Estar en la universidad es una cosa de arrechos

gnussi98

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Mi paso por la universidad fue fugaz y carente de emoción. No logré forjar amistades duraderas, aunque sí disfruté de algunos polvos pasajeros. Por ello, deseo compartir con el respetable cofrade una corta miscelánea de historias, esperando que sea de su agrado.

La reina de la facultad I

La universidad se erigía en distintas jerarquías estudiantiles como pirámides de poder. Estaban los chancones, los apuestos, los que tenían hartas fichas y claro, la última escala de la pirámide se desplegaba para el resto de estudiantes, entre la cual me incluía, individuos cuyas existencias parecían desvanecerse en la sombra de la insignificancia. ¿Cómo habíamos llegado a compartir los mismos espacios académicos que los vástagos de la élite? Una incógnita que flotaba en el aire enrarecido de los pasillos, mientras las miradas altivas de los privilegiados apenas se posaban sobre nosotros, como si fuéramos meros fantasmas en su universo dorado. A veces me auto reconfortaba oír que estudiaba en la misma universidad que los hijos de varios políticos y empresarios peruanos, incluso varios actores y chicas de la TV de la época se cruzaron varias veces en mi camino, en los pasillos universitarios, obviamente sin siquiera observarme ni mucho menos saludarme.

Mi vida estudiantil transcurría en aquella monotonía resignada, alternando entre las distintas aulas y la búsqueda incesante de cualquier chambita o cachuelo para mitigar la cruda realidad de mi precaria situación económica. En mi afán de buscar nuevas conexiones, pero sobre todo regocijarme en la arrechura que me causaba ver a tanta estudiante hermosa de otras facultades, decidí incursionar en un terreno desconocido: un curso electivo en la facultad de letras. Una elección motivada más por la arrechura que por el interés genuino, buscando llenar el vacío de créditos en mi expediente académico.

Fue entonces cuando mi destino, caprichoso y arrechón, me condujo a cruzarme con Alexandra. Una estudiante de comunicaciones. Alexandra había sido la miss de su Facultad un par de años antes. Su belleza era incuestionable, su cabello castaño y ensortijado, parecía cubierto de un brillo eterno. Su piel blanca y bronceada daba el aspecto de estar siempre en un viaje constante entre Máncora y Lima. Cuando la conocí llevaba ropa veraniega y pude apreciar su cuerpo delicado y esculpido. Era una fascinación para cualquier estudiante verla por los pasillos de la universidad. Su presencia era una fantasía palpable, una ilusión que envolvía a quienquiera que se atreviera a cruzar su camino. Algunos compañeros contaban que su abuelo había sido senador en la época de Belaunde, y tenía, además, ascendencia ítalo-alemana. Sus apellidos compuestos no dejaban duda de ello. Yo la miraba embobado y me sentía tan feliz cuando me dirigía la palabra.

Durante aquel curso coincidió que hicimos un grupo, más que coincidencia, entré casi al caballazo a ese grupo. Entendía que un individuo como yo que apenas ayer había bajado de un pueblito casi olvidado de la sierra peruana no iba a tener nunca el privilegio efímero y casi exclusivo de estar al lado de la dueña de mis pajas nocturnas de aquella época. Durante el tiempo que duro ese grupo, intercambié varias ideas y algunas sonrisas con ella y los demás integrantes. Pude agregarla a las redes sociales de aquel tiempo y estar, al menos, como parte de sus amigos, aunque nuestra supuesta amistad carecía de substancia. Éramos dos seres destinados a habitar universos paralelos y que nuestras vidas seguían caminos divergentes marcados por la distancia insalvable de la clase social. “¡Qué chu.cha!, quizá hasta tenga suerte y por ahí la pulseo”, me repetía a mí mismo. Me conformaba con ser un espectador distante, un observador solitario en el teatro de su vida.

Jamás me atreví a dar un paso más allá, consciente de mi incapacidad para ofrecerle algo en retorno. Carecía del carisma necesario, de la labia seductora que podría cautivar a una chica como ella, y mucho menos poseía la presencia imponente o la pinta de galán que requería su atención. Ni siquiera el dinero podía ser un puente hacia su mundo de opulencia, apenas si podía cubrirme el cuerpo con dos harapos que alguna tía mía me había regalado. Me conformaba con ser un mero espectador de su vida, sadiqueándome con sus fotos en las redes sociales como si fueran las escenas de alguna página erótica.

Viajes a paraísos tropicales como Cancún, Miami y Aruba se sucedían en su galería virtual, donde su figura se deslizaba entre la bruma del mar en bikini y atuendos ligeros. Su vida social, envuelta en un halo de privilegio sutil, era la envidia de todos. Rumores y chismes entre compañeros de curso insinuaban que había desfilado como modelo, incluso se decía que había hecho apariciones en programas de televisión de la época, y su presencia constante en las páginas sociales de diarios y revistas de gente de “clase bien” confirmaban su estatus como una figura destacada entre la alta sociedad limeña. Otros decían que ya su familia estaba en declive, y que ya no eran ni el rastro de lo que alguna vez fueron. Los más sapos decían que Alexandra era una chica fácil y le gustaba meterse sus toques, en las fiestas de su facultad.

Nuestra interacción durante aquel breve lapso compartiendo una única clase fue escueta. Alexandra no destacaba por su brillo intelectual, por lo que confería a nuestras conversaciones una simplicidad que fluía sin esfuerzo. Contaba que había estudiado en uno de los colegios más exclusivos de Lima, pertenecía a lo que en aquel tiempo se auto denominaban “la gentita”.

El semestre llegó a su término, como tantos otros, sin penas ni alegrías para mí. Tras aquel curso, nuestros encuentros se redujeron a escasos cruces por los pasillos universitarios, quizás acompañados de un par de diálogos sin importancia. Así, cada uno emprendió su propio rumbo en el torbellino de la vida.

Más de una década después de aquellos fugaces encuentros, me encontraba establecido en Alemania. Mi carrera profesional no iba mal, adaptándome al ritmo de vida teutón y expandiendo mis horizontes tanto académicos como laborales. Una nueva oportunidad se presentaba ante mí: dirigir un departamento recién creado. Aunque claro, yo sería director, asistente y hasta el propio conserje de este nuevo departamento y con la promesa de independencia y la posibilidad de explorar distintos lugares en modo de hueveo, o como se le conoce normalmente: viajes de negocios, financiados generosamente por la empresa.

En medio de este vendaval de cambios, una etiqueta en una foto de una ponencia que había hecho en España me devolvió a mi pasado estudiantil en Lima. Un mensaje breve de Alexandra, una presencia que había permeado mi ser durante años, como las gotas que forman una estalactita de deseo en las profundidades de una cueva.

"¡Hola! ¿Recuerdas quién soy?".

Al leer esas palabras en mi pantalla, resonó en mi mente la voz distinguida de la chica de cabellos dorados, con ese acento propio de la pituquería limeña que, por alguna razón, muchos intentaban emular en mis años universitarios. ¿Cómo olvidarla? Cada paja dedicada a ella estaba grabada en mi memoria como un eco lejano en la vastedad del tiempo.

Nos pusimos al día rápidamente. Ella estaba cursando una maestría en España y expresó su interés en entrevistar a algún directivo de la empresa para la que yo trabajaba. Un gesto de cortesía se formó en mi mente, pero como bien puede percibir el respetable cofrade, mis pensamientos se dirigieron de inmediato a cómo sacar provecho de esta situación.

Después de aquel breve encuentro virtual, conversamos largamente, me contó que estaba algo cansada de vivir en Perú y había buscado un empleo en España, pero el salario allá no era muy diferente a lo que podría recibir en Perú. Yo le decía que aquí en Alemania el salario era mejor, la calidad de vida insuperable y las flores hasta brillaban en primavera y cualquier paja mental que se me podría ocurrir en ese momento. Trataba de manipular su empatía hacia mí y empezaba a tener éxito en ello.

Utilizaba algunos halagos y elogios sutiles para realzar su “empoderamiento femenino” y su brillantez académica. Me presentaba a mi mismo como una figura experimentada en el ámbito laboral y académico, ofreciéndome a ayudarla no solo con la entrevista que tan deseosamente quería hacer sino también con ayudarle a conseguir un trabajo muy bien remunerado cuando termine su post-grado. Fue en esa vorágine de floro barato que decidí pactar un encuentro con ella en España. Los siguientes días me dediqué a planificar encuentros disforzados con socios comerciales y clientes desubicados, proponiéndoles encuentros urgentes para conversar nuestros últimos desarrollos y un sinfín de mejoras que casi la mayoría aceptaba con bastante ánimo.

Cuando viajé allá, lo primero que hice fue alquilarme el auto más caro y lujoso que podía brindarme el concesionario y, claro, un hotel que hasta yo mismo me quedé impresionado. Una parte de mi tenía algo de temor de la gran puteada que me esperaría luego cuando el departamento contable vea el estado de cuenta de la tarjeta, pero en ese momento mi mente estaba enfocada en los labios de Alexandra, acariciar sus rizos de oro y casi orando para que pueda tener al menos un polvo memorable con ella. Mi sique trataba de justificar mi conducta con relativo éxito, pero eso solo escondería verdades subjetivas para justificar mi conducta.

La diferencia entre el amor o cariño que pude sentir por los distintos amores ocasionales o duraderos distaban en la obsesión que me consumía por Alexandra, una pasión meramente arrechante que se alimentaba únicamente por un deseo carnal e incontrolable. Ansiaba consumar mis más oscuros pensamientos y anhelos hacia ella, sintiendo el poder que me confería la suerte o tal vez la ironía de un destino caprichoso o quizá la mera casualidad de un cholito pendejo o un Paco Yunque moderno con ganas de comerse un Humberto Grieve en versión femenina y completamente estilizada y que además podía permitirse aquellos lujos sin gastar un centavo en ello.

El cofrade que ha pasado por una situación similar, navegando por los mares del deseo casi animal, comprenderá que a veces este deseo o enchuchamiento puede convertirse en una fuerza destructora, cosificando al otro como un mero medio para la satisfacción personal.

Después de instalarme en aquel lujoso hotel, retomé mi rutina de chamba con la misma determinación de siempre. Al segundo día, concerté una cita con Alexandra. Le ofrecí recogerla en su apartamento o en la universidad, deseando impresionarla con aquel auto ostentoso para confirmar la seriedad de mi propuesta, tanto en relación a su entrevista como a una posible posición en la empresa.

Cuando la vi, Alexandra irradiaba una belleza deslumbrante. Aunque ambos rozábamos la base tres, al verla enfundada en un vestido floreado de verano y contemplar sus pechos y ese culito que tanto había anhelado en mi juventud, parecía como si el tiempo no hubiera dejado huella en ella. Nos abrazamos con la familiaridad de viejos amigos y partimos. Había reservado una mesa en uno de los restaurantes más fancy de la ciudad, buscando crear un ambiente propicio para mis planes con ella.
 
Última edición:
La reina de la facultad II
Entramos al restaurante con la seguridad ensayada que da el dinero cuando no es tuyo. Ella iba ligeramente maquillada, con el cabello suelto y un vestido que parecía gritar verano pese a los cielos grises de Madrid. Nos sentaron en una mesa junto a la ventana, y pedimos una botella de vino sin mucha discusión. Ella aceptó con una media sonrisa, como si ya supiera que esa noche no terminaría temprano.

Yo hablaba con propiedad, usando palabras técnicas y conceptos que ella no parecía entender del todo, pero asentía con interés. Cada tanto, dejaba que sus ojos se perdieran en los míos con una mirada que yo no sabía descifrar del todo. ¿Estaba coqueteando o solo actuaba por inercia?

Tú siempre fuiste misterioso —me dijo de pronto, mientras sostenía la copa con una elegancia que parecía heredada, no aprendida
Nunca supe mucho de ti en la universidad. Solo que eras... diferente.

Diferente, claro. Un florazo educado para decir “misio”. Pero no me ofendí. En su tono no había desprecio, solo una especie de nostalgia. Me limité a sonreír, y brindamos. Por el reencuentro. Por las vueltas de la vida. Por las segundas oportunidades.

Ella empezó a hablar de su vida en España. De lo caro que era todo, del alquiler, del máster. De lo jodido que estaba el mercado laboral para una comunicadora sin contactos reales. Se quejaba con soltura, sin dramatismo. Lo suyo era más bien una resignación elegante, casi hereditaria.

¿Y tú? —preguntó luego—. ¿Tú sí la hiciste, no?

Asentí. Le hablé un poco más de mi trabajo, sin entrar en detalles. Quería mantener el misterio. Sabía que mientras menos supiera, más imaginaría. Y la imaginación siempre es más generosa que la realidad.

Terminamos la cena sin apuro, como si el tiempo se hubiera diluido en la conversación. Le propuse ir a bailar. Ella se rió.

¿Discoteca? Hace tiempo que no voy a una —dijo—. Pero bueno… contigo puede ser divertido.

El “contigo” me sonó a permiso. A que había cruzado una línea invisible que antes estaba vedada. Salimos del restaurante y subimos al auto. El motor rugía como un tigre mimado, y ella me miró con complicidad.

No pensé que fueras de los que se da estos gustos —comentó, tocando con la punta de los dedos el tablero del auto—. La gente cambia.

O se adapta —respondí.

Elegí un lugar que había investigado desde antes del viaje. Un club elegante pero no demasiado formal, con música comercial y luces que daban una atmósfera de perpetua adolescencia. Alexandra se movía como pez en el agua, saludando a un par de conocidos y captando, como siempre, las miradas de los hombres.

Yo me mantuve cerca, sin ser posesivo. Sabía que su mundo era el centro del lugar, y que yo solo era, en el mejor de los casos, el acompañante que se había ganado el derecho a observar desde la primera fila.

Bailamos. Ella se movía con naturalidad, sin esfuerzo. Su cuerpo tenía esa armonía que solo se consigue con años de mirar cómo te mira el mundo. Se reía, cerraba los ojos, se dejaba llevar por el ritmo como si cada canción fuera una pausa a sus preocupaciones.

Cuando nos sentamos a descansar, sacó de su bolso una pequeña bolsita plástica. Miró a los lados, como en automático.

¿Tienes baño privado en el hotel? —preguntó, sin siquiera mirar la bolsita.

Asentí. Ella sonrió.

—Perfecto. Entonces nos vamos cuando quieras

El camino al hotel fue silencioso. Pero no incómodo. Ella bajó la ventana del copiloto y dejó que el aire fresco le golpeara el rostro. Yo la miraba de reojo, tratando de no parecer ansioso.

Subimos a la habitación y ella se descalzó apenas entramos. Se tiró sobre la cama como si fuera suya. Yo me senté en el borde del sofá, con el corazón latiendo rápido pero el rostro tranquilo.

Sacó su bolsita y me miró.

—¿Tienes una tarjeta?

Le di mi tarjeta de acceso al cuarto. Ella la usó con naturalidad, mientras hablaba de una amiga suya que vivía en Berlín y se había casado con un músico argentino.

No era la primera vez que veía hacer eso. Aunque en verdad, no la había visto nunca en acción. Todo lo que sabía lo había aprendido por los chismes de la universidad, por los mitos que tejíamos los demás en torno a ella.

Me ofreció. Dudé por unos segundos. Pero acepté. Esa noche era suya, y yo solo quería estar a la altura de su vértigo.

Las horas siguientes fueron un carnaval de risas, música, videos absurdos en el celular, confesiones a media voz y una química que no necesitaba alcohol ni palabras para encenderse.

Nos besamos en algún momento, entre canción y canción. Fue un beso suave, más juguetón que pasional. Luego vino otro, más largo, más entregado.

Alexandra tiró la bolsita vacía a la basura. Yo había venido más que preparado y saque un origami del bolsillo, que había comprado por recomendación de un marroquí. Alexandra me quedó mirando estupefacta, yo empezaba a sentir los efectos de lo que había esnifado antes. Alexandra metió su dedo al origami que yo había traído y rápidamente tiró su cabeza hacia atrás.

Puta mare, esta si es de la fina, ¿no?

Me fui al baño y por primera vez tomé un cialis, pensando en no dormir aquella noche.

Cuando volví a la cama, nos besamos nuevamente, esta vez con más pasión. Y después, sin muchas palabras, nos fuimos desnudando lentamente.

El sexo fue torpe al inicio, como suelen serlo los encuentros largamente idealizados. Pero después de unos minutos, nuestras pieles encontraron su idioma. El efecto del origami hacía que mi mente volara en mil pedazos y combinado con el cialis, mi pinga estaba tan dura que hasta me causaba dolor, mi glande parecía más grande lo normal.

Alexandra metió su mano debajo del pantalón y apretó mi pinga con una furia contenida.

—¡Qué rica pinga tienes! —dijo, casi en broma, casi en serio, luego agregó:

—Nunca me he cachado un cholo, dicen que cachan rico.

No sabía si reírme o tomarlo como cumplido. Casi le arranqué la ropa de un tirón. Me abalancé hacia su conchita, tenía algunos pelitos, pero mi lengua pudo encontrar rápido el camino.

Alexandra gemía, me jalaba los cabellos, como queriendo despegarme de su concha, pero en el estado que yo estaba, no sólo metía mi lengua sino mis dedos, y ella se humedecía hasta encharcar el colchón.

Cuando quise ponerme el condón, noté que el condón apenas si podía entrar en mi pinga, mi pinga se veía enorme, no se si era el efecto de la coca, del cialis o la combinación de todo lo que había consumido esa noche.

—¡Qué chu-cha!, dijo Alexandra. Peladito es más rico, agregó.

Y sin mucho afán, la penetré de un solo movimiento.

Alexandra dio un grito que hasta pensé que iba a llegar alguien, pero no. Su cuerpo delgado y flexible colocó sus piernas en mis hombros y empecé a darle duro. Sus pechos pequeños se movían ante cada una de mis embestidas, los chupé, los mordí con una arrechura contenida.

—No me vayas a dejar marcas en las tetas, huevón, dijo casi suplicando, pero ya era tarde. No sólo mis embestidas eran fuertes y casi violentas, sino que mordía sus pezones y chupaba sus tetas como si ese fuera la última vez que posea a una mujer. Que delicioso fue venirse dentro de ella.

Cuando terminamos, se quedó en la cama, mirando el techo.

No te creas importante por esto —dijo, casi en broma.

Nunca lo fui.

Me caes bien —añadió—. Eres... auténtico. Y eso es raro.

Quise preguntarle si sentía algo. Pero me contuve. Sabía que, si lo hacía, rompía el hechizo.

Nos quedamos en silencio. Yo me paré a servirme un vaso de agua. Ella armo un par de líneas en un plato y me ofreció uno. Lo acepté. Era la primera vez en años que esnifaba esa huevada, pero esa noche todo parecía permitido.

Me habló de su mamá. De cómo no le había contado nada de sus problemas económicos. De cómo seguía posteando fotos en Instagram como si viviera en una eterna primavera de opulencia.

Es lo único que me queda. El personaje.

La miré con ternura. Esa vulnerabilidad no era fingida. Pero también sabía que solo me la prestaba por unas horas. Al día siguiente volvería a ponerse su armadura.

A pesar de que me había venido a borbotones, mi pinga continuaba dura, durísima.

—¿Te has metido un “pitufito”, no?, dijo, y se cagó de risa.

Nuevamente agaché a chuparle la concha, su aroma a sexo y semen me llegaban al cerebro. Alexandra se volteó y me entrego la vista a ese culito pequeño. En esa posición abrió su conchita con los dos dedos y me invitó a explorar dentro de ella. Yo no solo le chupaba la concha, sino que empecé a saborear ese anito, ese culito arrugadito como si se tratase de una flor cerradita, esperando el momento preciso. Nuevamente, algo dentro de mí se encendió y ya le chupaba el culo como queriendo entrar cada vez más dentro de ella.

Escupí en su culito e intenté meter primero un dedo, pero Alexandra dio un salto.

—¿Qué quieres hacer?, preguntó jadeando.

—Quiero metértelo por el culo, le solté.

—No, estás loco, eres pingón, me va a doler.

—Te juro que solo la puntita, por favor déjame,
le dije casi rogando.

-La puntita, huevón, con esa cabezota me vas a romper el culito, lo dijo riéndose.

Alexandra se echó boca abajo.

—Despacio, por favor.

Saqué un lubricante que había llevado y efectivamente, fue difícil entrar por ese culito, pero, mi pinga empezaba a entrar de a pocos, mientras que Alexandra estrangulaba con sus manitas las sábanas y cerraba los ojos aguantando el dolor.

Cuando estuvo casi toda mi pinga dentro, me ordenó:

—No te muevas, déjala ahí un rato.

Mi pinga parecía estar siendo estrangulada, la sensación de ese culito era indescriptible.

Poco a poco empezaba a moverme, a sacar y meter mi pinga. Alexandra gemía con una mezcla de placer y de dolor.

—Qué rico me rompes el culo, cholo conchetumadre, me dijo entre sollozos.

Fue entonces que empecé a embestirla más fuerte como queriendo realmente romperle ese culito. Alexandra gemía, gritaba, su rostro era una mezcla entre saliva mía, de ella, sudor y lágrimas.

—Espera, por favor, me dijo.

Yo con la pinga dentro de ella, no sabía que quería,

—Pásame más coca y la botella, me ordenó.

Alexandra esnifó con furia dos veces y se zampó medio vaso de whisky sin contemplaciones.

Cuando la vi, su mirada estaba perdida, su maquillaje corrido y su rostro todo húmedo.

La tiré con furia en la cama, pero estaba vez de frente. Ella abrió sus piernas de par en par y yo aun no me había saciado de su culo y en esa posición la penetré analmente, nuevamente.

Alexandra era insaciable.

—Cáchame así serrano de mierd@. Eso te gusta, ¿no conchetumadre?

Con mis manos empecé a ahorcarla y la muy puta parecía disfrutarlo más. Le escupí en el rostro que estaba ya todo rojo por la presión de su cuello y ella parecía resistirse, cuando presioné un poco más ella me hizo un además que ya no podía respirar. Le quité la pinga del culo y sin miramiento alguno se lo metí en la boca, pensando que se iría a negar, pero no. Me lo chupó con unas ansias y me vine otra vez en su boca. Alexandra se tragó hasta la última gota de mi semen.

Esa noche, no dormimos, cachamos, chupamos y nos acabamos todo el paquete de coca.

Cuando amaneció, apenas si descansamos un par de horas. Desperté con una ligera resaca y el cuerpo entumecido. Ella ya estaba vestida, sentada en la ventana, con el celular en la mano.

—Tengo una reunión en la tarde. Pero gracias por todo.

Asentí, sin saber bien qué decir. Se acercó y me dio un beso rápido, casi como despedida. No fue frío. Pero tampoco fue una promesa.

La acompañé hasta el ascensor. Nos abrazamos y se fue. No volvió a escribirme ese día. Ni al siguiente.
Volvimos a hablarnos algunas veces. Me pidió ayuda con un contacto para una empresa alemana. Le conseguí una entrevista.

Pasaron tres, cuatro días. Yo seguí con mis reuniones, mis informes, mi trabajo. Ella seguía publicando historias en sus redes, como si nuestra noche nunca hubiera ocurrido.

Me sentí usado. Pero al mismo tiempo, no podía culparla. Yo también había entrado en ese juego sabiendo las reglas. El problema es que, en el fondo, esperaba una excepción.

Volví a Alemania con una mezcla de orgullo herido y una satisfacción amarga. Había conquistado un recuerdo, pero no una historia. Alexandra siguió en mi mente por semanas, como un eco que se negaba a apagarse.

Tiempo después, supe que se había mudado a otro país. Una amiga en común me dijo que estaba probando suerte en Milán. Que andaba saliendo con un tipo que trabajaba en moda. No sentí celos. Solo una nostalgia hueca.

La reina de la facultad seguía siendo inalcanzable. Incluso después de haberla tenido.

A veces, en las noches más frías, cuando la nieve cae y el silencio es absoluto, me sorprendo revisando su perfil, buscando alguna señal, alguna imagen, alguna prueba de que aquello no fue solo una ilusión compartida.

Pero no hay nada.

Solo quedan sus mensajes. Mis recuerdos. Las que ahora escribo, para no olvidarla. O tal vez, para convencerme de que alguna vez, aunque sea por una noche, fui parte de su cuento.

Alexandra se casó, su matrimonio fue un acontecimiento en las páginas de sociales en esa Lima olvidada.
Una tarde de verano, un amigo del servicio diplomático me invitó a una fiesta en la embajada de Perú en Milán. No suelo ir a esas cosas, pero algo me empujó a aceptar. Era una noche templada, con vino bueno y conversación banal. Entre brindis y bocaditos gourmet, en medio del salón, vi que los invitados comenzaban a voltear la mirada.

Era Alexandra. Y su esposo.

Ella con un vestido de gala rojo que la hacía parecer una actriz de cine. Él, alto, bien vestido, de esos tipos que ya nacen con un whisky en la mano. Oí decir que le habían dado un consulado honorario. "Una pareja perfecta", susurró alguien cerca de mí.

Cuando me vio, Alexandra me reconoció de inmediato. Caminó hacia mí con esa misma seguridad de siempre, me abrazó como si fuéramos amigos entrañables, y me dio un beso en la mejilla. Me presentó a su esposo como "un compañero de la universidad, uno de los más brillantes".

Conversamos unos minutos. Ella estaba en control de todo. De sus palabras, de su sonrisa, de su imagen. No me preguntó nada de mi vida, y yo no ofrecí mucho. Nos despedimos con otro beso rápido.

Nadie se percató de mi presencia cuando me fui del evento. Salí solo, por la puerta lateral, mientras en el fondo sonaba un vals criollo interpretado por un cuarteto de cuerdas.

Caminando por las calles silenciosas de Milán, me vino a la mente esa imagen imborrable de los pasillos de la universidad, donde Alexandra era reina. Una soberana sin corona, pero con todo el poder de su belleza y clase. Una mujer que había conquistado cada escenario que pisó, incluyendo, fugazmente, el de mi vida.

Quizá, pensé, la verdadera nobleza de esa reina no estaba en su linaje ni en su apellido compuesto, sino en la capacidad que tuvo de dejar una huella en cada uno de sus súbditos, incluso en los que, como yo, nunca fuimos parte de su corte.
 
Última edición:
Buen relato
 
Que buen relato, bien contado como una novela
 

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