martes 21 de febrero del 2012

Swingear no es para todos

Pero debería serlo. Significaría entonces que los seres humanos nos hemos librado de muchas de las preconcepciones que nos alejan de la civilización. Civilización entendida, claro está, como la capacidad de vivir en comunidad evitando fastidiar al otro. El concepto de libertad y de regla se resignifica en un mundo donde todo está permitido, donde el otro, el prójimo, se transforma en el verdadero código a respetar. El ser humano por encima de la norma inventada por el ser humano.
 
En el cuarto oscuro, la metamorfosis comienza, Mariana deja de ser mi mujer. Se pierde el estigma de la propiedad y el mi deja de ser un pronombre posesivo para convertirse en uno relativo. Mi mujer, ahora es mía porque se trata de un cómplice, de otro igual a mí con el que me relaciono para lograr un bien común: su placer, y por lo tanto, el mío. La transformación de Mariana es paulatina. Se pierde la ropa y con ella el miedo, el decoro. Se puede percibir en su mirada, en la pequeña arruga que se le hace en la nariz cuando descubre cerca de su vulnerabilidad y de su piel de niña a una pareja que le gusta. Ellos están enganchados en su propio ritual, y parte de éste consiste en hacernos saber su cercanía. Los podemos oler, rozar un poco con los brazos o con las piernas. 
 
De pronto el tejido su mezcla, sus rituales y los nuestros se encuentran en una invitación que escala de sutil a cínica en pocos segundos. Ella, la otra ella, le ofrece algo a Mariana. Puede ser la boca, o los senos, o una caricia que empieza en el hombro y baja por el pecho hasta el centro de las piernas. Puede ser el sexo del otro hombre, que ha construído una erección a base atenciones que le procura ella, la otra ella. Mariana culmina entonces su proceso de mutación. En ese instante, en ese arquetipo antiguo de la ofrenda, la mujer que duerme conmigo todas las noches, que hace el amor con su marido, que vigila las cuentas de la casa, se desvanece por completo y queda en mis brazos una anémona voraz que danza con la corriente. Mariana es ahora un sujeto de placer y de deseo.
 

Con la corriente vienen más caricias, besos en los que se mezcla la saliva de dos, de tres, de cuatro y de todos los que estuvieron antes en esos mismos cuatro. Con la corriente viene el espíritu de hacer el bien por medio de entregar el cuerpo, de darse. Con la corriente viene el descubrimiento, Mariana se deleita explorando jardines ajenos, huertos en los que no ha estado nunca y que, en este momento, no son de nadie más que de si mismos. Ahí se cortan las frutas más dulces. Mi placer está en ella. Me alimento de ver en la curva de su espalda y en el incendio de sus ojos los edificios del deseo que se van construyendo jadeo tras jadeo. Me alimento de escuchar, mientras estiro las puntas de los dedos sobre pieles nuevas, mientras siento lenguas inéditas calcinándome con humedad el sexo, mientras en texturas y olores que no nacieron en mi cama matrimonial estiro un poco más los límites del mundo, me alimento, decía, de escuchar los cantos más hermosos en la voz de los gritos de Mariana, gemidos espiral de Babilonia.

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