Un "dos pa dos" inesperado

S0CR4T35

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Esto pasó hace dos años cuando tenía 30, la misma edad que Daniel, mi mejor amigo, a quien conocí en un taller de verano de básquet en el que me matricularon cuando tenía 13.

Nos mantuvimos en contacto porque coincidimos en este taller durante tres veranos seguidos y, aunque ambos fuimos a la misma universidad, estudiamos carreras diferentes. Sin embargo, compartimos algunos cursos e integramos la selección de la universidad. Todo esto llevó a que desarrolláramos una gran amistad y fuéramos bastante cercanos.

En ese entonces, ambos pasábamos una mala racha con nuestras parejas. Yo estaba por casarme y mi ahora esposa no tenía tiempo para mí. Llegaba a la casa y, si no tenía trabajo pendiente, tenía que organizar cosas de la boda en la que mi opinión contaba poco o nada. Por otro lado, Daniel estaba en una relación que se había vuelto algo monótona, pero por motivos diferentes. No convivían, pese a que él ya se había independizado poco después de acabar la universidad. Las visitas a la casa de ella se remitían solo a la sala o el comedor, siempre con la presencia de sus suegros, donde ella solo le hablaba de su nuevo trabajo (que era mucho mejor que el anterior) o de las tareas que tenía pendientes del MBA.

Una noche en su casa, jugando PS y tomando unas chelas, el alcohol fue haciendo que salieran estos temas. Bromeábamos diciendo que estábamos mejor solteros, saliendo de cacería sin compromisos de ningún tipo. Si bien nos conocíamos desde hacía casi veinte años, nuestras salidas siempre fueron "sanas"; por un lado, porque estuvimos ambos en colegios religiosos y, luego, porque la universidad tenía códigos de conducta estrictos para mantener los beneficios que nos daban (entre ellos los económicos), lo que dificultó vivir momentos "alocados".

Fue entonces que empezamos a planear algo que nos hiciera cortar esa mala racha que teníamos a nivel sexual. Sería mi despedida de soltero, dado que lo que había planeado mi entonces novia era una celebración con amigos dos semanas antes de la boda en un lounge, porque estaba de moda en quién sabe dónde.

Revisando agendas, vimos que mi futura esposa viajaría en un mes a Cancún con sus papás para ultimar detalles de la boda en el hotel que había elegido. Yo ya tenía programadas dos reuniones importantes presenciales que no podía reagendar, por lo que no podría acompañarles (aunque, en el fondo, tampoco lo hubiese hecho de haber sido posible). Ese viaje iba a coincidir con las dos semanas que la novia de Daniel estaría en EEUU por el MBA, tras lo cual él le daría el encuentro para tomar una semana de vacaciones. Esto nos daba dos semanas para organizar lo que pudiera ocurrir. Empezaron a salir varias ideas, pero también me preocupaba que algo pudiera salir mal. Comencé a hablar sin parar, nervioso como en las previas de una final o partido importante, y mi amigo me cortó:

—¡Cholo, calma! No te preocupes, yo me encargo. Algo se me ocurrirá y nada saldrá mal.

Pasaron las semanas y traté de aparentar normalidad; en verdad no era muy difícil dada la dinámica de mi relación en ese momento. De cuando en cuando le mandaba algún mensaje a Daniel, quien mantenía el misterio de lo que iba a ocurrir, solo mandando info de la fecha y la hora. El lugar era evidente: su departamento.

Llegó el sábado y tenía los nervios a flor de piel. Recuerdo que era junio; me puse un jean, zapatillas y una camisa casual manga larga. Tomé un taxi y salí rumbo a Magdalena, donde tenía su depa. Toqué el timbre, abrió la puerta y nos saludamos. Me recibió normal, como un día más.

—Pasa, llegas temprano, jajaja. Ayúdame a arreglar lo que falta.

Entré y no vi nada especial, salvo una mesa auxiliar donde había organizado bebidas alcohólicas, no alcohólicas y algunos piqueos. Aún no entendía de qué iba la cosa.

—Saca de la cocina cuatro vasos y cuatro copas. Voy a poner hielo y con eso ya estaríamos.
—¿No me vas a decir más?
—Jajaja, relájate, deja que fluya. Piensa que hoy es una noche más que vienes a mi depa y vamos a jugar PS, solo que no vamos a jugar... PS.
—Jajaja.

Terminamos de acomodar la mesa auxiliar y puso en su televisor un mix de música como para ambientar la cosa. Me empezó a contar una historia graciosa de su trabajo cuando, luego de un rato, sonó el intercomunicador. Daniel contestó y, tras hablar un momento, activó el botón de la puerta. Pasaron unos minutos, tocaron el timbre y les abrió.

Entraron dos chicas muy guapas, vestidas como para una discoteca, en el buen sentido. No vestían de manera exuberante o grotesca; pasarían como dos amigas guapas que se van a una "reu" con amigos para hacer previos. Ambas tendrían unos 20 o 25 años a lo mucho, de tez blanca, delgadas y de 1.65 o 1.70 m de altura. Una vestía un pantalón jean azul apretado con un body blanco y sandalias altas. La otra, un short negro con una blusa o micro vestido animal print y sandalias de correa hasta la pantorrilla.

—Marco, te presento a Sara y Nicole —me hizo gestos indicando que Nicole era la elegida para mí.

Nos saludamos y Daniel las invitó a que se acomodaran mientras les explicaba un poco qué había en la mesa auxiliar, dejando en claro que había más cosas en la cocina por si no encontraban algo. Ellas nos saludaron risueñas con un beso "media luna" a ambos. Sara preguntó por el baño y Daniel la tomó de la mano para acompañarla. Aparentemente era una especie de mensaje, porque Nicole me tomó de la mano para que la acompañara a la sala, donde nos sentamos a conversar. Pasaron unos minutos y volvieron ambos a donde estaba conversando con Nicole; primero Daniel y después de un buen rato Sara.

—Bueno, ¿qué les parece si vamos animando la noche? —preguntó Daniel.
—Sí, ¿qué tienen pensado? —respondió Sara.
—Tengo juegos de mesa, cartas, dados... ¿qué les provoca?
—Depende, ¿ya nos queremos poner atrevidos?

Los tres me miraron y yo solo asentí. Sentí un poco de presión y más cuando Daniel me hacía gestos para que me relajara, porque yo seguía nervioso.

—¿Les provoca póker? —sugirió Sara.
—¡Claro! Es raro que a las mujeres les guste el póker —comenté.
—Sí, no es la primera vez que lo escucho —dijo Nicole sonriendo.
—Sería mucho pedir si para hacerlo interesante... —empezó Daniel.
—¿Si lo hacemos póker de prendas? —interrumpió Sara.
—Sí, pero... no esperaba que aceptaran tan rápido —dijo Daniel con sorpresa evidente.
—No te preocupes, sé lo que piensas —comentó Nicole alegre y traviesa.
—Tranquilos, la noche es larga, no se preocupen —remató Sara.

Nos acomodamos en el comedor alternados para evitar inconvenientes: Sara, Daniel, Nicole y yo. Mientras sacábamos las cartas y organizábamos el juego, empezamos a recordar las reglas y las combinaciones, la típica conversación previa a un juego, con el añadido de que esta no era una simple partida de póker como tantas otras que habíamos jugado.

Conforme avanzaba el juego era más difícil mantener la concentración, primero porque conforme perdíamos, íbamos descubriendo lo guapas que eran Sara y Nicole. Ambas eran delgadas, como había dicho antes, y se notaba que todo era natural. Sara tenía el cabello ondulado, negro y corto; sus senos eran firmes y blancos, destacando sus pezones medianos. Nicole, por otro lado, tenía el cabello lacio y castaño que le llegaba a los hombros; no era tan blanca como su amiga, pero su tez era clara. Sus senos también eran firmes y tenía unas caderas de infarto, las cuales mostraba de cuando en cuando para distraer el juego.

Entre conversaciones vagas y chistes tontos, estuvimos jugando como una hora. Tanto Sara como Nicole ya estaban semidesnudas, solo faltaba descubrir el nivel de depilación de ambas en su vulva. Daniel llevaba aún el bóxer, su polo y medias, y yo mi bóxer y mi pantalón. Caí en cuenta en ese momento de que sería la primera vez que compartíamos ese nivel de intimidad con Daniel en un espacio no deportivo, dado que muchas veces habíamos estado desnudos en un mismo ambiente, pero por motivos totalmente diferentes. Yo, con algunos kilos de más, conservo algo de mi figura atlética; mido 1.85 y peso 90 kilos. Daniel mide 1.75 y pesa 70 kilos.

—¿Y si cambiamos de juego? —preguntó Sara.
—¿Qué propones? —dijo Daniel.
—Podemos seguir con las cartas, pero algo más divertido.
—¿Qué tienes en mente? —pregunté yo.
—"Mayor o menor", ¿lo saben? —dijo Nicole.

Nos explicaron rápidamente el juego y no era muy difícil: poníamos el mazo boca abajo y cada uno iba tomando turno para abrir una carta y decir si la que se abriría a continuación era mayor o menor que la ya abierta. Si acertabas, no había problema. Si perdías, el que estaba a tu izquierda te daba un castigo.

Este juego agilizó lo que el póker no logró. Descubrimos que tanto Sara como Nicole estaban completamente depiladas, igual que Daniel y yo, algo que nos causó sorpresa y risas por parte de las chicas ante nuestra reacción y las bromas que siguieron.

Cuando ya estuvimos todos desnudos, el juego siguió y los castigos cambiaron:

—Nicole, lame el pezón de Marco por un minuto —ordenó Sara.
—Marco, besa en la boca a Nicole por un minuto —dijo Daniel.
—Sara, hazle un oral a Daniel por un minuto —pidió Nicole.
—Daniel, haz cinco posiciones del Kamasutra con Sara —dije yo.

Los castigos mantuvieron ese tono y, cuando menos nos dimos cuenta, éramos dos parejas haciendo juegos sexuales en la misma habitación. En algún momento las chicas nos tomaron de la mano y nos llevaron a la habitación de Daniel. Nos acomodaron en la misma cama y, aunque eventualmente rozábamos nuestros cuerpos, siempre éramos Sara con Daniel y Nicole conmigo.

La confianza hacía que no nos intimidara estar uno junto al otro en esa situación; de hecho, para mí era como estar viviendo dos experiencias en una. Por un lado, tener sexo casual con alguien que apenas había conocido y, por otro, ver un show de sexo en vivo.

Luego del sexo oral que nos dieron a ambos, ellas arrodilladas en el suelo y nosotros acostados en el borde de la cama, nos colocaron preservativos que convenientemente sacó Daniel de su mesa de noche. Pese a tener lubricante que se les ofreció para facilitar la penetración, ambas lo rechazaron.

Las dos estaban bastante mojadas y eso facilitó la penetración. Si no fuera porque sabía que todo lo había organizado Daniel, pensaría que eran dos mujeres que tenían un genuino interés en nosotros: disfrutaban la acción, proponían posiciones sin afectar a la otra pareja y gemían con bastante naturalidad. En algún momento, Nicole me susurró al oído si me gustaría hacerlo por atrás. Eso era música para mis oídos porque, aunque lo había visto en películas porno, nunca lo había podido realizar como para saber si me gustaba o no. Entendió mi silencio, me lanzó una sonrisa y una mirada traviesa. Se acercó a Sara, la tomó por el hombro, ella la miró, se dieron un beso en la boca y luego le dijo algo al oído.

Nicole ahora sí tomó el lubricante de la mesa de noche y untó un poco sobre mi miembro y el ano de Sara, quien estaba encima de Daniel. No solo sería mi primera vez por atrás, sería mi primera doble penetración. Sara detuvo el ritmo; Daniel estaba aún un poco ajeno a lo que sucedía porque solo disfrutaba de los movimientos de Sara, pero cuando notó el cambio, se asomó para saber qué pasaba.

La experiencia fue mejor de lo que hubiera pensado. Nicole tomaba mi miembro para acomodarlo en Sara, quien se movía para asegurar que tanto Daniel como yo disfrutáramos el momento. Empezó a gemir con mayor intensidad, sin llegar a ser escandalosa. Nicole no perdía el tiempo y se acomodó frente a Sara para que Daniel le hiciera un oral mientras se besaba con Sara y ella conmigo.

Luego de unos minutos, Daniel empezó a hacer algunos sonidos diferentes, con algo de agitación. Sara entendió la señal, se movió y se arrodillaron junto con Nicole. Daniel y yo nos pusimos de pie, nos retiramos los condones y nos empezamos a masturbar para eyacular en los senos de ellas. Después ambas se pusieron de pie y nos dieron un beso en la boca, para luego hacer un abrazo grupal donde terminamos con una mezcla de sudor, saliva y semen sobre nosotros. Caímos los cuatro en la cama y descansamos un rato abrazados en parejas.

Recuperamos fuerzas y Nicole me tomó de la mano y me llevó a la ducha del baño que estaba en el pasillo. En la ducha, Nicole se arrodilló para hacerme un oral; mi miembro se puso duro nuevamente y ella me hizo un gesto de silencio que yo acaté sin reproches. Se levantó, me dio la espalda y acomodó mi miembro en la entrada de su vagina para hacerlo otra vez, pero en la ducha. Toda la situación era tan surrealista que no duré mucho: su juventud, su belleza, su sexualidad, su forma de ser (aunque fuera contratada), era todo lo que no había disfrutado en meses en casa. Luego de algunos minutos volví a eyacular, pero dentro de ella. Vio mi cara de vergüenza, me dio un beso y me dijo que no me preocupara, que estaba limpia y que recién había terminado su periodo.

Terminamos de ducharnos, nos secamos y salimos desnudos a la sala tomados de la mano, donde ya estaban Daniel y Sara, también desnudos en el sofá, tomados de la mano.

Empezamos a reír y nos quedamos dormidos en la sala, abrazados en pareja, desnudos, sin preocupaciones, felices por haber vivido esa experiencia sobre la cual no hemos vuelto a hablar luego de aquella ocasión.
 
Excelente historia cofra y sue gran amigo
 
Cofra @S0CR4T35 y esa experiencia no abrió un mundo nuevo para usted? Lleno de más fantasias por experimentar?
 
Me gustaría decir que aquella experiencia en el departamento de Daniel fue la única situación de ese tipo que viví, pero abrió la puerta para ambos a otras vivencias que iré compartiendo por acá.

Luego de casarme, mi esposa decidió seguir el consejo de sus padres y sentar las bases de un matrimonio tradicional, sin importar nuestra vida de pareja. Nuestra sexualidad se reanudó para que ella saliera embarazada y, cuando lo logró, volvió la monotonía de siempre que me hizo valorar el divorcio alguna vez. Tuvimos a nuestro primer hijo al año de casados y éramos una "familia de revista" que ocultaba su infelicidad en los eventos sociales a los cuales empezamos a asistir dada nuestra reciente paternidad.

Ambos tenemos buenos trabajos que nos permiten tener ahorros y una vida tranquila. Yo llevo seis años en una importante multinacional donde he alcanzado un puesto de relevancia. Tengo a cargo un equipo en el cual destaca Tatiana, una joven que se incorporó como asistente apenas egresó de la universidad para luego ascender a coordinadora. Siempre comentaba orgullosa que yo la había formado y que, gracias a mí, había crecido como profesional.

Además de su talento y carisma, cualquier espacio se iluminaba con su sola presencia. Es alta y delgada, de cabello lacio, castaño y largo. Posee una figura envidiable que, como en algún momento me contó, la alejó del ballet en su adolescencia cuando empezó a desarrollar sus atributos.

Tatiana tenía un novio desde la universidad, Alejandro, quien no había crecido profesionalmente a la par y tenía trabajos inestables. Académicamente, él logró egresar con lo mínimo requerido, mientras que ella fue seleccionada para dar el discurso de graduación y realizó intercambios académicos siempre avalada por sus autoridades o docentes.

A fines del 2024, nos informaron el plan de trabajo para el año siguiente. Me sorprendió ver programado un evento por el aniversario de la multinacional que reuniría en EEUU a los líderes mundiales de mi sector. En todos los casos, acudiría la jefatura con su coordinación; las sesiones estaban previstas para la quincena de febrero durante tres días, aunque la empresa ofrecería alojamiento y viáticos por siete días.

Tatiana se emocionó con la noticia y me abrazó. A diferencia de ocasiones anteriores, este abrazo duró más de lo usual y vino antecedido de un beso en la mejilla, muy cerca de mis labios, lo cual me excitó ligeramente dada su juventud y belleza. Hasta entonces no había pasado nada tan cercano entre nosotros, excepto aquella vez que olvidé cerrar la puerta del baño y me vio de pie orinando, situación que duró algunos segundos y nos mantuvo distantes varios días.

El tiempo pasó pronto y yo preparé mi viaje como uno más, esto no me permitió notar la emoción que despertaba todo ello en Tatiana. Aprovechaba sus ratos libres para organizar en su computadora planes para los días posteriores al congreso: museos, teatro, compras, restaurantes. Me compartió un documento donde podía ver en tiempo real la agenda que iba armando; mi silencio implicaba, tácitamente, mi participación en sus planes.

Nos encontramos en el aeropuerto un sábado por la noche; nuestro vuelo salía la madrugada del domingo para iniciar las sesiones el lunes. Tatiana llevaba lentes de sol, lo que me pareció extraño. Hablé con ella, pero solo me respondía con monosílabos. Luego de registrar nuestro equipaje, la detuve para saber qué estaba pasando. Le quité los lentes y vi que tenía los ojos rojos e hinchados; había llorado. La abracé, lo cual motivó que me abrazara fuerte y llorara de forma desconsolada.

Le pregunté el motivo y me dijo que había terminado con Alejandro porque, además de no haber organizado nada por San Valentín, le hizo una escena de celos por el viaje, insinuando que seguramente lo había logrado por acostarse con su jefe (conmigo). Alguna vez había escuchado los típicos comentarios de pasillo donde pintaban a Alejandro como un patán que no merecía a Tatiana, un hombre acomplejado y con una actitud pasivo-agresiva.

Debo admitir que me sorprendió escuchar que finalmente había terminado la relación porque más de uno apostaba porque ese vínculo nunca terminaría.
—Le he aguantado mucho, pero no puedo permitir que insinúe que tengo algo contigo y que no merezco esta oportunidad.
—Tranquila, ya pasó.
—Lo sé, es un idiota. Encima, me lo dijo… —se quedó callada, como quien se da cuenta de que habló de más.
—¿Qué?
—No, olvídalo.
—Si no me cuentas, no voy a entender.
—Es que me lo dijo… en San Valentín, mientras... tú sabes... los dos en mi cuarto… —me lo confesaba avergonzada, buscando que entendiera el contexto sin ser explícita.
—Tatiana, no le hagas caso. Creo que tomaste una gran decisión; eres demasiado mujer para alguien así.

La miré con ternura y acaricié su mejilla. No sé si verla con los ojos llorosos, confesando algo tan personal, hizo que por primera vez la viera con algo más que respeto y admiración. Quizás toda la situación fue tan confusa para ambos que nos dimos un beso apasionado como hace mucho no recordaba haber dado o recibido.
—Lo siento, no debí —le dije avergonzado.
—No te preocupes, no pasa nada.
—No, fue totalmente inapropiado —comenté
—Quizás…

Volvimos a mirarnos y nuevamente nos besamos como si no hubiera mañana. Nos separamos para mirarnos fijamente y no hubo necesidad de palabras; sellamos un acuerdo en silencio que daría pie a todo lo que pasaría a continuación.

Nos tomamos de la mano y empezamos a actuar como pareja. Nos dábamos besos, acariciaba su rostro, la tomaba de la cintura; ella hacía lo mismo, siempre con una mirada cómplice y, a veces, sumisa, lo cual me excitaba tremendamente. No veía la hora de tomar el vuelo, aterrizar e ir al hotel para descubrir qué pasaría en esa semana. No me importaba que algún conocido nos viera así en un lugar público, familiar o amigo, asumimos el reto.

Poco antes de aterrizar, acordamos mantener el profesionalismo que siempre nos había caracterizado durante las jornadas de trabajo y reservar lo que inició tras aquel beso para los momentos no laborales. Tras recoger las maletas, nos recibió el personal de la compañía y nos trasladó al hotel.

Las jornadas eran de lunes a miércoles de 9 am a 5 pm, teníamos el domingo para instalarnos y conocer la ciudad. Fingimos atención a las instrucciones que nos daba el personal de la compañía, pero ambos queríamos llegar a la habitación y explorar hasta dónde podíamos llegar..

Nos asignaron habitaciones contiguas. Poco después de entrar a la mía, recibí un mensaje de Tatiana: “Te espero acá =) 12 m”. Tenía poco menos de una hora. Me di una ducha rápida y me alisté con ropa casual. Estaba nervioso y, para no levantar sospechas, mandé un mensaje en video a mi esposa para decirle que había llegado bien y que descansaría un rato. Su respuesta llegó a los pocos minutos y no hizo más que reafirmar su desinterés en todo: “Ok. Pasaré el día donde mis papás”.

A las 12 en punto toqué suavemente la puerta de Tatiana. Se abrió y la habitación estaba a oscuras gracias al blackout y las luces apagadas. Al entrar, alguien me tapó los ojos por detrás y me preguntó quién era y a quién buscaba. Me reí de su gesto y abrazándome desde atrás me dio dos besos en la espalda. Lo hizo con ternura y despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando voltee para devolverle el abrazo, la oscuridad no me permitió advertir su desnudez, la cual comprobé con el tacto cuando mis manos empezaron a recorrer su cuerpo. Nos besamos con la misma pasión que en el aeropuerto, solo que ahora estábamos en un espacio privado, sin miradas extrañas y sin prisas. Ella sin ropa y yo con una erección que no podía ni quería disimular.

Pasé mi mano por su sexo y pude notar que tenía sobre él su vello recortado con cuidado. Si no fuera por lo que me dijo que pasó en San Valentín, hubiera pensado que lo había recortado para mí. Su respiración se agitó y pasó su lengua por mi oreja, permitiéndome escucharla gemir por primera vez. Me dio un beso en los labios antes de empezar a desvestirme con algunos movimientos torpes.

Quedamos desnudos frente a frente en la oscuridad. Puso sus manos en mi rostro, me dio un beso tierno y me dijo: “No sé a dónde nos lleve esto pero solo quiero disfrutarlo mientras dure”. Volvió a besarme para luego pasar a mi cuello y pecho, mientras se arrodillaba se detuvo en mi abdomen para finalmente llegar a mi miembro erecto, donde se detuvo para acariciarlo antes de introducirlo en su boca.

La técnica, la dedicación y el esmero que le ponía a esa tarea fue tal que, en ese momento tan íntimo, Alejandro vino por un instante a mi mente. ¿Sería algo natural o algo que él le enseñó? En cualquier caso, qué imbécil para dejar ir a alguien como Tatiana, quien me estaba dando el mejor sexo oral de mi vida.

Lo introducía sin dificultad, sin prisa y con cuidado. Lamía mi miembro de la base a la punta, jugaba con él. Acariciaba mi escroto con su mano y le pasaba la lengua, a veces abría un poco más su boca para introducirlos y succionarlos, dejando la zona llena de su baba joven, la cual limpiaba con su mano para ayudarse a lubricar mi miembro.

Pasaron varios minutos así y luego la tomé de la mano para llevarla a la cama. Me acomodé encima de ella y su humedad me confirmó su excitación. Volví a preguntarle si estaba segura y su mano, buscando mi miembro para acomodarlo en su entrada, me confirmó lo que ambos queríamos. Quise moverme para buscar los condones que había dejado en mi pantalón, pero me tomó por la muñeca para guiarme de nuevo hacia ella. Tomó mi miembro y empezó a introducirlo despacio, luego llevó sus manos a mis glúteos para hacerlo en un movimiento rápido, lo cual le provocó un pequeño grito ahogado.

Su juventud, su energía y la respuesta de su cuerpo hacían todo muy especial. Olvidamos el contexto, yo olvidé mi matrimonio infeliz y ella olvidó la relación tóxica que acababa de terminar.

Aparentemente tenía algo que Alejandro no, porque la escuché decir: “Sí, así” o “Dámelo todo”, especialmente cuando cambió de posición y estuvo encima de mí. Cabalgó como si no hubiera mañana, pero dejando que yo tuviera el control con mis manos en sus caderas y en sus senos. Aún puedo recordar lo apretado, caliente y húmedo que se sentía estar dentro de ella.

En medio de la oscuridad buscaba sus senos para perderme en ellos, me dejaba tocarlos, apretarlos, morderlos, succionarlos. Estoy seguro que dejé más de una marca, pero no me importaba, solo estaba interesado en disfrutar de su cuerpo, en darle placer a su juventud desde mi madurez, sin importar si ella tenía más o menos experiencia que yo. Un jefe y una subordinada con casi diez años de diferencia disfrutando del sexo con pasión.

Logré que se viniera dos veces, la primera poco después de empezar y la segunda cuando se colocó sobre mi y yo amasaba su senos. Cuando sentí que estaba por llegar al clímax intenté salir de ella. Entendió el mensaje y aumentó sus movimientos de caderas sin darme la oportunidad de sacar mi miembro de su sexo.

Sujetó mis muñecas sobre mi cabeza, acomodó su rostro frente al mío para aumentar la intensidad de sus movimientos. Pasaron apenas unos segundos y terminé dentro de ella mientras sujetaba con mis manos su cabeza y hacer una pequeña presión en ellos. Fue una eyaculación abundante resultado de varios días sin sexo, luego de lo cual le di agitado un beso en la boca.

Lo que pasó a continuación lo recuerdo vagamente. Estuvimos un rato en esa posición, ella sobre mí, sintiendo cómo mi miembro volvía a su flacidez. Luego se movió para encender la lámpara de la mesa de noche, lo cual me permitió apreciar por primera vez el joven y hermoso cuerpo que acababa de hacer mío, así como algunas marcas de mis dedos en su espalda y en sus nalgas.

Se dirigió al baño y el sonido de la ducha me adormeció. Lo siguiente que recuerdo es a Tatiana de nuevo en la cama desnuda, acostada junto a mí, con su cabeza apoyada en mi pelvis y su boca jugueteando con mi miembro, el cual empezaba a ganar rigidez otra vez.
 
Última edición:
Los días siguientes fueron un poco la misma dinámica entre Tatiana y yo. Durante las actividades organizadas por la empresa ambos mantuvimos el profesionalismo que siempre nos había caracterizado. Nuestros colegas valoraban positivamente el trabajo de nuestro equipo y no levantábamos ningún tipo de sospecha.

Al llegar al hotel, la dinámica cambiaba. Cada quien iba a su habitación, una ducha rápida, ropa casual y la espera tensa de ese mensaje que reanudaba lo que empezamos el domingo. La urgencia nos llevó a escabullirnos a una sex shop local, donde nos abastecimos como quien se prepara para el fin del mundo: preservativos, lubricantes, disfraces y juguetes que desafiaban nuestra imaginación. Fueron jornadas intensas de camaradería profesional de día y un sexo voraz, casi excesivo, de noche; siempre apasionado, siempre al límite.

El momento cumbre ocurrió en la última jornada. Mientras el CEO presentaba las proyecciones anuales en el auditorio, Tatiana se inclinó hacia mi oído. Pensé que compartiría una nota técnica, pero me quedé petrificado (en el sentido figurado y literal de la palabra), cuando su voz, apenas un susurro cálido, me confesó que llevaba puesto un plug anal desde la mañana. Añadiendo que no veía la hora de volver al hotel para sentirme dentro de ella una vez más. El resto de la conferencia fue, para mí, un ejercicio de tortura y deseo absoluto.

La madrugada de nuestro vuelo de retorno, tras una sesión extenuante donde el plug fue el protagonista indiscutible, tuvimos la conversación que ambos evitábamos. Ella salió de la ducha y se echó desnuda a mi lado, dejando su pecho a la altura de mi miembro.

—Marco, entiendo que esto termina aquí. Quisiera que al volver a Lima todo sea como antes.
—Tati… gracias por tocar el tema —respondí, acariciando su espalda— No puedo prometerte que nada cambie, pero entiendo que debemos protegernos.
—Sí, será difícil para ambos —suspiró ella—, pero lo mejor es volver a la normalidad.

Antes de que el silencio se volviera pesado, ella me pidió algo más. Alejandro, su ex, la acosaba con mensajes y promesas de cambio. Temía que la estuviera esperando en el aeropuerto o en su departamento. Fue entonces cuando puse en marcha el plan de contingencia: llamé a Daniel.

Le pregunté a Daniel si quería un roomie. Omití, por supuesto, quién era Tatiana y qué había pasado en la semana. Le presenté la situación como una urgencia de seguridad para una colega. Pagué los primeros tres meses de alquiler como garantía, asegurándole a Tatiana un refugio y a mí, la tranquilidad de saber dónde estaba.

Al lunes siguiente en Lima, volvimos a ser los mismos de siempre. Salvo por esa tensión extraña cuando nos quedábamos solos en la oficina, pero logramos recuperar la comodidad del trabajo en equipo. Sin embargo, la curiosidad me ganaba. Semanas después, cité a Daniel en un bar de Miraflores para "ponernos al día".

Él me recibió con un abrazo fuerte, pero su rostro reflejaba cierta inquietudad que no pudo ocultar por mucho tiempo.
—Hermano, cuando me pediste lo del roomie, pensé que era para ti —me confesó entre tragos— Y cuando mencionaste a Tatiana, no sabía cómo negarme, pero no tenía idea del "culito" que me estabas mandando a casa.

Daniel me contó que la convivencia era perfecta: limpia, ordenada y discreta. Pero todo cambió un sábado por la tarde. Daniel se había quedado dormido desnudo tras un baño y despertó asustado por la alarma de humo. Salió disparado a la cocina, donde Tatiana sostenía un wok con unas verduras casi carbonizadas.

—Me olvidé por completo que estaba calato —me dijo Daniel, bajando la voz—. Me puse a desactivar la alarma y, cuando el ruido paró, la vi. Estaba inmóvil, escaneándome de arriba abajo. Nos miramos fijamente unos segundos que parecieron horas antes de que yo saliera corriendo a mi cuarto.

Daniel, a quien recuerdo haber visto desnudo en varias ocasiones, y quizás con más detalle en mi despedida de soltero, es "team carne". Mi herramienta y la suya miden más o menos lo mismo, aunque sea mitad carne mitad sangre. No pude evitar pensar que Tatiana, después de su ex, estaba descubriendo un estándar mucho más alto con nosotros.

Mi amigo, pecando de honesto, casi me pedía permiso para intentar algo con ella, consciente de que era mi subordinada. Yo fingía un interés puramente fraternal mientras le daba mi "bendición", ocultando el hecho de que yo ya conocía cada rincón de Tatiana.

Sin embargo, su historia encendió una chispa de posesividad o quizás de curiosidad compartida. Tomé mi celular y, bajo el pretexto de una reunión para un "nuevo proyecto", agendé una reunión con ella. El próximo lunes a las 5:00 pm, estaríamos solos en un Airbnb en San Isidro. Necesitaba la otra versión de la historia... y necesitaba saber si lo nuestro realmente había terminado o íbamos a empezar un nuevo capítulo, con Daniel.
 
El lunes llegué a la oficina fingiendo una mezcla de urgencia y ansiedad por la "reunión" de la tarde. Interpreté tan bien mi papel que Tatiana empezó a masticar chicle, su tic inconfundible cuando está bajo presión.

La coartada era lógica y coherente: le dije a Tatiana que veríamos a un cliente recurrente en su oficina provisional. No sospechó nada. Tatiana vestía un traje sastre gris y una blusa blanca con un escote provocador. En un descuido, me asomé mientras revisaba junto a ella su pantalla y confirmé mis sospechas: no llevaba brasier. Además, tenía una cola alta y tacones de aguja que estilizaban su figura, haciéndola ver más alta y ejecutiva de lo habitual.

La logística estaba cronometrada. En casa había dicho que viajaba a Santiago de Chile, el vuelo salía tarde y volvía el martes, lo que justificaba mi maleta de mano. En la oficina, el plan era otro, fingiría un malestar después de almuerzo para irme antes y preparar el terreno. Mi esposa, como de costumbre, no notó nada, Desde que nació el bebé, su mundo se reducía a él, dejándome vía libre.

A las dos de la tarde fui al baño, me mojé la cara y busqué a Tatiana. Con voz cansada, le dije que me sentía fatal, que me iba a casa y que ella tendría que encargarse sola de la reunión con el cliente. Vi algo de pánico en sus ojos, pero la tranquilicé con una palmada en el hombro y me marché sin darle tiempo a replicar.

Llegué al Airbnb en el Centro Financiero de San Isidro, un edificio de uso comercial y residencial. El portero, motivado por una buena propina, entendió el guion. Ese espacio era una oficina corporativa, no un departamento. El lugar era perfecto, un ambiente con estética industrial, pero con un lujo acogedor que incluía un jacuzzi y una vista amplia de la ciudad.

Tenía dos horas. Compré vino y algo para picar en el supermercado cercano, me di una ducha y me quedé esperando, vestido solo con una toalla a la cintura.

A las 4:55 p.m., el intercomunicador rompió el silencio: "La señorita Tatiana solicita ingreso para una reunión de trabajo". Sonreí para mis adentros y autoricé la entrada.

A diferencia de nuestra vez anterior en EEUU, dejé la puerta entreabierta y las luces encendidas, invitándola a entrar sin llamar. Escuché el ascensor, luego el sonido de sus tacones y, finalmente, un toque tímido en la puerta.

—¿Hola? —llamó al asomarse.

Nadie respondió. Entró despacio, confundida, sin mirar atrás. Cerré la puerta de golpe y me pegué a su espalda.

—Así que te gusta ver gente desnuda, ¿no?
—¿Marcos? —giró sobresaltada— ¿Qué haces?
—Descubriendo si lo de Daniel fue casualidad o costumbre.
—¿Te contó? Puedo explicarte...
—No quiero explicaciones. Quiero recordar lo que sabemos hacer muy bien.

Dejé caer la toalla. Sus ojos recorrieron mi desnudez, y la duda se disipó al instante. Dejó su cartera sobre una mesa, se arrodilló y tomó mi erección con ambas manos. Primero la recorrió con la lengua, saboreándola, para luego engullirla entera, desde la punta hasta la base.

El contraste visual era demoledor: ella vestida de ejecutiva, de rodillas, devorándome. De vez en cuando se detenía, no para respirar, sino para despojarse del saco y desabotonar la blusa.

Tal como había visto en la oficina, no llevaba ropa interior bajo la tela blanca. Un gran espejo en la sala me devolvía la imagen, yo desnudo y dominante, ella semidesnuda y sumisa. La visión era tan potente que tuve que luchar para no terminar ahí mismo.

La levanté y la llevé hacia el sofá. La besé con hambre, buscando su lengua, mientras ella jugaba a morderme los labios y yo terminaba de desnudarla. Tomé el preservativo que había dejado en la mesa de centro, me senté y dejé que ella tomara el control.

Se acomodó sobre mí. Guió mi pene hacia su entrada, completamente húmeda, y fue bajando poco a poco, apretando las paredes de su sexo tal como lo recordaba. Cerró los ojos y mordió su labio inferior mientras yo la llenaba por completo. La tomé de las caderas para marcar el ritmo, forzando embestidas que le arrancaron un gemido y hicieron que me clavara las uñas en la espalda.

Estuvimos así un buen rato, con sus senos rebotando frente a mi cara, hipnotizándome. Ella arqueaba la espalda, se tocaba el pelo, mis hombros, sus propios pechos, y luego llevaba los dedos a su boca para humedecerlos antes de tocarse el clítoris.

Cuando sentí que ella empezaba a temblar, señal de su inminente orgasmo, la acomodé sobre la alfombra. Cambiamos de posición y me puse encima de ella, pero con una intensidad salvaje. Cuando estaba al límite, salí de ella, me quité el condón y puse mi miembro en su boca para que recibiera mi descarga.

Aprovechó mi relajación para acomodarse sobre mi pecho, besarme y compartir con su lengua los restos de semen que no había tragado. Nos reímos, cómplices, y nos quedamos un momento en silencio, desnudos y abrazados.

Definitivamente, ambos habíamos extrañado lo que pasó en EEUU, pero la pregunta seguía flotando en el aire... ¿y Daniel?
 

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