Tiempos de matiné, vermouth y noche
1869
Salas como las del Cine-Teatro Colón o del Orrantia fueron templos del séptimo arte cuando no existían los multicines, el DVD ni Blu Ray y menos Netflix. Durante décadas acogieron a generaciones de espectadores que transitaron por ellas para disfrutar sus películas favoritas. No obstante, los espectáculos cinematográficos que albergaban ahora solo pueden ser imaginados. Hoy el Colón se ve deslucido, mientras que el Orrantia se ha convertido en una iglesia evangélica. He aquí un breve recuerdo, lleno de nostalgia, de sus épocas de gloria y su insospechado desenlace.
Por: Jamilie Cubas y Almendra Sánchez
La primera vez que Amparo Panebra vio una película en el cine, tenía nueve años. El écran gigante, oculto entre los telones, se imponía ante unos espectadores cautivados por la magia de la ficción. “Todo lo que veía me parecía impactante: la gran pantalla, la disposición del espacio, las butacas. Mi mamá, mis hermanos y yo íbamos los fines de semana, cuando había ofertas, y nos sentábamos en la parte de arriba, en mezanine, porque era más barato”, cuenta con nostalgia la auxiliar de limpieza. Han pasado casi cincuenta años de aquel momento y su recuerdo del antiguo cine Susy, de San Juan de Miraflores, se conserva nítido.
Las generaciones previas a los multicines, que aparecieron en el país en los noventa, disfrutaron los clásicos
Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen;
Operación Dragón, con Bruce Lee; o
El Resplandor, protagonizada por Jack Nicholson, sin el efectismo de nuevos formatos como el 3D o XD de por medio. Cuando no existía el VHS ni el DVD, menos el Blu-ray, en una sola sala podía proyectarse la misma película por meses. “Por ejemplo, en el cine San Martín y en el Metropolitan, pasaban cintas mexicanas; en el City Hall, las hindúes”, comenta Isaac León Frías, crítico y fundador de la gran revista
Hablemos de cine. Amparo particularmente prefería estas últimas. Recuerda haber visto
Madre India junto a su familia en el Susy: “Como no teníamos televisión, iba a ver películas hindúes al cine con mis hermanos. Todos llorábamos”.
MEMORIAS. El crítico de cine Isaac León Frías recuerda los años en los que una película permanecía meses en la misma sala.
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Ir al cine era una de las actividades predilectas de muchos peruanos, como Amparo o Isaac, que crecieron en los sesenta. Pero antes que ellos, hubo otros que quedaron fascinados con la maravilla de las imágenes en movimiento: la primera proyección pública del vitascopio en Lima fue el 3 de enero de 1897, a la que asistieron el presidente Nicolás de Piérola y sus allegados.
Después, llegó el cinematógrafo al Perú y, a partir del siglo pasado, los cines empezaron a poblar la capital. Estos eran muy distintos a los actuales: mucho más grandes, glamurosos y con una arquitectura que destacaba entre las construcciones aledañas. “Por aquellos años, Lima vería aparecer nuevas edificaciones que sobresalieron en un perfil urbano relativamente homogéneo. Gracias a su desarrollo físico, aquellas salas (de cine) ganarían presencia urbana con la altura de sus fachadas y el crecimiento de su volumetría”, explica el arquitecto Víctor Mejía, en su libro
Ilusiones a Oscuras.
Uno de estos casos fue el del Cine-Teatro Colón, que se inauguró en 1914 e inicialmente estuvo dedicado exclusivamente a la actividad teatral. La gran sala ubicada en los alrededores de la Plaza San Martín y al lado del Club Nacional, en el Centro de Lima, era el lugar preferido de la aristocracia capitalina que, con sus mejores galas, iba a deleitarse con las puestas en escena más comentadas de la ciudad. Así lo cuenta la edición del 24 de enero de 1914 de la revista
Variedades: “Constituyó un verdadero acontecimiento social y artístico respondiendo a la réclame y a las encomiásticas referencias que de ella se tenía. La compañía de la distinguida y hermosa actriz mexicana, señora Virginia Fábregas, ha satisfecho al excelentísimo público que ha llenado desde el estreno todas las noches la elegante sala del Teatro Colón”.
Por el escenario de “la Bombonera de la Plaza San Martín”, como la llamaban los críticos, pasaron varias compañías internacionales, entre las que destacaron españolas, argentinas y peruanas. A finales de los veinte, se convirtió de forma permanente en una sala de proyección cinematográfica. Y en 1929, alcanzó mayor fama al exhibir la primera película sonora,
El Capitán Calaverón.
Las primeras salas de cine, que destacaban por su ambicioso y cuidado diseño arquitectónico, se concentraron en el Centro de Lima. Ejemplo de ello es el mítico Cine Metro, también ubicado en la Plaza San Martín. Y fue a partir de 1940 que los flujos migratorios del campo a la ciudad redibujaron los límites de las locaciones de las salas. Los diarios de la época anunciaban una nueva propuesta frente a los tradicionales cines de estreno: los de barrio, aquellos que se encontraban en zonas residenciales de los distritos de clase alta, media y popular, como Leuro (Miraflores), Astor (Barrios Altos), Diana (Rímac) o Nacional (Jesús María).
PASADO. El Teatro Colón rebosaba de vida a mediados de siglo XX. FOTO: Wikicomms/Cuncemaille
Todos estos cambios hicieron que los cines, antes relacionados con las clases acomodadas, sean más accesibles al público en general. Sin limitaciones económicas de por medio, la únicas preocupaciones eran qué película elegir o con quién ir a verla. Se propagaron tanto que para 1954 había 253 cines en todo el país, según un registro de la Unesco. Por su parte, a partir de los sesenta, el Cine-Teatro Colón dejó de ser un lugar suntuoso y elegante para convertirse en un reducto de la cinematografía erótica. El crítico de cine Isaac León Frías recuerda una vez que entró por curiosidad. Como él, muchos otros también visitaron sus salas. Hoy las gradas de su entrada reciben a toda clase de criaturas que, en medio de la noche limeña, se detienen a conversar, beber o simplemente descansar.
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Cines de barrio, como el Orrantia, ubicado entre las avenidas Arequipa y Javier Prado, comenzaron a tener cada vez más acogida.Bastaba caminar unas cuantas cuadras desde casa para encontrarlos. Isaac, recuerda,amaba recorrer las calles de Lima en busca de nuevas películas: “Para encontrar la que quería ver, tenía que ir al cine que la proyectaba”.Y así como Amparo, visitó casi todas las salas que se encontraban abiertas durante esos años.
En estas salas, también había divisiones.“Eran de dos pisos (platea alta y baja) o tres (con mezanine o cazuela, los de barrio). Algunas tenían butacas cómodas, así como paredes labradas, un escenario grande y un telón (o cortina) cuya subida era el aviso para acomodarse”, expone Fernando Tuesta,politólogo y profesor de la PUCP, en su blog Polítika.
Estas memorias han sido plasmadas en novelas, crónicas y hasta columnas de opinión.“Esta será la segunda vez que vea El Resplandor en pantalla gigante. La primera fue en diciembre de 1982, a los seis años.Hasta hoy mi tía Tota asegura que no leyó la sinopsis cuando decidió llevarme con ella al Orrantia, desde cuya platea me vi expuesto a la sangrienta historia de la familia Torrance”, escribió hace dos años el periodista Renato Cisneros para El Comercio.
Una experiencia menos terrorífica es la que describe Eloy Jáuregui, periodista y poeta, en una columna para Correo: “Ya han asegurado cientos de cínicos que la hora ideal para el séptimo arte es como en los toros, la tercera hora p.m. Mi Ítaca en realidad quedaba en medio de ese mar Jónico lejano de mi Surquillo natal. Mi Ítaca era la cazuela del cine Orrantia, frente al primer bypass que se construyó en Lima”.
Estas salas que marcaron a generaciones enteras terminaron siendo olvidadas en medio del caos y la violencia política. Salir de casa ya no era seguro. Ir al cine dejó de ser una opción. “Su deterioro comenzó en los setenta. La falta de mantenimiento y el clima de inseguridad cada vez mayor hicieron que las viejas salas fueran decayendo. Luego, en los ochenta, los atentados y sus bombas terminaron por traerlas abajo. En esa época, los VHS compensaron”, explica León Frías.
Amparo también dejó de visitar los cines. La posibilidad de un apagón y los peligros que implicaba la angustiaban. Mucho más tarde, se enteraría de que en muchos de ellos se proyectaban películas pornográficas y que otros incluso funcionaban como prostíbulos. E, ironía del azar, algunos se convirtieron en iglesias evangélicas. Los cines que alguna vez amó ahora solo habitan en su memoria.
Salas como las del Cine-Teatro Colón o del Orrantia fueron templos del séptimo arte cuando no existían los multicines, el DVD ni Blu Ray y menos Netflix. Durante décadas acogieron a generaciones de espectadores que transitaron por ellas para disfrutar sus películas favoritas. No obstante, los...
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Crónica: Una noche en el Cine Tacna, febrero de 1978
El Cine Tacna no era un cine cualquiera. No lo fue nunca.
Estaba ahí desde antes que yo tuviera hijos, plantado como un edificio serio, algo gastado, pero respetado, en una Lima que todavía caminaba más de lo que corría.
Ese jueves 23 de febrero de 1978 salimos temprano de casa. Yo, mi esposa y mi hijo mayor, que no llegaba a los diez años. No era una salida improvisada:
Star Wars se comentaba desde hacía semanas. En la radio decían que era una película distinta, con naves, planetas, espadas de luz. Nadie entendía bien de qué iba, y eso mismo la hacía irresistible.
Tomamos un micro rumbo al Centro. Eran micros grandes, de metal, pintados con colores desvaídos, con el cobrador colgado de la puerta gritando el recorrido. No había tanto taxi como ahora. Los pocos que circulaban eran caros para una familia como la nuestra, así que el micro era lo normal. Pasaban por la avenida Tacna levantando polvo y ruido, pero no era una ciudad hostil: era ruidosa, sí, pero todavía caminable.
Al bajar, el Cine Tacna se imponía.
No era moderno ni elegante como los cines de Miraflores, pero tenía
prestigio popular. Allí se habían estrenado películas grandes, westerns, bélicas, épicas, cintas que uno comentaba durante semanas en la oficina o en el barrio. El Tacna era el cine donde “pasaban cosas importantes”.
Por fuera, el cartel anunciaba
STAR WARS con letras grandes. No había pantallas LED ni trailers en loop. Era un cartel físico, pintado, algo torcido por los años. Pero bastaba.
La cola daba la vuelta a la esquina. Familias enteras, muchachos, parejas jóvenes. La gente conversaba. Nadie estaba mirando un teléfono porque no existía nada que mirar. Uno hablaba con el de adelante, con el de atrás. Un señor comentaba que había leído en una revista extranjera que la película había sido un éxito en Estados Unidos. Otro decía que era para niños. Nadie sabía realmente.
La entrada costaba
S/. 80.00 Soles de Oro por persona.
Yo llevaba el dinero contado. Para los tres, ya era un gasto serio, pero asumido. Ir al cine no era algo que se hiciera todas las semanas. Por eso se respetaba.
Al entrar, el olor era inconfundible: mezcla de cancha recién hecha, gaseosa tibia y el perfume viejo de las butacas. El vestíbulo no era lujoso, pero estaba vivo. El boletero cortaba las entradas con cuidado. Los acomodadores —con linterna en mano— todavía existían y cumplían su trabajo con una seriedad casi teatral.
Antes de entrar a la sala, compramos algo para compartir:
- Cancha
- Gaseosa
- Un chocolate
Todo sumó cerca de
S/. 60.00 Soles de Oro.
El gasto total de la noche se iba a
S/. 140.00, y yo lo sabía. Pensé, no sin cálculo, que eso era alrededor del
1.5% del sueldo mínimo mensual, que rondaba los
S/. 9,000.00. No era barato. Pero valía la pena.
La sala era grande. Techo alto. Butacas de madera y tapiz gastado. No todas estaban parejas. Algunas crujían al sentarse. Pero cuando se apagaron las luces, todo eso dejó de importar.
Mi hijo no había visto nunca algo así.
Cuando apareció la primera nave cruzando la pantalla, sentí algo raro: silencio absoluto. Nadie hablaba. Nadie se movía. No era una película más. Se notaba. Yo miraba la pantalla, pero también lo miraba a él. Tenía los ojos abiertos como platos. Esa expresión —la de ver algo por primera vez— no se olvida nunca.
Afuera, Lima seguía siendo Lima.
Calles algo sucias, sí. Ruido. Micros. Pero no la sensación de inseguridad constante de hoy. Se podía caminar después de la función. La gente salía comentando la película en voz alta, discutiendo escenas, riéndose, inventando teorías sin saber que esa historia iba a durar décadas.
Al salir del Cine Tacna, la noche estaba tibia.
Mi hijo no hablaba de otra cosa. Yo pensaba, sin decirlo, que esa noche no había comprado solo una entrada al cine. Había comprado un recuerdo.
Por qué hoy, en 2026, esto se recuerda con tanta nostalgia
Porque ir al cine
no era solo ver una película.
Era el trayecto, la cola, la conversación con desconocidos, el cálculo del gasto, el respeto por el lugar. Los cines de barrio —como el Tacna— eran espacios sociales. Se compartía silencio, asombro, risa.
Hoy todo es inmediato. Pantallas perfectas, sonido impecable, pero experiencias solitarias. En cambio, entre los
años 70 y el 2000, el cine era un ritual urbano. Por eso se cuenta como anécdota. Porque fue vivido, no consumido.
Y porque, aunque hayan pasado más de cuarenta años, todavía hay noches —como esa de febrero de 1978— que no se apagan nunca.