La puerta del hostal se abrió con un clic suave y la amiga entró primero, con esa seguridad de quien sabe exactamente el efecto que causa.
Se me salieron los ojos.
No era solo que estuviera buena… era que estaba
brutal. El culo que traía llenaba esos jeans negros ajustados de una forma casi violenta, redondo, parado, con esa forma de corazón perfecto que se mueve solo con caminar. Cada paso hacía que las nalgas se apretaran y soltaran dentro de la tela, marcando una curva imposible. La blusa blanca escotada dejaba ver el borde del brasier de encaje negro y el comienzo de unas tetas que parecían a punto de reventar los botones. Pelo negro larguísimo, liso, cayéndole por la espalda hasta casi la cintura. Piel canela clara, maquillaje impecable: labios rojos oscuros, pestañas largas, mirada que te desnuda sin esfuerzo.
Cuando cerró la puerta detrás de ella y giró hacia mí, me miró de arriba abajo con una mezcla de gracia, elegancia y un deseo descarado que no disimulaba ni un segundo.
Se pasó la lengua despacio por el labio inferior, humedeciéndolo, y sonrió de lado, como si ya supiera lo que estaba pensando.
Caminó hacia mí con pasos lentos, tacones resonando suave en el piso de madera. La charapa se quedó a un lado, cruzada de brazos, mirando la escena con una sonrisa cómplice y calentona.
Cuando llegó a un metro mío se detuvo, inclinó un poco la cabeza y me habló con voz baja, ronca, casi un ronroneo:
—Hola… yo soy Valeria.
Me tendió la mano como si fuéramos a presentarnos en una reunión formal, pero al mismo tiempo se acercó lo suficiente para que sintiera su perfume dulce y fuerte, y para que viera cómo sus tetas subían y bajaban con cada respiración.
Le tomé la mano. Ella no la soltó de inmediato. En vez de eso, me apretó los dedos con suavidad y tiró de mí un poquito hacia ella, lo justo para que nuestros cuerpos casi se rozaran.
—Mi amiga no para de hablar de ti —me dijo, mirándome directo a los ojos—. Dice que tienes una verga que no se cansa… y que la haces gritar como loca.
Se mordió el labio otra vez, soltó una risita baja y agregó, bajando mucho la voz:
—Y yo vine a comprobar si es cierto… porque si es verdad, me toca turnarme con ella para ver quién te deja más seco esta noche.
La charapa se acercó por detrás de mí, me abrazó por la cintura y me habló al oído mientras Valeria seguía mirándome con esa cara de “te voy a comer vivo”:
—¿Ves, nene? Te dije que cuando llega mi amiga no hay vuelta atrás.
Valeria dio un paso más, ahora sí pegándose a mí. Sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho y su mano que, sin ningún pudor, bajó directo a agarrarme la verga por encima del bóxer.
—Uy… ya está listo —susurró, apretando suave pero firme—. Me gusta.
Me miró otra vez, se pasó la lengua por los labios y terminó con una frase que me puso la piel de gallina:
—Entonces… ¿por dónde quieres empezar, papi? Porque nosotras dos ya estamos mojadas desde que salí de mi casa pensando en esto.
Y sin esperar respuesta, se inclinó y me dio un beso lento, profundo, con lengua, mientras la charapa me besaba el cuello por detrás y me bajaba el bóxer con una mano.
La noche (o lo que quedaba de ella) acababa de subir varios niveles.
Valeria se apartó un paso, me miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta y peligrosa, y sin decir nada empezó a desabrocharse el botón del jean negro.
Lo hizo despacio, como si supiera exactamente cuánto me estaba torturando. El cierre bajó con un sonido suave y prolongado. Metió los pulgares por los costados de la cintura y empezó a bajar el pantalón ajustado por sus caderas. Tuve que tragar saliva cuando vi cómo la tela se resistía un poco al pasar por ese culazo redondo y firme, pero ella empujó con calma hasta que el jean quedó a medio muslo.
Se quedó ahí parada, solo en tanga negra de encaje y la blusa blanca abierta, el brasier negro asomando. Giró medio cuerpo para mostrarme el perfil de su culo, arqueó la espalda y me miró por encima del hombro.
—Ven —me ordenó con voz baja y firme—. Bájame el calzón… pero no con las manos. Con la boca y los dientes. Despacio.
La charapa, que estaba sentada en la cama mirando todo, soltó una risita caliente y se mordió el labio.
—Hazle caso, nene… que cuando se pone mandona es porque quiere que la trates como se merece.
Me acerqué. Valeria se giró del todo, dándome la espalda. Apoyó las manos en la pared, abrió un poco las piernas y empujó el culo hacia atrás, justo a la altura de mi cara. El tanga negro de encaje estaba hundido entre sus nalgas, apenas una línea fina que desaparecía en esa carne morena y suave.
Me arrodillé detrás de ella. El olor me pegó de inmediato: una mezcla caliente, dulce y ligeramente salada. Su piel recién bañada, el perfume suave que se había echado en la entrepierna, el aroma natural de su excitación que ya empezaba a filtrarse por la tela. Olía a deseo puro, a mujer cachonda que lleva horas pensando en esto. Me mareó de rico que era.
Acerqué la boca. Primero pasé la nariz por la tela, aspirando profundo. Ella soltó un gemidito bajo.
—Así… huélelo bien… —susurró.
Agarré el borde del tanga con los dientes, justo en el centro de la cintura. Tiré despacio hacia abajo. La tela se resistió un segundo, pero cedió. El encaje fue bajando centímetro a centímetro, rozándole la piel, dejando a la vista esas nalgas perfectas, redondas, con hoyuelos pequeños en los lados. Cuando el tanga llegó a la mitad del culo, ella misma abrió un poco más las piernas para que la prenda pasara sin problemas.
Seguí tirando con los dientes. El olor se hizo más intenso ahora que la tela ya no estaba en medio. Su coño ya estaba mojado, los labios hinchados y brillantes asomando entre las nalgas. El tanga bajó hasta los muslos y ella movió las caderas para que terminara de caer al piso.
Se quedó completamente desnuda de la cintura para abajo, culo en pompa, piernas ligeramente abiertas. Miró hacia atrás, con el pelo cayéndole por un lado de la cara.
—¿Te gusta cómo huelo atrás? —me preguntó con voz ronca—. Porque yo ya estoy chorreando solo de sentir tu respiración ahí…
La charapa se acercó por detrás de mí, me agarró del pelo y me empujó suave la cara hacia adelante.
—Dale lengua, nene… pruébala… que mi amiga está esperando que le comas el culo antes de que te monte.
Valeria arqueó más la espalda, abrió las nalgas con sus propias manos y me presentó todo: el ano apretado y rosado, el coño mojado y abierto justo debajo.
—Empieza por atrás… lame despacio… quiero sentir tu lengua en mi culo primero.
Metí la cara. La lengua tocó primero la piel suave entre las nalgas, luego subí hasta el ano. Lo rodeé con la punta, despacio, saboreando. Ella soltó un gemido largo y profundo.
—Ay sí… así… métela un poquito… qué rico se siente…
La charapa, mientras tanto, se arrodilló a mi lado y empezó a pajearme despacio, susurrándome al oído:
—Mírala… está temblando… dale más lengua y después te la vamos a chupar las dos al mismo tiempo…
Valeria empujó el culo hacia atrás, restregándoselo en mi cara.
—Más adentro… méteme la lengua en el culo… ay papi… qué rico lo haces…
El olor, el sabor, los gemidos de las dos… todo se mezclaba. Estaba perdido. Y apenas estaba empezando la verdadera locura de esa madrugada.
Valeria se quedó ahí, con el culo en pompa, las manos abriéndose las nalgas, el tanga negro ya en el suelo. El olor que salía de ella era una mezcla adictiva: piel tibia, perfume dulce en la entrepierna, y ese aroma íntimo y húmedo de excitación que me golpeaba directo en la cabeza.
Me acerqué más, todavía de rodillas. Primero pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la humedad que ya le chorreaba por los labios. Ella soltó un gemido largo y ronco:
—Ay sí… lame todo… no dejes nada…
Le abrí más las nalgas con las manos y metí la lengua directo en su coño. Estaba empapada, caliente, los labios hinchados y abiertos. La chupé fuerte, metiendo la punta dentro, luego rodeando el clítoris con círculos rápidos. Ella empujaba hacia atrás, restregándoseme en la cara:
—Así… chúpame el clítoris… ay papi qué lengua tan buena… métela más adentro…
La charapa se acercó, se arrodilló a mi lado y empezó a lamerme el cuello mientras me pajeaba despacio.
—Dale duro con la lengua… hazla temblar… —me susurraba.
Valeria empezó a jadear más fuerte. Le metí dos dedos en el coño mientras le lamía el clítoris sin parar. Los movía en gancho, buscando ese punto que la hace explotar. Cuando lo encontré, ella se tensó entera:
—Ahí… ahí… no pares… me voy a venir… ay ******…
Se corrió fuerte, temblando, apretándome los dedos con el coño, chorreando en mi boca. Gritó mi nombre entre gemidos, las piernas le fallaron un segundo pero se sostuvo en la pared.
Cuando bajó el orgasmo, se giró, me agarró del pelo y me besó con desesperación, saboreándose a sí misma en mi lengua.
—Ahora te toca a ti, papi… pero primero quiero que me cojas como hombre.
Me empujó hacia la cama. Se subió encima en cowgirl inversa, dándome la espalda. Agarró mi verga con la mano, la apuntó y se sentó de una, metiéndosela entera. Soltó un grito ahogado:
—Qué rica la tienes… me parte toda…
Empezó a rebotar fuerte, el culo golpeando contra mis muslos, ¡plaf plaf plaf! Cada bajada me la tragaba hasta el fondo. Yo le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía, cómo su coño se abría alrededor de mi verga.
—Dame palmadas… pégame el culo… quiero que me dejes marca —me ordenó.
Le di varias palmadas fuertes en cada nalga. Ella gemía más alto cada vez:
—Más fuerte… sí… así… rómpeme el culo a palmadas mientras me culeas…
La charapa se subió a la cama, se sentó frente a Valeria y empezó a besarla. Las dos se comían la boca mientras Valeria seguía rebotando encima de mí. Yo le metí un dedo en el culo mientras la cogía. Ella se volvió loca:
—Ay sí… méteme el dedo en el culo… quiero sentirlo todo…
Se vino otra vez, apretándome tan fuerte que casi me hace acabar. Se quedó quieta un segundo, temblando, y luego se levantó.
—Ahora las dos —dijo, mirando a la charapa.
La amiga se puso en cuatro al lado de Valeria, las dos culo en pompa, lado a lado. Yo me paré detrás y empecé alternando: metía la verga en una, daba cinco o seis embestidas profundas, luego pasaba a la otra. Las dos gemían al unísono:
—Dale a ella ahora… rómpela… —decía Valeria.
—No pares… métemela hasta el fondo… —gemía la charapa.
Les agarraba el pelo, tiraba suave para atrás mientras las cogía. Cambiaba de ritmo: a veces lento y profundo, sintiendo cómo se apretaban alrededor de mí, a veces rápido y duro, haciendo que sus culos rebotaran. Las dos se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias:
—Mira cómo le entra… qué rico se ve tu verga partiéndola…
—Dame más… quiero que me llenes como a ella…
En un momento las puse a las dos boca arriba, piernas abiertas, una al lado de la otra. Me arrodillé entre ellas y fui alternando embestidas: cinco en Valeria, cinco en la charapa. Las dos se tocaban el clítoris mientras yo las cogía.
Valeria fue la primera en venirse otra vez:
—Me corro… ay papi… me estás haciendo acabar de nuevo…
La charapa la siguió segundos después, apretándome con el coño:
—Lléname… córrete adentro… quiero sentir tu leche caliente…
No aguanté más. Me vine primero en Valeria, descargando todo adentro mientras ella gemía y me apretaba. Saqué todavía duro y terminé en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y corriéndome otra vez, llenándola también.
Las tres nos quedamos jadeando, sudados, temblando. Valeria se giró hacia mí, me besó lento y me dijo al oído:
—Buen comienzo, papi… pero todavía nos quedan ganas. Ahora te toca a ti decidir: ¿quieres que te chupemos las dos al mismo tiempo o que nos cojas por atrás turnándonos?
La charapa se rió bajito y agregó:
—O las dos cosas… porque nosotras no nos cansamos fácil.
Y así siguió la madrugada: más rondas, más gemidos, más de todo.
Después de esa doble corrida, el cuerpo ya me estaba pasando factura. Las piernas me temblaban, el corazón me latía en los oídos, la verga todavía medio dura pero sensible, y sentía que cualquier movimiento más me iba a dejar KO. Sin embargo, ellas no estaban ni cerca de parar.
Valeria se levantó primero, todavía chorreando mi leche por el interior de los muslos. Se limpió con la sábana sin ningún pudor, me miró con esa cara de “todavía no terminamos” y le dijo a la charapa:
—Está cansado el papi… pero nosotras no. Vamos a darle un respiro… pero no mucho.
La charapa se rió bajito, se acercó gateando por la cama y me dio un beso lento en la boca, pasándome la lengua con calma.
—No te preocupes, nene… nosotras te vamos a cuidar… pero vas a tener que aguantar un poquito más. Te vamos a poner en posiciones donde no tengas que hacer casi nada… solo disfrutar.
Me acomodaron en el centro de la cama, boca arriba. Valeria se subió encima de mí en 69 inverso: su culo y su coño justo sobre mi cara, mientras ella se inclinaba para chuparme despacio. La charapa se sentó a un lado, de rodillas, y empezó a besarme el pecho, a lamerme los pezones y a acariciarme los huevos con suavidad.
Valeria me restregó el coño mojado por la boca.
—Lame despacito… solo lame… no te muevas mucho… déjame montarte la cara mientras te chupo.
Metí la lengua, más por instinto que por fuerza. Ella se movía sola, frotándose contra mi boca y mi nariz, gimiendo bajito cada vez que le rozaba el clítoris. Al mismo tiempo, su boca bajaba y subía por mi verga, lenta, babosa, sin prisa. No intentaba hacerme acabar rápido, solo mantenerme duro y sensible.
La charapa se acercó más, se inclinó y empezó a lamerle el culo a Valeria mientras yo le comía el coño. Las dos gemían al mismo tiempo:
—Ay sí… lame mi culo mientras él me come… qué rico lo hacen los dos…
Después de unos minutos así, cambiaron. La charapa se puso en 69 conmigo, pero boca arriba: su coño en mi boca, su boca en mi verga. Valeria se sentó sobre mi pecho, de espaldas a mí, y empezó a masturbarse justo frente a mis ojos, abriéndose los labios con los dedos para que viera todo.
—Mírame… mira cómo me toco mientras mi amiga te chupa… ¿te gusta ver cómo me mojo pensando en ti?
Yo solo podía gemir contra el coño de la charapa, que se restregaba despacio en mi lengua. Ella me chupaba con calma, a veces solo lamiendo la punta, a veces metiéndosela hasta la garganta, pero siempre suave para no hacerme acabar todavía.
Luego vino una pose que me dejó sin aire: la “doble amazona invertida”.
Valeria se sentó primero sobre mi verga, de espaldas, en posición amazona (ella arriba, yo acostado). La charapa se sentó encima de Valeria, de espaldas también, pero sobre su regazo. Las dos quedaron una encima de la otra, culo contra culo, y empezaron a moverse juntas. Valeria subía y bajaba en mi verga, mientras la charapa se frotaba contra la espalda de Valeria, tocándose el clítoris y gimiendo.
—Siente cómo nos movemos las dos… dos culonas para ti… —decía Valeria.
—Ay sí… me estoy frotando contra ella mientras te coge… qué rico se siente…
Yo solo podía agarrar las caderas de Valeria y dejar que ellas llevaran el ritmo. Cada bajada de Valeria me la metía hasta el fondo, y cada movimiento de la charapa hacía que sus nalgas rebotaran contra las de Valeria, creando un sonido húmedo y caliente.
Cuando ya no aguantaron más, se separaron. Valeria se puso en cuatro al borde de la cama, culo hacia mí. La charapa se acostó boca arriba debajo de ella, en posición 69 con Valeria, pero dejando espacio para que yo entrara por atrás.
—Ahora métemela por atrás mientras le como el coño a mi amiga —me ordenó Valeria.
Me paré detrás, le abrí las nalgas y se la metí despacio en el coño. Ella empujó hacia atrás, gimiendo fuerte. Mientras tanto, la charapa le lamía el clítoris desde abajo, y de vez en cuando me lamía a mí los huevos y la base de la verga cuando salía.
—Dale duro… rómpela… —gemía la charapa entre lamidas.
Valeria se vino otra vez, temblando, apretándome con el coño. Yo seguía moviéndome lento, porque ya no tenía fuerzas para ir rápido. La charapa se deslizó hacia arriba, se puso en cuatro al lado de Valeria y me dijo:
—Ahora yo… métemela mientras ella me besa.
Cambié de una a la otra. Metía la verga en la charapa, daba unas embestidas profundas, luego volvía a Valeria. Las dos se besaban con lengua, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias al oído:
—Cógela más fuerte… mira cómo le entra…
—Ay sí… me estás partiendo… no pares…
Al final, cuando ya sentía que no daba más, las puse a las dos acostadas boca arriba, piernas abiertas, una al lado de la otra. Me arrodillé entre ellas y fui alternando: metiéndola en una, cinco embestidas lentas pero profundas, luego en la otra. Las dos se tocaban el clítoris, se miraban entre ellas y me miraban a mí.
Valeria fue la que rompió el silencio:
—Córrete donde quieras… pero queremos sentirte…
La charapa agregó:
—Lléname otra vez… o córrete en las tetas… o en la cara… lo que quieras, papi…
No aguanté más. Me vine primero en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y descargando lo poco que me quedaba adentro. Saqué todavía goteando y terminé en las tetas de Valeria, que se las apretó para recibirlo todo. Ella se pasó los dedos por la leche, se los metió en la boca y sonrió.
—Qué rico… te exprimimos todo, ¿verdad?
Las tres nos dejamos caer en la cama, exhaustos. Ellas se acurrucaron a mis lados, una besándome el cuello, la otra acariciándome el pecho.
Valeria susurró:
—Descansa un ratito… pero no creas que ya terminamos. Cuando recuperes fuerzas, vamos a probar la ducha… las dos juntas, jabonosas, contra la pared.
Y la charapa remató:
—Y después… tal vez llamemos a otra amiga. Porque hoy recién estamos calentando motores.
Yo solo pude cerrar los ojos, riéndome bajito, sabiendo que no iba a poder caminar bien en todo el día… pero valió cada maldito segundo.
Después de esa última ronda en la cama, los tres estábamos hechos un desastre: sudor, semen, saliva y el olor a sexo impregnado en todo el cuarto. Las piernas me temblaban, pero ellas seguían con una energía que parecía inagotable.
Valeria se levantó primero, el pelo pegado a la cara por el sudor, las tetas brillando, todavía con restos de mi leche en el pecho. Se estiró como gata y miró a la charapa:
—Vamos a la ducha los tres. Ya es hora de limpiarnos… y de ensuciarnos otra vez.
La charapa se rió bajito, me dio un beso rápido en la boca y me jaló de la mano:
—Vamos, papi… que la ducha es chiquita, pero nos vamos a apretar rico.
Entramos al baño diminuto del hostal. Apenas cabíamos los tres. La regadera era una simple manguera con cabeza, el agua salía tibia porque el boiler ya estaba casi muerto. Valeria abrió el grifo y el chorro empezó a caer.
Se metió primero, dejó que el agua le corriera por el pelo, por las tetas, por el culo. Se enjabonó con el jabón barato del hostal y empezó a pasarse las manos por todo el cuerpo, despacio, mirándome fijo.
—Ven… los dos —ordenó.
Entré detrás de ella. El espacio era tan estrecho que mi pecho rozaba su espalda, mi verga (todavía sensible pero empezando a reaccionar otra vez) se apretaba contra su culo mojado. La charapa entró última y cerró la cortina de plástico barato. Ahora estábamos los tres pegados: Valeria al frente, yo en medio, la charapa pegada a mi espalda.
El agua nos caía encima a los tres. Valeria se giró, me besó con lengua profunda mientras el jabón resbalaba entre nosotros. La charapa me abrazó por detrás, me pasó las tetas por la espalda y bajó una mano para agarrarme la verga, enjabonándola despacio.
—Siente cómo se pone dura otra vez con nosotras jabonosas… —susurró la charapa al oído.
Valeria se agachó un poco, puso las manos en la pared y sacó el culo hacia mí:
—Métemela aquí mismo… con agua y jabón… despacio.
Me enjaboné la verga un poco más y la apoyé en su entrada. Entró fácil, resbalosa por el jabón y su humedad. Empecé a moverme lento, profundo, mientras el agua nos caía encima. Ella gemía bajito, apoyando la frente en los azulejos:
—Ay sí… así… cógeme en la ducha… qué rico se siente mojado…
La charapa se pegó más a mi espalda, me besaba el cuello y metía una mano entre mis piernas para acariciarme los huevos mientras yo cogía a Valeria.
Luego cambiaron. La charapa se puso en la misma posición que Valeria: manos en la pared, culo hacia mí. Valeria se arrodilló delante de ella y empezó a chuparle las tetas mientras yo la penetraba por atrás.
—Dale duro… rómpela… —me decía Valeria entre lamidas—. Quiero verla venirse con tu verga adentro.
La cogí más fuerte, el agua salpicando por todos lados. La charapa empujaba hacia atrás, gimiendo cada vez que entraba hasta el fondo:
—Más profundo… ay papi… me estás partiendo… no pares…
Se vino temblando, apretándome tan fuerte que casi me hace acabar otra vez. Saqué la verga todavía dura y Valeria se la metió en la boca de inmediato, chupándola con agua corriendo por su cara.
—Ahora las dos de rodillas —ordenó Valeria.
Las dos se arrodillaron frente a mí, bajo el chorro de agua. Se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, y turnándose me chupaban: una en la punta, la otra en los huevos, luego cambiaban. El agua caía por sus caras, por sus tetas, mezclándose con la saliva.
Valeria me miró desde abajo:
—¿Quieres correrte en nuestras caras o prefieres llenar a una de nosotras otra vez?
No contesté con palabras. Las puse a las dos de espaldas, apoyadas en la pared, culos hacia mí. Alterné: cinco embestidas en Valeria, cinco en la charapa. Las dos gemían al mismo tiempo, el baño lleno de vapor, agua caliente y gemidos.
Al final no aguanté. Me vine primero en la charapa, metiéndosela hasta el fondo y descargando adentro mientras ella gritaba bajito. Saqué y terminé en la boca de Valeria, que abrió grande y se tragó todo lo que quedaba, mirándome fijo mientras el agua le corría por la cara.
Cuando ya no quedaba nada, nos quedamos los tres bajo el chorro, abrazados, respirando agitados. El agua seguía cayendo, limpiando el sudor y el sexo.
Valeria me besó lento y me dijo al oído:
—Ahora sí… te exprimimos todo. Pero descansa… porque en una hora volvemos a la cama. Todavía tenemos toda la mañana.
Y la charapa agregó, riendo:
—Y la próxima vez traemos lubricante… y tal vez juguetes. Esto recién empieza, papi.
Salimos de la ducha temblando, pero felices. El baño olía a jabón barato y a nosotros tres. Y yo sabía que no iba a poder caminar derecho en todo el día… pero no me importaba nada. 😈
Aquí una foto de los tres en la ducha:
(Nota: imagen generada con el prompt: tres personas en una ducha pequeña de hostal barato, vapor y agua cayendo, dos mujeres morenas curvilíneas con cuerpos voluptuosos abrazando a un hombre joven en medio, ambiente íntimo y erótico, iluminación tenue).
Salimos de la ducha todavía chorreando, envueltos solo en toallas chiquitas del hostal que apenas nos cubrían. El baño quedó lleno de vapor y huellas húmedas en el piso. Valeria iba adelante, meneando el culo mojado con cada paso, la charapa me tenía agarrado de la mano y me arrastraba riendo bajito.
—Vamos a la cama otra vez —dijo Valeria sin voltear—. Todavía no terminamos contigo.
Tiramos las toallas al piso y nos dejamos caer los tres sobre las sábanas ya arrugadas y húmedas de sudor y fluidos anteriores. El colchón crujió bajo nuestro peso. Valeria se tiró boca arriba en el centro, abrió las piernas en V y se apoyó en los codos para mirarme.
—Ven, papi… ahora nos toca a las dos recibirte bien despacito, porque ya estás cansado… pero nosotras queremos más.
La charapa se acostó a su lado, imitando la pose: piernas abiertas, coño todavía brillante de agua y excitación, tetas subiendo y bajando con la respiración agitada.
Me arrodillé entre las dos. Mi verga ya volvía a estar dura solo de verlas así, abiertas, esperando, con esa mirada de “rómpenos otra vez”.
Primero fui con Valeria. Me incliné, apoyé las manos a los lados de su cabeza y la penetré despacio. Entró suave por lo mojada que estaba. Ella suspiró largo, cerró los ojos un segundo y luego me miró fijo mientras yo empezaba a moverme.
—Así… lento pero profundo… siente cómo me abres… ay qué rico se siente todavía sensible…
Le daba embestidas lentas, llegando hasta el fondo y quedándome ahí un segundo antes de retroceder casi por completo. Cada vez que entraba ella apretaba con el coño y soltaba un gemidito ronco.
La charapa, a su lado, se tocaba el clítoris mirándonos y se inclinó para besar a Valeria. Las dos se comían la boca con lengua mientras yo cogía a una. Luego la charapa bajó y empezó a chuparle las tetas a Valeria, mordiendo suave los pezones.
—Cógela más fuerte… hazla gemir en mi boca —me dijo la charapa entre besos.
Aceleré un poco el ritmo. Valeria empezó a jadear más alto, las caderas subiendo para encontrarse conmigo.
—Ay sí… así… no pares… me estás llegando al fondo… me vas a hacer acabar otra vez…
Se corrió temblando, apretándome tan fuerte que tuve que quedarme quieto un segundo para no acabar yo también. Cuando bajó el orgasmo, me miró con ojos vidriosos y susurró:
—Ahora mi amiga… dale lo mismo.
Cambié de posición. La charapa se quedó boca arriba, pero levantó las piernas y las puso sobre mis hombros. Entré en ella de una sola embestida profunda. Soltó un grito ahogado:
—Ay ******… qué rico… métemela toda…
La cogí en esa posición: piernas altas, profundo, lento al principio, luego un poco más rápido. Valeria se acercó, se sentó sobre la cara de la charapa (en 69 invertido) y empezó a restregarse el coño mojado en su boca mientras yo la penetraba.
—Míralas… una chupando a la otra mientras te cojo —me dijo Valeria mirándome por encima del hombro—. Qué rico se ve tu verga entrando y saliendo de ella…
La charapa gemía contra el coño de Valeria, lamiéndola con desesperación. Yo sentía cómo se apretaba alrededor de mí cada vez que Valeria se movía.
Cambiamos otra vez. Las puse a las dos en cuatro, lado a lado, culos en pompa. Me alternaba: metía la verga en una, daba cinco o seis embestidas profundas, luego pasaba a la otra. Las dos empujaban hacia atrás al mismo tiempo, gimiendo en coro.
—Dale a ella ahora… rómpela… —decía una.
—No pares… métemela hasta el útero… —gemía la otra.
Les agarraba el pelo suave, tiraba un poco para atrás mientras las cogía. Sus culos rebotaban contra mí, la piel morena brillante de sudor y agua de la ducha que todavía no se había secado del todo.
Al final las puse boca arriba otra vez, una encima de la otra. Valeria abajo, la charapa encima en posición de misionero doble. Entré primero en la charapa (la de arriba), cogiéndola mientras Valeria desde abajo le lamía el clítoris y me lamía a mí los huevos cada vez que salía.
—Ay sí… cógela mientras yo la chupo… qué rico se siente todo junto…
Luego cambié: saqué de la charapa y entré en Valeria (la de abajo). La charapa se frotaba el coño contra el monte de Venus de Valeria mientras yo la penetraba. Las dos se besaban, se tocaban las tetas, gemían en la boca una de la otra.
Cuando ya no aguanté más, les avisé:
—Me vengo…
Valeria jadeó:
—Adentro de mí… lléname otra vez…
La charapa agregó:
—Y después en mi boca… quiero probarte…
Me vine primero en Valeria, descargando profundo mientras ella apretaba y gemía mi nombre. Saqué todavía goteando y la charapa abrió la boca. Me corrí en su lengua, ella se lo tragó todo mirándome fijo, luego se inclinó y besó a Valeria para compartir lo que quedaba.
Las tres nos dejamos caer exhaustas. Valeria a mi derecha, la charapa a mi izquierda, las dos pegadas a mí, respirando agitadas. El cuarto olía a sexo, jabón y sudor.
Valeria me acarició el pecho y susurró:
—Descansa un ratito… pero no te duermas mucho. En media hora volvemos a empezar. Todavía tenemos toda la mañana… y nosotras dos no nos cansamos fácil.
La charapa se rió bajito y agregó:
—Y la próxima vez traemos más juguetes… porque esto apenas fue el calentamiento.
Yo solo pude cerrar los ojos, sonreír y pensar que nunca en mi vida me habían exprimido tanto… y que no quería que parara nunca.
Al día siguiente, domingo por la mañana, los tres nos levantamos tarde y con el cuerpo hecho pedazos, pero con una energía rara, como si la noche anterior nos hubiera recargado de pura adrenalina.
Decidimos ir a la playa. No una de las populares de Miraflores o Barranco, sino una más alejada, hacia el sur, una caleta chiquita y medio escondida que la charapa conocía desde hace años. Llegamos como a las 11:30, el sol ya fuerte, pero el lugar estaba prácticamente desierto. Solo un par de pescadores lejos, un perro callejero y el ruido constante de las olas rompiendo.
Caminamos por la arena caliente hasta encontrar una especie de pequeña cueva natural: una hendidura en la roca que formaba un techo bajo, paredes laterales y una abertura que daba directo al mar. La arena ahí dentro era más fresca, húmeda por la sombra y el salitre. Perfecta para esconderse del mundo.
Valeria fue la primera en hablar, tirando su bolso y la toalla al suelo:
—Aquí no hay nadie… podemos hacer lo que queramos.
La charapa se rió, se quitó la blusa de inmediato y quedó en bikini. Yo me quedé mirándolas a las dos, todavía con la resaca de la madrugada, pero la verga ya empezando a despertarse solo de verlas moverse así, con la piel brillando bajo el sol que entraba de lado.
Nos echamos los tres boca abajo en la arena, formando un triángulo: yo en el centro, Valeria a mi derecha, la charapa a mi izquierda. La arena tibia nos abrazaba el cuerpo, el mar rugía cerca y el viento traía olor a sal y algas.
Valeria fue la que rompió el silencio. Se giró de lado, apoyó la cabeza en una mano y empezó a acariciarme la espalda con las uñas, bajando despacio hasta meter la mano por dentro del short de baño.
—¿Te acuerdas de anoche? —susurró, rozándome el lóbulo de la oreja—. Porque yo sigo sintiendo tu leche adentro…
La charapa se acercó por el otro lado, me besó el hombro y bajó la mano hasta agarrarme la verga por encima de la tela.
—Se está poniendo duro otra vez… en plena playa. Qué rico.
No había nadie cerca. La cueva nos cubría lo suficiente como para que, desde la playa principal, solo se viera arena y roca. El riesgo era mínimo, pero suficiente para que todo se sintiera más intenso.
Valeria se puso de rodillas, se bajó el calzón del bikini hasta medio muslo y se inclinó hacia mí:
—Primero tú y yo… despacito, que la arena raspa.
Se acomodó encima mío, de espaldas (reverse cowgirl), apoyando las manos en la arena. Bajó despacio, dejando que entrara centímetro a centímetro. Soltó un gemido largo que se mezcló con el ruido de las olas.
—Ay sí… qué rico se siente aquí afuera… con el mar de fondo…
Empezó a moverse lento, subiendo y bajando, el culo rebotando suave contra mis caderas. La arena se pegaba a nuestras piernas, a su espalda, a mis manos que le agarraban las nalgas y las abrían para verla mejor.
La charapa se acercó, se sentó frente a nosotros y empezó a tocarse mientras miraba. Luego se inclinó y comenzó a lamerle el clítoris a Valeria cada vez que subía.
—Lámela mientras la coge… hazla acabar rápido —me dijo Valeria entre jadeos.
La charapa obedeció. Valeria empezó a temblar casi de inmediato, moviéndose más rápido, más desesperada.
—Me vengo… ay ******… me estoy viniendo en la playa…
Se corrió apretándome fuerte, gimiendo contra el brazo para no gritar demasiado. Cuando bajó el temblor, se levantó y se giró:
—Ahora tú y ella.
La charapa se puso en cuatro, culo hacia mí, rodillas hundiéndose en la arena húmeda. Entré en ella de una sola embestida. Estaba tan mojada que resbaló fácil. Empecé a bombear despacio, profundo, mientras Valeria se acostaba debajo de la charapa en 69 y le lamía el clítoris desde abajo.
La charapa empujaba hacia atrás, gimiendo contra el coño de Valeria:
—Más fuerte… rómpeme aquí mismo… que el mar nos escuche…
Valeria, desde abajo, me lamía los huevos y la base de la verga cada vez que salía. El contraste del calor de la arena, el frío del agua que llegaba en oleadas pequeñas y la humedad de las dos me tenía al límite.
Cambiamos una vez más: las puse a las dos acostadas boca arriba, lado a lado, piernas abiertas hacia mí. Me arrodillé entre ellas y fui alternando: metiéndola en una, cinco embestidas lentas, luego en la otra. Las dos se besaban entre ellas, se tocaban las tetas, se decían cosas sucias al oído.
—Cógela más profundo… quiero verla temblar…
—Ay sí… me estás llenando toda… no pares…
Al final no aguanté más. Me vine primero en la charapa, descargando profundo mientras ella me apretaba y gemía mi nombre. Saqué todavía duro y terminé en la boca abierta de Valeria, que se lo tragó todo y luego besó a la charapa para compartir.
Nos quedamos los tres echados boca abajo otra vez, respirando agitados, arena pegada al cuerpo, el sol quemándonos la espalda, el mar rugiendo cerca.
Valeria se rió bajito, con la cara apoyada en los brazos:
—Qué rico se siente coger en la playa… arena en el culo y todo.
La charapa agregó, todavía jadeando:
—La próxima vez traemos una sábana… o no traemos nada y lo hacemos igual.
Yo solo pude sonreír, exhausto, con el corazón latiendo fuerte y pensando que nunca en mi vida había vivido algo así… y que todavía no había terminado.
El día en la playa recién empezaba.
El sol ya pegaba fuerte, pero la cueva nos daba sombra y una brisa fresca que entraba desde el mar. Después de esa primera ronda rápida y desesperada en la arena, nos quedamos echados un rato, respirando agitados, con arena pegada en la espalda, en las piernas y hasta en sitios donde no debería estar.
Valeria fue la primera en levantarse. Se sacudió la arena de las nalgas, se puso el calzón del bikini blanco que se le transparentaba un poco con la humedad y miró hacia el agua.
—Voy a darme un chapuzón… estoy toda sudada y arenosa —dijo, guiñándome un ojo—. No se vayan muy lejos, ¿eh?
Se alejó caminando hacia el mar con ese meneo de caderas que hacía que el bikini se le metiera más entre las nalgas. La vimos entrar al agua, el cuerpo moreno brillando bajo el sol, hasta que se perdió un poco entre las olas pequeñas.
La charapa no perdió tiempo.
Apenas Valeria se alejó lo suficiente, se giró hacia mí con una sonrisa pícara, se bajó el calzón del bikini hasta medio muslo y se echó boca abajo en la arena, justo donde la sombra de la cueva la cubría.
—Ven… rápido —susurró—. Mientras ella nada, tú y yo seguimos.
Se abrió las nalgas con las dos manos, arqueó la espalda y sacó el culo hacia arriba. El ano rosado y apretado quedó justo frente a mi cara, todavía húmedo del agua de la ducha y de lo que habíamos hecho antes.
Me arrodillé detrás de ella. Primero pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la mezcla de sal del mar, arena tibia y su sabor íntimo. Ella soltó un gemidito ahogado.
—Lame… lame mi poto despacito… —pidió bajito, empujando hacia atrás.
Metí la punta de la lengua directo en su ano, rodeándolo con círculos lentos, luego empujando adentro. Estaba caliente, apretado, y cada vez que metía más lengua ella gemía más fuerte, aunque intentaba contenerse para que no se oyera hasta el mar.
—Así… métela más… ay papi qué rico me comes el culo… lame bien profundo…
Le mordí suave las nalgas, primero un lado, luego el otro. La piel morena se ponía roja con cada mordida ligera. Ella se retorcía de placer, empujando más el culo contra mi cara.
—Muérdelas más fuerte… quiero que me dejes marca… rómpeme el poto con la boca…
Le di mordidas más firmes, sin llegar a lastimar, pero dejando pequeñas señales rosadas en la carne. Mientras tanto seguía lamiendo, metiendo y sacando la lengua, chupando alrededor del ano, bajando de vez en cuando para lamerle el coño que ya chorreaba otra vez.
Ella empezó a jadear más rápido:
—Ay sí… ahora méteme un dedo… quiero sentirlo en el culo mientras me lames…
Metí el dedo índice despacio, lubricado con saliva y su propia humedad. Entró fácil. Lo moví adentro y afuera mientras seguía lamiendo alrededor. Ella se retorcía, la arena pegándosele a las tetas y al estómago.
—Más… méteme dos… rómpeme el poto… quiero que me abras…
Le metí dos dedos, despacio pero firme. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo contra el brazo para no gritar. El ano se abría y cerraba alrededor de mis dedos mientras yo seguía lamiendo lo que podía.
—Ay ******… me vas a hacer acabar así… no pares… lame y rómpeme el culo…
Se corrió temblando entera, apretando mis dedos con el ano, chorreando arena y arena mojada debajo de ella. Se quedó quieta un segundo, jadeando, y luego se giró con una sonrisa satisfecha.
—Qué rico… ahora te toca a ti.
Pero justo en ese momento vimos a Valeria saliendo del agua, caminando hacia nosotros con el bikini pegado al cuerpo, gotas corriendo por su piel morena.
La charapa se subió rápido el calzón y se echó boca abajo como si nada hubiera pasado. Yo hice lo mismo, aunque todavía tenía la verga dura y la boca con su sabor.
Valeria llegó, se sacudió el pelo mojado y se tiró entre los dos.
—¿Qué hicieron mientras yo nadaba? —preguntó con una sonrisa cómplice, mirando mi cara y luego la de la charapa.
La charapa se rió bajito:
—Solo… calentamos un poquito el lugar para cuando vuelvas.
Valeria se acercó a mi oído:
—Ahora me toca a mí… cuando ella vaya al agua, quiero que me hagas lo mismo… pero más duro.
Y así siguió la tarde: una se iba a nadar o a caminar por la orilla, y la otra se quedaba conmigo en la cueva, echada boca abajo, pidiéndome que le lamiera el ano, que le mordiera las nalgas, que le metiera dedos y lengua hasta hacerla acabar temblando en la arena.
Cuando volvían, se besaban entre ellas, se tocaban, y luego me montaban las dos, turnándose, hasta que el sol empezó a bajar y el frío del mar nos obligó a recoger todo.
Esa tarde en la playa fue casi tan intensa como la noche anterior… pero con el sonido de las olas y el sol quemándonos la piel como testigos.
Valeria salió del agua con el bikini blanco pegado al cuerpo, el agua salada corriendo por su piel morena, gotas brillando bajo el sol. Caminó directo hacia la cueva, el pelo mojado cayéndole por la espalda y las tetas subiendo y bajando con cada paso. La charapa ya se había ido a dar una vuelta por la orilla, buscando conchas o simplemente dejando espacio, así que quedamos solos los dos.
Entró a la cueva sin decir nada, se sacudió el pelo como perrita mojada y se tiró boca abajo en la arena húmeda, justo donde la sombra la cubría. Arqueó la espalda al instante, sacó el culo hacia arriba y se abrió las nalgas con las dos manos, el tanga blanco del bikini todavía puesto pero hundido entre las carnes.
—Ven… rápido —susurró con voz ronca—. Quiero que me comas el culo antes de que vuelva ella.
Me arrodillé detrás de ella. El olor me pegó de inmediato: sal del mar, arena tibia, piel caliente y ese aroma íntimo de su excitación que ya se filtraba por la tela. Pasé primero la nariz por el tanga, aspirando profundo. Ella soltó un gemidito.
—Huele rico, ¿verdad? —dijo, empujando más el culo hacia mi cara—. Huélelo bien… y después bájamelo con los dientes.
Agarré el borde del tanga con los dientes, justo en el centro. Tiré despacio hacia abajo. La tela se resistió un segundo, pero cedió. El encaje fue bajando, rozándole la piel, dejando a la vista esas nalgas perfectas, redondas, todavía húmedas del mar. Cuando llegó a la mitad del culo, ella misma abrió más las piernas para que pasara fácil.
Seguí tirando. El tanga bajó hasta los muslos y ella movió las caderas para que cayera al suelo. Ahora estaba completamente expuesta: ano rosado y apretado, coño hinchado y brillante, todo mojado por el mar y por lo caliente que ya estaba.
—Lame… lame mi poto despacito —ordenó, con la voz temblando de ganas.
Metí la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, saboreando la sal y su sabor natural. Ella suspiró largo.
—Así… lame bien… métela en mi culo…
Rodeé el ano con la punta, despacio, luego empujé adentro. Estaba caliente, apretado, se abría un poquito cada vez que metía más lengua. Ella empezó a gemir bajito, empujando hacia atrás.
—Más profundo… métela toda… ay papi qué rico me comes el culo… lame como si quisieras abrirme…
Le mordí suave las nalgas, primero un cachete, luego el otro. La piel morena se ponía roja con cada mordida ligera. Ella se retorcía de placer.
—Muérdelas más fuerte… quiero que me dejes marca… rómpeme las nalgas con los dientes…
Le di mordidas más firmes, sin romper piel, pero dejando señales rosadas que se veían perfectas contra su tono canela. Mientras tanto seguía lamiendo, metiendo y sacando la lengua del ano, chupando alrededor, bajando de vez en cuando para lamerle el coño que chorreaba arena mojada y jugos.
—Ay sí… ahora méteme un dedo… quiero sentirlo en el culo mientras me lames…
Metí el dedo índice, lubricado con saliva y su propia humedad. Entró fácil. Lo moví adentro y afuera, despacio al principio, luego más profundo. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo contra el brazo.
—Dos… méteme dos… rómpeme el poto… quiero que me abras bien…
Le metí dos dedos, despacio pero firme. El ano se abría y cerraba alrededor, caliente y apretado. Seguía lamiendo lo que podía, la lengua rodeando los dedos, chupando la piel alrededor.
—Ay ******… me vas a hacer acabar así… no pares… lame y rómpeme el culo…
Empezó a temblar, el cuerpo tensándose. Se corrió fuerte, apretando mis dedos con el ano, chorreando más jugo que caía en la arena. Gritó bajito mi nombre, el cuerpo convulsionando, las piernas fallándole un segundo.
Cuando bajó el orgasmo, se quedó quieta un momento, jadeando. Luego se giró, se sentó en la arena y me miró con ojos vidriosos.
—Qué rico me comiste el culo… ahora quiero que me cojas el poto de verdad.
Se puso en cuatro otra vez, culo en pompa, me miró por encima del hombro.
—Sin condón… quiero sentirte crudo… rómpeme el poto, papi.
Me escupí la mano, me lubricé la verga y apoyé la punta en su ano. Entré despacio, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo y profundo.
—Ay sí… despacio… me estás abriendo… qué rico se siente…
Cuando estuve todo adentro, me quedé quieto un segundo. Ella empujó hacia atrás, acostumbrándose.
—Ahora muévete… rómpeme… métemela toda…
Empecé a bombear despacio, profundo. Cada embestida hacía que ella jadeara más fuerte. Le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía de su culo apretado.
—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes abierta…
Aceleré el ritmo. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las olas. Ella gemía sin control:
—Ay sí… así… cógeme el culo duro… rómpelo… haz que me duela rico…
Le di palmadas fuertes en las nalgas mientras la cogía. Cada palmada la hacía apretar más.
—Pégame… quiero que me dejes el culo rojo… rómpeme…
Se vino otra vez, esta vez desde el culo, temblando entera, gritando bajito contra el brazo. Yo seguí dándole, ahora más rápido, hasta que no aguanté más.
—Me vengo… —avisé.
—Adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente adentro…
Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte con el ano, exprimiéndome hasta la última gota.
Cuando terminé, me quedé adentro un rato, los dos jadeando. Ella se giró despacio, me besó con lengua profunda y me susurró:
—Qué rico me rompiste el poto… ahora vamos a esperar a que vuelva la otra… porque quiero que nos cojas a las dos por el culo al mismo tiempo.
Se acomodó boca abajo otra vez, culo todavía abierto y goteando, y se quedó mirando el mar con una sonrisa satisfecha.
La tarde en la cueva recién empezaba.
Al día siguiente, lunes por la tarde, quedamos con Valeria en vernos solos. Nada de la charapa esta vez. Ella me escribió temprano:
“Papi, hoy quiero que seamos solo tú y yo. Reserva un telo chiquito pero decente en Surco o Miraflores. A las 7 pm. Trae ganas… porque yo voy a llegar ya mojada pensando en lo de la playa.”
Le respondí que sí y reservé una habitación en un telo discreto cerca de Benavides: luces tenues, cama king, jacuzzi pequeño, espejo enorme en el techo y paredes gruesas. Nada de lujos exagerados, pero limpio y con lo necesario para una noche larga.
Llegué primero. Me duché rápido, me puse bóxer negro y me tiré en la cama esperando. A las 7:05 sonó el timbre. Abrí y ahí estaba ella.
Valeria entró con una sonrisa lenta y peligrosa. Traía un vestido negro corto, ajustado, sin brasier (se le marcaban los pezones duros contra la tela) y tacones altos que hacían que su culo se viera aún más parado. El pelo suelto, labios rojos oscuros, y ese perfume dulce que me volvía loco.
Cerró la puerta con llave, dejó el bolso en el piso y se acercó sin decir nada. Me agarró del cuello, me besó con lengua profunda desde el primer segundo, mordiéndome el labio inferior mientras sus manos bajaban directo a meterme mano por dentro del bóxer.
—Te extrañé desde que salimos de la playa —susurró contra mi boca—. Ayer me fui a casa tocándome pensando en cómo me rompiste el culo en la arena… hoy quiero más.
Me empujó contra la cama. Se quitó el vestido de un movimiento. Quedó en tanga negro de encaje y tacones. Se subió encima mío, me besó el cuello, el pecho, bajó lamiendo hasta que llegó a mi verga. Se la metió entera de una, babosa, mirándome fijo.
—Mmm… qué rica la tienes… me encanta cómo sabe después de un día pensando en ti.
Me chupó fuerte, con ruido, salivando mucho. Luego se levantó, se quitó el tanga y se sentó en mi cara.
—Lame… lame todo… quiero que me comas el coño y el culo antes de que te monte.
Le abrí las nalgas y metí la lengua directo en su ano. Estaba caliente, apretado, con ese sabor salado y dulce que me volvía loco. Rodeé despacio, luego empujé adentro. Ella se restregaba contra mi boca, gimiendo bajito.
—Así… métela más… lame mi poto como en la playa… ay papi qué rico…
Mientras le comía el culo, ella se tocaba el clítoris con dos dedos. Se vino rápido, temblando, chorreando en mi boca.
—Ahora cógeme… quiero que me rompas el culo otra vez.
Se puso en cuatro en el borde de la cama, culo en pompa, me miró por encima del hombro.
—Sin lubricante extra… usa tu saliva y métemela crudo… rómpeme el poto, papi.
Me escupí la mano, me lubricé la verga y apoyé la punta en su ano. Entré despacio, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo y profundo.
—Ay sí… despacio… me estás abriendo… qué rico se siente…
Cuando estuve todo adentro, me quedé quieto un segundo. Ella empujó hacia atrás.
—Ahora muévete… rómpeme… métemela toda… quiero sentirte hasta el fondo.
Empecé a bombear lento pero profundo. Cada embestida hacía que ella jadeara más fuerte. Le agarraba las nalgas, abriéndolas, viendo cómo entraba y salía de su culo apretado.
—Más rápido… rómpeme el poto… quiero que me dejes abierta toda la noche…
Aceleré. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto. Le di palmadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas.
—Pégame… quiero que me dejes el culo rojo… rómpeme más duro…
Se vino otra vez, apretándome tan fuerte con el ano que casi me hace acabar. Siguió empujando hacia atrás, pidiendo más.
—Córrete adentro… lléname el culo… quiero sentir tu leche caliente hasta mañana…
No aguanté más. Me vine profundo, descargando todo dentro de ella. Ella apretó fuerte, exprimiéndome hasta la última gota.
Cuando terminé, se quedó quieta un rato, jadeando. Luego se giró, me besó con lengua profunda y me susurró:
—Qué rico me rompiste el poto… pero esto recién empieza. Ahora quiero que me cojas el coño mientras me comes el culo con los dedos… y después te monto yo.
Pasamos toda la noche así: cambiando posiciones, ella pidiendo que le rompa el culo una y otra vez, que le lama el ano hasta hacerla temblar, que le muerda las nalgas hasta dejar marcas, que la haga acabar gritando mi nombre.
Al final, cuando ya no dábamos más, nos quedamos abrazados en la cama, ella con la cabeza en mi pecho, yo acariciándole el pelo.
—Esto fue mejor que con la otra… —susurró—. Solo tú y yo… rompiéndonos sin parar.
Y yo solo pude sonreír, sabiendo que al día siguiente iba a dolerme todo… pero que valía cada maldito segundo.