Queridos míos, antes que nada quiero disculparme por estas semanas de silencio. Entre las exigencias del trabajo y una vergüenza que por momentos me paralizó, dejé pasar los días sin atreverme a escribir. Pero he leído cada uno de sus mensajes, y confieso que me han tocado profundamente: han sido un suave empujón para recordarme que no estoy sola en este deseo, que lo que comparto aquí provoca y enciende. Gracias a ustedes, hoy regreso con más ganas de desnudarme en palabras.
“Mamitaaaa, despierta… ya salió el sol. Vamos al parque, ¿sí?” —esa vocecita cantada me alcanzó mientras mis ojos seguían fijos en el techo blanco. En realidad ya llevaba despierta mucho antes; a veces dudaba incluso si había dormido. Habían pasado ya unos meses desde que él se fue, y estábamos cerca de terminar el año. Ese tiempo se me había vuelto pesado, entre la rabia y la tristeza, entre preguntas sin respuesta y silencios demasiado largos. Pero esa llamada infantil me arrancó de golpe: me “despertó” de verdad, me obligó a moverme y a encontrar fuerzas donde creía que ya no había. Me levanté con un gesto lento, con esa mezcla de cansancio y ternura que solo entendía una madre.En esos meses la comunicación con él había sido mínima, limitada a lo estrictamente necesario sobre los niños. Una vez al mes viajábamos a Chiclayo para recoger la pensión, y en esas ocasiones solíamos almorzar, como la que alguna vez fue una familia. No porque yo lo buscara, sino porque los niños eran muy pequeños todavía: mi hijo apenas con tres años y mi bebé que todavía reclamaba brazos y cuidados constantes. Él se mostraba correcto, cumplía su rol de padre… pero conmigo no cruzaba más que frases sueltas, formales, casi impersonales. La próxima semana volveríamos a ese encuentro, y aunque me incomodaba, lo afrontaba como un deber. Aprovechaba también para ver a mis padres y a mi hermana, y era allí donde me reconciliaba un poco con la vida: entre abrazos, consejos, silencios que sostenían.
Llegó el sábado y fui a su oficina, a pocos minutos de la una de la tarde, que era su hora de salida. Llevaba conmigo a los niños, como cada mes, con esa mezcla de ansiedad y resignación que se me había vuelto rutina. Entré al banco y lo busqué con la mirada, pero no lo encontré por ninguna parte. Lo que sí encontré fue la mirada de su compañero, que de inmediato me reconoció y levantó la mano, haciéndome un gesto para que lo esperara, como si tuviera algo que decirme. Ese simple ademán me incomodó de golpe. Nunca me había caído bien. Apenas lo vi, regresaron los recuerdos de aquellas veces en que él, junto con mi esposo, su jefe y algún otro amigo, caían a la casa a beber mientras veían fútbol. Era casado, sí, pero todos sabíamos de sus infidelidades, de sus comentarios de doble sentido, de esa manera de burlarse y hablar de mujeres como si fueran un pasatiempo. Mi esposo —que no era de beber mucho— lo acompañaba con un par de vasos y nunca lo cuestionaba. Yo, en cambio, hacía lo posible por que no se notara mi incomodidad, aunque tampoco celebraba nada; más de una vez prefería encerrarme en mi cuarto con mi hijo mayor, mientras ellos llenaban la sala de voces y humo. Tuve que salir de la oficina porque cerraban por el horario, y a los pocos minutos apareció su compañero. Me saludó con una sonrisa amplia, demasiado confiada, que yo no respondí. Se acercó y, con un tono cargado de falsa camaradería, me soltó:—Me dejó un dinero para ti… —y sonrió aún más, como si llevara las riendas de la situación—. Incluso te dejó un extra para ti y los chicos, para que se engrían, jaja. Sus palabras me cayeron como veneno. Ese “jaja”, esa forma tan ligera y confianzuda de hablar, como si me estuviera haciendo un favor, me revolvió el estómago. Lo miraba y solo podía sentir asco: él disfrutaba demasiado con ese papel de intermediario, como si gozara viéndome en esa posición. Intuí en ese mismo instante que ese supuesto viaje no era un asunto de la empresa, como él quería hacerme creer. Lo sentía con ella. Y lo peor fue la forma en que me dejaba a merced de otro, como si yo y mis hijos fuéramos un encargo, un paquete fácil de entregar. Esa cobardía me ardía por dentro, me llenaba de rabia y desprecio. Me quedé con tantas cosas por decirle, con tantas frases hirviendo en la lengua, pero lo único que logré soltar fue:—¡Es un cobarde!… pero no te diré lo que pienso, por respeto a mis hijos y porque no eres la persona indicada para oírlo. Le pedí el dinero y, en cuanto lo tuve en mis manos, me di la vuelta dispuesta a continuar mi rumbo con los niños. Pero él no se detuvo: me insistió ahí mismo, con esa sonrisa confiada que siempre me resultaba asquerosa, diciéndome que había varias cosas de las cuales debía enterarme, que no podía hablar frente a mis hijos y que tarde o temprano necesitábamos esa conversación. Yo lo miraba con un desprecio contenido, deseando que me dejara en paz, pero esa insistencia terminó por hacerme dudar. A pesar de mi rabia, de la incomodidad que me provocaba su presencia, accedí de mala gana a escucharlo más tarde. Quedamos en encontrarnos a las siete de la noche, en la plaza de la ciudad, después de dejar a mis hijos con mis padres y mi hermana. Durante toda la tarde fingí que todo estaba bien, abracé a mis padres con una sonrisa tranquila, aunque por dentro sentía un nudo que apenas me dejaba respirar. Le dije a mi hermana que la iba a necesitar, y ella lo entendió sin que tuviera que dar muchas explicaciones; sabía que más tarde rompería en llanto con ella, como tantas veces lo había hecho en silencio. Le conté lo que tenía que hacer y sin dudar me ofreció cuidar de los niños. Como aún amamantaba a mi bebé, extraje un poco de leche para dejarla lista por si pasaba algo mientras salía. No serían más que un par de horas en el centro, me repetía, casi como para convencerme. No me preparé en absoluto para esa salida: no lo valía. Me puse lo habitual, un vestido largo, unas sandalias de tacón y un poco de perfume. No por él, sino porque era mi forma de ser; nunca dejé de cuidarme, aun en medio de la tormenta.
Nos encontramos tal como habíamos quedado. Él vestía formal, como de costumbre; solía andar de traje por el trabajo y aquella noche mantenía esa misma línea. Estaba impregnado de un perfume intenso, como si se tratara de una cita, lo que me generaba aún más repudio. Cuando me vio, noté de inmediato cómo me recorrió con la mirada de pies a cabeza, un gesto que me incomodó profundamente. No era la primera vez: recordé al instante aquellas ocasiones en mi propia casa, cuando llegaba junto a mi esposo y los demás compañeros. Ya en más de una oportunidad había sorprendido esas miradas, demasiado largas, demasiado reveladoras. Incluso, alguna vez, se había permitido decirme: “qué linda, qué bella” frente a todos. Yo respondía entonces con una sonrisa fingida, más por respeto a mi esposo y a su relación como compañeros que por convicción. Ahora, en ese contexto, esa memoria se me clavaba como una espina.
Me recibió con un piropo barato, como si con eso pudiera suavizar la tensión, pero lo ignoré por completo. Le dije de manera directa que consideraba innecesaria la cena, que bastaba con que me contara lo que tenía que decirme y nada más. Él, con esa sonrisa sobradora, respondió que sería rápido y que de paso “nos ayudaba una cena tranquila”. No tenía ganas, pero terminé cediendo porque quería cerrar ese asunto de una vez. Caminamos unos metros y entramos a un restaurante cercano, uno de esos lugares elegantes que, en ese contexto, me parecía absolutamente inapropiado. La mesa era pequeña, apenas para dos, en el segundo piso del restaurante. Las luces eran cálidas, bajas, diseñadas para crear una intimidad que resultaba insoportable. No era una cita, aunque él parecía empeñado en que lo pareciera. Apenas nos sentamos, el mesero se acercó y él se adelantó a ofrecerme una bebida, la cual rechacé con firmeza. Él pidió un trago para sí mismo, acomodándose con excesiva confianza, y entonces, por fin, iniciamos la conversación.“Eras una mujer hermosa e inteligente, tú sabes bien que él no había viajado por trabajo…” —esas fueron sus primeras palabras, directas, como una puñalada que en realidad solo vino a confirmar lo que ya presentía. Sentí la rabia arderme en el pecho, un nudo que me apretaba la garganta y me hacía querer levantarme de inmediato. Mientras él seguía hablando, intentando adornar sus frases con detalles que yo no necesitaba, yo ya no lo escuchaba. Murmuraba cosas sobre dónde vivía con ella, sobre lo “feliz” que lo veía.
Canalla, miserable, cobarde… en mi mente solo se agolpaban esos adjetivos, uno tras otro, todos insuficientes para describir lo que sentía en ese instante. Lo miraba gesticular y mover las manos, con esa seguridad de quien creía tener poder, y yo solo veía a un hombre asqueroso, el mensajero de la traición, el cómplice de una historia que nunca merecí vivir. Perdí la noción del tiempo entre mis pensamientos, atrapada en la rabia y el dolor, hasta que el mesero apareció frente a nosotros para dejar la comida. Automáticamente, sin siquiera pensarlo, le pedí un trago. El que fuera, lo necesitaba, necesitaba alcohol para silenciar la tormenta. Estaba ida, y era evidente tanto mi pesar como mi molestia. Mi acompañante, con esa sonrisa que me crispaba los nervios, reforzó con tono seguro:—Traiga lo que pidió la dama. El vaso llegó y lo tomé de golpe, rápido, sin probar la comida que tenía delante, comida que ni siquiera logré identificar de qué se trataba. No me importaba. Cuando terminé aquel trago con la misma urgencia con la que uno se aferra a un salvavidas, él se adelantó y pidió una jarra de sangría. Yo no hablaba nada, mis labios estaban sellados, y lo único que se escuchaba era su voz, la cual iba desgranando verdades, una peor que la otra; cada palabra me iba taladrando más hondo, como si disfrutara desgarrarme con detalles. Hasta que, de pronto, dejó caer esa frase que me devolvió de golpe a la realidad, que me atravesó como un cuchillo en medio del pecho:—Incluso creo que quieren tener un bebé, seguramente lo deben estar fabricando ahora.
Quedé paralizada. No sé si se me bajó la presión o si el mareo vino de golpe, pero sentí cómo todo a mi alrededor se desdibujaba. Él se inclinó hacia mí con gesto preocupado, preguntándome si me sentía bien. Apenas logré responder que sí, pero con firmeza le pedí que se detuviera, que no hablara más de eso, que ya había tenido suficiente. Le dije que me quedaba claro que no existía ningún escenario para salvar a mi familia. Después de unos minutos de silencio forzado, la conversación pareció suavizarse. Yo repetí que había tenido suficiente y que lo único que quería era irme. Pero él insistió en que me quedara un rato más. Para cambiar de tema, empezó a contarme que tenía amigos que podían darme trabajo, aunque para eso —según dijo— necesitaba saber dónde estaba viviendo, en qué condiciones estaba. Le respondí de manera cortante, seca, que no. No tenía por qué darle esa información. En medio de todo ese intercambio, la jarra de sangría ya se había terminado. Sin consultarme, pidió otra, como si tuviera derecho a decidir por los dos. Fue entonces cuando las palabras que había intentado contener comenzaron a escaparse de mí. Empecé a hablar de lo miserable que era mi esposo, de la rabia que me consumía, de la traición que me había dejado marcada. Mis lágrimas empezaron a correr, pero no eran de dolor ni de tristeza: eran de ira, de impotencia, de una furia que no encontraba salida. Él me escuchaba, o al menos fingía hacerlo, mientras intentaba suavizar mi desborde. Con voz engolada, con frases que parecían sacadas de un guion repetido mil veces, me decía que yo era joven, que era inteligente, que podía retomar mi vida, que era hermosa, que era demasiado para aquel hombre que me había dejado. Y mientras lo oía, pensaba que seguramente esas eran las mismas palabras con las que había hecho caer a tantas mujeres, el mismo libreto barato con el que disfrazaba su oportunismo. Lo interrumpí de golpe, casi sin pensarlo, con la lengua suelta por el mareo y el alcohol:—¿Y tú? ¿Cuándo vas a dejar a tu esposa? —le solté, mirándolo fijo—. Vives engañándola igual que él. Las palabras me salieron crudas, sin filtro. Quizás la sangría, quizás la rabia acumulada, pero por primera vez dije en voz alta lo que llevaba tiempo pensando. Estaba mareada, no había probado bocado de comida, y aun así la claridad de mi enojo me sostuvo. Le dije que no era un verdadero amigo, que nunca lo había sido. Que en realidad era tan perverso como mi esposo, y que no me sorprendería que en el fondo tuviera otras intenciones conmigo. Lo miré directo, con todo el desprecio que pude cargar en mis ojos, y rematé:—Pero eso jamás sucederá… porque los hombres como ustedes a mí me dan asco. Él me miró sorprendido, como si lo hubiera dejado expuesto de golpe, desnudo después de todo lo que había dicho sobre mi esposo. Lo desarmé, pensé por un instante. Pero entonces me desconcertó: en lugar de incomodarse o callar, apenas se dibujó una sonrisa en su rostro. Una sonrisa pequeña, cínica, como la de alguien que ya no tiene nada que perder. Se inclinó un poco hacia mí, acortando la distancia sobre la mesa, y con una seguridad asquerosa, con una firmeza que me heló la sangre, me dijo al oído, casi saboreando cada palabra:—¿Para qué negarlo? Me muero por hacerte el amor… quiero comerme ese rico culito tuyo.Sentí que todo mi cuerpo se tensaba. El estómago se me revolvió de inmediato, como si la comida que nunca probé y el alcohol que me quemaba las venas quisieran salir al mismo tiempo. Me quedé helada, con una mezcla de asco, indignación y rabia que me dejó sin aire por unos segundos.Y sin embargo, algo inesperado ocurrió: en lo más profundo de mí, casi contra mi voluntad, una chispa extraña se encendió. No lo entendí en ese momento, quizá nunca lo haría del todo. Su vulgaridad me había golpeado, me había hecho sentir sucio cada rincón de mi piel… y, de manera cruel, también había despertado un eco en mi cuerpo. No era deseo real, ni atracción hacia él —era otra cosa, más confusa, más perturbadora—. Era como si el dolor, la ira y la soledad se hubieran mezclado con ese insulto disfrazado de confesión y hubieran provocado una reacción que me aterraba admitir: algo en mí se había activado.Le dije con firmeza, aunque la voz me temblaba:—Eres un cretino, debo irme.Intenté levantarme, pero el mareo me venció y el mundo me dio un giro brusco. Él se apresuró a sujetarme y me sentó de nuevo en la silla. Me llevé las manos a la cabeza, buscando frenar ese vértigo que no me dejaba pensar con claridad. La servilleta cayó al suelo, y en ese instante él se inclinó para recogerla.Entonces ocurrió algo extraño: noté su mirada fija, demasiado fija, en mis pies. Ese detalle me descolocó. No sé por qué lo hice, ni qué mecanismo oscuro se activó en mí, pero de manera casi instintiva moví el pie hacia él, como si lo ofreciera sin pensarlo.Al darme cuenta de lo que había hecho, un escalofrío me recorrió. Me puse nerviosa, confundida, como si hubiera abierto una puerta que jamás debí tocar. Él levantó la vista, y me miró con una intensidad lujuriosa, acto seguido tomó mi pie sosteniéndolo del taco y pasó su asquerosa lengua por todo mi empine mientas me miraba con firmeza. Algo en mí se quebró y se encendió al mismo tiempo. No fue solo asco, no fue solo rabia: hubo una chispa extraña que me recorrió entera, inesperada, incómoda. Ese hombre, con toda su vulgaridad, con toda su suciedad, me estaba deseando sin disimulo. Y lo sentía. Y lo peor: algo en mi cuerpo le respondió. Se levantó de pronto y se acercó a mí. El aire entre los dos se volvió espeso. Cuando sus labios buscaron los míos, al principio me quedé inmóvil, rígida, como si el tiempo se hubiese detenido. Pero apenas unos segundos después, sin pensarlo, mis labios respondieron. No estaba razonando: estaba nula, atrapada en una mezcla brutal de emociones. No hubo más palabras. Solo esa respiración entrecortada, la sensación de estar cruzando un límite del que no había retorno. Murmuró un “vámonos de aquí”, y de pronto ya estábamos de pie, bajando las escaleras del restaurante con pasos rápidos y silenciosos. Pagó sin mirarme, y yo tampoco lo miré. En la calle levantó la mano y un taxi se detuvo. Subimos en silencio. El motor arrancó, y apenas la ciudad empezó a moverse detrás de la ventana, su cuerpo se inclinó sobre el mío. Me besaba con hambre, con esa urgencia que rozaba lo brutal, y entre beso y beso soltaba frases cortas, cargadas de un deseo descarado: que mi piel, que mi olor, que no podía esperar. Yo solo escuchaba a medias, perdida entre el mareo, el vértigo y esa furia que se mezclaba con un calor imposible de negar. El taxista fue un espectador privilegiado de cómo me devoraba la boca mientras sus manos toscas se apoderaban de mi pecho por encima del vestido. Llegamos a un hotel apartado del centro; ya había perdido toda noción de la ubicación y solo me limitaba a seguirlo. Él negoció algo rápido con el recepcionista y, sin darme opción, me tomó de la mano: “ven conmigo al segundo piso”, ordenó. Me condujo hasta la habitación y, apenas cerró la puerta, me arrojó boca arriba sobre la cama. Todo giraba a mi alrededor. Cerré los ojos con la absurda esperanza de despertar de aquella pesadilla con la voz dulce de mi hijo llamándome. Pero, en lugar de eso, escuché lo más asqueroso que había oído hasta entonces: “qué rico te voy a meter la pinga”. Esa vulgaridad me sacudió, y para mi sorpresa, me encendió de una manera asquerosa.
-Marie.