La trampa en la que cayó Flor

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aubertS

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En 2015, Flor (nombre ficticio), a sus 32 años, era una visión que incendiaba los sentidos. Pequeña, con apenas 1,53 metros y 53 kilos, su cuerpo era un templo forjado en el gimnasio: piel canela oscura que brillaba como bronce pulido, cabello negro azabache lacio que caía hasta la mitad de su espalda, y ojos grandes color café que, con su expresión seria e intelectual, sugerían una inocencia engañosa.

Pero su cuerpazo era puro pecado: una cintura estrecha, senos 36C turgentes, brazos delgados pero firmes, y unos muslos torneados, duros como mármol. Su trasero, enorme, redondeado y musculoso, era una obra maestra que robaba el aliento, aunque en su vida diaria lo ocultaba bajo ropa suelta para evitar miradas. En la intimidad, esa mujer reservada se transformaba en una diosa del deseo, sumisa pero voraz, dispuesta a devorar y ser devorada.

La chispa con Christian (nombre ficticio) comenzó en las aulas de su maestría. Él, con una mirada que perforaba, sabía cómo encenderla. Durante las clases, sus ojos se deslizaban por su vestido ceñido, deteniéndose en los contornos de sus muslos y la curva de su culo. En los descansos, susurraba comentarios cargados de intención: “Ese vestido te queda demasiado bien, Flor,” decía, su voz baja resonando en su oído, “pero apuesto a que sin él eres una locura.” Ella, con su fachada seria, fingía ignorarlo, pero su cuerpo la traicionaba: un leve temblor en las manos, un cruce de piernas lento que dejaba ver sus medias de nylon negras, acompañado de un gemido suave, casi inaudible, que escapaba de sus labios. Christian intensificaba el juego, rozando su brazo al pasar un cuaderno, dejando que sus dedos se demoraran en los suyos. “Me estás matando con esa mirada,” le susurró una vez, y Flor, con un suspiro contenido, respondió: “Tú eres el que no para de mirar.”

La trampa llegó con una excusa perfecta: un trabajo grupal en su departamento, en el piso 20 de un edificio con vistas a una avenida bulliciosa. Christian, con astucia, aseguró que los demás no asistieran, dejando a Flor sola con él. Cuando ella llegó, su vestido ceñido se pegaba a cada curva, las medias de nylon negras resaltando sus muslos musculosos. “Los demás llegarán pronto,” mintió él, ofreciéndole una copa de vino tinto mientras una música suave llenaba el aire. Sentados en el sillón, el vino calentaba la sangre de Flor, y Christian se acercó, sus rodillas rozándose, su presencia alta dominando el espacio frente a su figura petite pero explosiva.

El vestido de Flor se subió al sentarse, dejando al descubierto sus muslos, y Christian no perdió tiempo. Sus dedos jugaron con los de ella, trazando círculos en sus muñecas, subiendo con audacia hasta su cuello. “Tu piel es una tentación,” murmuró, sus manos masajeando sus hombros con una presión que arrancó un gemido bajo de Flor, un sonido gutural que vibraba en su garganta. “Dame un masaje,” pidió ella, su voz temblando, y Christian, oliendo su deseo, acercó su rostro, soplando en su cuello. “Estás tan rica, Flor,” susurró, enviando escalofríos por su cuerpo. Su altura le permitía envolverla, sus manos grandes contrastando con su cuerpazo compacto. “Para,” murmuró ella, sin convicción, mientras un gemido suave escapaba de sus labios.

La tensión era insoportable. Flor, con los ojos cerrados, sentía el deseo arder, pero aún luchaba por controlarse. Christian, su pene endureciéndose bajo el pantalón, notó cómo los ojos de Flor se clavaron en él, brillando con hambre. “¿Qué me estás haciendo?” susurró ella, su voz entrecortada por un gemido ansioso. La diferencia de sus cuerpos —él alto y esguío, ella pequeña pero con un cuerpazo musculoso— hacía que cada movimiento pareciera coreografiado. La abrazó, sus labios chocando en un beso feroz, sus lenguas danzando mientras sus manos apretaban su culo, sintiendo la firmeza de sus nalgas. “Carajo, este culo,” gruñó él, y Flor, con un gemido agudo, se subió el vestido hasta la cintura, revelando un tanga hilo dental negro que apenas cubría su intimidad. Christian, con un gruñido, bajó el cierre del vestido y se lo arrancó por encima, dejándola expuesta: sostén negro, tanga, medias de nylon, su cuerpazo brillando como una escultura viva.

El deseo explotó. Flor, arrodillada frente a él, le bajó el pantalón con urgencia, liberando un pene de 20 centímetros, delgado pero imponente, que contrastaba con su cuerpo compacto. Lo tomó en su boca, sus labios envolviéndolo con ansia, la saliva goteando mientras intentaba tragarlo entero, atragantándose con su longitud. Sus gemidos, húmedos y entrecortados, resonaban mientras chupaba, sus ojos fijos en los de Christian. “Sigue así, Flor,” gruñó él, guiando su cabeza con una mano. Luego, la levantó y la colocó sobre un mueble, sus rodillas hundiéndose en los cojines, su culo monumental elevado. Su estatura le permitía alinearse perfectamente, y, sin aviso, le arrancó el tanga hacia un lado y la penetró de golpe, su pene hundiéndose hasta el fondo de su vagina. Flor soltó un gemido agudo, casi un grito, que llenó la habitación, su cuerpo temblando ante la profundidad abrumadora. “¡Más, Christian!” jadeó, mientras él, con embestidas rápidas y profundas, hacía vibrar su cuerpazo. Cegado por su culo musculoso, eyaculó en un minuto, llenándola de semen. Flor, al notar la falta de condón, dudó, pero el fuego de ocho meses sin sexo la consumía. “No pares,” susurró, su voz rota por un gemido desesperado.

No satisfecha, Flor lo miró con ojos voraces y volvió a arrodillarse, lamiendo su pene cubierto de semen, chupándolo con una mezcla de suavidad y urgencia hasta que volvió a endurecerse, sus gemidos húmedos resonando en cada lamida. “Al dormitorio,” exigió, llevándolo de la mano. En la cama, se entregó en misionero, sus piernas abiertas, sus muslos musculosos temblando mientras Christian, con su altura, se inclinaba sobre ella, sus embestidas profundas arrancándole gemidos agudos y continuos. “¡Sí, así, más profundo!” gritaba ella, su cuerpazo arqueándose. Luego, tomó el control en cowgirl, montándolo con una intensidad que hacía temblar la cama, su culo rebotando, sus senos balanceándose bajo el sostén. “Mírame, Christian,” jadeó, sus gemidos rítmicos resonando frente al espejo. Su cuerpo era cubierto completamente por Christian, y cuando él eyaculó dentro de ella de nuevo, Flor alcanzó un orgasmo vaginal que la hizo gritar, un alarido agudo que estremeció la habitación, su cuerpazo colapsando sobre él.

Tras un breve descanso, Flor bebió agua, su mente volviendo por un momento a su ser racional. Pidió cubrirse con las sábanas, tímida de repente, pero Christian, insaciable, se colocó detrás de ella en cucharita. Su cuerpo alto envolvía su figura petite, su pene duro frotándose contra su culo, sus manos grandes amasándole los senos, pellizcando sus pezones. “Oh, Dios,” gimió Flor, un sonido bajo y gutural, mientras él la provocaba. “Métemela por atrás,” susurró, y la penetración anal fue fácil, su delgadez deslizándose sin resistencia. En cucharita, sus cuerpos encajaban perfectamente, su altura permitiéndole embestir desde un ángulo que la hacía estremecerse, sus gemidos convirtiéndose en jadeos rítmicos. “Más fuerte,” pidió ella, y Christian obedeció, intensificando el ritmo. Luego, Flor, más atrevida, se montó en reverse cowgirl anal, su culo rebotando frente al espejo, sus muslos musculosos tensándose. “¡Sí, sí!” gritó, su voz quebrándose en un orgasmo anal que la hizo convulsionar, sus gemidos resonando como un eco.

A las 4 de la mañana, mientras dormía desnuda, Christian la despertó, su pene buscando su entrada. “Otra vez,” murmuró ella, con un gemido somnoliento pero ansioso, rendida al deseo. Él la puso en misionero, levantando sus piernas a sus hombros, su altura permitiendo una penetración tan profunda que Flor sentía su vagina llena, con centímetros aún por entrar. “¡Christian!” gimió, sus alaridos agudos llenando el aire mientras cada embestida era un relámpago de placer, hasta que un orgasmo la hizo temblar, sus uñas marcando su espalda.

Antes del amanecer, Christian la llevó al balcón del piso 20, desnuda bajo el cielo oscuro. La inclinó contra la baranda, su cuerpo alto cubriendo su cuerpazo mientras la penetraba analmente. “Que me vean,” jadeó Flor, su voz temblando de excitación, mientras su culo monumental rebotaba con cada embestida. Algunos transeúntes madrugadores, a lo lejos, vieron su figura brillando en la penumbra, y el exhibicionismo la llevó a otro clímax, un grito agudo que cortó la noche, su cuerpo estremeciéndose.

Cuando el reloj marcó el amanecer, Flor, exhausta pero consciente de su trabajo a las 8 de la mañana, dijo: “Tengo que irme, Christian.” Él insistió en que se quedara, su mano rozando su muslo. “Solo una ducha rápida,” propuso, con una sonrisa traviesa, “para refrescarte antes de irte.” Flor, con un gemido resignado pero excitado, aceptó. En la ducha, bajo el agua caliente, la intensidad resurgió. Flor, con las manos contra la pared en una posición de “cateo policial,” pidió: “Pasa a mi culo.” Christian, con su estatura facilitando el ángulo, la penetró analmente, el agua cayendo sobre sus cuerpos. “¡Más, más!” gimió ella, sus jadeos rítmicos resonando en el baño mientras él eyaculaba dentro de ella, sellando una noche de lujuria desenfrenada.

A las 7 am, Christian la llevó a su casa en su carro. En el camino, fue directo: “No quiero una relación, Flor, pero quiero más noches como esta.” Ella, aún palpitando por el placer, respondió con una sonrisa: “Ya veremos.” Su voz, cargada de promesas, y su cuerpazo, vibrando con un hambre salvaje, dejaban claro que esa noche había encendido algo nuevo en ella.
 
Una para que la conozcan

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qué delicia!
 
Como me dijo un profe alguna vez, las mujeres vienen a la maestría a buscar marido. Conocí algunos casos y otras que estuvieron de pareja toda la maestría. Al final no aprendieron ni pincho xd
 
Como me dijo un profe alguna vez, las mujeres vienen a la maestría a buscar marido. Conocí algunos casos y otras que estuvieron de pareja toda la maestría. Al final no aprendieron ni pincho xd
Si, eso se ha visto bastante. Pero no les liga siempre
 

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