grindo doido
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Malena empezó a salir con Javier casi sin darse cuenta. Al principio fueron solo cafés después del turno, caminatas cortas por el Malecón cuando el sol bajaba, mensajes de “¿cómo te fue el día?” que se alargaban hasta la medianoche. Él no la presionaba. No intentaba besarla en la primera salida, ni en la segunda. Solo la escuchaba, la hacía reír con historias secas y tranquilas de sus años en el extranjero, le miraba los ojos cuando hablaba como si realmente quisiera entenderla.
Y eso era lo que más la desarmaba. No había urgencia en él. No había ese hambre desesperada que había sentido con Diego. Javier la trataba como si el tiempo no estuviera en contra de ellos. Como si ya tuvieran todo el tiempo del mundo.
Pasaron semanas así: salidas discretas, manos que se rozaban al caminar pero no se entrelazaban del todo, besos que todavía no llegaban. Malena no le contaba a nadie. Ni a Carla, ni a su hermana, ni siquiera a su novio en las videollamadas. Cuando él preguntaba “¿qué has hecho hoy?”, ella respondía con vaguedades: “trabajé mucho”, “fui al cine con una amiga”, “me quedé leyendo”. No mentía del todo. Solo omitía. Y cada vez que colgaba sentía un nudo en el estómago, pero también un alivio extraño: por primera vez en años, alguien la hacía sentir presente sin pedirle que esperara nada a cambio.
Una noche, después de la tercera salida, Javier la acompañó hasta la puerta de su edificio. Estaban parados bajo la luz amarilla del farol, el aire fresco de Lima entrando por la avenida. Él se acercó un poco más, despacio, dándole tiempo de retroceder si quería.
—¿Puedo besarte? —preguntó, voz baja, sin prisa.
Malena sintió que el corazón se le subía a la garganta. Pensó en su novio, en la propuesta loca que le había hecho meses atrás (“¿y si te lo follas y yo veo?”), en el silencio que había seguido después porque ella nunca había vuelto a tocar el tema. Pensó en Diego y en cómo había terminado todo con lágrimas y un bloqueo. Pensó en los años de espera que ya pesaban como una mochila llena de piedras.
Y entonces, sin decir nada, se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso suave al principio, casi tímido. Labios que se reconocían sin apuro. Pero cuando él le puso una mano en la nuca y la otra en la cintura, tirando de ella con delicadeza pero con firmeza, Malena sintió que algo se soltaba dentro. Le devolvió el beso más profundo, abrió la boca, dejó que sus lenguas se encontraran despacio. No había desesperación, solo una curiosidad tranquila que se volvía fuego poco a poco.
Se separaron cuando les faltó el aire. Javier le acarició la mejilla con el pulgar, sonrió apenas.
—No tenemos que correr —dijo—. Podemos ir despacio.
Malena asintió, con los labios hinchados y el cuerpo caliente.
—Despacio —repitió ella, aunque por dentro sentía que ya había empezado a correr.
Desde esa noche, las salidas se hicieron más frecuentes. Se veían casi todos los días después del trabajo: cenas en lugares pequeños, películas en el cine del barrio, noches en el departamento de él donde se besaban horas en el sofá sin ir más allá. Javier era paciente. La tocaba por encima de la ropa, le besaba el cuello, le deslizaba las manos por la espalda, pero nunca empujaba. Esperaba que ella dijera “más”. Y ella todavía no lo decía.
No le contó a nadie. Ni una palabra. Guardaba las fotos que se tomaban juntos en una carpeta oculta del celular. Guardaba los mensajes en “archivados” para que no aparecieran en la pantalla principal. Cuando su novio le preguntaba por su vida, ella sonreía a la cámara y decía “todo bien, amor, trabajando mucho”. Y colgaba rápido antes de que él pudiera notar el brillo diferente en sus ojos.
Pero cada vez que se quedaba sola en su departamento, después de una noche con Javier, sentía el contraste. Con su novio eran palabras a través de una pantalla. Con Javier era piel, calor, presencia. Y aunque todavía no habían cruzado la línea del sexo, Malena sabía que estaba cerca. Muy cerca.
Una tarde, mientras se arreglaba para verlo, se miró al espejo. Se vio más viva, más bonita, con las ojeras desaparecidas y una sonrisa que no fingía. Pero también se vio culpable. Porque sabía que tarde o temprano iba a tener que elegir: contarle todo a su novio, aceptar su propuesta retorcida de verlo en vivo, o simplemente… dejar de esperar.
Y esa noche, mientras Javier la besaba en la oscuridad de su sala, con las manos ya subiendo por debajo de su blusa y los pezones endureciéndose contra sus palmas, Malena cerró los ojos y pensó:
“Solo un poco más. Solo un poco más de esto… antes de que todo se rompa de nuevo.”
Porque sabía que no podía seguir así para siempre. Pero todavía no estaba lista para parar.
Esa noche, después de despedirse de Javier con otro beso largo en la puerta del edificio —uno que duró más que los anteriores, uno que le dejó los labios hinchados y el cuerpo pidiéndole más—, Malena subió a su departamento con el corazón latiéndole en las sienes. No encendió la luz grande. Solo la lámpara de la mesita de noche. Se quitó los zapatos, se dejó caer en el sofá y tomó el celular.
Necesitaba hablar con alguien que no fuera él. Alguien que no la juzgara desde el otro lado del mundo.
Le escribió a Carla:
“¿Estás despierta? Necesito hablar. Urgente.”
Carla respondió en menos de un minuto:
“Ven a mi casa. Trae vino si quieres. La puerta está abierta.”
Media hora después, Malena estaba sentada en el sillón viejo del living de Carla, con una copa de tinto en la mano y las piernas cruzadas debajo del cuerpo. Carla se había acomodado frente a ella en el piso, con la espalda contra el sofá, mirándola con esa calma de siempre que la hacía sentir que podía decir cualquier cosa sin que el mundo se acabara.
—Está bien —dijo Carla, sirviéndose otra copa—. Suéltalo todo. Desde el principio.
Malena respiró hondo.
—Estoy saliendo con alguien. Se llama Javier. Trabaja conmigo en la nueva clínica. Tiene 35, igual que yo. Divorciado. Es… tranquilo. Muy tranquilo. No me presiona. No me pide nada. Solo… está ahí. Me mira como si realmente me viera. Esta noche nos besamos otra vez. Mucho. Sus manos ya subieron por debajo de mi blusa. Me tocó los pechos por encima del sostén. Me mordió el cuello suave. Me dijo que podemos ir despacio, que no hay apuro. Y yo… yo le dije que sí, que despacio. Pero por dentro siento que estoy corriendo hacia algo que no sé cómo parar.
Carla escuchó sin interrumpir. Solo asentía de vez en cuando.
—¿Y con tu novio? —preguntó al fin, cuando Malena se quedó callada.
Malena bajó la mirada a la copa. El vino temblaba un poco en su mano.
—No le he contado nada. Ni una palabra. Cada vez que hablamos por video, le digo que todo está bien, que trabajo mucho, que extraño. Pero no menciono a Javier. No menciono las salidas. No menciono los besos. Y cada vez que cuelgo me siento una ******… pero también me siento viva. Por primera vez en años me siento viva, Carla. No solo esperando.
Carla se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo vas a contar?
Malena se mordió el labio. Las lágrimas se le asomaron, pero no cayeron.
—No sé. De verdad no sé. Hace meses me dijo que si quería acostarme con alguien, que lo hiciera… pero que él quería ver. En vivo. Por videollamada. Que quería verme gozar aunque fuera con otro. Y yo no volví a tocar el tema. Pensé que se le iba a olvidar. Pensé que era solo desesperación de su parte. Pero ahora… ahora Javier es real. No es una fantasía. No es un “qué pasaría si”. Es alguien que me besa, que me abraza, que me hace reír. Y si le cuento a mi novio… o se pone celoso y me pide que pare todo… o me dice que sí, que lo haga, pero que él mire. Y no sé cuál de las dos opciones me asusta más.
Carla se quedó pensando un rato largo.
—Mira —dijo al fin—. Tú ya sabes lo que yo pienso de las relaciones a distancia eternas. Pero esto no es solo sobre tu novio. Es sobre ti. ¿Qué quieres tú, Malena? ¿Quieres seguir esperando a un hombre que quizás nunca vuelva del todo? ¿O quieres empezar a vivir aquí, ahora, con alguien que está presente? Porque si sigues ocultándolo, tarde o temprano va a explotar. Y cuando explote, va a doler mucho más.
Malena cerró los ojos. Una lágrima se le escapó y rodó por la mejilla.
—Quiero las dos cosas —susurró—. Quiero a mi novio… y quiero esto que siento con Javier. Quiero sentirme deseada sin tener que esperar tres años más. Quiero besos sin culpa. Quiero manos que me toquen sin que haya una pantalla de por medio. Pero no quiero perderlo. No quiero ser la que lo deje.
Carla se levantó, se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
—Entonces tienes que decidir qué pesa más. La culpa que sientes cada vez que le mientes… o el miedo de quedarte sola si le dices la verdad. Porque seguir así, en secreto, solo te va a ir comiendo por dentro. Y Javier no se va a quedar esperando eternamente a que tú resuelvas tu vida.
Malena apoyó la cabeza en el hombro de su amiga. Se quedó así un rato, en silencio, escuchando el ruido lejano de los carros en la avenida.
—No le voy a contar todavía —dijo al fin, casi para sí misma—. Solo… un poco más. Solo quiero sentir esto un poco más. Antes de que todo se rompa.
Carla no discutió. Solo le apretó el hombro.
—Está bien. Pero cuando llegue el momento en que ya no puedas más… me llamas. Antes de hacer cualquier cosa. ¿Prometido?
—Prometido —susurró Malena.
Pero en el fondo sabía que ese “un poco más” ya se estaba volviendo demasiado.
Y que, tarde o temprano, iba a tener que mirar a su novio a los ojos —aunque fuera a través de una cámara— y decirle la verdad.
O simplemente… dejar de hablarle.
Y empezar a vivir.
Malena empezó a distanciarse de Javier casi sin planearlo. Al principio fueron excusas pequeñas: “hoy tengo mucho trabajo”, “me siento un poco resfriada”, “mejor la próxima semana”. Luego fueron silencios más largos en WhatsApp, respuestas que tardaban horas, sonrisas que ya no llegaban a los ojos cuando se cruzaban en la clínica. Javier lo notó, por supuesto. No era tonto. Una tarde, en la sala de personal, se acercó con un café en la mano y voz baja.
—¿Hice algo mal? —preguntó directo, sin rodeos.
Malena bajó la mirada al vaso que tenía entre las manos.
—No… no es eso. Es que… no sé qué estoy haciendo, Javier. De verdad. Te quiero cerca, pero al mismo tiempo me siento… perdida. Como si estuviera traicionando algo que todavía no he soltado.
Él asintió despacio, sin insistir. No era de los que forzaban las cosas.
—Cuando lo tengas claro, me avisas. Sin presión. Yo sigo aquí.
Y se alejó. Sin drama. Sin reproches. Solo esa calma que ahora a Malena le dolía más que cualquier pelea.
Los días siguientes fueron un torbellino interno. Se sentía atrapada entre dos mundos: el de la espera eterna con su novio, que cada vez se parecía más a una promesa vacía, y el de Javier, que era real, presente, pero que le generaba una culpa que no la dejaba dormir. No sabía qué hacer. No quería lastimar a nadie, pero tampoco quería seguir lastimándose a sí misma.
Entonces, una tarde, le llegó un mensaje de un número que no tenía guardado. Era un amigo cercano de su novio, uno de los pocos que todavía mantenía contacto regular con él en Estados Unidos. Se llamaba Raúl.
“Hola Malena, soy Raúl. Tu novio me pidió que te escriba. Voy a viajar a Lima la próxima semana por trabajo y él me encargó que te lleve unas cosas que te compró. Cartas, un par de regalos pequeños, cosas que ha ido haciendo cada vez que te extraña mucho. Dice que si puedes, amor, ve a esperarme al aeropuerto. Es el vuelo de American Airlines que llega el jueves a las 8:15 pm. Te paso el número de vuelo por si acaso. Es un buen tipo, Malena. Trátalo bien. Él te extraña como loco.”
El mensaje venía acompañado de una foto: una caja pequeña envuelta en papel kraft, con una nota pegada que decía “Para mi amor eterno” en la letra inconfundible de su novio.
Malena se quedó mirando la pantalla hasta que se le nubló la vista. Las lágrimas llegaron sin aviso. No eran de tristeza pura, eran de todo: nostalgia, culpa, amor que todavía dolía, miedo de que todo se acabara de verdad.
Respondió casi de inmediato:
“Claro que voy. Dile que lo espero el jueves. Gracias, Raúl.”
Pasaron los días en una especie de niebla. Trabajó, comió, durmió mal. No le escribió mucho a Javier —solo lo necesario para no ser grosera—. No le contó nada a Carla. Quería llegar a ese momento del aeropuerto sin más ruido en la cabeza.
El jueves llegó.
Malena se puso un vestido sencillo, azul oscuro, el mismo color que él siempre decía que le quedaba “como si fuera para mí”. Se maquilló poco, pero se pintó los labios de ese rojo suave que a él le gustaba. Llegó al aeropuerto Jorge Chávez con casi una hora de anticipación. Se sentó en una de las bancas de llegadas internacionales, con el celular en la mano, mirando la pantalla de vuelos cada dos minutos.
Cuando anunciaron que el vuelo de American Airlines había aterrizado, el corazón se le subió a la garganta.
Pasaron los minutos. La gente empezó a salir. Malena se puso de pie, buscando con la mirada entre la multitud.
Y entonces lo vio.
Raúl salió empujando un carrito con dos maletas. Era alto, moreno, con la misma sonrisa fácil que recordaba de las fotos de grupo de su novio. Llevaba una mochila al hombro y, en la mano libre, la caja envuelta que había visto en la foto.
Cuando la vio, levantó la mano y sonrió.
Malena caminó hacia él con las piernas temblando. Se abrazaron fuerte, como viejos amigos que no se veían en años. Él olía a avión y a perfume barato de aeropuerto, pero también a algo que le recordó a su novio: ese olor a hogar lejano.
—Gracias por venir —dijo Raúl, separándose un poco para mirarla—. Se va a poner muy contento cuando le diga que te vio.
Malena asintió, con la voz apretada.
—¿Cómo está?
Raúl suspiró, pero sonrió.
—Trabajando como loco. Más delgado, más callado. Pero sigue hablando de ti todos los días. Me dijo que te dijera que te ama. Que no importa cuánto tarde, que no se rinde. Y que estas cosas… —levantó la caja— son para que no lo olvides.
Malena tomó la caja con las dos manos. Pesaba poco, pero sintió que pesaba toneladas.
—Dile que yo tampoco me rindo —susurró—. Dile que lo espero. Siempre.
Raúl la miró con algo de ternura y algo de tristeza.
—Se lo diré. Palabra por palabra.
Se despidieron con otro abrazo corto. Raúl se alejó hacia la salida de taxis. Malena se quedó parada ahí, en medio del aeropuerto, con la caja contra el pecho, mirando cómo la gente seguía saliendo, abrazándose, riendo, llorando.
Y ella, sola en medio de todo ese movimiento, sintió por primera vez en mucho tiempo que no sabía si estaba esperando a alguien que iba a volver… o despidiéndose de alguien que ya no volvería.
Abrió la caja en el taxi de regreso a casa. Dentro había cinco cartas escritas a mano, una pulsera de hilo rojo con un dije pequeño en forma de corazón, un llavero con una foto de los dos tomada en el Parque Kennedy hace cuatro años, y un osito de peluche diminuto con una nota pegada: “Para que me abraces cuando yo no pueda”.
Malena lloró todo el camino.
Cuando llegó a su departamento, dejó la caja sobre la mesa y tomó el celular.
No sabía si escribirle a su novio en ese momento.
No sabía si escribirle a Javier y decirle que necesitaba más tiempo.
Solo sabía que, por ahora, lo único que podía hacer era abrazar ese osito contra el pecho y esperar a que el nudo en la garganta se aflojara.
Porque amar a distancia era eso: esperar, doler, y seguir esperando.
Aunque cada día costara un poco más.
Raúl se despidió en la puerta del edificio con un abrazo rápido y una sonrisa amable.
—Cuídate mucho, Malena. Y dile a él que ya cumplí —le dijo, levantando la mano antes de subir al taxi.
Malena subió las escaleras con la caja apretada contra el pecho. Cuando entró a su departamento, cerró la puerta, se apoyó en ella y soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire todo el día. Luego se sentó en el sofá, abrió la caja otra vez y leyó las cartas una por una, despacio, dejando que cada palabra se le clavara en el pecho.
Cuando terminó, tomó el celular y llamó a su novio por videollamada. Contestó casi de inmediato. Apareció en pantalla con la misma camiseta vieja que usaba para dormir, el pelo revuelto, la barba de varios días y una sonrisa cansada pero sincera.
—Amor… gracias —dijo Malena antes de que él pudiera hablar—. Gracias por mandarme todo esto. Las cartas, el osito, la pulsera… me hizo llorar como idiota en el taxi. Pero fue un llanto lindo. De los que limpian.
Él se pasó la mano por la cara, como intentando borrar el cansancio.
—Me alegra que te gustara. Quería que sintieras que sigo aquí, aunque esté tan lejos. Raúl me dijo que fuiste al aeropuerto. Que estabas guapísima con el vestido azul.
Malena sonrió, un poco avergonzada.
—Quería que él te dijera que me vio bien. Que no estoy hecha un desastre esperándote.
—No estás esperándome hecha un desastre —respondió él, serio—. Estás esperándome entera. Y eso es lo que más me mantiene cuerdo.
Esa noche hablaron hasta las tres de la mañana. No de planes lejanos ni de papeles migratorios. Hablaron de tonterías: de la comida que extrañaba él, de la serie que ella estaba viendo, de cómo el osito de peluche ahora dormía en su almohada. Se rieron, se dijeron cosas bonitas, se mandaron besos a la cámara como adolescentes. Por primera vez en mucho tiempo, la llamada no terminó con silencios incómodos ni con promesas que sonaban huecas.
Y así pasó el mes siguiente.
Un mes entero dedicado a dedicarse cosas buenas.
Se llamaban todas las noches, aunque fuera solo quince minutos. Se mandaban fotos del día a día: él con el casco en la obra, ella con el café en la mano antes de entrar a la clínica. Se contaban sueños tontos, se mandaban audios de “te extraño” sin drama, se decían “te amo” sin que sonara a despedida. Malena guardó la pulsera de hilo rojo en la muñeca y no se la quitó ni para dormir. Él le mandó un video corto donde le enseñaba un tatuaje nuevo que se había hecho en el antebrazo: sus iniciales entrelazadas con una fecha que era el día en que se conocieron.
Fue un mes dulce. Frágil, pero dulce.
Hasta que una noche, casi al final del mes, mientras estaban en videollamada y ella le contaba cómo había sido su día, él la interrumpió de pronto.
—Amor… ¿puedo preguntarte algo?
Malena se quedó quieta. Sintió que el aire cambiaba un poco.
—Claro.
Él respiró hondo, como si estuviera juntando valor.
—¿Cómo viste a mi amigo? A Raúl. Cuando fue al aeropuerto… ¿te gustó?
Malena parpadeó, descolocada.
—¿Qué quieres decir con “te gustó”?
—No sé… físicamente. Como hombre. ¿Te pareció guapo? ¿Te dio curiosidad? ¿Algo?
Ella se quedó callada varios segundos. No esperaba esa pregunta. No después de un mes tan bueno.
—No lo miré así —dijo al fin, sincera—. Es tu amigo. Me cayó bien, fue amable, me trajo tus cosas… pero no sentí nada más. Nada de atracción, nada de “qué pasaría si”. Solo pensé en ti todo el tiempo que estuve con él. Porque era tu pedacito que había llegado hasta acá.
Su novio asintió despacio. No parecía celoso. Parecía… aliviado, pero también algo más. Como si hubiera estado probando el agua antes de meterse del todo.
—Está bien —murmuró—. Solo quería saber.
—¿Por qué lo preguntas ahora? —dijo ella, suave.
Él bajó la mirada un segundo, luego la volvió a levantar.
—Porque a veces pienso… que si algún día te pierdo, va a ser porque alguien más te hizo sentir cosas que yo ya no puedo hacerte desde aquí. Y me da miedo. Pero también… también me pregunto si tal vez, si te dejo sentir algo con alguien más, cerca, presente… quizás eso te mantenga conmigo de otra forma. No sé. Suena loco cuando lo digo en voz alta.
Malena sintió que el corazón se le apretaba.
—No quiero sentir cosas con nadie más —dijo, aunque sabía que no era del todo verdad. Pensó en Javier, en los besos que había detenido, en el distanciamiento que ella misma había puesto—. Quiero sentirlas contigo. Aunque sea a través de una pantalla. Aunque duela a veces.
Él sonrió, triste pero tierno.
—Entonces sigamos así. Un día más. Un mes más. Lo que podamos.
Malena asintió.
—Un día más —repitió.
Y aunque esa noche volvieron a hablar de cosas lindas y se durmieron con la llamada abierta, como hacían antes, Malena se quedó mirando el techo en la oscuridad mucho rato después.
Porque la pregunta de él había abierto una puerta pequeña.
Una puerta que ella creía haber cerrado.
Y aunque no quería cruzarla todavía… sabía que ya no podía fingir que no existía.
Malena siguió con su rutina: trabajo en la clínica, caminatas solitarias por las tardes, llamadas nocturnas con su novio que volvían a ser dulces pero cortas, como si ambos tuvieran miedo de decir demasiado y romper la frágil calma que habían reconstruido. Javier ya no insistía; se limitaba a saludos cordiales en el pasillo y a alguna broma ocasional. Ella le sonreía, pero no se quedaba. No sabía qué quería, y prefería no saberlo antes que equivocarse otra vez.
Una noche de jueves, cerca de las diez, estaba en pijama, sentada en el sofá con una taza de manzanilla y el celular en silencio. Había terminado de hablar con su novio hacía apenas media hora: una conversación tranquila, llena de “te extraño” y planes vagos para cuando volviera. Estaba a punto de apagar la luz cuando alguien tocó la puerta.
Tres golpes suaves, pero firmes.
Malena se quedó quieta. El corazón le dio un salto. Nadie venía a esa hora sin avisar. Ni Carla, ni su hermana, ni nadie de la familia. Se acercó despacio a la mirilla.
Era Raúl.
El amigo de su novio. El mismo que había traído la caja meses atrás. Vestido con una chaqueta oscura, el pelo un poco más corto, pero la misma sonrisa amable que recordaba del aeropuerto.
Malena sintió que el aire se le atoraba en la garganta. No abrió de inmediato. Se quedó mirando por la mirilla varios segundos, como si esperara que desapareciera. Pero él seguía ahí, con las manos en los bolsillos, paciente.
Respiró hondo. Tomó el celular. Marcó el número de su novio. Contestó al segundo tono.
—¿Amor? —dijo él, voz somnolienta pero alerta—. ¿Todo bien?
—Alguien tocó la puerta —susurró ella, aunque no había necesidad de hablar bajo—. Es Raúl. Está aquí. Afuera.
Silencio breve al otro lado.
—¿Raúl? ¿Mi Raúl?
—Sí. No le he abierto todavía. No sé qué quiere. No me avisó que venía.
Otro silencio.
—¿Quieres abrirle? —preguntó su novio, voz más baja, más seria.
Malena tragó saliva.
—No sé. Por eso te llamo. Quiero saber si… si te parece bien que lo deje pasar. No voy a hacer nada raro, te juro. Solo hablar. Pero no quiero ni siquiera abrir la puerta sin que tú me digas que sí.
Se escuchó la respiración de él, lenta, pensativa.
—Está bien —dijo al fin—. Ábrele. Ponme en altavoz cuando entre. Quiero escuchar lo que dice. Y si en algún momento quieres que pare, me dices y le digo yo mismo que se vaya.
Malena sintió un alivio extraño mezclado con nervios.
—Gracias —susurró—. Te amo.
—Te amo más. Ábrele.
Ella colgó la llamada, puso el altavoz y dejó el celular sobre la mesa del recibidor, bien visible. Se acomodó el pelo rápido, se ajustó la camiseta de dormir y abrió la puerta.
Raúl levantó la vista. Sonrió, pero no era la sonrisa fácil de antes. Había algo más serio en sus ojos.
—Hola, Malena.
—Hola… —respondió ella, sin moverse del umbral—. ¿Qué haces aquí?
Él levantó las manos en gesto de paz.
—No vengo a nada raro, te lo juro. Solo quería verte un momento. Hablar. ¿Puedo pasar? Cinco minutos. Si no quieres, me voy ahora mismo.
Malena miró el celular. Su novio seguía en línea, escuchando.
—Pasa —dijo al fin.
Raúl entró. Cerró la puerta detrás de él. Se quedó de pie en el pequeño recibidor, sin avanzar más, como si supiera que no debía invadir el espacio.
Malena señaló el sofá.
—Siéntate.
Él negó con la cabeza.
—Prefiero de pie. No voy a quedarme mucho.
Ella se cruzó de brazos, nerviosa.
—¿Qué pasa, Raúl?
Él respiró hondo.
—Tu novio me llamó ayer. Me dijo que las cosas entre ustedes están… estables. Pero que él siente que te está perdiendo poco a poco. Que no sabe cómo mantenerte sin estar ahí. Y me pidió que viniera.
Malena frunció el ceño.
—¿Que vinieras a qué?
Raúl bajó la mirada un segundo, luego la volvió a levantar.
—Me dijo que si yo te gustaba… que si tú querías… que podía… estar contigo. Una noche. O lo que tú quisieras. Y que él lo aceptaría. Que quería verte feliz, aunque fuera con alguien más. Me dijo que te lo preguntara directamente. Que no me inventara nada. Que si tú decías que no, me fuera y nunca más volviera a molestar.
Malena sintió que el suelo se movía debajo de sus pies.
—¿Él te dijo eso?
—Sí.
Ella miró el celular. La pantalla seguía iluminada. Su novio escuchaba cada palabra.
Raúl continuó, voz baja pero clara.
—No estoy aquí para aprovecharme. No vine a seducirte ni a convencerte de nada. Solo vine porque él me lo pidió. Porque dice que te ama tanto que prefiere verte en brazos de alguien que te haga sentir viva… a verte apagándote poco a poco mientras esperas. Pero si tú no quieres, me voy ahora mismo. Sin reproches. Sin volver a aparecer.
Malena se quedó callada. El silencio se estiró varios segundos.
Finalmente, tomó el celular. Lo levantó hasta su boca.
—Amor… —dijo, voz temblorosa—. ¿Es verdad lo que dice?
Se escuchó la respiración pesada de él al otro lado.
—Sí —respondió, ronco—. Es verdad. Si tú quieres… con Raúl… o con quien sea… yo lo acepto. Quiero verte viva, Malena. Aunque duela. Aunque me muera por dentro. Pero solo si tú lo quieres de verdad. No porque sientas pena de mí. No porque creas que es lo que yo necesito. Solo si lo deseas.
Malena cerró los ojos. Sintió lágrimas calientes asomarse.
Raúl se quedó quieto, esperando. No se acercó. No dijo nada más.
Ella abrió los ojos otra vez. Miró a Raúl.
Luego al celular.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué contestar.
Porque la pregunta ya no era solo sobre Raúl.
Era sobre ella.
Sobre lo que realmente quería.
Y sobre cuánto más podía seguir viviendo a medias.
Malena miró a Raúl, que seguía de pie en el recibidor con las manos en los bolsillos, esperando una respuesta que ella todavía no tenía del todo clara. Luego miró el celular, donde la voz de su novio seguía respirando en altavoz, tensa, esperando.
Respiró hondo. Se enderezó.
—Ok —dijo, dirigiéndose al teléfono—. Te escuché. Y acepto… pero que quede algo muy claro, amor.
Hizo una pausa para que él entendiera que hablaba en serio.
—Si en adelante yo quiero tirar con alguien, no te voy a pedir permiso nunca más. O yo escojo con quién hacerlo y te cuento después, con todo detalle si quieres, o no te cuento nada y tú nunca vas a saber. Tú decides cuál de las dos opciones prefieres. Pero ya no voy a estar preguntando cada vez como si fuera una niña. No soy tu propiedad. ¿Entendido?
Silencio pesado al otro lado de la línea.
Luego la voz de él, baja, casi rota:
—Entendido.
Malena asintió para sí misma.
—Bien. Entonces bota a Raúl. Dile que se vaya. Ahora.
Raúl levantó la vista, sorprendido pero sin discutir. Ya había entendido que no era el centro de la conversación. Malena le hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—Lo siento —le dijo ella, sincera—. No es personal. Solo… necesito resolver esto sola con él.
Raúl asintió despacio.
—Tranquila. Lo entiendo. Cuídate, Malena.
Abrió la puerta él mismo, salió y la cerró con cuidado. El clic del cerrojo sonó como un punto final.
Malena se quedó mirando la puerta un segundo. Luego tomó el celular, lo puso frente a ella y habló sin dejar que él interrumpiera.
—No, amor. Escúchame hasta el final. No puedes seguir haciéndome esto. No puedes mandarme a alguien a mi casa para “probar” si quiero acostarme con él. No puedes ofrecerme como si fuera una solución para que no me apague. No soy un experimento ni una forma de mantener el control. Si me quieres, me quieres a mí como soy, con mis ganas, con mis dudas, con mi cuerpo que pide cosas que tú no puedes darme ahora. Pero no me puedes mandar a nadie como si fuera un regalo de consolación.
Hizo una pausa. Las lágrimas ya le rodaban por las mejillas, pero la voz no le temblaba.
—Y tal vez… tal vez sería mejor darnos un tiempo. De verdad. No para siempre. Pero un tiempo en el que yo pueda respirar sin sentir que cada cosa que hago te está rompiendo o que te estoy traicionando. Un tiempo en el que tú puedas decidir si puedes vivir con una mujer que ya no va a esperar sentada a que vuelvas, y yo pueda decidir si todavía puedo esperar sin perderme.
Él intentó hablar.
—Malena, espera…
—No —lo cortó ella, firme—. No quiero escucharte ahora. No quiero que me convenzas, ni que me digas que lo sientes, ni que me prometas que todo va a cambiar cuando vuelvas. Porque ya no sé si creo en eso. Solo… necesito espacio. Y tú también.
Colgó.
Apagó el celular. Lo dejó sobre la mesa y se fue directo a la cama. Se tiró boca abajo, enterró la cara en la almohada y dejó que el llanto saliera fuerte, desgarrador, como si estuviera sacando tres años y medio de espera, de culpa, de amor que dolía más que cualquier otra cosa.
No supo cuánto tiempo pasó así. Media hora, quizás una. Hasta que sonó el timbre.
Se limpió la cara con la manga, se levantó y fue a abrir pensando que era Carla.
Pero no era Carla.
Era Sofía, otra amiga de la universidad, de las que no veía tanto pero que siempre aparecía cuando más se necesitaba. Llevaba una bolsa de plástico con dos cervezas heladas y una bolsa de papas fritas. Sonrió con esa media sonrisa irónica que tenía.
—Carla me mandó un audio diciendo que estabas mal. No me dijo por qué, pero dijo “ve”. Así que aquí estoy. ¿Me dejas entrar o me mandas a la ******?
Malena soltó una risa rota y la dejó pasar.
Se sentaron en la cama, una al lado de la otra. Sofía abrió las cervezas, le pasó una y esperó sin presionar.
Malena le contó todo. Desde Diego, desde Javier, desde Raúl en la puerta esa misma noche, desde la conversación cortada con su novio. Lloró otra vez, se sonó la nariz con papel higiénico, se limpió los ojos hinchados.
Sofía escuchó sin interrumpir, solo asintiendo de vez en cuando.
Cuando Malena terminó, se hizo un silencio largo.
Luego Sofía habló, voz tranquila pero directa.
—Mira, Malena… te voy a decir algo que quizás no quieras oír ahora, pero creo que lo necesitas.
Tomó un sorbo de cerveza.
—Tú no estás esperando a que él vuelva. Estás esperando a que él sea el hombre que te prometió que sería. Y él… él ya no es ese hombre. O quizás nunca lo fue del todo. La distancia no lo cambió; solo sacó lo que ya estaba ahí. Y tú llevas años castigándote por tener ganas, por tener cuerpo, por tener vida. Eso no es amor. Eso es penitencia.
Malena la miró, con los ojos todavía rojos.
—¿Y qué hago?
Sofía se encogió de hombros.
—Deja de pedir permiso para vivir. No se trata de acostarte con el primero que pase. Se trata de decidir qué quieres tú, sin que él tenga que aprobarlo o verlo o sufrirlo. Si quieres seguir con él, hazlo porque lo amas de verdad, no porque te da pena soltarlo. Si quieres estar sola un tiempo, hazlo. Si quieres ver a Javier otra vez, hazlo. Pero hazlo porque tú lo decides, no porque él te dio “permiso” o porque él te mandó a alguien para probarte.
Hizo una pausa.
—Y si al final decides que sí quieres seguir esperando… hazlo con dignidad. Pero no con culpa. La culpa te está matando más que la distancia.
Malena se quedó callada un rato largo. Tomó la cerveza, bebió un trago largo.
—¿Y si lo pierdo para siempre? —susurró.
Sofía le puso una mano en la rodilla.
—Entonces lo pierdes. Pero al menos no te habrás perdido a ti misma en el proceso.
Malena cerró los ojos. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran más tranquilas.
—Gracias —murmuró.
Sofía sonrió.
—No hay de qué. Ahora, ¿quieres que me quede a dormir o prefieres llorar sola con Netflix?
Malena soltó una risa pequeña.
—Quédate. Por favor.
Y así pasaron la noche: cerveza tibia, papas fritas, una serie vieja de fondo, y una amiga que no necesitaba decir mucho para que Malena empezara a sentir, por primera vez en mucho tiempo, que quizás no estaba tan sola como creía.
Al rato, mientras Sofía y Malena seguían hablando en la cama con las cervezas ya tibias, el celular de Sofía vibró fuerte sobre la mesita. Lo miró, puso los ojos en blanco y soltó un suspiro teatral.
—Es mi novio. Dice que ya llegó a casa y que si no aparezco en veinte minutos se va a dormir en el sofá. El drama de siempre.
Malena sonrió débilmente.
—Ve, no pasa nada. Gracias por venir de verdad.
Sofía se levantó, le dio un abrazo fuerte y un beso en la frente.
—Cualquier cosa me escribes o me llamas. Aunque sea a las cuatro de la mañana. ¿Prometido?
—Prometido.
Cuando la puerta se cerró detrás de Sofía, el departamento quedó en un silencio pesado. Malena se quedó sentada en la cama mirando la pared un buen rato. El llanto ya no salía, pero tampoco se sentía aliviada. Solo sentía un vacío inquieto, una energía que necesitaba salir de alguna forma o la iba a consumir por dentro.
Se levantó de golpe.
Fue al clóset, abrió las puertas de par en par y empezó a revolver ropa como si estuviera buscando una salida de emergencia.
Sacó un jean blanco ajustadísimo, de tiro bajo, que se le pegaba como segunda piel y marcaba cada curva de sus caderas y su culo de una manera casi indecente. Encima se puso un top negro de tirantes finos, escote profundo, que dejaba ver el borde del sostén de encaje rojo sangre. Debajo, en vez de tanga normal, eligió un hilo brasilero de licra negra, mínimo, que desaparecía entre sus nalgas y solo dejaba una línea fina de tela en la parte de adelante. Se miró al espejo de cuerpo entero.
Estaba radiante. Una bomba. El jean blanco contrastaba con su piel morena, el top dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera, y el hilo brasilero le daba esa sensación de estar medio desnuda aunque estuviera vestida. Se soltó el pelo, se pintó los labios de rojo oscuro, se puso unos aros grandes y tacones negros de aguja. Perfume en el cuello, entre los pechos, en las muñecas. Cuando terminó, se miró otra vez y sintió un cosquilleo caliente en el estómago.
Salió a la calle así, sin pensarlo dos veces.
Apenas caminó tres cuadras ya empezó. Los piropos llegaron como una avalancha:
—Ay mamita, ese culo es delito…
—Muévete más despacito, reina, que me matas…
—Ven pa’cá, preciosa, déjame olerte…
—Ese jean blanco te queda pecaminoso, ¿no te da calor con tanto fuego que llevas puesto?
Eran cochinadas. Eran groserías. Algunos eran hasta desagradables. Pero en vez de molestarla, la encendían. Cada comentario le subía el calor por el cuerpo. Sentía los ojos clavados en su culo, en sus tetas, en sus piernas, y en lugar de querer esconderse, caminaba más lento, movía las caderas con más intención, dejaba que la miraran. Estaba mojada solo de caminar. El hilo brasilero ya estaba húmedo, pegado a su sexo hinchado. La excitación le latía en el clítoris con cada paso.
Sacó el celular para llamar a alguna amiga, cualquiera, alguien que quisiera salir con ella esa noche. Pero antes de marcar, sintió una mano firme pero suave en su hombro.
—Hola, Malena.
Ella se giró rápido. Por un segundo no lo reconoció. Era un hombre de su edad, quizás un par de años más, alto, moreno, pelo corto bien cortado, barba recortada, camiseta negra ajustada y jeans oscuros. Tenía una sonrisa confiada, pero no arrogante.
—¿No me reconoces? —dijo él, divertido—. Soy Andrés. Trabajamos juntos en la agencia de publicidad hace… ¿seis años? Éramos del mismo equipo creativo. Yo era el que siempre te robaba los post-its con las ideas buenas.
Malena parpadeó. La memoria le volvió de golpe.
—¡Andrés! Claro, Andrés el ladrón de ideas —dijo riéndose, todavía con el pulso acelerado por la adrenalina de la calle.
—Ese mismo —respondió él, mirándola de arriba abajo sin disimulo—. Joder, Malena… estás… wow. ¿Vas a algún lado o solo estás dando vueltas para romper corazones?
Ella se encogió de hombros, todavía sintiendo el calor en las mejillas.
—No sé realmente. Solo… tenía ganas de acción. Salir, tomar, bailar, pasarla bien. No quería quedarme en casa hoy.
Andrés levantó una ceja.
—Qué coincidencia. Justo esta noche tengo una fiesta en casa de una amiga. Nada formal, buena música, tragos, gente divertida. Si quieres venir… hay cupo para una bomba como tú.
Malena lo miró a los ojos. Sintió ese cosquilleo otra vez, más fuerte. No era amor, no era nada profundo. Era solo ganas. Ganas de moverse, de sentir, de dejar que la noche se la llevara por un rato.
—Dale —dijo sin pensarlo dos veces—. Vamos.
Andrés sonrió más amplio.
—Perfecto. Mi carro está a dos cuadras. ¿O prefieres que caminemos un rato más para que medio Lima siga babeando por ti?
Malena soltó una risa baja, sensual.
—Caminemos. Que sigan mirando.
Y empezó a caminar a su lado, con el jean blanco brillando bajo las luces de la calle, el culo moviéndose con cada paso, los tacones resonando, y una sonrisa peligrosa en la cara.
Esa noche no iba a pedir permiso a nadie.
Iba a hacer lo que le diera la gana.
Y lo que le diera la gana empezaba justo ahora.
Caminaron un rato más por las calles iluminadas de Miraflores, el taconeo de Malena resonando como un ritmo propio, el jean blanco captando cada luz de farol y neón que pasaba. Andrés iba a su lado, sin tocarla, pero con esa presencia tranquila que no necesitaba invadir para que ella lo sintiera. Hablaron poco al principio; solo comentarios sueltos sobre la ciudad, sobre cómo había cambiado el barrio, sobre recuerdos tontos de la agencia. Pero el aire entre ellos ya estaba cargado.
Llegaron al carro de él —un SUV negro, discreto pero bien cuidado— y Andrés abrió la puerta del copiloto para ella. Malena se subió con un movimiento lento, consciente de cómo el jean se tensaba sobre sus nalgas, de cómo el hilo brasilero se hundía un poco más entre ellas al sentarse. Él rodeó el auto, se subió y la miró un segundo antes de encender el motor.
—Antes de la fiesta… ¿te parece si compramos algo para tomar? —preguntó.
—Claro —respondió ella, con una sonrisa que ya no era tímida—. Pero nada de cerveza barata. Quiero algo que queme rico.
Se detuvieron en un minimarket abierto 24 horas. Compraron una botella de ron añejo, dos latas de ginger ale, vasos desechables y hielo. Andrés pagó sin dejar que ella sacara la billetera. Cuando volvieron al auto, él no arrancó directo hacia la fiesta.
—¿Sabes qué? —dijo—. La fiesta puede esperar un rato. ¿Te parece si buscamos un lugar tranquilo primero? Solo para abrir la botella y charlar.
Malena lo miró de reojo. Sintió ese cosquilleo familiar subiéndole por la nuca.
—Llévame donde quieras.
Terminaron en un parque pequeño, casi olvidado, en una zona menos transitada. Árboles altos, bancos vacíos, faroles apagados o rotos. Oscuridad casi total, solo el brillo lejano de la ciudad y la luz tenue del tablero del auto cuando él lo dejó encendido para poner música suave. Bajaron las ventanas, se acomodaron en el asiento de atrás para tener más espacio. Andrés sirvió los tragos: ron con ginger, hielo que tintineaba.
Hablaron de todo un poco. De la agencia y cómo todos se habían dispersado. De los viajes que él había hecho. De las locuras que Malena había dejado de hacer por esperar a alguien que nunca terminaba de llegar. Se reían, se contaban anécdotas, se miraban cada vez más tiempo. El ron bajaba fácil, calentaba el pecho, aflojaba los bordes.
En algún momento, Andrés apoyó el brazo en el respaldo, detrás de ella.
—¿Y tú? —preguntó, voz más baja—. ¿Tienes novio?
Malena miró su vaso, dio un sorbo largo. El alcohol le quemó la garganta de la forma justa.
—Ya no —dijo, simple, sin drama.
Él levantó una ceja.
—¿Ya no?
—Digamos que… acabo de decidir que ya no.
Andrés soltó una risa corta, sorprendido pero complacido.
—Y tú —preguntó ella, girándose un poco hacia él—, ¿tienes novia?
—Igual —respondió él, con la misma naturalidad—. Ya no.
Se miraron. Y se rieron los dos al mismo tiempo, una risa genuina, liberadora, como si acabaran de quitarse un peso invisible de encima. El hielo tintineó cuando dejaron los vasos en el piso del auto.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue eléctrico.
Se miraron otra vez. Más cerca. Los ojos de él bajaron un segundo a sus labios rojos, luego volvieron a subir. Malena sintió el pulso acelerársele en la garganta, entre las piernas, en todas partes.
Fue ella quien se inclinó primero.
Lo besó con hambre contenida, con toda la energía que había acumulado esa noche caminando por la calle, recibiendo piropos, sintiéndose deseada. Andrés respondió al instante: le tomó la cara con las dos manos, abrió la boca, metió la lengua despacio pero profundo. Fue un beso apasionado, húmedo, de lengua enredada, respiraciones que se mezclaban, gemidos suaves que se escapaban sin querer.
Malena le pasó los brazos por el cuello, tiró de él hacia ella. Él le deslizó una mano por la nuca, la otra bajó por su espalda hasta apretarle la cintura, luego más abajo, hasta posarse firme sobre su culo por encima del jean blanco. Lo apretó con ganas, sintiendo la forma perfecta, la firmeza, la curva que el hilo brasilero apenas cubría. Ella gimió contra su boca cuando él le mordió el labio inferior, suave pero con intención.
Se besaron así un rato largo: lenguas jugando, chupándose, explorando. Las manos de él subieron por debajo del top, rozando la piel caliente de su espalda, los costados de sus tetas. Las de ella bajaron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta, bajando hasta la hebilla del cinturón, pero sin desabrocharla todavía. Solo apretando, sintiendo la erección que ya se marcaba dura contra los jeans de él.
Cuando se separaron por falta de aire, los dos estaban jadeando. Labios hinchados, ojos brillantes, el auto olía a ron, a perfume y a deseo.
Andrés la miró, con la respiración agitada.
—¿Seguimos aquí… o vamos a la fiesta? —preguntó, voz ronca.
Malena sonrió, lenta, peligrosa.
—Todavía no terminamos el trago —susurró, y volvió a besarlo, esta vez más lento, más profundo, como si quisiera devorarlo entero.
El ron se quedó olvidado en el piso.
Y la fiesta… la fiesta podía esperar toda la noche.
El beso se hizo más urgente, más descontrolado. Las lenguas se enredaban con fuerza, los dientes rozaban labios, los gemidos se escapaban sin vergüenza. Malena sentía el ron todavía quemándole la garganta, pero era el calor de Andrés lo que realmente la prendía. Su mano en el culo, apretando con ganas, subiendo y bajando por la curva del jean blanco como si quisiera memorizar cada centímetro. Ella le mordió el labio inferior, tiró un poco, y cuando él gruñó contra su boca, algo se rompió dentro de ella.
No quiso esperar más.
Nunca había sido así de directa. Siempre había dejado que el otro diera el primer paso grande, que marcara el ritmo. Pero esa noche no. Esa noche tenía el cuerpo en llamas, el hilo brasilero empapado y pegado a su sexo hinchado, los pezones duros rozando la tela del top cada vez que respiraba. Y no iba a pedir permiso ni a esperar una señal.
Se separó del beso solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Los de él estaban oscuros, dilatados, la respiración agitada.
—Quiero follar —dijo ella, sin rodeos, voz ronca pero clara—. Ahora. Aquí. No quiero ir a ninguna fiesta. No quiero más charla. Quiero sentirte dentro de mí. Ya.
Andrés parpadeó una sola vez, como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Pero la sorpresa duró menos de un segundo. Una sonrisa lenta, casi animal, se le dibujó en la cara.
—Joder, Malena…
No dijo más. No hizo falta.
Ella tomó la iniciativa total.
Se subió a horcajadas sobre él en el asiento trasero, las rodillas a ambos lados de sus caderas. El espacio era estrecho, pero eso solo lo hacía más intenso. Le agarró la camiseta por el borde y se la sacó de un tirón, dejándolo con el torso desnudo. Pasó las uñas por su pecho, bajando hasta el abdomen marcado, sintiendo cómo se contraía bajo sus dedos.
Andrés le levantó el top sin sacárselo del todo, solo lo suficiente para liberar sus tetas. El sostén de encaje rojo salió volando al piso del auto. Bajó la boca directo a uno de sus pezones, chupándolo fuerte, mordiendo suave, mientras con la otra mano le apretaba el otro pecho. Malena echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, sin importarle si alguien pasaba cerca del parque oscuro.
—Quítame el jean —ordenó ella, voz temblorosa de ganas.
Él obedeció rápido. Desabrochó el botón, bajó el cierre con dedos ansiosos. Malena se levantó un poco para ayudarlo a bajárselo por las caderas. El jean blanco quedó atorado en los muslos, pero no importó: lo importante era que el hilo brasilero negro quedó a la vista, mínimo, empapado, apenas cubriendo su sexo depilado e hinchado.
Andrés soltó un gemido ronco solo de verla.
—Estás empapada…
—Porque te quiero dentro —respondió ella, y le bajó el cierre del pantalón con una mano temblorosa pero decidida.
Sacó su pene. Estaba duro, grueso, la cabeza brillante de líquido preseminal. Malena lo agarró con firmeza, lo acarició dos veces de arriba abajo, sintiendo cómo latía en su palma. Andrés gruñó contra su cuello, le mordió la clavícula.
Ella no esperó más.
Se apartó el hilo brasilero a un lado con dos dedos, se acomodó encima y se dejó caer despacio, guiándolo con la mano. La cabeza entró primero, abriéndola centímetro a centímetro. Los dos soltaron el aire al mismo tiempo cuando él quedó completamente dentro, llenándola hasta el fondo.
—Dios… —jadeó ella, quedándose quieta un segundo para sentirlo palpitar dentro.
Luego empezó a moverse.
Arriba y abajo, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena, cada latido. Andrés le agarró las caderas con fuerza, ayudándola a bajar más duro, más rápido. El auto se mecía con sus movimientos, los vidrios ya empezaban a empañarse.
Malena apoyó las manos en sus hombros, clavándole las uñas, y aceleró. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el espacio. Ella gemía sin control, alto, sin vergüenza. Él le mordía el cuello, le chupaba los pezones, le apretaba el culo con las dos manos.
—Más fuerte… —pidió ella, casi ordenando—. Fóllame más fuerte.
Andrés empujó hacia arriba con cada bajada de ella, encontrándola a mitad de camino. La embestía profundo, sin piedad, pero justo como ella lo necesitaba. Malena sintió el orgasmo creciendo rápido, imparable. Le agarró la cara, lo besó con lengua desesperada mientras se corría: un espasmo fuerte, profundo, que la hizo temblar entera, apretándolo dentro con contracciones que lo volvieron loco.
Él no aguantó mucho más.
—Voy a correrme… —gruñó contra su boca.
—Adentro —dijo ella sin dudar—. Quiero sentirlo.
Andrés empujó una última vez, profundo, y se corrió dentro de ella con chorros calientes que Malena sintió palpitar, llenándola. Los dos se quedaron quietos un momento, jadeando, sudorosos, pegados.
Ella se dejó caer sobre su pecho, todavía con él dentro, sintiendo cómo se ablandaba despacio. Andrés le acarició la espalda, el pelo, la nuca.
—Joder… —susurró él al fin—. No esperaba esto.
Malena levantó la cabeza, lo miró con una sonrisa cansada pero satisfecha.
—Yo tampoco. Pero lo necesitaba.
Se quedaron así un rato, respirando juntos, el auto oliendo a sexo y ron.
La fiesta ya no importaba.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Malena no había pedido permiso.
Solo había tomado lo que quería.
Y se sentía jodidamente viva.
Y eso era lo que más la desarmaba. No había urgencia en él. No había ese hambre desesperada que había sentido con Diego. Javier la trataba como si el tiempo no estuviera en contra de ellos. Como si ya tuvieran todo el tiempo del mundo.
Pasaron semanas así: salidas discretas, manos que se rozaban al caminar pero no se entrelazaban del todo, besos que todavía no llegaban. Malena no le contaba a nadie. Ni a Carla, ni a su hermana, ni siquiera a su novio en las videollamadas. Cuando él preguntaba “¿qué has hecho hoy?”, ella respondía con vaguedades: “trabajé mucho”, “fui al cine con una amiga”, “me quedé leyendo”. No mentía del todo. Solo omitía. Y cada vez que colgaba sentía un nudo en el estómago, pero también un alivio extraño: por primera vez en años, alguien la hacía sentir presente sin pedirle que esperara nada a cambio.
Una noche, después de la tercera salida, Javier la acompañó hasta la puerta de su edificio. Estaban parados bajo la luz amarilla del farol, el aire fresco de Lima entrando por la avenida. Él se acercó un poco más, despacio, dándole tiempo de retroceder si quería.
—¿Puedo besarte? —preguntó, voz baja, sin prisa.
Malena sintió que el corazón se le subía a la garganta. Pensó en su novio, en la propuesta loca que le había hecho meses atrás (“¿y si te lo follas y yo veo?”), en el silencio que había seguido después porque ella nunca había vuelto a tocar el tema. Pensó en Diego y en cómo había terminado todo con lágrimas y un bloqueo. Pensó en los años de espera que ya pesaban como una mochila llena de piedras.
Y entonces, sin decir nada, se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso suave al principio, casi tímido. Labios que se reconocían sin apuro. Pero cuando él le puso una mano en la nuca y la otra en la cintura, tirando de ella con delicadeza pero con firmeza, Malena sintió que algo se soltaba dentro. Le devolvió el beso más profundo, abrió la boca, dejó que sus lenguas se encontraran despacio. No había desesperación, solo una curiosidad tranquila que se volvía fuego poco a poco.
Se separaron cuando les faltó el aire. Javier le acarició la mejilla con el pulgar, sonrió apenas.
—No tenemos que correr —dijo—. Podemos ir despacio.
Malena asintió, con los labios hinchados y el cuerpo caliente.
—Despacio —repitió ella, aunque por dentro sentía que ya había empezado a correr.
Desde esa noche, las salidas se hicieron más frecuentes. Se veían casi todos los días después del trabajo: cenas en lugares pequeños, películas en el cine del barrio, noches en el departamento de él donde se besaban horas en el sofá sin ir más allá. Javier era paciente. La tocaba por encima de la ropa, le besaba el cuello, le deslizaba las manos por la espalda, pero nunca empujaba. Esperaba que ella dijera “más”. Y ella todavía no lo decía.
No le contó a nadie. Ni una palabra. Guardaba las fotos que se tomaban juntos en una carpeta oculta del celular. Guardaba los mensajes en “archivados” para que no aparecieran en la pantalla principal. Cuando su novio le preguntaba por su vida, ella sonreía a la cámara y decía “todo bien, amor, trabajando mucho”. Y colgaba rápido antes de que él pudiera notar el brillo diferente en sus ojos.
Pero cada vez que se quedaba sola en su departamento, después de una noche con Javier, sentía el contraste. Con su novio eran palabras a través de una pantalla. Con Javier era piel, calor, presencia. Y aunque todavía no habían cruzado la línea del sexo, Malena sabía que estaba cerca. Muy cerca.
Una tarde, mientras se arreglaba para verlo, se miró al espejo. Se vio más viva, más bonita, con las ojeras desaparecidas y una sonrisa que no fingía. Pero también se vio culpable. Porque sabía que tarde o temprano iba a tener que elegir: contarle todo a su novio, aceptar su propuesta retorcida de verlo en vivo, o simplemente… dejar de esperar.
Y esa noche, mientras Javier la besaba en la oscuridad de su sala, con las manos ya subiendo por debajo de su blusa y los pezones endureciéndose contra sus palmas, Malena cerró los ojos y pensó:
“Solo un poco más. Solo un poco más de esto… antes de que todo se rompa de nuevo.”
Porque sabía que no podía seguir así para siempre. Pero todavía no estaba lista para parar.
Esa noche, después de despedirse de Javier con otro beso largo en la puerta del edificio —uno que duró más que los anteriores, uno que le dejó los labios hinchados y el cuerpo pidiéndole más—, Malena subió a su departamento con el corazón latiéndole en las sienes. No encendió la luz grande. Solo la lámpara de la mesita de noche. Se quitó los zapatos, se dejó caer en el sofá y tomó el celular.
Necesitaba hablar con alguien que no fuera él. Alguien que no la juzgara desde el otro lado del mundo.
Le escribió a Carla:
“¿Estás despierta? Necesito hablar. Urgente.”
Carla respondió en menos de un minuto:
“Ven a mi casa. Trae vino si quieres. La puerta está abierta.”
Media hora después, Malena estaba sentada en el sillón viejo del living de Carla, con una copa de tinto en la mano y las piernas cruzadas debajo del cuerpo. Carla se había acomodado frente a ella en el piso, con la espalda contra el sofá, mirándola con esa calma de siempre que la hacía sentir que podía decir cualquier cosa sin que el mundo se acabara.
—Está bien —dijo Carla, sirviéndose otra copa—. Suéltalo todo. Desde el principio.
Malena respiró hondo.
—Estoy saliendo con alguien. Se llama Javier. Trabaja conmigo en la nueva clínica. Tiene 35, igual que yo. Divorciado. Es… tranquilo. Muy tranquilo. No me presiona. No me pide nada. Solo… está ahí. Me mira como si realmente me viera. Esta noche nos besamos otra vez. Mucho. Sus manos ya subieron por debajo de mi blusa. Me tocó los pechos por encima del sostén. Me mordió el cuello suave. Me dijo que podemos ir despacio, que no hay apuro. Y yo… yo le dije que sí, que despacio. Pero por dentro siento que estoy corriendo hacia algo que no sé cómo parar.
Carla escuchó sin interrumpir. Solo asentía de vez en cuando.
—¿Y con tu novio? —preguntó al fin, cuando Malena se quedó callada.
Malena bajó la mirada a la copa. El vino temblaba un poco en su mano.
—No le he contado nada. Ni una palabra. Cada vez que hablamos por video, le digo que todo está bien, que trabajo mucho, que extraño. Pero no menciono a Javier. No menciono las salidas. No menciono los besos. Y cada vez que cuelgo me siento una ******… pero también me siento viva. Por primera vez en años me siento viva, Carla. No solo esperando.
Carla se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo vas a contar?
Malena se mordió el labio. Las lágrimas se le asomaron, pero no cayeron.
—No sé. De verdad no sé. Hace meses me dijo que si quería acostarme con alguien, que lo hiciera… pero que él quería ver. En vivo. Por videollamada. Que quería verme gozar aunque fuera con otro. Y yo no volví a tocar el tema. Pensé que se le iba a olvidar. Pensé que era solo desesperación de su parte. Pero ahora… ahora Javier es real. No es una fantasía. No es un “qué pasaría si”. Es alguien que me besa, que me abraza, que me hace reír. Y si le cuento a mi novio… o se pone celoso y me pide que pare todo… o me dice que sí, que lo haga, pero que él mire. Y no sé cuál de las dos opciones me asusta más.
Carla se quedó pensando un rato largo.
—Mira —dijo al fin—. Tú ya sabes lo que yo pienso de las relaciones a distancia eternas. Pero esto no es solo sobre tu novio. Es sobre ti. ¿Qué quieres tú, Malena? ¿Quieres seguir esperando a un hombre que quizás nunca vuelva del todo? ¿O quieres empezar a vivir aquí, ahora, con alguien que está presente? Porque si sigues ocultándolo, tarde o temprano va a explotar. Y cuando explote, va a doler mucho más.
Malena cerró los ojos. Una lágrima se le escapó y rodó por la mejilla.
—Quiero las dos cosas —susurró—. Quiero a mi novio… y quiero esto que siento con Javier. Quiero sentirme deseada sin tener que esperar tres años más. Quiero besos sin culpa. Quiero manos que me toquen sin que haya una pantalla de por medio. Pero no quiero perderlo. No quiero ser la que lo deje.
Carla se levantó, se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
—Entonces tienes que decidir qué pesa más. La culpa que sientes cada vez que le mientes… o el miedo de quedarte sola si le dices la verdad. Porque seguir así, en secreto, solo te va a ir comiendo por dentro. Y Javier no se va a quedar esperando eternamente a que tú resuelvas tu vida.
Malena apoyó la cabeza en el hombro de su amiga. Se quedó así un rato, en silencio, escuchando el ruido lejano de los carros en la avenida.
—No le voy a contar todavía —dijo al fin, casi para sí misma—. Solo… un poco más. Solo quiero sentir esto un poco más. Antes de que todo se rompa.
Carla no discutió. Solo le apretó el hombro.
—Está bien. Pero cuando llegue el momento en que ya no puedas más… me llamas. Antes de hacer cualquier cosa. ¿Prometido?
—Prometido —susurró Malena.
Pero en el fondo sabía que ese “un poco más” ya se estaba volviendo demasiado.
Y que, tarde o temprano, iba a tener que mirar a su novio a los ojos —aunque fuera a través de una cámara— y decirle la verdad.
O simplemente… dejar de hablarle.
Y empezar a vivir.
Malena empezó a distanciarse de Javier casi sin planearlo. Al principio fueron excusas pequeñas: “hoy tengo mucho trabajo”, “me siento un poco resfriada”, “mejor la próxima semana”. Luego fueron silencios más largos en WhatsApp, respuestas que tardaban horas, sonrisas que ya no llegaban a los ojos cuando se cruzaban en la clínica. Javier lo notó, por supuesto. No era tonto. Una tarde, en la sala de personal, se acercó con un café en la mano y voz baja.
—¿Hice algo mal? —preguntó directo, sin rodeos.
Malena bajó la mirada al vaso que tenía entre las manos.
—No… no es eso. Es que… no sé qué estoy haciendo, Javier. De verdad. Te quiero cerca, pero al mismo tiempo me siento… perdida. Como si estuviera traicionando algo que todavía no he soltado.
Él asintió despacio, sin insistir. No era de los que forzaban las cosas.
—Cuando lo tengas claro, me avisas. Sin presión. Yo sigo aquí.
Y se alejó. Sin drama. Sin reproches. Solo esa calma que ahora a Malena le dolía más que cualquier pelea.
Los días siguientes fueron un torbellino interno. Se sentía atrapada entre dos mundos: el de la espera eterna con su novio, que cada vez se parecía más a una promesa vacía, y el de Javier, que era real, presente, pero que le generaba una culpa que no la dejaba dormir. No sabía qué hacer. No quería lastimar a nadie, pero tampoco quería seguir lastimándose a sí misma.
Entonces, una tarde, le llegó un mensaje de un número que no tenía guardado. Era un amigo cercano de su novio, uno de los pocos que todavía mantenía contacto regular con él en Estados Unidos. Se llamaba Raúl.
“Hola Malena, soy Raúl. Tu novio me pidió que te escriba. Voy a viajar a Lima la próxima semana por trabajo y él me encargó que te lleve unas cosas que te compró. Cartas, un par de regalos pequeños, cosas que ha ido haciendo cada vez que te extraña mucho. Dice que si puedes, amor, ve a esperarme al aeropuerto. Es el vuelo de American Airlines que llega el jueves a las 8:15 pm. Te paso el número de vuelo por si acaso. Es un buen tipo, Malena. Trátalo bien. Él te extraña como loco.”
El mensaje venía acompañado de una foto: una caja pequeña envuelta en papel kraft, con una nota pegada que decía “Para mi amor eterno” en la letra inconfundible de su novio.
Malena se quedó mirando la pantalla hasta que se le nubló la vista. Las lágrimas llegaron sin aviso. No eran de tristeza pura, eran de todo: nostalgia, culpa, amor que todavía dolía, miedo de que todo se acabara de verdad.
Respondió casi de inmediato:
“Claro que voy. Dile que lo espero el jueves. Gracias, Raúl.”
Pasaron los días en una especie de niebla. Trabajó, comió, durmió mal. No le escribió mucho a Javier —solo lo necesario para no ser grosera—. No le contó nada a Carla. Quería llegar a ese momento del aeropuerto sin más ruido en la cabeza.
El jueves llegó.
Malena se puso un vestido sencillo, azul oscuro, el mismo color que él siempre decía que le quedaba “como si fuera para mí”. Se maquilló poco, pero se pintó los labios de ese rojo suave que a él le gustaba. Llegó al aeropuerto Jorge Chávez con casi una hora de anticipación. Se sentó en una de las bancas de llegadas internacionales, con el celular en la mano, mirando la pantalla de vuelos cada dos minutos.
Cuando anunciaron que el vuelo de American Airlines había aterrizado, el corazón se le subió a la garganta.
Pasaron los minutos. La gente empezó a salir. Malena se puso de pie, buscando con la mirada entre la multitud.
Y entonces lo vio.
Raúl salió empujando un carrito con dos maletas. Era alto, moreno, con la misma sonrisa fácil que recordaba de las fotos de grupo de su novio. Llevaba una mochila al hombro y, en la mano libre, la caja envuelta que había visto en la foto.
Cuando la vio, levantó la mano y sonrió.
Malena caminó hacia él con las piernas temblando. Se abrazaron fuerte, como viejos amigos que no se veían en años. Él olía a avión y a perfume barato de aeropuerto, pero también a algo que le recordó a su novio: ese olor a hogar lejano.
—Gracias por venir —dijo Raúl, separándose un poco para mirarla—. Se va a poner muy contento cuando le diga que te vio.
Malena asintió, con la voz apretada.
—¿Cómo está?
Raúl suspiró, pero sonrió.
—Trabajando como loco. Más delgado, más callado. Pero sigue hablando de ti todos los días. Me dijo que te dijera que te ama. Que no importa cuánto tarde, que no se rinde. Y que estas cosas… —levantó la caja— son para que no lo olvides.
Malena tomó la caja con las dos manos. Pesaba poco, pero sintió que pesaba toneladas.
—Dile que yo tampoco me rindo —susurró—. Dile que lo espero. Siempre.
Raúl la miró con algo de ternura y algo de tristeza.
—Se lo diré. Palabra por palabra.
Se despidieron con otro abrazo corto. Raúl se alejó hacia la salida de taxis. Malena se quedó parada ahí, en medio del aeropuerto, con la caja contra el pecho, mirando cómo la gente seguía saliendo, abrazándose, riendo, llorando.
Y ella, sola en medio de todo ese movimiento, sintió por primera vez en mucho tiempo que no sabía si estaba esperando a alguien que iba a volver… o despidiéndose de alguien que ya no volvería.
Abrió la caja en el taxi de regreso a casa. Dentro había cinco cartas escritas a mano, una pulsera de hilo rojo con un dije pequeño en forma de corazón, un llavero con una foto de los dos tomada en el Parque Kennedy hace cuatro años, y un osito de peluche diminuto con una nota pegada: “Para que me abraces cuando yo no pueda”.
Malena lloró todo el camino.
Cuando llegó a su departamento, dejó la caja sobre la mesa y tomó el celular.
No sabía si escribirle a su novio en ese momento.
No sabía si escribirle a Javier y decirle que necesitaba más tiempo.
Solo sabía que, por ahora, lo único que podía hacer era abrazar ese osito contra el pecho y esperar a que el nudo en la garganta se aflojara.
Porque amar a distancia era eso: esperar, doler, y seguir esperando.
Aunque cada día costara un poco más.
Raúl se despidió en la puerta del edificio con un abrazo rápido y una sonrisa amable.
—Cuídate mucho, Malena. Y dile a él que ya cumplí —le dijo, levantando la mano antes de subir al taxi.
Malena subió las escaleras con la caja apretada contra el pecho. Cuando entró a su departamento, cerró la puerta, se apoyó en ella y soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire todo el día. Luego se sentó en el sofá, abrió la caja otra vez y leyó las cartas una por una, despacio, dejando que cada palabra se le clavara en el pecho.
Cuando terminó, tomó el celular y llamó a su novio por videollamada. Contestó casi de inmediato. Apareció en pantalla con la misma camiseta vieja que usaba para dormir, el pelo revuelto, la barba de varios días y una sonrisa cansada pero sincera.
—Amor… gracias —dijo Malena antes de que él pudiera hablar—. Gracias por mandarme todo esto. Las cartas, el osito, la pulsera… me hizo llorar como idiota en el taxi. Pero fue un llanto lindo. De los que limpian.
Él se pasó la mano por la cara, como intentando borrar el cansancio.
—Me alegra que te gustara. Quería que sintieras que sigo aquí, aunque esté tan lejos. Raúl me dijo que fuiste al aeropuerto. Que estabas guapísima con el vestido azul.
Malena sonrió, un poco avergonzada.
—Quería que él te dijera que me vio bien. Que no estoy hecha un desastre esperándote.
—No estás esperándome hecha un desastre —respondió él, serio—. Estás esperándome entera. Y eso es lo que más me mantiene cuerdo.
Esa noche hablaron hasta las tres de la mañana. No de planes lejanos ni de papeles migratorios. Hablaron de tonterías: de la comida que extrañaba él, de la serie que ella estaba viendo, de cómo el osito de peluche ahora dormía en su almohada. Se rieron, se dijeron cosas bonitas, se mandaron besos a la cámara como adolescentes. Por primera vez en mucho tiempo, la llamada no terminó con silencios incómodos ni con promesas que sonaban huecas.
Y así pasó el mes siguiente.
Un mes entero dedicado a dedicarse cosas buenas.
Se llamaban todas las noches, aunque fuera solo quince minutos. Se mandaban fotos del día a día: él con el casco en la obra, ella con el café en la mano antes de entrar a la clínica. Se contaban sueños tontos, se mandaban audios de “te extraño” sin drama, se decían “te amo” sin que sonara a despedida. Malena guardó la pulsera de hilo rojo en la muñeca y no se la quitó ni para dormir. Él le mandó un video corto donde le enseñaba un tatuaje nuevo que se había hecho en el antebrazo: sus iniciales entrelazadas con una fecha que era el día en que se conocieron.
Fue un mes dulce. Frágil, pero dulce.
Hasta que una noche, casi al final del mes, mientras estaban en videollamada y ella le contaba cómo había sido su día, él la interrumpió de pronto.
—Amor… ¿puedo preguntarte algo?
Malena se quedó quieta. Sintió que el aire cambiaba un poco.
—Claro.
Él respiró hondo, como si estuviera juntando valor.
—¿Cómo viste a mi amigo? A Raúl. Cuando fue al aeropuerto… ¿te gustó?
Malena parpadeó, descolocada.
—¿Qué quieres decir con “te gustó”?
—No sé… físicamente. Como hombre. ¿Te pareció guapo? ¿Te dio curiosidad? ¿Algo?
Ella se quedó callada varios segundos. No esperaba esa pregunta. No después de un mes tan bueno.
—No lo miré así —dijo al fin, sincera—. Es tu amigo. Me cayó bien, fue amable, me trajo tus cosas… pero no sentí nada más. Nada de atracción, nada de “qué pasaría si”. Solo pensé en ti todo el tiempo que estuve con él. Porque era tu pedacito que había llegado hasta acá.
Su novio asintió despacio. No parecía celoso. Parecía… aliviado, pero también algo más. Como si hubiera estado probando el agua antes de meterse del todo.
—Está bien —murmuró—. Solo quería saber.
—¿Por qué lo preguntas ahora? —dijo ella, suave.
Él bajó la mirada un segundo, luego la volvió a levantar.
—Porque a veces pienso… que si algún día te pierdo, va a ser porque alguien más te hizo sentir cosas que yo ya no puedo hacerte desde aquí. Y me da miedo. Pero también… también me pregunto si tal vez, si te dejo sentir algo con alguien más, cerca, presente… quizás eso te mantenga conmigo de otra forma. No sé. Suena loco cuando lo digo en voz alta.
Malena sintió que el corazón se le apretaba.
—No quiero sentir cosas con nadie más —dijo, aunque sabía que no era del todo verdad. Pensó en Javier, en los besos que había detenido, en el distanciamiento que ella misma había puesto—. Quiero sentirlas contigo. Aunque sea a través de una pantalla. Aunque duela a veces.
Él sonrió, triste pero tierno.
—Entonces sigamos así. Un día más. Un mes más. Lo que podamos.
Malena asintió.
—Un día más —repitió.
Y aunque esa noche volvieron a hablar de cosas lindas y se durmieron con la llamada abierta, como hacían antes, Malena se quedó mirando el techo en la oscuridad mucho rato después.
Porque la pregunta de él había abierto una puerta pequeña.
Una puerta que ella creía haber cerrado.
Y aunque no quería cruzarla todavía… sabía que ya no podía fingir que no existía.
Malena siguió con su rutina: trabajo en la clínica, caminatas solitarias por las tardes, llamadas nocturnas con su novio que volvían a ser dulces pero cortas, como si ambos tuvieran miedo de decir demasiado y romper la frágil calma que habían reconstruido. Javier ya no insistía; se limitaba a saludos cordiales en el pasillo y a alguna broma ocasional. Ella le sonreía, pero no se quedaba. No sabía qué quería, y prefería no saberlo antes que equivocarse otra vez.
Una noche de jueves, cerca de las diez, estaba en pijama, sentada en el sofá con una taza de manzanilla y el celular en silencio. Había terminado de hablar con su novio hacía apenas media hora: una conversación tranquila, llena de “te extraño” y planes vagos para cuando volviera. Estaba a punto de apagar la luz cuando alguien tocó la puerta.
Tres golpes suaves, pero firmes.
Malena se quedó quieta. El corazón le dio un salto. Nadie venía a esa hora sin avisar. Ni Carla, ni su hermana, ni nadie de la familia. Se acercó despacio a la mirilla.
Era Raúl.
El amigo de su novio. El mismo que había traído la caja meses atrás. Vestido con una chaqueta oscura, el pelo un poco más corto, pero la misma sonrisa amable que recordaba del aeropuerto.
Malena sintió que el aire se le atoraba en la garganta. No abrió de inmediato. Se quedó mirando por la mirilla varios segundos, como si esperara que desapareciera. Pero él seguía ahí, con las manos en los bolsillos, paciente.
Respiró hondo. Tomó el celular. Marcó el número de su novio. Contestó al segundo tono.
—¿Amor? —dijo él, voz somnolienta pero alerta—. ¿Todo bien?
—Alguien tocó la puerta —susurró ella, aunque no había necesidad de hablar bajo—. Es Raúl. Está aquí. Afuera.
Silencio breve al otro lado.
—¿Raúl? ¿Mi Raúl?
—Sí. No le he abierto todavía. No sé qué quiere. No me avisó que venía.
Otro silencio.
—¿Quieres abrirle? —preguntó su novio, voz más baja, más seria.
Malena tragó saliva.
—No sé. Por eso te llamo. Quiero saber si… si te parece bien que lo deje pasar. No voy a hacer nada raro, te juro. Solo hablar. Pero no quiero ni siquiera abrir la puerta sin que tú me digas que sí.
Se escuchó la respiración de él, lenta, pensativa.
—Está bien —dijo al fin—. Ábrele. Ponme en altavoz cuando entre. Quiero escuchar lo que dice. Y si en algún momento quieres que pare, me dices y le digo yo mismo que se vaya.
Malena sintió un alivio extraño mezclado con nervios.
—Gracias —susurró—. Te amo.
—Te amo más. Ábrele.
Ella colgó la llamada, puso el altavoz y dejó el celular sobre la mesa del recibidor, bien visible. Se acomodó el pelo rápido, se ajustó la camiseta de dormir y abrió la puerta.
Raúl levantó la vista. Sonrió, pero no era la sonrisa fácil de antes. Había algo más serio en sus ojos.
—Hola, Malena.
—Hola… —respondió ella, sin moverse del umbral—. ¿Qué haces aquí?
Él levantó las manos en gesto de paz.
—No vengo a nada raro, te lo juro. Solo quería verte un momento. Hablar. ¿Puedo pasar? Cinco minutos. Si no quieres, me voy ahora mismo.
Malena miró el celular. Su novio seguía en línea, escuchando.
—Pasa —dijo al fin.
Raúl entró. Cerró la puerta detrás de él. Se quedó de pie en el pequeño recibidor, sin avanzar más, como si supiera que no debía invadir el espacio.
Malena señaló el sofá.
—Siéntate.
Él negó con la cabeza.
—Prefiero de pie. No voy a quedarme mucho.
Ella se cruzó de brazos, nerviosa.
—¿Qué pasa, Raúl?
Él respiró hondo.
—Tu novio me llamó ayer. Me dijo que las cosas entre ustedes están… estables. Pero que él siente que te está perdiendo poco a poco. Que no sabe cómo mantenerte sin estar ahí. Y me pidió que viniera.
Malena frunció el ceño.
—¿Que vinieras a qué?
Raúl bajó la mirada un segundo, luego la volvió a levantar.
—Me dijo que si yo te gustaba… que si tú querías… que podía… estar contigo. Una noche. O lo que tú quisieras. Y que él lo aceptaría. Que quería verte feliz, aunque fuera con alguien más. Me dijo que te lo preguntara directamente. Que no me inventara nada. Que si tú decías que no, me fuera y nunca más volviera a molestar.
Malena sintió que el suelo se movía debajo de sus pies.
—¿Él te dijo eso?
—Sí.
Ella miró el celular. La pantalla seguía iluminada. Su novio escuchaba cada palabra.
Raúl continuó, voz baja pero clara.
—No estoy aquí para aprovecharme. No vine a seducirte ni a convencerte de nada. Solo vine porque él me lo pidió. Porque dice que te ama tanto que prefiere verte en brazos de alguien que te haga sentir viva… a verte apagándote poco a poco mientras esperas. Pero si tú no quieres, me voy ahora mismo. Sin reproches. Sin volver a aparecer.
Malena se quedó callada. El silencio se estiró varios segundos.
Finalmente, tomó el celular. Lo levantó hasta su boca.
—Amor… —dijo, voz temblorosa—. ¿Es verdad lo que dice?
Se escuchó la respiración pesada de él al otro lado.
—Sí —respondió, ronco—. Es verdad. Si tú quieres… con Raúl… o con quien sea… yo lo acepto. Quiero verte viva, Malena. Aunque duela. Aunque me muera por dentro. Pero solo si tú lo quieres de verdad. No porque sientas pena de mí. No porque creas que es lo que yo necesito. Solo si lo deseas.
Malena cerró los ojos. Sintió lágrimas calientes asomarse.
Raúl se quedó quieto, esperando. No se acercó. No dijo nada más.
Ella abrió los ojos otra vez. Miró a Raúl.
Luego al celular.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué contestar.
Porque la pregunta ya no era solo sobre Raúl.
Era sobre ella.
Sobre lo que realmente quería.
Y sobre cuánto más podía seguir viviendo a medias.
Malena miró a Raúl, que seguía de pie en el recibidor con las manos en los bolsillos, esperando una respuesta que ella todavía no tenía del todo clara. Luego miró el celular, donde la voz de su novio seguía respirando en altavoz, tensa, esperando.
Respiró hondo. Se enderezó.
—Ok —dijo, dirigiéndose al teléfono—. Te escuché. Y acepto… pero que quede algo muy claro, amor.
Hizo una pausa para que él entendiera que hablaba en serio.
—Si en adelante yo quiero tirar con alguien, no te voy a pedir permiso nunca más. O yo escojo con quién hacerlo y te cuento después, con todo detalle si quieres, o no te cuento nada y tú nunca vas a saber. Tú decides cuál de las dos opciones prefieres. Pero ya no voy a estar preguntando cada vez como si fuera una niña. No soy tu propiedad. ¿Entendido?
Silencio pesado al otro lado de la línea.
Luego la voz de él, baja, casi rota:
—Entendido.
Malena asintió para sí misma.
—Bien. Entonces bota a Raúl. Dile que se vaya. Ahora.
Raúl levantó la vista, sorprendido pero sin discutir. Ya había entendido que no era el centro de la conversación. Malena le hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—Lo siento —le dijo ella, sincera—. No es personal. Solo… necesito resolver esto sola con él.
Raúl asintió despacio.
—Tranquila. Lo entiendo. Cuídate, Malena.
Abrió la puerta él mismo, salió y la cerró con cuidado. El clic del cerrojo sonó como un punto final.
Malena se quedó mirando la puerta un segundo. Luego tomó el celular, lo puso frente a ella y habló sin dejar que él interrumpiera.
—No, amor. Escúchame hasta el final. No puedes seguir haciéndome esto. No puedes mandarme a alguien a mi casa para “probar” si quiero acostarme con él. No puedes ofrecerme como si fuera una solución para que no me apague. No soy un experimento ni una forma de mantener el control. Si me quieres, me quieres a mí como soy, con mis ganas, con mis dudas, con mi cuerpo que pide cosas que tú no puedes darme ahora. Pero no me puedes mandar a nadie como si fuera un regalo de consolación.
Hizo una pausa. Las lágrimas ya le rodaban por las mejillas, pero la voz no le temblaba.
—Y tal vez… tal vez sería mejor darnos un tiempo. De verdad. No para siempre. Pero un tiempo en el que yo pueda respirar sin sentir que cada cosa que hago te está rompiendo o que te estoy traicionando. Un tiempo en el que tú puedas decidir si puedes vivir con una mujer que ya no va a esperar sentada a que vuelvas, y yo pueda decidir si todavía puedo esperar sin perderme.
Él intentó hablar.
—Malena, espera…
—No —lo cortó ella, firme—. No quiero escucharte ahora. No quiero que me convenzas, ni que me digas que lo sientes, ni que me prometas que todo va a cambiar cuando vuelvas. Porque ya no sé si creo en eso. Solo… necesito espacio. Y tú también.
Colgó.
Apagó el celular. Lo dejó sobre la mesa y se fue directo a la cama. Se tiró boca abajo, enterró la cara en la almohada y dejó que el llanto saliera fuerte, desgarrador, como si estuviera sacando tres años y medio de espera, de culpa, de amor que dolía más que cualquier otra cosa.
No supo cuánto tiempo pasó así. Media hora, quizás una. Hasta que sonó el timbre.
Se limpió la cara con la manga, se levantó y fue a abrir pensando que era Carla.
Pero no era Carla.
Era Sofía, otra amiga de la universidad, de las que no veía tanto pero que siempre aparecía cuando más se necesitaba. Llevaba una bolsa de plástico con dos cervezas heladas y una bolsa de papas fritas. Sonrió con esa media sonrisa irónica que tenía.
—Carla me mandó un audio diciendo que estabas mal. No me dijo por qué, pero dijo “ve”. Así que aquí estoy. ¿Me dejas entrar o me mandas a la ******?
Malena soltó una risa rota y la dejó pasar.
Se sentaron en la cama, una al lado de la otra. Sofía abrió las cervezas, le pasó una y esperó sin presionar.
Malena le contó todo. Desde Diego, desde Javier, desde Raúl en la puerta esa misma noche, desde la conversación cortada con su novio. Lloró otra vez, se sonó la nariz con papel higiénico, se limpió los ojos hinchados.
Sofía escuchó sin interrumpir, solo asintiendo de vez en cuando.
Cuando Malena terminó, se hizo un silencio largo.
Luego Sofía habló, voz tranquila pero directa.
—Mira, Malena… te voy a decir algo que quizás no quieras oír ahora, pero creo que lo necesitas.
Tomó un sorbo de cerveza.
—Tú no estás esperando a que él vuelva. Estás esperando a que él sea el hombre que te prometió que sería. Y él… él ya no es ese hombre. O quizás nunca lo fue del todo. La distancia no lo cambió; solo sacó lo que ya estaba ahí. Y tú llevas años castigándote por tener ganas, por tener cuerpo, por tener vida. Eso no es amor. Eso es penitencia.
Malena la miró, con los ojos todavía rojos.
—¿Y qué hago?
Sofía se encogió de hombros.
—Deja de pedir permiso para vivir. No se trata de acostarte con el primero que pase. Se trata de decidir qué quieres tú, sin que él tenga que aprobarlo o verlo o sufrirlo. Si quieres seguir con él, hazlo porque lo amas de verdad, no porque te da pena soltarlo. Si quieres estar sola un tiempo, hazlo. Si quieres ver a Javier otra vez, hazlo. Pero hazlo porque tú lo decides, no porque él te dio “permiso” o porque él te mandó a alguien para probarte.
Hizo una pausa.
—Y si al final decides que sí quieres seguir esperando… hazlo con dignidad. Pero no con culpa. La culpa te está matando más que la distancia.
Malena se quedó callada un rato largo. Tomó la cerveza, bebió un trago largo.
—¿Y si lo pierdo para siempre? —susurró.
Sofía le puso una mano en la rodilla.
—Entonces lo pierdes. Pero al menos no te habrás perdido a ti misma en el proceso.
Malena cerró los ojos. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran más tranquilas.
—Gracias —murmuró.
Sofía sonrió.
—No hay de qué. Ahora, ¿quieres que me quede a dormir o prefieres llorar sola con Netflix?
Malena soltó una risa pequeña.
—Quédate. Por favor.
Y así pasaron la noche: cerveza tibia, papas fritas, una serie vieja de fondo, y una amiga que no necesitaba decir mucho para que Malena empezara a sentir, por primera vez en mucho tiempo, que quizás no estaba tan sola como creía.
Al rato, mientras Sofía y Malena seguían hablando en la cama con las cervezas ya tibias, el celular de Sofía vibró fuerte sobre la mesita. Lo miró, puso los ojos en blanco y soltó un suspiro teatral.
—Es mi novio. Dice que ya llegó a casa y que si no aparezco en veinte minutos se va a dormir en el sofá. El drama de siempre.
Malena sonrió débilmente.
—Ve, no pasa nada. Gracias por venir de verdad.
Sofía se levantó, le dio un abrazo fuerte y un beso en la frente.
—Cualquier cosa me escribes o me llamas. Aunque sea a las cuatro de la mañana. ¿Prometido?
—Prometido.
Cuando la puerta se cerró detrás de Sofía, el departamento quedó en un silencio pesado. Malena se quedó sentada en la cama mirando la pared un buen rato. El llanto ya no salía, pero tampoco se sentía aliviada. Solo sentía un vacío inquieto, una energía que necesitaba salir de alguna forma o la iba a consumir por dentro.
Se levantó de golpe.
Fue al clóset, abrió las puertas de par en par y empezó a revolver ropa como si estuviera buscando una salida de emergencia.
Sacó un jean blanco ajustadísimo, de tiro bajo, que se le pegaba como segunda piel y marcaba cada curva de sus caderas y su culo de una manera casi indecente. Encima se puso un top negro de tirantes finos, escote profundo, que dejaba ver el borde del sostén de encaje rojo sangre. Debajo, en vez de tanga normal, eligió un hilo brasilero de licra negra, mínimo, que desaparecía entre sus nalgas y solo dejaba una línea fina de tela en la parte de adelante. Se miró al espejo de cuerpo entero.
Estaba radiante. Una bomba. El jean blanco contrastaba con su piel morena, el top dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera, y el hilo brasilero le daba esa sensación de estar medio desnuda aunque estuviera vestida. Se soltó el pelo, se pintó los labios de rojo oscuro, se puso unos aros grandes y tacones negros de aguja. Perfume en el cuello, entre los pechos, en las muñecas. Cuando terminó, se miró otra vez y sintió un cosquilleo caliente en el estómago.
Salió a la calle así, sin pensarlo dos veces.
Apenas caminó tres cuadras ya empezó. Los piropos llegaron como una avalancha:
—Ay mamita, ese culo es delito…
—Muévete más despacito, reina, que me matas…
—Ven pa’cá, preciosa, déjame olerte…
—Ese jean blanco te queda pecaminoso, ¿no te da calor con tanto fuego que llevas puesto?
Eran cochinadas. Eran groserías. Algunos eran hasta desagradables. Pero en vez de molestarla, la encendían. Cada comentario le subía el calor por el cuerpo. Sentía los ojos clavados en su culo, en sus tetas, en sus piernas, y en lugar de querer esconderse, caminaba más lento, movía las caderas con más intención, dejaba que la miraran. Estaba mojada solo de caminar. El hilo brasilero ya estaba húmedo, pegado a su sexo hinchado. La excitación le latía en el clítoris con cada paso.
Sacó el celular para llamar a alguna amiga, cualquiera, alguien que quisiera salir con ella esa noche. Pero antes de marcar, sintió una mano firme pero suave en su hombro.
—Hola, Malena.
Ella se giró rápido. Por un segundo no lo reconoció. Era un hombre de su edad, quizás un par de años más, alto, moreno, pelo corto bien cortado, barba recortada, camiseta negra ajustada y jeans oscuros. Tenía una sonrisa confiada, pero no arrogante.
—¿No me reconoces? —dijo él, divertido—. Soy Andrés. Trabajamos juntos en la agencia de publicidad hace… ¿seis años? Éramos del mismo equipo creativo. Yo era el que siempre te robaba los post-its con las ideas buenas.
Malena parpadeó. La memoria le volvió de golpe.
—¡Andrés! Claro, Andrés el ladrón de ideas —dijo riéndose, todavía con el pulso acelerado por la adrenalina de la calle.
—Ese mismo —respondió él, mirándola de arriba abajo sin disimulo—. Joder, Malena… estás… wow. ¿Vas a algún lado o solo estás dando vueltas para romper corazones?
Ella se encogió de hombros, todavía sintiendo el calor en las mejillas.
—No sé realmente. Solo… tenía ganas de acción. Salir, tomar, bailar, pasarla bien. No quería quedarme en casa hoy.
Andrés levantó una ceja.
—Qué coincidencia. Justo esta noche tengo una fiesta en casa de una amiga. Nada formal, buena música, tragos, gente divertida. Si quieres venir… hay cupo para una bomba como tú.
Malena lo miró a los ojos. Sintió ese cosquilleo otra vez, más fuerte. No era amor, no era nada profundo. Era solo ganas. Ganas de moverse, de sentir, de dejar que la noche se la llevara por un rato.
—Dale —dijo sin pensarlo dos veces—. Vamos.
Andrés sonrió más amplio.
—Perfecto. Mi carro está a dos cuadras. ¿O prefieres que caminemos un rato más para que medio Lima siga babeando por ti?
Malena soltó una risa baja, sensual.
—Caminemos. Que sigan mirando.
Y empezó a caminar a su lado, con el jean blanco brillando bajo las luces de la calle, el culo moviéndose con cada paso, los tacones resonando, y una sonrisa peligrosa en la cara.
Esa noche no iba a pedir permiso a nadie.
Iba a hacer lo que le diera la gana.
Y lo que le diera la gana empezaba justo ahora.
Caminaron un rato más por las calles iluminadas de Miraflores, el taconeo de Malena resonando como un ritmo propio, el jean blanco captando cada luz de farol y neón que pasaba. Andrés iba a su lado, sin tocarla, pero con esa presencia tranquila que no necesitaba invadir para que ella lo sintiera. Hablaron poco al principio; solo comentarios sueltos sobre la ciudad, sobre cómo había cambiado el barrio, sobre recuerdos tontos de la agencia. Pero el aire entre ellos ya estaba cargado.
Llegaron al carro de él —un SUV negro, discreto pero bien cuidado— y Andrés abrió la puerta del copiloto para ella. Malena se subió con un movimiento lento, consciente de cómo el jean se tensaba sobre sus nalgas, de cómo el hilo brasilero se hundía un poco más entre ellas al sentarse. Él rodeó el auto, se subió y la miró un segundo antes de encender el motor.
—Antes de la fiesta… ¿te parece si compramos algo para tomar? —preguntó.
—Claro —respondió ella, con una sonrisa que ya no era tímida—. Pero nada de cerveza barata. Quiero algo que queme rico.
Se detuvieron en un minimarket abierto 24 horas. Compraron una botella de ron añejo, dos latas de ginger ale, vasos desechables y hielo. Andrés pagó sin dejar que ella sacara la billetera. Cuando volvieron al auto, él no arrancó directo hacia la fiesta.
—¿Sabes qué? —dijo—. La fiesta puede esperar un rato. ¿Te parece si buscamos un lugar tranquilo primero? Solo para abrir la botella y charlar.
Malena lo miró de reojo. Sintió ese cosquilleo familiar subiéndole por la nuca.
—Llévame donde quieras.
Terminaron en un parque pequeño, casi olvidado, en una zona menos transitada. Árboles altos, bancos vacíos, faroles apagados o rotos. Oscuridad casi total, solo el brillo lejano de la ciudad y la luz tenue del tablero del auto cuando él lo dejó encendido para poner música suave. Bajaron las ventanas, se acomodaron en el asiento de atrás para tener más espacio. Andrés sirvió los tragos: ron con ginger, hielo que tintineaba.
Hablaron de todo un poco. De la agencia y cómo todos se habían dispersado. De los viajes que él había hecho. De las locuras que Malena había dejado de hacer por esperar a alguien que nunca terminaba de llegar. Se reían, se contaban anécdotas, se miraban cada vez más tiempo. El ron bajaba fácil, calentaba el pecho, aflojaba los bordes.
En algún momento, Andrés apoyó el brazo en el respaldo, detrás de ella.
—¿Y tú? —preguntó, voz más baja—. ¿Tienes novio?
Malena miró su vaso, dio un sorbo largo. El alcohol le quemó la garganta de la forma justa.
—Ya no —dijo, simple, sin drama.
Él levantó una ceja.
—¿Ya no?
—Digamos que… acabo de decidir que ya no.
Andrés soltó una risa corta, sorprendido pero complacido.
—Y tú —preguntó ella, girándose un poco hacia él—, ¿tienes novia?
—Igual —respondió él, con la misma naturalidad—. Ya no.
Se miraron. Y se rieron los dos al mismo tiempo, una risa genuina, liberadora, como si acabaran de quitarse un peso invisible de encima. El hielo tintineó cuando dejaron los vasos en el piso del auto.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue eléctrico.
Se miraron otra vez. Más cerca. Los ojos de él bajaron un segundo a sus labios rojos, luego volvieron a subir. Malena sintió el pulso acelerársele en la garganta, entre las piernas, en todas partes.
Fue ella quien se inclinó primero.
Lo besó con hambre contenida, con toda la energía que había acumulado esa noche caminando por la calle, recibiendo piropos, sintiéndose deseada. Andrés respondió al instante: le tomó la cara con las dos manos, abrió la boca, metió la lengua despacio pero profundo. Fue un beso apasionado, húmedo, de lengua enredada, respiraciones que se mezclaban, gemidos suaves que se escapaban sin querer.
Malena le pasó los brazos por el cuello, tiró de él hacia ella. Él le deslizó una mano por la nuca, la otra bajó por su espalda hasta apretarle la cintura, luego más abajo, hasta posarse firme sobre su culo por encima del jean blanco. Lo apretó con ganas, sintiendo la forma perfecta, la firmeza, la curva que el hilo brasilero apenas cubría. Ella gimió contra su boca cuando él le mordió el labio inferior, suave pero con intención.
Se besaron así un rato largo: lenguas jugando, chupándose, explorando. Las manos de él subieron por debajo del top, rozando la piel caliente de su espalda, los costados de sus tetas. Las de ella bajaron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta, bajando hasta la hebilla del cinturón, pero sin desabrocharla todavía. Solo apretando, sintiendo la erección que ya se marcaba dura contra los jeans de él.
Cuando se separaron por falta de aire, los dos estaban jadeando. Labios hinchados, ojos brillantes, el auto olía a ron, a perfume y a deseo.
Andrés la miró, con la respiración agitada.
—¿Seguimos aquí… o vamos a la fiesta? —preguntó, voz ronca.
Malena sonrió, lenta, peligrosa.
—Todavía no terminamos el trago —susurró, y volvió a besarlo, esta vez más lento, más profundo, como si quisiera devorarlo entero.
El ron se quedó olvidado en el piso.
Y la fiesta… la fiesta podía esperar toda la noche.
El beso se hizo más urgente, más descontrolado. Las lenguas se enredaban con fuerza, los dientes rozaban labios, los gemidos se escapaban sin vergüenza. Malena sentía el ron todavía quemándole la garganta, pero era el calor de Andrés lo que realmente la prendía. Su mano en el culo, apretando con ganas, subiendo y bajando por la curva del jean blanco como si quisiera memorizar cada centímetro. Ella le mordió el labio inferior, tiró un poco, y cuando él gruñó contra su boca, algo se rompió dentro de ella.
No quiso esperar más.
Nunca había sido así de directa. Siempre había dejado que el otro diera el primer paso grande, que marcara el ritmo. Pero esa noche no. Esa noche tenía el cuerpo en llamas, el hilo brasilero empapado y pegado a su sexo hinchado, los pezones duros rozando la tela del top cada vez que respiraba. Y no iba a pedir permiso ni a esperar una señal.
Se separó del beso solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Los de él estaban oscuros, dilatados, la respiración agitada.
—Quiero follar —dijo ella, sin rodeos, voz ronca pero clara—. Ahora. Aquí. No quiero ir a ninguna fiesta. No quiero más charla. Quiero sentirte dentro de mí. Ya.
Andrés parpadeó una sola vez, como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Pero la sorpresa duró menos de un segundo. Una sonrisa lenta, casi animal, se le dibujó en la cara.
—Joder, Malena…
No dijo más. No hizo falta.
Ella tomó la iniciativa total.
Se subió a horcajadas sobre él en el asiento trasero, las rodillas a ambos lados de sus caderas. El espacio era estrecho, pero eso solo lo hacía más intenso. Le agarró la camiseta por el borde y se la sacó de un tirón, dejándolo con el torso desnudo. Pasó las uñas por su pecho, bajando hasta el abdomen marcado, sintiendo cómo se contraía bajo sus dedos.
Andrés le levantó el top sin sacárselo del todo, solo lo suficiente para liberar sus tetas. El sostén de encaje rojo salió volando al piso del auto. Bajó la boca directo a uno de sus pezones, chupándolo fuerte, mordiendo suave, mientras con la otra mano le apretaba el otro pecho. Malena echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, sin importarle si alguien pasaba cerca del parque oscuro.
—Quítame el jean —ordenó ella, voz temblorosa de ganas.
Él obedeció rápido. Desabrochó el botón, bajó el cierre con dedos ansiosos. Malena se levantó un poco para ayudarlo a bajárselo por las caderas. El jean blanco quedó atorado en los muslos, pero no importó: lo importante era que el hilo brasilero negro quedó a la vista, mínimo, empapado, apenas cubriendo su sexo depilado e hinchado.
Andrés soltó un gemido ronco solo de verla.
—Estás empapada…
—Porque te quiero dentro —respondió ella, y le bajó el cierre del pantalón con una mano temblorosa pero decidida.
Sacó su pene. Estaba duro, grueso, la cabeza brillante de líquido preseminal. Malena lo agarró con firmeza, lo acarició dos veces de arriba abajo, sintiendo cómo latía en su palma. Andrés gruñó contra su cuello, le mordió la clavícula.
Ella no esperó más.
Se apartó el hilo brasilero a un lado con dos dedos, se acomodó encima y se dejó caer despacio, guiándolo con la mano. La cabeza entró primero, abriéndola centímetro a centímetro. Los dos soltaron el aire al mismo tiempo cuando él quedó completamente dentro, llenándola hasta el fondo.
—Dios… —jadeó ella, quedándose quieta un segundo para sentirlo palpitar dentro.
Luego empezó a moverse.
Arriba y abajo, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena, cada latido. Andrés le agarró las caderas con fuerza, ayudándola a bajar más duro, más rápido. El auto se mecía con sus movimientos, los vidrios ya empezaban a empañarse.
Malena apoyó las manos en sus hombros, clavándole las uñas, y aceleró. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el espacio. Ella gemía sin control, alto, sin vergüenza. Él le mordía el cuello, le chupaba los pezones, le apretaba el culo con las dos manos.
—Más fuerte… —pidió ella, casi ordenando—. Fóllame más fuerte.
Andrés empujó hacia arriba con cada bajada de ella, encontrándola a mitad de camino. La embestía profundo, sin piedad, pero justo como ella lo necesitaba. Malena sintió el orgasmo creciendo rápido, imparable. Le agarró la cara, lo besó con lengua desesperada mientras se corría: un espasmo fuerte, profundo, que la hizo temblar entera, apretándolo dentro con contracciones que lo volvieron loco.
Él no aguantó mucho más.
—Voy a correrme… —gruñó contra su boca.
—Adentro —dijo ella sin dudar—. Quiero sentirlo.
Andrés empujó una última vez, profundo, y se corrió dentro de ella con chorros calientes que Malena sintió palpitar, llenándola. Los dos se quedaron quietos un momento, jadeando, sudorosos, pegados.
Ella se dejó caer sobre su pecho, todavía con él dentro, sintiendo cómo se ablandaba despacio. Andrés le acarició la espalda, el pelo, la nuca.
—Joder… —susurró él al fin—. No esperaba esto.
Malena levantó la cabeza, lo miró con una sonrisa cansada pero satisfecha.
—Yo tampoco. Pero lo necesitaba.
Se quedaron así un rato, respirando juntos, el auto oliendo a sexo y ron.
La fiesta ya no importaba.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Malena no había pedido permiso.
Solo había tomado lo que quería.
Y se sentía jodidamente viva.
