La señora de enfrente

Crucé la calle descalzo con la ropa interior en la mano y el semen de Laura aun goteando por mi muslo, el aire frío de la madrugada clavándose como cuchillos en mi piel caliente. La puerta de mi casa se cerró detrás de mí con un clic definitivo, pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. El mensaje en su teléfono no era solo una puñalada; era una declaración de guerra. Ellas pensaban que me habían usado, que yo era el cornudo perfecto para su reconciliación lésbica y su juego de poder. Se equivocaban.

Me duché rápido, el agua hirviendo quitándome el olor a ellas, pero no la rabia. Mientras el vapor llenaba el baño, empecé a planear. No iba a llorar, no iba a suplicar. Iba a devolverles el golpe donde más les dolía: en su orgullo, en su control, en su puta exclusividad falsa.

Lo primero: información. Sabía que Laura tenía una agenda digital sincronizada con su laptop, la que dejaba siempre abierta en su escritorio cuando "trabajaba desde casa". Y Carla... Carla era descuidada con su teléfono. En más de una ocasión, mientras ella dormía después de chifar, yo había visto sus chats. Recordaba nombres: "Javi el del gym", "Marcos el casado", "el grupo de los viernes". Pero lo importante era el chat grupal que vi una vez de reojo: "Las Zorras Libres". Un nombre estúpido para un grupo de cinco o seis mujeres que compartían conquistas, fotos de pollas, videos cortos de folladas. Laura y Carla eran las reinas indiscutidas.

Saqué mi viejo portátil, el que usaba para "trabajar" cuando en realidad veía porno. Conecté el disco externo donde guardaba copias de seguridad de mis teléfonos antiguos —incluido el que usaba cuando empecé a tirarme a Carla a escondidas—. Ahí estaban: capturas de pantalla, audios de voz sucios que ellas mismas me enviaban, videos que grabamos a trío antes de la ruptura. Pero lo mejor: un video que nunca les envié. Una noche en que Carla estaba borracha y Laura aún no había llegado, Carla se grabó sola masturbándose en mi cama, diciendo mi nombre, confesando que Laura "no la llenaba como yo", que "necesitaba verga de verdad para correrse fuerte". Lo había guardado como seguro. Ahora era mi arma.

Lo siguiente fue técnico, pero simple. Creé un perfil falso en Telegram: "El Vecino Silencioso". Usé una foto borrosa de un torso masculino cualquiera. Entré al grupo "Las Zorras Libres" —sí, seguían usando el mismo link que Carla me pasó una vez "por error"—. Me aceptaron rápido; el grupo estaba muerto de ganas de carne fresca. Empecé suave: comentarios anónimos alabando sus fotos, pidiendo más detalles. Pronto me gané confianza. Les envié fragmentos editados del video de Carla: solo su cara, su voz gimiendo mi nombre, cortado para que no se viera el contexto completo. "Miren lo que tengo de una de ustedes... ¿quieren el resto?"

El caos estalló en minutos. Capturas de sus respuestas: "¿QUÉ CARAJO ES ESO?", "Carla, ¿eres tú?", "Laura, ¿tú sabías de esto?". Laura respondió rápido: "Es un montaje, idiotas. Bloqueen al imbécil". Pero el daño estaba hecho. Semillas de duda plantadas.

Dos días después, fingí casualidad. Salí a la calle con la basura justo cuando Laura volvía de hacer ejercicio, sudada, leggings negros pegados a su culo tremendo. Me miró con desprecio.

—Vecino... ¿ya superaste lo del otro día? —dijo con sorna.

Sonreí tranquilo.

—Más que superado. De hecho, gracias por el recordatorio. Me ayudaron a recordar por qué nunca debí fiarme de putas como ustedes.

Se rio, pero había algo nervioso en sus ojos.

—Pobrecito. Te quedaste con las ganas, ¿no? El trío fue épico... para nosotras.

Asentí.

—Claro. Épico. Por cierto, ¿cómo está el grupo? "Las Zorras Libres" parece un poco... revuelto últimamente.

Su cara cambió en un segundo. Palideció.

—¿Qué sabes tú de eso?

Saqué el teléfono, reproduje un audio corto: la voz de Carla, inconfundible, gimiendo "sí, vecino, métemela más hondo que Laura nunca me ha hecho sentir así". Lo pausé antes de que siguiera.

—Digamos que tengo material interesante. Videos, audios, chats. Cosas que mostrarían a todo el grupo —y quizás a algunos maridos, novios, ex— que sus reinas no son tan exclusivas como predican. Que Carla se corre pensando en mí mientras Laura duerme al lado. Que Laura le ha contado a más de uno que "el vecino tiene la verga perfecta para abrir culos vírgenes".

Laura dio un paso atrás, furia y miedo mezclados.

—Estás mintiendo.

—Prueba. Pulsa "enviar" en el grupo ahora mismo. Tengo todo listo: el video completo de Carla confesando, más unos cuantos chats donde ustedes dos se burlan de mí llamándome "el cornudo útil". Si aprieto, en cinco segundos todo el barrio y medio grupo sabrán quiénes son realmente. Y no solo eso... tengo copias en la nube, con temporizador. Si no me bloquean el acceso en 48 horas, se envía automático a contactos seleccionados. Incluyendo el marido de una de las del grupo, el que paga las cuentas mientras ella se abre de piernas.

Carla apareció en la puerta de enfrente, atraída por los gritos bajos. Vio mi teléfono, oyó lo último.

—¿Qué ****** estás haciendo?

—Mi giro, putas. Ustedes jugaron sucio. Yo juego más sucio. El pacto nunca existió para ustedes, ¿verdad? Pues el mío tampoco. O me dejan en paz para siempre, o su reinado de zorras intocables se acaba en público. Fotos pixeladas, videos borrosos pero reconocibles, nombres. Todo.

Silencio pesado. Laura temblaba de rabia, pero vi la rendición en sus ojos. Carla maldijo por lo bajo, lágrimas de furia.

—Te vamos a destruir —murmuró Laura.

—No, cariño. Yo las destruyo primero. Y créanme: tengo más que perder que ganar. Así que elijo quemarlas conmigo si es necesario.

Me di la vuelta, caminé hacia mi casa. Antes de entrar, me giré.

—Ah, y una cosa más. La próxima vez que quieran un trío "enfermo"... inviten a alguien que no las conozca tan bien como yo. Porque yo ya no juego a ser el cornudo. Ahora soy el que tiene el control.

Cerré la puerta. Mi polla no estaba dura esta vez. Estaba tranquilo. Por primera vez en meses, sentía que había ganado.

Desde la ventana vi cómo se miraban, pálidas, abrazadas no por deseo, sino por miedo. El juego había cambiado. Y esta vez, las putas de enfrente sabían que el vecino ya no era presa fácil.









Pasaron semanas. El silencio entre las casas era ensordecedor. No más mensajes, no más miradas desde las ventanas, ni siquiera un portazo que delatara su rabia. Laura y Carla se habían vuelto fantasmas: salían temprano, volvían tarde, evitaban el frente de la casa como si estuviera maldito. Yo, por mi parte, había cumplido mi amenaza a medias. No envié nada al grupo todavía. Quería que el miedo las carcomiera primero. Quería verlas romperse antes de decidir si apretaba el botón o no.

Una noche de viernes, alrededor de las once, oí el timbre. No era el de mi puerta: era el de ellas. Me asomé por la persiana. Un tipo alto, trajeado, cabello engominado, maletín en mano. Tocó una vez más, impaciente. Laura abrió, vestida con un vestido negro corto que apenas le cubría el culo, tacones altos, maquillaje de puta cara. Lo dejó pasar sin besarlo, solo un gesto seco con la cabeza. Detrás entró otro: más joven, musculoso, camiseta ajustada, jeans rotos. Luego un tercero. Y un cuarto. Cuatro hombres en total. La puerta se cerró.

Mi primer pensamiento fue: “están montando una orgía para desquitarse”. Mi segundo pensamiento, más frío: “esto no es normal”. Cuatro tíos entrando a las once de la noche con maletines y cara de negocios no era una fiesta sexual cualquiera.

Encendí la cámara que había instalado en la farola de la calle (sí, compré una puta cámara de seguridad barata y la apunté directo a su entrada después del “pacto”). Grababa en loop, pero esa noche la revisé en tiempo real desde el móvil. No se veía mucho dentro, pero sí el living: siluetas moviéndose, luces bajas, nadie se quitaba la ropa. Se sentaron alrededor de la mesa del comedor. Maletines abiertos. Papeles. Un portátil. Gestos serios. Uno de ellos apuntaba con el dedo a algo en la pantalla. Laura y Carla estaban de pie, cruzadas de brazos, asintiendo. No había risas, ni copas, ni manos metiéndose por debajo de faldas.

A la una de la mañana salieron los cuatro. Ninguno parecía satisfecho sexualmente. Más bien... tensos. Uno le dio un sobre grueso a Laura. Ella lo abrió, contó billetes rápido, asintió. Los tipos se fueron en dos autos distintos. Laura cerró la puerta, miró hacia mi casa un segundo —directo a la cámara, como si supiera que la estaba viendo— y sonrió. No era una sonrisa de derrota. Era una sonrisa de “te tengo”.

Me quedé helado.

Al día siguiente, sábado, recibí un sobre deslizado por debajo de mi puerta. Sin remitente. Dentro: una foto impresa en alta calidad. Era yo, desnudo, de espaldas, follando a Carla en su cama mientras Laura grababa desde un ángulo que nunca vi. Fecha: hace más de un año, cuando supuestamente “empezamos todo”. Debajo, escrito a mano con marcador negro:

“Sabemos dónde guardas tus ‘pruebas’. Sabemos tu contraseña de la nube (la cambiaste el 15 de octubre, pero usaste variaciones de nuestros nombres + el año en que nos conocimos). Si aprietas ‘enviar’ a las Zorras Libres, en el mismo segundo se envía a tu jefe, a tu exmujer, a tu hermana, a los contactos de tu agenda laboral. Incluido el link a la carpeta completa: todos los videos, audios, chats. Tus ‘armas’ se convierten en tu sentencia. Tú decides quién cae primero: ellas o tú.”

Y había más. Una segunda hoja: un pantallazo de mi historial de navegación de los últimos tres meses. Búsquedas como “cómo anonimizar envíos masivos de archivos”, “software para programar envíos automáticos en la nube”, “testigos presenciales en juicios por difusión de material íntimo”. Habían hackeado mi router. O mi portátil. O mi teléfono. No importaba cómo. Lo tenían todo.

Me senté en el suelo del living, foto en mano, sintiendo cómo el estómago se me retorcía. Ellas no habían estado huyendo de mí. Me habían estado estudiando. Esperando el momento perfecto para contraatacar. El “pacto” falso, el trío de reconciliación, el mensaje del desconocido en su teléfono… todo había sido teatro. Un señuelo para que yo reaccionara exactamente como lo hice: con rabia, con chantaje, con sobre confianza. Me habían convertido en el villano que ellas necesitaban para justificar lo que viniera después.

Y lo peor: el sobre tenía una posdata escrita con la letra de Carla, más pequeña, casi cariñosa:

“Te amamos a nuestra manera, vecino. Pero nadie nos chantajea. Nadie nos controla. Si quieres seguir jugando, ven esta noche a las 3. Misma hora que la primera vez. Trae tu polla y tu arrepentimiento. O prepárate para que todo el mundo vea quién eres realmente cuando aprietas ‘enviar’. Tú eliges.”

Miré el reloj. Eran las 2:47 de la madrugada.

La calle estaba en silencio otra vez. Mi corazón latía como si fuera a romper costillas.

No sabía si ir era caer en la trampa final… o si no ir era condenarme a mí mismo.

Pero una cosa sí sabía: ellas ya no eran las vecinas de enfrente.

Eran las dueñas del juego.

Y yo… yo ya no era el cazador.

Era la presa que ellas habían cebado durante meses.

¿Iba a cruzar la calle una última vez?

El timbre de mi propio teléfono vibró en ese momento. Un número desconocido. Un solo mensaje:

“Tick tock, vecino. La puerta está abierta. Ven… o pulsa enviar. Nos vemos en tres minutos.”

La decisión estaba tomada.

No por valentía.

Sino por pura curiosidad enferma de ver hasta dónde eran capaces de llegar ellas… y hasta dónde era capaz de caer yo.

Me puse los jeans sin ropa interior, la misma camiseta gris de aquella noche.

Abrí la puerta.

Crucé la calle.

Y esta vez, no sabía si saldría vivo… o si saldría siendo algo mucho peor que un cornudo.







Pasaron meses desde esa noche en que crucé la calle por última vez, con el mensaje de Carla quemándome el teléfono. No pulsé "enviar". No caí en su trampa. En cambio, me tragué el orgullo y planeé algo más oscuro, más definitivo. Si ellas jugaban con fuego, yo iba a quemar su mundo entero. Contraté a dos hombres —profesionales, discretos, con experiencia en seducciones pagadas y grabaciones ocultas—. Les di fotos de Laura y Carla, detalles de sus rutinas, sus debilidades: Laura caía por tipos dominantes con dinero; Carla, por los musculosos que la trataban como una reina antes de follarla como una puta. "Sedúzcanlas, grábenlo todo, y envíenlo donde duela", les dije. Pagué bien: diez mil cada uno, más bonos por resultados rápidos.

El proceso demoró, como todo lo bueno. Dos meses más o menos para que se conocieran "por casualidad". El primero, un empresario falso llamado Diego, se topó con Laura en un bar de moda, la invitó a copas, la escuchó quejarse de su "vida complicada" mientras su mano subía por su muslo bajo la mesa. La grabación llegó a mi correo una semana después: Laura en un hotel, de rodillas, chupando su polla como si fuera la última en el mundo, gimiendo "sí, papi, fóllame como mi ex nunca pudo". El segundo, un entrenador personal llamado Alex, enganchó a Carla en el gym. La convenció de "sesiones privadas" que terminaron en su apartamento, con ella cabalgando su verga gruesa, tetas rebotando, gritando "más duro, haz que me corra como nadie".

Las grabaciones eran oro: videos en HD, ángulos perfectos desde cámaras ocultas en relojes, botones de camisa. Audio cristalino de sus confesiones sucias: Laura admitiendo que "el vecino era un cornudo, pero tú me rompes el coño de verdad"; Carla jadeando "olvídate de mi novia, solo quiero tu semen dentro". Lo editamos para que pareciera consensuado, pero impactante. Luego, el golpe: envíos anónimos a sus jefes, colegas, el grupo de "Las Zorras Libres", familias distantes, incluso a algunos ex. Asunto: "La verdad sobre [nombre]". Adjuntos: clips cortos, suficientes para escándalo, no tanto para demanda inmediata.

El caos fue inmediato. Laura perdió su trabajo en la agencia de marketing —"conducta inapropiada", dijeron, después de que el video circulara en la oficina—. Carla, despedida de su puesto en el spa, con rumores de "prostitución encubierta". Sus redes sociales explotaron: bloqueos masivos, insultos, memes crueles. El grupo de zorras se disolvió en peleas internas; maridos furiosos, amigas traicionadas. Bancarrota rápida: deudas acumuladas, sin ingresos, alquileres atrasados. Vendieron lo que pudieron —joyas, ropa de diseño, hasta el vibrador compartido que encontré en una subasta online—. Quedaron rotas, viviendo en un motel barato al borde de la ciudad, comiendo ramen y rogando favores.

Una noche, a las tres de la mañana —siempre esa hora maldita—, el timbre sonó. Era Laura, sola, demacrada pero aún con ese fuego en los ojos verdes. Vestida con un abrigo raído sobre lencería barata, pelo desordenado, labios temblando. "Vecino... por favor", susurró, cayendo de rodillas en mi porche. "Vuelve conmigo. Con nosotras. Te lo ruego. Devuélvenos una vida. Podemos empezar de nuevo, los tres. Seré tu puta exclusiva, te chuparé la polla todas las mañanas, te dejaré follarme el culo cuando quieras. Solo... borra todo eso. Ayúdanos a reconstruir".

La miré desde arriba, polla endureciéndose contra mi voluntad al verla tan vulnerable. "Entra", dije frío. La follé esa noche, brutal, en el sofá: la puse de cuatro, embestidas salvajes en su coño aún apretado, nalgueadas que dejaron marcas rojas en su culo tremendo. Gritaba "sí, castígame, vecino, merezco tu verga dura", corriéndose tres veces mientras yo le recordaba cada traición. Pero no prometí nada.

Al día siguiente, Carla llegó sola, más rota aún. Botas desgastadas, tanga visible bajo una falda corta, tetas operadas empujadas hacia arriba en un intento patético de seducción. "Guapo... me equivoqué. Te necesito. Devuélveme mi vida. Construyamos algo nuevo. Te compartiré con Laura si quieres, pero fóllame como antes, lléname de semen, hazme tuya". La llevé a la cama, la monté como una perra: polla en su garganta hasta que lágrimas corrían por su cara, luego en su coño chorreante, botas altas aún puestas, gimiendo "soy tu zorra, vecino, úsame para vengarte".

Las tuve a las dos rogando, una por una, pero juntas en mi mente. Las reuní esa misma semana en mi casa: un "pacto nuevo", dije. Las follé a las dos, trío enfermizo otra vez —lenguas en coños, polla alternando culos y bocas, semen chorreando por sus cuerpos temblorosos—. Pero esta vez, las reglas eran mías: "Viven aquí ahora. Pagan con sus cuerpos. Trabajan para mí, limpian, cocinan, follan cuando digo. Borro los videos si obedecen. Rompen, y los envío a todos".

Asintieron, rotas pero excitadas por la sumisión. Laura se acurrucó en mi pecho, mano en mi polla. "Sí, amo. Construimos desde cero". Carla besó mi cuello. "Tu verga es nuestra salvación".

Pero en el fondo, sabía que esto no era el fin. Era mi giro definitivo: de presa a dueño. Ellas pensaban que rogaban por misericordia; yo las tenía donde quería, adictas a mi control, a mi polla, a la vida que les devolvía gota a gota.

¿Duraría? Quién sabe. Pero por ahora, las vecinas de enfrente eran mías. Y el barrio silencioso nunca supo el precio de su rendición.
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