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21 Years of Service
El sábado llegué al hotel antes que ella.
La habitación estaba en silencio, ordenada, impersonal… y sin embargo esa tarde parecía contener algo distinto, como si el aire mismo estuviera cargado de expectativa. Me senté en el sillón, saqué el sobre del bolsillo y lo sostuve entre las manos.
Sentía ese temblor extraño en el estómago. Mariposas.
Una sensación que creía olvidada. No era deseo físico —eso siempre estaba—, era otra cosa. Era la emoción limpia de verla. Una ansiedad luminosa, casi adolescente, inexplicable después de tantos años juntos. Me sorprendía a mí mismo esa inquietud dulce, ese nerviosismo que no venía del cuerpo sino del corazón.
La releí.
Cada palabra me parecía más desnuda que la anterior. No era un gesto romántico. Era una confesión. Era poner en sus manos lo que soy cuando nadie me ve.
Guardé la carta de nuevo.
Respiré hondo.
Cuando escuché el sonido de la puerta abrirse sentí un golpe seco en el pecho.
Angie entró como siempre: luminosa, sonriente, con esa presencia que llenaba cualquier espacio. Cerró la puerta y al verme sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que siempre me desarma.
Me puse de pie. Nos abrazamos.
Ella me dio el beso de saludo, ese beso breve, cotidiano… pero yo no la solté. La acerqué más a mí. La abracé con fuerza y la besé distinto. No era un beso de deseo previo al encuentro que sabíamos vendría. Era un beso profundo, largo, cargado de emoción. Un beso de pertenencia. De amor. De necesidad.
Ella respondió de inmediato, sintiéndolo. Sus manos se afirmaron en mi espalda, su cuerpo se pegó al mío y me devolvió el beso con la misma intensidad.
Cuando finalmente nos separamos me miró con curiosidad.
—¿Qué pasa, Primix? —susurró—. Te siento diferente.
—¿Yo? —intenté sonreír.
—Sí… —dijo—. Me encantó el beso, pero… es raro. Ese beso nos lo damos al final. O cuando hacemos el amor.
Dejó la cartera sobre la mesa, fue al baño a refrescarse y salió segundos después, acomodándose el cabello. Comenzó a desabrochar lentamente los botones de su blusa mientras me miraba sentado en el sillón.
—¿Y tú? —preguntó con naturalidad—. ¿No te vas a sacar la ropa?
A veces empezábamos así. A veces la urgencia nos llevaba. Otras, la calma.
Pero esa vez era distinto.
—Quiero que te sientes primero —le dije.
Se detuvo.
Había abierto apenas dos botones y el escote insinuaba más de lo que mostraba, pero yo ya no estaba ahí. Sentía que debía empezar por lo importante.
Se sentó en la cama, intrigada.
—¿Pasa algo, Primix?
Metí la mano en el bolsillo de la casaca. El sobre parecía quemarme el pecho. Lo saqué con cuidado.
—Antes de cualquier cosa… antes de que hagamos nada… quiero que leas esto.
Se lo extendí.
Mi pulso estaba acelerado, como si estuviera entregando una prueba irrefutable de algo que ya no podía retirarse.
Ella tomó el sobre con expresión curiosa. No era sorpresa, era examen. Lo observó por ambos lados, lo giró entre sus dedos.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Se acomodó mejor sobre la cama, cruzó las piernas lentamente, todavía estudiando el sobre como si intuyera que contenía algo importante. Yo me incliné apenas hacia ella, incapaz de mantener distancia.
Finalmente lo abrió.
Sacó las hojas.
Al ver que era un manuscrito levantó la mirada.
—¿Me has escrito una carta?
—Sí, amor —respondí en voz baja—. Léela.
Me senté a su lado.
Cuando empezó a leer, sentí que algo dentro de mí también se abría, irreversible, expuesto. Su rostro cambió poco a poco: primero curiosidad, luego sorpresa, después una emoción silenciosa que iba recorriendo sus facciones mientras avanzaba línea por línea.
Y yo, sentado a su lado, solo esperaba.
Como si mi vida dependiera de esas palabras.
La habitación estaba en silencio, ordenada, impersonal… y sin embargo esa tarde parecía contener algo distinto, como si el aire mismo estuviera cargado de expectativa. Me senté en el sillón, saqué el sobre del bolsillo y lo sostuve entre las manos.
Sentía ese temblor extraño en el estómago. Mariposas.
Una sensación que creía olvidada. No era deseo físico —eso siempre estaba—, era otra cosa. Era la emoción limpia de verla. Una ansiedad luminosa, casi adolescente, inexplicable después de tantos años juntos. Me sorprendía a mí mismo esa inquietud dulce, ese nerviosismo que no venía del cuerpo sino del corazón.
La releí.
Cada palabra me parecía más desnuda que la anterior. No era un gesto romántico. Era una confesión. Era poner en sus manos lo que soy cuando nadie me ve.
Guardé la carta de nuevo.
Respiré hondo.
Cuando escuché el sonido de la puerta abrirse sentí un golpe seco en el pecho.
Angie entró como siempre: luminosa, sonriente, con esa presencia que llenaba cualquier espacio. Cerró la puerta y al verme sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que siempre me desarma.
Me puse de pie. Nos abrazamos.
Ella me dio el beso de saludo, ese beso breve, cotidiano… pero yo no la solté. La acerqué más a mí. La abracé con fuerza y la besé distinto. No era un beso de deseo previo al encuentro que sabíamos vendría. Era un beso profundo, largo, cargado de emoción. Un beso de pertenencia. De amor. De necesidad.
Ella respondió de inmediato, sintiéndolo. Sus manos se afirmaron en mi espalda, su cuerpo se pegó al mío y me devolvió el beso con la misma intensidad.
Cuando finalmente nos separamos me miró con curiosidad.
—¿Qué pasa, Primix? —susurró—. Te siento diferente.
—¿Yo? —intenté sonreír.
—Sí… —dijo—. Me encantó el beso, pero… es raro. Ese beso nos lo damos al final. O cuando hacemos el amor.
Dejó la cartera sobre la mesa, fue al baño a refrescarse y salió segundos después, acomodándose el cabello. Comenzó a desabrochar lentamente los botones de su blusa mientras me miraba sentado en el sillón.
—¿Y tú? —preguntó con naturalidad—. ¿No te vas a sacar la ropa?
A veces empezábamos así. A veces la urgencia nos llevaba. Otras, la calma.
Pero esa vez era distinto.
—Quiero que te sientes primero —le dije.
Se detuvo.
Había abierto apenas dos botones y el escote insinuaba más de lo que mostraba, pero yo ya no estaba ahí. Sentía que debía empezar por lo importante.
Se sentó en la cama, intrigada.
—¿Pasa algo, Primix?
Metí la mano en el bolsillo de la casaca. El sobre parecía quemarme el pecho. Lo saqué con cuidado.
—Antes de cualquier cosa… antes de que hagamos nada… quiero que leas esto.
Se lo extendí.
Mi pulso estaba acelerado, como si estuviera entregando una prueba irrefutable de algo que ya no podía retirarse.
Ella tomó el sobre con expresión curiosa. No era sorpresa, era examen. Lo observó por ambos lados, lo giró entre sus dedos.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Se acomodó mejor sobre la cama, cruzó las piernas lentamente, todavía estudiando el sobre como si intuyera que contenía algo importante. Yo me incliné apenas hacia ella, incapaz de mantener distancia.
Finalmente lo abrió.
Sacó las hojas.
Al ver que era un manuscrito levantó la mirada.
—¿Me has escrito una carta?
—Sí, amor —respondí en voz baja—. Léela.
Me senté a su lado.
Cuando empezó a leer, sentí que algo dentro de mí también se abría, irreversible, expuesto. Su rostro cambió poco a poco: primero curiosidad, luego sorpresa, después una emoción silenciosa que iba recorriendo sus facciones mientras avanzaba línea por línea.
Y yo, sentado a su lado, solo esperaba.
Como si mi vida dependiera de esas palabras.
