Con Carlos, su esposo, y Santiago, de cuatro años, el responsable de su cambio de vida.
De niña era una especie de Mafaldita aficionada a los noticieros nocturnos, estaba en segundo de primaria. Por esa época, a manera de juego, memorizaba los nombres de los ministros de Estado. Y como sobrina de César Hildebrandt, el periodismo lo llevaba en la sangre. En su carrera, ha sido la única que logró entrevistar a Clímaco Basombrío, el asesino del martillo; cubrió la guerra del Cenepa en 1995 y casi la llevan a juicio marcial en Chile por grabar en terreno fronterizo y minado. Sí, alguna vez quiso dejar el periodismo, pero eso viene más adelante. Entre tanto, que se le recuerde por meter micrófono en una lluvia de piedras. Pero la aguerrida Mariella Patriau, la conductora de Vidas Extremas, en ATV, también es madre. Tiene un hijo de cuatro años, Santiago, y está casada con un publicista con el que se acaba de reconciliar luego de un año de separación. Nos separamos por instinto de conservación, llegó un punto en que la relación era insostenible. Creo que se debe saber poner distancia para pensar y revalorar las cosas. A nosotros nos pasó eso de manera muy intensa, y nos dimos cuenta que seguimos teniendo los mismos sentimientos. ¿Qué loco, no?. Pero otras locuras existen en su vida. El periodismo, primero.
¿Cómo es que decides ser periodista?
En realidad no sabía qué estudiar. Tenía 17 años y ya estaba en la academia preuniversitaria cuando entré en una crisis existencial terrible, no tenía idea de qué hacer, no encontraba un norte para mi vida. Llegó un momento en el que me dije: Algo voy a tener que hacer por mi vida. Y entonces decidí estudiar periodismo, que para mí era como un cajón de sastre donde se mezclaban mis curiosidades y mi voyeurismo. Además tenía una inspiración muy fuerte, que era César (Hildebrandt), hermano de mi madre.
¿Ser la sobrina de César Hildebrandt te sirvió alguna vez para conseguir un trabajo?
No, nunca. Empecé en Frecuencia Latina, en Promoviendo, con Guido Penano. ¿Sabes cuánto me pagaban? ¡120 soles! Luego entré a América Televisión, en el noticiero. Era la chupe de la chupe, como cualquiera que comienza.
Los periodistas están llenos de anécdotas. Cuéntanos una.
Recuerdo mi primera comisión periodística, cuando era reportera en el canal del Estado. Llegué y me informaron: Vas a cubrir un linchamiento en Pamplona Alta. Me subí al auto con el camarógrafo y llegando al lugar, que era en la cima de un cerro, el chofer de la móvil atropelló a un perro que quedó muy mal herido, y cómo sufría mucho, el chofer decidió matarlo con una piedra. Yo comencé a llorar. Mamita me dijeron, recupérate rápido porque arriba viene lo fuerte. Tenían razón. Cuando llegamos al lugar había un grupo de gente rodeando algo que no veía. Me acerco, y descubro a un hombre enterrado verticalmente junto a un poste, solo habían dejado su cabeza al aire. Los pobladores lo habían apedreado y ahorcado. Estaba muerto. Había robado un televisor. Yo estaba en shock. Fue muy duro.
¿En qué trabajo sentiste que ganaste más experiencia?
De hecho yo me hice periodista con César Hildebrandt. Aprendí muchas cosas, desde cómo escribir un reportaje para televisión hasta cómo olfatear una noticia, cómo saber si el que se te para al frente es un impostor o un corrupto. Ese olfato fino de lobo viejo me lo dio César y para mí fue muy inspirador trabajar con él.
¿Cómo es tu relación con César Hildebrandt, tu tío?
Ahorita es prácticamente nula. No nos hemos visto desde que salí de La boca del lobo, su programa. Salí peleada con él porque hubo un malentendido, pensó que me iba a ir del programa para hacer uno propio, que lo iba a traicionar. Nos peleamos, se molestó horrible. No nos volvimos a ver hasta hace poco que nos encontramos a la entrada del cine. Me acerqué y lo saludé con mucho cariño porque es así como lo recuerdo, con mucho cariño.
Tu familia se ha hecho conocida también por sus conflictos.
Mi familia no es una familia tradicional. Es una familia de gente muy inteligente, muy culta, pero con ausencia de esa inteligencia emocional que a veces es necesaria. De repente a la gente de mi casa no le va a gustar mucho lo que digo, pero somos un grupo muy particular y con historias un poco bravas.
¿Alguna vez te has arrepentido de ser periodista?
Sí, cuando trabajaba con César. Estaba muy cansada y quería renunciar, irme al Cusco a trabajar de mesera en un bar, sin preocuparme de nada y dejar que el tiempo pase. Además, yo no he sido una periodista cariñosa con el régimen de Fujimori, siempre he ido contra la corriente y me siento muy orgullosa de ello.
¿Hubo represalias en contra tuya alguna vez?
Varias, no solo conmigo sino con todo el equipo. Llamadas amedrentadoras y amenazadoras, autos y camiones portatropas estacionados fuera de mi casa, motos que me perseguían a todos lados. Pero eso no hacía que me tirara para atrás, todo lo contrario, como chola terca, me encabronaba más y quería golpear más fuerte. Me daba más valentía.
Ahora tienes un hijo, ¿esto le cambia la vida a una periodista?
Cuando tuve a Santiago (4 años), la naturaleza de mi trabajo cambió. Dejé de hacer reportajes para trabajar como conductora, que me da más tiempo. Definitivamente soy una mujer diferente desde que Santiago existe.
¿Cómo era la Mariella de antes?
Era ruda y aguerrida, tomaba riesgos y podía llegar a ser muy irresponsable con mi vida. Una vez me metí a territorio minado en Chile para lograr un reportaje, terminé en la cárcel de frontera, a un paso de ser juzgada en corte marcial y arriesgando mi vida. Eso no pasaría ahora. Yo metía el micrófono mientras llovían piedras. Pero el cambio, más que en el lado profesional, lo he notado en el lado personal. Yo era una persona enfrascada en mí, extremadamente egoísta. Y muy... como decirlo, no valoraba mucho las relaciones humanas solamente por dedicarme a trabajar, trabajar y trabajar. Ahora el egoísmo queda de lado, eso pasa cuando tienes un hijo. (Entrevista: Eduardo Cornejo Fotos: Rene Funk)