maradonita
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-Voy a hacer el amor contigo- es lo primero que pensé al verla emerger del humo que cubría al lugar. Estaba lleno de rostros, pero el de ella refulgió en medio de la masa, casi como una moneda en un desierto.
Era alta, de pechos apenas sostenidos por un top que relucía sus pezones salientes. Dibujaba en su sonrisa una sensualidad atípica para las kinesiólogas que merodeaban el recinto; todos le decía Vane, pero su nombre nadie lo conocía, ni siquiera quien fuese dueño de ese local tan concurrido.
Apenas paseaba por las mesas sobándose contra pelvis inidistintas. Sus piernas, muy bien contorneadas las ponía encima de las mesas para lucir el portaligas de color negro. Introduje un billete de veinte soles- eso había pensado que se hacía según había visto en las películas gringas- sin embargo, el cuidador me tomó por la espalda. Era un tipo alto, con brazos de boxeador y cara de pocos amigos, apenas había caído en cuenta que había hecho algo incorrecto cuando terminó de pronunciar: a las chicas no se les toca, si quieres con ella, al final compadre.
Y dicho esto, la esperé al término del show. Bajó del escenario y un séquito de hombres quisieron adelantarme. Pero yo estaba ahí, dispuesto con un billete de a 100 en la mano y listo para sacarla del local. Sin embargo ella siguió de largo, se encerró en su cuarto sin dejar entrar a nadie.
Nunca había tenido la necesidad de recorrer estos recovecos nocturnos. Apenas en la televisión las noticias del mediodía informaban sobre incursiones policiales a este tipo de lugares. Sin embargo, el motivo que me había conducido hacia ese patíbulo lleno de seres extravagantes, era el amor que sentía por mi novia. Teníamos tan solo diecinueve años. Eramos inexpertos, nos tocábamos con frecuencia alternada para apaciguar nuestras hormonas.
Ella-mi novia- había decidido que la experiencia en los artes amatorios debía ser importante. El placer, al igual que todo lo delicioso en la vida, requiere de experiencia para ser disfrutado al máximo. A pesar de ser ella conservadora y pía en querer mantener su virginidad hasta el matrimonio, apeó a mis instintos dándome permiso para ir a estos lugares. Según ella, el trabajo de esas muchachas era honrado, no hacía mal a nadie y el hombre a diferencia de la mujer es quien debe marcar el ritmo del sexo. Siempre y cuando no te enamores de una de esas mujerzuelas- había dicho- todo bien si el día del matrimonio me brindas placer.
Yo, ni loco ni perezoso, esa misma noche fui hacia un local llamado la gata caliente. Ahí esperé por el show de Vane, la kinesióloga de la que varios me habían adelantado, era realmente una tigresa capaz de devorar a cofrades- dicha terminología, la había extraído de un foro relleno de peritos en la materia del sexo.
Pero Vane se había ido, no abrió más la puerta y la noche se volvió sosa, sin gracia, si es que no fuera por Ingrid, quien me cogió del fundillo y me condujo sin remilgos hacia su habitación, todo hubiera quedado en nada.
Era morocha, de cintura delgada y sexo afeitado, todo lo necesario para succionar mi falo en llamas, ardiendo, a punto de convulsionar en sus contornos violentos. Ella apretujaba el glande con la lengua, succionando los alrededores y luego lamiendo con delicadeza cada uno de los depósitos de calentura que me abochornaban. Ambos sudábamos, ella se entregaba cabalgando incesantemente sobre mí y yo, completamente excitado la veía a ella hacer una labor prolija, bien hecha, tanto así que luego de todo, se aproximó a mis labios y me dio un beso:
-No hago esto con todos mis clientes, eres primerizo, te dejo el vicio ahí...
Luego, se acomodó las prendas y su trasero erectó nuevamente mi pene que volvió a arder.
- Otro más, te pago.
Sonrió.
- Lo siento, esta noche ya es suficiente...
- ¿Qué hay de esta tal Vane?
- ¿Vane?
- Si, ella, que tal atiende
- No te la recomiendo
Y a partir de ese diálogo, se inició otro tipo de efluvios sobre mi cuerpo. Ingrid narraba con lujo de detalles la personalidad de esa tal Vane, de quien nadie sabía más allá del día en que llegó a 'La gata caliente'.
Si quieren saber quién era Vane, los espero en el siguiente post, a la misma hora y por el mismo foro
Saludos cofradía!
Era alta, de pechos apenas sostenidos por un top que relucía sus pezones salientes. Dibujaba en su sonrisa una sensualidad atípica para las kinesiólogas que merodeaban el recinto; todos le decía Vane, pero su nombre nadie lo conocía, ni siquiera quien fuese dueño de ese local tan concurrido.
Apenas paseaba por las mesas sobándose contra pelvis inidistintas. Sus piernas, muy bien contorneadas las ponía encima de las mesas para lucir el portaligas de color negro. Introduje un billete de veinte soles- eso había pensado que se hacía según había visto en las películas gringas- sin embargo, el cuidador me tomó por la espalda. Era un tipo alto, con brazos de boxeador y cara de pocos amigos, apenas había caído en cuenta que había hecho algo incorrecto cuando terminó de pronunciar: a las chicas no se les toca, si quieres con ella, al final compadre.
Y dicho esto, la esperé al término del show. Bajó del escenario y un séquito de hombres quisieron adelantarme. Pero yo estaba ahí, dispuesto con un billete de a 100 en la mano y listo para sacarla del local. Sin embargo ella siguió de largo, se encerró en su cuarto sin dejar entrar a nadie.
Nunca había tenido la necesidad de recorrer estos recovecos nocturnos. Apenas en la televisión las noticias del mediodía informaban sobre incursiones policiales a este tipo de lugares. Sin embargo, el motivo que me había conducido hacia ese patíbulo lleno de seres extravagantes, era el amor que sentía por mi novia. Teníamos tan solo diecinueve años. Eramos inexpertos, nos tocábamos con frecuencia alternada para apaciguar nuestras hormonas.
Ella-mi novia- había decidido que la experiencia en los artes amatorios debía ser importante. El placer, al igual que todo lo delicioso en la vida, requiere de experiencia para ser disfrutado al máximo. A pesar de ser ella conservadora y pía en querer mantener su virginidad hasta el matrimonio, apeó a mis instintos dándome permiso para ir a estos lugares. Según ella, el trabajo de esas muchachas era honrado, no hacía mal a nadie y el hombre a diferencia de la mujer es quien debe marcar el ritmo del sexo. Siempre y cuando no te enamores de una de esas mujerzuelas- había dicho- todo bien si el día del matrimonio me brindas placer.
Yo, ni loco ni perezoso, esa misma noche fui hacia un local llamado la gata caliente. Ahí esperé por el show de Vane, la kinesióloga de la que varios me habían adelantado, era realmente una tigresa capaz de devorar a cofrades- dicha terminología, la había extraído de un foro relleno de peritos en la materia del sexo.
Pero Vane se había ido, no abrió más la puerta y la noche se volvió sosa, sin gracia, si es que no fuera por Ingrid, quien me cogió del fundillo y me condujo sin remilgos hacia su habitación, todo hubiera quedado en nada.
Era morocha, de cintura delgada y sexo afeitado, todo lo necesario para succionar mi falo en llamas, ardiendo, a punto de convulsionar en sus contornos violentos. Ella apretujaba el glande con la lengua, succionando los alrededores y luego lamiendo con delicadeza cada uno de los depósitos de calentura que me abochornaban. Ambos sudábamos, ella se entregaba cabalgando incesantemente sobre mí y yo, completamente excitado la veía a ella hacer una labor prolija, bien hecha, tanto así que luego de todo, se aproximó a mis labios y me dio un beso:
-No hago esto con todos mis clientes, eres primerizo, te dejo el vicio ahí...
Luego, se acomodó las prendas y su trasero erectó nuevamente mi pene que volvió a arder.
- Otro más, te pago.
Sonrió.
- Lo siento, esta noche ya es suficiente...
- ¿Qué hay de esta tal Vane?
- ¿Vane?
- Si, ella, que tal atiende
- No te la recomiendo
Y a partir de ese diálogo, se inició otro tipo de efluvios sobre mi cuerpo. Ingrid narraba con lujo de detalles la personalidad de esa tal Vane, de quien nadie sabía más allá del día en que llegó a 'La gata caliente'.
Si quieren saber quién era Vane, los espero en el siguiente post, a la misma hora y por el mismo foro
Saludos cofradía!
