Recuerdos van. Recuerdos vienen...
En una de mis muchas visitas al templo conocí a Sara. Al inicio, solía conversar con ella en la barra, compartiendo alguna bebida, para luego terminar en su habitación. Fueron 2 o 3 veces, tal vez. Nada fuera de lo común. Hasta que llegó el día D. Llegué tipo 6pm al antro. Me ubiqué en la barra para cumplir con mi ritual. Previamente le había escrito a Sara indicándole que la estaría esperando. No pasó más de media hora, cuando logro ver una hermosa figura que venía del pasillo, buscándome con la mirada. Estaba más hermosa que nunca, con su vestido negro ceñido y un maquillaje superficial que remarcaba más aún su rostro angelical. Me saludó con un pequeño beso en los labios y un abrazo muy delicado con el que me hipnotizó por el delicioso perfume que emanaba. Fue el preámbulo perfecto para una mágica noche y una pequeña pero intensa temporada que compartimos.
Recuerdo que le encantaba tomar Baileys. Muy conversadora. Tal vez era por la confianza que le había generado, la cual resumo en una frase que me dijo esa noche con el dejo propio de las colombianas: "qué pereza haberte conocido en este lugar".
Después de algunas copas, nos dirigimos a su habitación. Ni bien cerramos la puerta comenzamos a besarnos apasionadamente, mientras nos desvestíamos. Mi mente volaba entre el sabor de su lengua y el calor propio que emanaban nuestros cuerpos. De pronto me tiró sobre la cama y se sentó sobre mi cara y comenzó a moverse y a gemir. Sólo atiné a seguirle el juego. Comencé a lamerle sus deliciosa vagina, mordiendo sus rosados labios, mientras apretaba sus pequeñas y suaves nalgas con mis manos, las cuales deslizaba por toda su espalda haciendo fricción, elevando más aún su temperatura corporal. Fue así que sentí su primer orgasmo en mi boca, producto de un salvaje cunilinguis. Acto seguido ella se volteó y empezó a jugar con mi miembro, mientras yo seguía lamiendo su húmedo coño. Continuamos la faena en 69, una de mis poses favoritas, más aún cuando sientes que el placer es recíproco. Efectivamente, Sara logró en mí una súper erección. No sé de dónde saqué tanta fortaleza para no venirme y resistir tanto placer. Jamás pensé que llegaría a este nivel con ella. En ese momento tuve que hacer una jugada maestra: le pedí que me coloque el preservativo. Mientras ella se paró y busco en su cajón, yo me mojé la cara y tomé un sorbo de cerveza para atenuar el sofocón. Fue un lapso breve pero necesario. Ella se pudo en cuclillas y me volvió a succionar, mientras me miraba fijamente. Con el preservativo puesto, la levante y la cargué. Sara me abrazó y cruzó sus piernas, la penetré y comenzamos a besarnos descontroladamente. Ella apretaba sus piernas que habían hecho un candado en mi espalda con sus pequeños piecitos. Yo lograba divisar por el espejo esa hermosa imagen, con mis grandes manos cogiendo sus lindas nalgas. No había tregua. La magia seguía haciendo lo suyo.
Fue así que la eché sobre la cama sin quitar mi miembro de su vagina. Nuestros cuerpos seguían emanando gotas de sudor, empapando aún más las húmedas sábanas que habíamos dejado antes del pequeño intervalo. Estando en misionero, sentía sus piecitos apretando mis nalgas. Ella gemía más que nunca. Rozábamos nuestros rostros húmedos, mientras yo lamía todo lo que estaba al alcance de mi lengua. Estaba en trance: la luz, el ambiente, la temperatura, el sabor de su cuerpo, su sroma, sus sonidos, su textura corporal, lograron llevar mis sentidos a un nivel de excitación máximo.
Al rato decido llevar sus piernas a mis hombros, sin dejar de bombear. El roce de sus tersas piernas con mi rostro propició que me adueñara de sus lindos piecitos, los cuales besé y lamí, sin dejar de verla. Su mirada clavada en mí era testigo del máximo nivel de excitación en el que nos encontrábamos. Esa misma mirada me pidió que me acercara nuevamente a ella. Entrelazó sus manos en mi nuca y no me soltó nunca más. Empapados de sudor, comencé a bombear tan fuerte que sus gemidos se intensificaron. Gotas de sudor caían sobre ella. Nuestras lenguas seguían sedientas. Mis sentidos se agudizaron aún más, hasta que explotamos. Logramos llegar juntos. Nuestros ardientes cuerpos seguían pegados y yo seguía dentro de ella, mirándola y acariciándola.
La magia no terminaba. Pasamos así un buen rato, hasta que nuevamente estaba erecto. Su mirada cómplice me dijo que continuaramos. Efectivamente así sucedió, pero este relato será motivo de otra narración...