El matadero
Autor: Esteban Echeverría
Publicación póstuma: 1871 (escrito hacia 1838–1840)
Edición: Texto modernizado para lectura actual
Introducción
El matadero es un relato escrito por Esteban Echeverría entre 1838 y 1840, publicado de manera póstuma en 1871 dentro de sus Obras Completas. Es considerado uno de los primeros cuentos realistas de la literatura argentina y una crítica feroz a la dictadura de Juan Manuel de Rosas. El texto combina crudeza descriptiva con denuncia política y es una obra clave del romanticismo rioplatense.
Texto completo
El Matadero
Cuarenta días había durado la Cuaresma, tiempo de ayuno y penitencia. Lluvias continuas
habían caído sobre la ciudad de Buenos Aires, anegando las calles y dificultando la vida diaria.
Los carniceros, acostumbrados a sacrificar animales en abundancia, se encontraron limitados
por las disposiciones de la Iglesia y por la escasez provocada por el temporal.
En el matadero, lugar sucio y repugnante, el espectáculo era de brutalidad. Allí se reunía
una multitud variopinta: carniceros, negros esclavos, mujeres del pueblo y muchachos curiosos.
Todo era sangre, gritos y violencia.
Entre la muchedumbre apareció un joven unitario, distinguido por su aspecto pulcro y su actitud
orgullosa. Los carniceros, al reconocerlo como adversario político, se burlaron de él con insultos
y amenazas. La tensión creció hasta que el joven, incapaz de soportar la humillación, respondió
con firmeza.
Los carniceros lo rodearon. Uno de ellos lo golpeó. El unitario, exaltado por la indignación,
cayó fulminado por la violencia del momento. Su cuerpo quedó tendido en el suelo, víctima
no solo de la brutalidad popular, sino también del clima de intolerancia política que dominaba
la época.
Así terminaba, en aquel matadero, no un simple sacrificio de reses, sino una alegoría del
sacrificio de la juventud ilustrada a manos de la barbarie.
El corazón delator
Edgar Allan Poe (1809–1849)
¡Es cierto! —¡siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso! Pero, ¿por qué dicen ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni embotado. Sobre todo el oído estaba muy sensible. Oía todas las cosas del cielo y de la tierra. Oía muchas cosas del infierno. ¿Cómo, entonces, estoy loco? Escuchen. Y observen con cuánta cordura, con cuánta calma les cuento toda la historia.
Me es imposible decir cómo me vino la idea a la cabeza; pero una vez concebida no pude desprenderme de ella. Día y noche, noche y día, me acosaba. No se trataba de un objeto, ni de una pasión. ¡Ah! Era la idea. Sí, la idea de que había que matar a aquel anciano. No es que me irritara, ni que quisiera sus bienes. Creo que era su ojo. ¡Sí, eso era! Uno de sus ojos se parecía al de un buitre: un ojo celeste, con una tela encima. Cada vez que fijaba en mí aquella mirada se me helaba la sangre; poco a poco, muy gradualmente, se fue metiendo en mi cerebro la idea de quitarle la vida, para librarme de aquel ojo para siempre.
He aquí lo importante. Ustedes creen que estoy loco. Los locos nada saben. Pero si hubieran visto cómo procedí… con qué cuidado, con qué precaución, con qué previsión y disimulo me puse a la obra. Jamás fui más amable con el anciano que la semana entera antes de matarlo. Todas las noches, a eso de la medianoche, abría la puerta de su cuarto —¡oh, tan suavemente! Y cuando la tenía entreabierta lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna ciega, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y la abría apenas lo bastante para que un solo rayo cayera sobre aquel ojo de buitre. Y lo hacía durante siete largas noches, exactamente a las doce, pero siempre encontré el ojo cerrado, y así me fue imposible cumplir mi obra; porque no era el viejo quien me irritaba, sino su mal de ojo.
Y todas las mañanas, apenas amanecía, entraba audazmente en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial, preguntándole cómo había pasado la noche. ¡Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy sagaz para sospechar que todas las noches, justo a las doce, yo lo vigilaba mientras dormía!
Al llegar la octava noche procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más deprisa que mi mano. Nunca, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mi poder, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sensaciones de triunfo. ¡Imagínense pensar que estaba allí, abriendo poco a poco la puerta, y él ni siquiera soñaba con mis intenciones o pensamientos secretos! Me reí entre dientes ante esta idea, y acaso me oyó, porque se agitó de pronto en la cama, como sobresaltado.
Aún ustedes piensan que retrocedí, pero no fue así. Su cuarto estaba tan negro como la pez, pues las persianas estaban bien cerradas por temor a los ladrones, y yo sabía que él no podía ver la apertura de la puerta. Continué empujándola suavemente, suavemente…
Había pasado ya mi cabeza, y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el resorte de hierro, y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
—¿Quién anda ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora larga no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a recostarse. Seguía sentado en la cama, escuchando, como yo lo estaba haciendo, noche tras noche, oyendo la muerte en la pared.
Al fin oí un leve quejido, y comprendí que era el quejido mortal que nace del terror. No era un gemido de dolor o de pena, ¡oh no!, era el sordo y ahogado resonar que brota del alma cuando la sobrecogen el espanto. Bien conocía yo aquel sonido. Muchas noches, precisamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, había brotado de mi pecho con el creciente rumor de un reloj de muerte. Lo conocía bien. Sabía lo que sentía el viejo, y le tuve lástima, aunque me reí interiormente. Comprendí que el espanto creciente lo mantenía despierto desde que oyó el primer ruido. Sus temores habían ido en aumento desde que procuraba persuadirse de que no tenía motivo para temer. Pero no podía. Se decía: “No es nada, es el viento en la chimenea, o un grillo que ha chirriado una sola vez.” Sí, se esforzaba en hallar una explicación; pero todo en vano, todo inútil. La Muerte que se aproximaba hacia él con paso furtivo lo había envuelto ya en su negra sombra. Estaba condenado.
Y ahora, ustedes me preguntan: ¿no estaba yo más que loco? Si me hubieran visto abrir con cautela la linterna. La abrí —¡oh, tan poco a poco!— hasta que un solo rayo, débil y tenue como la telaraña de araña, surgió de la ranura y cayó sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par, y yo me puse a temblar de furia al contemplarlo. Lo vi con toda claridad, de un azul intenso, con aquella fétida tela que me helaba hasta la médula de los huesos. Ningún nervio mío latía; mi corazón palpitaba con rapidez, pero yo contuve el aliento. Me mantuve inmóvil, apenas sosteniendo la luz sobre el ojo maldito.
Fue entonces cuando un rumor apagado, sordo, rápido, semejante al tic tac de un reloj envuelto en algodón, llegó a mis oídos. Yo conocía bien ese sonido. Era el latido del corazón del anciano. Aumentó más y más, minuto tras minuto. El terror del viejo debía de ser extremo. Aquel latido, repentino, aumentaba mi furor como el redoblar del tambor estimula el valor del soldado.
Pero, aún me contuve. Permanecí inmóvil. Apenas respiraba. Trataba de contener el latido hasta que llegara a un punto. Y entonces un pensamiento nuevo se apoderó de mí: aquel sonido podría ser oído por algún vecino. El momento del viejo había llegado. Lanzando un alarido abrí la linterna y me arrojé en la habitación. El viejo lanzó un solo grito. En un instante lo derribé en el suelo y eché encima la pesada cama. Sonreí alegremente al ver cumplida mi obra. Durante muchos minutos el corazón continuó latiendo con un sonido sordo. Pero poco a poco fue apagándose. Al fin, cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé mi mano sobre el corazón y permanecí así largo rato. No se percibía ya ningún latido. Estaba seguro.
De nada servía que el ojo me atormentara ya. El ojo no existía.
Si ustedes creen aún que estoy loco, dejarán de pensarlo cuando les diga que cuidé con precaución al ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y yo trabajé con prisa pero en silencio. Corté la cabeza, los brazos y las piernas. Levanté tres tablas del suelo en la habitación y oculté todo allí. Volví a colocar las tablas tan hábilmente que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— podría haber descubierto algo extraño. No había manchas, ni señales de ninguna clase. Todo estaba perfecto.
A las cuatro, ya estaba todo terminado. Todavía reinaba la oscuridad como a medianoche. En el momento en que se oyó la campanada de la hora, llamaron a la puerta de la calle. Descendí a abrir con la mayor calma, pues, ¿qué tenía yo que temer? Entraron tres hombres que se presentaron cortésmente como oficiales de policía. Un vecino había escuchado un grito durante la noche; se temía que hubiera ocurrido algún desastre; se habían enviado agentes para registrar la casa.
Sonreí, pues ¿qué tenía yo que temer? Di la bienvenida a los caballeros. El grito —les dije— lo había lanzado yo en un sueño. Expliqué que el viejo estaba ausente en el campo. Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a examinarla, a examinarla bien. Finalmente los conduje a la habitación misma, y coloqué mis propios asientos en el mismo sitio, sobre las mismas tablas que ocultaban el cadáver. Los oficiales estaban satisfechos. Mis ademanes los habían convencido. Me sentí singularmente aliviado. Me senté, y empecé a hablar de cosas triviales con toda tranquilidad.
Pero, al cabo de un rato, noté que me ponía pálido y deseaba que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que los oídos me zumbaran. Pero ellos seguían allí, sentados, conversando tranquilamente. El zumbido se hizo más intenso: seguía resonando y se fue convirtiendo en un ruido más claro. Para librarme de aquella sensación, hablaba más alto, pero el ruido aumentaba sin cesar. Se trataba de un sonido bajo, sordo, rápido, semejante al de un reloj envuelto en algodón.
Comencé a jadear, y me agitaba en el asiento; pero ellos no lo oían. Aún más claramente sonaba; ¡más fuerte! Hablé con más vehemencia; con más violencia, pero el ruido aumentaba continuamente. Me levanté y discutí tonterías con ademanes violentos; pero el ruido crecía sin cesar. ¿Por qué no se marchaban? ¡Dios mío! ¡Lo escuchaba cada vez más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
Y los hombres charlaban, reían. ¿Acaso no lo oían? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Lo oían! ¡Lo sospechaban! ¡Se estaban burlando de mi horror! ¡Así lo creí y lo creo! ¡Cualquier cosa era mejor que aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que este escarnio! ¡No podía soportar más aquellas sonrisas hipócritas! Sentí que debía gritar o morir, y, entonces, de nuevo, ¡escuchen! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
—¡Basta! —grité—. ¡Basta! ¡Es el latido de su horrible corazón!
El gato negro (1843)
Edgar Allan Poe (1809–1849)
No espero ni pido que nadie crea en el extraño, aunque sencillo, relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando hasta mis propios sentidos rechazan su testimonio. No obstante, no estoy loco —y muy ciertamente no sueño. Pero mañana muero, y hoy quiero aliviar mi alma.
Mi propósito inmediato es presentar al mundo, clara, sucinta y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos. Sus consecuencias me han aterrado, me han torturado, me han aniquilado. Y, sin embargo, no intentaré explicarlos. Para mí han representado poco menos que un misterio; para otros parecerán menos extraños que barrocos. Algún intelecto más calmado, más lógico y menos excitable que el mío, percibirá, sin duda, en las circunstancias que relato con horror, nada más que una sucesión muy común de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me distinguí por la docilidad y la humanidad de mi carácter. La ternura de mi corazón era tan evidente, que me convertí en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de ellos. Pasaba con ellos la mayor parte de mi tiempo, y jamás me sentía tan feliz como cuando los alimentaba y acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo, y en la edad madura tuve de él una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que han sentido cariño por un perro fiel y sagaz no necesitan que me detenga aquí en explicar la naturaleza o la intensidad de la satisfacción así derivada. Existe algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de quien con frecuencia ha tenido ocasión de probar la mezquina amistad y la frágil fidelidad del simple hombre.
Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición semejante a la mía. Observando mi predilección por los animales domésticos, no perdió ocasión de conseguir los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces dorados, un perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Este último era un animal notablemente fuerte y hermoso, completamente negro, y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo pensara seriamente, y sólo menciono la cosa porque la recuerdo ahora.
Plutón —tal era el nombre del gato— era mi favorito y mi compañero. Solo yo lo alimentaba, y él me seguía por la casa. Me costaba trabajo impedir que anduviera tras de mí por la calle.
Nuestra amistad duró, así, varios años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento, por la influencia del Demonio Intemperancia, se habían alterado radicalmente en peor. Día a día me volvía yo más melancólico, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Me permitía usar palabras duras con mi mujer. Finalmente, hasta llegué a ofrecerle violencias personales. Mis animales, por supuesto, notaron el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que los maltrataba. Pero en cuanto a Plutón, aún conservaba por él el suficiente afecto para abstenerme de maltratarlo, como hacía con los conejos, el mono, o incluso el perro, cuando por casualidad o afecto se cruzaban en mi camino.
Pero mi enfermedad creció sobre mí —¿qué enfermedad es comparable al alcohol?— y al fin hasta Plutón, ya viejo y por ello algo arisco, empezó a experimentar los efectos de mi mal humor.
Cierta noche, volviendo a casa completamente ebrio de uno de mis habituales vagabundeos por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré, y él, asustado por mi violencia, me hizo en la mano una ligera herida con los dientes.
Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca. Ya no me reconocía. Mi alma original pareció, de pronto, volar de mi cuerpo, y una maldad más que diabólica, saturada de ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y deliberadamente le saqué un ojo.
Me ruborizo, me quemo, me estremezco mientras escribo la execrable atrocidad.
Cuando a la mañana me hube serenado, y se disipó el ardor del sueño de la noche, experimenté un sentimiento mitad de horror, mitad de remordimiento, por el crimen que había cometido; pero era, a lo sumo, un sentimiento débil y equívoco, y el alma se mantuvo intacta. Volví a sumergirme en los excesos, y pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi acción.
El gato, entretanto, se restableció lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso, pero ya no parecía sufrir. Vagaba por la casa como de costumbre, pero, como era natural, huía lleno de terror cuando yo me acercaba. Había en esto tanto de mi desagrado… El espíritu del demonio volvió a dominarme. Y más profundamente que nunca, porque lo que me quedaba de espíritu… ¡ay!, se hundió para siempre.
Un día, a sangre fría, pasé un lazo alrededor del cuello del animal y lo colgué de la rama de un árbol; lo colgué con las lágrimas manando de mis ojos, y con el más amargo remordimiento en el corazón; lo colgué porque sabía que me había amado, y porque no me había dado motivo de ofensa; lo colgué porque sabía que al hacer tal cosa estaba cometiendo un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma más allá de la misericordia, más allá de la posibilidad de redención.
En la noche del mismo día en que este acto cruel se consumó, fui despertado de mi sueño por gritos de “¡fuego!”. Las cortinas de mi cama ardían. Toda la casa estaba en llamas. Con gran trabajo escapamos mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó reducido a cenizas. Mi fortuna se había consumido, y me entregué desde entonces a la desesperación.
No quiero establecer una conexión de causa a efecto entre este desastre y mi atrocidad; pero estoy detallando una cadena de hechos, y no quiero dejar eslabón débil. El día siguiente a aquel en que el incendio había reducido a ruinas la casa, visité las ruinas. Las paredes habían caído, menos una. Sobre esa pared, la más gruesa de la casa, había quedado todavía en pie el revoque, a pesar de que el fuego había dejado al descubierto toda la mampostería. El yeso había resistido la acción de las llamas, hecho que yo atribuía a que había sido recientemente renovado. En torno a esa pared se había congregado una muchedumbre de personas, y muchas parecían examinar con gran atención cierta parte particular de ella. Las palabras “¡extraño!”, “¡singular!”, y otras semejantes excitaron mi curiosidad. Me acerqué, y vi, como grabada en relieve sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato.
El contorno estaba ejecutado con una exactitud verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del cuello del animal.
Cuando consideré aquello, me sentí dominado por el asombro y el terror. Finalmente, recordé que el gato había sido colgado en un jardín contiguo a la casa. Al producirse el alarma de incendio, alguien debió de cortar la soga y lanzar al animal por la ventana abierta, cayendo éste en el interior de la casa, en medio de la tormenta de llamas. El resto de la población, como era natural, había arrojado al gato contra el muro recién enlucido. La cal, unida a la acción de las llamas, había producido la figura que yo veía. Aunque esta circunstancia tranquilizó un poco mi razón, no dejó de afectar profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librar mi alma de la imagen del gato; y en este tiempo, me fue creciendo en el corazón un sentimiento semejante al remordimiento. Llegué hasta el extremo de lamentar la pérdida del animal y buscar entre los lugares viles que ahora frecuentaba a otro gato negro que lo reemplazase.
Una noche, en que me hallaba medio ebrio, en un antro infame, mis ojos fueron atraídos por un objeto negro que reposaba sobre un enorme tonel de ginebra. Durante algunos minutos lo miré con atención, y al fin me acerqué y lo toqué con la mano. Era un gato negro, tan grande como Plutón, y casi enteramente igual.
Excepto por una diferencia: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo; éste tenía una mancha blanca de forma indefinida que le cubría casi toda la región del pecho.
Cuando lo acaricié, se levantó en seguida, ronroneando con fuerza. Era evidentemente un animal doméstico. Al momento me acomodé para comprarlo al dueño de la taberna. Éste no sabía nada de él, y nunca lo había visto. Lo acaricié de nuevo, y cuando me disponía a llevarlo a casa, se frotó contra mí con violencia. El animal aceptó de inmediato mi cariño, y cuando llegué a casa se convirtió en gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía. Era lo contrario de lo que había esperado, pero sin duda al principio lo atribuía a que veía en él el recuerdo de mi anterior crimen. Al cabo de algún tiempo, esta antipatía se convirtió en repugnancia. Y gradualmente, en odio.
Evitaba al animal, con una sensación de vergüenza, pues el recuerdo de mi crueldad me impedía maltratarlo. Durante varias semanas, me abstuve de pegarle o hacerle daño alguno; pero poco a poco, la innata perversidad de mi carácter, aquella perversidad que la filosofía no toma en cuenta y que es tan real como la existencia misma, me dominó por completo.
Una noche, al bajar al sótano de la casa, el gato me siguió por la escalera, casi me derribó, y en un arranque de furia, levanté un hacha, y olvidando el miedo infantil que hasta entonces había detenido mi mano, descargué un golpe contra el animal, que de haberle alcanzado, lo habría matado en el acto.
Pero la mano de mi mujer detuvo la mía. Este nuevo estorbo me exasperó hasta el frenesí, y, liberándome de su asimiento, le hundí el hacha en la cabeza. Sin una queja cayó muerta a mis pies.
Cumplido aquel horrible asesinato, me apliqué sin demora, y con toda tranquilidad, a ocultar el cadáver. Sabía que no podía sacarlo de casa ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser visto por los vecinos. Diversas ideas cruzaron por mi mente. Finalmente, pensé en emparedarla en el sótano, como los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano estaba bien adaptado a este propósito. Los muros eran de construcción tosca, y recién habían sido recubiertos con yeso que no había endurecido todavía. Además, había un hueco en la pared, como si se hubiera practicado para alguna chimenea, y que había sido tapiado. No dudé en que podía retirar fácilmente los ladrillos en ese sitio, meter allí el cadáver y volver a levantar el muro como estaba antes, de modo que ninguna mirada indiscreta pudiera sospechar nada.
Así lo hice. Despedacé el muro, coloqué cuidadosamente el cuerpo en posición vertical contra la pared, rellené la abertura con toda la destreza posible y lo recubrí con mortero. Una vez hecho, el muro parecía como antes, y no se descubría ninguna señal de lo que ocultaba.
Mi siguiente cuidado fue buscar al animal que había causado tanto infortunio, pues al principio había resuelto darle muerte en el acto. Como lo había visto entrar conmigo en el sótano, se me ocurrió que podía estar aún escondido allí. Pero no fue así. Seguramente, asustado por la violencia de mi furia, había escapado de la casa y no había vuelto a aparecer.
Me sentí feliz de ello. Me dormí la noche con el más profundo y tranquilo sueño que había gozado en mucho tiempo.
Al segundo y al tercer día después del asesinato, vinieron varias veces los agentes de policía a registrar la casa, pero nada descubrieron.
Finalmente, el cuarto día, llegaron inesperadamente, y procedieron de nuevo a una minuciosa inspección. Confiado en lo seguro de mi ocultamiento, no sentí el menor embarazo. Los agentes me pidieron que los acompañara en su pesquisa. Nada temía. El cadáver estaba bien oculto en la pared.
Al fin, por tercera o cuarta vez, descendimos al sótano. Yo estaba dominado por mi propia audacia, y no quería dejar de hacer alarde de ella.
Les acompañé arriba y abajo, y los conduje al sitio mismo donde reposaba el cadáver de mi esposa. En medio del triunfo de mi confianza, dije:
—Caballeros, esta casa está sólidamente construida. Sus muros son de gran solidez.
Y, para mayor seguridad, golpeé con un bastón el muro tras el cual yacía el cadáver de la esposa.
¡Que Dios me proteja, y me libre de las garras del maligno! Apenas había cesado el eco de mis golpes, cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un lamento, primero sordo y entrecortado, semejante al sollozo de un niño, luego una voz entrecortada y prolongada, un clamor, un alarido, mitad de horror, mitad de triunfo, que parecía subir hasta lo infinito, hasta reventar en un grito desgarrador.
Pareció como si el infierno entero se hubiera desatado de pronto con todas sus furias.
Al caer derribados los ladrillos bajo los golpes de las barras de hierro, el cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los circunstantes. Y sobre la cabeza, con la boca roja y encendida, el único ojo llameante, estaba el horrible animal que con su astucia me había seducido al crimen y me entregaba ahora al verdugo.
Había emparedado a la bestia junto con el cadáver.
El corazón delator
Edgar Allan Poe (1809–1849)
¡Es cierto! —¡siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso! Pero, ¿por qué dicen ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni embotado. Sobre todo el oído estaba muy sensible. Oía todas las cosas del cielo y de la tierra. Oía muchas cosas del infierno. ¿Cómo, entonces, estoy loco? Escuchen. Y observen con cuánta cordura, con cuánta calma les cuento toda la historia.
Me es imposible decir cómo me vino la idea a la cabeza; pero una vez concebida no pude desprenderme de ella. Día y noche, noche y día, me acosaba. No se trataba de un objeto, ni de una pasión. ¡Ah! Era la idea. Sí, la idea de que había que matar a aquel anciano. No es que me irritara, ni que quisiera sus bienes. Creo que era su ojo. ¡Sí, eso era! Uno de sus ojos se parecía al de un buitre: un ojo celeste, con una tela encima. Cada vez que fijaba en mí aquella mirada se me helaba la sangre; poco a poco, muy gradualmente, se fue metiendo en mi cerebro la idea de quitarle la vida, para librarme de aquel ojo para siempre.
He aquí lo importante. Ustedes creen que estoy loco. Los locos nada saben. Pero si hubieran visto cómo procedí… con qué cuidado, con qué precaución, con qué previsión y disimulo me puse a la obra. Jamás fui más amable con el anciano que la semana entera antes de matarlo. Todas las noches, a eso de la medianoche, abría la puerta de su cuarto —¡oh, tan suavemente! Y cuando la tenía entreabierta lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna ciega, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y la abría apenas lo bastante para que un solo rayo cayera sobre aquel ojo de buitre. Y lo hacía durante siete largas noches, exactamente a las doce, pero siempre encontré el ojo cerrado, y así me fue imposible cumplir mi obra; porque no era el viejo quien me irritaba, sino su mal de ojo.
Y todas las mañanas, apenas amanecía, entraba audazmente en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial, preguntándole cómo había pasado la noche. ¡Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy sagaz para sospechar que todas las noches, justo a las doce, yo lo vigilaba mientras dormía!
Al llegar la octava noche procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más deprisa que mi mano. Nunca, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mi poder, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sensaciones de triunfo. ¡Imagínense pensar que estaba allí, abriendo poco a poco la puerta, y él ni siquiera soñaba con mis intenciones o pensamientos secretos! Me reí entre dientes ante esta idea, y acaso me oyó, porque se agitó de pronto en la cama, como sobresaltado.
Aún ustedes piensan que retrocedí, pero no fue así. Su cuarto estaba tan negro como la pez, pues las persianas estaban bien cerradas por temor a los ladrones, y yo sabía que él no podía ver la apertura de la puerta. Continué empujándola suavemente, suavemente…
Había pasado ya mi cabeza, y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el resorte de hierro, y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
—¿Quién anda ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora larga no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a recostarse. Seguía sentado en la cama, escuchando, como yo lo estaba haciendo, noche tras noche, oyendo la muerte en la pared.
Al fin oí un leve quejido, y comprendí que era el quejido mortal que nace del terror. No era un gemido de dolor o de pena, ¡oh no!, era el sordo y ahogado resonar que brota del alma cuando la sobrecogen el espanto. Bien conocía yo aquel sonido. Muchas noches, precisamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, había brotado de mi pecho con el creciente rumor de un reloj de muerte. Lo conocía bien. Sabía lo que sentía el viejo, y le tuve lástima, aunque me reí interiormente. Comprendí que el espanto creciente lo mantenía despierto desde que oyó el primer ruido. Sus temores habían ido en aumento desde que procuraba persuadirse de que no tenía motivo para temer. Pero no podía. Se decía: “No es nada, es el viento en la chimenea, o un grillo que ha chirriado una sola vez.” Sí, se esforzaba en hallar una explicación; pero todo en vano, todo inútil. La Muerte que se aproximaba hacia él con paso furtivo lo había envuelto ya en su negra sombra. Estaba condenado.
Y ahora, ustedes me preguntan: ¿no estaba yo más que loco? Si me hubieran visto abrir con cautela la linterna. La abrí —¡oh, tan poco a poco!— hasta que un solo rayo, débil y tenue como la telaraña de araña, surgió de la ranura y cayó sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par, y yo me puse a temblar de furia al contemplarlo. Lo vi con toda claridad, de un azul intenso, con aquella fétida tela que me helaba hasta la médula de los huesos. Ningún nervio mío latía; mi corazón palpitaba con rapidez, pero yo contuve el aliento. Me mantuve inmóvil, apenas sosteniendo la luz sobre el ojo maldito.
Fue entonces cuando un rumor apagado, sordo, rápido, semejante al tic tac de un reloj envuelto en algodón, llegó a mis oídos. Yo conocía bien ese sonido. Era el latido del corazón del anciano. Aumentó más y más, minuto tras minuto. El terror del viejo debía de ser extremo. Aquel latido, repentino, aumentaba mi furor como el redoblar del tambor estimula el valor del soldado.
Pero, aún me contuve. Permanecí inmóvil. Apenas respiraba. Trataba de contener el latido hasta que llegara a un punto. Y entonces un pensamiento nuevo se apoderó de mí: aquel sonido podría ser oído por algún vecino. El momento del viejo había llegado. Lanzando un alarido abrí la linterna y me arrojé en la habitación. El viejo lanzó un solo grito. En un instante lo derribé en el suelo y eché encima la pesada cama. Sonreí alegremente al ver cumplida mi obra. Durante muchos minutos el corazón continuó latiendo con un sonido sordo. Pero poco a poco fue apagándose. Al fin, cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé mi mano sobre el corazón y permanecí así largo rato. No se percibía ya ningún latido. Estaba seguro.
De nada servía que el ojo me atormentara ya. El ojo no existía.
Si ustedes creen aún que estoy loco, dejarán de pensarlo cuando les diga que cuidé con precaución al ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y yo trabajé con prisa pero en silencio. Corté la cabeza, los brazos y las piernas. Levanté tres tablas del suelo en la habitación y oculté todo allí. Volví a colocar las tablas tan hábilmente que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— podría haber descubierto algo extraño. No había manchas, ni señales de ninguna clase. Todo estaba perfecto.
A las cuatro, ya estaba todo terminado. Todavía reinaba la oscuridad como a medianoche. En el momento en que se oyó la campanada de la hora, llamaron a la puerta de la calle. Descendí a abrir con la mayor calma, pues, ¿qué tenía yo que temer? Entraron tres hombres que se presentaron cortésmente como oficiales de policía. Un vecino había escuchado un grito durante la noche; se temía que hubiera ocurrido algún desastre; se habían enviado agentes para registrar la casa.
Sonreí, pues ¿qué tenía yo que temer? Di la bienvenida a los caballeros. El grito —les dije— lo había lanzado yo en un sueño. Expliqué que el viejo estaba ausente en el campo. Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a examinarla, a examinarla bien. Finalmente los conduje a la habitación misma, y coloqué mis propios asientos en el mismo sitio, sobre las mismas tablas que ocultaban el cadáver. Los oficiales estaban satisfechos. Mis ademanes los habían convencido. Me sentí singularmente aliviado. Me senté, y empecé a hablar de cosas triviales con toda tranquilidad.
Pero, al cabo de un rato, noté que me ponía pálido y deseaba que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que los oídos me zumbaran. Pero ellos seguían allí, sentados, conversando tranquilamente. El zumbido se hizo más intenso: seguía resonando y se fue convirtiendo en un ruido más claro. Para librarme de aquella sensación, hablaba más alto, pero el ruido aumentaba sin cesar. Se trataba de un sonido bajo, sordo, rápido, semejante al de un reloj envuelto en algodón.
Comencé a jadear, y me agitaba en el asiento; pero ellos no lo oían. Aún más claramente sonaba; ¡más fuerte! Hablé con más vehemencia; con más violencia, pero el ruido aumentaba continuamente. Me levanté y discutí tonterías con ademanes violentos; pero el ruido crecía sin cesar. ¿Por qué no se marchaban? ¡Dios mío! ¡Lo escuchaba cada vez más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
Y los hombres charlaban, reían. ¿Acaso no lo oían? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Lo oían! ¡Lo sospechaban! ¡Se estaban burlando de mi horror! ¡Así lo creí y lo creo! ¡Cualquier cosa era mejor que aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que este escarnio! ¡No podía soportar más aquellas sonrisas hipócritas! Sentí que debía gritar o morir, y, entonces, de nuevo, ¡escuchen! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
—¡Basta! —grité—. ¡Basta! ¡Es el latido de su horrible corazón!
El gato negro (1843)
Edgar Allan Poe (1809–1849)
No espero ni pido que nadie crea en el extraño, aunque sencillo, relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando hasta mis propios sentidos rechazan su testimonio. No obstante, no estoy loco —y muy ciertamente no sueño. Pero mañana muero, y hoy quiero aliviar mi alma.
Mi propósito inmediato es presentar al mundo, clara, sucinta y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos. Sus consecuencias me han aterrado, me han torturado, me han aniquilado. Y, sin embargo, no intentaré explicarlos. Para mí han representado poco menos que un misterio; para otros parecerán menos extraños que barrocos. Algún intelecto más calmado, más lógico y menos excitable que el mío, percibirá, sin duda, en las circunstancias que relato con horror, nada más que una sucesión muy común de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me distinguí por la docilidad y la humanidad de mi carácter. La ternura de mi corazón era tan evidente, que me convertí en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de ellos. Pasaba con ellos la mayor parte de mi tiempo, y jamás me sentía tan feliz como cuando los alimentaba y acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo, y en la edad madura tuve de él una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que han sentido cariño por un perro fiel y sagaz no necesitan que me detenga aquí en explicar la naturaleza o la intensidad de la satisfacción así derivada. Existe algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de quien con frecuencia ha tenido ocasión de probar la mezquina amistad y la frágil fidelidad del simple hombre.
Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición semejante a la mía. Observando mi predilección por los animales domésticos, no perdió ocasión de conseguir los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces dorados, un perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Este último era un animal notablemente fuerte y hermoso, completamente negro, y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo pensara seriamente, y sólo menciono la cosa porque la recuerdo ahora.
Plutón —tal era el nombre del gato— era mi favorito y mi compañero. Solo yo lo alimentaba, y él me seguía por la casa. Me costaba trabajo impedir que anduviera tras de mí por la calle.
Nuestra amistad duró, así, varios años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento, por la influencia del Demonio Intemperancia, se habían alterado radicalmente en peor. Día a día me volvía yo más melancólico, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Me permitía usar palabras duras con mi mujer. Finalmente, hasta llegué a ofrecerle violencias personales. Mis animales, por supuesto, notaron el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que los maltrataba. Pero en cuanto a Plutón, aún conservaba por él el suficiente afecto para abstenerme de maltratarlo, como hacía con los conejos, el mono, o incluso el perro, cuando por casualidad o afecto se cruzaban en mi camino.
Pero mi enfermedad creció sobre mí —¿qué enfermedad es comparable al alcohol?— y al fin hasta Plutón, ya viejo y por ello algo arisco, empezó a experimentar los efectos de mi mal humor.
Cierta noche, volviendo a casa completamente ebrio de uno de mis habituales vagabundeos por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré, y él, asustado por mi violencia, me hizo en la mano una ligera herida con los dientes.
Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca. Ya no me reconocía. Mi alma original pareció, de pronto, volar de mi cuerpo, y una maldad más que diabólica, saturada de ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y deliberadamente le saqué un ojo.
Me ruborizo, me quemo, me estremezco mientras escribo la execrable atrocidad.
Cuando a la mañana me hube serenado, y se disipó el ardor del sueño de la noche, experimenté un sentimiento mitad de horror, mitad de remordimiento, por el crimen que había cometido; pero era, a lo sumo, un sentimiento débil y equívoco, y el alma se mantuvo intacta. Volví a sumergirme en los excesos, y pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi acción.
El gato, entretanto, se restableció lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso, pero ya no parecía sufrir. Vagaba por la casa como de costumbre, pero, como era natural, huía lleno de terror cuando yo me acercaba. Había en esto tanto de mi desagrado… El espíritu del demonio volvió a dominarme. Y más profundamente que nunca, porque lo que me quedaba de espíritu… ¡ay!, se hundió para siempre.
Un día, a sangre fría, pasé un lazo alrededor del cuello del animal y lo colgué de la rama de un árbol; lo colgué con las lágrimas manando de mis ojos, y con el más amargo remordimiento en el corazón; lo colgué porque sabía que me había amado, y porque no me había dado motivo de ofensa; lo colgué porque sabía que al hacer tal cosa estaba cometiendo un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma más allá de la misericordia, más allá de la posibilidad de redención.
En la noche del mismo día en que este acto cruel se consumó, fui despertado de mi sueño por gritos de “¡fuego!”. Las cortinas de mi cama ardían. Toda la casa estaba en llamas. Con gran trabajo escapamos mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó reducido a cenizas. Mi fortuna se había consumido, y me entregué desde entonces a la desesperación.
No quiero establecer una conexión de causa a efecto entre este desastre y mi atrocidad; pero estoy detallando una cadena de hechos, y no quiero dejar eslabón débil. El día siguiente a aquel en que el incendio había reducido a ruinas la casa, visité las ruinas. Las paredes habían caído, menos una. Sobre esa pared, la más gruesa de la casa, había quedado todavía en pie el revoque, a pesar de que el fuego había dejado al descubierto toda la mampostería. El yeso había resistido la acción de las llamas, hecho que yo atribuía a que había sido recientemente renovado. En torno a esa pared se había congregado una muchedumbre de personas, y muchas parecían examinar con gran atención cierta parte particular de ella. Las palabras “¡extraño!”, “¡singular!”, y otras semejantes excitaron mi curiosidad. Me acerqué, y vi, como grabada en relieve sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato.
El contorno estaba ejecutado con una exactitud verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del cuello del animal.
Cuando consideré aquello, me sentí dominado por el asombro y el terror. Finalmente, recordé que el gato había sido colgado en un jardín contiguo a la casa. Al producirse el alarma de incendio, alguien debió de cortar la soga y lanzar al animal por la ventana abierta, cayendo éste en el interior de la casa, en medio de la tormenta de llamas. El resto de la población, como era natural, había arrojado al gato contra el muro recién enlucido. La cal, unida a la acción de las llamas, había producido la figura que yo veía. Aunque esta circunstancia tranquilizó un poco mi razón, no dejó de afectar profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librar mi alma de la imagen del gato; y en este tiempo, me fue creciendo en el corazón un sentimiento semejante al remordimiento. Llegué hasta el extremo de lamentar la pérdida del animal y buscar entre los lugares viles que ahora frecuentaba a otro gato negro que lo reemplazase.
Una noche, en que me hallaba medio ebrio, en un antro infame, mis ojos fueron atraídos por un objeto negro que reposaba sobre un enorme tonel de ginebra. Durante algunos minutos lo miré con atención, y al fin me acerqué y lo toqué con la mano. Era un gato negro, tan grande como Plutón, y casi enteramente igual.
Excepto por una diferencia: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo; éste tenía una mancha blanca de forma indefinida que le cubría casi toda la región del pecho.
Cuando lo acaricié, se levantó en seguida, ronroneando con fuerza. Era evidentemente un animal doméstico. Al momento me acomodé para comprarlo al dueño de la taberna. Éste no sabía nada de él, y nunca lo había visto. Lo acaricié de nuevo, y cuando me disponía a llevarlo a casa, se frotó contra mí con violencia. El animal aceptó de inmediato mi cariño, y cuando llegué a casa se convirtió en gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía. Era lo contrario de lo que había esperado, pero sin duda al principio lo atribuía a que veía en él el recuerdo de mi anterior crimen. Al cabo de algún tiempo, esta antipatía se convirtió en repugnancia. Y gradualmente, en odio.
Evitaba al animal, con una sensación de vergüenza, pues el recuerdo de mi crueldad me impedía maltratarlo. Durante varias semanas, me abstuve de pegarle o hacerle daño alguno; pero poco a poco, la innata perversidad de mi carácter, aquella perversidad que la filosofía no toma en cuenta y que es tan real como la existencia misma, me dominó por completo.
Una noche, al bajar al sótano de la casa, el gato me siguió por la escalera, casi me derribó, y en un arranque de furia, levanté un hacha, y olvidando el miedo infantil que hasta entonces había detenido mi mano, descargué un golpe contra el animal, que de haberle alcanzado, lo habría matado en el acto.
Pero la mano de mi mujer detuvo la mía. Este nuevo estorbo me exasperó hasta el frenesí, y, liberándome de su asimiento, le hundí el hacha en la cabeza. Sin una queja cayó muerta a mis pies.
Cumplido aquel horrible asesinato, me apliqué sin demora, y con toda tranquilidad, a ocultar el cadáver. Sabía que no podía sacarlo de casa ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser visto por los vecinos. Diversas ideas cruzaron por mi mente. Finalmente, pensé en emparedarla en el sótano, como los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano estaba bien adaptado a este propósito. Los muros eran de construcción tosca, y recién habían sido recubiertos con yeso que no había endurecido todavía. Además, había un hueco en la pared, como si se hubiera practicado para alguna chimenea, y que había sido tapiado. No dudé en que podía retirar fácilmente los ladrillos en ese sitio, meter allí el cadáver y volver a levantar el muro como estaba antes, de modo que ninguna mirada indiscreta pudiera sospechar nada.
Así lo hice. Despedacé el muro, coloqué cuidadosamente el cuerpo en posición vertical contra la pared, rellené la abertura con toda la destreza posible y lo recubrí con mortero. Una vez hecho, el muro parecía como antes, y no se descubría ninguna señal de lo que ocultaba.
Mi siguiente cuidado fue buscar al animal que había causado tanto infortunio, pues al principio había resuelto darle muerte en el acto. Como lo había visto entrar conmigo en el sótano, se me ocurrió que podía estar aún escondido allí. Pero no fue así. Seguramente, asustado por la violencia de mi furia, había escapado de la casa y no había vuelto a aparecer.
Me sentí feliz de ello. Me dormí la noche con el más profundo y tranquilo sueño que había gozado en mucho tiempo.
Al segundo y al tercer día después del asesinato, vinieron varias veces los agentes de policía a registrar la casa, pero nada descubrieron.
Finalmente, el cuarto día, llegaron inesperadamente, y procedieron de nuevo a una minuciosa inspección. Confiado en lo seguro de mi ocultamiento, no sentí el menor embarazo. Los agentes me pidieron que los acompañara en su pesquisa. Nada temía. El cadáver estaba bien oculto en la pared.
Al fin, por tercera o cuarta vez, descendimos al sótano. Yo estaba dominado por mi propia audacia, y no quería dejar de hacer alarde de ella.
Les acompañé arriba y abajo, y los conduje al sitio mismo donde reposaba el cadáver de mi esposa. En medio del triunfo de mi confianza, dije:
—Caballeros, esta casa está sólidamente construida. Sus muros son de gran solidez.
Y, para mayor seguridad, golpeé con un bastón el muro tras el cual yacía el cadáver de la esposa.
¡Que Dios me proteja, y me libre de las garras del maligno! Apenas había cesado el eco de mis golpes, cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un lamento, primero sordo y entrecortado, semejante al sollozo de un niño, luego una voz entrecortada y prolongada, un clamor, un alarido, mitad de horror, mitad de triunfo, que parecía subir hasta lo infinito, hasta reventar en un grito desgarrador.
Pareció como si el infierno entero se hubiera desatado de pronto con todas sus furias.
Al caer derribados los ladrillos bajo los golpes de las barras de hierro, el cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los circunstantes. Y sobre la cabeza, con la boca roja y encendida, el único ojo llameante, estaba el horrible animal que con su astucia me había seducido al crimen y me entregaba ahora al verdugo.
Había emparedado a la bestia junto con el cadáver.
El barril de amontillado (1846)
Edgar Allan Poe (1809–1849)
El millar de agravios de Fortunato los había soportado lo mejor que pude; pero cuando osó insultarme, juré vengarme. No hablé, sin embargo, de mi juramento; pero cuando llegara la hora, Fortunato sabría quién era su enemigo.
No hay en ello nada más placentero que planear la venganza con impunidad. Una venganza no se lleva a cabo si en ella hay riesgo de represalia; tampoco se cumple si el ofensor sabe quién es su enemigo. Debe saberse, por lo tanto.
Se me ocurrió, una tarde de carnaval, encontrarme con Fortunato, ya medio ebrio, vestido con un traje ridículo de bufón. Le aseguré que poseía un barril de lo que me habían dicho era amontillado, pero que por no ser un experto en vinos no podía asegurarlo del todo. Le invité a que me acompañara a catarlo. Él, vanidoso por su conocimiento de los vinos, no pudo resistir la tentación.
—¿No sabes, Montresor —me dijo— que el amontillado es un vino escaso y valioso? —Y alzaba la voz, orgulloso de su criterio de catador.
—He comprado, sin embargo, un consignado —repliqué—, y deseo que me acompañes; no confiaría en su juicio sino a ti. Además —añadí, para dar impulso a mi propósito— he pensado en probarlo y que usted me diga si es verdadero.
Fortunato, que ya estaba dispuesto a todo en aquella época de fiestas y excesos, me siguió por las calles, riendo y balanceándose, con su gorro y cascabeles, como si la diversión no tuviera término. Entramos en la ciudad, subimos por callejuelas, torcimos por plazuelas solitarias y, por fin, llegamos a la casa en la que yo residía.
Al entrar, Fortunato señaló con la cabeza un amplio hueco donde antes había estado una gran barraca, y dijo que allí, en el sitio, habían sido enterrados los restos de muchas de las más destacadas cosechas de vino. Lo oí con la calma de quien oculta su intención con serenidad.
—Hemos de ir primorosamente —dije— al sótano. Allí lo tengo asegurado.
—¿Al sótano? —respondió Fortunato, con una mueca de asombro—. Sí, vamos al sótano. No temas, amigo mío; estoy dispuesto.
Y descendimos por una escalera que conducía a las bóvedas de la casa. El aire era húmedo y pesado; había un olor a vino antiguo y a humedad que se pegaba al manto. Fortunato, entre gargajeos y risas, iba sintiendo el vino en su garganta mientras yo lo guiaba más adentro.
Al cabo de un rato llegamos a una galería de bóvedas que se prolongaba en la oscuridad. A la entrada había unas lámparas de aceite que yo hice encender. Fortunato, sintiéndose seguro y confiado por el ambiente que creía propio del bodeguero experto, me instó a que lo condujera más allá, donde guardaba el verdadero amontillado.
—Vamos, Montresor —dijo—, no te hagas de rogar. ¿Quieres que te de mi palabra de catador? —y al decir esto apretó con gesto burlón mi abrigo.
Yo respondí con sonrisa fingida y lo empujé suavemente hacia un pasadizo más estrecho. Mi plan estaba trazado al detalle. Una vez que hubiéramos pasado el primer tramo, contaba con llevarlo a la galería que terminaba en una pequeña cripta, tapada y solitaria, donde nadie oiría su clamor.
Fortunato, por su borrachera y su vanidad, no sospechó el peligro. Examinaba las tinajas y los toneles con esa pompa de experto que tanto gustaba mostrar. Yo fingí enseñar gran interés por su opinión, y él se complacía en comprobar mi modestia.
—Aquí, sin duda —dijo— hay vino de primera. ¡He catado amontillados peores que este! —y dio un sorbo de un odre cercano.
—Permaneced —murmuré—; sabed que a mí me basta olerlo para saber su especie. Pero si quieres seguir, te lo agradeceré.
Caminamos más y más, y las paredes de la galería comenzaron a estrecharse. Un frío húmedo nos rodeó; pequeñas gotas de agua comenzaron a caer de las bóvedas formando charcos en el suelo. El eco de nuestros pasos resonaba en el corredor como un rumor de olas lejanas.
—Montresor —dijo Fortunato—, no pocas veces he pasado por locales así; en mi profesión hay que acostumbrarse a la penumbra y al olor del corcho.
—Sí —contesté—; pero este amontillado es raro. Me cuesta creer que un hombre que lo ha probado no sería capaz de reconocerlo; y por eso he querido traerte.
Fortunato, apenas consciente ya, sonreía entre dientes y saludaba con la cabeza a las tinajas como si fueran viejos conocidos. De vez en cuando lanzaba exclamaciones sobre la madurez del bouquet y la falta de acidez; yo le respondía con asentimientos convenientes.
Al fin llegamos a una pequeña cámara que, según yo sabía, había sido cerrada desde hacía años. Era el lugar donde pensaba consumar mi obra. Noté que Fortunato empezaba a titubear. Era la ventaja que yo esperaba: la oscuridad y la humedad habían disipado su equilibrio.
—Estoy un poco mareado —dijo—; sube un poco el vino y me siento fatigado.
—Habría de llevarte a la luz —exclamé con fingida preocupación—; pero no hay necesidad. Ven, sígueme un poco más.
Y lo conduje hasta una estrecha abertura, que abrí con dificultad. Detrás de ella había una pequeña cripta, apenas capaz de admitir a dos hombres. De pronto, Fortunato, en su hilaridad, comenzó a toser y a estornudar, y palpando a su paso, cerró los ojos.
—Montresor —dijo—, me siento mal; este aire me oprime.
—Es solo por la broma —dije—; vamos, imbécil, no te asustes.
Con un movimiento rápido, empujé a Fortunato hacia la abertura y lo empujé dentro. En un instante, saqué una piedra y la coloqué para impedir su salida. El estrépito que produjo el cierre fue como un clamor ahogado, pero nadie podía oírlo. Fortunato, sorprendido, lanzó gritos que parecían reverberar en la bóveda. Su voz, llena de indignación y horror, pedía auxilio a Dios y juraba revelar que yo lo había traicionado.
—¿Montresor? —gritó con voz temblorosa—. ¿Qué haces, Montresor? ¡Esto es un ultraje!
—Silencio —murmuré—. No grites; piensa en tu orgullo.
Fortunato, con el rostro pálido en la semioscuridad, agarró su espada y la blandiendo con desesperación trató de romper la piedra. Mi alma, sin embargo, se mantenía fría. Había planeado con paciencia ese acto y no permitiría falla alguna. Mientras él golpeaba, yo trabajaba en los ladrillos que tenía preparados.
Con ladrillos, arcilla y mortero premeditado, comencé a cerrar la abertura. Fortunato, al principio, creyó que aquello era una broma, y usó la palabra con ese intento de alegre desprecio que procura restituir la serenidad perdida. Pero al ver que la pared se elevaba y que su paso quedaba sellado, cambió el tono. Su voz ya no era la de un borracho alegre, sino la de aquel a quien se le arranca la esperanza.
—Montresor —dijo entonces con terribles acentos—, en nombre de Dios, ten piedad! ¡Te imploro! ¡Seré tu esclavo! Dime mi pecado! Pídeme una señal y te obedeceré!
—No, Fortunato —repuse—; la venganza exige su término. No hay marcha atrás.
Su voz se transformó en sollozos; suplicó, juró, maldijo y, por fin, llamó a su orgullo. La sangre se le heló en el cuerpo y finalmente se oyó un silencio espeso, como de tumba.
Mientras yo colocaba el último ladrillo y frotaba las manos satisfecho con mi obra, Fortunato lanzó un grito tan agudo que aun hoy estremece mi memoria. Pero su eco se apagó. La lápida que levanté, la pared que cerré, el espacio que sellé, todo quedó en su lugar. No hubo más sonidos.
Con calma ensayada, coloqué el último ladrillo en su sitio y lo alisé con la paleta. El mortero, aún fresco, fue cubierto con polvo y yo dejé la superficie despejada para que nada despertara sospechas. Me senté un largo rato mirando la pared, satisfecho de la perfección con que había cumplido mi designio.
Al cabo de varios años, cuando a nadie le inquietaba el recuerdo de aquel día, cuando los testigos de mi venganza habían desaparecido o muerto, sentí la necesidad de hacer una confesión, y he dado a la posteridad la narración de mi crimen. Nadie ha reparado en la existencia de aquella pared en mi bodega. Los que pasaban por el lugar admiraban solo la solidez del edificio.
Hoy, al recordar, siento el frío de aquella galería y la muerte que me rodea. Pero la obra quedó concluida. Fortunato allí yace, olvidado, encerrado entre un muro que nadie sospecha.
¡En paz descanse!