grindo doido
Cuenta Verificada
- 43.448
- 48.707
- 229
- Registrado
- 26 Jul 2020
Máximo Nivel
- Registrado
- 26 Jul 2020
- Mensajes
- 43.448
- Puntos de reacción
- 48.707
- Puntos
- 229
5 Years of Service
💔 Estuve con la enamorada de mi hijo
Este es el relato de un amor extemporáneo, un juego que el destino se divirtió en desordenar.
No fue preciso saber, conocer, solo estar y siempre habrá margen para pecar………
Capítulo 1: La Sombra de una Novia
Nunca conocí a Lidia durante su primer round con mi hijo, Daniel.
Hace diez años, Daniel era el joven universitario enérgico, de veinticinco, que llenaba mi casa con el olor a café cargado y promesas de un futuro brillante. Yo, Ricardo, estaba en los cincuenta, divorciado y con una vida tan organizada como un estante de biblioteca: tranquila, predecible y solitaria.
Daniel mencionó a Lidia un par de veces: "Papá, voy a salir con Lidia, es de Arquitectura." "Lidia dice que mi música es demasiado indie." Ella era un nombre, una sombra juvenil que desaparecía antes de que yo pudiera ponerle cara. Para mí, Lidia era la figura transitoria que ocupaba los domingos de mi hijo.
Apenas la trajo a la casa, una morena espectacular, tenía una mirada perdida y vacía, si bien es cierto penas cruzamos palabras, esa percepción caló en mi.
La relación con mi hijo era buena pero lo usual, el no contaba mas allá de lo que veía, de lo necesario.
A penas me dijo que le iba bien.
Si tuvieron intimidad, fue afuera, en casa, apenas unas horas estuvieron y casi siempre en la sala.
Eso sí, la primera vez que la miré con deseo, fue una noche de verano que tomaban vino y en cruce de pierna, le vi la tanga ploma, se notaba un rico clítoris, esa noche me sentí confundido, deseando a quien no debía.
Solo fue, una intención que quedó en una manualidad y nunca mas vino a mi mente………..
Daniel y Lidia terminaron de forma abrupta y ruidosa, como una tetera que hierve hasta secarse. Daniel se fue del país buscando nuevos horizontes —o huyendo de la ruptura, nunca lo supe con certeza. Yo regresé a mi rutina. Diez años pasaron sin que yo recordara el nombre de esa chica, hasta que la vida, con su retorcido sentido del humor, decidió enviármela de vuelta.
Capítulo 2: Un Café y Diez Años Menos
Mi segunda vida comenzó en un evento de networking empresarial, un lugar frío que promete negocios, pero a veces entrega chispazos. La vi sola, bebiendo un vino blanco y riendo con una elegancia que no se aprende en la universidad. Me acerqué, como un hombre que sabe lo que quiere.
"Disculpa, tu risa acaba de hacer que esta sala parezca menos aburrida," solté, sintiéndome estúpidamente juvenil.
Ella sonrió. Tenía treinta y cinco, pero la energía de una veinticinco. Era hermosa: ojos oscuros, cabello corto y una vivacidad que contrastaba con mis cincuenta y picos bien llevados.
"Soy Ricardo. ¿Y tú?"
"Lidia," respondió. "Lidia Vargas."
El nombre me golpeó en el pecho, pero mi cerebro lo archivó bajo "coincidencia". Hablamos de arquitectura y de la vida. Había montado su propio estudio, era brillante y, demonios, era divertida. Hubo química. No la típica cortesía, sino una atracción peligrosa.
Hasta ese entonces no reconocí nada, ni la voz, ni su visual, porque antes era morena, buen cuerpo, pero tímida y engreída.
Ahora, pelirroja, mas gruesa pero igual rica potranca.
Me impactó y creo que yo a ella.
La primera cita fue un desastre perfecto: mucha bebida, risas incómodas y una sensación de que estábamos haciendo algo que no deberíamos. Pero a la segunda cita, la química se impuso. Nos besamos con la urgencia de dos personas que saben que tienen poco tiempo.
Fue todo torpeza, inseguridad, miedos, desahogos, ella lloraba, yo consolaba.
Nada del otro mundo
Decidí esperar………………
Capítulo 3: El Juego Peligroso
Nuestra relación fue una tragicomedia pícara. Yo me sentía un adolescente en el cuerpo de un cincuentón; ella, una mujer madura que disfrutaba la estabilidad y el humor de un hombre mayor. Había besos robados, escapadas de fin de semana y una absoluta negación a hablar del pasado. Lidia era reservada, yo era cauteloso.
En la cama, la diferencia de edad desaparecía. Ella era fuego, y yo un incendio reactivado.
Un día, mientras estábamos abrazados en mi apartamento, ella pasó la mano sobre mi barba canosa y susurró: "Siempre me han gustado los hombres con historias." Yo reí, sabiendo que mi historia más incómoda estaba vinculada a su pasado.
La negación se convirtió en nuestro juego. Ella nunca mencionó a Daniel, yo nunca la mencioné a ella.
"¿Tienes hijos?" preguntó una vez.
"Sí, Daniel. Vive en el extranjero. Un arquitecto talentoso, como tú."
"Qué bien," dijo ella, con una sonrisa demasiado rápida, y cambió de tema. La información se había cruzado, pero la verdad seguía agazapada en la oscuridad. Yo asumí que, si lo sabía, le daba igual. Yo la amaba, o al menos, amaba la emoción que me devolvía la juventud.
Me envolví como pulpo sobre sus piernas torneadas, bien estables y duras, sus nalgas se sentaron en mi rostro.
Fue el goce ideal, un gemido, un orgasmo, pidiendo que la penetrara.
Yo quería proseguir, el juego, controlarme, si caía en su petición, no duraría mucho.
Y luego de saborear esas dulzuras, empecé a bucear en su almeja llena de vida.
Se iba acoplando a mí, la alce con fuerza y le de di de alma, para animal, para enfermo. Esas palabras me dieron en el ego para hacer lo contrario y acabar herido, botando todo mi veneno en su cara y sus ojos……….
Capítulo 4: La Llamada del Héroe Ausente
La burbuja se pinchó cuando Daniel anunció su regreso.
"Vuelvo a Lima, papá. Un proyecto grande. Estoy emocionado de verte," me dijo por videollamada.
Sentí un escalofrío. La llegada de Daniel significaba que dos mundos que yo había intentado mantener separados chocarían de frente.
Decidí contarle a Lidia.
"Mi hijo vuelve el próximo mes," le dije, tomándola de la mano. "Tú sabes quién es. Si esto te incomoda, debemos hablar."
Lidia apretó mi mano. Sus ojos, usualmente brillantes, se nublaron con una tristeza que no entendí.
"Ricardo, eres la mejor persona que he conocido en mucho tiempo. Es solo... sí, lo sé. Pero esto es nuestro ahora." Me aseguró. Yo sentí un alivio estúpido, confiando en la magia del ahora.
Pero a partir de esa conversación, algo cambió. Lidia se volvió distante. Sus llamadas se hicieron esporádicas. Las excusas sobre "demasiado trabajo" eran cada vez más elaboradas. La pasión que nos había unido se estaba drenando como agua por un desagüe invisible. Yo sentía el peso de mi edad y la vergüenza de que, tal vez, ella solo había estado jugando.
Capítulo 5: El Final Inesperado (y el Telón Bajado)
El día que Daniel llegó, organicé una cena íntima. Lidia no vino. "Demasiado estresada," me envió por mensaje.
La mañana siguiente, Daniel y yo salimos a desayunar cerca de su antiguo barrio. Mientras tomaba mi café, Daniel me contó algo casualmente, con el tono despreocupado del que ha sanado viejas heridas.
"Sabes, la extraña coincidencia de que estoy aquí es por Lidia."
Mi corazón dio un vuelco. "¿Lidia? ¿La chica de Arquitectura?"
"Sí. Nunca cortamos lazos del todo, papá. Hablamos de vez en cuando. Ella me avisó de este proyecto de Lima hace unos meses. Me dijo que era la oportunidad perfecta para volver a empezar. Me dio el empujón final."
Tragué saliva. "Eso es muy amable de su parte."
Daniel sonrió, un brillo de nostalgia en los ojos. "Sí. Pero lo más loco es esto..." Se detuvo, revisando su móvil. "Anoche cené con ella. Encontramos este lugar nuevo increíble. Me dijo que quería hablar de algo importante en persona. Creo que vamos a volver."
Sentí que el aire se congelaba en mis pulmones. La explicación era clara y cruel: Lidia me había estado dejando desde el momento en que Daniel anunció su regreso. Yo fui un puente, un interludio confortable para llenar el vacío, o quizás una venganza involuntaria contra el hombre que la había lastimado diez años antes.
Nadie me lo dijo. Ella nunca me confesó que me dejaba por él. Y Daniel, mi hijo, jamás sospecharía que el "hombre con historias" que Lidia conoció en su ausencia era su propio padre.
Esa misma tarde, le envié un mensaje a Lidia: Entiendo. Sé por qué te fuiste. Espero que sean felices. Ella respondió con un simple corazón azul.
El final trágico y cómico se reveló dos semanas después. Yo estaba comprando vino cerca de mi casa cuando los vi.
Estaban en la terraza de un café, riendo, sus manos entrelazadas sobre la mesa. Daniel, mi hijo, y Lidia, mi ex-amante. Daniel inclinó la cabeza, y Lidia lo besó suavemente en la frente.
Yo no me acerqué. No rompí la escena. Solo me detuve en la acera, un hombre de sesenta y pico, con mi corazón y mi dignidad hechos añicos.
La tragedia era que perdí a la mujer que me hizo sentir joven. La comedia pícara era que la perdí ante mi propio hijo. Y el final inesperado fue que, en el juego del destino, yo solo fui el calentador de banquillo, el padre del verdadero protagonista.
Me di la vuelta, con mi botella de vino, y caminé de regreso a mi vida organizada, predecible y solitaria. Esta vez, sin la sombra, ni las risas, de Lidia.
Este es el relato de un amor extemporáneo, un juego que el destino se divirtió en desordenar.
No fue preciso saber, conocer, solo estar y siempre habrá margen para pecar………
Nunca conocí a Lidia durante su primer round con mi hijo, Daniel.
Hace diez años, Daniel era el joven universitario enérgico, de veinticinco, que llenaba mi casa con el olor a café cargado y promesas de un futuro brillante. Yo, Ricardo, estaba en los cincuenta, divorciado y con una vida tan organizada como un estante de biblioteca: tranquila, predecible y solitaria.
Daniel mencionó a Lidia un par de veces: "Papá, voy a salir con Lidia, es de Arquitectura." "Lidia dice que mi música es demasiado indie." Ella era un nombre, una sombra juvenil que desaparecía antes de que yo pudiera ponerle cara. Para mí, Lidia era la figura transitoria que ocupaba los domingos de mi hijo.
Apenas la trajo a la casa, una morena espectacular, tenía una mirada perdida y vacía, si bien es cierto penas cruzamos palabras, esa percepción caló en mi.
La relación con mi hijo era buena pero lo usual, el no contaba mas allá de lo que veía, de lo necesario.
A penas me dijo que le iba bien.
Si tuvieron intimidad, fue afuera, en casa, apenas unas horas estuvieron y casi siempre en la sala.
Eso sí, la primera vez que la miré con deseo, fue una noche de verano que tomaban vino y en cruce de pierna, le vi la tanga ploma, se notaba un rico clítoris, esa noche me sentí confundido, deseando a quien no debía.
Solo fue, una intención que quedó en una manualidad y nunca mas vino a mi mente………..
Daniel y Lidia terminaron de forma abrupta y ruidosa, como una tetera que hierve hasta secarse. Daniel se fue del país buscando nuevos horizontes —o huyendo de la ruptura, nunca lo supe con certeza. Yo regresé a mi rutina. Diez años pasaron sin que yo recordara el nombre de esa chica, hasta que la vida, con su retorcido sentido del humor, decidió enviármela de vuelta.
Mi segunda vida comenzó en un evento de networking empresarial, un lugar frío que promete negocios, pero a veces entrega chispazos. La vi sola, bebiendo un vino blanco y riendo con una elegancia que no se aprende en la universidad. Me acerqué, como un hombre que sabe lo que quiere.
"Disculpa, tu risa acaba de hacer que esta sala parezca menos aburrida," solté, sintiéndome estúpidamente juvenil.
Ella sonrió. Tenía treinta y cinco, pero la energía de una veinticinco. Era hermosa: ojos oscuros, cabello corto y una vivacidad que contrastaba con mis cincuenta y picos bien llevados.
"Soy Ricardo. ¿Y tú?"
"Lidia," respondió. "Lidia Vargas."
El nombre me golpeó en el pecho, pero mi cerebro lo archivó bajo "coincidencia". Hablamos de arquitectura y de la vida. Había montado su propio estudio, era brillante y, demonios, era divertida. Hubo química. No la típica cortesía, sino una atracción peligrosa.
Hasta ese entonces no reconocí nada, ni la voz, ni su visual, porque antes era morena, buen cuerpo, pero tímida y engreída.
Ahora, pelirroja, mas gruesa pero igual rica potranca.
Me impactó y creo que yo a ella.
La primera cita fue un desastre perfecto: mucha bebida, risas incómodas y una sensación de que estábamos haciendo algo que no deberíamos. Pero a la segunda cita, la química se impuso. Nos besamos con la urgencia de dos personas que saben que tienen poco tiempo.
Fue todo torpeza, inseguridad, miedos, desahogos, ella lloraba, yo consolaba.
Nada del otro mundo
Decidí esperar………………
Nuestra relación fue una tragicomedia pícara. Yo me sentía un adolescente en el cuerpo de un cincuentón; ella, una mujer madura que disfrutaba la estabilidad y el humor de un hombre mayor. Había besos robados, escapadas de fin de semana y una absoluta negación a hablar del pasado. Lidia era reservada, yo era cauteloso.
En la cama, la diferencia de edad desaparecía. Ella era fuego, y yo un incendio reactivado.
Un día, mientras estábamos abrazados en mi apartamento, ella pasó la mano sobre mi barba canosa y susurró: "Siempre me han gustado los hombres con historias." Yo reí, sabiendo que mi historia más incómoda estaba vinculada a su pasado.
La negación se convirtió en nuestro juego. Ella nunca mencionó a Daniel, yo nunca la mencioné a ella.
"¿Tienes hijos?" preguntó una vez.
"Sí, Daniel. Vive en el extranjero. Un arquitecto talentoso, como tú."
"Qué bien," dijo ella, con una sonrisa demasiado rápida, y cambió de tema. La información se había cruzado, pero la verdad seguía agazapada en la oscuridad. Yo asumí que, si lo sabía, le daba igual. Yo la amaba, o al menos, amaba la emoción que me devolvía la juventud.
Me envolví como pulpo sobre sus piernas torneadas, bien estables y duras, sus nalgas se sentaron en mi rostro.
Fue el goce ideal, un gemido, un orgasmo, pidiendo que la penetrara.
Yo quería proseguir, el juego, controlarme, si caía en su petición, no duraría mucho.
Y luego de saborear esas dulzuras, empecé a bucear en su almeja llena de vida.
Se iba acoplando a mí, la alce con fuerza y le de di de alma, para animal, para enfermo. Esas palabras me dieron en el ego para hacer lo contrario y acabar herido, botando todo mi veneno en su cara y sus ojos……….
La burbuja se pinchó cuando Daniel anunció su regreso.
"Vuelvo a Lima, papá. Un proyecto grande. Estoy emocionado de verte," me dijo por videollamada.
Sentí un escalofrío. La llegada de Daniel significaba que dos mundos que yo había intentado mantener separados chocarían de frente.
Decidí contarle a Lidia.
"Mi hijo vuelve el próximo mes," le dije, tomándola de la mano. "Tú sabes quién es. Si esto te incomoda, debemos hablar."
Lidia apretó mi mano. Sus ojos, usualmente brillantes, se nublaron con una tristeza que no entendí.
"Ricardo, eres la mejor persona que he conocido en mucho tiempo. Es solo... sí, lo sé. Pero esto es nuestro ahora." Me aseguró. Yo sentí un alivio estúpido, confiando en la magia del ahora.
Pero a partir de esa conversación, algo cambió. Lidia se volvió distante. Sus llamadas se hicieron esporádicas. Las excusas sobre "demasiado trabajo" eran cada vez más elaboradas. La pasión que nos había unido se estaba drenando como agua por un desagüe invisible. Yo sentía el peso de mi edad y la vergüenza de que, tal vez, ella solo había estado jugando.
El día que Daniel llegó, organicé una cena íntima. Lidia no vino. "Demasiado estresada," me envió por mensaje.
La mañana siguiente, Daniel y yo salimos a desayunar cerca de su antiguo barrio. Mientras tomaba mi café, Daniel me contó algo casualmente, con el tono despreocupado del que ha sanado viejas heridas.
"Sabes, la extraña coincidencia de que estoy aquí es por Lidia."
Mi corazón dio un vuelco. "¿Lidia? ¿La chica de Arquitectura?"
"Sí. Nunca cortamos lazos del todo, papá. Hablamos de vez en cuando. Ella me avisó de este proyecto de Lima hace unos meses. Me dijo que era la oportunidad perfecta para volver a empezar. Me dio el empujón final."
Tragué saliva. "Eso es muy amable de su parte."
Daniel sonrió, un brillo de nostalgia en los ojos. "Sí. Pero lo más loco es esto..." Se detuvo, revisando su móvil. "Anoche cené con ella. Encontramos este lugar nuevo increíble. Me dijo que quería hablar de algo importante en persona. Creo que vamos a volver."
Sentí que el aire se congelaba en mis pulmones. La explicación era clara y cruel: Lidia me había estado dejando desde el momento en que Daniel anunció su regreso. Yo fui un puente, un interludio confortable para llenar el vacío, o quizás una venganza involuntaria contra el hombre que la había lastimado diez años antes.
Nadie me lo dijo. Ella nunca me confesó que me dejaba por él. Y Daniel, mi hijo, jamás sospecharía que el "hombre con historias" que Lidia conoció en su ausencia era su propio padre.
Esa misma tarde, le envié un mensaje a Lidia: Entiendo. Sé por qué te fuiste. Espero que sean felices. Ella respondió con un simple corazón azul.
El final trágico y cómico se reveló dos semanas después. Yo estaba comprando vino cerca de mi casa cuando los vi.
Estaban en la terraza de un café, riendo, sus manos entrelazadas sobre la mesa. Daniel, mi hijo, y Lidia, mi ex-amante. Daniel inclinó la cabeza, y Lidia lo besó suavemente en la frente.
Yo no me acerqué. No rompí la escena. Solo me detuve en la acera, un hombre de sesenta y pico, con mi corazón y mi dignidad hechos añicos.
La tragedia era que perdí a la mujer que me hizo sentir joven. La comedia pícara era que la perdí ante mi propio hijo. Y el final inesperado fue que, en el juego del destino, yo solo fui el calentador de banquillo, el padre del verdadero protagonista.
Me di la vuelta, con mi botella de vino, y caminé de regreso a mi vida organizada, predecible y solitaria. Esta vez, sin la sombra, ni las risas, de Lidia.