Saga: Me comí a una tarapotina... Virgen.

Tema en 'Relatos Eroticos Peruanos' iniciado por Philip Gerard, 8 May 2013.

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  1. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    Estimados Cófrades, aquí va una nueva Zaga, como mis relatos anteriores está basada en hechos reales. Los nombres y tal vez algunas locaciones han sido variadas para el resguardo de la identidad de las personas...:cool:

    Corría el mes de octubre, con mis amigos del colegio acostumbrábamos encontrarnos a pichanguear en el viejo colegio de La Molina, donde en la cancha de tartán jugábamos durante una hora un partido de futbol. Yo jugaba de arquero en esa oportunidad. En una de las jugadas, tratando de recordar mis épocas juveniles, salto a cortar un centro y caigo sobre la pierna izquierda y me doblo el tobillo. Falto de trajín me causé un esguince severo. A la clínica a enyesarme. El dictamen del doctor fue reposo absoluto en casa durante quince días. Al salir del nosocomio maldecía mi suerte, ¡quince días metido en casa! Me iba a dar la aburrida del demonio…. Sin embargo, el tiempo se encargaría de desmentirme.

    Normalmente el día en casa empezaba a las 6 de la mañana. Con mi esposa y mis dos hijos nos levantábamos para ir a trabajar y al colegio, respectivamente. No necesitábamos de empleada. Los nenes llegaban a las 5 p.m. porque estudiaban en uno de esos colegios en que vienen con las tareas hechas. Pero teniendo que estar yo en reposo absoluto las cosas cambiaban, mi esposa tampoco iba a dejar de trabajar para quedarse a atenderme. Decidimos entonces llamar a una agencia de empleadas del hogar para contratar a una muchacha. Era jueves por la mañana, mi mujer llamó a una agencia de confianza y para el sábado ya teníamos a una chica en la casa. El contrato sería por quince días, con la posibilidad de quedarse permanentemente.

    Ella se llamaba Maruja, tenía solo 19 añitos, era natural de Tarapoto. Como suelen ser las chicas de la amazonía, tenía peculiares facciones, ojos achinados, rostro redondo, bonitas cejas, una nariz recta y afinada. Cabello negro y lacio. Eso sí su boca era algo grande, al momento de sonreírse le sobresalían los dientes, mis hijos -que son unos jodidos- le pusieron de chapa “Ungenia” (el femenino del personaje de Condorito), y es que hablaba también de la misma forma, medio grave y gangoso. Pero si de cara era una “ungenia”, de cuerpo era una “Yayita”. Unos pechos prominentes, unos 38 calculaba, una cinturita propia de su edad y un trasero nada despreciable, aunque algo estrecha, como lo son normalmente las charapas. Eso sí, usaba ropa suelta como para que no se le notasen las prominencias que tenía. Mi mujer que era muy práctica la tomó al toque, no era de hacerse problemas, “por 15 días que suponía estuviese la chica”. Le enseñó la casa, sus deberes y estándares de calidad doméstica y la citó para el domingo en la noche. El servicio sería cama adentro. Se le acondicionó el cuarto de planchado de ropa, contiguo a la lavandería.

    A todo esto, el más motivado era mi hijo mayor, con 15 años a cuestas ya era todo un hombrecito, con vicios y virtudes. Un galancito como su padre, que disfrutaba de la popularidad y compañía de las chicas del barrio, quienes frecuentemente venían a buscarlo. La chica tenía una estatura mediana, aproximadamente unos 1.70 m. Mi hijo para ese entonces ya se andaba en 1.75 m., alto como yo, aunque aún sin alcanzarme.

    Les cuento todo esto, porque la historia que les voy a narrar nos tendrá a los tres como protagonistas. Maruja –la nueva empleada charapita, André –mi adolescente hijo, y yo –el jefe del hogar, obligado a quedarme en casa enyesado de un tobillo.

    Siendo ya el domingo y al regresar en el auto con la familia de escuchar misa, yo ayudado con unas muletas, nos encontramos a Maruja que estaba esperando en la puerta de la casa con una maletita. La ví y me recordó a la Natacha, esa novela cursi que dieron por Tv. años atrás. El pendejo de mi hijo, que parece ya le había echado ojo, muy solícito se acercó a saludarle y ofreció ayudarle con su maleta. Después de todo el tema protocolar, en que mi esposa es especialista, la chica fue ubicada en su dormitorio, donde le proporcionamos también un pequeño radio – televisor de blanco y negro, que para esa época eran muy comunes.

    Al día siguiente, puntualmente, todos estaban en pie. Claro, salvo yo que me quedé en la cama. Luego de su desayuno subieron al coche y se fueron, mis hijos y su madre, con dirección a sus destinos. Veía yo la televisión, cuando escucho que me dicen “Señor buenos días”, era Maruja, luego de haber tocado la puerta y entrado al dormitorio con la bandeja de mi desayuno. Estaba vestida con el traje de empleadas que mi mujer le había entregado, le llegaba a la mitad de las piernas, ceñido en la cintura y en la parte del pecho, apretadito, sobresaliendo unos impresionantes senos, cuya parte superior solo se dejaban ver por el cuello en V que tenía el vestido. La verdad que me sorprendió verla tan rica, pero traté de disimular para no hacerme evidente. También debo decir que la deseé al instante. Si por mí hubiera sido en ese momento mismo la metía a la cama. Pero no podía aventurarme tan rápidamente. Si hacía roche no solo me quedaba sin empleada, sino que mi mujer me botaba de la casa, y así cojo ni cojudo que fuera. Debía ir pausadamente.

    “Gracias”, le contesté, “pero debo de bañarme primero”. “Ayúdame para ir a la ducha”, continué. Se acercó a la cama y se quedó mirándome, pero como yo quería ganarme con ella, le dije “ven, ayúdame a levantarme”, se inclinó para que me apoyara en su hombro, ahí pude verle sus exuberantes pechos, rodeados de un sostén que con las justas le cubría las aureolas. Ella olía a fresco, frescura de ducha, pero también de juventud, tenía esa “energía” limpia, gracia le llaman, con la que cuentan las jóvenes y que tanto nos atrae a los cuarentones. Con el pie sano me levanté, mientras que su cuerpo me servía de muleta para la otra pierna. Le pasé la mano sobre el cuello y casi de casualidad con la punta de los dedos alcancé a rozar su pecho. Como comprenderán, me “colgué” de ella, ¿estaba inválido no?

    Yo estaba semivestido de la cintura para abajo, solo con el pantalón del pijama. Así que sentía mi piel directamente. Una vez en la tina de la ducha, le dije “vas a tener que ayudarme a entrar”. “Ya señor”, me contestó. Pero no podía entrar con el pijama puesto, así que muy frescamente me lo quité y me quedé en cueros. Ella ni se inmutó, parecía que estaba a acostumbrada a ver hombres desnudos. Por algo venía de la selva. Por el contrario, el sorprendido ante su actitud de indiferencia fui yo.

    Al terminar la ducha le volví a pedir ayuda para salir, a lo que accedió solícita. Yo continué con mi teatro. Esta vez, le pedí ayuda para que me recibiera al salir de la tina, “como no debía asentar el pie enyesado”, astutamente, le pedí que se pusiera delante de mí para apoyarme en ella. Lo hizo sin chistar. Se mostraba muy dócil. Puse mis dos brazos sobre su cuello y solo una toalla en la cintura me separaba de su cuerpo. Salí y me la punteé con todo descaro. Ella sacó más el poto, le gustaba la vaina. Ya en la cama, al sentarme se me cayó la toalla, exhibiendo mi pene erecto. Ahí sí miró hacia un costado, alcanzándome la toalla caída. Con una cara de complicidad me trajo la bandeja de desayuno, luego hizo el ademán de retirarse, a lo que le dije, “quédate, no me gusta desayunar solo”, medio verdad, medio mi deseo de seducirla.

    Comenzamos a hablar, me contó de su vida, de cómo había vivido en Tarapoto, de su venida a Lima. Aparentemente una melancólica historia. El recordar le ocasionó un entristecimiento. Una lágrima corrió por su mejilla. Me enterneció y la llamé a mi costado. Le enjugué la lágrima con la palma de la mano, pero ella me tomó la mano y me miró con mucha dulzura. Mi única reacción fue acercarme a su rostro y besarla. Ella me correspondió el beso. Y a partir de ese momento desatamos nuestra lujuria.

    Le besé el cuello y se entregó completamente a mí, se echó en la cama y me miró como diciéndome “poséeme, soy tuya”. Le abrí el vestido y el sostén. Sus pechos estaban ante mí, grandes pero desparramados, con unos pezones y aureolas marrones. Mi primer deseo fue besarlos, parte por parte, estaban tan frescos y suaves. Ella se estremecía cada vez que lo hacía. Cerraba sus ojos y disfrutaba intensamente mis caricias, gimiendo suavemente. Yo ya había puesto mi humanidad encima de ella y me excitaba aceleradamente. Comencé a chuparle los pezones mientras le seguía quitando el vestido, dejándola en calzón. Ella me acariciaba por ratos la cabeza, y luego la espalda. En algún momento llegó hasta mis nalgas, apretándolas suavemente. Excitadísimo yo, me propuse prepararla para la penetración. Seguí besándole el cuerpo, llegué a su rica barriguita, suavecita, endeble, apetecible. Comencé a mordisquearla con delicadeza, como si le estuviera absorbiendo su frescura, ella se reía y se quejaba, “ay qué me haces”, le salía lo charapa cuando hablaba y eso me excitaba mucho más aún.

    En ese momento le quité el calzón, estilo mochita, que tenía. Felizmente la chica estaba afeitadita, no pelada, pero sí afeitadita, se nota que era muy aseada la nena. Continué hasta la parte baja del vientre, ahí ya solo la besaba. En las uniones de su cadera y sus piernas comencé a morderla de nuevo. Se arqueaba voluptuosamente. Es una de las zonas más sensibles de la mujer. La sentía caliente, ansiosa, gemía y gemía de placer, por ratos se levantaba a querer besarme y acariciarme y con los ojos casi desorbitados de la lujuria se volvía a echar. Ya en el acto final de la preparación para poseerla íntegramente, con mi lengua me fui sobre el monte de Venus, se la pasé primero con mucha suavidad, explorando el terreno y sus reacciones, cuando encontré el punto preciso de excitación, volvió a gemir. Me concentré ahí para someterla totalmente. Ella era ya solo quejidos, ah, ah, ah, ah. Me propuse entonces irme sobre sus labios, rosaditos, tersos y descubrí….. que era virgen…

    CONTINUARÁ….
     
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  2. nwo_26

    nwo_26 Iniciante

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    terminala
     
  3. Jupiter el dios del rayo

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    Dejas con las ganas cofra...terminala pronto.
     
  4. dokkosex

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    tiene q continuar el relato cofrade!!!
     
  5. Edgar2084

    Edgar2084 Aspirante a Miembro

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    que sigaaa chutaa me dejo otra vez con el pajaro a punto de despegar ...
     
  6. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    SEGUNDA PARTE.

    Inmediatamente me recordé la cantidad de veces que me había encontrado con chicas así, que cuando ya las vas a “profanar” te dicen con cara de ruego “soy virgen”. Ciertamente es mucho más fácil penetrar a una mujer que ya tiene su kilometraje recorrido, pero cuando vas a hacerlo con una “virgen”, en lo particular a mí -que fui educado en colegio religioso- siempre me ha resultado un conflicto ético. El cual frecuentemente, después de no poder controlar solo con plegarias mi arrechura, he resuelto, olvidándome de lo enseñado por los curitas.

    Pero esta virgen no lo era porque no tuviese oportunidad de que alguien le dé curso y le empuje un buen tractor. Al contrario, si era tan rica, que lo extraño era encontrarle el pito cerrado. Pero, lo era porque quería llegar virgen al matrimonio! Por lo menos eso es lo que me dijo. Les sigo contando la historia.

    Empecé a lamerle suavemente los labios, ya se estaban humedeciendo, pero cuando quise penetrarla con la lengua, para después moverme y empujarle mi arma de guerra, encontré que estaba cerrada. En ese momento me sorprendí y me hice levemente hacia atrás. Breves instantes que la hicieron reaccionar a Marujita. Si yo hubiera sabido que era virgen, hubiese empleado otra estrategia, pero la verdad que me extravié, como creo le habría pasado a cualquiera de ustedes.
    “Soy virgen” me dijo, con ese dejito charapa, pero en forma de confesión y de súplica. Discúlpenme, pero a mí me enterneció. Podía haber actuado a lo animal y prácticamente haberla violado en ese momento. Pero primero no es mi estilo y segundo, ahí nomás me generaba un problema mayúsculo, sin saber cuáles serían las consecuencias. Pensé rápidamente, si es virgen la voy a hacer mía de una forma en que no nos olvidaremos nunca. Finalmente para ambos podía ser una experiencia maravillosa. “Voy a prepararla más entonces”, pensé.

    Me sobrepuse y me acerqué a ella tiernamente. Hubieran visto el brillo de sus ojos al observar mi actitud de respeto. Ella sabía que podía haberla penetrado a lo bruto, estaba en mis manos finalmente hacerlo, pero me gané lo principal, su espíritu, con lo que lo demás vendría por añadidura, cuantas veces yo quisiera. Me puse frente a ella y la miré a los ojos, me veía como a un dios, como a su dios. Definitivamente, más gané no penetrándola en ese momento que si lo hubiera hecho. Nos besamos al principio con mucha ternura y después con loca pasión. Yo pensé, “ahora sí la hago”.
    La entrega era mutua, nos prodigábamos besos, caricias, hasta mordiscos, me prendí otra vez de sus riquísimos pechos. Esos pezones en mis labios se crispaban de placer cada vez que los mordía suavemente. Ella me clavaba las uñas en el cuero cabelludo, como reflejo de sus goces carnales. Pero no se quedaba atrás, con la fuerza de la mujer del campo y como yo también estaba algo disminuido por la enyesada, me echó para atrás, sobre la cama y fue ella quien empezó a “comerme”. “A la mierda, me dije, charapa tenía que ser”.

    Se lanzó encima de mí, con las piernas abiertas se sentó encima de mi estómago y desde esa posición estratégica, me tomó los brazos, como si fuera su prisionero, y comenzó a besarme la boca. Yo quería abrazarla, pero ella hacía fuerza sobre mí. Yo me dejé dominar, tratando de averiguar qué es lo que quería. Después de besarme la boca lo hizo a los pallares de mis orejas. La muy bandida sabía lo que hacía (Qué bravas que son las charapas en verdad, creo que les viene de instinto). “Ahora eres mío papito, yo soy la que te va a comer”, me susurró en el oído. Y en verdad cumplió lo ofrecido.

    Siguió bajando por el cuello, como si fuera un animal de caza, me pasaba sus labios, la lengua y su nariz. Yo era su preza, así me sentía en ese momento. Pero qué rica sensación, su piel suave, su rostro sedoso, acariciándote tu propia piel, su propio olor a fresco, todo era un placer sensitivo incomparable, quise volver a abrazarla pero no quería. “No, me dijo, tú eres mi esclavo”. Solo faltaba que me amarrara a la cama. Yo le seguía el juego, la estaba pasando muy bien. Se fue entonces sobre mi pecho, seguía con su práctica, me disfrutaba segundo a segundo, sin ningún apuro, para ella era como si el tiempo no tuviera límites. Un beso de sus labios, una caricia lingual y la aspiración nasal como si se tratara de grabar mi aroma personal. Llegó a mis tetillas y recién aprendí lo que deben sentir las mujeres cuando les hacen una buena lamida de pechos. Primero me pasó su lengua, toda su lengua sobre el pezón, lo hizo así un par de veces, yo que tengo algo de pectorales le habrá agradado la prominencia. Después me mordió suavemente con sus dientes. Ahí sí me quejé, fue para peor, porque se me prendió con más ganas, pero también con harta pasión. Pero debo confesar que me gustó, me excitó sobre manera. Después de tomar uno, con harto gusto, como una loba, se fue sobre el otro pecho, y me hizo lo mismo. Lo lamió y lo mordió con muchas ganas, intentando que me queje otra vez, media sádica parecía.

    Yo ya estaba a mil, me propuse después de semejante posesión, cogérmela a como diera lugar. Intenté moverme, impulsándome con la pierna enyesada pero no pude, no tenía la misma movilidad. Ella, como sabiendo lo que se le venía, interrumpió su sensual tortura, y se fue sobre mi pene. El pobre ya estaba lagrimeando, señal inequívoca de una erección total. Primero lo miró, como estudiándolo, como si le sacara una radiografía, pero eso sí demostrando un amplio conocimiento del tema. Ahí me dí cuenta que era virgen físicamente, pero con amplia experiencia sexual. Después de “reconocerlo”, se lo enguyó, esa es la palabra, abrió su bocota y se lo metió enterito, sin dudas ni conmiseraciones. Sentí cómo internamente con la lengua lo acariciaba, de un lado a otro, después le dio una absorbida que por poquito hace que me venga dentro de su boca. Se lo volvió a sacar, como para mostrarme cuáles eran sus “artes”. Le pasaba la lengua por toda la circunferencia y el largo. Con qué gusto lo hacía, demostraba que ese era su placer mayúsculo. En un momento, solo se puso el glande en la boca, y se lo pasó por los labios, como si fuera un lápiz labial. Ya pueden imaginarse la sensualidad del momento, la suavidad de sus labios y la sensitividad de esa zona! Después de eso se metió solo la cabeza en la boca y comenzó a sorberlo como si fuera un sorbete, me quería sacar la lechada en una sola, la muy pendeja. “¡No!”, le dije. Yo seguía con mi intención de reventarla. en ese momento, ya con la cabeza caliente, era a como sea. Inteligente la chica dejó de hacerlo, pero se fue sobre mis gemelos. Los comenzó a besar, con mucha ternura, como si fueran dos bebés. Evidentemente sabía de su fragilidad. Me abrió las piernas y fue hasta la base de los testículos, acariciándolos, como si fuese un masaje prostático. Luego, la muy bandida quiso hacerme lo que suelen hacer en la selva, meterme el dedo por el ano. Yo me dí cuenta, por algo tengo vida recorrida, y la detuve. Ella renunció a su intención y antes que yo dijese nada, comentó “pero así vas a sentir más rico” siempre con ese dejito arrechante.

    “Déjate de huevadas y ven aquí”, le respondí. La jalé hacia un costado, poniéndola en posición para echarme encima. Ella muy experimentada me agarró la pinga con la mano. Y muy segura de sí me dijo, “me estoy guardando para mi marido ¿tú te vas a casar conmigo?”. Si las mujeres maduran rápido, es obvio que las charapas lo hacen más rápido todavía. Sus palabras me dejaron lelo.

    “No, ¿no es cierto? Entonces déjamelo todo esto a mí”. Volvió a tomar mi falo y se dio una prendida que me desarmó todito. Para esto yo ya estaba recontra excitado y lo que más buscaba era copular. Se metió el órgano a la boca y volvió a lengüetearlo y chuparlo, se ayudó con las manos a estimularlo. Mi placer era interminable, yo ya no hacía más que gemir. Ella me lo chupaba y me miraba a los ojos. Yo, con uno de los brazos buscaba acariciarla, apretarle las tetas, esas tan ricas que tenía. Con los dedos le cogí los pezones y se los apretaba suavemente, deslicé mi mano por su espalda, luego a las nalgas, llegando a su culo. Le metí el dedo y entró tranquilito.

    “Ah no, me dije, aquí pagas pato”. No sé cómo hice, pero me olvidé de las maneras y la puse en cuatro. Ahí tenía al frente mío un rico culito que sí tenía su kilometraje, no esperé más y se la zampé. Dio un grito de dolor que se habrá sentido en toda la casa, aunque felizmente no había nadie. Comencé a empujársela con mucha pasión, ella se adaptó rápidamente, todo me hace pensar que era por ahí donde desfogaba todo su líbido, cumpliendo su promesa de llegar virgen al matrimonio. Conocedora del oficio, puso a moverse todo su trasero, para atrás para adelante, para un costado para el otro costado, era una licuadora humana. En esas condiciones, no duré mucho. Me vine todito dentro de ella. Esa fue su “venganza”. Yo terminé entre satisfecho y rendido, echado en la cama.

    En eso suena el teléfono del dormitorio. Yo pensé si es mi mujer y no contesto va a sospechar. “Pásame el teléfono pero no contestes”, le dije a Maruja. “Hola mi amor”, me decía mi esposa del otro lado de la extensión. “hola cariño”, le contesté. “¿Y qué tal cómo te está yendo con la chica?”, me preguntó -algo preocupada- mi esposa.

    “Bien, le dije, se nota que es buena en su trabajo”. Acaso ¿no estarían ustedes de acuerdo conmigo?

    CONTINUARÁ.
     
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  7. christianhs

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    jajaja cama adentro!!!
     
  8. Jupiter el dios del rayo

    Jupiter el dios del rayo Aspirante a Miembro

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    Buena, el relato es exitante...sigue escribiendo pronto
     
  9. dokkosex

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    No se gana.. Pero se goza. Bien con la tubeada a la charapita virgen.
     
  10. manBREAK

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    Q buena; son tremendo polvorín las charapas ;) puedo dar de eso...
     
  11. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    TERCERA PARTE.
    Luego de otra sadiqueada a la Marujita, la dejé ir para que cocinara. Mi mujercita vendría a almorzar conmigo. Así que debía dejarla chambear nomás. No fuera a ser que la “titular” se diera cuenta de la pendejada.

    Ya en la tarde me fui a dormir la siesta, que bien que la necesitaba. Mi trabajo era estresante y ese descanso médico sí que me había caído a pelo para reponer energías. Llegada la tarde, escuché la bulla de mis dos hijos, revoltosos como siempre. Uno de 15 años y el otro de 11. El primero era igualito a mí. Se llama André. Alto, cuerpón, de buena facha. Quien lo veía no le echaba la edad que tenía, sino hasta más. Como ya estaba en la edad de la “chiquillada” yo lo tenía bien entrenado en cómo entrarle a las mujeres. Y en eso, sí que era muy aplicado. Las amigas lo llamaban y el fin de semana era bien pedidito por las compañeritas del colegio, hasta de años superiores. Mi chibolo era un “galanazo”, estaba en camino a superar a su padre. Mi engreído.

    Entró a mi dormitorio a saludarme. “Hola viejo, ¿cómo estás?”. Y me dio el beso de rigor en la mejilla. “Aquí, le respondí, aburrido viendo televisión todo el día”. Hablábamos de cosas del colegio, y en eso se le escapó una frase. “Oye pa, está bien rica la fámula ¿no?”. Yo me hice el desentendido, y le dije: “No vayas a hacer huevadas que tu madre te castra. Ya sabes cómo es ella”. Él solo soltó una risa, “jajajajaja”. Yo tengo la impresión que mis palabras, lejos de amedrentarlo más se convirtieron en un reto para él.

    Al día siguiente, de nuevo a solas con la charapita, trataba de convencerla de darnos un repeticuá, cuando me suelta una acusación. “Tú y tu hijo son iguales, eso nomás quieren”. “Mierda”, pensé, “¿qué cosa hizo este pendejo?”. Con esas palabras ya me puse serio. “¿Qué ha pasado con André?” le pregunté. “Está que me enamora”. “Jajaja”, solté la carcajada. “Bueno, de qué te quejas, tiene los mismos gustos del padre. Jajaja” me volví a reír. Ella me miró con rostro de indignación, como diciéndome “con el costo de uno me voy a comer a dos”. Yo le capté el mensaje al instante, soy muy bueno “leyendo” los ojos. “No te preocupes, yo me encargo de él. Tú eres solo para este pechito”, y me la jalé de la mano hacia la cama.

    Esta vez fue más "estrecha" nuestra relación. Volvió a mirarme a los ojos con gran dulzura, definitivamente yo le gustaba. Me rodeó con los brazos la cabeza y yo su cintura. Y nos besamos apasionadamente. Sí que me jodía tener la pierna enyesada, pero igual tenía que trabajarla con eso. Fue ella quien ahora tomó la iniciativa de desnudarme. Besándome todito, desde la cabeza a los pies, sin dejar de detenerse en el cañón y sus dos ruedas. Sí que sabía chuparlo. Primero le pasaba la lengua con saliva, y después volvía a pasarle la lengua, recogiendo la saliva y tragándosela, como si con ella me hubiera absorbido todo. Yo cerraba los ojos y le decía cosas bonitas. Siempre he pensado que a las jermas hay que calentarles el oído, es el mejor estimulante que realmente existe. Y a ella le encantaba. “Me gusta lo que me dices, nunca nadie me había dicho eso”, me confesó al oído. Y debo de decir que ella también comenzaba a gustarme. Su juventud, su cuerpo, su entrega total. Tenerla a mi disposición como mi mujer, mejor que a mi propia esposa, haciendo cosas que con ella no hago. Porque las horas que estábamos solos en la casa compartíamos de todo. Definitivamente algo nacía entre nosotros.

    Después de darnos incontables besos y abrazos, tenía que darle curso a mi arrechura. Y volví a intentar cogerla por el pito. No quiso, enérgicamente puso su mano sobre su vagina. “Ya te he dicho que no”, fue su categórica expresión. No lo pensé dos veces, y la puse de espaldas, pero de nuevo con toda mi fuerza la penetré por el asterisco. Ahhhh, dio un grito como esas gatas que se las está clavando el gato en el techo. Alguna vez habrán oído alguno ¿no? Fue una clavada de pasión y de venganza por no soltarme el grande (¿Cómo es no? Generalmente hacemos gran esfuerzo porque nos suelten el “chico”, pero yo estaba angustiado por comérmela por la zorra….).

    Pasé mis brazos en torno a su cuerpo y le cogí los pechos, esos ricos pechos “que se poseía”. Y comencé a moverme, para adelante y para atrás, mientras le apretaba las tetas. Primero suavemente y después, a como me iba excitando, con mayor fuerza. “Ay, papito, me decía, qué rico. Cáchame, cáchame”. Y claro que yo cumplía su deseo. Le soltaba los pechos y la apretaba de la cintura. Por ratos, hacía descender más mi mano por adelante, quería meterle el dedo a la chucha para excitarla más, pero siempre me sacaba la mano, tendría temor que la perfore con mis dedos. Mientras, le seguía hablando, le declaraba mi “amor eterno”, y todas esas cojudeces que uno dice cuando está arrecho. Le mordía los hombros y el cuello. Nos movíamos y yo le clavaba los dientes en la base del cráneo. Era uno de sus puntos débiles, se escarapelaba toda. Seguí dándole hasta que me vine dentro suyo.

    Fue rico, pero bien rico. Nos quedamos unidos no como gatos, sino como perros, enlazados uno al otro. Abrazándola yo por la espalda, y ella a su vez tomando mis brazos. Lo raro fue que me daba ganas de seguirle hablando, aunque ya no estaba arrecho.

    Ya en la tarde llegaron mis hijos. Y, como quedé con Marujita, bajé al primer piso para estar con ellos. A la hora del lonche, ya los cuatro juntos, mi mujer llegaba más tarde, nos sentamos en la mesa de la cocina. Y de verdad que comprobé cómo se le iban los ojos a André por la empleada. Era recontra solícito, colaborador, ¡lo que no había hecho ni con su madre! Zalamero, juguetón, la hacía reír. Quería enamorarla, eso era un hecho. Yo por dentro estaba hecho un pichín. Me moría de los celos, porque la muy pendeja le seguía el juego.

    Pero, me puse a pensar. “¿No será que ella a propósito me dijo para sacarme los celos?”. “Las huevas”, me respondí. “Me haré el cojudo nomás”, resolví entonces. Me dolería después de tamaño error. Y es que yo mismo subestimé a mi hijo.

    Este Andrecito, le aplicó a la sirvienta todo el manual que yo le dicté. La ayudó a instalarse en la casa. La llevó a las tiendas cercanas a presentarla con la casería. Cuando había que hacer el mercado la acompañaba y le traía los paquetes. Y poco a poco se iba ganando su confianza. El muy pendejo, hasta comenzó a jugarse de manos con ella, haciéndole cosquillas y de refilón tocándole los pechos. Un buen día, los sorprendí en la lavandería, cuando él se la estaba punteando, so pretexto de colgarle la ropa.

    ¡Carajo, ya se imaginan cómo estaba yo! “¡André!”, le grité. Él no esperaba que lo sorprendiera. Los dos se asustaron. Ella se metió para la cocina y él se quedó paralizado. “Vamos a la sala, quiero hablar contigo”.

    Cófrades, qué hubieran hecho ustedes estando en mi situación. Espero sus comentarios. Después les contaré qué es lo que hice y sus consecuencias también.
     
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  12. ugass

    ugass Aspirante a Miembro

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    excelente relato maestro. se nota que domin bien la cancha. una unica curiosidad, podria comentar k cosas bonitas dice k le decia a esta charapita mientras le lactaba el cañon? puede parecer obvio pero para algunos esos consejos valen oro.

    gracias
     
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  13. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    Cófrade, debo confesarte que estos sucesos no fueron hace poco tiempo. No podría recordar con exactitud lo que le dije. Sí que lo hice. Ahora bien, ¿cuál es mi receta? Pienso en lo más bello que se me ocurre y se lo digo. Sin temores ni prejuicios. Es importante también que uno lea. Evidentemente, no solo noticias o reportes de trabajo. Es buena la poesía, obras literarias. No olvidemos la música! A mí me encanta particularmente. Con esto te digo que no es cuestión de memorizar, sino de adoptar una actitud. De relajarte y dejar que salga a través de tu boca lo mejor de tí. Cuanto mejor seas, mejores serán tus palabras.
     
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  14. christianhs

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    estimado cofrade aparte de cancha ud. redacta muy bien y eso lo hace muy interesante, intuyo q ahi hubo un trio o una "pasantia" con la femina
     
  15. pillo86

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    deje que el muchacho goze pe.... Ya ud gozo.... No sea tacaño
     
  16. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    Gracias cófrades por los comentarios, la historia claro que continuó, es verídica, aunque para seguir contándola he de atenerme a las normas del Foro.
     
  17. sex22

    sex22 Aspirante a Miembro

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    Excelente relato, de los mejores que he leido. Espero la proxima parte de esta saga.
     
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  18. Osiris

    Osiris Aspirante a Miembro

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    Todo lo que sea, pero no le voy a estar enseñando **** al hijo, luego que respeto va a tener, francamente de mal gusto....
     
  19. augusto6000

    augusto6000 Miembro Activo

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    Estamos en tiempos modernos.. los hijos sabemos mas q los padres.. yo pienso q una buena leccion no estaria nada mal.. claro esta que enseñandole la manera mas segura d vivir una plena sexualidad.. pues mi viejo me enseño a tomar,fumar,enamorar y tirar. no le he perdido el respeto, le estoy agradecido..
     
  20. Philip Gerard

    Philip Gerard Aspirante a Miembro

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    CUARTA PARTE

    El muchacho ingresó asustado a la Sala. Y es que él ya tenía esas costumbres desde chibolo, le gustaba meterle la mano a las empleadas, por detrás les jalaba la tira del sostén. Cuando eran bustonas, sin roche les cogía los pechos y les decía que las “iba a sintonizar” pegando su cabeza a sus senos como si fuera a escuchar música. Como comprenderán las chicas no nos duraban, es por ello que asumimos mandarlos a colegio de todo el día. Pero era su madre la más perjudicada, porque tenía que hacérsela con todas las de la casa. Había una señora que venía a hacer limpieza los fines de semana ya que tenía hijos y no podía hacer cama adentro. Así que yo ya sabía por dónde agarrarlo.

    Ya una vez en la sala, alejado de la cocina, le grité a André “¡Qué te pasa carajo!, ¿quieres hacer que se vaya otra chica? Te chapa tu madre y te muele a palos”. Él no se quedó callado y sin faltarme el respeto me contestó, “viejo, pero ella es la que me busca. A veces me da unas miradas que me arrechan”. Yo solo lo miré y pensé “así que a esta pendeja no le basta con comerse al padre, sino que también quiere comerse al hijo”. “No seas cojudo, le dije. Las charapas miran así a todos. No por eso te vas a propasar con ella. Después se queja con tu madre y te jodiste. Agradece que he sido yo quien te ha visto y no ella. Y te chapo otra vez y te saco de las clases de manejo de auto, ya sabes. Y ya vete a la academia que vas a llegar tarde”. Le toqué la vena más sensible, estaba aprendiendo a manejar auto en una academia, lo que era lo más preciado para él. Y no estaría dispuesto a perderlo.

    Mi menor hijo, Willy se ganó con toda la escena. Este chico es más centrado que su hermano mayor. Cuando André ya salió, me comentó: “Papá, lo que el chicho –su chapa de casa- dice es cierto. Yo he visto cómo la Maruja le coquetea y hasta se muerde los labios provocándolo”. Yo me quedé callado. Estaba hirviendo en celos, ahora lo sé. “Puta de mierda, pensaba, así que no te basta lo que te doy sino que quieres también con mi hijo”. “¿Y por qué no me has dicho antes? ¿Le has contado a tu mamá?” le pregunté luego de su narración. “No, sería para que la bote y después quién nos va a atender a nosotros. Yo estoy contento con tener a alguien que nos atienda, después no me importa”. El pragmatismo de la juventud. Aunque de seguro también pensaría que con el tiempo a él también le dé “servicio”. Con estos muchachos de ahora nunca se sabe. “Si pues, tienes razón Willy, si se va quién nos atiende” todo serio le respondí. “No le digas nada a tu madre, sino se arma la de San Quintín”.

    Al rato, llegó mi mujer y la ví realmente diferente. Apreciaba en ella el valor de la fidelidad. Evidentemente ya no era una jovencita, mantenía aún su belleza primaveral, que se veía resaltada por la sonrisa de estar junto a su familia. No tenía ya el cuerpo escultural que me atrajo cuando éramos más jóvenes, pero eso de saber que ella era solamente mía, me volvió a seducir.

    Después de llegar de su trabajo, Marisol, mi mujer, solía darse un baño, para luego bajar a cenar. Esa noche decidí acompañarla. Ya me habían sacado la bota de yeso, así que tenía casi recuperada mi movilidad.

    Mientras ella ya estaba en la ducha, me desnudé y me metí con ella también. Esa noche la deseaba como no lo hacía desde hace mucho tiempo.
    “Philip ¿qué haces?” me preguntó asombrada cuando ya me metía en la bañera. “Quiero bañarme contigo ¿no puedo?” le dije. “Claro que puedes mi amor, sino que hace tanto tiempo que no lo hacías” me respondió abrazándome por el cuello y dándome un tierno beso en los labios, que yo convertí con mi calentura en un ósculo apasionado.

    Ella olía a fresco. Yo la acariciaba como en las primeras veces que éramos enamorados y teníamos que escaparnos “disque al cine” para irnos a un hotel lejos de nuestro barrio para que nadie nos sorprendiera. “¿Te acuerdas que lo hacíamos de pie en la ducha y tú me cargabas y así me penetrabas?” se recordó. Sí pues, ella tenía una figura escultural pero delgada, que con los brazos la cargaba, me ponía los suyos sobre mis hombros y sus piernas en torno a mis caderas. Así que derechito nomás la penetraba. Ella se prendía totalmente en mí, mientras nos movíamos como locos, me besaba y me apretaba contra sí. Después así ensartada y abrazada me la llevaba a la cama, donde seguíamos tirando hasta venirnos los dos, y luego continuar dándonos besos, caricias y abrazos.
    Ahora ya no podría hacer lo mismo, no por mí -que he repetido la travesura pero con otras protagonistas- sino porque ella había aumentado su peso, aunque sin perder la belleza de sus formas.

    Sin tratar de perder la emoción del momento, le dije a mi mujer: “No podemos hacer lo mismo, pero eso no significa que dejemos de divertirnos”. Así que nos echamos en la bañera y seguimos besándonos. Le lamí los pechos, sorbiéndoselos como las primeras veces. Ya no eran esos pezones pequeños que yo preparé para que usaran mis hijos, pero seguían retorciéndose cada vez que les daba una pequeña mordida. Continué bajando y le hice una sopa como no se la hacía hace tiempo ya. Se vino todita en mi propia boca. Y me lo tomé con un gusto mayúsculo. Su reacción fue decirme: “Mi amor, ahora te toca a ti”. Me echó en la bañera y se montó en mí. Con su propia mano se metió mi pinga a su vagina y comenzó a cabalgar, gimiendo y gimiendo en voz baja. Se vino un par de veces más, hasta que yo también lo hice y le volví a jurar mi amor eterno. Al terminar, recordando prácticas juveniles, se lo sacó y se lo metió a la boca, chupándome hasta la última gota. Yo la miraba y sentía absoluto placer. Volvíamos a ser como dos jovencitos de 25 años.

    Ya no bajamos a cenar, esa noche comimos en el dormitorio. Al subir Maruja a traernos la bandeja, nos encontró desnudos dentro de la cama. Una venganza y una lección acababa de dictarse. Pero faltaba la última y definitiva, esa charapita tenía que recibir su merecido.
     
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