Gatón Acurio
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Esta experiencia ocurrió hace 2 años. Tenía yo recién una semana de haberme mudado a la casa de mi novia para convivir debido a sus casi dos meses de embarazo, lo cual me tenía desorientado, quizás por lo abrupto que fue el cambio o porque todavía añoraba aquella libertad que gozaba con ansias y que perdí abruptamente.
El demonio que llevaba por dentro era mucho más fuerte y traicionero y a pesar de tener una novia de campeonato, como me señalaba mi madre, igual me obligaba a buscar siempre carne fresca, ya sea en el trabajo, gimnasio u otro lugar que se preste. Justamente el hecho de vivir solo me permitía desplazarme a voluntad para satisfacer mis bajos instintos, pero siempre siendo cauteloso para evitar que me descubran, ya que algo que valoro es el prestigio que me ha costado muchos años construir.
Mientras iba llevando mis cosas a lo que sería mi nueva rutina, buscaba razones para quizás poner una pausa a esto de tener una doble vida, total, aún disfrutaba mucho del sexo con mi novia (con quien había cometido muchas locuras juntos), pero al día siguiente, en el segundo control del embarazo, la doctora, con un tono sarcástico sin motivo alguno, declararía que el proceso era de alto riesgo, por lo cual estaba prohibido la realización de muchas actividades, entre las cuales se resaltó al sexo.
Esta noticia, obviamente me causó incomodidad, pero como siempre, las apariencias son primero y tocaba brindar el apoyo correspondiente, porque al fin y al cabo, más allá de que nos prohiban tener intimidad, estábamos hablando de mi hijo y las palabras alto riesgo debieron de ser suficientes para adormecer ese lado pecaminoso que pronto, sin querer y sin buscar terminaría dándome una de las mejores experiencias de mi vida.
Entonces, a partir de ese día, mi rutina cambió y quienes han pasado por el trauma de la convivencia me darán la razón que uno de los cambios más notables es la alimentación, por lo que tenía el fin de semana para ordenarme y no pasar apuros de lunes a viernes y es en esa rutina que conocí a Esther.
La primera vez que la vi fue un domingo temprano, a la entrada de una iglesia de esas congregaciones que nunca te enterarás como se crearon, pero al final cuentan con muchos feligreses. Iba yo con mis lentes de sol de camino al mercado para comprar mientras me deleitaba la vista sin juzgamientos, hasta que la vi. En la acera del fremte encontré a una muñequita de piel clara y de cabello largo y castaño. Obviamente no estaba maquillada, pero aún así tenía un cutis lozano que saludaba al sol, digna de un ser que acababa de cumplir 20 años. Usaba un vestido largo, algo ceñido y de tonos oscuros, me imagino obligada por su religión, que ocultaba uno de los culos más ricos que pude poseer. Es curioso que me sobren palabras sobre aquel manjar considerando el poco tiempo que tuve para observar, pero obviamente, dadas las circunstancias, ya me había hecho a la idea de que nunca podría poseerla, pero el destino siempre suele jugar a nuestro favor...
El demonio que llevaba por dentro era mucho más fuerte y traicionero y a pesar de tener una novia de campeonato, como me señalaba mi madre, igual me obligaba a buscar siempre carne fresca, ya sea en el trabajo, gimnasio u otro lugar que se preste. Justamente el hecho de vivir solo me permitía desplazarme a voluntad para satisfacer mis bajos instintos, pero siempre siendo cauteloso para evitar que me descubran, ya que algo que valoro es el prestigio que me ha costado muchos años construir.
Mientras iba llevando mis cosas a lo que sería mi nueva rutina, buscaba razones para quizás poner una pausa a esto de tener una doble vida, total, aún disfrutaba mucho del sexo con mi novia (con quien había cometido muchas locuras juntos), pero al día siguiente, en el segundo control del embarazo, la doctora, con un tono sarcástico sin motivo alguno, declararía que el proceso era de alto riesgo, por lo cual estaba prohibido la realización de muchas actividades, entre las cuales se resaltó al sexo.
Esta noticia, obviamente me causó incomodidad, pero como siempre, las apariencias son primero y tocaba brindar el apoyo correspondiente, porque al fin y al cabo, más allá de que nos prohiban tener intimidad, estábamos hablando de mi hijo y las palabras alto riesgo debieron de ser suficientes para adormecer ese lado pecaminoso que pronto, sin querer y sin buscar terminaría dándome una de las mejores experiencias de mi vida.
Entonces, a partir de ese día, mi rutina cambió y quienes han pasado por el trauma de la convivencia me darán la razón que uno de los cambios más notables es la alimentación, por lo que tenía el fin de semana para ordenarme y no pasar apuros de lunes a viernes y es en esa rutina que conocí a Esther.
La primera vez que la vi fue un domingo temprano, a la entrada de una iglesia de esas congregaciones que nunca te enterarás como se crearon, pero al final cuentan con muchos feligreses. Iba yo con mis lentes de sol de camino al mercado para comprar mientras me deleitaba la vista sin juzgamientos, hasta que la vi. En la acera del fremte encontré a una muñequita de piel clara y de cabello largo y castaño. Obviamente no estaba maquillada, pero aún así tenía un cutis lozano que saludaba al sol, digna de un ser que acababa de cumplir 20 años. Usaba un vestido largo, algo ceñido y de tonos oscuros, me imagino obligada por su religión, que ocultaba uno de los culos más ricos que pude poseer. Es curioso que me sobren palabras sobre aquel manjar considerando el poco tiempo que tuve para observar, pero obviamente, dadas las circunstancias, ya me había hecho a la idea de que nunca podría poseerla, pero el destino siempre suele jugar a nuestro favor...
