Tema de Interés Relatos aqp / Kinesiologa Venezolana Arequipa

Más de diez años para un polvo

Voy a llamarla Alondra. No se llamaba así, pero al carajo. Ustedes finjan que me creen y seguimos adelante.

La conocí cuando yo tenía dieciocho y ella apenas quince. Una reunión cualquiera, esas donde sobran vasos vacíos y faltan razones para quedarse. Y ella estaba ahí. Sentada, quieta, con esa cara de estatua vieja y ojos como agujeros negros: no miraban directo, parecían flotar entre la gente, como si el mundo ya le diera asco. No usaba maquillaje, no lo necesitaba. El cuerpo aún era de niña, pero ya se estiraba hacia algo más. Cuando la volví a ver luego de algunos años yo ya estaba viviendo lejos. Regresé por vacaciones o por nostalgia, que al final es casi lo mismo. Le propuse algo idiota, casi casto: helado en la panificadora Las Américas y luego caminar hasta el puente Grau. Me temblaba todo, como si fuera la primera vez que hablaba con una mujer. Decía estupideces o no decía nada. Al final, apenas un roce, un apretón de manos como si nos estuviéramos despidiendo de una vida que ni siquiera habíamos tenido.

Años después, la volví a ver. Empujaba un cochecito de bebé como si arrastrara su propio cadáver. Era madre. Soltera. Y hermosa. Pero ya no esa belleza limpia de antes. Ahora era una belleza jodida, vencida por los días, con grietas en las esquinas. Y justo por eso, más mujer. Más deseable. Más peligrosa. Conseguí su número. Empezamos a hablar. No había nada de romanticismo, ni fuegos artificiales, ni esas mierdas. Ella era una mujer rota con orden: se reía, pero como si le doliera el alma. Con el tiempo, las salidas volvieron. Cine barato. Fast food grasiento. Caminatas que no llevaban a ningún lugar, pero que igual hacíamos porque así no estábamos solos. Era ese viejo juego adolescente, ahora jugado con cuerpos más cansados y mentes más sucias: rozarle el culo con el bulto en los abrazos largos, apretados, como si uno pudiera follarse el pasado por medio de un gesto torpe. Ella empujaba la cadera hacia atrás, apenas un poco. A veces más. A veces se quedaba quieta, como esperando a ver si yo tenía huevos para hacer algo más. La tensión crecía. Pero nadie abría la puerta. Y entonces vino la pandemia. Esa peste mundial, ese encierro idiota. Lo usamos como excusa perfecta para reconectarnos con más descaro. Messenger. Conversaciones de madrugada. Fotos con poca ropa y menos vergüenza. Frases que sonaban a invitación pero que estaban llenas de minas escondidas: “quiero un amigo cariñoso”, decía, como quien dice “quiero que me abraces sin tocarme, que me des sin pedirme nada”. Y al día siguiente: silencio. Hielo. Me dejaba hablando solo como un imbécil. Me confundía. Me calentaba. Me sacaba de quicio. Era una trampa con sonrisa. Un juego de gato y rata donde ambos éramos ratas.

Paso un buen tiempo que no supe de ella y cuando regresó me dijo: —“estoy embarazada otra vez”—, lo supe. No quería nada serio con ella. Nunca lo quise. No era amor, ni ternura, ni futuro. Era otra cosa. Una espina metida bajo la piel, una deuda sin cobrar. Una imagen que me había seguido por años, con ese cuerpo maldito, esas piernas que prometían algo que nunca llegó. Y yo… yo sólo quería eso. Probarla. Rasgarme los dientes contra su carne. Porque uno no puede vivir toda la vida con una erección en el recuerdo.

Recuerdo cómo empezó todo. No como una revelación, sino como un empujón borracho en la dirección equivocada. Fue un domingo. Desperté en el sillón de un amigo, todavía con el whisky en la lengua y la cabeza hecha polvo. Agarré el celular, le mandé un mensaje a Sofía —pero esa es otra historia, otro desastre con piernas— y justo entonces vi a Alondra conectada. La saludé. Le escribí con esa mezcla de resaca y hambre que solo los hombres rotos entienden:
—¿Dónde estás?
Me respondió al toque:
—En el parque Selva Alegre, con mi hijo.
No lo pensé. Ni por un segundo. Salí de la casa de mi amigo y me compré algo en el camino para quitarme el sabor a trago —no funcionó— y fui. Ahí estaba. Su hijo brincaba en esos juegos inflables, como si la vida todavía tuviera sentido. Ella sentada, mirando sin ver, con esa calma que da el cansancio de vivir. Me acerqué por detrás, sin anunciarme, le puse las manos en la cintura, bajé la cabeza y la besé. No dijo nada. Me devolvió el beso como quien apaga una deuda antigua. Diez años esperando ese maldito beso. Y fue así: simple. Sin poesía. Sin permiso. Como tenía que ser.
Su hijo salió de los juegos.
—Vamos al pasto —dijo—. A echarnos un rato mientras espero a mi amiga. Nos tiramos ahí, entre la hierba y la impaciencia. El niño se fue a jugar y yo aproveché. La seguí besando. Mis manos la encontraban solas, como si ya supieran el camino. Le agarré la cintura, le jalé la ropa interior. No dijo nada. Solo respiró hondo. Ahí supe que ya estaba. Era cuestión de tiempo. Nada más.

Llegó su amiga. Conversaron un rato como si no pasara nada. Como si el deseo no estuviera goteando entre nosotros como una fuga de gas.
—Tengo hambre. Vamos a comer —dijo Alondra—. Quiero chifa. Comimos y nos despedimos con un beso.

Después vinieron más salidas. Más besos. Más roces bajo ropa prestada. Fajes en silencio. Nada claro. Nada definitivo. Era como vivir en un limbo caliente, una antesala al infierno o al cielo, según cómo se mire. Hasta que una noche dijo que sí. Que se quedaba a dormir conmigo. Me preparé como un idiota optimista. Compré un barril de cerveza importada y condones nacionales. Era febrero. Llovía como si el mundo se estuviera lavando de nosotros. Fui a recogerla a la salida de su trabajo. Entró al auto empapada, el cabello pegado al rostro, la ropa mojada, los ojos cansados pero vivos. Cuando llegamos, lo primero que hicimos fue abrir el barril. Tomamos. Hablamos de cualquier cosa. Ella se dejó caer en el sillón. Yo me heche detrás, la abracé en cucharita, le acaricié el vientre por encima de la ropa. Apretaba sus muslos. Le besaba la nuca. Olía a humedad, a perfume barato, a mujer lista para algo que todavía no sabía si iba a permitir. Fue la primera vez que le vi los pies, me obsesioné con sus pies esa noche. Los tenía finos, bien cuidados, las uñas pintadas de blanco. Le tomé una foto sin que se diera cuenta. Me creó un fetiche que hasta ahora tengo. Justo cuando mis manos empezaban a buscar más, sonó mi celular. Tenía que ir a un compromiso estúpido. Le dije. Se rió. Vamos me dijo. Manejamos hasta allá mientras yo solo pensaba en la vuelta. Se quedó en el auto, esperando. Cuando regresamos, la noche ya estaba floja, como una camisa vieja a medio abotonar. La lluvia golpeaba las ventanas, la cerveza se acababa despacio. Nos tiramos en el sillón un rato, pero ya no había más que decir. La tensión flotaba entre nosotros como humo denso. Le dije que fuéramos a la cama. No me miró. Solo se levantó, y fue. Una vez dentro, le señalé el sostén.
—Quítatelo —le dije—. Vas a estar más cómoda.
Ella asintió apenas. Se lo sacó con una mano, con esa mecánica de quien ya ha hecho esto muchas veces. Se acostó de lado, de espaldas a mí. Me acerqué por detrás, la abracé, y mis manos se deslizaron directamente hacia sus senos. Eran medianos, algo vencidos por la maternidad, pero cálidos. Reales. La piel tenía esa suavidad imperfecta que solo dan los años. Le acaricié los pezones, que se endurecieron bajo mis dedos como respuesta silenciosa. Ella no decía nada. Pero tampoco se apartaba. Me ofrecía una resistencia suave, casi como un juego. El cuerpo decía sí aunque la boca aún no hablaba. Le besé el cuello, lento, con la nariz enterrada detrás de su oreja. Sentí su respiración cambiar, más honda. Mis dedos seguían acariciándola, dándole vueltas a esos pezones que ya no se escondían. La sentía temblar un poco, rendirse sin apuro. Entonces me puse encima de ella. Le subí el polo con ambas manos. Le besé el vientre, los senos. La lamí despacio, con hambre contenida, con esa ansiedad de quien ha esperado demasiado. Ella hizo un gesto, un pequeño intento de alejarse, pero no lo siguió. Me miró. Yo la miré de vuelta.
—Quiero estar dentro de ti —le dije.
Ella bajó la mirada. Lo pensó un segundo. Y con esa voz que me haría recordarla en días grises, dijo:
—Ya… bueno.
Se quitó el polo. Me regaló sus pechos al aire. Oscuros, amplios, duros en el centro. Eran pechos de madre, no de modelo, y eso los hacía más reales. Más míos. Los besé como si los hubiera estado esperando toda una vida. Fui bajando. Le quité la ropa interior. Tenía vello, espeso, descuidado. Nada de eso me importaba. De hecho, me gustaba. Era una señal de que no estaba fingiendo nada. Era ella, cruda, entregada. Me bajé los pantalones. Saqué el pene, erecto, vibrando, y se lo metí despacio. Sentí cómo se abría para mí. Su cuerpo se tensó un momento y luego se rindió del todo. Estaba caliente, húmeda, tibia como fiebre. La abrí de piernas, la tomé fuerte de las caderas y empecé a bombearla. Al principio con ritmo lento, casi reverente, y luego más fuerte, más decidido. La había deseado demasiado tiempo como para ser suave.
—Junta las piernas —le dije.
Lo hizo. La penetración se hizo más estrecha, más intensa. Ella gemía bajo, con el ceño fruncido, los labios entreabiertos. Parecía a punto de romperse. Quise ponerla en cuatro. Me lo negó.
—No… de costadito… así me gusta —me dijo, jadeando.
Obedecí. Me eché a su lado, levanté su pierna izquierda, y se la metí de nuevo. Más profundo. Más salvaje. El hueso de su cadera golpeaba contra mí con cada embestida. El colchón se quejaba con cada movimiento, como si supiera que eso no era amor, sino un ajuste de cuentas.
Ella gemía sin pudor.
—Más… sigue… no pares… —me decía con una voz ronca, rota.
Yo seguí. Como si el tiempo se estuviera cobrando todo de una vez. Sentía cómo se apretaba por dentro, cómo su espalda se arqueaba con cada golpe.

Me vine con un rugido sordo en la garganta. Sentí cómo me exprimía mientras lo hacía. Me quedé quieto latiendo dentro de ella. Nos quedamos ahí, pegados. Mi mano en su pecho. Su respiración cayendo. No dijo nada. Solo cerró los ojos y se durmió como si ya no hubiera más que dar. Fui al baño. Me lavé la cara. Me miré en el espejo. No me reconocí. Cuando volví, ella dormía con las piernas abiertas, el cabello revuelto sobre la almohada. Parecía en paz. Pero yo no. Yo estaba ahí parado, viéndola. Y entendiendo algo que no quería entender. La deseé toda mi vida. La tuve. Y ahora… el misterio había muerto.

A la mañana siguiente, todo era más callado. La lluvia había parado, pero el cuarto seguía oliendo a sexo. Abrí los ojos con la boca seca y el cuerpo pesado, como si hubiese peleado con algo invisible durante la noche. Ella estaba ahí, aún desnuda, dándome la espalda. Su respiración era tranquila. Su cabello revuelto cubría parte de la almohada, parte de su rostro. Tenía la espalda descubierta y las caderas al borde de la sábana. La miré un rato. Quería más. No porque lo necesitara. Sino porque podía. Le pasé la mano por el muslo.
—mañanero —le dije con voz baja, aún ronca del alcohol y el sueño.
Ella no respondió. Solo se encogió un poco. Volví a insistir. Le besé el hombro. Le acaricié los glúteos con la palma abierta.
—Vamos… solo un rato.
Suspiró. No un suspiro sensual, sino de resignación.
—Ya… bueno —dijo.
La puse en cuatro. Yo me acomodé detrás de ella. Le sujeté las caderas con firmeza y la penetré despacio, sintiéndola tibia, húmeda todavía de la noche anterior. Se tensó al principio, luego se relajó. Comencé a moverme dentro de ella, lento, luego más rápido. Los gemidos que salían de su boca eran bajos, apagados, como si estuviera haciendo algo que sabía que tenía que hacer, pero que no quería sentir del todo. Le acaricié la espalda. Le tomé el cabello. La embestía fuerte, profundo, como buscando algo que no sabía si estaba ahí. El sonido de nuestras pieles chocando era lo único que llenaba el cuarto. Después le dije:
—Súbete encima. Quiero verte.
Ella obedeció sin decir palabra. Se montó sobre mí, colocándose con movimientos lentos, cansados. Comenzó a cabalgarme. Su cuerpo encima del mío, balanceándose con ese ritmo melancólico. Sus pechos se movían con cada vaivén, su vientre contraído, su boca entreabierta, el ceño fruncido como si sintiera más el peso de los años que el placer del momento. La tomé de la cintura, intenté empujarla un poco más, hacer que se entregara del todo. Me vine con los ojos cerrados. Sin gloria. Sin fuerza. Como quien termina una tarea pendiente. Ella se bajó despacio. Se dejó caer a mi lado, sin decir nada. Cerró los ojos. Yo me quedé ahí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuerpo empezaba a enfriarse. El sexo había sido bueno, sí. El cuerpo seguía siendo hermoso. Pero algo faltaba. Algo no encajaba.

La llevé al trabajo. En el camino no hablamos mucho.
Desde entonces no volví a buscarla.
Ella me escribe. A veces.
Espera que tenga una recaída. Que le vuelva a escribir un domingo con resaca.
Pero no. No soy así.
Yo solo quería tenerla una vez.

Y eso basta.
 
Este podría ser el último relato sobre la amiga de mi hermana. Le pondré un nombre falso: Camila. Si me animo, más adelante escribiré historias con otras amigas.

Desquitandome con Camila.

Como escribí anteriormente, todo empezó con salidas casuales hasta que después una noche en la dolores terminábamos en un hotel. Luego se volvió natural y siempre que podíamos nos perdíamos entre besos y jadeos, y cada vez el sexo se volvía más salvaje. Con el tiempo, encontramos otro hotel más cerca de su casa y me salía mas conveniente. Cuando se acercó Halloween, Camila me propuso salir disfrazados. Nada elaborado, solo algo simbólico. Le dije que sí. Aquella noche fui sin carro, sabiendo que no regresaría sobrio. Nos encontramos cerca del Siglo XX y caminamos hacia la plaza de armas. Durante el trayecto, entre risas, nos pintamos los rostros. Camila vestía como siempre: jeans ajustados que moldeaban su trasero perfecto, un polo blanco y una casaca de cuero. Me costaba no imaginar lo que había debajo.

Y entonces, la vi. Su amiga. Era la primera vez que la veía. No tenía idea de quién era hasta que Camila la presentó. Bajita, con esa belleza que no necesita esfuerzo. Una falda mínima, piernas suaves, una actitud fresca y ligeramente coqueta. Pero, estaba con su enamorado. Verla así, sonriente, tocando a su chico con naturalidad, me encendió de una forma que no esperaba. No podía tocarla. Ni debía. Pero no dejé de mirarla en toda la noche. Cada vez que cruzaba las piernas, cada vez que se acomodaba el cabello, me perdía. Fantaseaba. Y lo peor era que eso aumentaba mis ganas por Camila. Quería desquitarme. Usarla. Poseerla hasta sacarme de la cabeza a su amiga… aunque sabía que no lo lograría. Después de unas copas y una “sellada” en un bar por San Francisco, el ambiente se volvió íntimo. Camila se pegaba a mí, me hablaba al oído, me acariciaba. En el taxi, ya no aguantó más: metió la mano bajo mi pantalón y empezó a tocarme con descaro. Quería chupármela ahí mismo, pero se contuvo. “Después”, me dijo con una sonrisa traviesa. “No quiero darle un show al taxista.”

Llegamos al hotel habitual… pero estaba lleno. Maldito Halloween. Yo ya no podía más. La presión en mis bolas era insoportable. La miré, y le dije:
—Hoy te tengo que comerte sí o sí. No me importa dónde.
Ella, excitada pero preocupada, propuso su casa. Nunca había estado ahí. No conocía ni a sus padres ni su cuarto, pero estábamos a dos cuadras. El cuerpo ya mandaba. No había espacio para la razón. Entramos por el patio. Sus padres vivían en el primer piso. Su papá, desde la cocina, nos saludó. Estábamos mareados, sí, pero fingimos normalidad. Nos ofreció una sopa caliente. Probé un par de cucharadas, solo por respeto. Pero mis ojos ya estaban fijos en ella. Quería llevármela al segundo piso, desnudarla, hundirme en su cuerpo. Subimos al cuarto. Pequeño, con cama de plaza y media, una luz tenue, y una puerta que cerró con seguro. Apenas giró la manija, la tomé por la cintura y la empujé contra la pared. Le besé el cuello, las clavículas, le arranqué el polo y el sostén. Sus tetas quedaron frente a mí, blancas, firmes, duritas. Las besé, las mordí suave, sentí cómo su piel se erizaba bajo mi lengua. Bajé lentamente por su abdomen, entre sus muslos. Le quité el jean, la ropa interior estaba empapada. Le hice un oral largo, sucio, ruidoso. Ella gemía, se aferraba a mi cabeza. Le metí los dedos al mismo ritmo que le lamía el clítoris. Su sabor me volvía loco. Me desnudé. Ella se abrió para mí, y la penetré sin condón. Fue la primera vez. Y cuando lo sintió, no me detuvo… se volvió salvaje.
—Así se siente mejor… no pares, por favor. No pares.
Yo estaba descontrolado. Sus paredes húmedas me apretaban como si me suplicaran no salir. La cogía con fuerza, embistiendo con rabia, con ritmo, con hambre. La cama golpeaba contra la pared. Ella gemía alto. Y ahí fue donde el morbo se apoderó de mí. Quería que sus padres escucharan. Quería que supieran que su hija estaba arriba, siendo usada, gritando de placer, abierta, completamente mía. Esa idea me encendió más. La cogí más fuerte. Más rudo. Le apretaba las tetas mientras le decía al oído:
—¿Y si tu papá nos escucha? ¿Y si sube y te ve así, llena de mí?
Ella abrió los ojos con susto.
—¡Callate! No hables así… mis papás están abajo.
Pero yo no paré. Todo lo contrario. La penetré más profundo, con más ritmo. Quería marcarla. Hacerla temblar. Que sus padres supieran, aunque no dijeran nada. Ella, nerviosa, tiró unas sábanas al suelo.
—Aquí. En el piso. Menos ruido. Por favor.
La puse en cuatro. Le abrí las nalgas con las manos y me metí de nuevo. Empecé a darle con fuerza. Le jalaba el pelo, le azotaba las nalgas con la palma, mientras le decía cosas sucias al oído. Me aferraba a sus caderas y la embestía como si quisiera romperla. Su cara estaba enterrada en una almohada, sus gemidos eran cortos, sofocados… pero su cuerpo decía lo contrario. Terminamos jadeando, sudando y nos dormimos así, desnudos.

Despertamos cerca de las diez. El cuarto estaba en penumbra. Ella dormía boca arriba, completamente desnuda. Sus tetas seguían ahí, irresistibles. Me incliné, le lamí los pezones con suavidad. Ella se revolvió, despertó con una sonrisa y los ojos llenos de deseo.
—¿Otra vez? me dijo, con voz ronca.
No respondí. La besé. La toqué. La puse de lado, le abrí las piernas. Ya estaba mojada. Me deslicé dentro de ella sin esfuerzo. La follé lento, profundo, conectando miradas, respiraciones, gemidos.
Y entonces… se tensó.
—¡Mi hermano!, gritó. Miró hacia la ventana. Saltó de la cama, cubriéndose el cuerpo.
—¡Degenerado, lárgate!, gritó.
Él desapareció corriendo. Ella regresó, se quedó un momento en silencio, luego me miró.
—¿Dónde estábamos?, dijo con una sonrisa perversa. Se montó sobre mí y comenzó a moverse. Su pelvis contra la mía, sus tetas rebotando. Terminamos otra vez, gemidos apagados por las paredes, sudor resbalando por nuestras pieles.

Salí de esa casa como se supone que debía haber entrado: en silencio, sin ser visto.
Me gustó tu forma de relatar y la forma de escribir... Derrepente esa parte del padre es poco creíble, pero lo demás muy bien.
 
Pasaste con la Palomino o todavia sigues soñando con ella? de aqui a unos años ya va estar mas vieja, aprovecha.
Jajaja yo tengo deseos poco sanos con la Chinchilla, creo que en mi otra vida le caeré de arranque.
 
Esr
Todo se termina cogiendo por última vez

Tuve a Camila más veces de las que puedo contar. En su cama. En su cocina. En el sillón con la televisión encendida y sin volumen. A veces me abría la puerta ya desnuda, como diciendo “haz lo que viniste a hacer”. Otras veces me dejaba desvestirla lento, con las manos sucias del día, con la boca seca. Nunca me dijo “te quiero”, y yo tampoco. Nos comíamos sin hablar demasiado. Era sexo. Era vicio. Era necesidad. Y como todo lo que uno necesita demasiado… terminó pudriéndose.

Esa noche nos fuimos a tomar por el cumpleaños de un amigo. Plaza de Armas. Botellas baratas. Conversaciones peores.
Cuando ya solo quedábamos los que no sabíamos irnos a tiempo, alguien dijo:
—Vamos al Queen’s.
Y ahí fuimos, como los perros van al basurero: moviendo la cola, oliendo el pecado. Pagamos la entrada. El trago venía con la entrada. Y las mujeres con el trago. Me senté con una flaca que parecía sacada de una mala decisión. Culo duro, tetas falsas, boca pintada como para tapar la tristeza. Le metí mano sin decirle el nombre. Me miró como si yo fuera un cliente más, y lo era. Eran las 5 de la mañana y me dijo que la esperara en el tablon. Salí. Compré condones en el grifo de al frente. Me los metí al bolsillo. Esperé. No salió. Una prostituta que no cumple su palabra.

Me fui a casa con el alcohol caminándome por dentro. Y con la calentura como bicho en la espalda. Así que llamé a Camila.
—Estoy medio borracho —le dije.
—Y medio imbécil —respondió.
—¿Vienes o no?
Y vino.
Me olió el trago y la traición. Me besó igual. Me bajó el pantalón, se arrodilló y me chupó la verga como si nada de eso importara. Y tal vez no importaba. Después se subió encima, mojada, sin decir una palabra. Me miraba fijo mientras me montaba, mientras me apretaba por dentro. Después se dio la vuelta y me cabalgó de espaldas, más fuerte, con rabia. Yo agarrándole las tetas. Ella sin decir “basta”. Tardé en acabar. El trago me tenía en cámara lenta. Pero cuando llegué, lo hice en su boca. Se lo tragó. Me limpió con la lengua. Me dio una palmadita en el pecho.
—Duerme, idiota —dijo. Y se fue a trabajar.
Mas tarde, me escribió.
—¿Me llamas después de irte con putas? ¿Eso soy yo?
No supe qué decirle. Así que no dije nada. Y así, en silencio, supe que se termino.

Compré un carro. Porque los hombres no nos lamentamos. Compramos. Me compré el maldito carro que siempre quise. Negro, brillante, idiota. Me hacía ver bien en los semáforos y vacío en los espejos. Entonces Camila llamó.
—Tenemos que hablar —me dijo.
Nos vimos en la plaza de armas. Ella con un escote como declaración de guerra. Tetas blancas, grandes, casi escapando. Sabía lo que hacía. Y yo también.
—Vamos a un hotel —le dije.
No me preguntó por qué. Fuimos al que está casi frente al Hot Suite. Ni vi cuánto pagué. Solo quería estar adentro. De ella. La besé contra la pared, le bajé el pantalón hasta las rodillas, le metí la verga sin preguntas. Estaba mojada. Se la di con fuerza. Como quien se despide a golpes. La cogí como si fuera la última. Porque lo era. Cuando iba a acabar, me salí.
—Trágatela —le dije.
Se arrodilló. Me la chupó como si estuviera cerrando un capítulo. Y lo hizo.

La llevé a su casa en mi carro nuevo. Ella lo miró. Sabía lo que significaba. Sabía que ese carro me iba a traer otras distracciones. Sabía que yo ya estaba yéndome, incluso antes de bajarse. Y no se equivocó.
Estás perdiendo plata, ya deberías escribir tu libro, si a Vargas llosa le dieron un nobel x escribir sus correrías cacheriles con su tía y su sobrina y después con sus putas como don panta, a ti te deben dar un nobel con mención honrosa, con lo cual te comprarías un Ferrari rojo como el rey de los cueros o el de los casinos, tienes buena redacción como profe de literatura, piénsalo brother, te mereces un premio mayor como Wicho Domínguez y hablando de Domínguez podrías buscar entrevistarte con Cristian y hacer otro libro con las aventuras del tramposo, algo así como un manual, jajaja saludos.
 
Tienes el auto, tienes a la chica

El auto era un imán para las miradas. Lo dejé estacionado frente al instituto como quien exhibe una medalla robada. Crucé la calle a comprar algo y las miradas caían sobre el metal, pero también sobre mí. La mayoría miraba y ya. Pero ella no. Ella se acercó y preguntó:

—¿Cuántos caballos? ¿1.8?
—Es 2.0 —le dije, sin dudar.
—¿En serio?
—Si quieres te llevo a dar una vuelta.

Me miró con esa mezcla de burla y deseo. Asintió con la cabeza. Nos fuimos.

Apreté el motor en el puente Chilina. El viento la despeinó, le tiró el cabello a la cara. Sonreía como si no le importara nada, como si todo lo que necesitara en ese momento fuera ese asiento de copiloto y esa velocidad absurda. Tenía las manos apoyadas en sus piernas, pero se notaba cómo apretaba los muslos. Estaba viva. Como si no lo hubiera estado hace mucho.

La dejé en el mismo lugar. Antes de irse, le pedí el número. Me lo dio sin preguntar por qué. Le di un beso rápido, de esos que rozan la boca pero aún no se atreven a entrar. Se fue riendo. Eso me gustó más que el beso.

Pasaron cinco días. Me escribió. Siempre es mejor cuando escriben ellas. Le propuse vernos. Dijo que sí. Plaza de Yanahuara. Cuando llegó, parecía invisible. Polo blanco, jean azul, zapatillas viejas. Pero su cara seguía teniendo ese brillo de peligro. La clase de chica que no te arruina, pero sí te desordena.

Subió al carro. Conversamos. No mucho. Era muy joven. Yo no fingí interés. Ella tampoco. Le dije sin vueltas:

—Vamos a otro lado.
—¿A dónde?
—Un hotel.

Me miró, como para ver si lo decía en serio. Asintió. Pero puso una condición:

—Cómprame unas Coronas.

Claro. Claro que sí.

Tomamos la ruta conocida. En una bodega al paso, compré tres cervezas frías. Ella las sostuvo entre las piernas mientras manejaba. La botella sudaba en sus jeans y eso me puso más duro que la conversación.

Llegamos al hotel. Segundo piso. Mientras subía delante de mí, le miré el culo con ganas. Redondo, firme, joven. Esa edad donde todo se acomoda con naturalidad, sin esfuerzo.

Entramos. Cerré la puerta. Abrimos las cervezas. Brindamos. La tele empezó a hablar, pero no le hicimos caso. Me acerqué. La besé con hambre. Con ansiedad de cinco días guardada. Ella respondió. Se me pegó con el cuerpo. Le quité el polo. No llevaba nada debajo. Sus pezones ya estaban erectos, con esa dureza de mujer lista, de deseo contenido.

Los lamí. Primero uno. Luego el otro. Le pasaba la lengua despacio, en círculos. Ella gemía bajito, cerraba los ojos, se agarraba del colchón como si el equilibrio estuviera en peligro. Le bajé el jean con urgencia. Usaba una tanga negra, finita. Apenas cubría lo justo. Metí los dedos por debajo. Estaba mojada. Caliente. Le bajé la tanga y la dejé completamente desnuda. Estaba rasurada. Lisa. Suave. Se notaba que se había preparado. Quizás no para mí. Pero alguien iba a aprovechar esa noche. Fui yo.

Me desnudé rápido. Me puse el condón. Ella abrió las piernas y me recibió. La primera entrada fue lenta. Me miró fijo cuando la cabeza entró. Soltó un suspiro que fue mitad alivio, mitad sorpresa.

Ajustaba como el infierno. Apretada. Cálida. Húmeda. Me hundí más. Le levanté una pierna y le di fondo. Ella tiró la cabeza hacia atrás. Cerraba los ojos y decía:

—Oh my God… fuck… fuck me…

La tomé con fuerza de las caderas. Empecé a bombear más duro. El cuarto se llenó del sonido de la piel chocando. El chasquido del sudor. El ruido húmedo de su cuerpo al recibir el mío. Ella se mordía el labio. Se arqueaba como gata en celo. Le puse las piernas en los hombros. Le golpeaba el fondo. Se me clavaba con fuerza, como si quisiera más de lo que podía dar.

Luego la giré. Se puso en cuatro sin decir nada. Lo entendía. Esa clase de mujer no pregunta, actúa. Le abrí las nalgas. Volví a entrar. Despacio al principio. Luego con más rabia. Le agarré los brazos, los doblé hacia atrás. Gemía como si se le fuera a salir el alma. Cada embestida era una confesión. Su espalda brillaba de sudor. Yo también chorreaba.

—Don’t stop… fuck, fuck —decía.

Y no paré hasta vaciarme. Lento. Largo. Con un gruñido.

Nos tiramos de espaldas. Silencio. Solo la tele hablando. Tomamos la segunda cerveza sin hablar. Respirábamos como si hubiéramos corrido.

Después de unos minutos, ella se giró. Se bajó y me la tomó en la boca. Su lengua era inexperta, pero lo hacía con dedicación. Toda saliva. Chupaba con fuerza, con algo de torpeza adolescente. Me la puso dura otra vez.

Se subió sobre mí. Me sentí otra vez dentro de su calor. Se movía lento. Hacia adelante y hacia atrás. Luego en círculos. Tenía los ojos cerrados. Se tocaba los pezones. Se mordía los labios. Me miró a los ojos mientras cabalgaba. No quería que eso terminara. Ni yo.

Le dije que se gire. Se puso encima otra vez, de espaldas. Se me clavó sentada. Verle el culo moverse mientras se la metía era otra clase de droga. La tomé de los pechos, la empujé con fuerza, y ella gritaba.

La puse de nuevo en cuatro. Ya sin pausa. Sin hablar. Solo carne contra carne. Le agarré las tetas desde atrás. Le dije al oído:

—Estás riquísima…
—Don’t stop —repetía.

Terminé otra vez. Como si mi cuerpo no pudiera seguir dándole pero mi cabeza no quisiera parar.

Salimos del hotel a las nueve. El cielo ya estaba negro. El viento frío. La dejé en su casa. Antes de bajarse me dio un beso lento, profundo. De esos que huelen a “esto sigue”. Me miró un segundo más de lo necesario. Gran error!
 
Esa experiencia en casa de los viejos son de las mejores, me gustan tus relatos, se ve que arrasas con las flacas, por ahi no hay para centrar? jajajaja. Saludos
Jajajaja te dejaron caliente
 
Mojó el boxer con unas gotitas jajaja
Era de esperarse que comentaras algo, spamero intenso. Pero como sabes que uso boxer? parece que me siguen hasta en los baños publicos.
 
Era de esperarse que comentaras algo, spamero intenso. Pero como sabes que uso boxer? parece que me siguen hasta en los baños publicos.
Como dicen x ahí, te dejaron en pindinga, no sé cómo puedes almorzarte los cuentos con postrecito y todo, en fin tienes derecho a alucinar con caches ajenos, tiene buena pluma el amigo y tranquilamente puede ganar un nobel como MVLL, tu también puedes hacer lo mismo x ejemplo puedes escribir un relato pormenorizado de algún caché con la Betancurt, te lo agradecería para mojar el boxer con unas gotitas, así me ahorro los 150 q cobra Isabelita, supongo que por todas las medallas que tienes habrás pasado con ella alguna vez, pero hazlo muy detallado como el escribidor para emocionarme jajaja
 
Mi primera secretaria

Me buscó y me dijo que quería trabajar conmigo. Así, directo, sin rodeos. Era raro. No por la propuesta, sino por la forma en que lo dijo: como si ya supiera que yo iba a decir que sí. Nos sentamos en unas sillas de plástico mal acomodadas, en algún rincón sin importancia, y charlamos un buen rato. Me di cuenta de que nunca la había visto, de verdad. Pasaba frente a mí sin rostro, sin cuerpo, sin alma. Hasta ese día.

Y ese día era distinta. O tal vez yo estaba más sucio que de costumbre.

No tardó en convencerme. Le dije que sí, que justo necesitaba apoyo. Mentí con una facilidad que ya me preocupaba. Solo quería tenerla cerca. Por las razones equivocadas, claro.

Al día siguiente apareció. Puntual, arreglada, con ese perfume dulce que parecía alcohol con flores. Se sentaba cerca, demasiado cerca. Le daba trabajos tontos, cosas que cualquiera podía hacer, y los hacía con una precisión enfermiza. Los días pasaban, y la charla se alargaba. Empezaron los roces, los choques de hombros “accidentales”, las risas innecesarias. El ambiente se volvió espeso, tibio, como una habitación sin ventilación. No había forma de no sentirlo.

Cada tarde me lanzaba una indirecta: “¿Vamos por un café?”, “¿Qué haces después?”. Yo sonreía y me hacía el ocupado. Pero por dentro, la estaba desnudando con cada mirada. Esperaba el momento.

Y ese momento llegó.

Se apareció con tacos. Tacos de princesa, dijo. Pero esos tacos gritaban puta elegante. Le levantaban el culo como si quisieran exhibirlo. Llevaba una blusa ajustada, sin sostén, y las tetas rebotaban como promesa. Fue el punto de quiebre. Me lanzó la broma habitual: “¿Me invitas algo hoy?”. No lo pensé dos veces.

“No traigas el auto —me dijo—, quiero beber.”

Quedamos en vernos en el mall de Cayma. Entré por la puerta principal, crucé frente al Xiami, pasé por el Ishop y la vi. Estaba espectacular. Vestida como para joderle la mente a alguien. Y ese alguien era yo.

Corrió hacia mí como si estuviéramos en una película mala, me abrazó y me estampó esos dos pechos grandes contra el pecho. Sentí el calor, el peso, el deseo acumulado. Me saludó con un beso en la mejilla.

“¿Qué hacemos?”, le pregunté.

“Vamos caminando. Me gustan los mojitos, hay dos por uno en la plaza.”

Acepté, claro. Caminamos toda la Ejército como si fuéramos pareja vieja, hablando de cualquier ******, riéndonos sin razón. Llegamos al callejón detrás de la catedral y pedimos mojitos. La charla se volvió más suelta. Se reía con la cabeza hacia atrás, se tocaba el cuello, me rozaba la pierna con la suya bajo la mesa.

En un momento pasó una de sus compañeras. La saludó incómoda. Mi chica —a estas alturas ya era mi chica— se puso tensa, pero no se escondió. Eso me gustó. Tenía agallas para el juego sucio.

Cuando cerraron el local, propuse ir a San Francisco. Ella ya estaba un poco ebria, lo justo. Llamó a su casa, dijo que dormiría en casa de una amiga. Mentira. De las buenas.

Fuimos a otro bar, uno nuevo, vacío. Pedimos más trago. La conversación ya era puro subtexto. Todo estaba cargado. Cuando le tomé la mano y le dije vamos a descansar, solo asintió.

Subimos al taxi en silencio. Iba recostada sobre mí. Su mano en mi muslo, moviéndose apenas, como tanteando el terreno. No dijo nada. No hizo nada más. Pero yo ya estaba duro.

Llegamos al condominio. Todo oscuro. Todo silencioso. Subimos en el ascensor. Ella se apoyó contra la pared y me miró. Esa mirada no pedía permiso. Me acerqué, la tomé por la cintura y la besé. Fuerte. Con lengua. Me respondió con la misma hambre. Se aferró a mi cuello, me mordió el labio. Casi gime. El ascensor olía a perfume y a sudor anticipado.

Entramos al departamento. Encendí solo una luz. Bastaba. Caminó hacia el balcón, con ese andar de mujer que sabe que está siendo observada. Se apoyó en la baranda y se quedó ahí, mirando la ciudad.

Me acerqué por detrás. Le pegué mi erección al culo. No se movió. Le rodeé la cintura con una mano, le besé el cuello, el lóbulo de la oreja. Se estremeció. Le pasé la otra mano por debajo del polo, le encontré los senos: calientes, duros, grandes. Jugaba con ellos mientras le lamía la piel.

“Ven”, le dije. “Está haciendo frío.”

Volvimos al interior. La hice girar, le quité la chompa, el polo, lo que fuera. Quedó en sostén. O sin él. Ya ni recuerdo. Sus pezones estaban tiesos. Me los llevé a la boca sin preguntar. Ella cerró los ojos y se dejó hacer.

Le bajé el pantalón, lento. La piel temblaba. Le pasé la mano por entre las piernas y estaba mojada. Goteando. Iba a hundirme en ella sin pensarlo, cuando me detuvo.

Me miró, respirando agitada, el pelo en la cara, los ojos brillando.

“Hoy no”, dijo, suave. “Pero no te vas a ir con las manos vacías.”

Me empujó hacia la cama, se subió sobre mí. Me quitó la ropa con destreza, sin hablar. Su boca bajó por mi abdomen como si supiera el camino. Me agarró la verga con una mano —firme, segura—, la acarició un segundo y luego se la metió en la boca. Toda.

Al principio fue una tortura lenta. Me lamía como si me estuviera saboreando. Como si mi pene fuera un postre carísimo que quería durar. Cada pasada de lengua era húmeda, meticulosa. Primero la punta, redonda y brillante, mientras sus ojos me miraban desde abajo, fijos, provocadores. Después bajó más. Me lo metía profundo, hasta que su garganta lo tragaba. Nada de dientes. Solo saliva caliente y lengua viva. Me escupía la verga, la masajeaba con la boca. Me manoseaba los huevos con una mano mientras con la otra me sostenía fuerte por la base, marcando el ritmo.

La muy hija de puta sabía lo que hacía. Me tenía al borde, me sacaba, me chupaba solo la cabeza, me hacía temblar. Y cuando yo quería acabar, me detenía. Me daba besos suaves en el tronco. Luego, sin previo aviso, se lo metía entero de nuevo y lo trabajaba como si le debiera la renta.

Cuando me vine, fue con una explosión. Gemí. Maldecí. Me arqueé. Y ella no paró. Se lo tragó todo. Ni una gota escapó. Después me limpió con la lengua. Me dejó seco, flácido y feliz.

Se subió a la cama. Me abrazó por la espalda, se acurrucó contra mí y dejó la mano ahí, descansando sobre mi verga dormida. Como si fuera un juguete que ya había usado, pero quería seguir teniendo cerca. La mantenía ahí, como si la necesitara para soñar en paz.

Años después descubrí que siempre duerme así, con la mano en la verga, como si fuera su forma de asegurarse de que sigo ahí. No dice nada, no pide permiso. Solo se acomoda, se pega a mi espalda y me agarra. Y la verdad, a mí también me gusta. Me hace sentir… reclamado. Como si me hubiera marcado. Como si fuera suyo, al menos por esa noche.
 
Como dicen x ahí, te dejaron en pindinga, no sé cómo puedes almorzarte los cuentos con postrecito y todo, en fin tienes derecho a alucinar con caches ajenos, tiene buena pluma el amigo y tranquilamente puede ganar un nobel como MVLL, tu también puedes hacer lo mismo x ejemplo puedes escribir un relato pormenorizado de algún caché con la Betancurt, te lo agradecería para mojar el boxer con unas gotitas, así me ahorro los 150 q cobra Isabelita, supongo que por todas las medallas que tienes habrás pasado con ella alguna vez, pero hazlo muy detallado como el escribidor para emocionarme jajaja
Te picaste, tranquilo cuando llegues a comerte a la Betanurt, te daran una estrellita en la frente, medalla pues pidela y te dejaran en visto.
 
Te picaste, tranquilo cuando llegues a comerte a la Betanurt, te daran una estrellita en la frente, medalla pues pidela y te dejaran en visto.
De que me voy a picar?? Yo no paro creyendo los chamullos de escribidores, si pedí uno tuyo es x las medallas, pero x lo que veo nunca pasaste con la Betancur o sea compraste las medallas como acuña sus doctorados, todos los que exhiben medallas alguna vez pasaron x la Betancur, es como que no hay misio que no se haya comido a la potona Katy, eres una decepción salvo que seas misio como yo y no te alcance para la Betancurt, si es así tienes un medallero ganado en batallas como rambo o sea en ficción, jajajaja mira como lloro pero de risa.
 
De que me voy a picar?? Yo no paro creyendo los chamullos de escribidores, si pedí uno tuyo es x las medallas, pero x lo que veo nunca pasaste con la Betancur o sea compraste las medallas como acuña sus doctorados, todos los que exhiben medallas alguna vez pasaron x la Betancur, es como que no hay misio que no se haya comido a la potona Katy, eres una decepción salvo que seas misio como yo y no te alcance para la Betancurt, si es así tienes un medallero ganado en batallas como rambo o sea en ficción, jajajaja mira como lloro pero de risa.
También me estoy riendo
 
También me estoy riendo
Más abajo estoy leyendo algo así como una plantilla de relatos, para que te salga un buen relato, el cofra que te impresionó con su relato parece que ha aprendido de ahí y yo queriendo darle su nobel jajajaja, así cualquiera se hace "escritor". Salu2.
 
Más abajo estoy leyendo algo así como una plantilla de relatos, para que te salga un buen relato, el cofra que te impresionó con su relato parece que ha aprendido de ahí y yo queriendo darle su nobel jajajaja, así cualquiera se hace "escritor". Salu2.
Necesitas un amigo, alguien que te hable, quieres seguidores? Estimado deja ya de spamear en este tema. Deja que otros aporten sus relatos reales o ficticios. Se te nota desesperado por llamar la atención. Dejo de responderte porque no sé cuál es tu interés en mi. Te recomiendo aportes en otros temas o has algo por ti. De mi parte te deseo compartas algo relacionado en este tema o en cualquier tema del foro. Saludos
 
Necesitas un amigo, alguien que te hable, quieres seguidores? Estimado deja ya de spamear en este tema. Deja que otros aporten sus relatos reales o ficticios. Se te nota desesperado por llamar la atención. Dejo de responderte porque no sé cuál es tu interés en mi. Te recomiendo aportes en otros temas o has algo por ti. De mi parte te deseo compartas algo relacionado en este tema o en cualquier tema del foro. Saludos
Heriste mis sentimientos buuuu jajajaja
 
Buen dia cofras, saben algo sobre las subastas waifus o de cosplay, el dia domingo por la tarde-noche, en un live estan transmitiendo como subastaban mujeres pero bestidas de algun anime o de algun persone, todas mujeres, me quede webon porque al comienzo vi que ofrecian dinero pense que habia un tope o algo, pero las gente que estaba ahi ofrecia 50 soles, 150 soles, hasta 300 soles creo incluso me comentaron que ofrecen mas 500 soles aprox, obviamente en su gran mayoria son gente arrecha, estas chicas literalmente de ofrecen ante ellos, y la pregunta va que pasa despues de eso, van a un telo cogen? o van solo de paseo o como es esa nota, la verdad es que recientemente hace 3 o 2 años estan incorporando este tipo de subastes en su maximo explendor ya con una organizacion detras, osea mas preparado antes lo habia pero era mas simplon, Si ud desean pueden ver en facebook o en tiktok las subastas del EROCOM que son las subastas waifus, las chicas se ofrecen como si fueras a tirar con ellas o a tener algo mas intimo, aver soy un poco despistado respecto a ese tema, pero me comentarion amigos cercanos, que despues de esas ventas, tu puedes pasear con la flaca normal, y si ella quiere pueden llegar a algo mas, irse fuera del evento o ir a cualquier lugar, aver cofras ud ya tuvieron alguna aventura por ahi? mi duda es que pasa despues de la subasta, la verdad me parecio interesante, pero esto se los planteo y les pregunto porque a fin de año o por hallowenn habra otro evento de subastas de waifus y la verdad si hay flacas ricas que obviamente no se dedican al mundo puteril, eso suma puntos a la hora de tener un encuentro intimo, pero mas que todo quisiera saber si alguien compro una waiufu para no poder malgastar mi dinero por gusto, saludos cofras
 
Buen dia cofras, saben algo sobre las subastas waifus o de cosplay, el dia domingo por la tarde-noche, en un live estan transmitiendo como subastaban mujeres pero bestidas de algun anime o de algun persone, todas mujeres, me quede webon porque al comienzo vi que ofrecian dinero pense que habia un tope o algo, pero las gente que estaba ahi ofrecia 50 soles, 150 soles, hasta 300 soles creo incluso me comentaron que ofrecen mas 500 soles aprox, obviamente en su gran mayoria son gente arrecha, estas chicas literalmente de ofrecen ante ellos, y la pregunta va que pasa despues de eso, van a un telo cogen? o van solo de paseo o como es esa nota, la verdad es que recientemente hace 3 o 2 años estan incorporando este tipo de subastes en su maximo explendor ya con una organizacion detras, osea mas preparado antes lo habia pero era mas simplon, Si ud desean pueden ver en facebook o en tiktok las subastas del EROCOM que son las subastas waifus, las chicas se ofrecen como si fueras a tirar con ellas o a tener algo mas intimo, aver soy un poco despistado respecto a ese tema, pero me comentarion amigos cercanos, que despues de esas ventas, tu puedes pasear con la flaca normal, y si ella quiere pueden llegar a algo mas, irse fuera del evento o ir a cualquier lugar, aver cofras ud ya tuvieron alguna aventura por ahi? mi duda es que pasa despues de la subasta, la verdad me parecio interesante, pero esto se los planteo y les pregunto porque a fin de año o por hallowenn habra otro evento de subastas de waifus y la verdad si hay flacas ricas que obviamente no se dedican al mundo puteril, eso suma puntos a la hora de tener un encuentro intimo, pero mas que todo quisiera saber si alguien compro una waiufu para no poder malgastar mi dinero por gusto, saludos cofras
Tendrias que meterles super floro para que tan siquiera acepten salir del local contigo porque las reglas son 1 hora contigo dentro del local, por ejemplo la sapita es super fiel a su flaco asi que dificilmente te aceptaria, alli depende de que trabajes a ala chica. Como tu dices no se dedican a este mundo, por lo menos no publicamente asi que suerte y personalmente te recomendaria que si quieres tirar busques putas y no waifus
 
Relato corto de un cofrade que quiere que publique su historia.
Conoció a la flaca por PT, un cofrade le pasó el celular, ella lo cito por una avenida, se encontraron y la primera vez que estuvieron, según cuenta el cofra, no le vió nada especial, solo que ella era barata.
La volvió a citar, porque había un hotel que quedaba cerca de su casa, y allí podía verla, pasaron meses y luego años, para esto el ya se había encariñado con ella, le gustaba que ella le conversaba, pero siempre y hasta ahora en sus conversaciones ella mentía, diciendo que era sufrida, que tenía pocos clientes, que no salía de noche, lo cual se refutaba porque también le decía que había salido a una fiesta, que había chapado con un tipo, que había cachado con otro, y eso fue algo que le empezó a doler: Que el siempre pagaba por sexo, pero ella se dejaba cachar gratis cuando iba a la discoteca. Un día le reclamo y le dijo: Quiero una cita gratis porque después de tantos años es lo mínimo que me debes dar. Ella le dijo que no, porque una cosa es su VIDA PRIVADA y otra es AE. El tipo siguió con ella porque era barata y ya se había enamorado.
Ella se retiró de AE, pero como el era caserito seguían viendose, hasta que ella le contó que había salido con un tipo a la discoteca, que la invitó a salir y que se la cacharon, otra vez. Pero esta vez hubo algo diferente: ella le enseño su foto y el cofrade lo conocía: era promoción de la Universidad, un petiso, cholo, viejo, es decir sin atractivo físico, quizás tenía floro, pero de lejos el cofrade que me contó esto, era mejor presentado que su promoción, allí marcó algo que era diferente: el sintió que la flaca de la cual estaba enamorado, se dejaba cachar con cualquiera menos con ÉL. Sintió que su promoción no podía superarlo en atractivo, pero a pesar de eso, ella no lo iba a dejar entrar en su vida privada, por más años que pasen.
Pero el giro que el cofrade dió para dejarla, fue ir donde una psicóloga, la cual después de haberlo visto en varias citas le dió el siguiente diagnóstico, según recuerdo:
  • él no era parte del grupo de amigos que ella tenía porque ya estaba etiquetado como proveedor, es decir sin dinero no tenía valor, la imagen que ella tenía de él, no era de un hombre sino de un cajero.
  • por más años que pasen, ella no lo iba a tomar como opción, pero él sabiendo eso, estaba aceptando esa situación, el culpable de todo el sufrimiento que él tenía era el mismo.
  • tenía las siguientes opciones: dejarla o estar con ella pero solo verla como lo que era: una puta. No encariñarse ni nada.
  • entonces, luego de pensarlo mucho y tomar ayuda de la psicóloga decidió: mantener la mente ocupada, salir con amigas, juntar dinero para comprar cosas, ir al gym, estudiar una especialización, es decir alejarse de ella pero estar ocupado.

Pasaron algunos meses, ella le escribia pero el decía que estaba en tratamiento por un tiempo, que no podía porque estaba débil. Ella no le insistio mucho, era obvio. Luego de un tiempo él tenía más confianza en si mismo, llego a viajar, conseguir la mayor parte de lo que se propuso. Un día caminando la ve por la calle, y cuando se cruzaron la saludo pero ella paso de largo, pero cuando se estaba alejando ella lo reconoció y le dijo: no te reconoci, estas bien, invítame a comer. Como él se sentía confiado, no estaba enamorado, la invitó comieron, luego tomaron unos tragos y ella le dijo si podían volver a tener citas, pagadas obvio, pero él ya sintiendose seguro le dijo que normal, pero que el le iba a llamar, ya sabemos lo que significa. Le dejo de gustar la flaca, no se la volvió a cachar, ella tampoco insistio. La historia que me contó no es dramática pero si es posible poner un pare, cuando uno esta enamorado NO ES FÁCIL darse cuenta de lo evidente, es necesario ayuda profesional, pero se dió cuenta que hizo bien, enfocó su tiempo y dinero en su mismo, porque a la flaca NUNCA lo iba a tomar como opción, ella viviria como le diera la gana,le daba igual perder un cliente de años, no importaba como acabara ella, sino como se ESTABA CONSTRUYENDO EL MISMO.
El cofra ya tiene sus cosas, se independizó no solo viviendo solo, sino también en no entregar sus sentimientos ni a putas, ni a Caletas, ni a mujeres que cachen todos los fines de semana. Ya sale con amigas, y pues el día de ayer me dijo para hacer negocios juntos el pone el capital y yo administro, pero esa es otra historia, jajajaja.
 

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