Como la guerra en Ucrania me hizo ver lo que desconocía

Cofra @gnussi98, este relato sobre las ucranianas está buenísimo... seguimos esperando que cuente lo que pasó con Natalia en Alemania
 
@gnussi98 por favor continue con el relato
 
Viví en Alemania durante casi diez años. Mi último apartamento quedaba en las afueras de Frankfurt, en una zona de casas bajas y calles tranquilas que olían a flores por las mañanas y a leña en invierno. Era una ciudad más ordenada, menos visceral que Ámsterdam. Todo estaba regulado, predecible, incluso el deseo. Allí conocí algunos amoríos con la que compartí cervezas, planes a futuro y distintos caches, sesiones amorosas que a veces duraban apenas minutos y otras que duraban varios días. Con cada una de ellas aprendí a seguir instrucciones, a separar los residuos, a bajar la voz. Pero fue en Ámsterdam donde descubrí que el deseo, cuando se suelta, no se disculpa.

Con Sveta, las cosas eran distintas. No era solo sexo. Había ternura, ternura de la buena, de esa que se mete en los huesos. Empecé a imaginar cosas: una casa compartida, cenas familiares, tal vez hasta un perro. Incluso pensé en aprender ruso, para poder entender mejor a su madre o leer cuentos al pequeño Dima en su idioma. Era una idea torpe, sí, pero me hacía ilusión.

Hasta que unos días después de su partida a Ucrania recibí su mensaje.

“Estoy en casa de mis padres, todo bien, Dima feliz. Quería decirte algo... decidí pasar las fiestas con el padre de Dima. Hablamos mucho y pensamos en intentar otra vez. No fue fácil decirte esto. Perdón.”

Me quedé mirando la pantalla por largos segundos, como si las palabras fueran a cambiar solas. Después, solté el celular sobre la mesa y respiré hondo. No me rompí. No grité. No granputeé a nadie. Solo me quedé ahí, pensando, con la misma cara de huevón con la que salí de mi pequeño pueblo en la sierra. La verdad es que me había hecho ilusiones, sí. Había empezado a quererla. Pero también era cierto que mi vida estaba hecha de historias así: mujeres que aparecían como ráfagas, me sacudían, me enseñaban algo, y luego se iban o yo me iba.

No podía detenerme. No sabía cómo. Aprendí hace años que el movimiento es mi único consuelo.

Fue entonces que recordé a Natalia. Su cuerpo pequeño bajo mi abrigo, su acento dulce, su mirada fija como si nada le diera vergüenza. Recordé nuestra charla en el supermercado, mi propuesta medio en broma, medio en serio, y cómo me había dicho que sí sin siquiera titubear. Como si supiera algo que yo no.

La escribí. Le pregunté si quería venir a casa. Aceptó.

Esa noche, el invierno se sentía distinto. Compré vino caliente, de esos que venden en botellas oscuras. Cuando llegó, traía un suéter beige que dejaba uno de sus hombros al descubierto y un pantalón ajustado que parecía pintado sobre su piel. Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y me dedicó una de esas sonrisas traviesas, como de niña etérea, las que vienen cargadas de promesas.

Hablamos como pudimos. Usamos el traductor del celular. Escribíamos frases torpes que luego nos leíamos entre risas. Las palabras no importaban tanto. Su manera de mirarme ya era lenguaje suficiente.

Natalia tenía un aura peligrosa. Algo entre niña-mujer y diosa pagana. Su boca carmesí, húmeda, parecía hecha para ser adorada. Su piel blanca, apenas cubierta por la tela, me provocaba una ansiedad dulce y sobre todo una arrechura terrible. La deseaba con tanta urgencia que me asustaba un poco, no por su intensidad, sino por lo fácil que me resultaba justificarla.

Después de la segunda copa de vino caliente, se acercó. Me miró. No pidió permiso.

Nos besamos. Largo. Sin interrupciones. Sus labios sabían a canela y algo más, algo salvaje. Mis manos buscaron su cintura, su espalda, su cuello. Cuando intenté llevar la noche más lejos, Natalia se apartó suavemente. Me miró y sonrió.

Better in the trip, —me dijo. “You wait?”

Asentí. No dije nada. Solo le acaricié el rostro y la llevé a casa. Su acento, su escaso inglés sólo me ponía la pinga aún más dura.

Dos días después, salimos en mi auto rumbo a Alemania. Le había dicho que íbamos a visitar tres de los mercados navideños más hermosos del país. Ella asintió, emocionada. Empacó una pequeña mochila. Yo, por mi parte, pedí una semana de vacaciones en el trabajo. Había algo ceremonial en todo aquello: dos fugitivos del deseo, cruzando fronteras en pleno invierno, en busca de luces, vino, dulces y quizás algo más.

No sabía qué pasaría. No necesitaba saberlo.

Sabía que esta historia ya era otra, completamente nueva. Y yo estaba listo para escribirla con ella.

Manejamos casi cuatro horas rumbo al sur, dejando atrás el caos húmedo de Ámsterdam. El auto se deslizaba sobre la autopista flanqueada por campos y bosques cubiertos de nieve. El aire era nítido, y cada tanto, Natalia giraba la cabeza para mirar por la ventana, con esa mezcla de asombro y expectativa de alguien que está construyendo un recuerdo sin saberlo.

Me contó que había terminado la universidad hacía unos meses. Informática. Hablaba con un entusiasmo sereno sobre programación, bases de datos y proyectos personales, aunque lo hacía en un inglés salpicado de pausas. Me gustaba verla hablar, mover las manos con gracia, su voz suave, casi susurrante. Me dijo también que su madre era rusa, que cuando estalló la guerra decidió volver a Moscú. Natalia, aunque ucraniana por nacimiento, sentía mayor vínculo con Rusia que con Ucrania. A diferencia de Sveta, que arrastraba una rabia silenciosa contra todo lo ruso, Natalia era ambigua, compleja, como si llevara los dos mundos dentro y no supiera cuál elegir.

Llegamos al pequeño pueblo alemán cuando el cielo ya estaba empezando a oscurecer. Todo parecía sacado de una postal: casas con tejados cubiertos de nieve, luces cálidas colgando de los balcones, el aire denso de leña quemada y pan recién horneado. Había reservado un Airbnb a las afueras, una casa de madera con techos inclinados, ventanales enormes y una chimenea que encendimos de inmediato.

Apenas cerramos la puerta, no hubo tiempo para palabras.

Nos devoramos.

La nieve seguía cayendo fuera, pero adentro el calor era otro. Natalia se desnudó lentamente frente a mí, sin decir nada, pero sin ocultarse. Su piel blanca brillaba bajo la luz naranja de la chimenea. Sus pezones, pequeños, rosados, se endurecieron apenas el aire tocó su torso. La blusa se deslizó por sus brazos con un movimiento preciso, casi ceremonial. Me miró con una mezcla de dulzura y lujuria, mientras le bajaba sus jeans lentamente, dejando ver la curva perfecta de sus caderas y la tensión suave de sus muslos.

Mi piel color puerta contrastaba brutalmente con la suya. Nos unimos como extremos opuestos de un mismo deseo. La besé con hambre, tomándola por la cintura, deslizando mis manos por su espalda tibia. Natalia gemía bajo mi boca, con esa forma pausada, casi inocente, que en realidad era pura provocación. Me agaché aparatosamente, observé su conchita depilada, me embriagué con su sabor y su aroma, quise seguir chupándole la conchita tan hermosa que tenía, pero ella se montó sobre mí, su cuerpo delgado moviéndose con un ritmo feroz pero delicada, como si supiera exactamente cómo romperme por dentro.

Cachamos sobre la alfombra, luego contra la pared, después en la cama del segundo piso. Toda la noche fue una sucesión de jadeos, risas entrecortadas y silencios húmedos que decían más que cualquier frase.

Durante los tres días siguientes, apenas salimos de la casa. El aire helado del exterior era un contraste salvaje con la temperatura dentro. Cada rincón del Airbnb fue testigo de una nueva entrega: la ducha empañada, el suelo junto a la estufa, la escalera de madera crujiente. A veces usábamos el traductor del móvil para decirnos cosas sucias, que nos hacían reír y excitar al mismo tiempo. Era joven, sí, pero no tenía reservas. Su boquita pequeña se atragantaba con mi pinga y hasta me hacía doler un poco, pero se sentía riquísimo. Y yo, cada noche, me volvía adicto a su manera de moverse, de mirar, al aroma y al sabor de su conchita, de su piel, era como si yo rejuveneciera cada vez que estaba dentro de ella.

Tras ese paréntesis, retomamos el viaje. Visitamos otros dos mercados navideños: uno en Colonia, junto a la catedral, con olor a almendras caramelizadas y vino caliente; y otro en Nürnberg, con un carrusel antiguo y un organillero que tocaba villancicos a cambio de monedas. En cada lugar, nuestra pasión seguía encendida, casi indomable. Dormíamos poco, comíamos tarde, y cachábamos con una intensidad que a veces rayaba en lo espiritual.

Cuando volvimos a Ámsterdam, ella regresó a casa de su tía. Los días siguientes nos encontrábamos casi cada noche. A veces ella cocinaba algo sencillo en mi apartamento, otras simplemente bebíamos vino y terminábamos en la cama, sin más. Nos volvimos habituales el uno del otro, aunque nunca lo dijimos. No lo necesitábamos.

Así pasaron varias semanas.

Una noche cualquiera, después del sexo, mientras compartíamos una copa de vino en la cocina, Natasha revisaba su celular y soltó con naturalidad:

—Sveta back, yesterday. She in Amsterdam now.

Sentí un estremecimiento frío que me bajó por la espalda. Ella no lo sabía. No tenía idea de lo que Sveta y yo habíamos sido. Natalia hablaba con total inocencia, como quien menciona a una conocida lejana. Yo me limité a asentir, mudo, bebiendo un sorbo largo mientras el recuerdo de Sveta se abría paso, una sombra antigua irrumpiendo en el presente. Recordé el culo de Sveta, como lo lamía y lo golpeaba, los piercings de su pecho y en conchita. Recordaba como la ataba y el castigo que le infringía cada vez que cachábamos y como gemía de dolor y de placer. La primea vez que se lo metí por el culo y como aquella vez que quise hacer lo mismo con Natasha pegó un grito de dolor.

No dije nada en ese momento.

Pero esa noche, cuando Natalia se quedó dormida a mi lado, yo me quedé despierto. Mirándola. Pensando.

Sveta había vuelto.
Pero yo… yo ya no era el mismo.
 

Users who are viewing this thread

Atrás
Arriba