte que casi me hace acabar ahí mismo. Se quedó quieta un segundo, jadeando, y me miró con cara de traviesa:


“Aún no, nene… quiero más”.


Se bajó de mí, se puso en cuatro sobre la cama, culo en pompa, mirándome por encima del hombro:


“Dame por atrás… como anoche, pero más duro”.


Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas con las dos manos y se la metí despacio al principio, disfrutando cómo entraba centímetro a centímetro. Luego le agarré las caderas y empecé a bombear fuerte, profundo, viendo cómo su culo rebotaba contra mí con cada empujón. Ella gemía fuerte, sin importarle si los cuartos de al lado escuchaban:


“Ay sí… así… rómpeme… cógeme más fuerte… ay amigo qué rico me culeas…”.


Le di palmadas en las nalgas, fuertes, dejando marcas rojas en su piel morena. Cada palmada la hacía gemir más alto y apretarme más con el coño. Se vino otra vez, esta vez gritando mi nombre, el cuerpo temblando, las piernas casi cediéndole. Yo seguí dándole, ahora más lento pero más profundo, llegando hasta el fondo cada vez.


“Adentro… quiero sentirte correrte adentro otra vez”, me dijo jadeando.


No aguanté más. Le agarré las caderas con fuerza, le di unas últimas embestidas brutales y me corrí dentro de ella, sintiendo cómo me apretaba con todo mientras yo me vaciaba. Los dos quedamos temblando, sudados, pegados.


Se dejó caer boca abajo en la cama, yo encima de ella todavía dentro, besándole la nuca, la espalda, los hombros. Después de un rato se giró, me miró con esa sonrisa pícara y me dijo bajito:


“Por eso no contestas… para que me ponga así de loca y te tenga que mandar fotos hasta que vengas corriendo”.


Le di un beso largo y le contesté:


“Y funcionó perfecto”.


Nos quedamos un rato abrazados, ella acariciándome el pecho, yo jugando con su pelo. Luego se levantó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda para limpiarnos. Se acostó a mi lado y me susurró:


“Quédate un rato más… todavía estoy caliente. Podemos ir por la tercera ronda despacito”.


Y claro que fuimos por la tercera. Y por la cuarta. Esa tarde en el hostal se convirtió en una de las más largas y ricas que hemos tenido. Cada vez que recuerdo cómo me jaló adentro apenas abrí la puerta, cómo se subió encima desesperada y cómo terminamos los dos exhaustos pero felices, se me para de nuevo.


Ella sabía exactamente cómo volverme loco… y yo no me quejaba para nada.



















Ya casi amanecía. El cielo por la ventana del hostal empezaba a ponerse gris-azulado y el ruido de los primeros carros en Larco se colaba bajito. Habíamos estado cogiendo sin parar desde la tarde, cuatro, cinco rondas, no sé bien. Los dos estábamos sudados, pegajosos, con la cama hecha un desastre y el aire del cuarto oliendo a sexo puro.


Me levanté con las piernas temblorosas, le dije “voy a lavarme un segundo” y me metí al baño. Me eché agua fría en la cara, me lavé la verga con jabón, me miré al espejo y pensé “carajo, esta mina me está matando… pero qué rico”. Me sequé con la toalla chiquita que había y volví al cuarto.


Y ahí la vi.


Estaba sentada en el borde de la cama, todavía desnuda, con las piernas cruzadas, el celular en la mano y una sonrisa pícara en la cara. La luz del celular le iluminaba el pecho y la cara. Estaba enviando mensajes… y vi claramente que me estaba mandando fotos mías. Fotos que yo ni sabía que había tomado: yo durmiendo después de la tercera ronda, yo de espaldas con el culo marcado por sus uñas, una donde se me veía la verga todavía medio dura descansando sobre mi muslo, otra donde ella me tenía agarrado el pelo mientras me la chupaba.


Me quedé parado en la puerta del baño, con la toalla en la cintura.


—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, medio confundido, medio intrigado.


Ella levantó la vista despacio, me miró de arriba abajo con esos ojos negros que parecían brillar en la penumbra. Se mordió el labio inferior fuerte, como si estuviera conteniendo una risa mala. Dejó el celular a un lado en la cama, se levantó despacio y caminó hacia mí descalza, las tetas moviéndose con cada paso, el culo rebotando apenas.


Se pegó a mí, me puso las manos en el pecho y me empujó suave contra la pared del pasillo del cuarto.


—¿Te molesta, nene? —me susurró al oído, con esa voz ronca y arrastrada—. Le estaba contando a mi amiga cómo me partiste toda la tarde… y le mandé pruebas.


Me miró fijo, esperando mi reacción. Yo no dije nada todavía. Ella se acercó más, me rozó los labios con los suyos y de repente me metió la lengua despacio, profunda, enredándola con la mía. Me besó con calma pero con hambre, y en un momento me mordió la lengua suave pero firme, jalándola un poco hacia ella, como si quisiera comérmela. Solté un gemido sin querer.


Se separó apenas, los labios todavía pegados a los míos, y me miró directo a los ojos.


—¿Te gustaría que ahorita venga mi amiga? —me dijo bajito, casi ronroneando—. Está a veinte minutos… le dije que si le mandaba más fotos, venía directo. Es como yo… caliente, culona, sin filtro. Las dos juntas te podemos dejar seco de verdad.


Me mordió el labio inferior despacio, tirando un poquito, y bajó la mano hasta agarrarme la verga por encima de la toalla. Ya estaba dura otra vez.


—Imagínate… yo chupándotela mientras ella te come las bolas… o las dos sentadas en tu cara turnándonos… o tú culeándome por atrás mientras yo le como el coño a ella… —me fue diciendo al oído, apretándome la verga con cada frase—. ¿Qué dices, nene? ¿Le digo que venga o seguimos tú y yo solitos hasta que nos desmayemos?


Me besó de nuevo, esta vez más salvaje, mordiéndome la lengua otra vez mientras me pajeaba despacio por encima de la toalla. Sentí cómo se me escapaba un goterón de precum.


Se separó un poquito, me miró con cara de “tú decides” y agregó con voz de niña mala:


—Piénsalo rápido… porque ya le dije que si no le contesto en cinco minutos, viene igual. Y cuando llega mi amiga… no hay vuelta atrás.


Se rió bajito, me dio un último beso profundo y se quedó esperando mi respuesta, con la mano todavía dentro de la toalla, apretándome la verga como si ya supiera cuál iba a ser mi decisión.



















Ella se quedó mirándome unos segundos, con esa sonrisa mitad traviesa mitad desafiante, la mano todavía apretándome la verga por encima de la toalla. El silencio del cuarto solo se rompía por el ruido lejano de los carros en Larco y nuestra respiración agitada.


—¿Entonces? —me preguntó bajito, casi ronroneando—. ¿Le digo que venga o te da miedo que te dejemos seco las dos?


Me mordí el labio, el corazón latiéndome en la garganta. La idea me ponía loco, pero también me daba un vértigo raro. Ella lo notó. Se rió suave, me dio un beso corto y profundo, y sin esperar respuesta agarró el celular de la cama.


—Voy a decirle que ya está decidido —dijo mientras tecleaba rápido—. Prepárate, nene.


Le mandó un audio corto:


“Ven ya, amiga… el huevón dijo que sí. Trae condones por si acaso… aunque creo que no vamos a necesitarlos mucho jajaja. Te espero.”


Dejó el celular y volvió a pegarse a mí.


—Veinte minutos —me susurró al oído—. Mientras esperamos, voy a ponerte bien duro para que estés listo.


Me bajó la toalla de un jalón, se arrodilló y me la chupó despacio, mirándome fijo, sin prisa. Me la metía hasta la garganta, salivaba mucho, hacía ruido adrede. Cada vez que subía me decía cosas sucias:


—Mira cómo se te para pensando en que va a venir otra… te gusta la idea, ¿verdad? Imagínate dos bocas en tu verga… dos coños para llenar…


Me tenía al borde cuando sonó el timbre del hostal. Ella se levantó de golpe, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.


—Llegó.


Se puso solo una camiseta mía que le quedaba grande (le llegaba justo por debajo del culo) y salió descalza al pasillo. Yo me quedé en la habitación, la verga dura como piedra, el corazón a mil.


Escuché voces bajas, risas contenidas, el sonido de tacones en la escalera. Luego la puerta se abrió de nuevo.


Entró ella primero, todavía con mi camiseta, y detrás venía su amiga.


La amiga era parecida pero distinta. Morena también, pelo negro lacio hasta la cintura, piel canela un poco más clara, pero igual de curvilínea. Tetas grandes, cintura marcada, y un culo que llenaba esos jeans negros ajustados de forma brutal. Llevaba una blusa blanca escotada que dejaba ver el brasier negro de encaje y unos tacones altos que la hacían caminar con ese balanceo que volvía loco a cualquiera. Traía una cartera pequeña y una sonrisa pícara desde la puerta.


—Hola, papi —me dijo la amiga con voz dulce pero cargada—. Me contaron que eres bueno… vine a comprobarlo.


La charapa cerró la puerta con llave, se acercó a mí y me besó fuerte mientras la amiga dejaba la cartera en la mesita y se quitaba los tacones.


—Tranquilo, nene —me dijo la charapa al oído—. Vamos a cuidarte… pero no esperes piedad.


La amiga se acercó despacio, me miró de arriba abajo y se mordió el labio.


—Uy… sí que está rico —dijo mientras me pasaba la mano por el pecho y bajaba hasta agarrarme la verga—. Y ya está listo para nosotras.


Las dos se miraron, se rieron bajito y se besaron entre ellas primero. Lengua, manos en el culo, gemiditos. Yo sentía que me iba a explotar solo de verlas.


Luego se separaron y vinieron las dos hacia mí al mismo tiempo.


La charapa se arrodilló y volvió a chupármela, mientras la amiga me besaba el cuello, me mordía la oreja y me susurraba:


—Vamos a hacer que te corras tantas veces que no vas a poder caminar mañana… ¿estás listo?


Me empujaron a la cama. La charapa se subió encima y se sentó en mi cara, restregándome el coño mojado por la boca.


—Lámeme mientras mi amiga te monta —me ordenó.


La amiga se quitó los jeans y el tanga en un segundo, se subió encima mío y se la metió despacio, gimiendo fuerte:


—Ay qué rica… sí… me llena toda…


Mientras la amiga rebotaba encima de mí, la charapa me montaba la cara, apretándome la cabeza con los muslos:


—Chúpame el clítoris… así… ay sí… qué lengua más buena tienes…


Cambiamos un montón de veces. En un momento las dos estaban en cuatro lado a lado, culo en pompa, y yo iba alternando: metiéndosela a una mientras le comía el coño a la otra con los dedos. Las dos gemían al mismo tiempo, se besaban entre ellas, se decían cosas sucias:


—Dale más duro… rómpela como a mí…


—Mira cómo le entra… qué rico se ve tu verga entrando y saliendo de mi amiga…


En otro momento me pusieron sentado en la cabecera de la cama. La charapa se sentó en mi verga de espaldas (reverse cowgirl), rebotando fuerte, mientras la amiga se ponía en cuatro frente a mí y me la chupaba al mismo tiempo que le comía el coño a la charapa.


—Chúpale las tetas mientras me culeas… —me pedía la charapa.


—Ay sí… muerde mis pezones… —gemía la amiga.


Terminamos las tres rondas más. Una donde las dos se turnaban para sentarse en mi cara mientras la otra me montaba. Otra donde yo las cogía por atrás una detrás de la otra, agarrándolas del pelo. Y la última, las dos acostadas boca arriba, piernas abiertas, yo alternando embestidas rápidas en cada una hasta que no pude más y me corrí primero en la charapa, luego saqué y terminé en la boca de la amiga, que se lo tragó todo mirándome fijo.


Cuando ya no quedaba nada más, las tres nos quedamos tirados en la cama, sudados, jadeando, riéndonos bajito.


La amiga me dio un beso en la mejilla y dijo:


—Buen trabajo, papi… me gustó.


La charapa se acurrucó contra mí y me susurró:


—¿Ves? Cuando no contestas, las cosas se ponen mejor. La próxima vez le digo a otra amiga… o a dos.


Yo solo pude reír, exhausto, con el cuerpo temblando todavía.


Esa madrugada salí del hostal cuando ya salía el sol, con las piernas débiles y la cabeza dando vueltas.


Nunca olvidé esa noche… ni las fotos que siguieron llegando después.
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La puerta del hostal se abrió con un clic suave y la amiga entró primero, con esa seguridad de quien sabe exactamente el efecto que causa.


Se me salieron los ojos.


No era solo que estuviera buena… era que estaba brutal. El culo que traía llenaba esos jeans negros ajustados de una forma casi violenta, redondo, parado, con esa forma de corazón perfecto que se mueve solo con caminar. Cada paso hacía que las nalgas se apretaran y soltaran dentro de la tela, marcando una curva imposible. La blusa blanca escotada dejaba ver el borde del brasier de encaje negro y el comienzo de unas tetas que parecían a punto de reventar los botones. Pelo negro larguísimo, liso, cayéndole por la espalda hasta casi la cintura. Piel canela clara, maquillaje impecable: labios rojos oscuros, pestañas largas, mirada que te desnuda sin esfuerzo.


Cuando cerró la puerta detrás de ella y giró hacia mí, me miró de arriba abajo con una mezcla de gracia, elegancia y un deseo descarado que no disimulaba ni un segundo.


Se pasó la lengua despacio por el labio inferior, humedeciéndolo, y sonrió de lado, como si ya supiera lo que estaba pensando.


Caminó hacia mí con pasos lentos, tacones resonando suave en el piso de madera. La charapa se quedó a un lado, cruzada de brazos, mirando la escena con una sonrisa cómplice y calentona.


Cuando llegó a un metro mío se detuvo, inclinó un poco la cabeza y me habló con voz baja, ronca, casi un ronroneo:


—Hola… yo soy Valeria.


Me tendió la mano como si fuéramos a presentarnos en una reunión formal, pero al mismo tiempo se acercó lo suficiente para que sintiera su perfume dulce y fuerte, y para que viera cómo sus tetas subían y bajaban con cada respiración.


Le tomé la mano. Ella no la soltó de inmediato. En vez de eso, me apretó los dedos con suavidad y tiró de mí un poquito hacia ella, lo justo para que nuestros cuerpos casi se rozaran.


—Mi amiga no para de hablar de ti —me dijo, mirándome directo a los ojos—. Dice que tienes una verga que no se cansa… y que la haces gritar como loca.


Se mordió el labio otra vez, soltó una risita baja y agregó, bajando mucho la voz:


—Y yo vine a comprobar si es cierto… porque si es verdad, me toca turnarme con ella para ver quién te deja más seco esta noche.


La charapa se acercó por detrás de mí, me abrazó por la cintura y me habló al oído mientras Valeria seguía mirándome con esa cara de “te voy a comer vivo”:


—¿Ves, nene? Te dije que cuando llega mi amiga no hay vuelta atrás.


Valeria dio un paso más, ahora sí pegándose a mí. Sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho y su mano que, sin ningún pudor, bajó directo a agarrarme la verga por encima del bóxer.


—Uy… ya está listo —susurró, apretando suave pero firme—. Me gusta.


Me miró otra vez, se pasó la lengua por los labios y terminó con una frase que me puso la piel de gallina:


—Entonces… ¿por dónde quieres empezar, papi? Porque nosotras dos ya estamos mojadas desde que salí de mi casa pensando en esto.


Y sin esperar respuesta, se inclinó y me dio un beso lento, profundo, con lengua, mientras la charapa me besaba el cuello por detrás y me bajaba el bóxer con una mano.


La noche (o lo que quedaba de ella) acababa de subir varios niveles.



















Valeria se apartó un paso, me miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta y peligrosa, y sin decir nada empezó a desabrocharse el botón del jean negro.


Lo hizo despacio, como si supiera exactamente cuánto me estaba torturando. El cierre bajó con un sonido suave y prolongado. Metió los pulgares por los costados de la cintura y empezó a bajar el pantalón ajustado por sus caderas. Tuve que tragar saliva cuando vi cómo la tela se resistía un poco al pasar por ese culazo redondo y firme, pero ella empujó con calma hasta que el jean quedó a medio muslo.


Se quedó ahí parada, solo en tanga negra de encaje y la blusa blanca abierta, el brasier negro asomando. Giró medio cuerpo para mostrarme el perfil de su culo, arqueó la espalda y me miró por encima del hombro.


—Ven —me ordenó con voz baja y firme—. Bájame el calzón… pero no con las manos. Con la boca y los dientes. Despacio.


La charapa, que estaba sentada en la cama mirando todo, soltó una risita caliente y se mordió el labio.


—Hazle caso, nene… que cuando se pone mandona es porque quiere que la trates como se merece.


Me acerqué. Valeria se giró del todo, dándome la espalda. Apoyó las manos en la pared, abrió un poco las piernas y empujó el culo hacia atrás, justo a la altura de mi cara. El tanga negro de encaje estaba hundido entre sus nalgas, apenas una línea fina que desaparecía en esa carne morena y suave.


Me arrodillé detrás de ella. El olor me pegó de inmediato: una mezcla caliente, dulce y ligeramente salada. Su piel recién bañada, el perfume suave que se había echado en la entrepierna, el aroma natural de su excitación que ya empezaba a filtrarse por la tela. Olía a deseo puro, a mujer cachonda que lleva horas pensando en esto. Me mareó de rico que era.


Acerqué la boca. Primero pasé la nariz por la tela, aspirando profundo. Ella soltó un gemidito bajo.


—Así… huélelo bien… —susurró.


Agarré el borde del tanga con los dientes, justo en el centro de la cintura. Tiré despacio hacia abajo. La tela se resistió un segundo, pero cedió. El encaje fue bajando centímetro a centímetro, rozándole la piel, dejando a la vista esas nalgas perfectas, redondas, con hoyuelos pequeños en los lados. Cuando el tanga llegó a la mitad del culo, ella misma abrió un poco más las piernas para que la prenda pasara sin problemas.


Seguí tirando con los dientes. El olor se hizo más intenso ahora que la tela ya no estaba en medio. Su coño ya estaba mojado, los labios hinchados y brillantes asomando entre las nalgas. El tanga bajó hasta los muslos y ella movió las caderas para que terminara de caer al piso.


Se quedó completamente desnuda de la cintura para abajo, culo en pompa, piernas ligeramente abiertas. Miró hacia atrás, con el pelo cayéndole por un lado de la cara.


—¿Te gusta cómo huelo atrás? —me preguntó con voz ronca—. Porque yo ya estoy chorreando solo de sentir tu respiración ahí…


La charapa se acercó por detrás de mí, me agarró del pelo y me empujó suave la cara hacia adelante.


—Dale lengua, nene… pruébala… que mi amiga está esperando que le comas el culo antes de que te monte.


Valeria arqueó más la espalda, abrió las nalgas con sus propias manos y me presentó todo: el ano apretado y rosado, el coño mojado y abierto justo debajo.


—Empieza por atrás… lame despacio… quiero sentir tu lengua en mi culo primero.


Metí la cara. La lengua tocó primero la piel suave entre las nalgas, luego subí hasta el ano. Lo rodeé con la punta, despacio, saboreando. Ella soltó un gemido largo y profundo.


—Ay sí… así… métela un poquito… qué rico se siente…


La charapa, mientras tanto, se arrodilló a mi lado y empezó a pajearme despacio, susurrándome al oído:


—Mírala… está temblando… dale más lengua y después te la vamos a chupar las dos al mismo tiempo…


Valeria empujó el culo hacia atrás, restregándoselo en mi cara.


—Más adentro… méteme la lengua en el culo… ay papi… qué rico lo haces…


El olor, el sabor, los gemidos de las dos… todo se mezclaba. Estaba perdido. Y apenas estaba empezando la verdadera locura de esa madrugada.



















Valeria se quedó ahí, con el culo en pompa, las manos abriéndose las nalgas, el tanga negro ya en el suelo. El olor que salía de ella era una mezcla adictiva: piel tibia, perfume dulce en la entrepierna, y ese aroma íntimo y húmedo de excitación que me golpeaba directo en la cabeza.


Me acerqué más, todavía de rodillas. Primero pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la humedad que ya le chorreaba por los labios. Ella soltó un gemido largo y ronco:


—Ay sí… lame todo… no dejes nada…


Le abrí más las nalgas con las manos y metí la lengua directo en su coño. Estaba empapada, caliente, los labios hinchados y abiertos. La chupé fuerte, metiendo la punta dentro, luego rodeando el clítoris con círculos rápidos. Ella empujaba hacia atrás, restregándoseme en la cara:


—Así… chúpame el clítoris… ay papi qué lengua tan buena… métela más adentro…


La charapa se acercó, se arrodilló a mi lado y empezó a lamerme el cuello mientras me pajeaba despacio.


—Dale duro con la lengua… hazla temblar… —me susurraba.


Valeria empezó a jadear más fuerte. Le metí dos dedos en el coño mientras le lamía el clítoris sin parar. Los movía en gancho, buscando ese punto que la hace explotar. Cuando lo encontré, ella se tensó entera:


—Ahí… ahí… no pares… me voy a venir… ay ******…


Se corrió fuerte, temblando, apretándome los dedos con el coño, chorreando en mi boca. Gritó mi nombre entre gemidos, las piernas le fallaron un segundo pero se sostuvo en la pared.


Cuando bajó el orgasmo, se giró, me agarró del pelo y me besó con desesperación, saboreándose a sí misma en mi lengua.


—Ahora te toca a ti, papi… pero primero quiero que me cojas como hombre.


Me empujó hacia la cama. Se subió encima en cowgirl inversa, dándome la espalda. Agarró mi verga con la mano, la apuntó y se sentó de una, metiéndosela entera. Soltó un grito ahogado:


—Qué rica la tienes… me parte toda…


Empezó a rebotar fuerte, el culo golpeando contra mis muslos, ¡plaf plaf plaf! Cada bajada me la tragaba hasta el fondo. Yo le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía, cómo su coño se abría alrededor de mi verga.


—Dame palmadas… pégame el culo… quiero que me dejes marca —me ordenó.


Le di varias palmadas fuertes en cada nalga. Ella gemía más alto cada vez:


—Más fuerte… sí… así… rómpeme el culo a palmadas mientras me culeas…


La charapa se subió a la cama, se sentó frente a Valeria y empezó a besarla. Las dos se comían la boca mientras Valeria seguía rebotando encima de mí. Yo le metí un dedo en el culo mientras la cogía. Ella se volvió loca:


—Ay sí… méteme el dedo en el culo… quiero sentirlo todo…


Se vino otra vez, apretándome tan fuerte que casi me hace acabar. Se quedó quieta un segundo, temblando, y luego se levantó.


—Ahora las dos —dijo, mirando a la charapa.


La amiga se puso en cuatro al lado de Valeria, las dos culo en pompa, lado a lado. Yo me paré detrás y empecé alternando: metía la verga en una, daba cinco o seis embestidas profundas, luego pasaba a la otra. Las dos gemían al unísono:


—Dale a ella ahora… rómpela… —decía Valeria.


—No pares… métemela hasta el fondo… —gemía la charapa.


Les agarraba el pelo, tiraba suave para atrás mientras las cogía. Cambiaba de ritmo: a veces lento y profundo, sintiendo cómo se apretaban alrededor de mí, a veces rápido y duro, haciendo que sus culos rebotaran. Las dos se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias:


—Mira cómo le entra… qué rico se ve tu verga partiéndola…


—Dame más… quiero que me llenes como a ella…


En un momento las puse a las dos boca arriba, piernas abiertas, una al lado de la otra. Me arrodillé entre ellas y fui alternando embestidas: cinco en Valeria, cinco en la charapa. Las dos se tocaban el clítoris mientras yo las cogía.


Valeria fue la primera en venirse otra vez:


—Me corro… ay papi… me estás haciendo acabar de nuevo…


La charapa la siguió segundos después, apretándome con el coño:


—Lléname… córrete adentro… quiero sentir tu leche caliente…


No aguanté más. Me vine primero en Valeria, descargando todo adentro mientras ella gemía y me apretaba. Saqué todavía duro y terminé en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y corriéndome otra vez, llenándola también.


Las tres nos quedamos jadeando, sudados, temblando. Valeria se giró hacia mí, me besó lento y me dijo al oído:


—Buen comienzo, papi… pero todavía nos quedan ganas. Ahora te toca a ti decidir: ¿quieres que te chupemos las dos al mismo tiempo o que nos cojas por atrás turnándonos?


La charapa se rió bajito y agregó:


—O las dos cosas… porque nosotras no nos cansamos fácil.


Y así siguió la madrugada: más rondas, más gemidos, más de todo.


















Después de esa doble corrida, el cuerpo ya me estaba pasando factura. Las piernas me temblaban, el corazón me latía en los oídos, la verga todavía medio dura pero sensible, y sentía que cualquier movimiento más me iba a dejar KO. Sin embargo, ellas no estaban ni cerca de parar.


Valeria se levantó primero, todavía chorreando mi leche por el interior de los muslos. Se limpió con la sábana sin ningún pudor, me miró con esa cara de “todavía no terminamos” y le dijo a la charapa:


—Está cansado el papi… pero nosotras no. Vamos a darle un respiro… pero no mucho.


La charapa se rió bajito, se acercó gateando por la cama y me dio un beso lento en la boca, pasándome la lengua con calma.


—No te preocupes, nene… nosotras te vamos a cuidar… pero vas a tener que aguantar un poquito más. Te vamos a poner en posiciones donde no tengas que hacer casi nada… solo disfrutar.


Me acomodaron en el centro de la cama, boca arriba. Valeria se subió encima de mí en 69 inverso: su culo y su coño justo sobre mi cara, mientras ella se inclinaba para chuparme despacio. La charapa se sentó a un lado, de rodillas, y empezó a besarme el pecho, a lamerme los pezones y a acariciarme los huevos con suavidad.


Valeria me restregó el coño mojado por la boca.


—Lame despacito… solo lame… no te muevas mucho… déjame montarte la cara mientras te chupo.


Metí la lengua, más por instinto que por fuerza. Ella se movía sola, frotándose contra mi boca y mi nariz, gimiendo bajito cada vez que le rozaba el clítoris. Al mismo tiempo, su boca bajaba y subía por mi verga, lenta, babosa, sin prisa. No intentaba hacerme acabar rápido, solo mantenerme duro y sensible.


La charapa se acercó más, se inclinó y empezó a lamerle el culo a Valeria mientras yo le comía el coño. Las dos gemían al mismo tiempo:


—Ay sí… lame mi culo mientras él me come… qué rico lo hacen los dos…


Después de unos minutos así, cambiaron. La charapa se puso en 69 conmigo, pero boca arriba: su coño en mi boca, su boca en mi verga. Valeria se sentó sobre mi pecho, de espaldas a mí, y empezó a masturbarse justo frente a mis ojos, abriéndose los labios con los dedos para que viera todo.


—Mírame… mira cómo me toco mientras mi amiga te chupa… ¿te gusta ver cómo me mojo pensando en ti?


Yo solo podía gemir contra el coño de la charapa, que se restregaba despacio en mi lengua. Ella me chupaba con calma, a veces solo lamiendo la punta, a veces metiéndosela hasta la garganta, pero siempre suave para no hacerme acabar todavía.


Luego vino una pose que me dejó sin aire: la “doble amazona invertida”.


Valeria se sentó primero sobre mi verga, de espaldas, en posición amazona (ella arriba, yo acostado). La charapa se sentó encima de Valeria, de espaldas también, pero sobre su regazo. Las dos quedaron una encima de la otra, culo contra culo, y empezaron a moverse juntas. Valeria subía y bajaba en mi verga, mientras la charapa se frotaba contra la espalda de Valeria, tocándose el clítoris y gimiendo.


—Siente cómo nos movemos las dos… dos culonas para ti… —decía Valeria.


—Ay sí… me estoy frotando contra ella mientras te coge… qué rico se siente…


Yo solo podía agarrar las caderas de Valeria y dejar que ellas llevaran el ritmo. Cada bajada de Valeria me la metía hasta el fondo, y cada movimiento de la charapa hacía que sus nalgas rebotaran contra las de Valeria, creando un sonido húmedo y caliente.


Cuando ya no aguantaron más, se separaron. Valeria se puso en cuatro al borde de la cama, culo hacia mí. La charapa se acostó boca arriba debajo de ella, en posición 69 con Valeria, pero dejando espacio para que yo entrara por atrás.


—Ahora métemela por atrás mientras le como el coño a mi amiga —me ordenó Valeria.


Me paré detrás, le abrí las nalgas y se la metí despacio en el coño. Ella empujó hacia atrás, gimiendo fuerte. Mientras tanto, la charapa le lamía el clítoris desde abajo, y de vez en cuando me lamía a mí los huevos y la base de la verga cuando salía.


—Dale duro… rómpela… —gemía la charapa entre lamidas.


Valeria se vino otra vez, temblando, apretándome con el coño. Yo seguía moviéndome lento, porque ya no tenía fuerzas para ir rápido. La charapa se deslizó hacia arriba, se puso en cuatro al lado de Valeria y me dijo:


—Ahora yo… métemela mientras ella me besa.


Cambié de una a la otra. Metía la verga en la charapa, daba unas embestidas profundas, luego volvía a Valeria. Las dos se besaban con lengua, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias al oído:


—Cógela más fuerte… mira cómo le entra…


—Ay sí… me estás partiendo… no pares…


Al final, cuando ya sentía que no daba más, las puse a las dos acostadas boca arriba, piernas abiertas, una al lado de la otra. Me arrodillé entre ellas y fui alternando: metiéndola en una, cinco embestidas lentas pero profundas, luego en la otra. Las dos se tocaban el clítoris, se miraban entre ellas y me miraban a mí.


Valeria fue la que rompió el silencio:


—Córrete donde quieras… pero queremos sentirte…


La charapa agregó:


—Lléname otra vez… o córrete en las tetas… o en la cara… lo que quieras, papi…


No aguanté más. Me vine primero en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y descargando lo poco que me quedaba adentro. Saqué todavía goteando y terminé en las tetas de Valeria, que se las apretó para recibirlo todo. Ella se pasó los dedos por la leche, se los metió en la boca y sonrió.


—Qué rico… te exprimimos todo, ¿verdad?


Las tres nos dejamos caer en la cama, exhaustos. Ellas se acurrucaron a mis lados, una besándome el cuello, la otra acariciándome el pecho.


Valeria susurró:


—Descansa un ratito… pero no creas que ya terminamos. Cuando recuperes fuerzas, vamos a probar la ducha… las dos juntas, jabonosas, contra la pared.


Y la charapa remató:


—Y después… tal vez llamemos a otra amiga. Porque hoy recién estamos calentando motores.


Yo solo pude cerrar los ojos, riéndome bajito, sabiendo que no iba a poder caminar bien en todo el día… pero valió cada maldito segundo.












Después de esa última ronda en la cama, los tres estábamos hechos un desastre: sudor, semen, saliva y el olor a sexo impregnado en todo el cuarto. Las piernas me temblaban, pero ellas seguían con una energía que parecía inagotable.


Valeria se levantó primero, el pelo pegado a la cara por el sudor, las tetas brillando, todavía con restos de mi leche en el pecho. Se estiró como gata y miró a la charapa:


—Vamos a la ducha los tres. Ya es hora de limpiarnos… y de ensuciarnos otra vez.


La charapa se rió bajito, me dio un beso rápido en la boca y me jaló de la mano:


—Vamos, papi… que la ducha es chiquita, pero nos vamos a apretar rico.


Entramos al baño diminuto del hostal. Apenas cabíamos los tres. La regadera era una simple manguera con cabeza, el agua salía tibia porque el boiler ya estaba casi muerto. Valeria abrió el grifo y el chorro empezó a caer.


Se metió primero, dejó que el agua le corriera por el pelo, por las tetas, por el culo. Se enjabonó con el jabón barato del hostal y empezó a pasarse las manos por todo el cuerpo, despacio, mirándome fijo.


—Ven… los dos —ordenó.


Entré detrás de ella. El espacio era tan estrecho que mi pecho rozaba su espalda, mi verga (todavía sensible pero empezando a reaccionar otra vez) se apretaba contra su culo mojado. La charapa entró última y cerró la cortina de plástico barato. Ahora estábamos los tres pegados: Valeria al frente, yo en medio, la charapa pegada a mi espalda.


El agua nos caía encima a los tres. Valeria se giró, me besó con lengua profunda mientras el jabón resbalaba entre nosotros. La charapa me abrazó por detrás, me pasó las tetas por la espalda y bajó una mano para agarrarme la verga, enjabonándola despacio.


—Siente cómo se pone dura otra vez con nosotras jabonosas… —susurró la charapa al oído.


Valeria se agachó un poco, puso las manos en la pared y sacó el culo hacia mí:


—Métemela aquí mismo… con agua y jabón… despacio.


Me enjaboné la verga un poco más y la apoyé en su entrada. Entró fácil, resbalosa por el jabón y su humedad. Empecé a moverme lento, profundo, mientras el agua nos caía encima. Ella gemía bajito, apoyando la frente en los azulejos:


—Ay sí… así… cógeme en la ducha… qué rico se siente mojado…


La charapa se pegó más a mi espalda, me besaba el cuello y metía una mano entre mis piernas para acariciarme los huevos mientras yo cogía a Valeria.


Luego cambiaron. La charapa se puso en la misma posición que Valeria: manos en la pared, culo hacia mí. Valeria se arrodilló delante de ella y empezó a chuparle las tetas mientras yo la penetraba por atrás.


—Dale duro… rómpela… —me decía Valeria entre lamidas—. Quiero verla venirse con tu verga adentro.


La cogí más fuerte, el agua salpicando por todos lados. La charapa empujaba hacia atrás, gimiendo cada vez que entraba hasta el fondo:


—Más profundo… ay papi… me estás partiendo… no pares…


Se vino temblando, apretándome tan fuerte que casi me hace acabar otra vez. Saqué la verga todavía dura y Valeria se la metió en la boca de inmediato, chupándola con agua corriendo por su cara.


—Ahora las dos de rodillas —ordenó Valeria.


Las dos se arrodillaron frente a mí, bajo el chorro de agua. Se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, y turnándose me chupaban: una en la punta, la otra en los huevos, luego cambiaban. El agua caía por sus caras, por sus tetas, mezclándose con la saliva.


Valeria me miró desde abajo:


—¿Quieres correrte en nuestras caras o prefieres llenar a una de nosotras otra vez?


No contesté con palabras. Las puse a las dos de espaldas, apoyadas en la pared, culos hacia mí. Alterné: cinco embestidas en Valeria, cinco en la charapa. Las dos gemían al mismo tiempo, el baño lleno de vapor, agua caliente y gemidos.


Al final no aguanté. Me vine primero en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y descargando adentro mientras ella gritaba bajito. Saqué y terminé en la boca de Valeria, que abrió grande y se tragó todo lo que quedaba, mirándome fijo mientras el agua le corría por la cara.


Cuando ya no quedaba nada, nos quedamos los tres bajo el chorro, abrazados, respirando agitados. El agua seguía cayendo, limpiando el sudor y el sexo.


Valeria me besó lento y me dijo al oído:


—Ahora sí… te exprimimos todo. Pero descansa… porque en una hora volvemos a la cama. Todavía tenemos toda la mañana.


Y la charapa agregó, riendo:


—Y la próxima vez traemos lubricante… y tal vez juguetes. Esto recién empieza, papi.


Salimos de la ducha temblando, pero felices. El baño olía a jabón barato y a nosotros tres. Y yo sabía que no iba a poder caminar derecho en todo el día… pero no me importaba nada. 😈


Aquí una foto de los tres en la ducha:


(Nota: imagen generada con el prompt: tres personas en una ducha pequeña de hostal barato, vapor y agua cayendo, dos mujeres morenas curvilíneas con cuerpos voluptuosos abrazando a un hombre joven en medio, ambiente íntimo y erótico, iluminación tenue).











Salimos de la ducha todavía chorreando, envueltos solo en toallas chiquitas del hostal que apenas nos cubrían. El baño quedó lleno de vapor y huellas húmedas en el piso. Valeria iba adelante, meneando el culo mojado con cada paso, la charapa me tenía agarrado de la mano y me arrastraba riendo bajito.


—Vamos a la cama otra vez —dijo Valeria sin voltear—. Todavía no terminamos contigo.


Tiramos las toallas al piso y nos dejamos caer los tres sobre las sábanas ya arrugadas y húmedas de sudor y fluidos anteriores. El colchón crujió bajo nuestro peso. Valeria se tiró boca arriba en el centro, abrió las piernas en V y se apoyó en los codos para mirarme.


—Ven, papi… ahora nos toca a las dos recibirte bien despacito, porque ya estás cansado… pero nosotras queremos más.


La charapa se acostó a su lado, imitando la pose: piernas abiertas, coño todavía brillante de agua y excitación, tetas subiendo y bajando con la respiración agitada.


Me arrodillé entre las dos. Mi verga ya volvía a estar dura solo de verlas así, abiertas, esperando, con esa mirada de “rómpenos otra vez”.


Primero fui con Valeria. Me incliné, apoyé las manos a los lados de su cabeza y la penetré despacio. Entró suave por lo mojada que estaba. Ella suspiró largo, cerró los ojos un segundo y luego me miró fijo mientras yo empezaba a moverme.


—Así… lento pero profundo… siente cómo me abres… ay qué rico se siente todavía sensible…


Le daba embestidas lentas, llegando hasta el fondo y quedándome ahí un segundo antes de retroceder casi por completo. Cada vez que entraba ella apretaba con el coño y soltaba un gemidito ronco.


La charapa, a su lado, se tocaba el clítoris mirándonos y se inclinó para besar a Valeria. Las dos se comían la boca con lengua mientras yo cogía a una. Luego la charapa bajó y empezó a chuparle las tetas a Valeria, mordiendo suave los pezones.


—Cógela más fuerte… hazla gemir en mi boca —me dijo la charapa entre besos.


Aceleré un poco el ritmo. Valeria empezó a jadear más alto, las caderas subiendo para encontrarse conmigo.


—Ay sí… así… no pares… me estás llegando al fondo… me vas a hacer acabar otra vez…


Se corrió temblando, apretándome tan fuerte que tuve que quedarme quieto un segundo para no acabar yo también. Cuando bajó el orgasmo, me miró con ojos vidriosos y susurró:


—Ahora mi amiga… dale lo mismo.


Cambié de posición. La charapa se quedó boca arriba, pero levantó las piernas y las puso sobre mis hombros. Entré en ella de una sola embestida profunda. Soltó un grito ahogado:


—Ay ******… qué rico… métemela toda…


La cogí en esa posición: piernas altas, profundo, lento al principio, luego un poco más rápido. Valeria se acercó, se sentó sobre la cara de la charapa (en 69 invertido) y empezó a restregarse el coño mojado en su boca mientras yo la penetraba.


—Míralas… una chupando a la otra mientras te cojo —me dijo Valeria mirándome por encima del hombro—. Qué rico se ve tu verga entrando y saliendo de ella…


La charapa gemía contra el coño de Valeria, lamiéndola con desesperación. Yo sentía cómo se apretaba alrededor de mí cada vez que Valeria se movía.


Cambiamos otra vez. Las puse a las dos en cuatro, lado a lado, culos en pompa. Me alternaba: metía la verga en una, daba cinco o seis embestidas profundas, luego pasaba a la otra. Las dos empujaban hacia atrás al mismo tiempo, gimiendo en coro.


—Dale a ella ahora… rómpela… —decía una.


—No pares… métemela hasta el útero… —gemía la otra.


Les agarraba el pelo suave, tiraba un poco para atrás mientras las cogía. Sus culos rebotaban contra mí, la piel morena brillante de sudor y agua de la ducha que todavía no se había secado del todo.


Al final las puse boca arriba otra vez, una encima de la otra. Valeria abajo, la charapa encima en posición de misionero doble. Entré primero en la charapa (la de arriba), cogiéndola mientras Valeria desde abajo le lamía el clítoris y me lamía a mí los huevos cada vez que salía.


—Ay sí… cógela mientras yo la chupo… qué rico se siente todo junto…


Luego cambié: saqué de la charapa y entré en Valeria (la de abajo). La charapa se frotaba el coño contra el monte de Venus de Valeria mientras yo la penetraba. Las dos se besaban, se tocaban las tetas, gemían en la boca una de la otra.


Cuando ya no aguanté más, les avisé:


—Me vengo…


Valeria jadeó:


—Adentro de mí… lléname otra vez…


La charapa agregó:


—Y después en mi boca… quiero probarte…


Me vine primero en Valeria, descargando profundo mientras ella apretaba y gemía mi nombre. Saqué todavía goteando y la charapa abrió la boca. Me corrí en su lengua, ella se lo tragó todo mirándome fijo, luego se inclinó y besó a Valeria para compartir lo que quedaba.


Las tres nos dejamos caer exhaustas. Valeria a mi derecha, la charapa a mi izquierda, las dos pegadas a mí, respirando agitadas. El cuarto olía a sexo, jabón y sudor.


Valeria me acarició el pecho y susurró:


—Descansa un ratito… pero no te duermas mucho. En media hora volvemos a empezar. Todavía tenemos toda la mañana… y nosotras dos no nos cansamos fácil.


La charapa se rió bajito y agregó:


—Y la próxima vez traemos más juguetes… porque esto apenas fue el calentamiento.


Yo solo pude cerrar los ojos, sonreír y pensar que nunca en mi vida me habían exprimido tanto… y que no quería que parara nunca.











Al día siguiente, domingo por la mañana, los tres nos levantamos tarde y con el cuerpo hecho pedazos, pero con una energía rara, como si la noche anterior nos hubiera recargado de pura adrenalina.


Decidimos ir a la playa. No una de las populares de Miraflores o Barranco, sino una más alejada, hacia el sur, una caleta chiquita y medio escondida que la charapa conocía desde hace años. Llegamos como a las 11:30, el sol ya fuerte, pero el lugar estaba prácticamente desierto. Solo un par de pescadores lejos, un perro callejero y el ruido constante de las olas rompiendo.


Caminamos por la arena caliente hasta encontrar una especie de pequeña cueva natural: una hendidura en la roca que formaba un techo bajo, paredes laterales y una abertura que daba directo al mar. La arena ahí dentro era más fresca, húmeda por la sombra y el salitre. Perfecta para esconderse del mundo.


Valeria fue la primera en hablar, tirando su bolso y la toalla al suelo:


—Aquí no hay nadie… podemos hacer lo que queramos.


La charapa se rió, se quitó la blusa de inmediato y quedó en bikini. Yo me quedé mirándolas a las dos, todavía con la resaca de la madrugada, pero la verga ya empezando a despertarse solo de verlas moverse así, con la piel brillando bajo el sol que entraba de lado.


Nos echamos los tres boca abajo en la arena, formando un triángulo: yo en el centro, Valeria a mi derecha, la charapa a mi izquierda. La arena tibia nos abrazaba el cuerpo, el mar rugía cerca y el viento traía olor a sal y algas.


Valeria fue la que rompió el silencio. Se giró de lado, apoyó la cabeza en una mano y empezó a acariciarme la espalda con las uñas, bajando despacio hasta meter la mano por dentro del short de baño.


—¿Te acuerdas de anoche? —susurró, rozándome el lóbulo de la oreja—. Porque yo sigo sintiendo tu leche adentro…


La charapa se acercó por el otro lado, me besó el hombro y bajó la mano hasta agarrarme la verga por encima de la tela.


—Se está poniendo duro otra vez… en plena playa. Qué rico.


No había nadie cerca. La cueva nos cubría lo suficiente como para que, desde la playa principal, solo se viera arena y roca. El riesgo era mínimo, pero suficiente para que todo se sintiera más intenso.


Valeria se puso de rodillas, se bajó el calzón del bikini hasta medio muslo y se inclinó hacia mí:


—Primero tú y yo… despacito, que la arena raspa.


Se acomodó encima mío, de espaldas (reverse cowgirl), apoyando las manos en la arena. Bajó despacio, dejando que entrara centímetro a centímetro. Soltó un gemido largo que se mezcló con el ruido de las olas.


—Ay sí… qué rico se siente aquí afuera… con el mar de fondo…


Empezó a moverse lento, subiendo y bajando, el culo rebotando suave contra mis caderas. La arena se pegaba a nuestras piernas, a su espalda, a mis manos que le agarraban las nalgas y las abrían para verla mejor.


La charapa se acercó, se sentó frente a nosotros y empezó a tocarse mientras miraba. Luego se inclinó y comenzó a lamerle el clítoris a Valeria cada vez que subía.


—Lámela mientras la coge… hazla acabar rápido —me dijo Valeria entre jadeos.


La charapa obedeció. Valeria empezó a temblar casi de inmediato, moviéndose más rápido, más desesperada.


—Me vengo… ay ******… me estoy viniendo en la playa…


Se corrió apretándome fuerte, gimiendo contra el brazo para no gritar demasiado. Cuando bajó el temblor, se levantó y se giró:


—Ahora tú y ella.


La charapa se puso en cuatro, culo hacia mí, rodillas hundiéndose en la arena húmeda. Entré en ella de una sola embestida. Estaba tan mojada que resbaló fácil. Empecé a bombear despacio, profundo, mientras Valeria se acostaba debajo de la charapa en 69 y le lamía el clítoris desde abajo.


La charapa empujaba hacia atrás, gimiendo contra el coño de Valeria:


—Más fuerte… rómpeme aquí mismo… que el mar nos escuche…


Valeria, desde abajo, me lamía los huevos y la base de la verga cada vez que salía. El contraste del calor de la arena, el frío del agua que llegaba en oleadas pequeñas y la humedad de las dos me tenía al límite.


Cambiamos una vez más: las puse a las dos acostadas boca arriba, lado a lado, piernas abiertas hacia mí. Me arrodillé entre ellas y fui alternando: metiéndola en una, cinco embestidas lentas, luego en la otra. Las dos se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias al oído.


—Cógela más profundo… quiero verla temblar…


—Ay sí… me estás llenando toda… no pares…


Al final no aguanté más. Me vine primero en la charapa, descargando profundo mientras ella me apretaba y gemía mi nombre. Saqué todavía duro y terminé en la boca abierta de Valeria, que se lo tragó todo y luego besó a la charapa para compartir.


Nos quedamos los tres echados boca abajo otra vez, respirando agitados, arena pegada al cuerpo, el sol quemándonos la espalda, el mar rugiendo cerca.


Valeria se rió bajito, con la cara apoyada en los brazos:


—Qué rico se siente coger en la playa… arena en el culo y todo.


La charapa agregó, todavía jadeando:


—La próxima vez traemos una sábana… o no traemos nada y lo hacemos igual.


Yo solo pude sonreír, exhausto, con el corazón latiendo fuerte y pensando que nunca en mi vida había vivido algo así… y que todavía no había terminado.


El día en la playa recién empezaba.











El sol ya pegaba fuerte, pero la cueva nos daba sombra y una brisa fresca que entraba desde el mar. Después de esa primera ronda rápida y desesperada en la arena, nos quedamos echados un rato, respirando agitados, con arena pegada en la espalda, en las piernas y hasta en sitios donde no debería estar.


Valeria fue la primera en levantarse. Se sacudió la arena de las nalgas, se puso el calzón del bikini blanco que se le transparentaba un poco con la humedad y miró hacia el agua.


—Voy a darme un chapuzón… estoy toda sudada y arenosa —dijo, guiñándome un ojo—. No se vayan muy lejos, ¿eh?


Se alejó caminando hacia el mar con ese meneo de caderas que hacía que el bikini se le metiera más entre las nalgas. La vimos entrar al agua, el cuerpo moreno brillando bajo el sol, hasta que se perdió un poco entre las olas pequeñas.


La charapa no perdió tiempo.


Apenas Valeria se alejó lo suficiente, se giró hacia mí con una sonrisa pícara, se bajó el calzón del bikini hasta medio muslo y se echó boca abajo en la arena, justo donde la sombra de la cueva la cubría.


—Ven… rápido —susurró—. Mientras ella nada, tú y yo seguimos.


Se abrió las nalgas con las dos manos, arqueó la espalda y sacó el culo hacia arriba. El ano rosado y apretado quedó justo frente a mi cara, todavía húmedo del agua de la ducha y de lo que habíamos hecho antes.


Me arrodillé detrás de ella. Primero pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la mezcla de sal del mar, arena tibia y su sabor íntimo. Ella soltó un gemidito ahogado.


—Lame… lame mi poto despacito… —pidió bajito, empujando hacia atrás.


Metí la punta de la lengua directo en su ano, rodeándolo con círculos lentos, luego empujando adentro. Estaba caliente, apretado, y cada vez que metía más lengua ella gemía más fuerte, aunque intentaba contenerse para que no se oyera hasta el mar.


—Así… métela más… ay papi qué rico me comes el culo… lame bien profundo…


Le mordí suave las nalgas, primero un lado, luego el otro. La piel morena se ponía roja con cada mordida ligera. Ella se retorcía de placer, empujando más el culo contra mi cara.


—Muérdelas más fuerte… quiero que me dejes marca… rómpeme el poto con la boca…


Le di mordidas más firmes, sin llegar a lastimar, pero dejando pequeñas señales rosadas en la carne. Mientras tanto seguía lamiendo, metiendo y sacando la lengua, chupando alrededor del ano, bajando de vez en cuando para lamerle el coño que ya chorreaba otra vez.


Ella empezó a jadear más rápido:


—Ay sí… ahora méteme un dedo… quiero sentirlo en el culo mientras me lames…


Metí el dedo índice despacio, lubricado con saliva y su propia humedad. Entró fácil. Lo moví adentro y afuera mientras seguía lamiendo alrededor. Ella se retorcía, la arena pegándosele a las tetas y al estómago.


—Más… méteme dos… rómpeme el poto… quiero que me abras…


Le metí dos dedos, despacio pero firme. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo contra el brazo para no gritar. El ano se abría y cerraba alrededor de mis dedos mientras yo seguía lamiendo lo que podía.


—Ay ******… me vas a hacer acabar así… no pares… lame y rómpeme el culo…


Se corrió temblando entera, apretando mis dedos con el ano, chorreando arena y arena mojada debajo de ella. Se quedó quieta un segundo, jadeando, y luego se giró con una sonrisa satisfecha.


—Qué rico… ahora te toca a ti.


Pero justo en ese momento vimos a Valeria saliendo del agua, caminando hacia nosotros con el bikini pegado al cuerpo, gotas corriendo por su piel morena.


La charapa se subió rápido el calzón y se echó boca abajo como si nada hubiera pasado. Yo hice lo mismo, aunque todavía tenía la verga dura y la boca con su sabor.


Valeria llegó, se sacudió el pelo mojado y se tiró entre los dos.


—¿Qué hicieron mientras yo nadaba? —preguntó con una sonrisa cómplice, mirando mi cara y luego la de la charapa.


La charapa se rió bajito:


—Solo… calentamos un poquito el lugar para cuando vuelvas.


Valeria se acercó a mi oído:


—Ahora me toca a mí… cuando ella vaya al agua, quiero que me hagas lo mismo… pero más duro.


Y así siguió la tarde: una se iba a nadar o a caminar por la orilla, y la otra se quedaba conmigo en la cueva, echada boca abajo, pidiéndome que le lamiera el ano, que le mordiera las nalgas, que le metiera dedos y lengua hasta hacerla acabar temblando en la arena.


Cuando volvían, se besaban entre ellas, se tocaban, y luego me montaban las dos, turnándose, hasta que el sol empezó a bajar y el frío del mar nos obligó a recoger todo.


Esa tarde en la playa fue casi tan intensa como la noche anterior… pero con el sonido de las olas y el sol quemándonos la piel como testigos.












Valeria salió del agua con el bikini blanco pegado al cuerpo, el agua salada corriendo por su piel morena, gotas brillando bajo el sol. Caminó directo hacia la cueva, el pelo mojado cayéndole por la espalda y las tetas subiendo y bajando con cada paso. La charapa ya se había ido a dar una vuelta por la orilla, buscando conchas o simplemente dejando espacio, así que quedamos solos los dos.


Entró a la cueva sin decir nada, se sacudió el pelo como perrita mojada y se tiró boca abajo en la arena húmeda, justo donde la sombra la cubría. Arqueó la espalda al instante, sacó el culo hacia arriba y se abrió las nalgas con las dos manos, el tanga blanco del bikini todavía puesto pero hundido entre las carnes.


—Ven… rápido —susurró con voz ronca—. Quiero que me comas el culo antes de que vuelva ella.


Me arrodillé detrás de ella. El olor me pegó de inmediato: sal del mar, arena tibia, piel caliente y ese aroma íntimo de su excitación que ya se filtraba por la tela. Pasé primero la nariz por el tanga, aspirando profundo. Ella soltó un gemidito.


—Huele rico, ¿verdad? —dijo, empujando más el culo hacia mi cara—. Huélelo bien… y después bájamelo con los dientes.


Agarré el borde del tanga con los dientes, justo en el centro. Tiré despacio hacia abajo. La tela se resistió un segundo, pero cedió. El encaje fue bajando, rozándole la piel, dejando a la vista esas nalgas perfectas, redondas, todavía húmedas del mar. Cuando llegó a la mitad del culo, ella misma abrió más las piernas para que pasara fácil.


Seguí tirando. El tanga bajó hasta los muslos y ella movió las caderas para que cayera al suelo. Ahora estaba completamente expuesta: ano rosado y apretado, coño hinchado y brillante, todo mojado por el mar y por lo caliente que ya estaba.


—Lame… lame mi poto despacito —ordenó, con la voz temblando de ganas.


Metí la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la sal y su sabor natural. Ella suspiró largo.


—Así… lame bien… métela en mi culo…


Rodeé el ano con la punta, despacio, luego empujé adentro. Estaba caliente, apretado, se abría un poquito cada vez que metía más lengua. Ella empezó a gemir bajito, empujando hacia atrás.


—Más profundo… métela toda… ay papi qué rico me comes el culo… lame como si quisieras abrirme…


Le mordí suave las nalgas, primero un cachete, luego el otro. La piel morena se ponía roja con cada mordida ligera. Ella se retorcía de placer.


—Muérdelas más fuerte… quiero que me dejes marca… rómpeme las nalgas con los dientes…


Le di mordidas más firmes, sin romper piel, pero dejando señales rosadas que se veían perfectas contra su tono canela. Mientras tanto seguía lamiendo, metiendo y sacando la lengua del ano, chupando alrededor, bajando de vez en cuando para lamerle el coño que chorreaba arena mojada y jugos.


—Ay sí… ahora méteme un dedo… quiero sentirlo en el culo mientras me lames…


Metí el dedo índice, lubricado con saliva y su propia humedad. Entró fácil. Lo moví adentro y afuera, despacio al principio, luego más profundo. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo contra el brazo.


—Dos… méteme dos… rómpeme el poto… quiero que me abras bien…


Le metí dos dedos, despacio pero firme. El ano se abría y cerraba alrededor, caliente y apretado. Seguía lamiendo lo que podía, la lengua rodeando los dedos, chupando la piel alrededor.


—Ay ******… me vas a hacer acabar así… no pares… lame y rómpeme el culo…


Empezó a temblar, el cuerpo tensándose. Se corrió fuerte, apretando mis dedos con el ano, chorreando más jugo que caía en la arena. Gritó bajito mi nombre, el cuerpo convulsionando, las piernas fallándole un segundo.


Cuando bajó el orgasmo, se quedó quieta un momento, jadeando. Luego se giró, se sentó en la arena y me miró con ojos vidriosos.


—Qué rico me comiste el culo… ahora quiero que me cojas el poto de verdad.


Se puso en cuatro otra vez, culo en pompa, me miró por encima del hombro.


—Sin condón… quiero sentirte crudo… rómpeme el poto, papi.


Me escupí la mano, me lubricé la verga y apoyé la punta en su ano. Entré despacio, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo y profundo.


—Ay sí… despacio… me estás abriendo… qué rico se siente…


Cuando estuve todo adentro, me quedé quieto un segundo. Ella empujó hacia atrás, acostumbrándose.


—Ahora muévete… rómpeme… métemela toda…


Empecé a bombear despacio, profundo. Cada embestida hacía que ella jadeara más fuerte. Le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía de su culo apretado.


—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes abierta…


Aceleré el ritmo. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las olas. Ella gemía sin control:


—Ay sí… así… cógeme el culo duro… rómpelo… haz que me duela rico…


Le di palmadas fuertes en las nalgas mientras la cogía. Cada palmada la hacía apretar más.


—Pégame… quiero que me dejes el culo rojo… rómpeme…


Se vino otra vez, esta vez desde el culo, temblando entera, gritando bajito contra el brazo. Yo seguí dándole, ahora más rápido, hasta que no aguanté más.


—Me vengo… —avisé.


—Adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente adentro…


Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte con el ano, exprimiéndome hasta la última gota.


Cuando terminé, me quedé adentro un rato, los dos jadeando. Ella se giró despacio, me besó con lengua profunda y me susurró:


—Qué rico me rompiste el poto… ahora vamos a esperar a que vuelva la otra… porque quiero que nos cojas a las dos por el culo al mismo tiempo.


Se acomodó boca abajo otra vez, culo todavía abierto y goteando, y se quedó mirando el mar con una sonrisa satisfecha.


La tarde en la cueva recién empezaba.











Al día siguiente, lunes por la tarde, quedamos con Valeria en vernos solos. Nada de la charapa esta vez. Ella me escribió temprano:


“Papi, hoy quiero que seamos solo tú y yo. Reserva un telo chiquito pero decente en Surco o Miraflores. A las 7 pm. Trae ganas… porque yo voy a llegar ya mojada pensando en lo de la playa.”


Le respondí que sí y reservé una habitación en un telo discreto cerca de Benavides: luces tenues, cama king, jacuzzi pequeño, espejo enorme en el techo y paredes gruesas. Nada de lujos exagerados, pero limpio y con lo necesario para una noche larga.


Llegué primero. Me duché rápido, me puse bóxer negro y me tiré en la cama esperando. A las 7:05 sonó el timbre. Abrí y ahí estaba ella.


Valeria entró con una sonrisa lenta y peligrosa. Traía un vestido negro corto, ajustado, sin brasier (se le marcaban los pezones duros contra la tela) y tacones altos que hacían que su culo se viera aún más parado. El pelo suelto, labios rojos oscuros, y ese perfume dulce que me volvía loco.


Cerró la puerta con llave, dejó el bolso en el piso y se acercó sin decir nada. Me agarró del cuello, me besó con lengua profunda desde el primer segundo, mordiéndome el labio inferior mientras sus manos bajaban directo a meterme mano por dentro del bóxer.


—Te extrañé desde que salimos de la playa —susurró contra mi boca—. Ayer me fui a casa tocándome pensando en cómo me rompiste el culo en la arena… hoy quiero más.


Me empujó contra la cama. Se quitó el vestido de un movimiento. Quedó en tanga negro de encaje y tacones. Se subió encima mío, me besó el cuello, el pecho, bajó lamiendo hasta que llegó a mi verga. Se la metió entera de una, babosa, mirándome fijo.


—Mmm… qué rica la tienes… me encanta cómo sabe después de un día pensando en ti.


Me chupó fuerte, con ruido, salivando mucho. Luego se levantó, se quitó el tanga y se sentó en mi cara.


—Lame… lame todo… quiero que me comas el coño y el culo antes de que te monte.


Le abrí las nalgas y metí la lengua directo en su ano. Estaba caliente, apretado, con ese sabor salado y dulce que me volvía loco. Rodeé despacio, luego empujé adentro. Ella se restregaba contra mi boca, gimiendo bajito.


—Así… métela más… lame mi poto como en la playa… ay papi qué rico…


Mientras le comía el culo, ella se tocaba el clítoris con dos dedos. Se vino rápido, temblando, chorreando en mi boca.


—Ahora cógeme… quiero que me rompas el culo otra vez.


Se puso en cuatro en el borde de la cama, culo en pompa, me miró por encima del hombro.


—Sin lubricante extra… usa tu saliva y métemela crudo… rómpeme el poto, papi.


Me escupí la mano, me lubricé la verga y apoyé la punta en su ano. Entré despacio, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo y profundo.


—Ay sí… despacio… me estás abriendo… qué rico se siente…


Cuando estuve todo adentro, me quedé quieto un segundo. Ella empujó hacia atrás.


—Ahora muévete… rómpeme… métemela toda… quiero sentirte hasta el fondo.


Empecé a bombear lento pero profundo. Cada embestida hacía que ella jadeara más fuerte. Le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía de su culo apretado.


—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes abierta toda la noche…


Aceleré. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto. Le di palmadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas.


—Pégame… quiero que me dejes el culo rojo… rómpeme más duro…


Se vino otra vez, apretándome tan fuerte con el ano que casi me hace acabar. Siguió empujando hacia atrás, pidiendo más.


—Córrete adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente hasta mañana…


No aguanté más. Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte, exprimiéndome hasta la última gota.


Cuando terminé, se quedó quieta un rato, jadeando. Luego se giró, me besó con lengua profunda y me susurró:


—Qué rico me rompiste el poto… pero esto recién empieza. Ahora quiero que me cojas el coño mientras me comes el culo con los dedos… y después te monto yo.


Pasamos toda la noche así: cambiando posiciones, ella pidiendo que le rompa el culo una y otra vez, que le lama el ano hasta hacerla temblar, que le muerda las nalgas hasta dejar marcas, que la haga acabar gritando mi nombre.


Al final, cuando ya no dábamos más, nos quedamos abrazados en la cama, ella con la cabeza en mi pecho, yo acariciándole el pelo.


—Esto fue mejor que con la otra… —susurró—. Solo tú y yo… rompiéndonos sin parar.


Y yo solo pude sonreír, sabiendo que al día siguiente iba a dolerme todo… pero que valía cada maldito segundo.

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Llegamos al telo y apenas cerró la puerta con llave, Valeria se pegó a mí como si hubiera estado esperando ese momento todo el día.


El beso fue inmediato, profundo, con lengua desde el primer segundo. Me mordió el labio inferior, me jaló el pelo y susurró contra mi boca:


—Hoy solo quiero que me rompas el culo… nada de coño. Quiero que me abras bien, que me dejes temblando y con ganas de más mañana.


Se quitó el vestido negro en un movimiento rápido. Quedó en tanga de encaje negro y tacones. Se giró, se apoyó con las manos en la pared del pasillo (justo frente al espejo grande) y sacó el culo hacia atrás.


—Primero lámele… quiero sentir tu lengua bien adentro antes de que me metas la verga.


Me arrodillé detrás de ella. El tanga ya estaba húmedo en la parte de atrás. Lo bajé con los dientes, despacio, dejando que la tela rozara sus nalgas. Cuando cayó al piso, ella misma se abrió con las dos manos. El ano rosado, pequeño, apretado, brillaba un poco por la excitación que ya le chorreaba desde el coño.


El olor era intenso: piel tibia, perfume suave que se había echado justo ahí y ese aroma íntimo de deseo puro.


Pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba. Ella soltó un gemido largo.


—Así… lame todo… no dejes nada…


Rodeé el ano con la punta, despacio, luego empujé adentro. Estaba caliente, estrecho, se abría poco a poco con cada embestida de lengua. Ella empujaba hacia atrás, restregándoseme en la cara.


—Métela más… come mi culo… ay papi qué rico lo haces… lame profundo…


Le mordí las nalgas, primero suave, luego más fuerte. La piel se ponía roja con cada mordida. Ella gemía más alto cada vez.


—Muérdelas… quiero que me dejes marca… rómpeme las nalgas con los dientes…


Le di mordidas firmes, dejando señales rosadas que contrastaban perfecto con su tono moreno. Mientras tanto seguía metiendo y sacando la lengua del ano, chupando alrededor, bajando a veces para lamerle el coño que chorreaba.


—Dos dedos… méteme dos… quiero sentir cómo me abres…


Me escupí los dedos y los apoyé en su ano. Entraron despacio. Ella jadeó fuerte.


—Más… mételos hasta el fondo… rómpeme el poto con los dedos…


Los moví adentro y afuera, abriéndola poco a poco. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo sin control.


—Ay ******… ya me estás abriendo… ahora méteme la verga… quiero sentirte crudo…


Se puso en cuatro en la cama, culo en pompa, la cabeza apoyada en la almohada. Me miró por encima del hombro con ojos vidriosos.


—Sin lubricante extra… usa saliva y lo que ya salió de mí… rómpeme el culo, papi… haz que me duela rico…


Me escupí la mano, me lubricé la verga y apoyé la punta. Empujé despacio. La cabeza entró con resistencia. Ella soltó un gemido largo y profundo.


—Ay sí… despacio… me estás partiendo… qué grueso se siente…


Seguí empujando, centímetro a centímetro, hasta que estuve todo adentro. Se quedó quieta un segundo, respirando agitada, acostumbrándose.


—Ahora muévete… rómpeme… métemela toda…


Empecé lento, saliendo casi por completo y volviendo a entrar profundo. Cada embestida hacía que ella jadeara más fuerte.


—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes abierta…


Aceleré. Le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo mi verga entraba y salía de su ano apretado. Le di palmadas fuertes, dejando marcas rojas.


—Pégame… quiero que me dejes el culo rojo… rómpeme más duro…


Ella empujaba hacia atrás, encontrándose conmigo en cada embestida. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos.


—Ay sí… así… cógeme el culo como en la playa… rómpelo… haz que me duela mañana al sentarme…


Se vino fuerte, temblando entera, apretándome con el ano tan fuerte que casi me hace acabar. Siguió empujando, pidiendo más.


—Córrete adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente hasta mañana…


No aguanté. Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte, exprimiéndome hasta la última gota, gimiendo mi nombre.


Cuando terminé, me quedé adentro un rato, los dos jadeando. Ella se giró despacio, me besó con lengua profunda y me susurró:


—Qué rico me rompiste el poto… pero no creas que ya terminamos. Ahora quiero que me lo vuelvas a meter… pero esta vez tú acostado y yo encima, para que veas cómo me lo trago todo…


Se acomodó encima mío en amazona inversa, se apoyó en mis muslos y empezó a bajar despacio, metiéndosela otra vez en el culo.


—Ay sí… se siente más grueso así… mírame cómo me lo meto hasta el fondo…


Empezó a subir y bajar, rebotando el culo contra mí, gimiendo cada vez que llegaba al fondo. Yo le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía.


—Dame palmadas… rómpeme mientras me monto tu verga…


Le di palmadas fuertes, alternando cachetes. Ella aceleró el ritmo, jadeando sin parar.


—Ay ******… me voy a venir otra vez… no pares de pegarme…


Se corrió temblando, apretándome tan fuerte que sentí cada contracción. Siguió moviéndose hasta que yo también volví a acabar, llenándola otra vez.


Cuando terminó, se dejó caer sobre mí, los dos sudados, jadeando, el culo todavía palpitando alrededor de mi verga.


Me besó lento y me dijo al oído:


—Esto fue perfecto… solo tú y yo… rompiéndonos sin parar. Mañana quiero más… pero esta vez en mi casa. Quiero que me cojas en mi cama, en mi sofá, en la ducha… hasta que no pueda más.


Y yo solo pude sonreír, sabiendo que con Valeria esto recién empezaba.


















Al día siguiente quedamos en su casa. Ella vivía sola en un depa pequeño pero lindo en Surco, segundo piso, edificio tranquilo, sin vecinos ruidosos. Me escribió temprano:


“Papi, hoy en mi casa. A las 8. Ven directo. No traigas nada más que ganas… porque yo voy a estar ya sin calzón esperándote. Quiero que sea rudo, rico y sin límites.”


Llegué puntual. Tocé el timbre y ella abrió solo con una bata de satén negra cortísima, abierta por delante, sin nada debajo. Pezones duros, piel morena brillando con un aceite corporal que olía a vainilla y coco. Me miró de arriba abajo, se mordió el labio y me jaló adentro sin decir hola.


Cerró la puerta con llave y se pegó a mí contra la pared del pasillo. Me besó con hambre, lengua profunda, mordiéndome el labio hasta casi sangrar. Sus manos ya me bajaban el cierre del jean.


—Hoy no hay juegos suaves —susurró ronca—. Quiero que me rompas… que me hagas doler rico… que me dejes marcada y con el culo ardiendo hasta mañana.


Me empujó hacia el sofá del living. Se quitó la bata de un tirón y quedó completamente desnuda. Se arrodilló frente a mí, me bajó el jean y el bóxer de un jalón y se metió mi verga entera en la boca. Chupó fuerte, con ruido, sin delicadeza, hasta la garganta, salivando mucho, mirándome fijo con ojos llorosos de esfuerzo.


—Mmm… qué rica la tienes… me encanta cuando me ahogas con ella…


Me chupó así unos minutos, hasta que me tuvo al borde. Luego se levantó, me empujó al sofá y se subió encima en cowgirl, pero no para el coño: se acomodó y empezó a bajar el culo despacio sobre mi verga.


—Sin lubricante extra… solo saliva y lo que ya salió de mí… rómpeme el poto, papi… métemela toda de una.


Empujé hacia arriba mientras ella bajaba. Entró con resistencia, ella soltó un grito ahogado y se mordió el brazo para no gritar fuerte.


—Ay ******… qué grueso… me estás partiendo el culo… sigue… no pares…


Cuando estuve todo adentro, se quedó quieta un segundo, respirando agitada. Luego empezó a subir y bajar sola, cada vez más rápido, más profundo.


—Más duro… rómpeme… quiero que me dejes el culo abierto… pégame mientras me monto…


Le di palmadas fuertes en las nalgas, alternando cachetes. Cada golpe hacía que ella apretara más y gemiera más alto.


—Pégame más fuerte… quiero que me dejes roja… rómpeme el culo a palmadas…


La cogí desde abajo, embistiendo hacia arriba con fuerza. Ella se inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, arañándome mientras rebotaba.


—Ay sí… así… métemela hasta el fondo… rómpelo… haz que me duela rico…


Se vino temblando, apretándome tan fuerte con el ano que sentí cada contracción. Siguió moviéndose, pidiendo más.


—Córrete adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente hasta mañana…


Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte, exprimiéndome hasta la última gota, gimiendo mi nombre.


No paramos ahí.


Me llevó al dormitorio. Se puso en cuatro en el borde de la cama, culo en pompa, cabeza contra la almohada.


—Ahora por atrás… quiero que me cojas el culo de perrito… bien rudo… agárrame del pelo y rómpeme.


Le agarré el pelo con una mano, como rienda, y la otra en la cadera. Entré de una sola embestida profunda. Ella gritó contra la almohada.


—SÍ… así… rómpeme… jálame el pelo más fuerte… pégame mientras me culeas…


Le di palmadas duras en las nalgas mientras embestía. El culo se ponía rojo, temblaba con cada golpe. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.


—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes temblando… que no pueda sentarme mañana…


La cogí así unos minutos, hasta que se vino otra vez, apretándome tan fuerte que casi me saca. Cambiamos: la puse boca arriba, piernas sobre mis hombros, y volví a entrar en su culo.


—Mírame a los ojos mientras me rompes… quiero verte la cara cuando me llenes otra vez…


La embestí profundo, lento pero fuerte. Le mordí los pezones, le apreté las tetas, le dejé marcas en el cuello a besos y mordidas.


—Córrete adentro otra vez… lléname el culo… quiero que se me salga cuando me pare…


Me vine de nuevo, descargando profundo mientras ella apretaba y gemía sin control.


Después de eso, nos fuimos al jacuzzi. Ella se sentó encima mío, de espaldas, y volvió a meterse la verga en el culo bajo el agua caliente. Se movía despacio, gimiendo con cada movimiento.


—Ay qué rico se siente mojado… rómpeme despacito ahora… quiero sentir cada centímetro…


La cogí lento, profundo, el agua salpicando alrededor. Le mordía el cuello, le apretaba las tetas, le metía dedos en el coño mientras la cogía por el culo.


Se vino una vez más, temblando en mis brazos.


Al final, exhaustos, nos quedamos abrazados en la cama. Ella con el culo rojo, marcado, todavía palpitando, yo con las uñas de ella en la espalda y el cuello lleno de chupones.


Me besó lento y susurró:


—Esto fue lo más rudo y rico que he tenido… quiero que vengas todas las semanas… que me rompas el culo hasta que no pueda más.


Y yo solo pude sonreír, sabiendo que con Valeria no había vuelta atrás.


















Pasaron los días y Valeria empezó a desaparecer.


Al principio eran respuestas cortas, un “estoy ocupada” o un “mañana hablamos” que nunca llegaba. Luego, mensajes en visto. Llamadas que sonaban y saltaban al buzón. WhatsApp en línea a veces, pero nada. Silencio total.


Yo, idiota, insistía. Le escribía:“¿Todo bien?”“¿Qué pasó?”“Valeria, contéstame aunque sea para decirme que no quieres seguir.”


Nada.


Mientras más la llamaba y más se hacía la muerta, más se activaba la amiga (la primera que conocí, la que trajo al hostal aquella noche loca). Empezó a escribirme ella, primero con tono juguetón, luego cada vez más directo y jodido.


Primer mensaje (dos días después del silencio de Valeria):“Ey papi… ¿dónde te metiste? Valeria anda rara, pero yo sigo caliente pensando en cómo nos partiste a las dos. ¿Cuándo repetimos? 😈”


Yo le respondí seco:“Estoy esperando que Valeria me conteste.”


Ella:“Jajaja pobre… ella está en su mundo. Pero yo no. Si no vienes a verme pronto, voy a empezar a mandarle cositas a ella… fotos nuestras de esa noche, audios donde se te oye gemir mi nombre… ¿quieres que se entere de lo rico que me la metiste por atrás mientras ella te chupaba?”


Bloqueé el mensaje un rato, pero al día siguiente volvió con otro número.


“¿Me bloqueaste? Qué feo… pero no importa. Tengo tu número guardado y sé dónde trabajas. Si no apareces esta semana, le mando un mensajito a Valeria con detalles. Le cuento cómo me mordiste las nalgas mientras me rompías el culo en la ducha… o cómo te corriste dos veces adentro mío esa misma noche. ¿Te imaginas la cara que va a poner?”


Empecé a sentir presión. No era solo el chantaje; era que la amiga sabía exactamente cómo meter el dedo en la llaga. Cada mensaje subía el tono.


Otro día:“Te extraño, papi. Mi culo todavía se acuerda de ti. Si no vienes mañana, le mando un video corto que grabé sin que te dieras cuenta… se te ve clarito cogiéndome por atrás mientras Valeria duerme en la cama de al lado. ¿Quieres que lo vea?”


Otro más:“Última advertencia. Viernes 8 pm en el mismo hostal de la primera vez. Si no estás ahí, te juro que le mando todo el paquete a Valeria: fotos, videos, audios. Y después le digo que tú me pediste que lo hiciéramos a escondidas. ¿Quieres ver cómo se pone loca? Porque yo sí.”


Yo ya no sabía qué hacer. Valeria seguía desaparecida, ni un mensaje, ni una explicación. Y esta loca amenazando con dinamitar todo.


El viernes por la tarde me escribió una última vez:“Ya reservé la habitación. 8 pm. No me hagas ir a buscarte a tu trabajo o a tu casa. Sabes que soy capaz. Ven y cógeme como la primera vez… o todo sale a la luz. Tú decides, papi. 😈”


Me quedé mirando el celular un buen rato.


Parte de mí quería mandar todo a la ****** y desaparecer.Otra parte sabía que si no iba, esa mina era capaz de cumplir la amenaza solo por despecho.


Y una parte enferma… una parte enferma que no quiero admitir… sentía curiosidad malsana por ver hasta dónde llegaba esta locura.


Así que esa noche me fui al hostal.


Cuando abrí la puerta de la habitación, ella ya estaba ahí, sentada en la cama con un conjunto negro de encaje, tacones altos, el pelo suelto y una sonrisa que era mitad triunfo, mitad amenaza.


Cerró la puerta detrás de mí.


—Bienvenido, papi —dijo bajito—. Sabía que vendrías.


Se levantó despacio, se acercó y me agarró del cuello.


—Ahora sí… solo tú y yo. Sin Valeria. Sin interrupciones.


Me empujó contra la pared y empezó a besarme con una furia que no había sentido antes.


—Te voy a hacer olvidar que ella existe —susurró—. Y si vuelves a dejarme en visto… te juro que la próxima vez no solo amenazo.


Y así empezó otra noche larga, ruda, intensa… pero esta vez con un sabor diferente.


Sabor a chantaje, a control, a algo que ya no era solo placer.


Y yo, idiota, me dejé llevar.

















La noche del chantaje empezó puntual a las 8 pm en el mismo hostal de siempre, esa habitación del segundo piso con paredes gruesas, cama king con sábanas baratas pero limpias, y esa luz tenue amarilla que hacía que todo se viera más sucio y más caliente al mismo tiempo.


Cuando abrí la puerta, ella ya estaba adentro. Sentada al borde de la cama, piernas cruzadas, con un conjunto de lencería negro que parecía elegido para castigar: brasier de encaje transparente que no escondía nada, tanga de tiras que se perdía entre las nalgas, medias hasta medio muslo y tacones negros de aguja. El pelo suelto, labios pintados de rojo sangre, y una sonrisa que era 50 % victoria, 50 % amenaza.


Cerró la puerta detrás de mí con un clic que sonó como sentencia. Se levantó despacio, caminó hacia mí como gata en celo y me puso una mano en el pecho, empujándome suave pero firme contra la pared.


—Sabía que vendrías —susurró, la voz baja y ronca—. Eres demasiado cobarde para dejar que Valeria vea lo puta que soy cuando me cojo a su hombre.


Me besó con violencia. Lengua profunda, dientes clavándose en mi labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. Mientras me comía la boca, su otra mano ya me bajaba el cierre del jean y metía los dedos dentro del bóxer, agarrándome la verga con fuerza.


—Ya estás duro… —dijo contra mi boca, apretando más—. Te excita que te chantajee, ¿verdad? Te pone cachondo saber que tengo videos y fotos que puedo mandarle a ella cuando quiera.


Me bajó el jean y el bóxer hasta los tobillos de un tirón. Se arrodilló sin ceremonia y se metió mi verga entera en la boca. Chupó fuerte, sin delicadeza, con ruido, hasta la garganta, haciendo arcadas adrede para que se le llenaran los ojos de lágrimas. Me miró desde abajo, con la boca llena, y sacó la verga un segundo para hablar:


—Si algún día dejas de venir… le mando el video donde me la metes por el culo mientras ella duerme en la cama de al lado. Se te oye gemir mi nombre clarito. ¿Te imaginas la cara que va a poner?


Volvió a chupar, más agresivo, hasta que me tuvo al borde. Se levantó de golpe, se limpió la baba con el dorso de la mano y me empujó hacia la cama.


—Quítate todo. Ahora.


Me desnudé mientras ella se quitaba el brasier y se quedaba solo en tanga y tacones. Se subió encima mío, me agarró las muñecas y me las puso sobre la cabeza, apretándolas contra el colchón.


—No te muevas si no te digo —ordenó—. Hoy mando yo.


Se acomodó sobre mi verga, pero no para el coño. Se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en mis muslos y empezó a bajar el culo despacio sobre la punta.


—Sin lubricante —dijo—. Quiero que me duela. Quiero sentir cada centímetro abriéndome.


Bajó de golpe. Entró la mitad de una. Soltó un grito ahogado y se mordió el labio hasta sangrar.


—Ay ******… qué grueso… me estás rompiendo el culo…


Siguió bajando hasta que me la tragó toda. Se quedó quieta un segundo, respirando agitada, el ano apretándome como un puño caliente.


—Ahora muévete… rómpeme… métemela hasta el fondo y no pares aunque te pida que pares.


Empecé a embestir desde abajo. Ella se inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, arañándome con las uñas mientras subía y bajaba sola, cada vez más rápido, más profundo.


—Más fuerte… rómpeme el poto… pégame… quiero que me dejes el culo rojo y dolorido…


Le di palmadas duras en las nalgas. Cada golpe hacía que ella apretara más y gritara más fuerte.


—Así… pégame más fuerte… rómpeme… haz que me duela cuando me siente mañana…


La cogí así un buen rato, ella rebotando encima, yo embistiendo hacia arriba, las nalgas poniéndose rojas y temblando con cada palmada. Se vino una vez, temblando entera, apretándome tan fuerte que casi me saca. Pero no paró.


—Ahora quiero que me cojas de perrito… jálame el pelo y rómpeme como la primera vez.


Se puso en cuatro en el borde de la cama. Agarré su pelo con una mano como rienda, la otra en la cadera, y entré de una sola embestida profunda en su culo. Ella gritó contra la almohada.


—SÍ… así… jálame más fuerte… rómpeme el culo… pégame mientras me culeas…


Le di palmadas duras, alternando cachetes, tirando del pelo para que arqueara más la espalda. Cada embestida hacía que ella jadeara sin control.


—Más rápido… rómpeme… quiero que me dejes abierta… que se me salga tu leche cuando me pare…


Se vino otra vez, temblando, apretándome hasta el límite. Yo seguí dándole, ahora más salvaje, hasta que no aguanté más.


—Me vengo…


—Adentro… lléname el culo… quiero sentirte hasta mañana…


Me corrí profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte, exprimiéndome, gimiendo mi nombre como si fuera una victoria.


Cuando terminé, se dejó caer boca abajo en la cama, culo rojo, marcado por mis manos y mis mordidas, todavía palpitando. Se giró despacio, me miró con ojos vidriosos y una sonrisa peligrosa.


—Buen chico… viniste.


Se acercó, me besó lento, casi con ternura, y me susurró al oído:


—Esto no termina aquí. Si quieres que no le mande nada a Valeria… vas a tener que venir cada vez que yo te llame. Cada vez que se me antoje. Cada vez que quiera que me rompas el culo hasta que no pueda caminar.


Me dio un último beso profundo, se levantó, se puso el tanga y la bata, y me miró desde la puerta.


—Mañana te escribo. Prepárate… porque la próxima vez voy a grabar todo. Y si no vienes… ya sabes qué pasa.


Salió del cuarto dejándome tirado en la cama, el culo todavía oliendo a ella, la cabeza dando vueltas y el corazón latiendo fuerte.


Sabía que estaba jodido.


Sabía que iba a volver.


Y lo peor… sabía que una parte enferma de mí lo estaba esperando.




















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