Rafa01
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18 Years of Service
Debo empezar diciendo que con el paso de los años, me he vuelto más mañoso. No recuerdo haber tenido la libido tan alta como ahora. Me imagino que no soy el único, de allí la expresión viejo verde, no?? Recuerdo que ya hace unos años, estaba en el auto de un amigo, y paramos en una luz roja, en San Isidro. Cruzando la pista estaba una flaquita de largas piernas, mini-vestido negro, ceñido, pantimedias negras, cabello largo, ensortijado
y mientras caminaba, cual yegua, nuestras cabezas giraban, lentamente, de derecha a izquierda, siguiendo cada movimiento de tan fino espécimen de mujer
.cuando terminó de cruzar, mi amigo y yo nos miramos, soltando tremenda carcajada y opinando que con el paso de los años, nos habíamos vuelto unos viejos verdes. Y así como aquella fémina, no había flaca de buenas piernas y de buen trasero a la que no le quitara el ojo. Y con la mirada, la imaginación no se hacía esperar.
Lo que les voy a contar me pasó el año pasado. Trabajo en un edificio, donde la planta es compartida por distintos negocios: hay oficinas de venta de seguros, hay una agencia de viajes, hay una oficina de contabilidad, y así. Todos separados por cubículos. Cada negocio es independiente, pero se tiene mucho espacio en común, la entrada, los baños, pasadizos, ascensor, etc. Marcela venía todos los años a trabajar temporalmente en la oficina del contador. Ya la conocía de hace unos años, pero todo fue siempre muy cordial y profesional. Este año la noté algo cambiada, no sé, creo que ahora se planchaba el cabello, lo que le daba un aire sexy, que contrastaba con su cara de niña buena. De piel clara, nariz chiquita, ojos marrones, labios carnosos, casi no me había dado cuenta de su físico todos estos años.
Marcela usaba una blusa blanca, casi transparente, que dejaba entrever su brassierre también blanco, con encaje, muy femenino, que abrazaban con ternura sus redondos senos, pudiéndose ver, acaso si apenas, un ligero rastro de aureola, para los mirones. Un collar negro distraía (o atraía) las miradas que querían ver qué había debajo de la blusa. Su pantalón era de sastre, plomo, algo ceñido, marcaban bien sus caderas. Sus nalgas, redondas, firmes, se movían en perfecta armonía. Sus tacos altos, estilizaban aun más su figura. Rafa ahora notaba su cuerpo, la revelación del invierno ante sus ojos. Era delgada, pero con suficiente carne en los sitios de interés. Nadie se imaginaría su edad (que bordeaba los treinta) ni que aquel cuerpito ya había cobijado un hijo. Todo estaba en su sitio, los senos no grandes - que bailaban dentro de aquella blusa, las nalgas que seguían el ritmo impuesto por su pisada, firme, confiada, para un lado, para el otro, para un lado, para el otro y sus labios, rosados y protuberantes que dibujaban una inquietante y traviesa sonrisa Rafa estaba jodido
Lo que les voy a contar me pasó el año pasado. Trabajo en un edificio, donde la planta es compartida por distintos negocios: hay oficinas de venta de seguros, hay una agencia de viajes, hay una oficina de contabilidad, y así. Todos separados por cubículos. Cada negocio es independiente, pero se tiene mucho espacio en común, la entrada, los baños, pasadizos, ascensor, etc. Marcela venía todos los años a trabajar temporalmente en la oficina del contador. Ya la conocía de hace unos años, pero todo fue siempre muy cordial y profesional. Este año la noté algo cambiada, no sé, creo que ahora se planchaba el cabello, lo que le daba un aire sexy, que contrastaba con su cara de niña buena. De piel clara, nariz chiquita, ojos marrones, labios carnosos, casi no me había dado cuenta de su físico todos estos años.
Marcela usaba una blusa blanca, casi transparente, que dejaba entrever su brassierre también blanco, con encaje, muy femenino, que abrazaban con ternura sus redondos senos, pudiéndose ver, acaso si apenas, un ligero rastro de aureola, para los mirones. Un collar negro distraía (o atraía) las miradas que querían ver qué había debajo de la blusa. Su pantalón era de sastre, plomo, algo ceñido, marcaban bien sus caderas. Sus nalgas, redondas, firmes, se movían en perfecta armonía. Sus tacos altos, estilizaban aun más su figura. Rafa ahora notaba su cuerpo, la revelación del invierno ante sus ojos. Era delgada, pero con suficiente carne en los sitios de interés. Nadie se imaginaría su edad (que bordeaba los treinta) ni que aquel cuerpito ya había cobijado un hijo. Todo estaba en su sitio, los senos no grandes - que bailaban dentro de aquella blusa, las nalgas que seguían el ritmo impuesto por su pisada, firme, confiada, para un lado, para el otro, para un lado, para el otro y sus labios, rosados y protuberantes que dibujaban una inquietante y traviesa sonrisa Rafa estaba jodido