lateral22
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Desde que terminé con Denisse, mi ex conviviente, juré no volver a meterme con nadie de su entorno. Esa relación acabó por puro desgaste… los celos la volvieron insoportable. Pero bueno, de todo se aprende.
El tema es Jessenia, su prima.
La conocí cuando todavía estaba con Denisse. Era de esas mujeres que llaman la atención sin hacer mucho: piel clara, cabello castaño, ojos claros, cuerpo bien cuidado. Siempre arreglada, con ese toque elegante y una mirada que te deja pensando.
Ella tenía su vida armada: casada, dos hijos grandes, estudiando en la universidad. Su esposo, al parecer, le había jugado sucio, y ella decidió enfocarse en sus hijos y en salir adelante. Me pedía ayuda de vez en cuando con sus trabajos, yo accedía por cortesía… aunque sí, no voy a negar que me parecía guapísima.
Pasaron tres años, Denisse y yo ya éramos historia. Y de pronto, una noche, me llama Jessenia. “¿Podrías ayudarme con unas tareas?”, me dijo. Acepté, conversamos un rato y al final me soltó: “Qué pena que lo de ustedes no funcionara, pero debiste ser más comprensivo”.
Yo me reí. “No todo fue como te contaron”, le respondí. Y entre ida y vuelta, quedamos para tomar un café.
Nos vimos en un local por Lince. Apenas la vi entrar, me quedé frío. Estaba preciosa. No sé si era el vestido, su perfume o su actitud, pero tenía algo distinto. Conversamos horas, entre bromas, recuerdos y silencios incómodos que decían más que todo lo que hablábamos.
Cuando la dejé en su casa, ya era tarde.
Nos quedamos conversando dentro del carro, y en un momento me dijo:
“¿Qué pensaría Denisse si nos viera así?”.
Le respondí al toque:
“No me interesa, ya no tengo por qué cuidarme de eso”.
Ella sonrió, pero bajó la mirada.
“Solo somos amigos, ¿no?”
“Podríamos ser algo más”, le dije mientras le tomaba la mano.
Me acerqué, casi sin pensarlo, y justo cuando iba a besarla, giró la cara.
“Es muy pronto, olvídala primero… luego vemos”, me dijo suavecito, y me dio un beso en la mejilla antes de bajarse.
Esa noche, ya más tranquilo, le escribí.
Le agradecí por el café, por escucharme, por hacerme sentir bien otra vez. Le dije que desde que la vi entrar, me había removido algo que tenía guardado hace tiempo.
A los minutos me respondió:
“También me gustas… pero sería un error ahora. Sigamos viéndonos, sin apuros. Todo a su tiempo.”
Continuará...
El tema es Jessenia, su prima.
La conocí cuando todavía estaba con Denisse. Era de esas mujeres que llaman la atención sin hacer mucho: piel clara, cabello castaño, ojos claros, cuerpo bien cuidado. Siempre arreglada, con ese toque elegante y una mirada que te deja pensando.
Ella tenía su vida armada: casada, dos hijos grandes, estudiando en la universidad. Su esposo, al parecer, le había jugado sucio, y ella decidió enfocarse en sus hijos y en salir adelante. Me pedía ayuda de vez en cuando con sus trabajos, yo accedía por cortesía… aunque sí, no voy a negar que me parecía guapísima.
Pasaron tres años, Denisse y yo ya éramos historia. Y de pronto, una noche, me llama Jessenia. “¿Podrías ayudarme con unas tareas?”, me dijo. Acepté, conversamos un rato y al final me soltó: “Qué pena que lo de ustedes no funcionara, pero debiste ser más comprensivo”.
Yo me reí. “No todo fue como te contaron”, le respondí. Y entre ida y vuelta, quedamos para tomar un café.
Nos vimos en un local por Lince. Apenas la vi entrar, me quedé frío. Estaba preciosa. No sé si era el vestido, su perfume o su actitud, pero tenía algo distinto. Conversamos horas, entre bromas, recuerdos y silencios incómodos que decían más que todo lo que hablábamos.
Cuando la dejé en su casa, ya era tarde.
Nos quedamos conversando dentro del carro, y en un momento me dijo:
“¿Qué pensaría Denisse si nos viera así?”.
Le respondí al toque:
“No me interesa, ya no tengo por qué cuidarme de eso”.
Ella sonrió, pero bajó la mirada.
“Solo somos amigos, ¿no?”
“Podríamos ser algo más”, le dije mientras le tomaba la mano.
Me acerqué, casi sin pensarlo, y justo cuando iba a besarla, giró la cara.
“Es muy pronto, olvídala primero… luego vemos”, me dijo suavecito, y me dio un beso en la mejilla antes de bajarse.
Esa noche, ya más tranquilo, le escribí.
Le agradecí por el café, por escucharme, por hacerme sentir bien otra vez. Le dije que desde que la vi entrar, me había removido algo que tenía guardado hace tiempo.
A los minutos me respondió:
“También me gustas… pero sería un error ahora. Sigamos viéndonos, sin apuros. Todo a su tiempo.”
Continuará...
