grindo doido
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“Invierno en Santa Anita”
Una ayuda que no parecía
Capítulo 1: El Invierno y la Primera Impresión
La conocí un invierno que parecía no tener fin. Lima estaba gris, húmeda, con ese frío que no duele, pero cansa. Frente a una tienda mayorista de Ate, ella estaba tratando de subir unas cajas a la maletera de un auto viejo y azul.
Lo primero que noté no fue su ropa ni su figura, sino su determinación.
Tenía la respiración agitada, pero aun así intentaba levantar cada caja sin pedir ayuda. Era evidente que trabajaba demasiado. Luego obviamente vi sus curvas, esa ropa aunque ancha, igual marcaba la tanga en esas nalgas de una diosa, mama mía.
Vestía ropa sencilla, práctica para su día: una casaca ligera, zapatillas gastadas y un pantalón que demostraba que no tenía tiempo para pensar en la moda. Sin embargo, tenía una presencia que captaba miradas: tal vez por su actitud, tal vez por su energía, esa mezcla de cansancio y fortaleza que solo tienen quienes llevan mucho peso encima.
El frío era intenso, pero ella parecía acostumbrada.
Yo pensé un instante antes de acercarme, pero la forma en que empujaba la caja, casi vencida pero no derrotada, me obligó a hacerlo.
—“Déjame ayudarte, por favor.”
Ella se giró, sorprendida.
—“Ay vale… muchas gracias. Es que estoy sola hoy.”
Subimos las cajas juntos. Uno de esos pequeños actos que parecen insignificantes, pero cambian el curso de una historia.
Capítulo 2: Una Conversación Inesperada
Cuando terminamos, me dio una sonrisa cansada pero genuina.
Me contó que se llamaba Mariana, que era venezolana y que hacía trabajos por encargo después de sus turnos en la fábrica. Su voz tenía acento extranjero, pero su historia era idéntica a la de miles que luchan día a día en Lima.
—“¿Y siempre haces esto sola?” —pregunté.
—“La mayoría del tiempo, sí. Si uno no se mueve, no come.”
Se notaba que estaba acostumbrada a hacerlo todo sin esperar nada de nadie. La fuerza de sus palabras me llevó a interesarme más en ella, no desde la atracción inmediata, sino desde la admiración.
Cuando terminamos, sacó algo de una bolsa negra:
—“Ten, este es un dulce que yo misma vendo en los micros. Es un detalle por ayudarme.”
Era una oblea rellena de manjar casero. Lo recibí sin saber que ese gesto simple abriría algo más profundo.
Capítulo 3: El Camino a Santa Anita
—“¿Te estás yendo lejos?”
—“A Santa Anita, mi barrio queda por la zona del mercado, por ahí no es muy bonito… pero es lo que tengo.”
Ella dudó un segundo.
—“Si te queda de camino, acompáñame a tomar el bus.”
Acepté.
A medida que nos acercábamos a su zona, las calles empeoraban: pistas sin asfaltar, casas de material ligero, perros que ladraban sin razón y postes con luces que parpadeaban. Nunca había estado ahí y, aunque me generaba cierta inseguridad, no me arrepentía.
Mariana caminaba tranquila, como quien ya ha aprendido a convivir con el peligro. Yo, en cambio, iba atento a todo.
—“Aquí vivo.” —dijo finalmente, señalando una casa de esteras reforzada con calaminas.
—“Pasa si quieres saludar un momentico… si no, no te preocupes.”
Había confianza en su tono, pero también algo de prueba: quería saber si el miedo me haría retroceder.
Entré.
Ella dejó unas cajas, revisó algo de su pequeño negocio de dulces, y luego me miró con un gesto agradecido.
Me dijo que si nos volvíamos a encontrar la pasaríamos bien.
Hasta allí no dijo que haríamos ni a cambio de que, me parecía linda, sencilla, humilde y no pedía nada por ahora.
Capítulo 4: Un Número y una Posibilidad
Antes de irme, tomó una servilleta y escribió su número.
—“Llámame cuando quieras. Si vienes otro día, tal vez podemos salir… no a nada fácil, pero sí a conversar y tomar un café.”
Era extraño. No había nada romántico explícito, tampoco promesas ni expectativas.
Solo dos personas que se habían encontrado en un invierno difícil.
Sin embargo, dentro de mí sí nació algo parecido a una tentación:
la idea de seguirla conociendo, de intentar ser importante en su vida, de creer que podía “ayudarla” o “protegerla”.
Era un impulso peligroso si no se manejaba bien.
Ella, sin darse cuenta, había encendido una inquietud que no sabía si era admiración, curiosidad o deseo de rescatarla de una realidad dura.
No dude en llamarla al día siguiente pero no respondió.
Lo hice un día mas, dos días seguidos, fui intenso y me olvide del tema pero mordiendo el polvo de la derrota.
Una semana después me contesta, me dijo, estaba sin celular y estuvo algo mal de salud.
No le creí pero seguí atento a que dijera.
Me preguntó si podemos vernos donde nos conocimos, le dije ok.
Llegué puntual, apurado, transpirado, nervioso, lleve algo de guita porque pensaba que por fin pasaría.
Comimos en un chifa, lo bueno es que no pidió mucho.
Luego al salir, la abracé, le dije que me parece una chica bella y con conversación.
Fue allí que dio una indirecta al punto, ay amigo, tengo un problema dijo.
Mi hijo tiene una actuación escolar y no tengo ni para vestirlo ni para llevarlo.
Toma, le dije, le di 100 soles.
No tuvo que decir mas, ya era obvio.
Ahora ella me abrazo, me sonrió y me dio un pico, le abrí con la lengua su boca sensual.
La fui manoseando y dijo, vamos mejor a un lugar mas intimo.
Nos fuimos a un hostal y ahora si la tuve cerca.
Esas nalgotas serian solo para mí.
Bien recortada la vulva, latía pedía a gritos reja, pero fui lento para hacerla gozar y rogar por verga.
No paso mucho y me dijo que ya quería sentirme.
Como calentaba esa vagina, que delicia, en una me vine, luego ella me fue levantando la potencia con grandes mamadas, chupadas y como lo hacía. Entendía el tema.
Agarre fuerza y ahora si no paramos hasta darle duro, me vine en dos horas y ella igual.
Se tomó su última gota de leche y me dijo, ay amor, me hiciste venir, que rico.
Yo alucinaba que ya tenía putita para rato pero no fue así.
Capítulo 5: El Final Inesperado
Pasaron días hasta que me atreví a escribirle.
Cuando lo hice, ella respondió con un audio:
—“Hola, chico… pensé que no me ibas a llamar.”
“No voy a poder verte… porque ya no estoy en Lima.
Me fui a Trujillo con mi hijo. Me salió trabajo formal en una panadería.
No te dije antes porque la tentación de quedarme era fuerte, y no quería depender de alguien que recién conozco.
Gracias por tratarme bien. Eso es raro hoy en día.”
Ahí entendí todo:
No hubo despedida presencial.
No hubo cita.
No hubo final predecible.
Solo un audio, simple y honesto, que cerraba una historia que recién parecía empezar.
Un final inesperado…
pero correcto.
Una ayuda que no parecía
La conocí un invierno que parecía no tener fin. Lima estaba gris, húmeda, con ese frío que no duele, pero cansa. Frente a una tienda mayorista de Ate, ella estaba tratando de subir unas cajas a la maletera de un auto viejo y azul.
Lo primero que noté no fue su ropa ni su figura, sino su determinación.
Tenía la respiración agitada, pero aun así intentaba levantar cada caja sin pedir ayuda. Era evidente que trabajaba demasiado. Luego obviamente vi sus curvas, esa ropa aunque ancha, igual marcaba la tanga en esas nalgas de una diosa, mama mía.
Vestía ropa sencilla, práctica para su día: una casaca ligera, zapatillas gastadas y un pantalón que demostraba que no tenía tiempo para pensar en la moda. Sin embargo, tenía una presencia que captaba miradas: tal vez por su actitud, tal vez por su energía, esa mezcla de cansancio y fortaleza que solo tienen quienes llevan mucho peso encima.
El frío era intenso, pero ella parecía acostumbrada.
Yo pensé un instante antes de acercarme, pero la forma en que empujaba la caja, casi vencida pero no derrotada, me obligó a hacerlo.
—“Déjame ayudarte, por favor.”
Ella se giró, sorprendida.
—“Ay vale… muchas gracias. Es que estoy sola hoy.”
Subimos las cajas juntos. Uno de esos pequeños actos que parecen insignificantes, pero cambian el curso de una historia.
Cuando terminamos, me dio una sonrisa cansada pero genuina.
Me contó que se llamaba Mariana, que era venezolana y que hacía trabajos por encargo después de sus turnos en la fábrica. Su voz tenía acento extranjero, pero su historia era idéntica a la de miles que luchan día a día en Lima.
—“¿Y siempre haces esto sola?” —pregunté.
—“La mayoría del tiempo, sí. Si uno no se mueve, no come.”
Se notaba que estaba acostumbrada a hacerlo todo sin esperar nada de nadie. La fuerza de sus palabras me llevó a interesarme más en ella, no desde la atracción inmediata, sino desde la admiración.
Cuando terminamos, sacó algo de una bolsa negra:
—“Ten, este es un dulce que yo misma vendo en los micros. Es un detalle por ayudarme.”
Era una oblea rellena de manjar casero. Lo recibí sin saber que ese gesto simple abriría algo más profundo.
—“¿Te estás yendo lejos?”
—“A Santa Anita, mi barrio queda por la zona del mercado, por ahí no es muy bonito… pero es lo que tengo.”
Ella dudó un segundo.
—“Si te queda de camino, acompáñame a tomar el bus.”
Acepté.
A medida que nos acercábamos a su zona, las calles empeoraban: pistas sin asfaltar, casas de material ligero, perros que ladraban sin razón y postes con luces que parpadeaban. Nunca había estado ahí y, aunque me generaba cierta inseguridad, no me arrepentía.
Mariana caminaba tranquila, como quien ya ha aprendido a convivir con el peligro. Yo, en cambio, iba atento a todo.
—“Aquí vivo.” —dijo finalmente, señalando una casa de esteras reforzada con calaminas.
—“Pasa si quieres saludar un momentico… si no, no te preocupes.”
Había confianza en su tono, pero también algo de prueba: quería saber si el miedo me haría retroceder.
Entré.
Ella dejó unas cajas, revisó algo de su pequeño negocio de dulces, y luego me miró con un gesto agradecido.
Me dijo que si nos volvíamos a encontrar la pasaríamos bien.
Hasta allí no dijo que haríamos ni a cambio de que, me parecía linda, sencilla, humilde y no pedía nada por ahora.
Antes de irme, tomó una servilleta y escribió su número.
—“Llámame cuando quieras. Si vienes otro día, tal vez podemos salir… no a nada fácil, pero sí a conversar y tomar un café.”
Era extraño. No había nada romántico explícito, tampoco promesas ni expectativas.
Solo dos personas que se habían encontrado en un invierno difícil.
Sin embargo, dentro de mí sí nació algo parecido a una tentación:
la idea de seguirla conociendo, de intentar ser importante en su vida, de creer que podía “ayudarla” o “protegerla”.
Era un impulso peligroso si no se manejaba bien.
Ella, sin darse cuenta, había encendido una inquietud que no sabía si era admiración, curiosidad o deseo de rescatarla de una realidad dura.
No dude en llamarla al día siguiente pero no respondió.
Lo hice un día mas, dos días seguidos, fui intenso y me olvide del tema pero mordiendo el polvo de la derrota.
Una semana después me contesta, me dijo, estaba sin celular y estuvo algo mal de salud.
No le creí pero seguí atento a que dijera.
Me preguntó si podemos vernos donde nos conocimos, le dije ok.
Llegué puntual, apurado, transpirado, nervioso, lleve algo de guita porque pensaba que por fin pasaría.
Comimos en un chifa, lo bueno es que no pidió mucho.
Luego al salir, la abracé, le dije que me parece una chica bella y con conversación.
Fue allí que dio una indirecta al punto, ay amigo, tengo un problema dijo.
Mi hijo tiene una actuación escolar y no tengo ni para vestirlo ni para llevarlo.
Toma, le dije, le di 100 soles.
No tuvo que decir mas, ya era obvio.
Ahora ella me abrazo, me sonrió y me dio un pico, le abrí con la lengua su boca sensual.
La fui manoseando y dijo, vamos mejor a un lugar mas intimo.
Nos fuimos a un hostal y ahora si la tuve cerca.
Esas nalgotas serian solo para mí.
Bien recortada la vulva, latía pedía a gritos reja, pero fui lento para hacerla gozar y rogar por verga.
No paso mucho y me dijo que ya quería sentirme.
Como calentaba esa vagina, que delicia, en una me vine, luego ella me fue levantando la potencia con grandes mamadas, chupadas y como lo hacía. Entendía el tema.
Agarre fuerza y ahora si no paramos hasta darle duro, me vine en dos horas y ella igual.
Se tomó su última gota de leche y me dijo, ay amor, me hiciste venir, que rico.
Yo alucinaba que ya tenía putita para rato pero no fue así.
Pasaron días hasta que me atreví a escribirle.
Cuando lo hice, ella respondió con un audio:
—“Hola, chico… pensé que no me ibas a llamar.”
“No voy a poder verte… porque ya no estoy en Lima.
Me fui a Trujillo con mi hijo. Me salió trabajo formal en una panadería.
No te dije antes porque la tentación de quedarme era fuerte, y no quería depender de alguien que recién conozco.
Gracias por tratarme bien. Eso es raro hoy en día.”
Ahí entendí todo:
No hubo despedida presencial.
No hubo cita.
No hubo final predecible.
Solo un audio, simple y honesto, que cerraba una historia que recién parecía empezar.
Un final inesperado…
pero correcto.
