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Esto pasó hace dos años cuando tenía 30, la misma edad que Daniel, mi mejor amigo, a quien conocí en un taller de verano de básquet en el que me matricularon cuando tenía 13.
Nos mantuvimos en contacto porque coincidimos en este taller durante tres veranos seguidos y, aunque ambos fuimos a la misma universidad, estudiamos carreras diferentes. Sin embargo, compartimos algunos cursos e integramos la selección de la universidad. Todo esto llevó a que desarrolláramos una gran amistad y fuéramos bastante cercanos.
En ese entonces, ambos pasábamos una mala racha con nuestras parejas. Yo estaba por casarme y mi ahora esposa no tenía tiempo para mí. Llegaba a la casa y, si no tenía trabajo pendiente, tenía que organizar cosas de la boda en la que mi opinión contaba poco o nada. Por otro lado, Daniel estaba en una relación que se había vuelto algo monótona, pero por motivos diferentes. No convivían, pese a que él ya se había independizado poco después de acabar la universidad. Las visitas a la casa de ella se remitían solo a la sala o el comedor, siempre con la presencia de sus suegros, donde ella solo le hablaba de su nuevo trabajo (que era mucho mejor que el anterior) o de las tareas que tenía pendientes del MBA.
Una noche en su casa, jugando PS y tomando unas chelas, el alcohol fue haciendo que salieran estos temas. Bromeábamos diciendo que estábamos mejor solteros, saliendo de cacería sin compromisos de ningún tipo. Si bien nos conocíamos desde hacía casi veinte años, nuestras salidas siempre fueron "sanas"; por un lado, porque estuvimos ambos en colegios religiosos y, luego, porque la universidad tenía códigos de conducta estrictos para mantener los beneficios que nos daban (entre ellos los económicos), lo que dificultó vivir momentos "alocados".
Fue entonces que empezamos a planear algo que nos hiciera cortar esa mala racha que teníamos a nivel sexual. Sería mi despedida de soltero, dado que lo que había planeado mi entonces novia era una celebración con amigos dos semanas antes de la boda en un lounge, porque estaba de moda en quién sabe dónde.
Revisando agendas, vimos que mi futura esposa viajaría en un mes a Cancún con sus papás para ultimar detalles de la boda en el hotel que había elegido. Yo ya tenía programadas dos reuniones importantes presenciales que no podía reagendar, por lo que no podría acompañarles (aunque, en el fondo, tampoco lo hubiese hecho de haber sido posible). Ese viaje iba a coincidir con las dos semanas que la novia de Daniel estaría en EEUU por el MBA, tras lo cual él le daría el encuentro para tomar una semana de vacaciones. Esto nos daba dos semanas para organizar lo que pudiera ocurrir. Empezaron a salir varias ideas, pero también me preocupaba que algo pudiera salir mal. Comencé a hablar sin parar, nervioso como en las previas de una final o partido importante, y mi amigo me cortó:
—¡Cholo, calma! No te preocupes, yo me encargo. Algo se me ocurrirá y nada saldrá mal.
Pasaron las semanas y traté de aparentar normalidad; en verdad no era muy difícil dada la dinámica de mi relación en ese momento. De cuando en cuando le mandaba algún mensaje a Daniel, quien mantenía el misterio de lo que iba a ocurrir, solo mandando info de la fecha y la hora. El lugar era evidente: su departamento.
Llegó el sábado y tenía los nervios a flor de piel. Recuerdo que era junio; me puse un jean, zapatillas y una camisa casual manga larga. Tomé un taxi y salí rumbo a Magdalena, donde tenía su depa. Toqué el timbre, abrió la puerta y nos saludamos. Me recibió normal, como un día más.
—Pasa, llegas temprano, jajaja. Ayúdame a arreglar lo que falta.
Entré y no vi nada especial, salvo una mesa auxiliar donde había organizado bebidas alcohólicas, no alcohólicas y algunos piqueos. Aún no entendía de qué iba la cosa.
—Saca de la cocina cuatro vasos y cuatro copas. Voy a poner hielo y con eso ya estaríamos.
—¿No me vas a decir más?
—Jajaja, relájate, deja que fluya. Piensa que hoy es una noche más que vienes a mi depa y vamos a jugar PS, solo que no vamos a jugar... PS.
—Jajaja.
Terminamos de acomodar la mesa auxiliar y puso en su televisor un mix de música como para ambientar la cosa. Me empezó a contar una historia graciosa de su trabajo cuando, luego de un rato, sonó el intercomunicador. Daniel contestó y, tras hablar un momento, activó el botón de la puerta. Pasaron unos minutos, tocaron el timbre y les abrió.
Entraron dos chicas muy guapas, vestidas como para una discoteca, en el buen sentido. No vestían de manera exuberante o grotesca; pasarían como dos amigas guapas que se van a una "reu" con amigos para hacer previos. Ambas tendrían unos 20 o 25 años a lo mucho, de tez blanca, delgadas y de 1.65 o 1.70 m de altura. Una vestía un pantalón jean azul apretado con un body blanco y sandalias altas. La otra, un short negro con una blusa o micro vestido animal print y sandalias de correa hasta la pantorrilla.
—Marco, te presento a Sara y Nicole —me hizo gestos indicando que Nicole era la elegida para mí.
Nos saludamos y Daniel las invitó a que se acomodaran mientras les explicaba un poco qué había en la mesa auxiliar, dejando en claro que había más cosas en la cocina por si no encontraban algo. Ellas nos saludaron risueñas con un beso "media luna" a ambos. Sara preguntó por el baño y Daniel la tomó de la mano para acompañarla. Aparentemente era una especie de mensaje, porque Nicole me tomó de la mano para que la acompañara a la sala, donde nos sentamos a conversar. Pasaron unos minutos y volvieron ambos a donde estaba conversando con Nicole; primero Daniel y después de un buen rato Sara.
—Bueno, ¿qué les parece si vamos animando la noche? —preguntó Daniel.
—Sí, ¿qué tienen pensado? —respondió Sara.
—Tengo juegos de mesa, cartas, dados... ¿qué les provoca?
—Depende, ¿ya nos queremos poner atrevidos?
Los tres me miraron y yo solo asentí. Sentí un poco de presión y más cuando Daniel me hacía gestos para que me relajara, porque yo seguía nervioso.
—¿Les provoca póker? —sugirió Sara.
—¡Claro! Es raro que a las mujeres les guste el póker —comenté.
—Sí, no es la primera vez que lo escucho —dijo Nicole sonriendo.
—Sería mucho pedir si para hacerlo interesante... —empezó Daniel.
—¿Si lo hacemos póker de prendas? —interrumpió Sara.
—Sí, pero... no esperaba que aceptaran tan rápido —dijo Daniel con sorpresa evidente.
—No te preocupes, sé lo que piensas —comentó Nicole alegre y traviesa.
—Tranquilos, la noche es larga, no se preocupen —remató Sara.
Nos acomodamos en el comedor alternados para evitar inconvenientes: Sara, Daniel, Nicole y yo. Mientras sacábamos las cartas y organizábamos el juego, empezamos a recordar las reglas y las combinaciones, la típica conversación previa a un juego, con el añadido de que esta no era una simple partida de póker como tantas otras que habíamos jugado.
Conforme avanzaba el juego era más difícil mantener la concentración, primero porque conforme perdíamos, íbamos descubriendo lo guapas que eran Sara y Nicole. Ambas eran delgadas, como había dicho antes, y se notaba que todo era natural. Sara tenía el cabello ondulado, negro y corto; sus senos eran firmes y blancos, destacando sus pezones medianos. Nicole, por otro lado, tenía el cabello lacio y castaño que le llegaba a los hombros; no era tan blanca como su amiga, pero su tez era clara. Sus senos también eran firmes y tenía unas caderas de infarto, las cuales mostraba de cuando en cuando para distraer el juego.
Entre conversaciones vagas y chistes tontos, estuvimos jugando como una hora. Tanto Sara como Nicole ya estaban semidesnudas, solo faltaba descubrir el nivel de depilación de ambas en su vulva. Daniel llevaba aún el bóxer, su polo y medias, y yo mi bóxer y mi pantalón. Caí en cuenta en ese momento de que sería la primera vez que compartíamos ese nivel de intimidad con Daniel en un espacio no deportivo, dado que muchas veces habíamos estado desnudos en un mismo ambiente, pero por motivos totalmente diferentes. Yo, con algunos kilos de más, conservo algo de mi figura atlética; mido 1.85 y peso 90 kilos. Daniel mide 1.75 y pesa 70 kilos.
—¿Y si cambiamos de juego? —preguntó Sara.
—¿Qué propones? —dijo Daniel.
—Podemos seguir con las cartas, pero algo más divertido.
—¿Qué tienes en mente? —pregunté yo.
—"Mayor o menor", ¿lo saben? —dijo Nicole.
Nos explicaron rápidamente el juego y no era muy difícil: poníamos el mazo boca abajo y cada uno iba tomando turno para abrir una carta y decir si la que se abriría a continuación era mayor o menor que la ya abierta. Si acertabas, no había problema. Si perdías, el que estaba a tu izquierda te daba un castigo.
Este juego agilizó lo que el póker no logró. Descubrimos que tanto Sara como Nicole estaban completamente depiladas, igual que Daniel y yo, algo que nos causó sorpresa y risas por parte de las chicas ante nuestra reacción y las bromas que siguieron.
Cuando ya estuvimos todos desnudos, el juego siguió y los castigos cambiaron:
—Nicole, lame el pezón de Marco por un minuto —ordenó Sara.
—Marco, besa en la boca a Nicole por un minuto —dijo Daniel.
—Sara, hazle un oral a Daniel por un minuto —pidió Nicole.
—Daniel, haz cinco posiciones del Kamasutra con Sara —dije yo.
Los castigos mantuvieron ese tono y, cuando menos nos dimos cuenta, éramos dos parejas haciendo juegos sexuales en la misma habitación. En algún momento las chicas nos tomaron de la mano y nos llevaron a la habitación de Daniel. Nos acomodaron en la misma cama y, aunque eventualmente rozábamos nuestros cuerpos, siempre éramos Sara con Daniel y Nicole conmigo.
La confianza hacía que no nos intimidara estar uno junto al otro en esa situación; de hecho, para mí era como estar viviendo dos experiencias en una. Por un lado, tener sexo casual con alguien que apenas había conocido y, por otro, ver un show de sexo en vivo.
Luego del sexo oral que nos dieron a ambos, ellas arrodilladas en el suelo y nosotros acostados en el borde de la cama, nos colocaron preservativos que convenientemente sacó Daniel de su mesa de noche. Pese a tener lubricante que se les ofreció para facilitar la penetración, ambas lo rechazaron.
Las dos estaban bastante mojadas y eso facilitó la penetración. Si no fuera porque sabía que todo lo había organizado Daniel, pensaría que eran dos mujeres que tenían un genuino interés en nosotros: disfrutaban la acción, proponían posiciones sin afectar a la otra pareja y gemían con bastante naturalidad. En algún momento, Nicole me susurró al oído si me gustaría hacerlo por atrás. Eso era música para mis oídos porque, aunque lo había visto en películas porno, nunca lo había podido realizar como para saber si me gustaba o no. Entendió mi silencio, me lanzó una sonrisa y una mirada traviesa. Se acercó a Sara, la tomó por el hombro, ella la miró, se dieron un beso en la boca y luego le dijo algo al oído.
Nicole ahora sí tomó el lubricante de la mesa de noche y untó un poco sobre mi miembro y el ano de Sara, quien estaba encima de Daniel. No solo sería mi primera vez por atrás, sería mi primera doble penetración. Sara detuvo el ritmo; Daniel estaba aún un poco ajeno a lo que sucedía porque solo disfrutaba de los movimientos de Sara, pero cuando notó el cambio, se asomó para saber qué pasaba.
La experiencia fue mejor de lo que hubiera pensado. Nicole tomaba mi miembro para acomodarlo en Sara, quien se movía para asegurar que tanto Daniel como yo disfrutáramos el momento. Empezó a gemir con mayor intensidad, sin llegar a ser escandalosa. Nicole no perdía el tiempo y se acomodó frente a Sara para que Daniel le hiciera un oral mientras se besaba con Sara y ella conmigo.
Luego de unos minutos, Daniel empezó a hacer algunos sonidos diferentes, con algo de agitación. Sara entendió la señal, se movió y se arrodillaron junto con Nicole. Daniel y yo nos pusimos de pie, nos retiramos los condones y nos empezamos a masturbar para eyacular en los senos de ellas. Después ambas se pusieron de pie y nos dieron un beso en la boca, para luego hacer un abrazo grupal donde terminamos con una mezcla de sudor, saliva y semen sobre nosotros. Caímos los cuatro en la cama y descansamos un rato abrazados en parejas.
Recuperamos fuerzas y Nicole me tomó de la mano y me llevó a la ducha del baño que estaba en el pasillo. En la ducha, Nicole se arrodilló para hacerme un oral; mi miembro se puso duro nuevamente y ella me hizo un gesto de silencio que yo acaté sin reproches. Se levantó, me dio la espalda y acomodó mi miembro en la entrada de su vagina para hacerlo otra vez, pero en la ducha. Toda la situación era tan surrealista que no duré mucho: su juventud, su belleza, su sexualidad, su forma de ser (aunque fuera contratada), era todo lo que no había disfrutado en meses en casa. Luego de algunos minutos volví a eyacular, pero dentro de ella. Vio mi cara de vergüenza, me dio un beso y me dijo que no me preocupara, que estaba limpia y que recién había terminado su periodo.
Terminamos de ducharnos, nos secamos y salimos desnudos a la sala tomados de la mano, donde ya estaban Daniel y Sara, también desnudos en el sofá, tomados de la mano.
Empezamos a reír y nos quedamos dormidos en la sala, abrazados en pareja, desnudos, sin preocupaciones, felices por haber vivido esa experiencia sobre la cual no hemos vuelto a hablar luego de aquella ocasión.
Nos mantuvimos en contacto porque coincidimos en este taller durante tres veranos seguidos y, aunque ambos fuimos a la misma universidad, estudiamos carreras diferentes. Sin embargo, compartimos algunos cursos e integramos la selección de la universidad. Todo esto llevó a que desarrolláramos una gran amistad y fuéramos bastante cercanos.
En ese entonces, ambos pasábamos una mala racha con nuestras parejas. Yo estaba por casarme y mi ahora esposa no tenía tiempo para mí. Llegaba a la casa y, si no tenía trabajo pendiente, tenía que organizar cosas de la boda en la que mi opinión contaba poco o nada. Por otro lado, Daniel estaba en una relación que se había vuelto algo monótona, pero por motivos diferentes. No convivían, pese a que él ya se había independizado poco después de acabar la universidad. Las visitas a la casa de ella se remitían solo a la sala o el comedor, siempre con la presencia de sus suegros, donde ella solo le hablaba de su nuevo trabajo (que era mucho mejor que el anterior) o de las tareas que tenía pendientes del MBA.
Una noche en su casa, jugando PS y tomando unas chelas, el alcohol fue haciendo que salieran estos temas. Bromeábamos diciendo que estábamos mejor solteros, saliendo de cacería sin compromisos de ningún tipo. Si bien nos conocíamos desde hacía casi veinte años, nuestras salidas siempre fueron "sanas"; por un lado, porque estuvimos ambos en colegios religiosos y, luego, porque la universidad tenía códigos de conducta estrictos para mantener los beneficios que nos daban (entre ellos los económicos), lo que dificultó vivir momentos "alocados".
Fue entonces que empezamos a planear algo que nos hiciera cortar esa mala racha que teníamos a nivel sexual. Sería mi despedida de soltero, dado que lo que había planeado mi entonces novia era una celebración con amigos dos semanas antes de la boda en un lounge, porque estaba de moda en quién sabe dónde.
Revisando agendas, vimos que mi futura esposa viajaría en un mes a Cancún con sus papás para ultimar detalles de la boda en el hotel que había elegido. Yo ya tenía programadas dos reuniones importantes presenciales que no podía reagendar, por lo que no podría acompañarles (aunque, en el fondo, tampoco lo hubiese hecho de haber sido posible). Ese viaje iba a coincidir con las dos semanas que la novia de Daniel estaría en EEUU por el MBA, tras lo cual él le daría el encuentro para tomar una semana de vacaciones. Esto nos daba dos semanas para organizar lo que pudiera ocurrir. Empezaron a salir varias ideas, pero también me preocupaba que algo pudiera salir mal. Comencé a hablar sin parar, nervioso como en las previas de una final o partido importante, y mi amigo me cortó:
—¡Cholo, calma! No te preocupes, yo me encargo. Algo se me ocurrirá y nada saldrá mal.
Pasaron las semanas y traté de aparentar normalidad; en verdad no era muy difícil dada la dinámica de mi relación en ese momento. De cuando en cuando le mandaba algún mensaje a Daniel, quien mantenía el misterio de lo que iba a ocurrir, solo mandando info de la fecha y la hora. El lugar era evidente: su departamento.
Llegó el sábado y tenía los nervios a flor de piel. Recuerdo que era junio; me puse un jean, zapatillas y una camisa casual manga larga. Tomé un taxi y salí rumbo a Magdalena, donde tenía su depa. Toqué el timbre, abrió la puerta y nos saludamos. Me recibió normal, como un día más.
—Pasa, llegas temprano, jajaja. Ayúdame a arreglar lo que falta.
Entré y no vi nada especial, salvo una mesa auxiliar donde había organizado bebidas alcohólicas, no alcohólicas y algunos piqueos. Aún no entendía de qué iba la cosa.
—Saca de la cocina cuatro vasos y cuatro copas. Voy a poner hielo y con eso ya estaríamos.
—¿No me vas a decir más?
—Jajaja, relájate, deja que fluya. Piensa que hoy es una noche más que vienes a mi depa y vamos a jugar PS, solo que no vamos a jugar... PS.
—Jajaja.
Terminamos de acomodar la mesa auxiliar y puso en su televisor un mix de música como para ambientar la cosa. Me empezó a contar una historia graciosa de su trabajo cuando, luego de un rato, sonó el intercomunicador. Daniel contestó y, tras hablar un momento, activó el botón de la puerta. Pasaron unos minutos, tocaron el timbre y les abrió.
Entraron dos chicas muy guapas, vestidas como para una discoteca, en el buen sentido. No vestían de manera exuberante o grotesca; pasarían como dos amigas guapas que se van a una "reu" con amigos para hacer previos. Ambas tendrían unos 20 o 25 años a lo mucho, de tez blanca, delgadas y de 1.65 o 1.70 m de altura. Una vestía un pantalón jean azul apretado con un body blanco y sandalias altas. La otra, un short negro con una blusa o micro vestido animal print y sandalias de correa hasta la pantorrilla.
—Marco, te presento a Sara y Nicole —me hizo gestos indicando que Nicole era la elegida para mí.
Nos saludamos y Daniel las invitó a que se acomodaran mientras les explicaba un poco qué había en la mesa auxiliar, dejando en claro que había más cosas en la cocina por si no encontraban algo. Ellas nos saludaron risueñas con un beso "media luna" a ambos. Sara preguntó por el baño y Daniel la tomó de la mano para acompañarla. Aparentemente era una especie de mensaje, porque Nicole me tomó de la mano para que la acompañara a la sala, donde nos sentamos a conversar. Pasaron unos minutos y volvieron ambos a donde estaba conversando con Nicole; primero Daniel y después de un buen rato Sara.
—Bueno, ¿qué les parece si vamos animando la noche? —preguntó Daniel.
—Sí, ¿qué tienen pensado? —respondió Sara.
—Tengo juegos de mesa, cartas, dados... ¿qué les provoca?
—Depende, ¿ya nos queremos poner atrevidos?
Los tres me miraron y yo solo asentí. Sentí un poco de presión y más cuando Daniel me hacía gestos para que me relajara, porque yo seguía nervioso.
—¿Les provoca póker? —sugirió Sara.
—¡Claro! Es raro que a las mujeres les guste el póker —comenté.
—Sí, no es la primera vez que lo escucho —dijo Nicole sonriendo.
—Sería mucho pedir si para hacerlo interesante... —empezó Daniel.
—¿Si lo hacemos póker de prendas? —interrumpió Sara.
—Sí, pero... no esperaba que aceptaran tan rápido —dijo Daniel con sorpresa evidente.
—No te preocupes, sé lo que piensas —comentó Nicole alegre y traviesa.
—Tranquilos, la noche es larga, no se preocupen —remató Sara.
Nos acomodamos en el comedor alternados para evitar inconvenientes: Sara, Daniel, Nicole y yo. Mientras sacábamos las cartas y organizábamos el juego, empezamos a recordar las reglas y las combinaciones, la típica conversación previa a un juego, con el añadido de que esta no era una simple partida de póker como tantas otras que habíamos jugado.
Conforme avanzaba el juego era más difícil mantener la concentración, primero porque conforme perdíamos, íbamos descubriendo lo guapas que eran Sara y Nicole. Ambas eran delgadas, como había dicho antes, y se notaba que todo era natural. Sara tenía el cabello ondulado, negro y corto; sus senos eran firmes y blancos, destacando sus pezones medianos. Nicole, por otro lado, tenía el cabello lacio y castaño que le llegaba a los hombros; no era tan blanca como su amiga, pero su tez era clara. Sus senos también eran firmes y tenía unas caderas de infarto, las cuales mostraba de cuando en cuando para distraer el juego.
Entre conversaciones vagas y chistes tontos, estuvimos jugando como una hora. Tanto Sara como Nicole ya estaban semidesnudas, solo faltaba descubrir el nivel de depilación de ambas en su vulva. Daniel llevaba aún el bóxer, su polo y medias, y yo mi bóxer y mi pantalón. Caí en cuenta en ese momento de que sería la primera vez que compartíamos ese nivel de intimidad con Daniel en un espacio no deportivo, dado que muchas veces habíamos estado desnudos en un mismo ambiente, pero por motivos totalmente diferentes. Yo, con algunos kilos de más, conservo algo de mi figura atlética; mido 1.85 y peso 90 kilos. Daniel mide 1.75 y pesa 70 kilos.
—¿Y si cambiamos de juego? —preguntó Sara.
—¿Qué propones? —dijo Daniel.
—Podemos seguir con las cartas, pero algo más divertido.
—¿Qué tienes en mente? —pregunté yo.
—"Mayor o menor", ¿lo saben? —dijo Nicole.
Nos explicaron rápidamente el juego y no era muy difícil: poníamos el mazo boca abajo y cada uno iba tomando turno para abrir una carta y decir si la que se abriría a continuación era mayor o menor que la ya abierta. Si acertabas, no había problema. Si perdías, el que estaba a tu izquierda te daba un castigo.
Este juego agilizó lo que el póker no logró. Descubrimos que tanto Sara como Nicole estaban completamente depiladas, igual que Daniel y yo, algo que nos causó sorpresa y risas por parte de las chicas ante nuestra reacción y las bromas que siguieron.
Cuando ya estuvimos todos desnudos, el juego siguió y los castigos cambiaron:
—Nicole, lame el pezón de Marco por un minuto —ordenó Sara.
—Marco, besa en la boca a Nicole por un minuto —dijo Daniel.
—Sara, hazle un oral a Daniel por un minuto —pidió Nicole.
—Daniel, haz cinco posiciones del Kamasutra con Sara —dije yo.
Los castigos mantuvieron ese tono y, cuando menos nos dimos cuenta, éramos dos parejas haciendo juegos sexuales en la misma habitación. En algún momento las chicas nos tomaron de la mano y nos llevaron a la habitación de Daniel. Nos acomodaron en la misma cama y, aunque eventualmente rozábamos nuestros cuerpos, siempre éramos Sara con Daniel y Nicole conmigo.
La confianza hacía que no nos intimidara estar uno junto al otro en esa situación; de hecho, para mí era como estar viviendo dos experiencias en una. Por un lado, tener sexo casual con alguien que apenas había conocido y, por otro, ver un show de sexo en vivo.
Luego del sexo oral que nos dieron a ambos, ellas arrodilladas en el suelo y nosotros acostados en el borde de la cama, nos colocaron preservativos que convenientemente sacó Daniel de su mesa de noche. Pese a tener lubricante que se les ofreció para facilitar la penetración, ambas lo rechazaron.
Las dos estaban bastante mojadas y eso facilitó la penetración. Si no fuera porque sabía que todo lo había organizado Daniel, pensaría que eran dos mujeres que tenían un genuino interés en nosotros: disfrutaban la acción, proponían posiciones sin afectar a la otra pareja y gemían con bastante naturalidad. En algún momento, Nicole me susurró al oído si me gustaría hacerlo por atrás. Eso era música para mis oídos porque, aunque lo había visto en películas porno, nunca lo había podido realizar como para saber si me gustaba o no. Entendió mi silencio, me lanzó una sonrisa y una mirada traviesa. Se acercó a Sara, la tomó por el hombro, ella la miró, se dieron un beso en la boca y luego le dijo algo al oído.
Nicole ahora sí tomó el lubricante de la mesa de noche y untó un poco sobre mi miembro y el ano de Sara, quien estaba encima de Daniel. No solo sería mi primera vez por atrás, sería mi primera doble penetración. Sara detuvo el ritmo; Daniel estaba aún un poco ajeno a lo que sucedía porque solo disfrutaba de los movimientos de Sara, pero cuando notó el cambio, se asomó para saber qué pasaba.
La experiencia fue mejor de lo que hubiera pensado. Nicole tomaba mi miembro para acomodarlo en Sara, quien se movía para asegurar que tanto Daniel como yo disfrutáramos el momento. Empezó a gemir con mayor intensidad, sin llegar a ser escandalosa. Nicole no perdía el tiempo y se acomodó frente a Sara para que Daniel le hiciera un oral mientras se besaba con Sara y ella conmigo.
Luego de unos minutos, Daniel empezó a hacer algunos sonidos diferentes, con algo de agitación. Sara entendió la señal, se movió y se arrodillaron junto con Nicole. Daniel y yo nos pusimos de pie, nos retiramos los condones y nos empezamos a masturbar para eyacular en los senos de ellas. Después ambas se pusieron de pie y nos dieron un beso en la boca, para luego hacer un abrazo grupal donde terminamos con una mezcla de sudor, saliva y semen sobre nosotros. Caímos los cuatro en la cama y descansamos un rato abrazados en parejas.
Recuperamos fuerzas y Nicole me tomó de la mano y me llevó a la ducha del baño que estaba en el pasillo. En la ducha, Nicole se arrodilló para hacerme un oral; mi miembro se puso duro nuevamente y ella me hizo un gesto de silencio que yo acaté sin reproches. Se levantó, me dio la espalda y acomodó mi miembro en la entrada de su vagina para hacerlo otra vez, pero en la ducha. Toda la situación era tan surrealista que no duré mucho: su juventud, su belleza, su sexualidad, su forma de ser (aunque fuera contratada), era todo lo que no había disfrutado en meses en casa. Luego de algunos minutos volví a eyacular, pero dentro de ella. Vio mi cara de vergüenza, me dio un beso y me dijo que no me preocupara, que estaba limpia y que recién había terminado su periodo.
Terminamos de ducharnos, nos secamos y salimos desnudos a la sala tomados de la mano, donde ya estaban Daniel y Sara, también desnudos en el sofá, tomados de la mano.
Empezamos a reír y nos quedamos dormidos en la sala, abrazados en pareja, desnudos, sin preocupaciones, felices por haber vivido esa experiencia sobre la cual no hemos vuelto a hablar luego de aquella ocasión.
