Philip Gerard
Comandante
- 563
- 446
- 52
- Registrado
- 25 Ene 2013
81%
- Registrado
- 25 Ene 2013
- Mensajes
- 563
- Puntos de reacción
- 446
- Puntos
- 52
13 Years of Service
Esta historia no sería notable, sino fuera que se realizó en uno de esos lugares prohibidos, donde te están chequeando para que no te la claves a la masajista. A esta chiquita ya la estaba trabajando buen tiempo, cada día pasábamos más ratos calientes, hasta nos habíamos olvidado de los masajes, a pesar que era el motivo formal de mis visitas. Así que ideé un plan para hacer lo prohibido, penetrarla. Yo sabía que en principio ella no atracaría, porque si la ampayaban la botaban, lo que para estas chicas es terrible, considerando que realmente viven de ello. Como era caserito del sitio, vamos a llamarlo el Maharajá, las recepcionistas se habían hecho mis patas, así que esta vez pedí la sala donde me iban a atender. “La del segundo piso, estoy muy estresado”, le dije a Chechi, la flaquita que distribuía, “quiero darme un baño y no escuchar nada de la bulla de la calle”. No era tan así, sino que esa era la sala más alejada del resto, que yo sabía casi no se usaba.
Llegó mi caserita, voy a llamarla Isis. Era blanca, de cabello castaño claro, ojos color miel pero muy claros, parecía una medusa, con su mirada nomás te arrechaba, de talla mediana con tacos. Sus pechos eran de regular tamaño, de cintura un poco gordita, pero con un trasero infartante, blanquito y en forma de pera.
Ese día subimos, tomados de la mano, me hizo pasar a la habitación y comenzó a engreírme, puso música romántica, como me gusta, me quitó la ropa y la puso en un colgador. Mientras hacía eso, puse un condón ya sin envoltura debajo de la sábana, en la parte baja de la camilla. Luego, me eché boca arriba, contrario a lo usual. Ella no dijo nada. Por el contrario, se acercó a mi cabeza y comenzó a masajearla, con tanta sensualidad que se me paró al toque. “Me has excitado” le comenté en voz baja. Me senté y la jalé hacia mí, comencé a besarle el cuello, suavemente, para que se excite también, le mordí el lóbulo de la oreja , ella en represalia me mordió el cuello también, a lo que los dos nos reímos. Quise besarla y no se dejó. Volví a besarle el cuerpo, esta vez sus hombros y después sus pechos. “Ya sabes, solo besitos”, me dijo, acariciándome la cabeza. No le gustaba que se los chuparan, decía que después se le iban a colgar.
Yo decidí continuar con mi plan, total la conocía y sabía cuáles eran sus puntos débiles. Echadita en la camilla ya era presa mía. Recorrí todo su cuerpo dándole suaves besos, casi como masaje de plumillas. En ciertos lugares claves, cambiaba los besos por suaves mordidas, que la estremecían. Ella estaba con los ojos cerrados, disfrutando del placer, era mi muñeca. Y yo “su“ masajista.
Estando en la cintura, bajé hasta su vagina, totalmente peladita, suave, ansiosa por que la visitase. Le abrí y levanté las piernas. Y directo, con mi lengua como arma, procedí a hacerle lo que yo estimaba debía ser la mejor sopa del mundo.
“¿Tú sabes lo que me gusta, no?”, después me decía, “eres un bandido”, ay, ay, hum, hum, arqueando su cintura. Con la punta de la lengua movía de un lado para otro su clítoris. Isis solo gemía de placer. Después me fui sobre su entrepierna, comencé a mordérsela suavemente, qué rica que estaba, blanquita, carnosita. Cuando la mordía también se la absorbía, lo que le causaba inmenso placer. Igual hice con la otra pierna. Y regresé luego a su deliciosa conchita. Ya estaba totalmente mojadita. Le metí dos dedos y con mucha delicadeza los roté en su interior, soltó un gemido de placer. Me dí cuenta que estaba ansiosa porque la penetre. Me volví hacia sus piernas una vez más y comencé a besárselas. Mientras tanto, con una de las manos buscaba debajo de la sábana el condón que había guardado. Lo encontré y mientras seguía besándole las piernas, me coloqué el condón sin que ella ni siquiera se diera cuenta.
Ella seguía disfrutando de mis besos y caricias. Estaba con los ojos cerrados, como dormida. Me trepé a la camilla y desde atrás contemplé su bulba rosadita y expuesta, llamándome a que la posea. Como otras veces, me eché sobre ella, abriéndole las piernas. En otras oportunidades solo nos habíamos rozado ambos, esta vez mi plan era llegar hasta las últimas consecuencias. Con mi miembro ya totalmente erecto, subí mis caderas y con un pequeño salto la clavé con mi pinga.
Al principio quiso gritar, abrió los ojos, pero le tapé la boca. “No mi amor, tranquila, estoy con protección” le dije y comencé a besarla, mientras tanto me movía. Y como estaría ardiendo también ella que se adecuó a mis movimientos. Al principio me abrazó, como dándose por satisfecha que lo hubiera hecho. Nos volvimos a besar, esta vez ya apasionadamente. Ella se movía y se movía, como tragándose mi pieza con su vagina. Yo giré un poco mi cabeza y comencé a chuparle los senos, eso que no quería, jejeje, ahora sí eran totalmente míos. Después de unos minutos comenzó a jadear, “me vengo, me vengo”, me dijo, lo que me excitó aún más y los dos terminamos uno seguido del otro. Era el principio del verano y los dos terminamos sudando. Nos volvimos a besar. Después me agarró muy fuerte del cabello y mirándome a los ojos me dijo, “eres un pendejo, me clavaste… pero estuvo bien rico”, volviéndome a besar, dí una carcajada y le respondí “yo sabía que te gustaría” y me fui a la ducha. Cuando salí ella ya no estaba. Solo había dejado en la recepción la cuenta del masaje y un adicional normal, ni siquiera el de toda la hora, se notó que le había gustado.
Volví al poco tiempo pero ella ya no estaba. Hasta ahora me pregunto si no nos habrán visto y la habrían sancionado por ello. Sea lo que fuese, haciéndolo en un lugar prohibido fue absolutamente excitante y espectacular.
Llegó mi caserita, voy a llamarla Isis. Era blanca, de cabello castaño claro, ojos color miel pero muy claros, parecía una medusa, con su mirada nomás te arrechaba, de talla mediana con tacos. Sus pechos eran de regular tamaño, de cintura un poco gordita, pero con un trasero infartante, blanquito y en forma de pera.
Ese día subimos, tomados de la mano, me hizo pasar a la habitación y comenzó a engreírme, puso música romántica, como me gusta, me quitó la ropa y la puso en un colgador. Mientras hacía eso, puse un condón ya sin envoltura debajo de la sábana, en la parte baja de la camilla. Luego, me eché boca arriba, contrario a lo usual. Ella no dijo nada. Por el contrario, se acercó a mi cabeza y comenzó a masajearla, con tanta sensualidad que se me paró al toque. “Me has excitado” le comenté en voz baja. Me senté y la jalé hacia mí, comencé a besarle el cuello, suavemente, para que se excite también, le mordí el lóbulo de la oreja , ella en represalia me mordió el cuello también, a lo que los dos nos reímos. Quise besarla y no se dejó. Volví a besarle el cuerpo, esta vez sus hombros y después sus pechos. “Ya sabes, solo besitos”, me dijo, acariciándome la cabeza. No le gustaba que se los chuparan, decía que después se le iban a colgar.
Yo decidí continuar con mi plan, total la conocía y sabía cuáles eran sus puntos débiles. Echadita en la camilla ya era presa mía. Recorrí todo su cuerpo dándole suaves besos, casi como masaje de plumillas. En ciertos lugares claves, cambiaba los besos por suaves mordidas, que la estremecían. Ella estaba con los ojos cerrados, disfrutando del placer, era mi muñeca. Y yo “su“ masajista.
Estando en la cintura, bajé hasta su vagina, totalmente peladita, suave, ansiosa por que la visitase. Le abrí y levanté las piernas. Y directo, con mi lengua como arma, procedí a hacerle lo que yo estimaba debía ser la mejor sopa del mundo.
“¿Tú sabes lo que me gusta, no?”, después me decía, “eres un bandido”, ay, ay, hum, hum, arqueando su cintura. Con la punta de la lengua movía de un lado para otro su clítoris. Isis solo gemía de placer. Después me fui sobre su entrepierna, comencé a mordérsela suavemente, qué rica que estaba, blanquita, carnosita. Cuando la mordía también se la absorbía, lo que le causaba inmenso placer. Igual hice con la otra pierna. Y regresé luego a su deliciosa conchita. Ya estaba totalmente mojadita. Le metí dos dedos y con mucha delicadeza los roté en su interior, soltó un gemido de placer. Me dí cuenta que estaba ansiosa porque la penetre. Me volví hacia sus piernas una vez más y comencé a besárselas. Mientras tanto, con una de las manos buscaba debajo de la sábana el condón que había guardado. Lo encontré y mientras seguía besándole las piernas, me coloqué el condón sin que ella ni siquiera se diera cuenta.
Ella seguía disfrutando de mis besos y caricias. Estaba con los ojos cerrados, como dormida. Me trepé a la camilla y desde atrás contemplé su bulba rosadita y expuesta, llamándome a que la posea. Como otras veces, me eché sobre ella, abriéndole las piernas. En otras oportunidades solo nos habíamos rozado ambos, esta vez mi plan era llegar hasta las últimas consecuencias. Con mi miembro ya totalmente erecto, subí mis caderas y con un pequeño salto la clavé con mi pinga.
Al principio quiso gritar, abrió los ojos, pero le tapé la boca. “No mi amor, tranquila, estoy con protección” le dije y comencé a besarla, mientras tanto me movía. Y como estaría ardiendo también ella que se adecuó a mis movimientos. Al principio me abrazó, como dándose por satisfecha que lo hubiera hecho. Nos volvimos a besar, esta vez ya apasionadamente. Ella se movía y se movía, como tragándose mi pieza con su vagina. Yo giré un poco mi cabeza y comencé a chuparle los senos, eso que no quería, jejeje, ahora sí eran totalmente míos. Después de unos minutos comenzó a jadear, “me vengo, me vengo”, me dijo, lo que me excitó aún más y los dos terminamos uno seguido del otro. Era el principio del verano y los dos terminamos sudando. Nos volvimos a besar. Después me agarró muy fuerte del cabello y mirándome a los ojos me dijo, “eres un pendejo, me clavaste… pero estuvo bien rico”, volviéndome a besar, dí una carcajada y le respondí “yo sabía que te gustaría” y me fui a la ducha. Cuando salí ella ya no estaba. Solo había dejado en la recepción la cuenta del masaje y un adicional normal, ni siquiera el de toda la hora, se notó que le había gustado.
Volví al poco tiempo pero ella ya no estaba. Hasta ahora me pregunto si no nos habrán visto y la habrían sancionado por ello. Sea lo que fuese, haciéndolo en un lugar prohibido fue absolutamente excitante y espectacular.