gnussi98
Soldado
- 60
- 629
- 49
- Registrado
- 11 Sep 2010
99%
- Registrado
- 11 Sep 2010
- Mensajes
- 60
- Puntos de reacción
- 629
- Puntos
- 49
15 Years of Service
De Pollito a Gavilán
Aquel verano pegaba con fuerza. Los que tuvimos la suerte de ver a nuestra selección en Rusia y abrazarnos en Ekaterimburgo todavía cargábamos la resaca de lo vivido: la nostalgia de saber que no éramos una potencia, pero también ese orgullo raro de ser peruanos. Un orgullo que se siente distinto cuando uno está lejos, sin necesidad de mirar por encima del hombro a los de afuera ni mucho menos idealizarlos.
En mi caso, después del Mundial me picó fuerte la idea de volver. Nueve años sin regresar a la patria ya pesaban, y las ganas se hacían cada vez más evidentes. Pero con los días entendí que no se trataba solo de eso. El desasosiego seguía ahí, escondido en las noches y en mis ratos de silencio. No sabía ponerle nombre: era una mezcla de vacío, de ansiedad, de ese vértigo que da asomarse demasiado tiempo a un abismo. Y nada lo calmaba del todo: ni el trabajo, ni el deporte, ni siquiera el sexo, que por suerte o por desgracia había empezado a aparecer con más frecuencia. Podía reventarme con kilómetros de bicicleta por la ribera del río, golpear un saco de boxeo hasta que los brazos me temblaran, correr bajo la llovizna alemana como si me persiguieran, y, aun así, al apagar la luz, un zumbido me perforaba las ideas.
No era depresión, o eso me repetía para no asustarme. Era más bien una cuerda tirante en el pecho, una impaciencia que me comía por dentro. Y cuando recordaba el beso con Pollito en el hospital, la cuerda vibraba aún más, como si una mano invisible tocara un charango dentro de mí. No me gustaba esa sensación de perder el control. No me gustaba sentirme adolescente a estas alturas. Pero ahí estaba: una necesidad torpe, dulce y peligrosa.
Esa misma noche, después de que la enfermera nos botara, Pollito y yo salimos sin decir nada. Hacía frío afuera. Ese frío alemán que te cuartea los labios. Ella se arropó la garganta con una bufandita de ****** que no abrigaba nada.
—Te llevo —le dije, como si no supiera lo que estaba proponiendo—. Mi carro está en la cochera.
Pollito dudó. Movió la boca menuda, como si probara una mentira.
—No, no, tranqui. Me voy en tren.
—¿A estas horas? —la miré. Era tarde y la S-Bahn ya empezaba a recortar frecuencias. Ella lo sabía
—Vamos, te dejo por tu casa.
Bajamos a la cochera. Al abrirle la puerta del copiloto, nuestras manos se rozaron. Otra descarga. Me acomodé al volante y por un segundo me vi desde afuera: yo, todo huevón parecía alto al lado de ella, sudando bajo el abrigo, con el corazón acelerado como chibolo que va a su primera matiné.
Conduje sin poner música. Pero esa noche el silencio nos caía perfecto. A mitad de camino, Pollito dijo, casi en un susurro y media palteada:
—No debimos hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Eso —y señaló con la mirada a mis labios—. Fue una huevada.
—Sí —dije, y sentí que la palabra se quedaba colgando, inútil.
Alemania me había dado una rutina; esa noche, Pollito la había arrancado de un mordisco.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy… —hizo una mueca con eso labios, que le daba más un aire de Pollito—. No sé. Me gustó.
No supe qué decir. Apreté el timón del carro. Cerró los ojos un segundo, como si sintiera de nuevo la presión de mi mano.
—Perdón —solté.
—No te hagas —me cortó con una sonrisa pícara—. No seas huevón.
Me dio una dirección. No era su edificio, lo supe después; era una esquina a dos cuadras, un punto neutral. Me estacioné. Ella no abrió la puerta de inmediato. Se inclinó hacia mí, y olí su perfume barato mezclado con el desinfectante del hospital. Era una combinación rara, casi triste.
—No me sigas —dijo—. Mañana… hablamos. O no.
—Pollito…
—No. Mejor no digas nada —y se bajó.
La vi caminar hasta perderse entre sombras. Con la radio apagada, en mi cabeza, sonaba una canción:
Tú llegaste justo cuando menos te esperaba
Y te fuiste sin decirme ni siquiera adiós
No dormí. Al amanecer, cuando el cielo apenas aclaraba, escribí, borré, volví a escribir un mensaje. “¿Llegaste bien?” Lo dejé en visto propio por un rato largo. Finalmente lo mandé. A media mañana respondió solo con un sticker de un pollito con casco. Me reí como huevón.Y te fuiste sin decirme ni siquiera adiós
Pasaron los días. Visitamos a Adriana en su casa en horarios distintos, y cuando coincidimos, su alemán estaba pegado a Pollito como una lapa: ahí, pero sin mirar mucho. Ausente con su propio celular. Ella le hacía cariño, mecánicamente, y me dedicaba a mí miradas fugaces que me prendían bien feo.
Una tarde, cuando salía de la chamba, me escribió: “¿Estás en casa?” Le respondí que sí, que estaba por cocinar algo, que cayera si quería. “Voy”.
Llegó con una chompa grande que le tapaba casi hasta los muslos, la cara sin maquillaje y ese aire dulce que desde fuera cualquiera confundiría con timidez. Traía una botella de vino barato. Se la quité de las manos y la dejé en la mesa. No recuerdo si intentamos conversar mucho. Recuerdo, sí, que sus ojos tenían una determinación nueva. Ella gachó la mirada y le levanté la barbilla.
—¿Te sientes bien Pollito?
—Creo que hoy me volveré un gavilán, y nos cagamos de risa juntos.
Nuestros labios se unieron en automático. Tal cual lo había hecho en el hospital, con su boquita jalaba mi lengua con fuerza. Pollito me mordía los labios, no se si por arrechura o tratando de castigarme mientras me destrozaba los labios.
Pollito se trepó en mí, sus piernas abrazaban mi cuerpo y para devolver el castigo la tiré contra la pared “pum” sonó su espalda. Y dio un pequeño gemido de gozo. La forma de besar de Pollito era dura, con arrechura contenida. Como pude, le arranqué la chompa que llevaba, debajo tenía una blusita y sus pechos pequeñitos apenas si se notaban. Ni siquiera pudimos ir a mi habitación, sino caímos en el sofá de mi sala. Le arranché con furia su ropa y Pollito convertida en otra persona, con sus manitas pequeñas terminaba de desnudarme. Su mirada se había convertido, su rostro húmedo y enrojecido y su cabello despeinado le daban un aire como si lo hubiera estado buscando por mucho tiempo. Pollito se paró frente a mí, pequeña y desnuda. Así frente a mí, su conchita apenas de notaba como una rayita pequeñita, apenas era posible observar la parte superior de su conchita depilada. La tiré en el sofá, dispuesto a chuparle la conchita. Sus labios estaban metidos completamente, metí un dedo para empezar mi trabajo, y no se si era una condición de ella o simplemente es que su conchita era estrechita, eso sumado a que Pollito apenas si tenía caderas o un culo magistral. Su piel pálida, quizá por la ausencia de sol en esa época del año, le daba un aire de inocencia que me arrechaba más. La forma en que gemía, en que estiraba sus bracitos para poder agarrar mi pinga ya erecta, me daba la certeza que su arrechura iba más allá del simple deseo de cachar. La voltee para poder chuparle el culito, a la mente se me venía el culazo de Adriana, aunque Pollito no tenía el cuerpo de vedette de ella, pero su performance, sus gemidos, ese ruidito que hacía cuando mi lengua pasaba por su culito, superaba, creo yo, el sexo sin control que tenía con Adriana.
Quise penetrarla en esa posición, pero Pollito me paró en seco.
—Quiero chuparte la pinga, me dijo casi rogando.
Y así lo hizo. Su boquita era tan pequeña que mi pinga erecta no entraba completamente en ella. Sin embargo, con mi pinga dentro de su boca, su lengua hacía unos movimientos en mi glande, que me dejaban todo ahuevonado.
—¿Te gusta, no? Huevón. Mientras me miraba en esa posición.
Yo solamente asentía con la cabeza. Le quité la pinga de su boca, para no venirme a destiempo y le abrí las piernas de par en par. Le escupí de nuevo la concha, que ya la tenía mojada y empecé a penetrarla. Nuevamente, esa conchita, era estrecha, caliente, como para quedarse ahí sin moverse, sin que importase el tiempo. Pollito me abrazó con fuerza mientras la penetraba, y me jaló la lengua con un beso que hasta me hizo doler, y así en esa posición daba un gemido sordo que me hizo correrme dentro de ella.
Me quedé encima de ella, ambos sudando y cansados. Apenas me estaba incorporando y nuevamente veía fuego en los ojos de Pollito. Apoyó su espalda en el respaldar del mueble y con su manita empezó a correrse una paja delante de mí.
—Ven, ven, métemela de nuevo.
Pollito era insaciable, y por mucho que la arrechura también me desbordaba, pero necesitaba algo de tiempo para ponerme duro de nuevo. Mientras Pollito se metía dos deditos en la conchita y con sus deditos empezaba a hacer sonar su vaginita mojada que era como una melodía para mí.
—Cáchame otra vez, igual, apúrate que estoy arrecha, me decía, mientras su carita cambiaba completamente.
Yo me pajeaba de nuevo, para que mi pinga se ponga dura, de nuevo. Pollito sin poderse controlar, cogió una toalla que tenía cerca y lo dobló de una manera que lo hizo como un canuto y ¡zaz! Empezó a metérselo. ¡Puta mare!, mis amigos, con esa vista saqué fuerzas de flaqueza y me puse duro de nuevo. Le metí de nuevo la pinga en la boca de Pollito para que me ayudará a ponerme duro completamente, Pollito se pajeaba con una mano y con la otra cogía mi pinga con fuerza y se lo metía en la boca.
La puse en cuatro y empecé a darle con todas mis fuerzas, con ganas de romperla. Aunque veía el dolor en su rostro, la muy puta sólo gemía.
—Más duro, más duro, me decía, y yo con todas mis fuerzas la penetraba.
—Más duro conchetumadre, me volvía a gritar.
En esa posición atiné a presionar su cuello con mi brazo y parecía disfrutarlo. Pollito se dio la vuelta y subió solita sus piernas a mis hombros y empecé nuevamente a darle con todo lo que tenía, mientras ella seguía mentándome la madre pidiendo más castigo.
No sé si por la arrechura o la situación del momento, cogí con mi mano su cuello, que era delgadito y empecé a ahorcarla, su rostro se ponía morado, cogió con sus dos manitos mi mano, pero en vez de soltarle, y creo que, de casualidad, mi pinga terminó incrustada en su culito. Su rostro cambiaba de color, ya sus gemidos se apagaban y sabía que era la hora de soltarle. Pollito tomó dos bocanadas de aire y quería gritar, pero apenas tenía voz.
—Me estás rompiendo el poto, conchetumadre, me dijo llorosa y en vez de decirle algo nuevamente le apreté el cuello hasta venirme adentro, solté mi mano antes que tome una bocanada de aire, la besé con la misma furia que ella lo había hecho antes.
Caímos rendidos en el sofá. Pollito se reincorporó medio llorosa.
—Me has roto el poto, huevón, me dijo, como quejándose.
La cogí del cabello y la jalé con fuerza
—¿Acaso no te ha gustado?, le pregunté riéndome.
—Eres un pendejo, me dijo también con una media sonrisa.
Después, desnudos, con la respiración todavía desordenada, ella me miró, seria, como si acabáramos de firmar un contrato.
—Esto ha sido rico —dijo—. Pero es una sola vez, ¿ya?
Me reí, todavía con el cuerpo tenso.
—Claro —mentí.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Me abrazó, fría de hombros, caliente de concha. Nos besamos. Por dentro, la cuerda en mi pecho se había aflojado solo un milímetro, lo suficiente para que el vértigo dejara de marearme. No duraría mucho.
Última edición: