Ñawi Tinku: Un Loncco suelto en Europa

De Pollito a Gavilán

Aquel verano pegaba con fuerza. Los que tuvimos la suerte de ver a nuestra selección en Rusia y abrazarnos en Ekaterimburgo todavía cargábamos la resaca de lo vivido: la nostalgia de saber que no éramos una potencia, pero también ese orgullo raro de ser peruanos. Un orgullo que se siente distinto cuando uno está lejos, sin necesidad de mirar por encima del hombro a los de afuera ni mucho menos idealizarlos.

En mi caso, después del Mundial me picó fuerte la idea de volver. Nueve años sin regresar a la patria ya pesaban, y las ganas se hacían cada vez más evidentes. Pero con los días entendí que no se trataba solo de eso. El desasosiego seguía ahí, escondido en las noches y en mis ratos de silencio. No sabía ponerle nombre: era una mezcla de vacío, de ansiedad, de ese vértigo que da asomarse demasiado tiempo a un abismo. Y nada lo calmaba del todo: ni el trabajo, ni el deporte, ni siquiera el sexo, que por suerte o por desgracia había empezado a aparecer con más frecuencia. Podía reventarme con kilómetros de bicicleta por la ribera del río, golpear un saco de boxeo hasta que los brazos me temblaran, correr bajo la llovizna alemana como si me persiguieran, y, aun así, al apagar la luz, un zumbido me perforaba las ideas.

No era depresión, o eso me repetía para no asustarme. Era más bien una cuerda tirante en el pecho, una impaciencia que me comía por dentro. Y cuando recordaba el beso con Pollito en el hospital, la cuerda vibraba aún más, como si una mano invisible tocara un charango dentro de mí. No me gustaba esa sensación de perder el control. No me gustaba sentirme adolescente a estas alturas. Pero ahí estaba: una necesidad torpe, dulce y peligrosa.

Esa misma noche, después de que la enfermera nos botara, Pollito y yo salimos sin decir nada. Hacía frío afuera. Ese frío alemán que te cuartea los labios. Ella se arropó la garganta con una bufandita de ****** que no abrigaba nada.

—Te llevo —le dije, como si no supiera lo que estaba proponiendo—. Mi carro está en la cochera.
Pollito dudó. Movió la boca menuda, como si probara una mentira.
—No, no, tranqui. Me voy en tren.
—¿A estas horas? —
la miré. Era tarde y la S-Bahn ya empezaba a recortar frecuencias. Ella lo sabía
Vamos, te dejo por tu casa.

Bajamos a la cochera. Al abrirle la puerta del copiloto, nuestras manos se rozaron. Otra descarga. Me acomodé al volante y por un segundo me vi desde afuera: yo, todo huevón parecía alto al lado de ella, sudando bajo el abrigo, con el corazón acelerado como chibolo que va a su primera matiné.

Conduje sin poner música. Pero esa noche el silencio nos caía perfecto. A mitad de camino, Pollito dijo, casi en un susurro y media palteada:

—No debimos hacerlo.
—¿Qué cosa?

Eso —y señaló con la mirada a mis labios—. Fue una huevada.
—dije, y sentí que la palabra se quedaba colgando, inútil.

Alemania me había dado una rutina; esa noche, Pollito la había arrancado de un mordisco.

—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy… —hizo una mueca con eso labios, que le daba más un aire de Pollito—. No sé. Me gustó.

No supe qué decir. Apreté el timón del carro. Cerró los ojos un segundo, como si sintiera de nuevo la presión de mi mano.

—Perdón —solté.
—No te hagas —me cortó con una sonrisa pícara—. No seas huevón.

Me dio una dirección. No era su edificio, lo supe después; era una esquina a dos cuadras, un punto neutral. Me estacioné. Ella no abrió la puerta de inmediato. Se inclinó hacia mí, y olí su perfume barato mezclado con el desinfectante del hospital. Era una combinación rara, casi triste.

—No me sigas —dijo—. Mañana… hablamos. O no.
—Pollito…
—No. Mejor no digas nada —
y se bajó.

La vi caminar hasta perderse entre sombras. Con la radio apagada, en mi cabeza, sonaba una canción:

Tú llegaste justo cuando menos te esperaba
Y te fuiste sin decirme ni siquiera adiós

No dormí. Al amanecer, cuando el cielo apenas aclaraba, escribí, borré, volví a escribir un mensaje. “¿Llegaste bien?” Lo dejé en visto propio por un rato largo. Finalmente lo mandé. A media mañana respondió solo con un sticker de un pollito con casco. Me reí como huevón.

Pasaron los días. Visitamos a Adriana en su casa en horarios distintos, y cuando coincidimos, su alemán estaba pegado a Pollito como una lapa: ahí, pero sin mirar mucho. Ausente con su propio celular. Ella le hacía cariño, mecánicamente, y me dedicaba a mí miradas fugaces que me prendían bien feo.

Una tarde, cuando salía de la chamba, me escribió: “¿Estás en casa?” Le respondí que sí, que estaba por cocinar algo, que cayera si quería. “Voy”.

Llegó con una chompa grande que le tapaba casi hasta los muslos, la cara sin maquillaje y ese aire dulce que desde fuera cualquiera confundiría con timidez. Traía una botella de vino barato. Se la quité de las manos y la dejé en la mesa. No recuerdo si intentamos conversar mucho. Recuerdo, sí, que sus ojos tenían una determinación nueva. Ella gachó la mirada y le levanté la barbilla.

—¿Te sientes bien Pollito?
—Creo que hoy me volveré un gavilán
, y nos cagamos de risa juntos.

Nuestros labios se unieron en automático. Tal cual lo había hecho en el hospital, con su boquita jalaba mi lengua con fuerza. Pollito me mordía los labios, no se si por arrechura o tratando de castigarme mientras me destrozaba los labios.

Pollito se trepó en mí, sus piernas abrazaban mi cuerpo y para devolver el castigo la tiré contra la pared “pum” sonó su espalda. Y dio un pequeño gemido de gozo. La forma de besar de Pollito era dura, con arrechura contenida. Como pude, le arranqué la chompa que llevaba, debajo tenía una blusita y sus pechos pequeñitos apenas si se notaban. Ni siquiera pudimos ir a mi habitación, sino caímos en el sofá de mi sala. Le arranché con furia su ropa y Pollito convertida en otra persona, con sus manitas pequeñas terminaba de desnudarme. Su mirada se había convertido, su rostro húmedo y enrojecido y su cabello despeinado le daban un aire como si lo hubiera estado buscando por mucho tiempo. Pollito se paró frente a mí, pequeña y desnuda. Así frente a mí, su conchita apenas de notaba como una rayita pequeñita, apenas era posible observar la parte superior de su conchita depilada. La tiré en el sofá, dispuesto a chuparle la conchita. Sus labios estaban metidos completamente, metí un dedo para empezar mi trabajo, y no se si era una condición de ella o simplemente es que su conchita era estrechita, eso sumado a que Pollito apenas si tenía caderas o un culo magistral. Su piel pálida, quizá por la ausencia de sol en esa época del año, le daba un aire de inocencia que me arrechaba más. La forma en que gemía, en que estiraba sus bracitos para poder agarrar mi pinga ya erecta, me daba la certeza que su arrechura iba más allá del simple deseo de cachar. La voltee para poder chuparle el culito, a la mente se me venía el culazo de Adriana, aunque Pollito no tenía el cuerpo de vedette de ella, pero su performance, sus gemidos, ese ruidito que hacía cuando mi lengua pasaba por su culito, superaba, creo yo, el sexo sin control que tenía con Adriana.

Quise penetrarla en esa posición, pero Pollito me paró en seco.

—Quiero chuparte la pinga, me dijo casi rogando.

Y así lo hizo. Su boquita era tan pequeña que mi pinga erecta no entraba completamente en ella. Sin embargo, con mi pinga dentro de su boca, su lengua hacía unos movimientos en mi glande, que me dejaban todo ahuevonado.

—¿Te gusta, no? Huevón. Mientras me miraba en esa posición.

Yo solamente asentía con la cabeza. Le quité la pinga de su boca, para no venirme a destiempo y le abrí las piernas de par en par. Le escupí de nuevo la concha, que ya la tenía mojada y empecé a penetrarla. Nuevamente, esa conchita, era estrecha, caliente, como para quedarse ahí sin moverse, sin que importase el tiempo. Pollito me abrazó con fuerza mientras la penetraba, y me jaló la lengua con un beso que hasta me hizo doler, y así en esa posición daba un gemido sordo que me hizo correrme dentro de ella.

Me quedé encima de ella, ambos sudando y cansados. Apenas me estaba incorporando y nuevamente veía fuego en los ojos de Pollito. Apoyó su espalda en el respaldar del mueble y con su manita empezó a correrse una paja delante de mí.

—Ven, ven, métemela de nuevo.

Pollito
era insaciable, y por mucho que la arrechura también me desbordaba, pero necesitaba algo de tiempo para ponerme duro de nuevo. Mientras Pollito se metía dos deditos en la conchita y con sus deditos empezaba a hacer sonar su vaginita mojada que era como una melodía para mí.

—Cáchame otra vez, igual, apúrate que estoy arrecha, me decía, mientras su carita cambiaba completamente.

Yo me pajeaba de nuevo, para que mi pinga se ponga dura, de nuevo. Pollito sin poderse controlar, cogió una toalla que tenía cerca y lo dobló de una manera que lo hizo como un canuto y ¡zaz! Empezó a metérselo. ¡Puta mare!, mis amigos, con esa vista saqué fuerzas de flaqueza y me puse duro de nuevo. Le metí de nuevo la pinga en la boca de Pollito para que me ayudará a ponerme duro completamente, Pollito se pajeaba con una mano y con la otra cogía mi pinga con fuerza y se lo metía en la boca.

La puse en cuatro y empecé a darle con todas mis fuerzas, con ganas de romperla. Aunque veía el dolor en su rostro, la muy puta sólo gemía.

—Más duro, más duro, me decía, y yo con todas mis fuerzas la penetraba.
—Más duro conchetumadre,
me volvía a gritar.

En esa posición atiné a presionar su cuello con mi brazo y parecía disfrutarlo. Pollito se dio la vuelta y subió solita sus piernas a mis hombros y empecé nuevamente a darle con todo lo que tenía, mientras ella seguía mentándome la madre pidiendo más castigo.

No sé si por la arrechura o la situación del momento, cogí con mi mano su cuello, que era delgadito y empecé a ahorcarla, su rostro se ponía morado, cogió con sus dos manitos mi mano, pero en vez de soltarle, y creo que, de casualidad, mi pinga terminó incrustada en su culito. Su rostro cambiaba de color, ya sus gemidos se apagaban y sabía que era la hora de soltarle. Pollito tomó dos bocanadas de aire y quería gritar, pero apenas tenía voz.

—Me estás rompiendo el poto, conchetumadre, me dijo llorosa y en vez de decirle algo nuevamente le apreté el cuello hasta venirme adentro, solté mi mano antes que tome una bocanada de aire, la besé con la misma furia que ella lo había hecho antes.

Caímos rendidos en el sofá. Pollito se reincorporó medio llorosa.

—Me has roto el poto, huevón, me dijo, como quejándose.

La cogí del cabello y la jalé con fuerza

—¿Acaso no te ha gustado?, le pregunté riéndome.
—Eres un pendejo, me dijo también con una media sonrisa.

Después, desnudos, con la respiración todavía desordenada, ella me miró, seria, como si acabáramos de firmar un contrato.

Esto ha sido rico —dijo—. Pero es una sola vez, ¿ya?

Me reí, todavía con el cuerpo tenso.

—Claro —mentí.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.


Me abrazó, fría de hombros, caliente de concha. Nos besamos. Por dentro, la cuerda en mi pecho se había aflojado solo un milímetro, lo suficiente para que el vértigo dejara de marearme. No duraría mucho.
 
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Una Victoria desconocida

Al día siguiente, sábado, me fui al Calypso. No sé por qué insistíamos con ese antro, tenía algo: olor a ron, a colonia barata, a casa. Yo había quedado con una pareja argentina, amigos míos desde hacía un tiempo. Los había conocido en verano, en la piscina municipal, cuando todavía estaba con Lena.

Ese día lo tengo como foto fija en la cabeza: yo metido hasta la cintura en el agua helada, Lena sentada en la orilla, blanca como aspirina bajo el sol debilucho. Entonces la vi a ella: caminaba con un bikini mínimo que en Alemania rozaba la herejía. Una tanga que se agarraba de sus caderas como un secreto compartido. Un culo que parecía tallado por algún ente lujurioso. Ninguna alemana se ponía ese hilito dental en una piscina pública, pensé; quizá en Ibiza, quizá en un yate prestado, pero no aquí, a dos pasos de señoras con gorros de flores.

Ella tenía el pelo largo, oscuro, una piel tostada que hacía contraste con el mosaico pálido del lugar, y una manera de moverse, confiada y calma, que me dejó huevón. No era solo el cuerpo, que provocaba chupárselo, era el conjunto: una especie de alegría insolente. Iba de la mano con un tipo más alto, agarrado, con nariz aguileña, tatuajes discretos. Se hablaban rápido. Los escuché sin querer: español. Miré a Lena. Sonreí.

—Vamos a saludarlos —le dije en alemán, y ella puso cara de “otra vez”.

Nos acercamos. Yo solté la típica huevada de “¿De dónde son?” y el tipo me adelantó la mano.

Un gusto, che, soy Victorio —dijo, esbozando una risa amigable.
Y yo Victoria, río ella, con una sonrisa enorme—. Pero llamame Vicky.

Encontramos en cinco minutos una comodidad rara. Victorio me contó lo jalaron a Italia para jugar en alguna división menor y que una lesión de rodilla le cagó el futuro, que se quedó por allá de rebote y terminó saltando a Alemania, donde había lo de siempre: chamba, frío y nostalgia. Victoria, por su lado, hablaba poco, pero miraba mucho. Tenía esa amabilidad que a uno lo desarma: te tocaba el brazo para preguntarte algo, se inclinaba para oír mejor, se reía sin apuro. A Lena también le cayó bien. Salimos juntos de la piscina a tomar una cerveza y terminamos intercambiando números. “Caigan a casa un día”, dijo Victorio. Yo no soy de decir que no a esas invitaciones.

Desde ahí nos hicimos patas. Un domingo comíamos un ají de gallina mal hecho por mí, otro domingo asado medio tristón en su balcón. Victoria traía ensaladas coloridas, Victorio conseguía vinos raros que olían a cuero. Con el tiempo, Lena y yo nos fuimos enfriando. No hubo drama: dos adultos vencidos por la inercia. Terminamos y cada uno por su lado. Pero la amistad con los argentinos siguió.

Una noche, meses después, en una fiesta en casa de ellos, me di cuenta de que Victorio estaba hasta las huevas. Se había encerrado en una habitación con dos latinos más y salían y entraban con ese brillo en la nariz que no era sudor. Me llegó al pincho. Cada uno se mete lo que quiere y uno no es ni su papá ni su cura. Igual, registré el dato: a veces, Victorio se iba del mundo.

Victoria, mientras tanto, dominaba la sala. No por escándalo, sino por presencia. Le gustaba usar ropa ceñida, escotes que provocaban morderle esas tetas riquísimas, cinturita siempre ceñida y tacos altos. Se movía con esa elegancia sin esfuerzo que te obliga a seguirla con la mirada. A veces, cuando se inclinaba para hablar, su escote dejaba un poquito más a la imaginación. No era vulgar. Era, más bien, como si la noche la hubiera elegido de vehículo para lucirse.

Volviendo al Calypso: yo los estaba esperando en la barra, apoyado contra el borde pegajoso. Victorio y Victoria llegaron tarde, con esa puntualidad latinoeuropea que te hace perder un par de canciones. Nos abrazamos, hicimos el recuento habitual, bailamos un rato. Entre vueltas, Victoria reía de costado; yo pensaba en Pollito, en su promesa de “una sola vez”, y me hacía el desentendido.

Al poco tiempo llegó Pollito, la vi de lejos con su alemán. Me saludó con la mano. Él, ni fu ni fa. Pasó a mi lado una vez. Yo me hice el huevón, como un profesional. A la salida, ya tarde, me la crucé en el pasadizo del baño.

—¿Vas a hacer algo por Año Nuevo? —le dije, sin respirar.
—Creo que en casa de él, con sus papás —rodó los ojos—.
Puedes escaparte, le solté, haciéndome el pendejo.
—Tengo novio, me respondió, clavándome la mirada y desahuevándome por una vez—. Pórtate bien.

No dije más. Ella se quedó mirándome seria. Y se fue, moviendo ese paso chiquito que tenía cuando estaba en taco.

Al par de días me llegó el mensaje de Victoria: “¿Qué hacés para Año Nuevo? Vamos al Calypso”. No lo pensé mucho. Acepté. En Navidad la había pasado solo, jugando con la play. Año Nuevo me iba a encontrar con ganas de ruido, de brindis, de exagerar planes.

La noche del 31, el Calypso parecía fiesta patronal. Gente entrando con abrigos, olor a perfume y a trago. El DJ gritaba “¡Arriba los latinos!” mientras sonaba una bachata luego una salsa como una ráfaga de verano en el frío invierno.

Vicky y Victorio llegaron tarde, como era su estilo. Ella apareció primero, envuelta en una minifalda negra y un top que parecía hecho para complicar vidas. La tela le abrazaba el cuerpo sin pedir permiso. En cuanto entró, los hombres voltearon. Las mujeres también. Vicky tenía ese magnetismo sin esfuerzo: no necesitaba posar, el aire ya la seguía.

Victorio venía detrás, con la camisa medio abierta, ya con ese brillo de quien ha empezado la fiesta antes de llegar. Lo saludé, me palmeó el hombro, pidió sus tragos y se fue a saludar a otros dos patas que estaban ahí.

Bailamos desde el primer tema. Vicky se movía con una naturalidad que hacía que cualquier intento de seguirle el paso pareciera torpe. Tenía ritmo, sí, pero sobre todo tenía esa forma de disfrutar el movimiento, de hacerlo suyo. Cada vez que me hablaba, lo hacía pegándose un poco más; su boca rozaba mi mejilla al pronunciarme algo al oído, y ese roce, leve, pero insistente, tenía esa costumbre, su personalidad era sensual por naturaleza.

Alguna vez Vicky me había contado que en Argentina había trabajado de modelo, que le iba bien, que salía en desfiles y una que otras revistas locales, pero que cuando llegó a Europa la mirada era otra:

—Acá no encajo, viste. Soy muy latina. Me lo dijeron así —se reía, pero en su risa había cansancio.

A veces trabajaba en el gym, a veces en un café. Victorio había conseguido trabajo en una fábrica. Pero tenía sus huevadas con la “nota”. No hacía falta que Vicky me contara más. Ya sabía. Lo había visto mil veces: la mirada perdida, el temblor leve, el entusiasmo forzado.

—Está peor, ¿no?, le dije un día.
—Sí… cada vez más. Se quedó callada un rato.
—Nos conocemos desde pibes, ¿sabés? De la escuela. Nuestros viejos eran amigos. Nos casamos antes de venir a Italia. Éramos chicos, boludos. Y ahora… no sé.
—Vos sos distinto, me dijo.
—¿Distinto cómo?
—No sé… más tranquilo. Me hacés sentir bien.


Seguimos bailando. La música subía, nuestros cuerpos se apretaban. Vicky olía a perfume caro mezclado con sudor y humo. En una de esas, sacó de su cartera una llave. La miré con curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Nada, una ayudita
—dijo, y se inclinó. En un movimiento rápido, se llevó la llave a la nariz y esnifó una línea fina. Se enderezó con una sonrisa
—¿Querés?

Negué con la cabeza.

—Hace años que no…
—Dale, tontito
, dijo haciendo un puchero con esa boquita suya, tan cerca que sentí su aliento dulce.
— Uno solo.

Yo, que ya había jugado con demasiadas curiosidades y estaba algo "podrido". Pero Vicky, con ese gesto medio infantil, me desarmó.

—Bueno, un pasecito, dije, rendido.

Lo hice. Sentí el golpe inmediato: una mezcla de electricidad y euforia. Todo se amplificó. Las luces, la música, su cuerpo. Vicky bailaba frente a mí, sonriendo, moviéndose con una sensualidad que ya no era solo baile; era una provocación medida, un juego que los dos entendíamos y que fingíamos no entender.

Cada roce suyo era una frase no dicha. Su piel brillaba bajo las luces del Calypso, y en mi cabeza se mezclaban imágenes sueltas: Pollito en el hospital, Adriana dormida, el bebé respirando despacito, y ahora Vicky, con ese cuerpo que parecía latir al compás del tambor. Yo estaba hirviendo de arrechura y en el otro ambiente Victorio hirviéndose en coca.

En algún momento la perdí de vista. Busqué a Victorio y lo encontré en el otro ambiente, con la nariz blanca y la sonrisa vacía, estaba recontra duro y borracho. No podía ni pararse. Le hablé, pero ya estaba en otra dimensión. Lo dejé ahí, sabiendo que no había mucho que hacer. Volví a buscar a Vicky. La encontré recostada contra la barra, medio tambaleante.

—Tenemos que irnos, le dije.

La ayudé a caminar. Afuera el aire helado nos golpeó en la cara. Un taxi nos estaba esperando. Apenas podía mantener a Victorio en pie. Yo estaba mareado, ebrio, y aun así trataba de ordenar la escena.

Metí a Victorio primero; casi lo lancé al asiento trasero. Luego ayudé a Vicky, que se reía bajito sin razón.

—Estás borracha, le dije.
—Vos también estás al pedo, me respondió.

Durante el trayecto, Victorio se desplomó completamente. Vicky apenas murmuraba cosas sueltas: frases sin fin. Yo trataba de mantener la vista en la ventana, como si el aire frío que se colaba pudiera mantenerme sobrio.

Cuando llegamos a su edificio, me bajé primero. Pagué como pude, busqué las llaves entre el bolso de Vicky, y logré abrir la puerta principal. El ascensor tardaba una eternidad. Cargar a Victorio fue un suplicio, pesaba un montón el huevonazo. Tropecé dos veces; la segunda, me fui de rodillas. Me dolió, pero no podía dejarlo ahí. Lo arrastré hasta el departamento.

Lo acosté en la cama. Fui a buscar a Vicky. Estaba sentada en el pasillo, medio dormida, la espalda contra la pared. Su minifalda subida hasta donde ya no era falda. La ropa interior, apenas visible, brillaba un segundo bajo la luz amarilla del pasillo. “Puta, ¡qué rico!”, decía a mis adentros. Cerré los ojos un instante, como si eso sirviera para borrar la imagen. No sirvió.

—Vamos, le dije, y la tomé del brazo. Ella intentó ponerse de pie, falló, y terminé cargándola como pude. Era liviana, pero yo ya no tenía fuerzas.

Entramos a la habitación. La dejé caer suavemente al lado de Victorio. En el movimiento, su mano se enganchó en mi abrigo, apretando con fuerza, como si no quisiera soltarme.

—Tranquila, le murmuré, hablando despacio, como si alguien nos pudiera escuchar.

Pero no me soltó. Tiró un poco más, y yo, que apenas me sostenía, terminé cayendo sobre ella. Vicky de espaldas, con la minifalda levantada y cogida fuertemente de mi abrigo, yo sobre ella, tratando de levantarme como pudiera. El cuerpo me pesaba, y la cabeza me daba vueltas. Cerré los ojos. Sentí la mano de Vicky aferrada todavía a mi abrigo, el calor de su piel a centímetros. La respiración lenta de Victorio del otro lado.

No sé si lo hice para que me soltara o porque ya tenía alguna decisión en mente, pero apreté su culo con fuerza y todo empezó a girar en mi cabeza como un carrusel, imágenes de mi vida pasaban tan rápido que empecé a sentir un vértigo extraño. Cuando me reincorporé, estaba subiendo la faldita de Vicky, vi su calzoncito blanco. El culo que me había vuelto loco tiempo atrás en la piscina estaba a centímetros de mí. En ese momento Vicky aflojó despacio su mano de mi abrigo, pero ya era tarde. Tenía el demonio convertido en perversión pura dentro mío. Seguí subiendo la faldita de Vicky, acariciaba su culo, como si no existiera nada o nadie además de nosotros dos en su cama.

De a pocos, fui bajando esa tanguita blanca que llevaba y pude ver un pequeño brillo en su conchita depilada. Abrí con mis manos sus nalgas y pude ver la forma de asterisco de su culo, cada uno de sus pliegues, probablemente uno de los mejores culos que había visto en mi vida. Ya presa del demonio que llevaba dentro, me bajé como pude el pantalón y empecé a penetrarla, olía el aroma a perfume y cigarrillo de sus cabellos y no pasó mucho hasta que me vine dentro de ella, dejando toda mi leche adentro.

Me quedé unos segundos después del orgasmo dentro de Vicky y reaccioné, como pude, de la cagada monumental que había hecho. Como sea, traté de limpiar su conchita y le acomodé la ropa. Con esfuerzo pude levantarme y vi la escena completa: Victorio tirado boca arriba, totalmente inconsciente y a su lado Vicky, aún boca abajo junto a él. Me fui tambaleando a la cocina y bebí mucha agua. Yo mismo me di cuenta de que esta vez había llegado demasiado lejos. Un cúmulo de emociones complejas y contradictorias se agolparon en mi cabeza y salí disparado a mi casa, como un cobarde, me esperaba unos kilómetros de caminata en medio del frío y la oscuridad.

Cuando llegué a mi casa, vi que tenía un mensaje de Pollito, pero ya no tenía fuerzas para nada, me desplomé en una silla y recién pude despertar luego de varias horas.
 
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Relatazo cofra @gnussi98 se ve que ud estuvo buscando su identidad en otros lares cuando lo genuino siempre le golpeaba para hacerle recordar que venía de perulandia. Pero lo vivido y gozado nadie se lo quita. Esas experiencias son únicas, dignas de una novela.
Saludos
Gracias por sus palabras estimado Cofra @polo35
 
Grandes relaros cofra! Muy buena redacción. Paso algo mas con Vicky? Quedo atento a la continuación
 

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