verijon
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Las Cucardas es un prostíbulo a secas. No se esconde bajo el nombre de un bar, ni utiliza la fachada de Baños Turcos. El local goza su condición sin vergüenza alguna, pues cuenta con licencia de funcionamiento uno de los pocos prostibulos con licencia, dicen que caduca de aquí un par de años dicha licencia. Su popularidad lo ha posicionado en el imaginario de la gente popular limeña, en sus cuartos se ha grabado algunas escenas de una película y hace mas de un año se publicó su propio libro. Es un prostíbulo legal y una próspera empresa, una máquina generadora de dinero, gracias que gosa del monopolio ya que es uno de los únicos lugares con licencia de funcionamiento como prostibulo popular accesible para el bolsillo de la mayoria de los limeños.
Viernes, 11 p.m. se alumbra por las llamativas luces de Las Cucardas. Como si se tratase de un cine, hombres de distintas edades, condiciones,colores, contexturas,tamaños y billeteras, forman cola para ingresar al prostíbulo. En boletería pagan 30 soles solo por derecho a entrada. Dos grandes vigilantes obesos los revisan de pies a cabeza, prohibido el ingreso de celulares con cámaras y armas de fuego. Se les entrega el boleto de entrada y un condón.
Cucarda es el apelativo peruano que se le da a la hermosa flor Hibisco. “Cuca” es la jerga limeña antigua de inicios del siglo pasado referida a la vagina. De ambas palabras nació el nombre “Las Cucardas”. En sus inicios, en el año 1962, el prostíbulo era parte de lo que es hoy la Nené, en realidad solo una pequeña parte de la que fue “El corralón de la Nené”, y su dueño era un inmigrante japonés llamado Don José Shimabukuro. Debido a disputas desconocidas en 1992 el famoso e histórico local se dividió en dos: La Nené y El Corralón. El mismo año, Víctor Hugo Shimabukuro heredó de su abuelo Don José una parte de “El Corralón”. El nuevo dueño, quien ya tenía fama de mafioso, le cambió de nombre. Le puso “Las Cucardas”. Remodeló el local, lo legalizó y convirtió en lo que es hoy el chongo de madera o tripley de primer y segundo piso con aproximado de mas de 60 cuartos en ambos niveles. Es decir, mas de 60 meretrices en vestido,hilo dental, jeans y brasieres apretados. Morenas, trigueñas, blancas, negras de 25 a 40 años, tetonas, culonas, gorditas, flaquitas,lacias, onduladas, de cabello pintado,delgadas y voluptuosas. Existe gran variedad de mujeres, pero todas con un mismo discurso: “60 a 80 soles, incluye oral, vaginal, poses. "El tiempo aproximado por 15 minutos incluido el desviste y viste del parroquiano”.
En los dos escenarios normalmente las prostitutas del local realizan acrobacias eróticas en erectos tubos, bailan coreografías . Los clientes aprecian el show en sofás . Sin embargo, en algunas oportunidades, el público, incluyendo algunas meretrices observan el baile. Y como siempre El soldado Dodoria del chino victor Hugo borracho metido en algún cuarto o en su habitación privada con alguna prostituta del local y luego sale a cantar con su grupo mixtura, casi siempre pasado de tragos y co... canciones poco agradables.
Víctor Hugo Shimabukuro (Solado Dodoria) nació en 1955 en el Callao. Nieto de inmigrantes japoneses y menor de siete hermanos. A los 22 años se casó con su actual esposa, que dicen haberla conosido en ese negocio con la que tiene tres hijos, la última mujer. A los 32 empezó a trabajar en el burdel como boletero. Cinco años después heredó Las Cucardas. Por su grupo criollo mixtura donde es la primera guitarra Nikei, a Víctor Hugo Shimabukuro no lo llaman a tocar, según él, por su fama de mafioso y delincuente. Fanático de las armas, lo acompaña siempre una pistola cargada. A las 4 a.m. (donde sea que esté) realiza un tiro al aire para asegurarse que su arma funcione correctamente. Considera asi mismo que su aporte a esta sociedad es haber obrado bien, baya que cosas saca la sociedad. Víctor Hugo Shimabukuro no se considera un proxeneta, en todo caso la sociedad tiene la última palabra para tal apelativo.
Señores de camisa y zapatos, jóvenes vestidos de regaetoneros, universitarios y señores de tercera edad, todos caminan buscando a la puta que más les guste.
En el pasadiso del primer piso un hombre de bigote pintado y calvo merodea los cuartos sujetando un vaso de cerveza. Se detiene en la habitación de “Valerín”, una tarapotina de 43 años. Le coge la cintura por la espalda y le susurra algo en el oído. “No te puedo atender, estás borracho”, responde seria la prostituta. El hombre toma un sorbo y continúa su camino observando cada mujer como si estuviese de compras. Se detiene en la habitación 126, cuya puerta es cuidada por “Catalina”. La exuberante prostituta de pelo castaño y tatuaje en el hombro, recibe un fuerte palmazo en el culo. Inmediatamente llegan dos hombres de seguridad y se llevan al hombre hacia afuera. En la habitación 128 trabaja una morena en diminuta lencería rosada y tacones altos. Se hace llamar Muñeca y tiene 30 años. Empezó hace algunos años a trabajar en Las Cucardas dice para poder pagar sus estudios. Atiende a su cliente en un cuarto de paredes de madera, que apenas supera los 5 metros cuadrados. Antes de empezar sus servicios se echa perfume y se aplica lubricante en la vagina, “Es para evitar que se me irrite o me dé una infección”. Víctor Hugo nos alquila la habitación a 210 soles por noche los fines de semana y otros dias a 180 soles, exclama con voz de petición.
El libro escrito por Víctor Hugo Dodorian Shimabukuro se lanzó el 31 de enero del 2010. Lo pagó el mismo autor, no le interesó el respaldo de ninguna editorial. El libro cuenta la historia de un escritor que es contratado por Shimabukuro para escribir un libro sobre el famoso burdel y que se enamora de una prostituta de 18 años. En medio de esta historia se narra los inicios, testimonios, anécdotas y organización de Las Cucardas. “Viaje a las Cucardas” se promocionó a través de reportajes y se vendió en kioskos. Sin embargo, nuca tubo la acojida, casi nadie lo compra, menos la lee.
El dueño , el chimabukuro de las prostitutas, el mafioso, el músico aparece sorpresivamente. Viste apretado con pistola. Abre la puerta blindada de acero de su oficina, para irme usmeando y dejando besos a cada meretris parada en su puerta y elije una para meterse una encerrona.
