Grises y mas grises. El ayer y el hoy juntos al mañana. Desatada.

grindo doido

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Como nunca trataré de darle fin, algo que nunca hice o casi nunca.

Brevemente indicaré que es una historia sobre alguien que era sumisa y fina a pasar a ser osada, o endemoniada. Sin embargo cualquier aventura con ella paso a ser sumamente excitante y suculenta, dejando siempre que el mañana tiene que darse de nuevo con ella.


Entre Sombras y Deseos

Capítulo 1: El Bar de los Diez Años​

La primera vez que la vi después de tantos años fue en un bar de luces bajas... Esa noche, en una habitación de hotel, la tuve entre mis brazos… aunque el dinero sobre la mesa pesaba más de lo que hubiera querido.

No sabría por donde comenzar, porque ella era así, inspiraba todo y a la vez me aburrían sus golpes, literalmente te daba la estocada final. Pero cuando me detengo me pongo a meditar, ella era sumisa, taciturna, se iba de este mundo y retornaba con fuerza, con una sola frase me llenaba y daba que hablar.

Verla la primera vez fue algo típico que me sucedía con el sexo opuesto, pese a todo, ella era una joven menor que yo ( y yo amaba salir con mayores).

Un libro, una lectura y muchas conversas solo de eso, yo la amé en silencio y como todo en mí, fue una pausa y sabe Dios que vendrá. Era evocar la primera iniciación sin copular, muy a la antigua, eran dos jóvenes ( mas ella) que no estaban ni en su época ni hábitat pero que luchaban por ser felices a su modo.

Frágil y a la vez llena de vigor no llegaba a su techo. La tertulia fue uniéndonos y no pararíamos a experimentar lo mas oscuros de nuestros seres.

Dentro de todo lo inocentes e introvertidos seres que eramos, yo proponía, luego de ese primera visualización, fuimos a dar una vuelta que se hizo eterna. De saber donde vivía, que hacía, porque no le gustaba salir pero hacerlo con alguien como yo que la comprendía sin preguntar, ya nos sentíamos seguros.

Sin embargo como muchas cosas, lo bonito dura poco, sin explicación, desapareció y en ese entonces se llevó mi vida, dejando un cuerpo y un ser anodino.

Muchos años después vendría la recompensa.........................................



Capítulo 2: Más Allá del Dinero​

Una década después de que ella se fue sin ton ni son, sin razones sin justificaciones, me topé con ella donde menos creía.

Fue insólito y mágico pero al profundizar, ya su retina, su iris y el parpadear de su ser me indicaba que era casi su gemela perversa.

Me vio, me saludó, me dejó su número y solo atinó a decir, me llamas, me ves y quedamos. Mas sombras que luces...........................

Las citas se volvieron frecuentes. Aunque el dinero estaba presente, empecé a notar que su mirada no era la de una profesional, sino la de una mujer descubriendo algo nuevo.

Esos largos años me la trajo distinta en todo sentido. De aquella época de vestidos mas antiguos que la realidad misma, donde escondía todo y apenas toqué su alma, ahora en un solo movimiento le vi su tanga, su hilo, su bikini pequeñísimo y todo eso me encendía, ya quería hacerle el amor.

Pero tenía que sufrir, que pagar, que ser humillado, de arranque me exigió o pagas o te vas, era caro, cobraba bien. No espere más, quería escucharla pero no se podría, le rompía las minis, puti vestidos y toda lentejuela que ese cuerpo delgado en casi 1,60 mas tacos, 15 cms mas me enloquecía.

Pasaron las fechas, las noches, los licores y fuimos experimentando, una vez mientras volvía del baño, ella jugaba sola, aun dulce, aun tierna, casi como aquella primera vez que me envolví en ella, me dijo, ven, prueba, huele, oler es rico y mas si es conmigo, se había echado casi la mitad del champagne en su cuerpo, que rico estaba. No espere mas e iniciamos el camino a lo furtivo, loco, a encendernos y bramar en estas brasas que alimentan su ego y el mío.

Esa misma noche cogimos como condenados, en el baño, en el taxi, en su cuarto, cuando alguien le llama y yo tengo que irme, me dice espera, el viene acá, no te vayas, se me ocurre algo………………………………………………………………………………………………………………………………..

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Capítulo 3: El Primer Paso a la Intimidad Real
Silencios, risas, dudas, confesiones íntimas. Esa noche hicimos el amor sin que me cobre. Por primera vez sentí que era mi mujer y no una dama de compañía.

Como sucedió, como se dio no es algo que normalmente me haya pasado en mi vida. Normalmente planifico con tiempo, pero en ese momento fue todo inaudito. Estaba esperando dar un examen de recuperación en la universidad y de pronto llega un mensaje tuyo, que nos viéramos en equis lugar, no lo dudé, yo estaba en SI y tu en LO, menos mal que tenía dinero, no trabajaba, pero si me recurseaba, tomé un par de taxis porque no querían ir hasta tu zona. Ya con el sudor, temor, desesperación y una hora después, llegué, estabas vestida de azul, un azul eléctrico, me impactaste, más de lo normal.

Me acerco, te huelo, sueño, deseo, anhelo, no se como decirlo, soy torpe una vez mas, tu mirada me dice no, tu cuerpo se resiste, y de tanto insistir me señalas que no es que no quieras, es que estas con tus días, yo insisto como siempre en mi vida. Necesito poseerte, necesito saber y no esperar 10 años más. A empujones te llevo a un hotel cercano. Ya en el lugar de saciarnos, vas despejando dudas, esos enormes senos me hacen tartamudear, por un largo momento estoy petrificado hasta que tú, ahora tan fría me dices, apura no hay mucho tiempo, me acerco, sigilosamente, toco suave, lamo, huelo, soplo, ya me voy chisgueteando abajo y tu me tocas, me muerdes, muerdes mucho, me gusta, pero da miedo y de pronto toco abajo, empapado, entre rojizo y blanquecino, algo peluda pero que mas da. Me dije llegué a la cima, no puedo esperar más. Ya ingresando en ese terreno nuevo, me sentí hombre, varón, un chico con suerte. No pensé en lo que vendría, pero por fin, ahora si. Empezamos suavemente y no paramos hasta corrernos mutuamente, la llovizna empezaba y una llamada te decía que eras de él.

Me disponía a ir, pero me dices, no, está cerca, vete a otra habitación, te llamo y regresas, esto será rápido. En mi sano juicio dije si, pero cuando cerré la puerta me iba, ya estaba bajando las escaleras, salía de ese aposento, y en eso me timbras, no contesto, llega un mensaje y pensé que todo fue mentira para que ordenes, ve a la habitación y en 20 minutos vuelves aquí…………………….


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Capítulo 4: Escuchar Tras la Pared​

Me citó en un hotel. Ella con otro al otro lado de la pared. Yo escuchaba, ardiendo de celos y deseo. Luego vino a mí, sudorosa, y se entregó con furia.

Eso es lo que creí escuchar, es lo que creía ver, sentir, hacer, tener o lo que vagamente recuerdo.

Cuando tocó la puerta no estaba ella sino alguien parecida, pedí perdón y salí loqueado. De allí en adelante perdería la noción del tiempo, ella tenía ese poder. Tal vez, realmente, tenía que meditar sobre esto, porque creo hoy, que, si volviera esta situación, supiera quien fue y si todo tuvo sentido.

De retorno a casa, otro mensaje, me dijo, me equivoque de habitación, de número, estoy en casa, si deseas vienes.

Volví a pensar, no le respondí, me dije, si sigo, esta pendeja me va a llevar al Larco Herrera. Di una pausa a toda esta farsa, a la fábula mentirosa o el cuento feliz. Pero cuando mas quería que se muriese todo, volvía como el ave fénix. Un gran beso desbordó en una pasión con muchos orgasmos, sus gemidos parecían reales, ese blanquecino líquido era puro y miel, se metió uno, dos, tres dedos y gritó, cabrón esto es por ti, no pienses, haz, actúa, haz y goza.

Me quedé mirándola, tal vez hice una fotografía con esa imagen que duró mucho tiempo sobre todo cuando buscaba salidas.

A la mañana siguiente me cita en su casa, tenía que ir y al entrar me sentí extraño, no estaba ella, solo un hombre de mirada inquietante, elegante, maduro señorial, distinto para la época, casi de un porte extranjero, un desconocido que solo me saludó con la mirada, me hizo entrar y nadie habló por varios minutos que en mi cabeza fueron meses. Luego de haberme acabado una botella de un gran ron que nadie me invitó, apareció, estaba espectacular, una minifalda verde, ceñida a su cuerpo pecaminoso, se notaban sus largas piernas, me saluda, se lo lleva al tipo, yo como cojudo no supe como reaccionar, hasta que me grita, me dice pasa, ellos están echados, seguía petrificado y empezamos ambos a seducirla, a domarla, cambiamos de poses, me costaba tenerla erecta delante de otro, hasta que cerrando los ojos me vi con dos exs, en un instante era yo quien me multiplicaba y según mi óptica se desmayó de tanto frenesí.

Me pedía que le apriete los senos pero se la empuje con fuerza, lo ví al hombre alejarse, yo quería concentrarme pero por momentos flashes del pasado o del futuro donde era oscuro, donde estaba ella sin cabeza, todo eso me iba reprimiendo. Ella seguía cabalgando, yo transpirado con la verga mas roja que un tomate, mis venas iban a estallar, sus pechos a aplastarme, sin pensarlo expulsé todo y como casi nunca le empapé desde sus largos cabellos, ojos, boca hasta gotearle y caer de sus pezones rosas chicos a su concha maltrecha y olorosa…………………..




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Capítulo 5: El Teléfono Encendido​

La pantalla iluminó la penumbra del bar donde me encontraba. El celular vibraba una y otra vez en el bolsillo de mi saco, interrumpiendo la conversación con la mujer que sonreía frente a mí. Lo saqué con desgano, dispuesto a ignorar la llamada, hasta que vi su nombre. Sentí un cosquilleo en el estómago. Lo mismo que la primera vez, pero algo muy dentro de mi sabía que se venían cositas distintas y destructivas.

—¿Vas a contestar? —preguntó la mujer que me acompañaba, una ex que en realidad fue algo casi pasajero y que al sentirme tan vacío no me importó volver a tener un poco de toxicidad, pero finalmente su compañía.

Asentí apenas y deslicé el dedo sobre la pantalla. La voz de ella irrumpió con una fuerza cruda, sin pedir permiso.

—No cortes… —dijo entre jadeos—. Quiero que me escuches. Quiero que lo hagas ahora, mientras piensas en mí. En un inicio iba a seguir su juego, pero de pronto escucho su voz, alguien que le dice algo que no se entendía, yo quedé callado por largos minutos para después gritar con quien mierdas estas, seguro perra follas y me quieres ver la cara. Ellos callaron, ellos en silencio, yo me alejé, no supe si irme o si quedarme, solo atiné a irme al baño, allí nadie y en especial mi acompañante entraría

Mi respiración se agitó. Me aseguré de estar solo, cerré bien y fue automático, contesté, pero no escuché nada hasta que hummmmmmmmmm um fuerte hummmmmm y un grito gutural me petrificaba para continuar, dale, dale mas fuerte, siiiiiiii, macho mío, embiste, embiste, rómpeme, quiébrame, solo tu me haces feliz y me rompes toda. Sin intención mi verga se levantó, entre la humillación y la excitación, empecé a pajearme, la tenía super parada, sudaba, transpiraba y mi venosa pija estallaba, luego otro silencio largo, preciso cuando un ohhhhhhhhhhhhhhhh, me mueroooooooooo, se desplomaba del goce y la subida y caída de la montaña rusa, mientras, salían mis últimas gotas y la puerta del baño era abierta para que mi amiga me increpe y me dé un té cargado…………..

—Los límites son la única razón por la que sigues contestando mis llamadas. Me hizo una videollamada, tuve que volver al mismo lugar, empezar de 0 y continuar esta trepidante historia.

En ese instante, otro giro aún más inesperado: la videollamada se amplió, y en la pantalla apareció un rostro que reconocí demasiado bien. Era un ex compañero de trabajo, que haría allí, como la conocía.

—¿Sorprendido? —preguntó con ironía, mientras sostenía a la mujer—. Te advertí que tarde o temprano compartiríamos algo más que secretos.

El golpe fue seco, interno, demoledor. Todo se mezclaba: la mujer del bar, la mujer del teléfono, y ahora mi supuesto amigo, todos en una misma conspiración de deseo, traición y poder.

Ella cerró con una frase que nos dejó en silencio absoluto:

—El teléfono seguirá encendido. La próxima vez no será solo para mirar.

Solo cuando estoy con ella soy diferente y a la vez real y ahora un pusilánime ser.

Mi acompañante se fue, el bar vacío, para bien o para mal, ese trago y la botella serían mis amigas para contener mis lágrimas y darme una explicación…………



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Capítulo 6: El Juego del Mirón​

La propuesta llegó como un golpe, un susurro que se enroscó en mi oído y quemó mi cerebro. "Quiero que me veas con otro", dijo, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y algo que no pude descifrar. Pero también noté venganza, odio, desprecio, todavía no sabía si era para mí, para ella o para los dos, Debía transitar con cuidado en ese límite que estábamos cayendo ambos, fruto de experimentar cosas extrañas y placenteras.

Acepté. Mis labios apenas articularon la palabra, pero mis ojos, supongo, lo gritaron. Ella sonrió, una sonrisa lenta que no llegó a sus ojos. Escogimos un bar en Miraflores, uno con luces bajas y rincones estratégicos. El plan era simple en su perversidad: yo, oculto entre las sombras, la observaría mientras ella... estaba con otro. El corazón me martilleaba las costillas con la fuerza de un tambor de guerra.

Llegó primero. Un vestido como siempre bien pegdo a su delgado pero insinuante y provocativo cuerpo, tan vibrante que parecía latir bajo las luces tenues. Se sentó en una mesa apartada, con su espalda ligeramente hacia donde yo me ocultaría. Elegí mi puesto, detrás de una columna gruesa, disimulado por el murmullo de las conversaciones ajenas y la música que me ponía. Cada sorbo de mi whisky era un trago amargo. Mi vista estaba fija en la entrada, cada nueva cara una punzada de ansiedad.

Y luego llegó él. Alto, cabello oscuro, una sonrisa fácil que, a ella, le devolvió con una familiaridad que me revolvió el estómago. No era un desconocido cualquiera. Lo reconocí de inmediato. Era Marco, un compañero de la universidad, alguien a quien apenas saludaba, pero cuya presencia ahora se sentía como una afrenta personal. Se sentó frente a ella, sus rodillas casi rozándose bajo la mesa. Le dijo algo, algo que le fascinó, ella lo miraba con gala, pero también lo invitaba como diciendo “Cómeme, hoy estoy así por ti”. Impotencia la mía, tan cerca y tan lejos. Sus olores penetraban como estaca, como cuchillo caliente sobre mantequilla. En cada toque de ellos a veces sutil y en otros perverso y desfachatado, me sentí mas pequeño y humillado.

Los observé. Cada gesto, cada risa, cada inclinación de cabeza. Eran inocentes, de eso estoy seguro. Charlaban, bebían, se reían. Pero en mi mente, cada uno de sus movimientos se magnificaba, se distorsionaba en una danza íntima que me excluía. La bestia de los celos ya no rugía; arañaba, clavaba sus garras en mi garganta. Mi pulso era un estruendo en mis oídos. Deseaba que se detuviera, que todo acabara.

En eso ella con garbo, elegancia para luego desafiarme, levantó la mirada. Directamente hacia mi escondite. Nuestros ojos se encontraron por un microsegundo. No había sorpresa en los suyos, solo una profundidad insondable. Me sentí expuesto, ridículo, un intruso patético en mi propio drama. Quise huir, pero no pude. Estaba pegado a la pared, mi cuerpo paralizado por una mezcla de rabia y una extraña excitación. Si, esa que me consumía y me decía debo seguir, debo ver, debo sentir y tal vez, solo tal vez algo bueno podría ocurrir para mí.

La noche avanzó. Marco se despidió con un apretón de manos cordial y una sonrisa que me pareció cargada de suficiencia. Ella se quedó sentada, bebiendo lentamente su copa, esperando. Salí de mi escondite, mi cuerpo tenso, mi mandíbula apretada. Caminé hacia ella, cada paso una tortura.

Cuando llegué a su mesa, ella se levantó sin decir una palabra. Me miró, una mirada que me desnudaba, que leía cada tormento en mi alma. Y entonces, corrió. Corrió hacia mí, sus brazos me rodearon con una fuerza desesperada. Mi cuerpo reaccionó por instinto, devolviéndole el abrazo, apretándola contra mí como si fuera a desaparecer. Su cabeza se hundió en mi pecho, y sentí la humedad de sus lágrimas a través de mi camisa. Y cuando pensé que la doblegaría, que me pediría realmente perdón:

"No haz visto nada, vengo a despedirme, el me espera."

La perdí, se esfumó, fue la última daga en el corazón, llegaron mensajes, pero no los vi. Llegué a casa destruido, un trago puro de lo mas fuerte que hallé y al sobre.

Una semana después, me llama, no da explicaciones, me ordena ir a su casa, era tarde, llovía, pero no tenía que decirle. En breve estoy en su casa, ingreso, ella me mira, me da vuelta y me vendó los ojos. Dijo que era para una sorpresa. Una "experiencia sensorial", algo para reavivar la chispa después de la extraña tensión. Me llevó en taxi a algún lugar que no reconocí. El sonido de las olas me indicó que estábamos cerca del mar, tal vez en la Costa Verde, cerca de Barranco. El aire salado, el eco de la música lejana.

Me guio con suavidad, sus manos en mis hombros. Sentí un banco bajo mis muslos y me senté. Ella se sentó a mi lado. Su mano buscó la mía, y entrelazamos los dedos. El suave balanceo de alguna embarcación en la distancia, el aroma a salitre y algo más... un perfume familiar.

Escuché una risa. Suave, familiar, pero no era la de ella, su olor muy distinto, hasta sus pasos en falso, su aroma de niña-mujer era una versión rara. Mi corazón dio un vuelco. Luego una voz masculina. También familiar.

"Ya puedes ver", gritó.

Me quité la venda, mis ojos parpadeando ante la luz de la luna que se reflejaba en el mar. Estábamos sentados en el muelle de un pequeño club náutico. A unos metros de nosotros, de espaldas, había una pareja sentada en otro banco. Ella, con un putivestido vibrante. Él, alto, de cabello oscuro, con esa sonrisa fácil. Marco.

Mi mirada regresó a ella, me sonreía, pero en sus ojos había algo que no había visto antes. Una picardía fría, un triunfo silencioso.

"Sabes", dijo, apretando mi mano con fuerza, "Marco siempre fue el mejor... en mantener un secreto."

La chica de espaldas giró ligeramente su cabeza. Y mis pulmones se quedaron sin aire. Y de pronto quien estaba era Mónica. Mi ex. La misma Mónica que me había abandonado por "falta de emoción" años atrás.

Se alejaron los 3, casi abrazados, yo no supe que decidir, pero ese juego que empezaba mal y terminaría peor, en ese instante me daba otro aliento…………….


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Capítulo 7: Secretos en el Hotel​



Bajo el dosel de terciopelo de la noche limeña, el Hotel susurraba historias de ecos pasados y futuros inciertos. No era un lugar, sino un portal. Mis pasos resonaban en el mármol, cada baldosa un latido que me acercaba a la habitación 704. El aire, denso con fragancia de jazmines y promesas rotas, se adhería a mi piel. Aunque de arranque daba miedo, era a la vez una canción con múltiples mensajes, por otro lado, me conmovía, me hablaba y me hacía delirar. En ese fastuoso centro de convenciones la hice mía, ya había estado allí hace mucho tiempo, no en sus años de gloria, pero, aunque la reliquia se te pegaba, todavía conservaba lo bello y elegante.

El lujo decadente de una suite que había sido testigo de mil y una pasiones. Y entonces lo vi, no a él, sino al reflejo en el espejo veneciano: la mía, distorsionada, una desconocida con ojos de obsidiana. Ya envueltos en las sábanas, ingreso en sus profundidades, sus largas piernas me dicen mil y una vez que la poseyera, que la hiciera mía, fui bruto, fuerte, duro, la lastimaba en cada penetración, al sacar mi pene estaba sangrando, ella igual, nos fuimos a bañar y el miedo me carcomía, ella no dijo nada, pensé que se iría. Una bebida ardiente nos bajaría las revoluciones y luego sin querer de nuevo los revolcones, pero ella fue quien tomó la palabra, es decir, ordenó a su cuca que me cabalgara, esta vez sin lastimarnos, fue una y otra ola de sabores, de venirnos juntos, de gozar y abrazarnos a esa delicia y belleza de hacerlo porque te nace. En un momento de silencio le digo si puede bailarme, me debes pagar, le di 100, no alcanza señaló, le doy 100 más, y 5 minutos se acerca, me menea la cola, me pone sus senos, hace el ritual y esta vez yo me vengo a cántaros en sus ojos y nariz.

Ella era un laberinto, sus palabras, hilos de seda que me envolvían. "Eres el caos que anhelaba," susurró, y en ese eco, escuché también: "Eres la perdición que buscaba." Jugábamos en el tablero de la fatalidad, cada mirada, cada roce, una apuesta. No era solo la piel, era la fusión de nuestras sombras en la danza macabra de la transgresión. El riesgo, un elixir burbujeante, se mezclaba con la miel de sus labios. Era el vértigo, la caída libre en un abismo de terciopelo.

El reloj en la mesita de noche, un ojo dorado, parecía burlarse con su tictac incesante, midiendo no el tiempo, sino la distancia entre la realidad y el sueño. Las sábanas de seda, cómplices mudas, guardaban la impronta de una noche que se desdibujaba en la niebla del placer y el peligro.

Amanecí. Pero no a su lado. Ya no recuerdo ni como llegué a mi casa, estaba desnudo, no encontré mi ropa, era casi imposible pensar que así salí de la guerra de su cuerpo y el mío. Esas batallas me dejaron herido por días, casi una semana. Luego de recibir el aire frio del clima y de mi ser, una bofetada me indica despertar y como malas noticias.

Mi mente, un crisol de imágenes fragmentadas, se negó a armar el rompecabezas. Salí, no recuerdo cómo, un autómata, mis pies guiados por una fuerza invisible, lejos del lugar de nuestro pecado.

Días después, la pantalla del televisor, indicaba que ella salía enmarrocada, su acompañante en circunstancias extrañas había perdido la vida.

"Ella lo sabía." "Ella lo hizo." "La vi en sus ojos." Voces anónimas, fantasmas digitales, alimentaban la hoguera de la sospecha. Pero ante las autoridades juró su inocencia, no era posible que ella cometiera algo, pero tampoco que en menos de una semana quedara en libertad y nadie abogara por el difunto. Un cuento macabro, lúgubre, tétrico e insano.

Y yo, en la soledad de mi apartamento, observaba la ciudad a través de la ventana. La luna de Lima, una moneda de plata, se reflejaba en el vidrio. ¿Fui yo? ¿Fue la pasión que se desbordó y lo consumió? ¿Fue el miedo, tan palpable, que se materializó en una despedida definitiva? No había pruebas. No había testigos. Solo la sensación, el indicio, el murmullo de terceros que, sin comprobar, sembraron la semilla de mi culpa en el jardín de las dudas.

Y en el reflejo de la ventana, veía en grande, muy grande el número de la habitación de ambos, en mi reloj igual, cuando salí a comprar mi comida, el precio era el mismo número. Posesión maldita o respuesta aceptada.


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Capítulo 8: El Límite​

Le confesé que me dolía verla con otros. Ella insistía: con ellos actuaba, conmigo sentía.

Me cité con ella, pero no vino. El dolor es un lenguaje que se aprende en silencio, y esa tarde, mi alma se sentía como una página en blanco que solo esperaba ser escrita con la tinta de la traición. Le había confesado que me dolía verla con otros, esas almas fugaces que la rodeaban, y me había tranquilizado con una respuesta que ahora se sentía como un puñal clavado en el corazón: "Con ellos actuaba, contigo siento". Pero que es sentir si en sus ojos se ve que se libera, que conoce, que aprende, que es auténtica y tal vez solo conmigo es otra pero al final hay un gran vacío, una ausencia pese a esos enormes y bellos sentones que tan solo recordarlo explota mi falo e inunda de su saber.

Esa noche, el aire de la ciudad se cargó con el peso de la mentira. La esperé en el café de siempre, el mismo donde me había dicho esas palabras. Las horas pasaron lentas y cada tic-tac del reloj se sentía como un golpe en la sien. Mi teléfono permanecía en un silencio sepulcral, y cada persona que cruzaba la calle con una sonrisa me parecía una burla. De alguna manera ese fue el primer fiasco, el inicio de muchos, confiado, dependiendo de ella sexualmente, y es raro que teniendo la posibilidad del disfrute ajeno con otras prohibidas que venían, llegaban, casi imploraban; yo no estuve y me acostumbre a esos desplantes porque luego era un festín carnoso, su cuerpo liviano casi flotando en medio de tantos orgasmos, gritos, paleteos, pataleos y el desborde del frenesí con ambos desmayados de tanto ardor, dolor, asfixia y sucumbir por lo carnal que nos doblega.

Me paré a unos metros del café, esperando que llegara. De repente, una escena me atravesó. La vi. Era ella. Reía con un tipo, no era uno de sus amigos, este parecía... ¿algo más? Sus manos se rozaban, sus cuerpos se acercaban. En la oscuridad de la noche, su figura se iluminaba con una luz que no era mía, una luz que compartía con alguien más. La vi reír, con una risa que yo creía conocer, que yo creía exclusiva. Mi corazón se hundió, me sentí como un extraño en mi propia historia. En ese momento supe que no sería nada igual, hasta la vi de niña, jugando a ser grande y viceversa. Ella nació para pecar, para fornicar y entre comillas solo fuimos meros acompañantes, su cuerpo, su mente y todo su ser solo nos quería de comparsa. Ella se dominaba y realmente solo precisaba de concentrarse y gozar por ella misma y hacia ella misma.


La Sombra de la Infidelidad

El dolor se transformó en rabia, en un fuego frío que me consumió por dentro. Me di cuenta de que esas palabras que me había dicho no eran para tranquilizarme, sino para gozar de mi sufrimiento. Ella se deleitaba con mi dolor, con mi angustia, con la agonía que sentía al verla con otros. Me mintió, no una, sino muchas veces. La infidelidad era su juego, y yo era solo una ficha. Era una artista, una maestra del engaño, y yo, el lienzo donde pintaba su obra. Fue un mensaje detonante: “Estoy gozando, luego te hablo o tal vez no, no lo sé”. Lapidario, directo a la yugular, su egoísmo salía y quería corona. Entre sollozos, lamentos, victimizarme, ya era parte de ese tren de largo recorrido que no siempre paraba para llevarme.

Quise ir con la intención de confrontarla, de pedirle una explicación, pero mi voz se atascó en la garganta. Ella me vio, me sonrió con una de esas sonrisas que me habían enamorado, y me guiñó un ojo, como si nuestro dolor fuera un chiste interno. No era un chiste, era una tragedia. Me di cuenta de que estaba atrapado en una red de mentiras.

Me volví y me alejé. No había nada más que decir. Mi corazón se sentía como una bomba que explotaba en mil pedazos. Me prometí que no volvería a ser el lienzo de su arte, que no volvería a ser el juguete de sus juegos. Y mientras caminaba, me di cuenta de que no había perdido a una mujer, sino que había perdido la fe en la humanidad, y que el dolor de esa noche, esa noche de traición, me acompañaría por el resto de mi vida. Como podía depender de ese vicio, sin ella moría y con ella era fugaces trazos que en el aire podría encontrar respuesta, segundos, minutos, horas o trasnochadas pero ya en el llano, ya despierto y concentrado, sabía que era desierto, desprecio, ella gobernaba sin ser la mandamás……………………


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Capítulo 9: Entregarse Doble y luego triple.​

Me pidió estar en la misma cama con un cliente. Yo acepté. Cuando terminó, me susurró: 'Él paga… pero tú eres el único que me hace temblar'.

La noche se hizo más densa, tan densa como el aire cargado de un perfume extraño en la suite de aquel hotel. Él, al que llamaba “el jefe”, un hombre de negocios implacable, me miró con una frialdad que ya conocía. Me había pedido algo nuevo, algo que nunca había imaginado. Me pidió estar en la misma cama con un cliente. Pero ella no pedía, decía ya, o algo sutil, es ahora o nunca, y su mirada te lapidaba, era complicado decir no. De enfermedad a adicción, todo por un poco de su piel, de su ser, de tenerla, de verla, de experimentar sin importar el mañana.

Acepté. No era por la necesidad. A estas alturas, no había necesidad. Era un juego, una prueba más de hasta dónde podía llegar sin que mi alma se rompiera. Me sentí como un actor en el escenario más sórdido del mundo. Entré en la habitación, vi al cliente y noté que sus ojos me miraban con la misma indiferencia con la que se mira una pieza de arte en una subasta. Antes de proceder a todo, prendió un cigarrillo, era todo importado, no distinguí ni el logo, el color, ni olor, pero era necesariamente de afuera, bien vestido con un estilo novedoso pero sobrio. Su aroma intimidaba como su ser.

“El jefe” se sentó en un sillón y nos observó. Para él, era un juego de poder, una demostración de su dominio sobre todo lo que lo rodeaba, incluyéndome a mí. Las dudas venían, llegaban y de momento no podía hacer mas que mirar, ni pensar todo se definiría con la actuación de la diva del baile final.

Durante ese ritual extraño, yo me sentía como un espectro, un fantasma en mi propio cuerpo. Mi mente se alejaba, se refugiaba en los rincones más lejanos de mi memoria, en un lugar donde aún era yo, donde no era un objeto de deseo, donde el alma todavía no tenía precio.

Y aunque estuve presente me fui de mi cuerpo, de mi ser, un viaje astral, pero esta vez no reconozco nada de lo que ocurrió. Solo realmente salí del trance, al verlo acomodarse el saco brilloso, con una luz que me cegaba como ese episodio casi traumático y en eso ella quien, por un segundo, me hizo temblar, señala toda oronda: “Él paga… pero tú eres el único que me hace temblar”.

Un beso de lengua, me transmitió todos sus miedos, riesgos, bacterias y sacrificios.


RESTAURANTE Y MEDIAS CONFESIONES

Sus palabras no eran un halago, eran una advertencia. Lo entendí de inmediato. Ella me cita en un restaurante, nunca la vi con un hambre de meses, y solo me dijo que era su jefe, yo quise decirle tu proxeneta, el que te mantiene, el que te obliga o el que también te da vida. Pedí una caipirinha, me pongo el hielo en el rosto sudoroso, tembloroso, un poco en la nuca, ella pide otro plato, literalmente lo devoró en segundos.

No explicó más, solo que se repetiría.

No le creí. Pero su juego me intrigaba. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería de mí? En ese momento, mi mente se volvió mi refugio, mi arma más letal. Pensé en todas las cosas que había hecho por ella, en todas las veces que me había entregado a sus caprichos.

“Me he entregado a ti doble y ahora te entregas tú triple a mí”, le dije con un toque de sarcasmo.

Ella sonrió. “Eso es lo que yo quiero que creas. Lo que no sabes es que yo estoy en tu juego, pero tú no estás en el mío”.

Me quedé en silencio, mis ojos fijos en los suyos. El sarcasmo era mi escudo, mi última defensa. Era lo único que me quedaba de mi vida anterior, de ese “yo” que ya no reconocía.

“Tú eres un fantasma, no un actor”, me dijo. “Un fantasma que busca un cuerpo que habitar”.

“Y tú un vampiro, que busca sangre fresca que beber”, le respondí.

Hizo algo diferente, con su pierna empezó a buscar mi verga, lo fue encontrando, yo a ese instante ya estaba chispeando, le dije no juegues, ven. La jalo, la llevo lejos, encontramos un jardín cerca a una casa vieja, parece que no hay nadie, que importa, solo le muevo el vestido, ensalivo mi mano, froto mi pija, toco su cuca sumamente empapada que me quise morir de placer allí. Me levanto, la alzo, la miro bien, la devuelvo a la tierra y en pocos minutos cogimos como locos en celo.


JUEGO DE A 3

A la semana siguiente, me llamó. Me pidió que me reuniera con ella, pero si lo dijo, estarían dos hombres, yo si gusto miro, sino espero. Ok respondí.

Entré, el panorama era tranquilo, me fui al baño, suena música embriagadora pero elegante de los 80s, algo trance, sonido tras sonido libera todo, no es bullicia, no es ruido, es toque largo pero agradable.

Ella aparece, con un vestido inmenso como sus pecados, llegan dos hombres, suben, no dicen nada, yo no interrogo. Me quedo con una botella, la adrenalina empieza, se siente como un terremoto en esa casa. Ella pide más, ordena que la destrocen. Si, es humillación pero que mas da. Luego recorro la casa, salgo al jardín, que bellas rosas, ella estaba así, imponente, mas allá, hay una mesa, hay un escrito, un perdón y olvido y un billete que dice, si quieres te vas y vuelves mañana. Eso hago…………




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Capítulo 10: El Retiro​

Una noche me confesó que dejaba todo: no más clientes, solo yo. Me ilusioné con su promesa.

Promesa que se la llevó el viento, como un sueño donde sus largos cabellos se apoderaban de mis miedos, los alejaban y nos sentábamos en una montaña rusa de los 80s, sentir esa brisa, volver a vivir. Me sentí niño, humano, decente, esa palabra retiro venir de su boca, me devolvía a la vida pero a quien engañaría, mujeres como ella, solo viven de eso, solo se alimentan de sus egos, de las ansias, de ser satisfecha, de ser embestidas, penetradas mil veces y morir en cada orgasmo, algo que no me producía, mas bien una enfermedad grande y no una ETS, sino, mental, los celos, las dudas, las incertidumbres, las llamadas, mensajes que nunca contestó. Decidí sin decir nada, huir, no de cuerpo, porque, seamos sinceros, por el momento, donde encontraría una buena potranca, una mujerzuela que haga todas sus fantasías conmigo.

Una noche cerca de una playa conocida, en un restaurant que era muy popular, elegante, sofisticado de hace varias décadas, me juraba amor eterno, una pequeña pero glamurosa cena y luego al sobre, a irnos a unas habitaciones algo caras, ostentosas, pretenciosas y que nos acogieran para una noche eterna. Su carmesí pudo quedar en mi ser, su ser en el mío y en cada penetrada, sus gritos, sus alaridos, su orden, dame más, dame duro, siiiiiiii, ohhhhhhhhhhhhh.

Luego nos vendamos, nos amarramos, con las justas podíamos movernos, unos pasos y a penetrarla, me dolía, pero sacaba fuerzas de otro lado. Mientras nuestros cuerpos y la cama caliente era un terremoto, me llega un mensaje, algo nuevo, algo distinto.

Me fui al baño, no entendía, solo así que tenía que ir porque debía pagar en cuerpo, billetes y alma algo que me lo tenía de toda su vida, sino era allí, no era nunca.

Fue la excusa perfecta para ella de volver a sus andadas y de mi ser para tener otra alternativa de llenarme de pasión, ardor, color y movimiento fino en caricias que no pagaba, compraba ni suplicaba………………..





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No sientas culpa estimado yo también le agarré cariño a un par de kines tanto que no me cobraban varias veces.
 
El Terremoto Silencioso

¡Crac-crac!
La cerradura improvisada de las esposas se tensaba con cada embestida. La cama, testigo mudo de lujuria pretenciosa, era un campo de batalla de sábanas rotas. Su carmesí había teñido mi ser y mi alma en ese pacto de carne caliente, en ese juramento roto. Y cuando el fierro caliente, venoso, extendiéndose a su máximo poder, martillo rojo y cabezón, estalló un rotundo y explosivo ¡Ohhhhhhhh! Su grito no era de placer, era una orden; un alarido de dominio que me obligaba a arrancar fuerzas del vacío, de ese lugar donde la decencia había muerto. Porque como en cada episodio mi semblante cambiaba en cada encuentro, un desafío, una flor, un lienzo y un nuevo ardor.

Estábamos en el ojo de nuestro propio huracán. Ella, amarrada y vendada, un volcán de síííííí, y yo, un esclavo que pagaba su libertad con cada pulsación de cadera. El dolor físico de la postura forzada se difuminaba ante la punzada mental de saber que esta era la moneda de cambio, el alto precio de una mentira que llamábamos amor. Me había prometido el Retiro, la huida de su vida de "potranca" para ser solo mía, y yo me había aferrado a esa palabra como un náufrago a un tablón. Si, ella una vez mas lo dijo, no lo creí, si yo en realidad no la amaba, pero si su cuerpo que me hipnotiza, me preguntaba sería lo mismo, el mismo paso, el mismo andar, su cuerpo y el mío tendría combate y acción o todo lo contrario al llega al fin de tanta pendejada.

Pero en medio del ¡Pum-pum! rítmico de nuestros cuerpos contra el colchón, el universo decidió interrumpir.

¡Bip! ¡Bip!

El sonido vino del pantalón que yacía olvidado en la alfombra persa, un destello verde sobre la tela oscura. Un mensaje. Ella, aún bajo el dominio del vendaje, solo jadeó un "¡Dame más! ¡Siiiiiii!". Era el momento que mi mente fracturada esperaba.

Con una torpeza que rozaba la parodia, retiré mi cuerpo del de ella. La separación dejó un vacío húmedo y caliente que se enfrió instantáneamente con la realidad. Me moví a tientas hacia el baño, usando la coartada de un apremio corporal. El mensaje. Era la única manera de salir, de huir, no del cuerpo que era mío por esa noche, sino del alma que nunca lo sería. Me encerré, respirando el aire de perfume y jabones caros, y abrí la pantalla.


La Metamorfosis del Mensaje

El mensaje no era una cuenta bancaria, no era un ajuste de pago ni la clásica duda de un "cliente" insatisfecho.

El texto, conciso y devastador, simplemente decía:

"Lo tengo.

La "enfermedad mental" que me había carcomido —los celos, las dudas, la incertidumbre— no era más que la distracción que ella había orquestado magistralmente. Cada llamada no contestada, cada excusa, cada cita cancelada, no era el acto de una mujerzuela esquiva, sino la estrategia de una Depredadora legal. Seguro se había acostado, empiernado con uno más, un operador jurídico, con ella siempre va el fin justicia los medios. Porque y para que, en donde quedo yo. Se, que ella siempre miente, es mitómana, todos le creemos, ya que no queremos negarnos a un viaje largo y extenso, lleno de poses, salivas, olores y sentones con esa diabla envuelta en mujer que solo quiere poseer sexualmente.

El glamour y la sofisticación del restaurante, la noche eterna en la suite ostentosa, el dolor consentido en los amarres: todo fue un acto de seducción final para tenerme incapacitado, ocupado y vulnerable mientras sus abogados ejecutaban la posesión de varios bienes y por dende, irse de mi lado.

Abrí el grifo y dejé que el agua helada corriera sobre mis manos. Debía volver. La obra maestra de la seducción merecía un final a la altura de su traición. Me vi reflejado lento, enfermo, taciturno, sin sombra pero hasta cierto punto, sin dolor.


La Última Caricia y El Retiro

Sequé mis manos y volví a la habitación. Ella seguía allí, vendada, desnuda y ligeramente atada. El vendaje sobre sus ojos le daba un aire de estatua griega profanada, una Venus de Ébano esperando su ofrenda.

Me acerqué lentamente, el tic-tac del reloj era lo único que ahora rompía el silencio. Me reincorporé a la cama, acariciando su carmesí.

Y al tocarla, ella no se inmutaba, y al pentrarla, ella no decía nada, la moví, le di mil vueltas y ella no pronunció nada.

Ella sonrió. «Tus miedos se apoderaron de ti. Te dejé vivir», jadeó, interpretando mis palabras como un preludio a la última estocada.

Entonces, sin decir nada más, tomé sus cabellos y renegué de todo.

Se acabó el sueño, no estaba más, me fui del lugar, supe de inmediato que ella estaría feliz con dinero, lo que ama, lo que sigue, para lo que vive.

Cuando llego a mi casa, me quedé dormido de tanto pensar. Luego me fui a bañar y me volví a dormir, estuve varias semanas muerto en vida y volviendo a la realidad, en uno de los bolsillos de un saco, encontré un hilo de ella, lo olí y entre extrañas sensaciones me vino su ser para darme eso que tanto necesité……………….





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