La bodega - parte 1

opdraxler

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Todos los personajes, situaciones y diálogos son producto de la imaginación del autor.

Esto pasó cuando tenía 21 años. Como era habitual, fui a la bodega cerca de mi casa, atendida por una pareja de señores de unos 60 años. El hombre ya estaba acabado por la edad, buena gente, pero viejo al fin. Ella, en cambio, era distinta… la señora —vamos a ponerle Rouse— pequeña, madura, con el paso de los años en su piel, pero con un cuerpo que se mantenía provocativo: senos grandes aunque algo caídos, y unas nalgas firmes y redondeadas que parecían desafiar su edad.

Ese día todo cambió. Toqué la reja y salió Rouse con una sonrisa, llevando un vestido delgado que se movía con la brisa.

—Buenos días, señito, ¿tendrá un cuaderno universitario? —le pregunté.
—Claro, déjame ver, creo que están por aquí —respondió con dulzura.


Se acercó a la reja porque los cuadernos estaban en la vitrina de abajo. Se agachó, quedando de espaldas, el torso inclinado hacia adelante y las caderas levantadas. El vestido se metió entre sus nalgas y yo me quedé sin aire.

—Creo que estos se ven muy bien —dijo, refiriéndose a los cuadernos.
—Sí… se ven muy bien —me salió de golpe, casi tartamudeando, porque lo único en lo que pensaba eran esas nalgas frente a mí.


Ella soltó una risita, como si hubiese notado mi comentario.
—Están a ocho soles —dijo, sin apartar la sonrisa.


Justo en ese momento salió el esposo.
—¿Qué tal, joven? ¿Qué está buscando? —preguntó amablemente.
—Solo un cuaderno, ya lo encontré —intervino Rouse.


Se acercó con el cuaderno en la mano. Yo le extendí el dinero y, delante de su marido, me lo entregó rozándome la palma. Pero esta vez fue más allá: conchudamente, sin apuro, me rascó la mano con un dedo y sostuvo mi mirada, sonriendo con picardía.

El gesto me desarmó. Mi respiración se cortó, el corazón se me aceleró y un calor intenso recorrió mi cuerpo, mientras el esposo permanecía ajeno a lo que ocurría justo frente a él.

Yo solo pude devolverle una sonrisa nerviosa, intentando que no se me notara lo turbado que estaba.


---


Esa noche no pude dejar de pensar en ese gesto.

Al día siguiente regresé, con la excusa de comprar galletas. Tocó la reja y salió Rouse con otro vestido, más ajustado. Esta vez se le marcaba la ropa interior: un calzón de esos clásicos, con diseño en los bordes, que en ella lucía inesperadamente erótico.

—¿Tiene galletas? —pregunté.
—Sí, por supuesto —contestó.


Todo parecía normal, hasta que antes de irme me pidió ayuda con su computadora.
—Quiero imprimir algo, pero no sé cómo hacerlo… ¿me ayudas?


El recuerdo de su roce en mi mano se encendió en mi cabeza. Sentí cómo mi pene se endurecía solo con su invitación.
—Claro, no hay problema —le respondí.


Ya dentro, me senté frente a la computadora y empecé a sacar las impresiones. Sentí su presencia detrás de mí y de pronto se apoyó en mi espalda, sus senos pesados rozando mis hombros, como si no se diera cuenta. El calor de su cuerpo me erizó la piel. Sus manos bajaron suavemente a mis hombros, masajeándome con lentitud.

—La juventud de ahora sabe tanto de estas cosas… —susurró.
—Bueno, es parte de mi generación —le dije, tratando de sonar normal, aunque mi respiración ya era distinta—. Si quiere, yo puedo enseñarle cualquier día.
—¿En serio? —su voz sonó insinuante—. Me encantaría.


El timbre de la puerta interrumpió la tensión. Era su esposo.
—¿Pasó algo? —preguntó.
—Solo unas impresiones —respondió ella con calma—. El vecinito me estaba ayudando.


Cuando me despedí, Rouse me alcanzó unas monedas por la ayuda. Al llegar a casa, al vaciar el bolsillo, noté que entre las monedas había un papel con un número y una nota: “Escríbeme”.

Esa noche no me aguanté y a las diez le mandé un mensaje.
—Buenas noches, ¿es usted Rouse?
—Sí, soy yo. Te estabas tardando mucho en escribir.


Conversamos largo rato. Nada subido de tono, pero me pidió que al día siguiente la encontrara en el mercado a las 3 de la tarde.


---


Al llegar, me esperaba con una pantaloneta negra apretada y una casaca ligera. Su silueta resaltaba bajo la luz del día.

—Quiero que me ayudes a comprar algo —me dijo.

La seguí hasta una sección de ropa interior femenina. Tomó un calzón negro pequeño, lo levantó y con una sonrisa me preguntó:
—¿Qué tal me quedaría?


Me sonrojé al instante, consciente de la vendedora que nos observaba.
—Le quedaría muy bien… seguro a su esposo le va a encantar —dije con timidez.
—Ese ya ni me voltea a ver… —respondió, casi con desdén.


Cuando salimos del mercado, la conversación se volvió más íntima.
—¿Cómo que no la mira? —pregunté.
—Ya no me besa, no me abraza… no me desea.
—No puedo creerlo. Usted es muy bonita, aún joven.
—¿Bonita? —rió incrédula.
—Sí, demasiado. Yo… yo la besaría y abrazaría sin pensarlo.
—¿De veras? ¿Me besarías?
—Eso y más… —respondí con una sonrisa nerviosa.


Ella se quedó mirándome fijo.
—¿No quieres que vayamos a un lugar donde estemos solos?


Acepté sin dudarlo. Caminamos hasta un hotel cercano. Subía delante de mí por las escaleras y sus nalgas se movían con un ritmo hipnótico. Ya estaba completamente erecto. Al llegar a la puerta, se le cayó algo y al agacharse mi pene rozó entre sus nalgas.
—Lo siento… —balbuceé.
Ella giró la cabeza y con una sonrisa pícara susurró:
—Alguien está contento…


En el cuarto, dejó sus cosas y lo primero que hizo fue besarme. Su boca era cálida, ansiosa. Yo apretaba sus nalgas con fuerza y ella gemía contra mis labios. Le besé el cuello, recorriendo su piel con la lengua.

La recosté en la cama, le quité la casaca y el polo: no llevaba brasier. Sus senos quedaron al descubierto y me lancé a chuparlos con hambre, mientras ella se arqueaba de placer. Luego bajé lentamente, deslicé la pantaloneta y el calzón, besando cada centímetro de sus piernas hasta llegar a su sexo húmedo.

Lamí sus labios, jugué con su clítoris, la penetré con mis dedos mientras mi lengua seguía su danza. Ella gemía fuerte, mordiéndose los labios, hasta que su cuerpo tembló y un chorro me bañó el rostro. La miré, desbordada, con sus piernas abiertas y la piel enrojecida.

De inmediato se lanzó sobre mí, besándome con locura, su lengua enredándose con la mía mientras me masturbaba con fuerza. Bajó hasta mi pene y lo devoró con ansias: lo lamía, lo mordía suavemente, lo tragaba hasta ahogarse y dejarlo cubierto de saliva.
—Me voy a venir… —le advertí.
—Hazlo en mi boca… —pidió con ojos lujuriosos.


Acabé intensamente y ella tragó todo, sin detenerse, siguiendo con su boca sobre mi miembro sensible, disfrutando de mis gestos de placer.

—Quiero más… —me dijo jadeando—. Vamos a la ventana.

La tomé, la puse contra el vidrio, le jalé el cabello y la penetré fuerte mientras ella gemía mirando hacia afuera. Luego la cargué en mis brazos, sus piernas rodeándome, sus pechos rebotando contra mi pecho. Desde la primera embestida gritó que nunca había sentido algo así. Nos movimos con desenfreno hasta que nos corrimos juntos, sintiendo su humedad chorrear por mis piernas.

Caímos agotados en la cama. La miré, sudada, hermosa, y le dije lo mucho que me gustaba.
—Quédate conmigo siempre… —susurró.
—Siempre —respondí.


Se volteó y se quedó dormida de espaldas. Yo la abracé por detrás, con mi pene descansando entre sus nalgas, y me quedé dormido con ella.

Al despertar, sentí un calor húmedo. Abrí los ojos y la vi chupándomela con deseo.
—Lo siento… estaba tan duro que no pude resistir —dijo sonriendo.
—Es la mejor forma de despertarme…


Se subió sobre mí y me cabalgó con fuerza, gimiendo, hasta correrse otra vez. Antes de irnos, me besó con locura y me dijo:
—Nunca había sentido algo tan rico… gracias.
Yo le di una nalgada fuerte y le respondí:
—Gracias a ti.


Salimos del hotel, cada uno por su lado, pero sabiendo que aquello no iba a quedar ahí.
 
Buen comienzo continúe tu relato
 
El relato esta bien, pero le quitaste toda la alegría desde el comienzo al especificar que es ficticio, soy consiente de que muchos de los relatos son fantasía pero hay quienes en medio de su ingenuidad se lo creen y lo disfrutan y otros como yo que queremos apagar el cerebro un rato para fantasear con que eso nos podría pasar el la vida real.
 
El relato esta bien, pero le quitaste toda la alegría desde el comienzo al especificar que es ficticio, soy consiente de que muchos de los relatos son fantasía pero hay quienes en medio de su ingenuidad se lo creen y lo disfrutan y otros como yo que queremos apagar el cerebro un rato para fantasear con que eso nos podría pasar el la vida real.
Tal cual la malogro al decir es ficticio jajaja jajaja

Entendemos q relatos eróticos puede ser ficticio pero ya decirle q abuso JAJAJA lo ideal por cierto sería q sean reales. Caramba la gente en serio no tiene anécdotas historias de tire en serio ? Q tienen q inventarse cosas ficticias . Cuenten sus tires q hicieron como lo hicieron etc eso es un relato no se compliquen
 
buen relato brother si hay mas aventuras conitnua
 

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